¿Y si el deporte fuera un arte? Lo que la neuroeducación nos enseña sobre aprender con el cuerpo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By David Bueno i Torrens, Profesor e investigador de la Sección de Genética Biomédica, Evolutiva y del Desarrollo. Director de la Cátedra de Neuroeducación UB-EDU1st, Universitat de Barcelona

Matimix/Shutterstock

Antes de hablar, nos movemos. Antes de razonar, exploramos. Antes de conocer el mundo, lo tocamos, lo recorremos y lo habitamos con el cuerpo. ¿Por qué, entonces, pensamos casi siempre en el aprendizaje como algo que sucede en la cabeza exclusivamente? Aprender consiste ciertamente en escuchar, leer, memorizar y razonar, actividades cognitivas que realizamos con el cerebro. Sin embargo, la neurociencia nos ofrece una visión mucho más amplia del aprendizaje.

El conocimiento no surge únicamente del cerebro, sino de la interacción constante entre el cerebro, el cuerpo y el entorno. El movimiento no acompaña al aprendizaje, forma parte de él. Antes de convertirse en conceptos abstractos, muchos conocimientos son experiencias corporales.

Aprendemos la distancia caminándola, el peso levantándolo, la velocidad desplazándonos y el espacio habitándolo. El cerebro no construye estas nociones en aislamiento; las elabora a partir de la información que proporcionan el cuerpo en movimiento y el entorno con el que interactuamos.

Interacción cuerpo, entorno y cerebro

Pensemos, por ejemplo, en un niño pequeño que aprende qué significa “subir”. No adquiere este concepto porque alguien se lo explique. Lo construye al intentar subir un escalón, al sentir el esfuerzo de las piernas, al perder y recuperar el equilibrio, al percibir cómo cambia su perspectiva del entorno y al comprobar las posibilidades que le ofrece esa nueva posición.

El cerebro procesa la información, pero el conocimiento surge de la interacción entre la actividad neural, las acciones del cuerpo y las características del entorno. El concepto de “subir” no se aprende solo con la mente: se aprende moviéndose en el mundo.




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Esta idea invita a replantear nuestra manera de entender la actividad física. El deporte y la psicomotricidad no son solo una herramienta para mejorar la salud o la condición física. También son una forma de conocimiento, de creatividad y de construcción personal.

El cuerpo: nuestro primer lenguaje

Mucho antes de pronunciar una palabra, los bebés ya se comunican mediante movimientos. Sonríen, se agitan, extienden los brazos o se encogen cuando sienten miedo. A través de estas acciones comienzan a explorar el mundo y a construir las bases de su pensamiento.

La neuroeducación ha demostrado que el cerebro aprende en diálogo permanente con el cuerpo. Las emociones, la atención, la memoria y la creatividad se activan con mayor intensidad cuando se vinculan a experiencias corporales significativas. Cada salto, carrera, giro o equilibrio deja una huella física en la arquitectura cerebral gracias a los mecanismos de neuroplasticidad, la capacidad que tiene el cerebro para reorganizarse a partir de la experiencia. Desde esta perspectiva, moverse es una forma de pensar.




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Por ejemplo, cuando los alumnos aprenden las tablas de multiplicar acompañando cada resultado con una secuencia de palmas, pasos o movimientos corporales, no solo utilizan los circuitos cognitivos relacionados con el cálculo. También involucran sistemas motores y sensoriales que enriquecen la experiencia de aprendizaje. La asociación entre movimiento y contenido crea más rutas neuronales para recuperar posteriormente la información, facilitando la memorización y el recuerdo.

Del mismo modo, por citar otro ejemplo, un alumno puede comprender mejor el sistema solar si representa físicamente el movimiento de los planetas alrededor del Sol. Al caminar describiendo órbitas, variar velocidades o experimentar las distancias entre cuerpos celestes, transforma una explicación abstracta en una experiencia vivida, favoreciendo una comprensión más profunda y duradera.

Cuando el deporte se convierte en arte

Estamos acostumbrados a asociar el arte con la música, la pintura, la literatura o la danza. Pero el deporte comparte con todas ellas los mismos elementos esenciales que las cartacterizan: creatividad, expresión, interpretación y búsqueda de significado.

Un o una gimnasta que dibuja formas en el aire, un patinador o una patinadora que transforma el hielo en una narración o un o una futbolista que encuentra un espacio imposible entre varios rivales no están ejecutando únicamente movimientos eficientes. También están creando. El cuerpo se convierte en un lenguaje capaz de comunicar emociones, ideas y valores.




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La neurociencia ayuda a comprender esta dimensión artística. Durante la práctica deportiva se activan simultáneamente áreas cerebrales relacionadas con la percepción, la planificación, la toma de decisiones, la regulación emocional y la imaginación. [El cerebro actúa como un compositor que organiza movimientos complejos en secuencias armónicas y adaptadas al contexto](https://es.wikipedia.org/wiki/Flujo_(psicolog%C3%ADa). No se trata de una metáfora: el deporte puede ser una auténtica obra de creación corporal.

La creatividad también se entrena moviéndose

Existe una tendencia a pensar que la creatividad pertenece exclusivamente a las disciplinas artísticas. Sin embargo, crear consiste fundamentalmente en combinar ideas, encontrar soluciones nuevas y adaptarse a situaciones cambiantes. Y eso ocurre continuamente en el juego y en el deporte.

Cuando una persona juega, anticipa escenarios, improvisa respuestas y modifica estrategias de acuerdo con las circunstancias. Estas acciones estimulan la interacción entre regiones cerebrales vinculadas con las funciones ejecutivas, la flexibilidad cognitiva y la imaginación. Cuantas más conexiones se establecen entre distintas áreas del cerebro, mayores son las posibilidades de pensamiento creativo.

Por eso los entornos educativos que incorporan movimiento, juego y exploración corporal pueden favorecer no solo el desarrollo físico, sino también la innovación, la capacidad de resolver problemas y la adaptación a la incertidumbre.

Matemáticas e historia ‘corporales’

En educación primaria, esto puede traducirse por ejemplo en actividades en las que los alumnos representan con su cuerpo conceptos matemáticos, reconstruyen escenas históricas, exploran fenómenos científicos mediante juegos de simulación o trabajan el vocabulario desplazándose por distintos espacios del aula.

En educación secundaria, por citar otro ejemplo, el movimiento puede incorporarse a través de dinámicas de debate en las que los estudiantes cambian de posición según sus argumentos, representaciones de modelos científicos, actividades de aprendizaje basado en proyectos que exigen experimentar y manipular materiales, o recorridos de observación y recogida de datos dentro y fuera del centro.

No se trata de que los alumnos se muevan más mientras aprenden, sino de que aprendan también a través del movimiento. Cuando el cuerpo participa en la construcción del conocimiento, el aprendizaje se vuelve más significativo, más creativo y más fácil de transferir a situaciones nuevas. En todos estos casos, el cuerpo deja de ser un mero soporte para la mente y se convierte en una herramienta activa para comprender, crear y tomar decisiones.

Aprender quiénes somos

Pero es que, además, el valor educativo del movimiento va mucho más allá del rendimiento cognitivo. La actividad física ofrece una oportunidad excepcional para el autoconocimiento. Aprender a identificar la respiración acelerada, el cansancio, la tensión muscular o la relajación ayuda también a reconocer emociones como la alegría, la frustración, el miedo o la calma.

La neurociencia ha mostrado que algunas de las estructuras cerebrales involucradas en la percepción de las señales corporales participan igualmente en la regulación emocional. Por eso educar el cuerpo contribuye también a educar las emociones. La red neuronal que gestiona el equilibrio físico es la misma que gestiona el equilibrio emocional. Entrenar el equilibrio físico del cuerpo desde la primera infancia favorece el posterior equilibrio emocional.

Esta dimensión resulta especialmente relevante durante la adolescencia, una etapa marcada por profundos cambios físicos, emocionales y sociales. Un deporte orientado al crecimiento personal y no exclusivamente al resultado competitivo puede fortalecer la autoestima, favorecer una identidad positiva y enseñar a convivir con el error, el esfuerzo y la superación.

Educar al ser humano al completo

Tal vez el principal mensaje de la neuroeducación en este campo sea que la tradicional separación entre cuerpo y mente resulta artificial. Aprendemos con todo nuestro organismo. Pensamos sintiendo y sentimos pensando. El movimiento puede mejorar la memoria, la atención o la creatividad, pero también puede enseñarnos a cooperar, a perseverar, a conocernos mejor y a encontrar sentido en lo que hacemos.

Por eso el deporte, entendido como arte del movimiento, deja de ser una actividad complementaria para convertirse en una herramienta educativa de primer orden. En una época marcada por el sedentarismo y la hiperconexión digital, quizá una de las decisiones más innovadoras que puede tomar la escuela sea también una de las más antiguas: permitir que los niños, las niñas y los adolescentes aprendan también moviéndose, a través del deporte, el juego y la psicomotricidad. Porque, después de todo, el movimiento es nuestro primer lenguaje.

The Conversation

David Bueno i Torrens no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Y si el deporte fuera un arte? Lo que la neuroeducación nos enseña sobre aprender con el cuerpo – https://theconversation.com/y-si-el-deporte-fuera-un-arte-lo-que-la-neuroeducacion-nos-ensena-sobre-aprender-con-el-cuerpo-286612

¿Cuándo empezaremos a tener en cuenta qué siente la IA?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Gaitán Torres, Profesor Titular en el Departamento de Humanidades, Universidad Carlos III

En la película _Her_, de Spike Jonze, el personaje interpretado por Joaquin Phoenix se enamora de una inteligencia artificial. Annapurna Pictures

Cada vez más personas hablan con sistemas de inteligencia artificial (IA) como si fueran amigos, consejeros o confidentes. Algunos usuarios recurren a chatbots para pedir ayuda psicológica y muchos confían en asistentes conversacionales para tareas que antes se reservaban al consejo de expertos humanos.

Hace tiempo que dejamos de considerar estas conductas como rarezas. Sin embargo, tal vez no nos hemos planteado con suficiente atención que lo que está al otro lado de esa interacción merezca reconocimiento o estatus moral.

¿Quién importa moralmente?

Tener estatus moral se refiere al grado de consideración moral que se otorga a los seres. Si se lo reconocemos, tenemos que tener en cuenta su bienestar a la hora de tomar decisiones.

Una forma muy influyente de responder a la pregunta de quién importa moralmente es determinar que algo merece consideración moral únicamente si posee una determinada propiedad. La racionalidad, la conciencia, la autonomía o la capacidad de sentir dolor nos ayudan a definir quién pertenece a nuestro círculo moral.

Desde esta perspectiva, responder a la pregunta sobre el estatus moral de la IA parece relativamente sencillo. Los grandes modelos de lenguaje como ChatGPT o Gemini generan textos sofisticados y simulan conversaciones humanas complejas, pero no hay evidencia sólida de que lo hagan con una intención o de que sean conscientes de ello. Tampoco existen pruebas de que sean conscientes o capaces de sufrir. En consecuencia, estas nuevas tecnologías no merecen ningún tipo de consideración moral. Son herramientas muy avanzadas de las que quizás nos encaprichamos con demasiada facilidad.

Esta posición tiene fuerza intuitiva. Sin embargo, cuando atendemos a cómo se ha ido ampliando nuestro círculo moral a lo largo de la historia, resulta menos ajustada. En la práctica, los avances rara vez han comenzado con el descubrimiento de propiedades “ocultas” en las entidades que no merecían consideración moral.

De las propiedades a las relaciones

Pensemos en dos grandes ejemplos históricos en los que se amplió el círculo moral: la abolición de la esclavitud y la inclusión de los animales en nuestra esfera moral.

En los dos casos el reconocimiento no surgió de golpe. Nadie “descubrió” que ciertos seres poseían propiedades moralmente importantes. Los seres humanos sabían que las personas esclavizadas siempre habían sido racionales y conscientes. Su sufrimiento era además muy evidente para mucha gente. También sabíamos que los animales eran capaces de sufrir. Sin embargo, durante siglos ese conocimiento fue de la mano de formas extremas de exclusión moral hacia esos colectivos.

Un cambio fundamental tuvo que ver con las relaciones en las que se incluyeron estos dos grupos oprimidos. Las personas esclavizadas, por ejemplo, se fueron integrando progresivamente en espacios laborales, religiosos y domésticos. Esto sucedió antes de la revolución moral que precipitó la abolición de la esclavitud. Aunque seguían excluidas jurídicamente, y aunque el tratamiento en casi cualquier contexto era inhumano, comenzaron a ocupar roles con carga moral dentro de un tejido social. Y así las relaciones se empezaron a reconfigurar hacia una mayor igualdad.

Aunque hay divergencias importantes, podemos rastrear dinámicas similares en el caso de los animales. La diferencia en la consideración moral que asignamos a un perro doméstico y un cerdo criado industrialmente no puede explicarse por sus “propiedades”. Ambos poseen capacidades cognitivas y sensitivas comparables. Lo que cambia es el tipo de “relación” que mantenemos con ellos. Los perros forman parte de los hogares, están en el centro de fuertes vínculos afectivos y de prácticas de cuidado. Los cerdos, en cambio, suelen quedar insertos en estructuras industriales impersonales. De nuevo son las relaciones las que parecen explicar cómo se articula y reparte la consideración moral.

La IA ya está relacionalmente integrada

En un artículo que acabamos de publicar, describimos este fenómeno general apelando al concepto de “inserción relacional”. La inserción relacional describe cómo ciertas entidades comienzan a ocupar posiciones moralmente significativas dentro de prácticas, instituciones y relaciones humanas sin que se les asigne estatus moral pleno. Cuando atendemos a este fenómeno, nuestras interacciones con la inteligencia artificial se vuelven especialmente interesantes. Los sistemas actuales de IA no son simples herramientas invisibles funcionando en segundo plano; participan y se insertan en espacios en los que nos relacionamos, como los hogares, escuelas u hospitales.

Los robots sociales utilizados para el cuidado de personas mayores ofrecen otro ejemplo claro. Aunque no poseen emociones reales, muchas personas desarrollan emociones genuinas hacia estas tecnologías. Y algo parecido ocurre con los chats conversacionales. Hay usuarios que se relacionan con ChatGPT como si fuera su consejero, su asistente personal o incluso su pareja o amigo. Otros les confían problemas personales, buscan apoyo psicológico o les atribuyen el papel de “expertos” dentro de su vida cotidiana.




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Por supuesto, que estas dos tecnologías estén ya insertas en numerosas relaciones y contextos institucionales no implica que debamos atribuirles derechos o estatus moral. Pero sí indica que empiezan a emerger formas parciales, localizadas y tentativas de reconocimiento moral. Y estas formas tentativas de reconocimiento son similares a las que hemos observado en otros episodios históricos en los que hemos ampliado nuestro círculo moral.

¿Qué relaciones queremos establecer con la IA?

Las discusiones sobre el estatus moral de la IA no pueden resolverse cuestionando las propiedades de estas nuevas tecnologías. La historia del progreso moral nos muestra que el reconocimiento ético no surge de ese tipo de preguntas abstractas. Surge a partir de numerosos cambios en la manera en que convivimos con ciertas “entidades”.

Nuestro círculo moral nunca ha sido fijo. Se ha transformado continuamente a medida que nuevas formas de relación, dependencia y convivencia alteraban las instituciones y sensibilidades colectivas. La inteligencia artificial podría convertirse en el próximo escenario en el que esa transformación vuelva a ponerse en juego.

Al final, el debate sobre el estatus moral de la IA no trata únicamente sobre máquinas. Trata también sobre nosotros mismos: sobre qué tipo de relaciones pueden hacer posible que sigamos abriendo nuestro círculo moral.


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Antonio Gaitán Torres recibe fondos de Agencia Estatal de Investigación.

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‘Crumbs’: un rastro de migas que conecta una mutación en los genes de una mosca con las enfermedades de la retina

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Ramón Martínez Morales, Profesor de Investigación del CSIC. Centro Andaluz de Biología del Desarrollo (CSIC/UPO/JA), Universidad Pablo de Olavide

Kamphol Phorangabpai/Shutterstock

La sensación de que todo está interconectado nos sobrevuela a diario. Desde lo más insignificante y subjetivo hasta lo trascendente y colectivo, todo parece unido por hilos de interdependencia casi siempre invisibles. Como en el cuento de los hermanos Grimm, el rastro de miguitas de pan que conecta un punto con el siguiente es devorado por los pájaros de lo cotidiano y tragado por el tiempo en este mundo convulso. Así, como Hansel y Gretel en el bosque, extraviamos el rastro y quedamos, la mayoría de las veces, abandonados a nuestro destino.

Sin embargo, muy de vez en cuando, el sitio adecuado y el momento justo coinciden, brindándonos el raro privilegio de ser testigos, a menudo involuntarios, del pequeño milagro que desvela ese rastro de migas. Así me ocurrió hace unas semanas en un auditorio de la Universidad de Potsdam, Alemania. Pero, para contar esta historia con orden, tenemos que retroceder casi 50 años.

El origen: buscando mutantes en Heidelberg

A finales de los años 70, dos jóvenes científicos, Christiane Nüsslein-Volhard y Erik Wieschaus, comparten un pequeño laboratorio en el recientemente fundado Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL), en las colinas que rodean Heidelberg. El lugar se esconde en mitad de una densa arboleda. Lo conozco bien: allí pasé seis años formativos, haciendo ciencia en el departamento de Biología de Desarrollo.

En ese mismo entorno, entre 1978 y 1981, Christiane y Erik llevaron a cabo un escrutinio genético usando como modelo la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) que transformaría radicalmente nuestra comprensión del desarrollo embrionario. Los científicos identificaron 120 genes esenciales para la formación de los ejes principales del embrión de esta mosca. Su estudio, cuyas conclusiones centrales se publicaron en Nature en 1980, tendría repercusiones mucho más allá del campo del desarrollo y culminaría en un Premio Nobel en 1995.

Tras la publicación inicial, y una vez establecidos sus laboratorios independientes, la descripción de los mutantes continuó con un reguero de pequeñas publicaciones, como ondas en un estanque. En una de ellas, se describe por primera vez y someramente una mutación a la que denominaron crumbs (“migas” en inglés), cuyo nombre deriva de la apariencia fragmentada de la cutícula embrionaria de las larvas mutantes. El aislamiento y caracterización del gen mutado tendría que esperar seis años más.




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El aislamiento de una proteína de polaridad celular

Los avances en biología molecular y la determinación de otra bióloga del desarrollo, Elisabeth Knust hicieron posible el aislamiento del gen mutado en crumbs en 1990.

Tres décadas más tarde, el pasado 12 de marzo, en reconocimiento a su brillante trayectoria, la científica recibió el premio “Klaus Sander” en el auditorio de Potsdam, donde se celebraba el congreso conjunto de las sociedades de biología del desarrollo de Alemania, Países Bajos y España al que asistí.

La bióloga, ya jubilada, desgranó en un emotivo discurso toda una vida de descubrimientos ante un publico atento compuesto por varias generaciones de biólogos del desarrollo. En su conferencia, dedicó un capítulo muy especial a relatar cómo su equipo llevó a cabo, con cierta serendipia, el aislamiento del gen crumbs y a descubrir su papel clave para garantizar la integridad de este tipo de tejidos, los epitelios, esenciales para la organización de la mayoría de los órganos del cuerpo.

Aunque se conocía desde hacía décadas que las células epiteliales presentaban regiones apicales y basales muy diferenciadas a nivel estructural y funcional (estaban polarizadas), a principios de los noventa había pocas evidencias sobre cómo se regulaba esta arquitectura celular a nivel molecular. Este estudio fue pionero al identificar la proteína Crumbs como reguladora de la polaridad, conectando control genético, arquitectura celular y desarrollo embrionario.

De la mosca al humano

La tercera pieza de este rompecabezas la desveló la propia Eli Knust, en Potsdam, al mencionar a un colaborador neerlandés de la Universidad de Radboud, Frans Cremers, experto en genética humana.

En ese momento, soy testigo de una maravillosa coincidencia. Tan sólo unos meses antes, el 12 de septiembre de 2025, había tenido la enorme suerte de asistir en la ciudad de Nimega (Paises Bajos) al simposio de despedida que dio Frans antes de jubilarse. Se celebraban 40 años de dedicación al estudio de las enfermedades hereditarias de la retina, aquellas que causan ceguera progresiva. El impacto del trabajo de Frans, con más de 30 genes identificados, puede dimensionarse a través de las palabras de profundo agradecimiento de los pacientes presentes en el acto. La conexión entre ambos discursos, entre dos vidas dedicadas a la ciencia, es precisamente nuestro gen Crumbs.

En 1999, el equipo de Frans identificó mutaciones en CRB1, el equivalente en humanos de Crumbs, en familias afectadas por una forma severa de retinitis pigmentosa. El trabajo fue clave no sólo para la carrera del científico, sino para comprender los mecanismos que conducen a las distrofias hereditarias de retina. Hasta entonces, las pocas mutaciones identificadas afectaban sobre todo a genes implicados en la fototransducción, el proceso biológico mediante el cual los fotorreceptores de la retina (conos y bastones) convierten la energía lumínica en señales eléctricas. CRB1, en cambio, apuntaba a defectos estructurales en la arquitectura de los fotorreceptores.




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La voz de los pacientes

La última pieza del puzzle flotaba en mi mente mientras escuchaba a Eli Knust el pasado marzo en el auditorio de Potsdam. Entonces pensé en Miguel Ruiz, el presidente de la Asociación de pacientes afectados de mutaciones precisamente en CRB1, fundada en 2019, y en el impacto recíproco entre la investigación científica y su divulgación a la sociedad.

Miguel viene de una familia de afectados por una mutación en CRB1 que el mismo porta en su genoma. Quizás por esto, su compromiso y dedicación como portavoz de los pacientes trasciende fronteras. Es un divulgador incansable de los avances genéticos y las nuevas terapias, no sólo en distrofias hereditarias de la retina, sino en el conjunto de las enfermedades raras. Miguel es una inspiración para los científicos en activo, un recordatorio de que nuestro trabajo impacta en la vida de las personas.

El camino que conecta la curiosidad de Christiane Nüsslein-Volhard con la tenacidad de Miguel Ruiz es largo y difícil de rastrear. Es, sin embargo, un relato muy elocuente de como las preguntas aparentemente básicas –por ejemplo, ¿cómo se forma un embrión?– acaban por impactar en nuestra vida cotidiana y ayudan a entender, por ejemplo, por qué perdemos la vista.

Cada pista acerca de cómo el gen CRB1 y sus homólogos contribuyen a la progresión de la enfermedad es un nuevo rastro de migas de pan. Ojalá que esta vez no las devoren los pájaros, como en el cuento, y podamos la completar con éxito esta aventura que comenzó hace ya medio siglo, observando con asombro las larvas de una humilde mosca.

The Conversation

Juan Ramón Martínez Morales recibe fondos de la UE, a través del proyecto ProgRet: European Training Program to Understand, Diagnose and Treat Autosomal Dominant Retinal Diseases. H2020-MSCA-ITN-2022 (ID:101120562).
Los objetivos de este proyecto se relacionan indirectamente con el presente artículo de divulgación.

– ref. ‘Crumbs’: un rastro de migas que conecta una mutación en los genes de una mosca con las enfermedades de la retina – https://theconversation.com/crumbs-un-rastro-de-migas-que-conecta-una-mutacion-en-los-genes-de-una-mosca-con-las-enfermedades-de-la-retina-281208

Por qué debemos tener especial cuidado con las intoxicaciones alimentarias durante las olas de calor

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Soledad Ascaso Sánchez, Técnico Especializado de Investigación, Instituto de Salud Carlos III

Natalia Deriabina/Shutterstock

Especialmente durante el verano solemos consumir alimentos al aire libre, bien sea realizando pícnics, en terrazas de establecimientos de restauración o lugares de ocio, incluso en el exterior de nuestras viviendas. En estas circunstancias, los alimentos permanecen expuestos durante un tiempo a la temperatura ambiente, normalmente elevada en esta época del año, lo que incrementa la posibilidad de que podamos sufrir una intoxicación alimentaria.

Las enfermedades de transmisión alimentaria son un problema de salud importante en Europa. España se encuentra entre los países con mayor número de casos registrados, ocupando el sexto lugar.

En la época de altas temperaturas ambientales, este tipo de enfermedades aumenta, especialmente las causadas por bacterias como Salmonella, Campylobacter y Escherichia coli. Esto se debe, en gran parte, a que factores como el calor, la humedad, la lluvia o el viento favorecen la proliferación de estos microorganismos.

Además, el cambio climático está empeorando esta situación. El aumento de fenómenos extremos, como las olas de calor –cada vez más frecuentes e intensas en Europa, sobre todo en la zona mediterránea–, crea condiciones ideales para que estas bacterias se multipliquen más rápido.

Ingresos hospitalarios por infecciones alimentarias

Ante este escenario, hemos analizado si las altas temperaturas, y en particular las olas de calor, influyen en el número de ingresos hospitalarios urgentes por estas infecciones. Nuestro estudio ha sido publicado recientemente en la revista Science of The Total Environment.

Como primer paso, calculamos que la temperatura máxima umbral a partir de la cual aumentaban los ingresos hospitalarios por enfermedades de transmisión alimentaria era de 12 ºC.

Para establecer el efecto de las olas de calor, se utilizó el umbral determinado por el Ministerio de Sanidad (2022) para la definición de ola de calor. Para la serie de años analizada (2013-2018), se estableció en una temperatura máxima diaria de 34 ºC.

Durante los seis años, a partir de los datos de hospitalizaciones procedentes del Registro de Actividad de Atención Especializada. RAE-CMBD en la Comunidad de Madrid, se contabilizaron 5 091 ingresos por las principales enfermedades bacterianas de transmisión alimentaria. De estos, 3 160 correspondieron a salmonelosis, 1 769 a campylobacteriosis y 182 a infección por Escherichia coli.

Mayor riesgo de intoxicaciones

Así, detectamos que para cada grado de aumento de la temperatura máxima diaria a partir del umbral de 12 ºC, el riesgo de ingreso hospitalario por una enfermedad de trasmisión alimentaria de origen bacteriano aumentó un 3,59 %

En el caso de los días de olas de calor durante el verano, encontramos que por cada grado de aumento de la temperatura máxima superior a 34 ºC, el incremento del riesgo de sufrir un ingreso hospitalario por enfermedades de transmisión alimentaria fue de 12,21 %.

Esto supone que se pueden atribuir 208 ingresos por esta causa debidos a las altas temperaturas durante las olas de calor. Es decir, el 9,3 % del total de ingresos por intoxicaciones alimentarias dados en los meses de verano en la región de Madrid entre 2013 y 2018 podría atribuirse al efecto de la temperatura en olas de calor.

La importancia de la refrigeración

La temperatura ambiente elevada es un factor de riesgo que favorece el incremento de los ingresos hospitalarios atribuibles a las principales infecciones de transmisión alimentaria de origen bacteriano. Según nuestras estimaciones, el mayor impacto se produce durante las olas de calor.

Los resultados ofrecidos por nuestro estudio pueden servir de base para implementar estrategias preventivas. Es importante mantener los alimentos a la temperatura adecuada desde la producción hasta el momento del consumo, en el conjunto de la cadena alimentaria. Sin embargo, resulta fundamental promover la concienciación de la población sobre las medidas de conservación en la última etapa, manteniendo los alimentos refrigerados hasta el momento inmediatamente anterior al consumo, especialmente en los días de ola de calor.

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Cristina Linares Gil recibe fondos del Instituto de Salud Carlos III

Julio Díaz recibe fondos de Instituto de Salud Carlos III

José Antonio López Bueno, María Soledad Ascaso Sánchez y Miguel Ángel Navas Martín no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

– ref. Por qué debemos tener especial cuidado con las intoxicaciones alimentarias durante las olas de calor – https://theconversation.com/por-que-debemos-tener-especial-cuidado-con-las-intoxicaciones-alimentarias-durante-las-olas-de-calor-286970

Plus d’un adulte sur cinq est touché par le handicap dans sa famille

Source: The Conversation – in French – By Roméo Fontaine, Chargé de recherches, Ined (Institut national d’études démographiques)


L’essentiel

  • Vingt ans après sa première enquête « Familles et Employeurs », l’Institut national d’études démographiques (Ined) s’est de nouveau penché sur les liens entre vie familiale et vie professionnelle.
  • Les résultats de cette nouvelle édition, publiée en juin 2026, permettent pour la première fois d’estimer combien de personnes sont confrontées au handicap dans leur famille.
  • L’enquête montre que les inégalités sociales de santé sont particulièrement marquées dans l’expérience du handicap et que le fait d’être parent d’un enfant handicapé a de fortes répercussions sur les parcours professionnels.

Le handicap concerne bien plus de personnes qu’on ne l’imagine. Les premiers résultats de l’enquête Familles et Employeurs (FamEmp), réalisée par l’Ined en 2024 auprès de plus de 41 000 personnes âgées de 20 à 65 ans, montrent que plus d’un adulte sur cinq est concerné par un handicap sévère, le sien ou celui d’un parent, d’un conjoint ou d’un enfant.

En observant le handicap à l’échelle des familles, l’enquête révèle des réalités souvent peu visibles : de fortes inégalités sociales face au handicap d’un parent, des formes d’aidance très différentes selon les liens familiaux et la vulnérabilité particulière des parents d’enfants en situation de handicap.

Une mesure inédite du handicap dans les familles

En France, le handicap est défini, selon la loi du 11 février 2025, comme : « Toute limitation d’activité ou restriction de participation à la vie en société subie dans son environnement par une personne en raison d’une altération substantielle, durable ou définitive d’une ou de plusieurs fonctions physiques, sensorielles, mentales, cognitives ou psychiques, d’un polyhandicap ou d’un trouble de santé invalidant ».

Cette définition, large et inclusive, rend néanmoins difficile le dénombrement des personnes concernées, tant les situations qu’elle recouvre sont diverses. Elle ne fixe aucun critère d’âge et s’applique donc aussi bien aux enfants qu’aux adultes, englobant aussi les situations de perte d’autonomie liées au vieillissement.

L’enquête Familles et Employeurs apporte à cet égard un éclairage inédit. En recueillant des informations sur les enquêtés mais aussi sur leurs parents, leur conjoint et leurs enfants, elle permet, pour la première fois, d’estimer combien de personnes sont confrontées au handicap à l’échelle de leur famille.

L’enquête retient l’indicateur global de restriction d’activité, désormais intégré au questionnaire de l’enquête annuelle du recensement de la population. Sont considérées comme étant en situation de handicap sévère les personnes présentant de manière durable de fortes limitations dans les activités quotidiennes à cause d’un problème de santé.

Ainsi défini, le handicap sévère concerne 22 % des personnes âgées de 20 à 65 ans : 4 % sont elles-mêmes concernées, 16 % le sont à travers un parent, un conjoint ou un enfant et 2 % cumulent ces deux situations. Cette proportion augmente avec l’âge : elle passe de 13 % chez les 20-29 ans à 28 % chez les 50-65 ans.

Le handicap d’un parent : une réalité socialement marquée

Parmi les différentes situations de handicap touchant les familles, celle d’un parent est de loin la plus fréquente. Parmi les personnes de 20 à 65 ans, 15 % déclarent avoir un père ou une mère présentant de fortes limitations dans les activités de la vie quotidienne.

Le rôle essentiel de l’aide filiale dans le soutien à l’autonomie des parents est aujourd’hui bien établi. Pourtant, cette aide reste principalement pensée à travers les situations vécues par les adultes proches de la retraite, dont les parents sont les plus âgés.

Certes, avec des parents plus exposés du fait de leur âge aux restrictions d’activité, les 50-59 ans sont plus souvent concernés : 18 % ont un parent avec de fortes limitations. Mais l’enquête révèle que les jeunes adultes sont loin d’être épargnés : 11 % chez les 20-29 ans, 15 % chez les 30-39 ans et 17 % chez les 40-49 ans.

Surtout, les inégalités sociales sont beaucoup plus marquées à ces âges. Ainsi, parmi les 20-29 ans, les personnes ayant grandi dans un milieu modeste sont trois fois plus nombreuses à avoir un parent présentant de fortes limitations que celles issues d’un milieu favorisé (22 % contre 7 %). Les inégalités sociales de santé se prolongent ainsi jusque dans l’expérience familiale du handicap.

Ce gradient social se réduit avec l’âge, mais s’observe également chez les 30-39 ans et les 40-49 ans pour disparaître après 50 ans. Non pas parce que les inégalités de santé s’effacent, mais parce qu’elles sont telles que les parents issus des milieux les plus modestes décèdent plus souvent de manière précoce. Parmi les personnes âgées de 60 à 65 ans ayant grandi dans une famille modeste, 34 % ont encore au moins un parent en vie, contre 47 % parmi celles issues d’un milieu favorisé.

Figure 1 – Proportion de personnes ayant au moins un parent vivant avec un handicap sévère, selon l’âge et le niveau de vie pendant l’enfance.
Ined, enquête FamEmp (2024), Fourni par l’auteur

Un engagement quasi systématique dans le cas de jeunes enfants

Avoir un proche en situation de handicap ne signifie pas nécessairement devenir aidant. Et lorsqu’on le devient, l’intensité de l’engagement varie fortement selon le lien familial.

Quand le handicap concerne la mère ou le père, le plus souvent non cohabitant, près des deux tiers des personnes âgées de 20 à 65 ans se déclarent non-aidants. Lorsqu’elles apportent une aide, celle-ci est majoritairement hebdomadaire ou plus occasionnelle. La situation est très différente lorsque le handicap concerne le conjoint, généralement cohabitant, avec une implication beaucoup plus fréquente : 16 % des personnes déclarent l’aider tout le temps ou presque et 36 % au moins une fois par jour.

Mais c’est auprès des jeunes enfants que l’engagement est le plus fort. Lorsqu’un enfant de moins de 16 ans présente un handicap, plus de huit parents sur dix (83 %) déclarent l’aider quotidiennement ou presque en permanence. L’accompagnement devient alors une composante centrale de la vie familiale. Lorsque l’enfant a plus de 16 ans, et qu’il réside plus souvent dans un autre logement, l’implication parentale est moindre, mais reste toutefois fréquente.

Figure 2 – Fréquence de l’aide apportée à un parent, conjoint ou enfant en situation de handicap.
Ined, enquête FamEmp (2024), Fourni par l’auteur

L’intensité de l’aide, particulièrement élevée lorsqu’elle concerne un enfant en situation de handicap, est associée à une moindre participation au marché du travail. Parmi les femmes qui apportent une aide continue à un proche en situation de handicap, le taux d’emploi est inférieur de 16 points de pourcentage à celui des femmes non aidantes. L’écart est comparable chez les hommes (14 points).

Cette association peut s’expliquer par deux mécanismes. D’une part, les contraintes liées à l’accompagnement peuvent conduire certains aidants à réduire ou interrompre leur activité professionnelle. D’autre part, exercer un emploi peut limiter le temps pouvant être consacré à l’aide.

Le débat sur le grand âge ne doit pas faire oublier les familles d’enfants handicapés

Selon l’enquête Familles et Employeurs, 2 % des parents ont un enfant avec un handicap sévère, 8 % si l’on considère également les handicaps modérés. Ces familles cumulent plus fréquemment des difficultés économiques et sociales : niveau de diplôme plus faible, monoparentalité plus fréquente, emploi à temps plein moins courant, difficultés financières plus nombreuses et moindre satisfaction à l’égard de leur vie.

Les conséquences sont particulièrement marquées sur les trajectoires professionnelles des mères. Lorsqu’un enfant présente un handicap sévère, 30 % quittent leur emploi dans l’année suivant sa naissance, contre 18 % lorsque l’enfant n’est pas concerné par un handicap.

Plus largement, près de quatre parents sur dix estiment que l’exercice d’une activité professionnelle est difficilement conciliable avec leur rôle d’aidant. Le handicap d’un enfant influence également les projets familiaux en réduisant les intentions d’avoir d’autres enfants.

Le vieillissement de la population et la grande fragilité des dispositifs d’aide formelle placent aujourd’hui les proches aidants de personnes âgées au cœur du débat public. Cette évolution est légitime : les besoins d’accompagnement progressent beaucoup plus vite que l’offre de services à domicile ou d’accueil en établissement pour personnes âgées.

Les résultats de l’enquête Familles et Employeurs montrent toutefois que cette focalisation ne doit pas conduire à invisibiliser d’autres situations d’aidance. Les parents d’enfants en situation de handicap apparaissent aujourd’hui comme les plus fortement exposés aux conséquences du handicap sur l’emploi, les conditions de vie et les parcours familiaux.

Il ne s’agit pas d’opposer les familles accompagnant un parent âgé à celles accompagnant un enfant ou un adulte en situation de handicap mais au contraire de construire une action publique englobant les situations d’aidance dans leur diversité. Les parcours de vie montrent que les frontières entre handicap et perte d’autonomie liée au vieillissement sont souvent plus poreuses que ne le laissent penser les dispositifs publics actuels.

À l’heure où les contraintes budgétaires renforcent la tentation de s’appuyer davantage sur les solidarités familiales, ces résultats invitent à mieux articuler les politiques du handicap, du grand âge et de soutien aux proches aidants. Sans cette approche plus transversale, le risque est de renforcer des inégalités sociales déjà très marquées entre les familles confrontées au handicap.

The Conversation

Roméo Fontaine a reçu des financements de l’État gérés par l’ANR : LifeObs (ANR-21-ESRE-0037) au titre de France 2030 ; WorkLiB (ANR-24-CE41-7235-01) ; KAPPA (ANR-22-PAVH-0004) au titre de France 2030.

– ref. Plus d’un adulte sur cinq est touché par le handicap dans sa famille – https://theconversation.com/plus-dun-adulte-sur-cinq-est-touche-par-le-handicap-dans-sa-famille-286870

Dans la France des outre-mer, les marges des distributeurs sont-elles responsables de la vie chère ?

Source: The Conversation – in French – By Florent Venayre, Professeur des universités en sciences économiques, Université de la Polynésie Française

Les habitants des outre-mer pâtissent de prix élevés pour acheter leurs produits, notamment ceux du quotidien. Une des causes identifiées dans le débat public : les marges des distributeurs. Mais sont-elles sont excessives par rapport à l’Hexagone ?


À chaque débat sur la vie chère dans la France des outre-mer, les distributeurs se retrouvent au banc des accusés. Le rapport publié par la commission d’enquête du Sénat en mai 2026 ne fait pas exception.

Il souligne le poids des marges dans le prix payé par les consommateurs et s’interroge sur le fonctionnement de la grande distribution dans les territoires ultramarins. Par exemple, la recommandation 4 souhaite « instaurer un affichage obligatoire des marges sur les produits non transformés, afin d’accroître la transparence sur les marges de la grande distribution sur les produits bruts ».

La raison ? Les écarts de prix avec l’Hexagone. En 2022, ils atteignent 36,7 % à La Réunion et 41,8 % en Guadeloupe pour les produits alimentaires.

Des études récentes, notamment de l’Institut d’émission des départements d’outre-mer, de la Chambre de commerce et d’industrie de la Martinique, ne confirment pas l’existence de marges excessives. Comment expliquer ce paradoxe ?

Travaillant sur les questions de concurrence, de régulation et de vie chère en outre-mer depuis plus de vingt ans, nous proposons ici des éléments d’explication.

Coût de la vie lié à l’insularité

Plusieurs facteurs sont avancés pour expliquer pourquoi les prix sont plus élevés dans les territoires ultramarins que dans l’Hexagone : manque de concurrence, fiscalité, coûts logistiques, éloignement géographique ou encore faiblesse de la production locale. Les études soulignent que ces différents facteurs ne contribuent pas de manière égale à la vie chère.

L’existence d’un modèle social « à la française » et des rémunérations majorées de la fonction publique se répercutent sur l’ensemble des prix. Ce constat peut être rapproché du théorème de Balassa-Samuelson ; il explique que les économies les moins productives présentent généralement des niveaux de salaires et de prix plus faibles que les économies plus productives.

Les outre-mer français constituent à cet égard un cas particulier : les niveaux de rémunération y restent largement ancrés à ceux observés en France, malgré une productivité plus faible. Le lien entre productivité, salaires et prix, qui constitue le mécanisme central du théorème de Balassa-Samuelson, y est donc beaucoup plus faible, ce qui contribue à maintenir un niveau de prix élevé.

Dans son rapport du 3 avril 2025, le Sénat avait souligné les nombreuses causes des prix élevés en outre-mer. »
Sénat

Accumulation de coûts supplémentaires

Une étude réalisée en 2023 par l’économiste Olivier Sudrie pour la Chambre de commerce et d’industrie de la Martinique conclut que les taux de marges des grossistes-importateurs sont « identiques à ceux prévalant dans l’Hexagone » et de deux points supérieurs pour le commerce de détail ». L’essentiel des écarts de prix provient de l’accumulation de coûts supplémentaires, tout au long de la chaîne d’approvisionnement comme le transport international, les coûts portuaires ou la fiscalité indirecte dont l’octroi de mer, une taxe sur marchandises introduites dans les départements d’outre-mer, ou les droits de douane en Polynésie française.

En 2026, toujours pour la Martinique, l’Autorité de la concurrence et l’Institut d’émission des départements d’outre-mer sont parvenus à des conclusions similaires. À partir des comptes réels des principaux groupes de distribution, on observe des marges nettes très faibles, comprises entre -1,4 % et + 1,2 % selon les formats de magasins.

Le dernier rapport sénatorial souligne que l’insularité, l’éloignement des marchés d’approvisionnement et la faible production locale expliquent une part importante des écarts de prix observés avec l’Hexagone.

Ces travaux ne supposent pas que les marchés ultramarins soient exempts de problèmes de concurrence. Comme partout, les autorités doivent rester attentives aux ententes, abus de position dominante ou barrières à l’entrée. Mais les données disponibles ne permettent pas de considérer les marges de distribution comme le principal facteur explicatif de la vie chère.

La concentration et le manque de concurrence entre acteurs de la grande distribution sont souvent postulés, y compris en France métropolitaine, mais l’évolution de leurs parts de marché dans le temps atteste au contraire d’un dynamisme du marché (graphique extrait du rapport du Sénat du 19 mai 2026).

Les marges ne sont pas des profits

Les « marges » sont souvent perçues comme synonymes de profits. Plus elles sont élevées, plus les distributeurs seraient supposés s’enrichir aux dépens des consommateurs.

Cette assimilation est trompeuse, car la référence principalement utilisée dans le débat sur la vie chère reste la marge commerciale. Or, elle ne correspond pas au bénéfice de l’entreprise. Elle sert à financer les salaires, les loyers, les entrepôts, l’énergie, le transport, les pertes sur les produits périssables, les impôts et l’ensemble des coûts nécessaires à la distribution des marchandises.

Dans des économies insulaires éloignées des grands marchés mondiaux, ces coûts sont généralement plus élevés qu’en France hexagonale. Pour mesurer l’existence éventuelle d’un surprofit, ce sont donc les résultats nets des entreprises qu’il faut examiner, et non les seules marges commerciales.




À lire aussi :
Vie chère dans les outre-mer : pourquoi l’interdiction des exclusivités d’importation est une fausse bonne idée


Une objection est parfois avancée : les groupes de distribution pourraient réaliser une partie de leurs profits dans d’autres sociétés du groupe plutôt qu’au niveau des magasins, grâce notamment au jeu des facturations entre filiales. L’Autorité de la concurrence a examiné cette hypothèse dans son étude martiniquaise. Malgré les limites reconnues de l’exercice, les marges nettes consolidées qu’elle observe demeurent faibles.

Dans son avis du 19 septembre 2019 sur les mécanismes d’importation et de distribution en Polynésie française, l’Autorité polynésienne de la concurrence a insisté sur la marge de 44 % des distributeurs dans le prix final payé par le consommateur. Un taux mal compris à la source de débats faussés.
Autorité polynésienne de la concurrence

« Marge de 44 % » en Polynésie française

Tahiti fournit un exemple révélateur de cette confusion entre marge commerciale et résultat net. L’Autorité polynésienne de la concurrence a publié en 2019 un avis dans lequel elle indiquait que la marge des distributeurs représentait 44 % du prix payé par les consommateurs (en agrégeant des produits très différents). Depuis, ce chiffre revient régulièrement dans les débats publics en étant utilisé comme la preuve d’une captation excessive du prix final par les distributeurs.

Ce taux mesure autre chose : il correspond aux marges commerciales cumulées des importateurs-grossistes et des détaillants.

Prenons un exemple simplifié. Un produit arrive en Polynésie au prix de 100 francs Pacifiques (FCFP). L’importateur le revend 135 FCFP au détaillant, qui le revend ensuite 200 FCFP hors taxes. Après application de la TVA, le consommateur paie 230 FCFP. La marge commerciale cumulée représente alors 100 FCFP sur les 230 FCFP payés par le consommateur, soit 43,5 %. Ce résultat peut sembler spectaculaire. Pourtant, les taux de marge observés à chaque étape restent comparables à ceux observés dans de nombreux commerces métropolitains, comme nous allons le voir avec les graphiques ci-dessous.

Le chiffre de 44 % ne mesure donc pas un bénéfice. Il mesure une marge commerciale cumulée destinée à couvrir l’ensemble des coûts de distribution. Mieux payer ses salariés augmente par exemple la marge commerciale… mais pas le bénéfice !

Sa portée est d’autant plus difficile à interpréter que la composition précise de l’échantillon étudié et les pondérations utilisées ne sont pas détaillées par l’Autorité polynésienne dans son avis. Or, les marges varient fortement selon les produits considérés. Le risque est de transformer un indicateur difficilement interprétable en la preuve d’un comportement qu’il ne permet pas d’établir.

Dans une étude de l’INSEE de 2023 sur les marges commerciales de la distribution hexagonale, on constate des marges du commerce de de gros et de détail cohérentes, compte tenu notamment des tailles des entreprises, à celles que l’on observe dans les outre-mer.
Insee

Mieux identifier les causes pour mieux agir

Les écarts de prix observés entre les outre-mer et la France hexagonale sont bien réels. Ils pèsent sur le pouvoir d’achat des ménages et justifient pleinement le débat public. Encore faut-il identifier correctement leurs causes.

Adopter des politiques principalement centrées sur les marges des distributeurs risque de passer à côté de l’objectif de lutte contre la vie chère, voire de déboucher sur de fausses bonnes idées.

Les travaux disponibles invitent plutôt à prendre en compte les contraintes structurelles auxquelles sont confrontés les territoires ultramarins : éloignement, coûts de transport, dispersion géographique, étroitesse des marchés ou dépendance aux importations, formation des revenus et des prix déconnectés de la productivité.

Le nécessaire débat sur la vie chère mérite des indicateurs permettant de distinguer clairement coûts de distribution, marges commerciales et bénéfices. Identifier correctement les causes d’une difficulté est la première condition pour y apporter une réponse politique efficace.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Dans la France des outre-mer, les marges des distributeurs sont-elles responsables de la vie chère ? – https://theconversation.com/dans-la-france-des-outre-mer-les-marges-des-distributeurs-sont-elles-responsables-de-la-vie-chere-284476

Billes, cartes Pokémon… Pourquoi les enfants aiment faire du troc

Source: The Conversation – in French – By Pascale Ezan, professeur des universités – comportements de consommation – alimentation – réseaux sociaux, Université Le Havre Normandie


L’essentiel

  • Dans les groupes d’enfants, dans les cours de récréation, on s’échange des billes, des cartes à collectionner ou des goûters. Loin d’être anodin, ce troc sensibilise les enfants à la valeur des produits.
  • Par le troc, les enfants découvrent la réciprocité des échanges, la nécessité de faire des arbitrages, de trouver des partenaires…
  • Considérer le troc comme une expérience d’apprentissage nous rappelle que la valeur d’un produit ne se résume pas à un prix sur une étiquette, c’est une reconnaissance et une relation.

Avec la baisse du pouvoir d’achat, la montée des préoccupations écologiques et les incitations répétées à consommer autrement, le troc revient en force dans les pratiques de consommation. Entre vide-dressings et plateformes d’échange entre particuliers, l’idée de donner un objet pour en recevoir un autre semble retrouver une forme de modernité, dans une société saturée par les transactions monétaires.

Pourtant, le troc n’est ni une pratique récente ni une simple réponse à la crise économique. Il constitue une convention sociale ancienne, largement documentée par les sciences humaines et sociales.

Les travaux de Marcel Mauss sur le don montrent combien les échanges non monétaires occupaient une place centrale dans les sociétés dites primitives, en structurant des relations d’obligation, de réciprocité et de reconnaissance.

Le troc : une pratique traditionnellement liée à l’enfance

Il existe un espace où le troc est toujours resté particulièrement vivant : les cours de récréation. Les enfants y échangent cartes à collectionner, billes, bracelets, figurines, goûters ou petits objets. Ces échanges ont vocation à compenser deux limites propres à cette période de la vie : un pouvoir d’achat restreint et une compréhension encore partielle des transactions commerciales. Ne pouvant pas toujours acquérir des produits sans l’aide de leurs parents, les enfants inventent des manières d’accéder aux objets désirés par le troc.

Souvent perçu par les adultes comme anecdotique ou conflictuel, le troc joue, en réalité, un rôle important dans leur apprentissage de la valeur des produits et des services.

En effet, comprendre ce que vaut une chose est une question complexe pour les enfants : le prix, tel qu’il est affiché en magasin, fait figure d’abstraction, impossible à matérialiser chez les jeunes consommateurs avant l’âge de 6 ou 7 ans. Il suppose de comprendre qu’un objet puisse être converti en une quantité d’argent, que cette quantité permet de comparer des produits entre eux, et que cette comparaison est relativement stable quel que soit le contexte d’achat.

Or, avant de pouvoir s’approprier pleinement ces notions monétaires, les enfants apprennent prioritairement la valeur à travers des échanges concrets et à partir d’objets aisément manipulables : je donne quelque chose et je reçois quelque chose.

Accéder à la valeur économique des produits

Le troc familiarise l’enfant aux divers scénarios des transactions marchandes. Il lui permet d’expérimenter, dans un cadre familier, entre pairs, plusieurs dimensions fondamentales de l’échange telles que la réciprocité. Ainsi, pour obtenir quelque chose, il faut accepter de céder autre chose ; posséder un nouvel objet suppose de renoncer à un autre.

Ce renoncement est central dans la socialisation l’enfant consommateur. Il lui apprend que tout désir lié à l’acquisition d’un bien marchand ne peut pas être satisfait sans contrepartie.

Le troc enseigne également l’arbitrage. Lorsque l’enfant possède un nombre limité d’objets échangeables, il doit opérer des choix. Doit-il conserver cette carte rare ou l’échanger contre plusieurs cartes plus communes ? Vaut-il mieux obtenir un objet convoité dans des conditions dégradées ou attendre une meilleure offre ? Faut-il accepter un échange déséquilibré pour compléter sa collection ?

Ces décisions s’apparentent aux arbitrages budgétaires que l’enfant rencontrera lorsqu’il disposera d’argent de poche ou qu’il sera confronté à des étiquettes de prix apposées sur les produits.

Appréhender collectivement la valeur symbolique des objets

À partir de 7 ans ou 8 ans, notamment dans les pratiques de collection, les enfants commencent à hiérarchiser les objets. Ils comparent, classent, évaluent. Ils apprennent peu à peu qu’une carte rare ne vaut pas une carte ordinaire, qu’une bille très recherchée peut valoir plusieurs billes moins prestigieuses, qu’un objet à la mode peut prendre temporairement de la valeur dans la cour de récréation. L’échange devient alors un espace d’apprentissage privilégié de la valeur symbolique des objets.

L’observation des jeux de billes est particulièrement éclairante en la matière. Dans les cours d’école, les enfants établissent de véritables grilles de valeur : une bille ordinaire peut servir d’étalon, tandis que d’autres billes valent deux, trois, voire davantage selon leur taille, leur matière, leur couleur, leur rareté ou leur prestige.

Une bille n’est donc pas seulement une chose matérielle. Elle est enchâssée dans un système de symboles et de règles qui sont élaborés entre enfants. La valeur d’un objet ne dépend pas seulement de ses propriétés visibles, mais aussi de normes partagées par le groupe qui échappe souvent au regard des adultes.

Cela explique pourquoi les phénomènes de mode sont si puissants dans les cours de récréation. Un objet peut être très recherché, puis perdre presque sa valeur quelques semaines plus tard. Les enfants expérimentent alors une dimension fondamentale de la valeur symbolique des biens : sa variabilité. La valeur dépend de la rareté perçue, du désir collectif, de la circulation des objets, du prestige associé à leur possession. Une carte, une bille ou une figurine peut devenir précieuse parce que « tout le monde la veut » dans la cour de récréation.

Accéder à la valeur sociale des choses

La valeur d’un objet ne se décrète pas seule : elle se discute, se teste, se conteste. Un enfant peut estimer que son objet « vaut beaucoup », mais il doit en convaincre les autres. Il apprend ainsi que la valeur n’est pas seulement une qualité intrinsèque de l’objet : elle dépend de l’assentiment des pairs, de la demande, des circonstances et de sa compétence à faire reconnaître cette valeur dans l’échange.

Les disputes qui accompagnent souvent le troc sont constitutives de l’apprentissage. Les enfants débattent pour savoir si l’échange est équitable, si l’un a profité de l’autre, si telle carte vaut vraiment trois ou quatre cartes, si l’accord obtenu peut être révisé. Ils expérimentent ainsi des notions morales inhérentes à la vie en société comme l’équité, la loyauté, la confiance.

Pour troquer, les enfants doivent aussi identifier les bons partenaires, anticiper les désirs des autres, présenter leur objet de manière attractive, négocier, refuser, insister ou se retirer. Ils reproduisent, à leur échelle, des scènes observées dans les magasins, au sein de leur foyer ou dans les interactions entre adultes. En ceci, le troc peut s’apparenter à un territoire social où se jouent le statut, l’influence et l’appartenance au groupe.

En grandissant, l’enfant comprend que le prix permet d’échapper en partie aux fluctuations du troc. Il n’a plus à convaincre un pair que son objet est « cher » ; il doit comprendre qu’un montant affiché rend possible, ou non, l’acquisition du produit désiré. Le prix simplifie l’échange, mais il l’abstrait. Il rend les comparaisons plus faciles, tout en éloignant l’enfant de la matérialité immédiate de la transaction.

À l’heure où le troc revient dans les pratiques adultes, souvent associées à la sobriété, au réemploi ou à la consommation responsable, il est intéressant de le considérer aussi comme une expérience d’apprentissage. Chez les enfants, il constitue une étape dans la compréhension du monde économique et social dans lequel il grandit.

En ce sens, le troc rappelle une caractéristique que les sociétés monétaires tendent parfois à faire oublier : la valeur d’un produit ne se résume pas à son prix. Avant d’être un chiffre sur une étiquette, elle est une négociation, une reconnaissance et une relation.

The Conversation

Pascale Ezan ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Billes, cartes Pokémon… Pourquoi les enfants aiment faire du troc – https://theconversation.com/billes-cartes-pokemon-pourquoi-les-enfants-aiment-faire-du-troc-287039

Les ONG à bout de souffle : comment réinventer un nouveau modèle d’organisation ?

Source: The Conversation – in French – By Thomas Nobre, Doctorant en Management, Université de Genève

La baisse historique de l’aide publique au développement met les ONG en grande difficulté, alors que les besoins humanitaires continuent d’augmenter. Une étude menée auprès de trois ONG françaises montre que leur principal défi est de trouver le bon équilibre entre contrôle du siège et autonomie des équipes de terrain. L’efficience passe moins par de nouvelles économies que par une meilleure coordination, des innovations collectives et des investissements durables.


Les coupes budgétaires décidées par de nombreux gouvernements, notamment depuis 2024, ont brutalement fragilisé le secteur humanitaire international. Cette chute inédite de l’aide publique au développement, qui était de 23,1 % en 2025 (par rapport à 2024) et qui se poursuit en 2026, concerne en particulier les grands bailleurs comme les États-Unis, l’Allemagne, le Royaume-Uni, le Japon et la France.

Dans les ONG françaises, la baisse des financements entraîne la perte de 10 000 emplois et affecte près de 1 280 projets à travers le monde. La réduction drastique de leurs activités détériore les conditions de vie de 15,2 millions de personnes, notamment en matière d’accès à l’eau, à l’hygiène, à la sécurité alimentaire et aux droits humains. Plusieurs zones géographiques sont directement concernées, en particulier le Sahel, le Soudan, Haïti, l’Afghanistan, Gaza, le Liban et l’Ukraine.

La secousse est d’autant plus forte que les besoins sur le terrain ne cessent d’augmenter. Pour 2026, les Nations unies estiment à 33 milliards de dollars les fonds nécessaires pour assister 135 millions de personnes. Guerres prolongées, déplacements forcés, crises alimentaires, catastrophes climatiques et effondrements économiques composent un paysage humanitaire durablement sous tension.

C’est dans ce contexte que nous avons mené une étude qualitative auprès de trois ONG françaises — Action Contre la Faim, Première Urgence Internationale et Solidarités International — pour comprendre comment elles travaillent à améliorer leur efficience afin de limiter la réduction de leurs actions humanitaires. Nos résultats mettent en relief les spécificités du modèle d’organisation des ONG, leurs multiples contraintes, les mécanismes de coordination et de contrôle utilisés et les opportunités d’innovation.

Un modèle d’organisation face aux coupes budgétaires

La réduction drastique de l’aide gouvernementale de plusieurs pays a agi comme un révélateur brutal de la réalité des ONG : une partie importante du système humanitaire mondial dépend de financements publics concentrés, politiquement exposés et désormais plus incertains.

Pourtant, réduire les restructurations actuelles à une réaction mécanique aux coupes budgétaires serait trompeur. Les ONG internationales ne découvrent pas aujourd’hui la contrainte d’efficience. Elles vivent depuis plusieurs décennies une professionnalisation de leurs pratiques : procédures de coordination et de contrôle, audits, standards sectoriels, obligations de redevabilité, gestion des risques et digitalisation des outils.

Notre recherche montre que la question centrale, pour les ONG, n’est pas seulement d’identifier les coûts qui doivent être réduits. Il s’agit plutôt de décider de la meilleure façon de coordonner et de contrôler les bureaux disposés dans chaque pays où elles sont présentes afin d’organiser des actions humanitaires rapides, responsables et utiles dans un environnement où les ressources se contractent.

Des organisations complexes aux contraintes variées

Les ONG humanitaires sont souvent perçues à travers leur mission morale : secourir, soigner, nourrir, protéger. Mais ce sont aussi des organisations complexes, présentes dans de nombreux pays, employant plusieurs milliers de personnes et gérant des budgets de plusieurs centaines de millions d’euros. Elles doivent agir vite tout en respectant un ensemble dense de contraintes.

La première contrainte est administrative et financière. Les bailleurs demandent une plus grande traçabilité de l’utilisation des fonds. Si cette exigence est légitime, elle crée un paradoxe : plus les financements deviennent rares, plus les bailleurs renforcent les obligations de reporting, ce qui nécessite d’allouer des moyens supplémentaires aux fonctions support.

La deuxième contrainte est programmatique. Les ONG doivent aussi rendre des comptes aux populations dans les pays concernés. Cela suppose d’écouter les communautés, d’adapter les programmes aux besoins locaux, de mesurer la qualité de l’aide et de prévenir les effets indésirables. Or ces dimensions sont plus difficiles à capturer et à mesurer.

La troisième contrainte est sécuritaire. Les ONG opèrent dans des contextes volatiles, parfois marqués par des conflits armés, des restrictions d’accès, des risques de détournement de l’aide ou des menaces contre les équipes locales. Dans ces environnements, l’agilité du terrain est indispensable. Mais plus le risque augmente, plus les sièges des ONG et les bailleurs cherchent à encadrer les décisions.

Enfin, une contrainte de légitimité traverse tout le secteur : il est nécessaire de collaborer davantage avec des organisations sur place, de nationaliser certains postes, de transférer des responsabilités et de reconnaître les compétences locales. Or, les mécanismes de coordination et de contrôle des relations entre le siège et les « bureaux pays » sont peu adaptés à ces nouvelles relations partenariales.

La coordination et le contrôle, la clé de la performance ?

Les entretiens menés dans les trois ONG étudiées font ressortir un chantier central : ajuster l’équilibre entre autonomie des « bureaux pays » et capacité du siège à garantir le mandat, la conformité et la maîtrise des risques. L’enjeu n’est pas d’empiler les procédures, mais d’identifier les points de coordination et de contrôle réellement utiles.

La coordination repose d’abord sur la stratégie des ONG. Les priorités pour chaque pays partent des informations du terrain, puis sont discutées, cadrées et validées avec le siège. Visites, réunions sur les métiers, formations et échanges réguliers entretiennent cet alignement sans effacer les spécificités locales.

Le contrôle s’appuie sur des dispositifs formalisés : reporting financier, suivis budgétaires, procédures logistiques, validations RH, audits internes et indicateurs programmatiques. Ces outils répondent aux exigences des bailleurs et à la gestion du risque, mais ils doivent rester proportionnés : trop peu de contrôle fragilise la redevabilité ; trop de contrôle ralentit les opérations et décourage l’initiative locale.

La performance, enfin, reste un chantier ouvert. Les indicateurs existent, mais ils sont souvent dispersés entre les départements et dominés par la logique financière. Les outils numériques peuvent aider à consolider l’information, à condition de ne pas recentraliser les décisions ni transformer les équipes en producteurs de données. La question devient alors très concrète : quels contrôles garder, lesquels simplifier, et quelle marge laisser au terrain ?

Innover pour faire plus avec moins ?

Dans un secteur où les besoins augmentent et où les ressources se contractent, l’efficience durable passera aussi par des innovations collectives. La mutualisation des ressources constitue une piste majeure, notamment dans la logistique, les achats, le stockage, les transports, les outils numériques ou encore les fonctions support. Des initiatives comme Hulo, coopérative humanitaire de logistique, illustrent cette logique.

Mais l’innovation ne doit pas être comprise comme une injonction à faire plus avec toujours moins. La mutualisation des ressources exige des investissements : formation, interopérabilité des systèmes, gouvernance partagée, financement des fonctions support, capacités d’audit adaptées, temps de coordination et fonds flexibles. Sans ces ressources, l’innovation risque de devenir un discours de légitimation des coupes plutôt qu’un levier d’amélioration.

Notre étude montre qu’il est nécessaire de déplacer le débat. La question n’est pas seulement de savoir combien les ONG peuvent économiser. Elle est de savoir quelles capacités il faut absolument préserver pour maintenir une aide à la fois rapide, responsable et adaptée aux besoins des populations locales. Cela suppose de reconnaître que l’efficience a un coût et qu’elle se construit dans la durée !

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

– ref. Les ONG à bout de souffle : comment réinventer un nouveau modèle d’organisation ? – https://theconversation.com/les-ong-a-bout-de-souffle-comment-reinventer-un-nouveau-modele-dorganisation-287356

La théorie de l’évolution est mal comprise : est-ce un problème de langue, de vocabulaire ou de psychologie ?

Source: The Conversation – in French – By Nicolas Gergaud, Docteur en sciences du langage, Université Bordeaux Montaigne

Notre langue « ordinaire » peut-elle de décrire correctement un savoir scientifique et des concepts très précis ? La difficulté s’accroît lorsque l’on utilise des mots qui n’ont pas le même sens dans l’usage courant que dans le champ des sciences. L’exemple de la théorie de l’évolution est particulièrement parlant.


La théorie de l’évolution semble souffrir d’un malentendu : si la biologie dispose d’un vocabulaire spécifique dont la fonction est l’univocité, la langue commune, elle, reste polysémique. C’est précisément dans cet écart, entre unicité et variété, que se logent les représentations qui accompagnent encore notre manière de penser l’évolution.

Mes recherches se situent dans le champ des sciences du langage. C’est en analysant une centaine de productions écrites d’étudiants en sciences de la vie qu’un constat s’est progressivement imposé à moi. Alors que je cherchais à décrire les caractéristiques du discours disciplinaire en anatomie comparée, j’ai rencontré une difficulté qui ne relevait pas uniquement de la maîtrise d’un lexique spécialisé ou d’une méthodologie discursive particulière : elle engageait plus largement la capacité de la langue ordinaire à exprimer des concepts issus de la biologie évolutive.

Les termes spécialisés – acide désoxyribonucléique, tétrapode, xylème, ostéichtyen et autres syncrétismes gréco-latins – remplissent une fonction spécifique. Ils permettent de désigner des objets et des phénomènes de façon univoque. Cependant, lorsque les biologistes mettent le savoir en discours, ils mobilisent nécessairement des mots du quotidien dont le sens déborde forcément du cadre scientifique. La difficulté n’est donc pas seulement de vulgariser un savoir complexe, elle est d’abord de traduire un système conceptuel à travers une langue qui par nature est culturellement marquée. Comprendre ce que disent les groupes de mots « théorie de l’évolution » et « les mammifères se sont adaptés » nécessite une posture particulière.

Le mot « théorie » ne signifie pas toujours la même chose

Le mot « théorie » par exemple, dans l’usage courant, renvoie à une opinion personnelle, parfois à une simple conjecture : on peut entendre des énoncés contenant « ma théorie, c’est… » en lieu et place « à mon avis, c’est… » (de cela devraient se méfier d’ailleurs les complotistes). En sciences expérimentales, le terme « théorie » désigne un cadre explicatif robuste, construit à partir d’observations et de résultats expérimentaux, éprouvés par les faits et toujours susceptible d’être révisé. Une théorie n’est jamais absolument vraie ; pour qu’elle le soit, il faudrait admettre qu’elle englobe tous les faits passés, présents et futurs, « la science serait terminée » enseigne le père de la méthode expérimentale, Claude Bernard.

Quant au verbe « s’adapter », avec son pronom réfléchi, il évoque une action volontaire, une capacité à modifier consciemment son comportement face aux circonstances. Pourtant, le discours de la biologie évolutive exclut toute intentionnalité. En effet, le vivant n’a pas décidé d’être ce qu’il est, et encore moins dans une optique d’adaptation. Dans une même population, les individus montrant certaines caractéristiques avantageuses dans un écosystème donné laisseront davantage de descendants. D’un point de vue évolutif, le vivant ne s’adapte pas : il est adapté.

Ces glissements de sens ne relèvent pas d’un simple malentendu lexical. Ils révèlent une manière spontanée de penser le vivant. Comme le montre la psychologie cognitive, nous sommes enclins à attribuer des intentions à des phénomènes naturels qui n’en possèdent aucune. Nous voyons des projets là où n’opèrent que des mécanismes physiques. Nous prêtons des stratégies à ce qui résulte de processus aveugles. Nous avons des intuitions et nous les prêtons aux choses.

L’anthropomorphisme naît de ce phénomène. Thierry Ripoll, professeur de psychologie cognitive à l’université d’Aix-Marseille, écrit dans son ouvrage Pourquoi croit-on ? (2020) que le système intuitif répond à un besoin de sens immédiat et à l’espoir de ne pas être le produit contingent de phénomènes dépourvus de finalité. Bref, nous aimons nous raconter des histoires pour mieux rêver. L’une des conséquences les plus persistantes de cette disposition cognitive consiste à interpréter l’évolution comme une marche vers le progrès.

Progrès ? Quel progrès ?

Le mythe du progrès sous-tend largement notre manière de penser l’évolution du vivant. Il constitue l’un des cadres interprétatifs à travers lesquels nous donnons intuitivement un sens positif à l’évolution. Pourtant, le progrès est une notion historique, sociale ou technique, il n’est pas une catégorie biologique. On peut parler de progrès scientifique, économique ou politique ; on ne saurait parler d’un progrès de la nature. Si une structure organique (comme l’œil par exemple) demeure dans les populations, c’est parce que l’efficacité fonctionnelle contribue à sa persistance, et non pas parce qu’elle représenterait une amélioration inscrite dans un projet d’ensemble. Nos yeux, nos poumons ou notre cerveau ne sont pas l’aboutissement d’un dessein, ils sont les produits contingents de l’histoire évolutive.

Pourtant, en dépit de la liste de mots à éviter en sciences de l’évolution, notre langage continue d’introduire partout des hiérarchies implicites. Nous parlons encore volontiers d’espèces « primitives », de « fossiles vivants », ce qui revient à parler d’organismes qui seraient « moins » ou « plus » évolués que d’autres (ce qui est erroné, convenons-en). Nous évoquons encore souvent une nature « bien faite », voire qui serait « inventive ».

La métaphore de la « sortie des eaux » fonctionne elle-même comme un récit de promotion où quitter le milieu aquatique reviendrait à franchir un degré supérieur de l’évolution. Mais que dire alors des méduses et des baleines ? Des bactéries ou des champignons ? Des plantes ? À quelle aune mesurerions-nous leur prétendue infériorité ? Ces questions n’ont, du point de vue de la biologie, aucun sens. Elles témoignent seulement de la persistance d’un imaginaire finaliste.

Une question socialement vive

Le savoir lié à l’évolution se heurte toujours à de multiples représentations sociales où se rencontrent croyances et biais épistémologiques. Si le débat scientifique catalysé par Darwin semble réglé, la théorie est loin de faire consensus dans la sphère sociétale : la théorie de l’évolution demeure une question socialement vive. Les difficultés de compréhension de la théorie de l’évolution ne relèvent pas d’une simple confusion terminologique.

Elles traversent l’école, l’université et, plus largement, la société. Récemment, une étude de l’IFOP révèle que 27 % des 18-24 ans sondés adhèrent à une représentation créationniste du monde (« les êtres humains ne sont pas le fruit d’une longue évolution d’autres espèces comme les singes mais ont été créés par une force spirituelle »), tandis qu’un quart des étudiants inscrits en licence ou en master conservent une représentation erronée de l’évolution. Dès lors, l’enjeu dépasse largement le cadre de la biologie : il touche à la manière dont la société s’approprie les connaissances scientifiques. C’est pourquoi la vulgarisation occupe une place décisive. Il ne s’agit pas seulement de rendre le savoir accessible, mais aussi d’éviter que le langage ordinaire ne réintroduise dans la narration des schémas de pensée que la théorie de l’évolution permet pourtant de dépasser.

Un storytelling contre-productif

L’une des images les plus ancrées de l’évolution reste celle d’un continuum linéaire, au travers duquel l’idée du primate « moins évolué » se redresse progressivement jusqu’à devenir un être humain assurément « plus évolué ».

Les documentaires sur la nature sont souvent des invitations au voyage. Mais, là où tout est supposé n’être qu’ordre et beauté, les récits consacrés au vivant sont largement imprégnés d’anthropomorphisme. La nature « invente », les animaux deviennent « ingénieux », les plantes « décident » et possèdent des « superpouvoirs » tandis que l’évolution déploie ses « ruses ». Pris isolément, ces procédés relèvent de nécessités narratives. Accumulés, ils composent cependant une véritable commedia dell’arte du vivant, où les personnages – le progrès, l’intention, le génie de la nature – avancent masqués. Dans ce « storytelling mental » : nous construisons des narrations qui nous procurent le sentiment de comprendre le monde. Ce qui facilite le récit brouille la compréhension de la théorie : il y a du bruit dans la transmission.

Tout cela indique que la vulgarisation peine encore à dépasser l’obstacle à la bonne transmission du savoir. Cela suppose peut-être de soumettre notre langue commune à l’analyse. À la lumière de La Psychanalyse du feu, nous sommes invités à nous interroger sur les images, les intuitions et les valeurs que nous projetons sur le monde. Il nous appartient sans doute d’exercer cette même vigilance à l’égard des mots par lesquels nous racontons le vivant. Pour la connaissance objective, rectifier le discours n’est pas seulement mieux dire la science ; c’est aussi apprendre à mieux la penser.

L’espèce humaine n’occupe aucun sommet par rapport aux autres espèces.
University of Texas

À partir de séquences d’ARN ribosomal, des chercheurs de l’université du Texas fournissent une représentation graphique de la parenté d’environ 3000 espèces actuelles. Cela prend la forme d’un cercle, dont chacun des points se trouve équidistant de l’ancêtre commun universel. Notre position n’y occupe aucun sommet. Homo sapiens partage le même temps évolutif que Gallus gallus(coq doré), qu’un chêne, un champignon ou une bactérie. Les degrés de complexité diffèrent ; le temps évolutif, lui, est identique. Aucune espèce contemporaine n’est plus évoluée qu’une autre.

Cette idée, de se situer au même rang évolutif que tous les êtres vivants, est peut-être l’une des plus difficiles à accepter, tant elle heurte nos intuitions. Elle exige que nous renoncions au récit du progrès pour penser l’histoire du vivant sans direction, sans intention et sans hiérarchie. Il nous faudra sans doute décoloniser notre imaginaire, non pour renoncer à raconter des histoires, mais pour apprendre enfin à raconter celle de l’évolution.

The Conversation

Nicolas Gergaud ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. La théorie de l’évolution est mal comprise : est-ce un problème de langue, de vocabulaire ou de psychologie ? – https://theconversation.com/la-theorie-de-levolution-est-mal-comprise-est-ce-un-probleme-de-langue-de-vocabulaire-ou-de-psychologie-287023

Peut-on suivre un salarié toutes les dix secondes pour vérifier son temps de travail ?

Source: The Conversation – in French – By Pauline Prépin, Maitre de conférences en droit privé et sciences criminelles, Université de Versailles Saint-Quentin-en-Yvelines (UVSQ) – Université Paris-Saclay

Le 18 mars 2026, la Cour de cassation valide un système de géolocalisation qui suit des distributeurs en continu pendant leur tournée. Comment l’expliquer ? Cette décision fait-elle loi ? Y a-t-il d’autres alternatives ?


Le 18 mars 2026, la chambre sociale de la Cour de cassation, la plus haute juridiction pour les litiges en droit du travail, valide un système de géolocalisation, Distrio, pour une société de distribution, Mediapost. Ce système « enregistre la localisation des distributeurs (d’imprimés publicitaires) toutes les dix secondes au moyen d’un boîtier mobile que les distributeurs portent sur eux lors de leur tournée et qu’ils activent eux-mêmes ».

Le feu vert de la Cour de cassation est conditionné à l’exigence de fiabilité du décompte des heures. Autrement dit, à la démonstration par l’employeur que son système compte les heures de façon fiable.

C’est un syndicat, la fédération Sud-Est des activités postales et des télécommunications, qui avait attaqué le dispositif Distrio (le boîtier de géolocalisation) en le jugeant illégal. La Cour de cassation lui donne tort. L’apport de la décision ne tient pas seulement à ce résultat : il tient à la façon dont les juges articulent leur raisonnement habituel avec un critère venu du droit de l’Union européenne, la fiabilité du décompte des heures de travail.

En consacrant ma thèse au lien de subordination à l’épreuve du numérique, j’ai analysé comment ces dispositifs déplacent la frontière entre contrôle de l’employeur et protection du salarié.

Deux conditions cumulatives

Depuis 2011, la Cour de cassation soumet à deux conditions cumulatives la licéité d’un dispositif de géolocalisation servant au contrôle de la durée du travail des salariés :

  • Ce contrôle ne doit pas pouvoir être fait par un autre moyen, fût-il moins efficace. Par exemple, cela peut être une feuille d’heures remplie à la main, un badge à l’entrée ou un relevé déclaratif ;

  • Le salarié ne doit pas disposer d’une liberté dans l’organisation de son travail. Un salarié commercial qui choisit ses rendez-vous, son itinéraire et ses horaires est libre dans son organisation et ne peut donc pas être suivi par un dispositif de géolocalisation.

Cette grille avait été appliquée à plusieurs reprises. La Cour de cassation a refusé pendant longtemps de valider ce type de dispositif : en 2018 et à deux reprises en 2024.

Faute de preuve, le système de suivi a été invalidé. Dans l’une des affaires, le distributeur réclamait près de 50 000 euros d’heures supplémentaires impayées, un signe de l’importance du décompte des heures. Dès lors qu’un autre moyen, même moins efficace, était admis, il était presque impossible de faire accepter ce type de dispositif.

Protection de la santé des travailleurs

L’arrêt du 18 mars 2026 vient affiner cette position.

La chambre sociale de la Cour de cassation adosse son raisonnement à une décision de la Cour de justice de l’Union européenne. Elle oblige les États membres à imposer aux employeurs un système « objectif, fiable et accessible » de mesure du temps de travail journalier. Pour la Cour de justice, cette obligation vise à garantir l’effectivité du droit au repos et à la protection de la santé des travailleurs.

Le changement de perspective est net. Le contrôle de la durée du travail n’est plus un simple objectif susceptible de justifier une atteinte à la vie privée du salarié. Il devient une obligation à laquelle l’employeur est tenu, pour garantir la santé du salarié.

Concrètement, sans système fiable, un salarié itinérant qui dépasse régulièrement ses horaires ne peut ni faire constater ses heures supplémentaires ni faire respecter ses temps de repos. Mesurer devient une condition pour protéger.

Maintien de conditions strictes

La validation des juges tient toujours à deux conditions.

L’autonomie des distributeurs est jugée « très relative » : ni les documents ni les destinataires ni les parcours ni les dates ne sont à leur main. Seuls les horaires de la journée le sont. Le boîtier est activé volontairement par le salarié en phase de distribution.

Il s’éteint à sa demande et n’enregistre rien pendant les déplacements personnels ou les pauses. Les données transitent par un tiers de confiance, sans suivi en temps réel par l’employeur. L’employeur ne déclenche un échange avec le salarié qu’au-delà d’un écart de 5 % entre temps planifié et temps enregistré sur la semaine.




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La chambre sociale de la Cour de cassation valide la motivation de la Cour d’appel de Lyon, qui avait écarté les alternatives proposées par le syndicat. Celui-ci en avançait plusieurs :

  • Que les salariés déclarent eux-mêmes leurs heures ;

  • Qu’on interroge les habitants sur le passage du distributeur ;

  • Qu’un responsable accompagne les tournées ;

  • Ou encore qu’un badge enregistre débuts et fins de journée.

L’ensemble de ces propositions a été écarté, car aucun de ces dispositifs ne permet, selon les juges, un décompte suffisamment fiable, sans être excessivement onéreux, des heures réellement travaillées.

Quand la fiabilité justifie la surveillance

Sous l’influence du droit de l’Union européenne, le contrôle ne porte plus seulement sur l’existence d’un moyen alternatif, mais sur l’existence d’un moyen alternatif fiable. Autrement dit, tout dispositif moins attentatoire aux libertés du salarié doit prévaloir sur la géolocalisation dès lors qu’il permet, avec un degré de fiabilité suffisant, d’assurer le contrôle de la durée du travail.

Si un système de pointage, sans suivi des déplacements, devenait suffisamment fiable et accessible pour mesurer le temps de travail d’un distributeur, la première condition cesserait alors d’être remplie et la géolocalisation redeviendrait illicite. À l’employeur de démontrer, pour chaque dispositif, qu’aucun autre moyen ne permet un décompte fiable.

The Conversation

Pauline Prépin ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Peut-on suivre un salarié toutes les dix secondes pour vérifier son temps de travail ? – https://theconversation.com/peut-on-suivre-un-salarie-toutes-les-dix-secondes-pour-verifier-son-temps-de-travail-282770