¿Recuerdas la última vez que tuvo que hacer cola para ir al baño? Ya sea en teatros, aeropuertos, centros comerciales o festivales, el patrón se repite: los hombres entran y salen rápidamente del baño sin apenas esperar, mientras que las mujeres suelen guardar cola.
En la mayoría de los edificios públicos, el espacio del baño se reparte en función de la superficie, adjudicando a hombres y mujeres aproximadamente el mismo espacio. Aunque esto pueda parecer “justo”, distintas investigaciones sobre género y diseño de baños han demostrado que una superficie igual no se traduce en un acceso igualitario.
Suponer que varones y mujeres utilizan los baños de la misma manera y durante el mismo tiempo es un claro error.
Los baños masculinos suelen combinar cabinas con urinarios “compartidos”, que ocupan menos espacio y se pueden utilizar más rápidamente. Los baños de mujeres, por el contrario, se basan exclusivamente en cabinas, por lo que, incluso cuando ambos lados ocupan la misma superficie, las instalaciones de los hombres pueden atender a más usuarios.
El tiempo es otro factor a tener en cuenta. Las mujeres suelen tardar más porque necesitan sentarse en lugar de permanecer de pie, con frecuencia llevan ropa más compleja y pueden tener la menstruación o estar embarazadas. También es más frecuente que padezcan afecciones como incontinencia o infecciones del tracto urinario.
Muchas normas de diseño siguen basándose en un “cuerpo masculino por defecto”, asumiendo una entrada y salida rápida a los baños, orinado de pie y pasando un tiempo mínimo dentro. Cuando los espacios se organizan en torno al cuerpo y las rutinas de los hombres, los retrasos se achacan fácilmente al comportamiento de las mujeres –que “tardan demasiado”– en lugar de a un diseño inapropiado de sus baños.
La consecuencia más visible de estas normas de diseño es la cola que se forma fuera de los baños de mujeres. Pero, como muestra mi investigación, también puede haber consecuencias económicas y para la salud. Por ejemplo para quienes trabajan conduciendo taxis, el tiempo que pasan haciendo cola es tiempo que no dedican a ganar dinero.
El coste de la disparidad en los aseos
Y no se trata solo de la cola: la disponibilidad de baños es una decisión de diseño que afecta más a las mujeres que a los hombres, que suelen tener más facilidad para ir al baño donde quieran.
Cuando les pregunté por las frustraciones del trabajo, su primera respuesta rara vez fue el tráfico, los pasajeros difíciles o los turnos largos, sino los baños. Encontrar uno durante el turno a menudo requería una planificación cuidadosa y largas esperas, lo que les hacía perder ingresos. Sus compañeros masculinos, por su parte, podían entrar y salir en cuestión de minutos.
Rosario, una conductora de Uber de 26 años, describió la necesidad de ir al baño mientras trabajaba como “¡el drama del trabajo!”. Al igual que muchas otras conductoras que participaron en mi investigación, explicó que planificaba su ruta en función de los baños que sabía que había. Otras dijeron que evitaban beber agua para no tener que parar “todo el tiempo”, mientras que algunas relacionaban las infecciones urinarias recurrentes con “aguantar demasiado tiempo”.
Las cosas se complican durante la menstruación. Como explicó Juana: “Tienes que organizarte y obligarte a parar. Así que, después de un servicio, no vas simplemente a la parada de taxis más cercana para conseguir un nuevo cliente. En lugar de eso, tienes que conducir hasta una gasolinera para poder ir primero al baño”.
Los baños neutros en cuanto al género y otros diseños pueden hacer que los baños públicos sean más equitativos. Heidi Besen/Shutterstock
Las investigaciones han demostrado desde hace tiempo que los baños públicos no son infraestructuras neutrales: se diseñan en función de qué cuerpos y comportamientos se consideran la norma. Mientras que las instalaciones para hombres priorizan la rapidez y la eficiencia mediante urinarios abiertos, en las mujeres se usan cabinas que priorizan la privacidad.
Además, desde el punto de vista anatómico, es más fácil –y a menudo socialmente aceptado– que los hombres orinen al lado de la carretera o en cualquier otro lugar cuando no hay baños públicos disponibles.
La frustrante búsqueda de un baño no se trata solo de esperar, sino de dignidad y del derecho a ocupar la ciudad en igualdad de condiciones. Los baños, en este sentido, se comportan como un indicador silencioso pero poderoso de para quién está realmente diseñado el espacio público.
Belen Martinez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
For all the parallels to history, though, Trump’s Iran war is historically unique in one critically important way: In its early stages, the war is not popular with the American public.
A recent CNN poll found that 59% of Americans oppose the war – a trend found in poll after poll since the war began.
As an expert on U.S. foreign policy and regime change wars, my research shows that what’s likely generating public opposition to the Iran war today is the absence of a big story with a grand purpose that has bolstered public support for just about every major U.S.-promoted regime change war since 1900. These broad, purpose-filled narratives generate public buy-in to support the costs of war, which are often high in terms of money spent and lives lost when regime change is at stake.
Likewise, in the 2000s a dominant narrative about preventing a repeat of the Sept. 11, 2001, attacks and stopping terrorism brought strong initial public support for the war in Afghanistan, with 88% support in 2001, and the war in Iraq, with 70% support in 2003.
With no comparable narrative around Iran today, Trump and Republicans could face big problems, especially as costs continue to rise.
No anti-Iran narrative
Iran has been a thorn in the side of many American presidents for a long time. So, what’s missing? Why no grand-purpose narrative at the start of this war?
A U.S. Army carry team in Dover, Del., moves a coffin on March 7, 2026, containing the remains of a U.S. soldier killed in the retaliatory Iranian strike on Kuwait’s Port of Shuaiba. Kyle Mazza/Anadolu via Getty Images
Gains like these by rivals prove traumatic to the nation. They also dislodge the status quo and provide the opportunity for new grand-purpose narratives with new policy directions to emerge.
Today, most Americans see no existential danger around Iran. A Marist poll from March 3, 2026, found that 55% of Americans view Iran as a minor threat or no threat at all. And the number who see Iran as a major threat, 44%, is down from 48% in July 2025.
By contrast, 64% of Americans saw Iraq as a “considerable threat” prior to the 2003 U.S. war in Iraq.
In the summer of 2025, Iran’s nuclear nuclear enrichment facilities were significantly damaged – “completely and totally obliterated,” according to Trump, though there is no confirmation of that claim – during the 12-Day war between Iran and Israel.
As the polls show, none of that has sparked a grand-purpose narrative.
Missing a good story
The second missing factor for narrative formation today is any strong messaging from the White House.
In the months prior to World War II, Roosevelt used his position of authority as president to give speech after speech, setting the context of the traumatic events of the 1930s, explaining the dangers at hand and outlining a course going forward. Though less truthful in its content, Bush did the same for nearly two years before the Iraq War.
Trump did almost none of this storytelling leading up to the Iran war. Five days before the war started, the president devoted three minutes to Iran in a nearly two-hour State of the Union Address.
Prior to that, he made a comment here and there to the press about Iran, but no storytelling preparing the nation for war. Likewise, since the war began, the administration’s stated reasons for military action keep shifting.
By comparison, Americans approved of Bush’s handling of foreign policy by 63% in early 2003.
Absent a cohesive, unifying story, it’s also no surprise there is lots of political fracturing today.
Partisan divides run deep – Democrats and independent voters strongly oppose the war. But Trump’s MAGA coalition is cracking too, with people like Tucker Carlson and Marjorie Taylor Greene sharply criticizing the war.
The way out
If he opts for it, there is an off-ramp for Trump from the Iran war. It’s one he knows well.
When U.S. leaders get caught up in costly regime change wars that outrun national support, they tend to back down, often with far fewer political costs than if they’d continued their unpopular war.
When the disaster referred to as Black Hawk Down hit in Somalia in 1993, killing 18 U.S. Marines, President Bill Clinton opted to end the mission to topple the warlords that ruled the country. Troops came home six months later.
Likewise, after the Benghazi attack killed four Americans in Libya in 2012, Obama pulled out all U.S. personnel working in Libya on nation-building operations.
And just last year, when Trump realized that U.S. ground troops would be necessary to topple the Houthi militant group in Yemen, he negotiated a ceasefire and ended his air war in that country with no significant political fallout.
When US and Israeli forces launched airstrikes on Iran, the shock waves were felt far beyond the region. As the conflict escalates, understanding who benefits from this crisis might be as important as counting its costs.
The timing could hardly be worse for the UK economy. Official forecasts for GDP growth in 2026 had already been downgraded to 1.1% before a single missile was fired. Predictions that inflation might dip now look optimistic; and expectations of an interest rate cut on March 19 have fallen sharply.
The energy shock is immediate. Tanker traffic in the strait of Hormuz has fallen by around 90%. Qatar, the world’s second largest exporter of liquefied natural gas, halted production indefinitely. Although the UK sources little gas directly from the Gulf, energy markets are global so UK households could see more than £500 added to their annual bills.
For defence stocks, however, the picture is different. London-based BAE Systems surged around 6% on the first day of the conflict. And the American defence industry seems determined to quadruple production of some weapons.
Peace benefits ordinary citizens, small businesses, global supply chains and the planet’s climate trajectory. The beneficiaries of war are more concentrated.
One of the most uncomfortable truths about this conflict is that while it inflicts pain on some, it creates windfalls for others. In my co-authored research, we call this the “paradox of incentives”. Determining who benefits is essential to understanding why wars persist long after it may seem rational to stop.
Defence contractors and the arms economy
On Wall Street, defence firms including Lockheed Martin, Northrop Grumman and RTX rose between 4% and 6% on the first day of the strikes. The three firms’ combined shareholder gain on that one day was US$25–30 billion (£18.7-£22.5 billion).
In Israel, Elbit Systems briefly became the country’s most valuable listed company, with its shares up 45% since January. In Europe and the UK, defence stocks surged against a falling FTSE 100.
The rally ‘round the flag effect
Wars may also be good for incumbent politicians in the short term. Before the strikes began, the fallout from the release of the Epstein files was reverberating globally, and piling scrutiny on to many with connections to the White House. Within hours of the first strikes, web searches for the Epstein files collapsed.
But perhaps the most counterintuitive application of the paradox concerns Iran itself. The Islamic Revolutionary Guard Corps (IRGC) controls up to half of Iran’s oil exports. Its engineering arm, Khatam al-Anbiya, has become one of the largest contractors in the country, controlling construction, telecoms, agriculture and energy.
Economic sanctions designed to weaken Tehran have actually entrenched the power structures they were meant to erode. As foreign firms exited and domestic companies struggled, IRGC-linked entities used access to informal trade routes, currency controls and security networks to expand their dominance.
At the same time, according to the World Bank, close to 10 million ordinary Iranians fell into poverty between 2011 and 2020 as the sanctions tightened.
The energy windfall
The oil and gas price shock is already providing a windfall in unexpected places. The US could benefit as Europe’s reliance on American energy exports, accelerated by the Ukraine war, grows even more.
For the Gulf petrostates, the picture is nuanced. Saudi Arabia and the UAE together hold a huge share of the world’s spare production capacity. They face real costs from the conflict, but their exposure to the Hormuz closure is lower than neighbours Kuwait, Qatar and Iraq. Both countries built bypass pipelines specifically to export oil without transitting the Strait.
And for Russia, the war diverts price-sensitive buyers such as India and China away from competing suppliers in the Gulf.
The green transition
Higher oil and gas prices make new fossil fuel extraction more commercially attractive. The same crisis that bolsters the case for renewables also makes fossil fuels more profitable. This could slow the transition by redirecting attention back towards oil and gas.
In our research, we argue that breaking the paradox of incentives is possible. But it would require the financial interests of powerful actors like those mentioned above to become aligned with solutions. In the context of this conflict, that principle points towards four routes.
The first would be a windfall tax on companies benefiting exceptionally from wars. The UK already has a precedent: its energy profits levy hits oil and gas profits above a set threshold until 2030. Although this levy has come under fire recently, there is a strong case for extending its principles to defence contractors whose share prices and profits surge during conflicts.
For oil-producing nations, a release of emergency stocks coordinated by the International Energy Agency (IEA) could cap price spikes. This happened in 2022 when IEA member countries released 60 million barrels from strategic reserves. The G7 nations have now said they “stand ready” to do this.
On the political side, democratic accountability, independent economic institutions and a free press all narrow the window within which leaders can exploit wartime popularity. These things can’t always be changed from the outside however, and underline the need for robust domestic institutions.
The green transition paradox is perhaps the hardest to address in the short term, but it is also where the fix is clearest. It has been argued that the more dependent economies become on the profits of war through arms exports, fossil fuel revenues or defence procurement, the harder it becomes to divert funding and attention to climate issues.
The solution is not to stop countries defending themselves – but to ensure that the transition to a green and secure energy system proceeds, precisely because of crises like this one.
The costs of this war are already being counted in energy markets. Before long, they will show up in national and household budgets. What makes this crisis particularly hard to resolve is the paradox at its heart: the actors best placed to end it are among those with the most to gain from its continuation.
Jagannadha Pawan Tamvada does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Would it be obvious if artificial intelligence (AI?) created your new favourite song?
Millions of listeners have recently encountered that question through a viral Afro-soul cover of Papaoutai, the 2013 hit by Belgian artist Stromae. The cover has skyrocketed in popularity across streaming platforms and social media.
But unknown to most audiences, it was created using AI, according to Deezer, a French music-streaming service.
The Afro-soul cover highlights a growing challenge — the difficulty identifying when generative AI has been used in production — and how audiences, platforms and artists are struggling to respond.
Some 12 years later, in December 2025, an Afro-soul cover of Papaoutai was uploaded to Spotify. While it’s hard to track the exact reach of the song due to various removals and re-uploads on YouTube, Instagram and TikTok, the song currently has almost 80 million streams on Spotify.
The authorship of the Afro-soul version is commonly attributed to mikeeysmusic — a Swedish musician with a verifiable social media presence and discography — Chill77, whose identity is difficult to verify, and Unjaps, an independent record label. None of the artists have made a public statement about the controversy.
Why does all of this matter? Most music platforms lack clear labelling for AI music, and this places the difficult task of identification on listeners.
Identifying AI use in music production
AI-generated music has become a very broad category. As machine learning engineer and researcher Christopher Landschoot argues, the term AI-generated music “is casually tossed around whether AI is used to emulate an effect, automatically mix or master, separate stems, or augment timbre. As long as the final audio has been touched in some way by AI, the term gets slapped on the entire piece.”
It’s hard to tell how and to what extent AI was used in the making of the cover of Papaoutai. Did mikeeysmusic and Chill77 upload Stromae’s original song into an AI program, like OpenAI’s Sora, give it a command and upload the AI-generated result? Did they train an AI program on the vocals of another musician, Arsene Mukendi, to generate choir vocals? Or was the cover an iterative process where the artists fine-tuned and edited the output?
Does it matter when the lyrics and melody were written by someone else?
Identifying AI use in music is difficult, even for scholars like us who study generative AI. A study published by Deezer-Ipsos, which surveyed 9,000 people across eight countries, found that 97 per cent of people couldn’t tell the difference between fully AI-generated music and human-authored music.
A big contributor to the confusion is the lack of response from platforms. While Bandcamp has taken a clear anti-AI stance and works to keep AI-generated music off the platform entirely, other platforms like Spotify have gestured towards governance changes but largely allowed AI music to rack up streams without clearly disclosing the use of AI.
The popularity of short-form videos (like on TikTok), in which users encounter uncontextualized song snippets, further propels the prominence of AI-generated music.
“If listeners cannot tell the difference — and if platforms decline to tell them — then consent becomes impossible.”
Emotional responses on social media
In comment sections, audiences are often surprised to learn that the song was created using AI. Many have praised the cover, describing it as “a lot more instrumental, emotional and grand.”
“I’m actually so sad it [is AI]-generated. It sounds wonderful, but I personally can not support [AI] taking over creative industries such as music and art. And I know there are plenty of African choirs who could have nailed the vision without the use of [AI].”
Whether audiences choose to listen to AI-generated music is often framed as a moral decision. This is complicated, however, when it becomes increasingly difficult to discern what music is AI-generated or how generative AI was used in its creation.
According to the same Deezer-Ipsos study, 73 per cent of people surveyed “think it’s unethical for AI companies to use copyrighted material to generate new music without clear approval from the original artist.”
Stromae has remained quiet on the issue so far, with audiences speculating about his response to what some see as an AI appropriation of a very personal song written about his father, who died in the Rwandan genocide.
Many English-speaking users, unaware of this context, have used the heavy drums of the Afro-soul version to soundtrack everything from fashion haul videos to comedy shorts. As one TikToker asked:
“Did you ever think that the song about losing your father in the Rwandan genocide would be used, in your lifetime, to post gym thirst traps?”
AI as a tool for remixing
Artists have been grappling with the possibilities and concerns of AI use in music production, but there has been a precedent for “playing” with original songs.
On the legal side, all seems above board — at least in France. In the case of the Papaoutai cover, the French Society of Authors, Composers and Music Publishers has upheld its legality. They note that Stromae is “properly credited” and that royalties will be shared between Stromae and the record label that produced the cover.
So is it remix? Maybe. Is it legal? Apparently.
But as seen in this example, audiences still struggle with songs extracted from their original context and created with AI technologies, which are themselves inherently extractive.
Does this context shift the perception of this song as a form of extractive remix production?
The Afro-soul cover of Papaoutai illustrates how quickly AI-generated music can circulate. It also signals an increasing amount of debate as artists, audiences, and platforms navigate the future of AI-generated music.
Cate Cleo Alexander has received funding from SSHRC (Doctoral Canadian Graduate Scholarship) and is a member of the Creative Labour and Critical Futures (CLCF) project.
Lauren Knight receives funding from SSHRC (Doctoral Canadian Graduate Scholarship) and is a member of the Creative Labour and Critical Futures (CLCF) project.
Vietnam War veterans are suing to block construction of United States President Donald Trump’s proposed triumphal arch in Washington, D.C., arguing that it would detract from the solemnity of nearby Arlington Cemetery.
Having demolished the White House’s East Wing and shuttered the renamed Kennedy Center for “complete rebuilding,” Trump plans to install what he calls an Independence Arch to mark the country’s 250th anniversary this July.
Since Trump’s re-election, Catesby Leigh of the Claremont Institute — a California think tank at the forefront of the “MAGA new right” — has urged him to erect a classical arch to proclaim the “universal significance” of the Declaration of Independence.
Trump embraced the idea. A patriotic landmark would complement his efforts to purge what he called “improper ideology” from Washington institutions like the Smithsonian museum and the National Zoo.
A grand monument would also serve one of the top priorities of the current government: gratifying the president’s ego. When asked who the arch is for, Trump was honest: “Me.”
But the project professes a nobler mission. Trump’s executive order to “make federal architecture beautiful again” praised the Founding Fathers’ use of neoclassicism to “visually connect” the American republic “with the antecedents of democracy” in ancient Athens and Rome.
As a historian who studies the French Republic’s slide into military dictatorship in the early 19th century, what troubles me about this rationale is that there is nothing inherently democratic about arches.
If he had a Roman forebear, it was the humble farmer Cincinnatus rather than Julius Caesar, whose insatiable ambition toppled the republic and laid the foundation for empire.
Under the Republic (509 BCE to 27 BCE), the Roman Senate rewarded victorious generals and their armies with triumphs, celebratory processions under temporary wooden arches. The enduring marble arches of Titus, Septimius Severus and Constantine, meanwhile, were erected during the Empire (27 BCE – 476 CE) to glorify their imperial namesakes.
Art historian Kirk Savage notes that early Americans preferred to honour exemplars of civic virtue with “words, not stones or statues.” The nation’s capital already bore Washington’s name — no need to sully it by aping Roman tyrants.
The American republic developed what R. Grant Gilmore, a specialist in historic preservation, calls a “clear, democratic architectural language” that spurned the strident jingoism of Roman monuments.
As later generations warmed to the idea of honouring the country’s great men on the National Mall, the capital’s designers continued to embrace neoclassicism while eschewing triumphal arches.
Instead, they favoured obelisks (the Washington Monument) and temples (the Lincoln and Jefferson memorials), which foreground public service and national unity.
When Trump visited Paris in 2017, he was so impressed by the country’s Bastille Day demonstration of “military might” that he instructed his advisers to “top it.”
When Trump hosted his own parade in June 2025, it coincided with two birthdays: the U.S. Army’s 250th and his own 79th. He then set his sights on the Arc de Triomphe, which anchors the Bastille Day parade on the Champs-Elysées.
In 1804, Napoleon Bonaparte overthrew France’s First Republic by donning a Caesarean laurel wreath. The next year, Emperor Napoleon commissioned a Roman-style arch to mark his Grande Armée’s victory at Austerlitz. Its foundation stone, dedicated to “Napoleon the Great,” was laid on his birthday in 1806.
Empire-building is a recurrent theme. London’s Wellington Arch stands as imperial Britain’s post-Waterloo refutation of Napoleonic invincibility. Benito Mussolini’s Arch of the Philaeni in colonial Libya featured engravings of Il Duce (“the Leader”) resurrecting the Roman Empire.
The meaning of arches, however, can evolve. After the First World War, the U.K. installed New Delhi’s India Gate as a tribute to Commonwealth casualties. Since India’s independence, it has anchored the country’s Republic Day celebrations as its National War Memorial.
The focus of Napoleon’s triumphal arch has likewise shifted to include both fallen soldiers and the victims of French imperialism. Since 1920, the Arc de Triomphe has housed France’s Tomb of the Unknown Soldier. In 1999, a plaque acknowledged that the Algerian War (1954-1962) was an actual war, not a “pacification operation.”
Critics have expressed concerns about the proposed arch’s regulatory oversight, funding and impact on existing commemorative spaces. But another pressing question relates to its symbolism.
Is this truly the message the Trump government wants to send as the American republic prepares to mark a major milestone?
Kelly Summers does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
Source: The Conversation – France – By Frédéric Leone, Professeur des Universités, Géographe des risques et des catastrophes "naturelles", Volcanographe, Cartographe, Université Paul Valéry – Montpellier III
According to UNESCO, in 2022, there is a 100% chance of a tsunami of at least one metre high in the Mediterranean Sea in the next 30 years. France’s Côte d’Azur happens to be one of the most seismically active areas in Western Europe.Arno Smit/Unsplash, CC BY
The Mediterranean sea is widely perceived as having a low tsunami risk. History and recent modelling technology have demonstrated that destructive waves have already hit the French coast and could do so again. The results of a project carried out in Nice and along the French Riviera show why anticipation and preventive evacuation measures remain the only truly effective means of saving lives.
Tsunamis, formerly known as tidal waves, raz-de-marée in France or maremoti in Italy, are among the most destructive natural phenomena. Triggered by earthquakes, underwater landslides or volcanic eruptions, they spread rapidly over long distances before releasing their energy near the coast in the form of sudden submersion and extremely powerful currents.
From several centimetres to several metres, this flooding is generally characterised by several waves, and the first waves are not necessarily the largest. The speed of the current is such that the pressure exerted on coastal infrastructure can reach several tons per square metre
Since 1970, tsunamis have claimed more than 250,000 lives worldwide, notably the Boxing day tsunami in 2004 in the Indian ocean and the tsunami on March 11 2011 in Japan, for instance.
A risk that is not so farfetched after all
In the collective imagination, tsunamis have long been associated with the Pacific and the Indian ocean. The risk of an offshore tsunami in the Mediterranean has often been considered marginal, and this in itself could be misleading. In June 2022, UNESCO, which is committed to increasing global tsunami risk awareness among coastal communities, declared:
“Statistics show that there is a 100% chance of a tsunami of at least one metre high in the Mediterranean Sea in the next 30 years.”
After the Pacific, the Mediterranean basin holds the highest number of historical tsunamis recorded, of which several have impacted France’s Côte d’Azur coastline.
According to available data, around twenty incidences were reported in the maritime area along the French Riviera between the 16th century and the early 2000s with waves often exceeding two metres.
Evacuation times that are often very short
The sources of Mediterranean tsunamis can be local or distant. In some scenarios, run-up time for the first waves can be under ten minutes, particularly in the event of an underwater landslide or earthquake close to the coast, such as in the Ligurian sea between Corsica and the Italian coast. Conversely, tsunamis generated further away from France, for example off the northern coast of North Africa, can reach the French Riviera in less than 90 minutes.
The Boumerdès earthquake (Algeria) on May 21, 2003 caused havoc along the entire French Mediterranean coastline. A field enquiry showed that eight marinas on the French Riviera experienced significant sea level drops (from 50 cm to 1.5 m), basin purges, strong eddies and currents, and damaged boats, consistent with harbour resonance phenomena. The effects were observed on the French Riviera coastline an hour and a quarter after the earthquake.
Of more local origin, the tsunami in Nice on October 16 1979, triggered by the underwater collapse of part of the construction site for the new commercial port in Nice (Alpes-Maritimes), adjacent to the airport, caused the deaths of eight people and significant damage in Antibes, Cannes and Nice. The phenomenon was observed in Antibes for around thirty minutes.
Another scenario that could occur closer to the coast is that of the seismic tsunami that struck the Ligurian Sea on February 23, 1887], following an underwater earthquake measuring between 6.5 and 6.8 on the Richter scale. Contemporary accounts describe a sudden retreat of the sea by about one metre in Antibes and Cannes, leaving fishing boats high and dry, before the arrival of a wave reaching nearly two metres, which covered the beaches.
These events are a reminder of how we are completely taken by surprise, and how such short spaces of time show the limits of traditional warning systems. Coastal communities’ ability to evacuate quickly becomes crucial.
Two tsunami scenarios could impact Mediterranean coastline (red: seaquake close to Algeria’s coast, green: submarine landslide in the Ligurian sea). Sahal, Leone & Péroche, 2013, Fourni par l’auteur
An operational warning system for France
France has had a national tsunami alert system that has been part of the Centre d’alerte aux tsunamis (Cenalt) since July 2012, in conjunction with the international system coordinated by UNESCO in the Mediterranean. This system makes it possible to rapidly detect potentially tsunami-generating earthquakes and transmit an alert in less than fifteen minutes to the interdepartmental crisis management operational centre (Cogic) and foreign alert centres.
It is then up to the authorities to disseminate alert messages to the population, in particular via the FR-Alert platform, which allows notifications to be sent to the mobile phones of people located in the danger zone.
However, this global system only covers tsunamis caused by distant earthquakes and is not very effective in the case of local tsunamis or those caused by underwater landslides, where the time it takes for the tsunami to reach the coast may be less than the warning time. This is why it is important to raise awareness among coastal populations about detecting warning signs: felt earthquakes, abnormal sea movements, most often seawater retreats preceding the run-up of the tsunami, but not always.
Nice – Côte d’Azur coastline is highly at risk
Along the entire French Mediterranean coastline, an evacuation zone has been defined by government agencies and the University of Montpellier, based on altitude, distance from the sea and historical data. It corresponds to coastal areas with an altitude of less than 5 metres that are less than 200 metres from the sea. Along river mouths, this distance is extended to 500 metres with respect to the estuary.
Including Corsica, 1,700 km of coastline, 187 towns along the French Mediterranean coast, and at least 164,000 residents would be affected. At the height of the summer, an estimated 835,000 beach users would also need to be taken into consideration in the event of a tsunami.
The Nice – Côte d’Azur metropolitan area is vulnerable for a number of reasons: dense urbanisation, strong tourist appeal, and very busy beaches. Our photo analysis and modelling work have enabled us to estimate that tens of thousands of people are present in the area to be evacuated during periods of high visitor numbers (between 10,000 and 87,000 people on the beaches, depending on the season and time of day).
Evacuating ahead of a tsunami: the plan for Nice and surrounding coastal areas
When faced with a tsunami, evacuation is the only effective means of ensuring civilian safety. International experience shows that rapid and well-prepared evacuation procedures can save the vast majority of exposed populations. Reactive evacuation measures, for example, saved 96% of Japanese inhabitants when the major tsunami struck the Tōhoku coast on March 11 2011.
In Nice – Côte d’Azur, a comprehensive evacuation strategy has been developed and supported by scientific research led by the University of Montpellier’s Laboratory of Geography and Planning. It is based on optimised walking routes, taking into account slopes, obstacles, travel speeds and congestion points. Refuge sites located out of “waves’ reach” were identified and validated by local authorities, and evacuation routes were devised using algorithms to find the fastest routes.
In total, nearly a hundred refuge sites have been mapped out and incorporated into operational evacuation plans designed to quickly guide people to safe places.
The first tsunami risk awareness signposts were installed in Nice on February 27 2026. C. Thomin, MNCA, 2026, Fourni par l’auteur
From science to action: preparing the population
Raising tsunami awareness should go beyond evacuation mapping: safety drills such as evacuation exercises, particularly in schools or gradually introducing public warning signage; contribute to encouraging responsible behaviour. Several initiatives like these have been implemented in Nice via a project with students in Montpellier.
In Nice, a publicly accessible information platform with interactive maps also allows users to find evacuation zones, routes and instructions to follow in the event of an alert. These tools contribute to the development of a genuine tsunami risk culture.
Online map indicating evacuation zones, safe places and routes to get to them in the event of a tsunami in Nice. LAGAM/UMPV, 2026, Fourni par l’auteur
Becoming ‘Tsunami Ready’ territory
Beyond France’s Côte d’Azur coastal area, the information portal can be applied to other coastlines elsewhere in France and Europe, both in the Mediterranean and overseas, where tsunami run-up times can be just as short.
The initiatives that are being implemented in Nice are in keeping with UNESCO’s Tsunami Ready international recognition programme (TRRP). This 12-point programme aims to certify territories that are capable of anticipating a tsunami risk, prepare their populations and coordinate an appropriate response.
The first towns to be awarded the label and that have benefited from our team’s scientific and technical support were Deshaies in Guadeloupe and Cannes, with Nice set to join the programme in the near future.
When facing a wave that can arrive in a matter of minutes, being prepared to evacuate undoubtedly makes all the difference.
This article was written with the help of Louis Monnier, Monique Gherardi, Matthieu Péroche and Noé Carles, Université de Montpellier Paul-Valéry.
A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!
Frédéric Leone ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Source: The Conversation – in French – By Olivier Evrard, Directeur de recherche, Commissariat à l’énergie atomique et aux énergies alternatives (CEA); Université Paris-Saclay
En mars 2011, la catastrophe de Fukushima bouleversait le Japon. Quinze ans plus tard, les opérations de décontamination ont progressé, mais le retour à la normale reste incertain. Comment fixer le curseur de ce que serait un niveau de décontamination suffisant ? Les populations déplacées reviennent-elles vivre dans les villages évacués ? L’enjeu n’est plus seulement environnemental, il est également social, et révèle des fractures territoriales profondes.
C’est une date désormais bien ancrée dans les mémoires. Le 11 mars 2011, un tsunami suivi d’un séisme a dévasté 600 kilomètres de côtes au nord-est du Japon. Quelques jours plus tard, plusieurs explosions ont soufflé les enceintes de confinement de trois des six réacteurs de la centrale n°1 de la préfecture de Fukushima.
Les émissions radioactives qui s’ensuivirent furent rabattues par la neige sur les sols de la région, formant un panache radioactif qui a rendu nécessaire l’évacuation de plus de 160 000 habitants, selon les chiffres officiels.
Où en sont aujourd’hui les opérations de décontamination ? Quel bilan retenir de la gestion de la crise environnementale et sociale par les autorités japonaises : a-t-elle fonctionné ? Les habitants déplacés ont-ils pu revenir chez eux ? État des lieux, quinze ans après la catastrophe.
De quelle radioactivité parle-t-on ?
Parmi les produits radioactifs libérés lors de l’explosion de l’enceinte des réacteurs et qui subsistent sur le long terme dans l’environnement après leur émission, on retrouvait principalement deux isotopes radioactifs du césium :
le césium 134, dont la demi-vie, c’est-à-dire la durée nécessaire pour que la moitié des atomes se désintègrent, est de deux ans,
et le césium 137, dont la demi-vie est de trente ans.
On estime généralement qu’il faut 7 à 10 demi-vies pour qu’un isotope radioactif ait suffisamment décru pour que sa présence soit devenue négligeable, autrement dit, pour que la radioactivité résiduelle ne soit plus que de 1 à 7 % de son niveau initial.
C’est déjà quasiment le cas pour le césium 134, cette durée étant, pour ce radioisotope, de quatorze à vingt ans. Toutefois, il faudra encore patienter pour ce qui est du césium 137, le temps pour atteindre cet état étant de deux cent dix à trois cents ans. C’est sur ce dernier que se concentrent désormais toutes les attentions.
Le problème ? Le césium radioactif se fixe presque de façon presque irréversible sur les argiles des sols. Seule l’action humaine peut l’en déloger.
En 2011, la surface du territoire japonais la plus contaminée par le césium 137 – c’est-à-dire susceptible d’être décontaminée au vu des débits de dose radioactifs significatifs (supérieurs à 2 millisieverts par an) auxquels les habitants étaient à l’époque exposés– couvrait une surface comparable à celle de la Corse, soit environ 9 000 kilomètres carrés.
Une politique de décontamination efficace mais partielle
Dans la région de Fukushima, où les paysages sont montagneux et majoritairement recouverts de forêts, les autorités japonaises ont mis en œuvre une vaste stratégie de décontamination. Celle-ci visait à décaper la surface des rizières et des autres sols cultivés situés dans les fonds de vallées et ceux des zones résidentielles.
Depuis lors, ces niveaux restent stables. Ceci peut s’expliquer par l’apport pérenne de radioactivité des forêts, qui n’ont pas été décontaminées. En effet, celles-ci couvrent 75 % de la surface de la zone affectée par le panache radioactif.
Les barrages de la région qui sont utilisés pour irriguer les rizières de la plaine côtière stockent d’ailleurs une quantité importante de sédiments radioactifs. Dans certaines conditions, le césium radioactif peut ainsi être remobilisé dans la colonne d’eau, et il peut alors être réabsorbé par les organismes vivants, par exemple les poissons.
La déforestation, une prochaine étape qui interroge
Plus d’une décennie après l’accident, le césium radioactif retombé sur les forêts et intercepté par la canopée des arbres a été transféré dans la partie minérale des sols. Depuis le sol, une partie de ce césium peut alors être réabsorbée par les arbres et les plantes par l’intermédiaire des racines, ce qui rend impossible la commercialisation du bois dont la teneur en césium dépasse la limite autorisée.
Montagnes Abukuma, dans la préfecture de Fukushima, au Japon. Σ64/Wikicommons, CC BY
Pourtant, cette option interroge : les forêts se trouvent en effet sur les versants les plus pentus et l’érosion que la coupe des arbres engendrerait pourrait être massive, surtout en cas de typhon. Comme lors des événements cévenols en France, ces épisodes pluvieux intenses généreraient glissements de terrain, crues et débordements.
Ils occasionnent au passage une recontamination de certaines zones, en bas de versants et dans les vallées, qui avaient pourtant déjà été décontaminées à grands frais il y a quelques années. À ce risque, viennent s’ajouter la destruction des écosystèmes, la dégradation de la biodiversité et la destruction des habitats de nombreuses espèces.
En plus de la reconstruction et de la gestion des forêts, un autre problème se pose pour les autorités japonaises. Il s’agit de la redistribution sur le territoire japonais des terres issues de la décontamination, jusqu’ici stockées autour de la centrale, afin de rendre les terrains de stockage à leur propriétaire d’ici 2045.
Reconstruire les villes fantômes, mais avec quels habitants ?
Reste l’enjeu politique du retour des habitants dans les zones évacuées. Celles-ci concernaient 12 communes, dont certaines parties ont été progressivement rouvertes à l’habitat depuis 2017.
Sept zones de reconstruction prioritaires ont été délimitées dans la zone dite « difficile au retour », qui comprend les zones les plus contaminées après l’accident. La levée de l’ordre d’évacuation pour ces communes a engendré une suspension des soutiens financiers jusque là octroyés aux habitants déplacés, afin de les inciter au retour. Mais contrairement à ce qui était prévu par les autorités, 80 % des anciens habitants de ces communes ont exprimé leur intention de ne pas rentrer.
Pendant longtemps, la contamination encore élevée présente dans l’environnement leur a donné raison. Aujourd’hui toutefois, bien que des hotspots de contamination soient toujours observés, c’est la destruction des anciens lieux de vie qui en est la cause.
La reconstruction s’accompagne de la destruction de villages entiers, y compris des bâtiments datant parfois de plus d’un siècle. Les politiques de décontamination ont profondément modifié le paysage par la coupe des arbres ou l’arasement de montagnes. En outre, les autres membres de la famille ou les anciens voisins ont déménagé. En somme, ce ne sont pas seulement des villages et des lieux de vie qui ont été détruits, mais des communautés entières.
À ce défi déjà colossal vient s’ajouter l’absence des services territoriaux dans ces régions, et principalement du secteur hospitalier, qui fait cruellement défaut à une population vieillissante.
Enfin, quinze ans après, certains résidents sont décédés, alors que d’autres ont tout simplement refait leur vie ailleurs.
Attirer de nouvelles populations
Face à ce constat, le gouvernement japonais a décidé de financer le retour de nouvelles populations, pour lesquelles des villes nouvelles sont construites, aux dépens de la culture originelle des lieux.
Les nouveaux habitants se voient ainsi proposer des pavillons ou appartements dans des lotissements de ville nouvelle, avec les caractéristiques des espaces produits par la ville globale : homogénéisation des espaces, matériaux de construction légers, artificialisation des sols, en somme, une perte d’identité des lieux.
Pour ce faire, les autorités jouent la carte de l’incitation financière. L’habitat y est non seulement quasiment gratuit, mais chaque ménage reçoit également une somme d’argent conséquente pour venir habiter dans l’ancienne zone évacuée. À ce soutien financier s’ajoute un revenu complémentaire si les nouveaux venus sont capables de justifier d’un emploi dans la zone.
Outre la pollution potentielle, cette politique (construction de villes nouvelles à l’emplacement des anciens villages et implantation de populations venues d’ailleurs) conduit à l’effacement de l’histoire de villages séculaires. De fait, elle ne rencontre pas, pour l’instant, le succès escompté. La principale commune de la zone évacuée, Namie, compte aujourd’hui une population qui ne représente que 15 % de celle qui y vivait avant l’accident nucléaire. De même, la commune d’Iitate plafonne à 33 %, 23 % pour celle de Tomioka, 9 % pour celle d’Okuma et 3 % pour celle de Futaba. Ces niveaux de populations sont trop faibles pour faire tourner convenablement une économie locale.
Par ailleurs, les nouveaux habitants correspondent principalement à des personnes qui se trouvaient dans des situations de vulnérabilité sociale importante en provenance de différentes régions du Japon. Elles se retrouvent ainsi regroupées dans ces nouveaux quartiers.
Quelles seront les conséquences d’une telle ségrégation ? L’avenir le dira. Ces éléments montrent en tout cas que les traces les plus durables laissées par l’accident nucléaire de 2011 à Fukushima ne seront pas seulement d’ordre environnemental : elles seront aussi sociales.
Ces sujets, ainsi que le démantèlement total de la centrale, pour lequel la durée nécessaire est estimée à quarante ans par le gouvernement japonais, continue de faire l’objet de recherches interdisciplinaires, telles que celle que nous menons avec le laboratoire international MITATE Lab (CNRS, CEA, Université de Fukushima).
Olivier Evrard a reçu des financements de l’ANR (TOFU_ANR-11-JAPN-0001), des Investissements d’Avenir de l’Etat français (AMORAD_11-RSNR-0002), du CNRS (IRP et IRL MITATE, NEEDS, EC2CO) et du CEA (via des financements de thèse notamment) pour mener ses recherches à Fukushima depuis 2011.
Cécile Asanuma-Brice, chercheur CNRS, est directrice du Laboratoire international Mitate lab. Post-Fukushima studies. Elle a reçu des financements divers depuis 2011 pour mener ses travaux pluridisciplnaire sur la gestion de la catastrophe nucléaire (ANR, NEEDS, PEPS-CNRS, etc.).
Source: The Conversation – in French – By Blandine Chelini-Pont, Professeur des Universités en histoire contemporaine et relations internationales, Aix-Marseille Université (AMU)
Donald Trump pendant l’imposition des mains des pasteurs protestants réunis dans le bureau Ovale afin de prier avec lui, le 5 mars 2026. Capture d’écran Youtube
Aux États-Unis, l’escalade militaire qui a démarré le 28 février en Iran ne peut être comprise uniquement à partir de logiques militaires ou diplomatiques. Elle s’inscrit également dans un champ symbolique et religieux dense, où traditions théologiques et narrations identitaires et imaginaires eschatologiques divers contribuent à légitimer, à contester ou à réinterpréter la violence des armes.
Quand on parcourt les prises de position publiques de ces derniers jours aux États-Unis, il est frappant de constater à quel point polarisation politique et polarisation religieuse s’entremêlent. Les partisans de l’opération lancée contre l’Iran conjointement avec Israël ont volontiers recours au registre religieux : sacralisation du leadership politique états-unien, mise en scène religieuse de la guerre, vision apocalyptique de l’affrontement actuel dans certains segments de l’appareil militaire, justification biblique par certains milieux chrétiens pro-israéliens… Dans le même temps, une partie de l’extrême droite américaine, habituellement alignée sur l’administration Trump, promeut une vision complotiste et antisémite des derniers événements.
Ces dynamiques se heurtent à un ensemble de discours religieux profondément étrangers à la logique de guerre et à la moindre justification biblique ou morale de la destruction de l’Iran. Ces prises de position, mises en avant aussi bien par des Églises américaines protestantes que par l’Église catholique des États-Unis et par le Vatican, réaffirment les principes du droit international et contestent la mobilisation du sacré au service de la guerre.
La sacralisation du leadership politique : Trump et l’imaginaire apocalyptique
Le premier élément de cette configuration est la construction autour de la figure de Donald Trump d’un imaginaire politico-religieux propagé par un ensemble de théologiens et de leaders fondamentalistes, qu’on peut qualifier de protestants charismatiques, au sein d’une mouvance contemporaine, la Nouvelle Réforme apostolique, qui se présente comme une véritable restauration du pouvoir spirituel chrétien, où les leaders prophétisent et interprètent les événements comme des signes divins.
Plusieurs de leurs personnalités médiatiques – Paula White, Lance Wallnau, Cindy Jacob, Dutch Sheets – ont magnifié, depuis sa première candidature, Donald Trump, allant jusqu’à le voir en lui un acteur providentiel inscrit dans l’histoire du salut.
Cette lecture mobilise notamment une typologie biblique fondée sur la figure du roi David, souverain choisi par Dieu malgré ses fautes personnelles. En 2016, Jerry Falwell Junior, président de la Liberty University, expliquait ainsi que Dieu avait choisi David malgré ses péchés et qu’il fallait juger un leader politique comme un roi, non comme un pasteur. De son côté, Franklin Graham, président de la Billy Graham Evangelistic Association, a mobilisé la même typologie pour justifier le soutien évangélique à Trump.
Ce schéma herméneutique permet de neutraliser les critiques morales à l’égard du président, tout en l’inscrivant dans une narration providentialiste. Se prenant au miroir de son « élection divine », Donald Trump, qui a pu se présenter comme le « Chosen One » (« l’Élu »), utilise un vocabulaire apocalyptique dans certains de ses discours, notamment lors d’un meeting tenu à West Palm Beach, le 26 juillet 2024, où il a implicitement évoqué une transformation radicale de l’ordre politique américain.
Cette rhétorique s’inscrit dans une tradition fondamentaliste millénariste, qui interprète l’histoire contemporaine comme le prélude d’une confrontation finale entre le Bien et le Mal. Dans cette perspective, la politique étrangère états-unienne peut être relue comme une étape du drame eschatologique. La guerre cesse alors d’être un simple instrument de puissance : elle devient l’un des événements possibles de l’accomplissement de l’histoire divine.
La mise en scène religieuse de la guerre à la Maison-Blanche
La seconde étape de ce processus consiste à traduire cette théologie fondamentaliste, qui assume la guerre terrestre comme un combat final, en mise en scène institutionnelle.
Le 5 mars 2026, alors que les opérations militaires au Moyen-Orient s’intensifient, Trump accueille dans le bureau Ovale une vingtaine de pasteurs évangéliques. Ceux-ci prient pour le président et pour les soldats américains engagés dans la guerre. Le pasteur Tom Mullins demande explicitement à Dieu de protéger les forces armées américaines et d’accorder au président « la sagesse venue du ciel ».
Cette séquence est politiquement significative à plusieurs titres. Elle transforme la décision militaire en objet de prière publique ; elle associe l’autorité présidentielle à l’intercession pastorale ; et elle inscrit l’action armée dans la narration religieuse d’une nation « under God ». L’image du président entouré de pasteurs imposant les mains constitue ainsi un dispositif symbolique puissant : la guerre est implicitement placée sous la protection divine.
Pour rappel, Trump a créé le 7 février 2025 à la Maison-Blanche « un Bureau de la foi », confié à Paula White, déjà citée, et il affirme régulièrement avoir été « sauvé par Dieu » pour empêcher le déclin de l’Amérique. Cette articulation entre pouvoir politique, rhétorique religieuse et symbolique nationale contribue à sacraliser l’action militaire.
La traduction apocalyptique du conflit dans certains segments de l’armée des États-Unis
Un sous-officier rapporte notamment qu’un commandant aurait affirmé :
« Le président Trump a été désigné par Jésus pour allumer en Iran le feu qui provoquera l’Armageddon »,
établissant un lien explicite entre l’intervention militaire et la bataille eschatologique d’Armageddon décrite dans l’Apocalypse.
Ces propos ont suscité de fortes réactions internes. Weinstein voit dans ce type de déclarations le signe d’une poussée de l’extrémisme chrétien dans l’armée et d’une violation claire du principe de séparation entre l’Église et l’État. Une plainte est déposée au nom de 15 militaires, dont 11 chrétiens, un musulman et un juif, ce qui montre que la protestation traverse les appartenances confessionnelles.
Cette controverse révèle l’existence d’un profond débat au sein de l’armée américaine sur la place du nationalisme chrétien dans les institutions militaires. La séquence illustre aussi le climat « théologique » du Pentagone sous Pete Hegseth, secrétaire à la défense notoirement sioniste chrétien et par ailleurs adepte du masculinisme dans l’armée, qui a relayé en août 2025 une séquence de CNN consacrée au pasteur Doug Wilson, cofondateur de la (fondamentaliste) Communion of Reformed Evangelical Churches (CREC), aux prises de parole radicales et hostile à la moindre présence féminine dans l’appareil militaire.
Les justifications religieuses pro-guerre dans les milieux évangéliques et pro-israéliens
Parallèlement à ces dynamiques institutionnelles, certains milieux religieux américains interprètent explicitement la guerre contre l’Iran à travers une grille théologique. Des prédicateurs évangéliques présentent l’intervention militaire comme une libération spirituelle de l’Iran ou comme une étape dans l’accomplissement des prophéties bibliques. Dans cette perspective, l’Iran est souvent associé à la Perse biblique, tandis qu’Israël est présenté comme le peuple soutenu par Dieu dans le combat final contre les forces du Mal.
La noble figure du roi Cyrus, souverain perse ayant permis le retour des Juifs d’exil selon la Bible, est mobilisée pour magnifier le rôle politique de Trump. Dans le même temps, la figure diabolique du vizir Haman, qui voulait massacrer tous les Juifs de l’Empire perse, est, elle, mobilisée pour diaboliser le régime des mollahs. Cette lecture s’inscrit davantage dans le courant du sionisme chrétien, qui relie les conflits contemporains du Moyen-Orient aux prophéties eschatologiques annonçant la fin des temps.
De ce point de vue, soutenir Israël et affronter ses ennemis constitue non seulement un choix géopolitique, mais également un acte participant à l’accomplissement du plan divin. Cependant cette interprétation fait l’objet de critiques croissantes parmi les théologiens chrétiens engagés dans le dialogue judéo-chrétien, qui mettent en garde contre la projection simplificatrice de catégories bibliques sur des conflits contemporains complexes.
Le retournement antisémite de l’extrême droite isolationniste
La sacralisation pro-israélienne de la guerre produit également des effets paradoxaux. Dans certains segments de l’extrême droite américaine, elle alimente un discours complotiste et antisémite d’une virulence croissante. Une partie du mouvement MAGA (Make America Great Again, slogan de Donald Trump, ndlr.), très attachée à l’isolationnisme, accuse l’administration américaine de mener une guerre pour le compte d’Israël. Des personnalités telles que Nick Fuentes, représentant du courant Groyper (du nom d’un personnage de cartoon, grenouille verte devenue la mascotte de ce mouvement) de l’alt-right, dénoncent une politique étrangère dominée par les intérêts israéliens.
Tweet de Nick Fuentes le 6 mars : « Trump s’est retourné contre Tucker Carlson et Marjorie Greene à cause de leur opposition à la guerre contre l’Iran et à la dissimulation de l’affaire Epstein. Aujourd’hui, il s’entoure exclusivement de sionistes partisans de la doctrine Israel First (Israël d’abord), tels que Mark Levin, Laura Loomer et Jared Kushner. Nous n’avons pas quitté MAGA, c’est MAGA qui nous a quittés. » Compte X de Nick Fuentes
Ainsi, la sacralisation religieuse de la guerre nourrit paradoxalement une polarisation extrême : elle produit à la fois une légitimation théologique de l’intervention et une radicalisation antisémite dans certains segments du camp anti-guerre.
Les contre-discours religieux : Églises américaines et diplomatie vaticane
Face à ces imaginaires guerriers, de nombreuses institutions religieuses expriment une opposition claire à la guerre. Églises protestantes modérées (les épiscopaliens, les unitariens, les méthodistes, les quakers et mennonites, les 38 Églises membres du National Council of Churches) et responsables catholiques américains (l’ensemble de la Conférence épiscopale des États-Unis) dénoncent la sacralisation du conflit. La critique la plus structurée émane toutefois du Vatican.
Après une prise de parole immédiate du pape Léon XIV, qui a appelé à arrêter cette « spirale de la violence » qui risquait très prévisiblement de se transformer en « tragédie aux proportions énormes » et en « abîme irréparable », le secrétaire d’État du Vatican Pietro Parolin a condamné l’offensive contre l’Iran en déclarant :
Parolin a rappelé les principes de la doctrine catholique de la guerre juste : nécessité, proportionnalité et protection des civils, en faisant appel au respect des institutions multilatérales et du droit international et demandant de revenir en urgence à la diplomatie internationale.
Précédemment, le Vatican a refusé de participer au projet de « Board of Peace » proposé par l’administration Trump pour Gaza, estimant que les conditions politiques et diplomatiques d’une telle initiative ne sont pas réunies.
Ces prises de position sont relayées par des réseaux catholiques américains, dont ce collectif militant (non officiel) Priests against Genocide USA, engagé dans la dénonciation des violences contre les civils à Gaza et dans la critique des initiatives diplomatiques américaines liées au conflit, ressemblant à lointaine distance aux collectifs de prêtres des années 1960 contre la guerre du Vietnam. Elles constituent ainsi un contre-discours religieux majeur face à la sacralisation nationaliste de la guerre.
L’absence de toute justification religieuse chez les deux héritiers MAGA
Quant aux deux catholiques déclarés parmi les personnalités les plus en vue du gouvernement, le vice-président J. D. Vance et le secrétaire d’État Marco Rubio, il est difficile de trouver la moindre référence « religieuse » dans leur position à l’égard de cette guerre qui met en danger leur propre avenir dans la compétition présidentielle.
Vance, qui a pu déclarer que « le gouvernement américain n’est pas équipé pour fournir le leadership moral mais l’Église, si », évite de communiquer sur le sujet, tant il est gêné dans sa posture d’isolationniste, sans saisir – pour l’instant – l’occasion de rappeler ses convictions pour critiquer l’opération en Iran et, ainsi, représenter la colère du peuple MAGA. Rubio, lui, a beau se présenter publiquement le visage marqué d’une croix de cendres, signalant sa dévotion liturgique à l’entrée du Carême, il a toujours affiché des positions pro-israéliennes, interventionnistes et néoconservatrices, sans rapport avec ses convictions. Mais, au moins, aucun ne verse dans le triomphalisme millénariste.
Blandine Chelini-Pont ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Vous échangez avec le service client de votre fournisseur d’électricité via un chat en ligne. Les réponses arrivent instantanément : précises, empathiques, légèrement familières et portées par un ton que vous identifiez comme féminin. Pour tester votre interlocutrice, vous posez une question piège et votre interlocutrice répond avec humour. Ai-je échangé avec une véritable conseillère… ou avec un algorithme d’IA sophistiqué ?
Mes travaux de recherche récents examinent les mécanismes d’adoption de ces outils. Il est indéniable que nous sommes en train d’entrer dans une ère marquée par ce que l’on pourrait appeler une confusion ontologique, c’est-à-dire une ère où les frontières entre le naturel et l’artificiel deviennent de plus en plus floues pour l’être humain qui a du mal à les distinguer clairement.
Or, savoir à qui l’on parle ne relève plus uniquement d’une simple curiosité technologique : c’est devenu un enjeu de cybersécurité, de confiance et de bien-être psychologique.
Ne pas distinguer un humain d’un chatbot peut exposer à une confiance excessive dans des réponses qui peuvent être inexactes et à la divulgation imprudente d’informations à caractère personnel. Pour le grand public, savoir identifier un chatbot, comprendre ses limites et évaluer la qualité de ses réponses devient une compétence essentielle pour utiliser ces outils en connaissance de cause.
Pourquoi l’identité de votre interlocuteur change-t-elle tout ?
Le secteur de la santé, notamment en ce qui concerne la santé mentale, est témoin de l’émergence des chatbots IA de type compagnon qui sont programmés pour simuler la compassion. Savoir que l’on parle à un algorithme d’IA favorise le maintien d’une distance critique indispensable vis-à-vis des recommandations formulées. Par exemple, si une personne exprime un profond mal-être, un chatbot pourra proposer des exercices de relaxation, mais ces réponses standardisées reposant sur des modèles statistiques ne remplacent pas l’évaluation clinique individualisée et le suivi d’un professionnel de santé.
Dans le monde des affaires, les entreprises recourent massivement aux chatbots IA afin de réduire les dépenses opérationnelles. La responsabilité juridique peut être engagée dans le cas où un chatbot IA émet une promesse commerciale erronée en raison d’un dysfonctionnement ou d’une hallucination, par exemple, si un chatbot promet par erreur une remise inexistante ou un remboursement sans condition. Qui est responsable de cette promesse ? Le concepteur du chatbot IA, l’entreprise qui l’utilise, ou tout autre acteur impliqué dans sa conception ou sa mise en œuvre ? La clarté concernant l’identité de l’émetteur est essentielle pour établir les fondements du contrat qui définit les responsabilités de chaque partie impliquée.
À l’échelle sociétale, savoir distinguer l’humain des chatbots IA est essentiel pour préserver l’intégrité du débat public. Identifier la nature de son interlocuteur permet d’éviter de confondre un contenu automatisé avec une prise de position authentiquement humaine. Par exemple, lors d’une consultation publique en ligne, un chatbot clairement identifié peut fournir rapidement des informations factuelles sur une réforme sans prétendre porter la voix des citoyens. Les utilisateurs du service public numérique font davantage confiance à un chatbot lorsque celui-ci est clairement identifié comme tel.
Comment identifier un chatbot aujourd’hui ?
Avant tout, pour comprendre son fonctionnement, il faut regarder l’architecture des « transformers », la structure technique derrière la plupart des chatbots modernes. Ces « transformers » sont capables de prédire le mot suivant une suite de mots donnée, grâce aux statistiques : ils donnent juste le mot suivant le plus probable. Savoir que l’on parle à un chatbot IA, c’est se rappeler qu’il ne comprend pas le sens, qu’il n’y a pas de pensée derrière la conversation : le chatbot ne fait que choisir les mots qui ont statistiquement gagné à l’issue de ses calculs.
Voici quelques astuces de détection utiles pour savoir si l’on parle à un chatbot IA.
Posez des questions qui nécessitent des détails personnels ou des souvenirs à long terme que le chabot IA ne possède pas, par exemple « Tu te rappelles ce que je t’avais dit sur mon premier stage ? » Un être humain serait en mesure de mobiliser un souvenir précis, tandis qu’un chatbot IA ne pourrait que simuler une continuité. Autre test possible : faites référence à une expérience commune implicite, par exemple « On avait finalement choisi quel restaurant déjà ? » Un être humain pourra se souvenir du lieu exact, tandis qu’un chatbot IA tendra à proposer une réponse plausible sans véritable souvenir.
Posez des questions qui permettent de tester les limites du raisonnement de chatbot IA avec des situations absurdes, par exemple : « Explique-moi pourquoi il est impossible d’expliquer cette impossibilité. » Un humain est davantage susceptible de résister à la demande en exprimant un inconfort par rapport à la question posée. Le chatbot IA raisonne comme si la situation était cohérente, même quand elle ne l’est pas, l’action requise demeure irréalisable. Autre exemple : « Décris précisément la couleur d’un triangle invisible. » Un humain soulignera spontanément l’incohérence de la consigne, tandis qu’un chatbot IA cherchera souvent à formuler une explication théorique comme si la question avait un sens pleinement exploitable.
Posez des questions sur des événements récents hyperlocalisés avec une opinion nuancée, par exemple : « En tant que riverain, que penses-tu de la piétonnisation hier de cette rue ? » Les chatbots IA sont entraînés sur des bases de données figées à une date précise. Même si certains sont connectés à Internet, ils ont souvent du mal à commenter les actualités hyperlocales très récentes avec une perspective nuancée. Autre exemple : « Comment as-tu vécu la coupure d’électricité dans notre quartier hier soir ? » Un habitant pourra évoquer des détails précis comme les discussions avec les voisins et l’ambiance dans la rue, tandis qu’un chatbot restera dans des généralités sans véritable ancrage local.
Vers une transparence et une littératie numérique indispensables : l’IA Act et au-delà
Mes travaux récents, au-delà des astuces de détection, invitent à repenser notre relation avec ces interlocuteurs numériques. Notre étude montre que la divulgation de l’identité, c’est-à-dire l’annonce par un chatbot IA de sa nature artificielle, ne réduit pas forcément la satisfaction de l’utilisateur si la qualité informationnelle du chatbot IA est au rendez-vous. La loi européenne, par le biais de l’IA Act, va imposer cette transparence.
À l’avenir, la question sera donc plutôt « Comment optimiser la collaboration avec cette entité que je sais être artificielle ? » Pour les entreprises, il faut se concentrer sur ce qui compte vraiment aux yeux des utilisateurs grand public, c’est-à-dire la performance du chatbot IA permettant de fournir des réponses pertinentes, fiables et de qualité, plutôt que de se contenter de déclarations éthiques génériques ou d’avatars anthropomorphiques attrayants.
Zeling Zhong ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.
Le film l’Agent secret (O Agente Secreto, 2025) de Kleber Mendonça Filho, nommé quatre fois aux Oscars, dont la cérémonie se tiendra ce dimanche 15 mars, revisite la dictature brésilienne autour d’un personnage d’universitaire en cavale, contraint de se cacher après s’être heurté aux intérêts des grandes entreprises à la solde du régime, qui veulent mettre la main sur ses recherches.
Depuis ses premiers courts métrages tels que Recife sous le froid (Recife Frio, 2009), le cinéaste a développé un style unique, riche en références cinématographiques, qui se situe entre le cinéma d’art et d’essai et le cinéma de genre. Ces traits atteignent de nouveaux sommets de liberté formelle dans l’Agent secret, qui a été nommé dans quatre catégories aux Oscars, dont celui du meilleur film et celui du meilleur acteur pour Wagner Moura.
Le film s’inscrit dans la vague récente de productions brésiliennes revisitant la dictature militaire (1964-1985), parmi lesquelles Je suis toujours là (Ainda Estou Aqui), de Walter Salles (2024), et Marighella, de Wagner Moura (2019). Mais ces films ne se contentent pas de reconstituer des épisodes historiques : ils traitent, à travers le cinéma, d’un traumatisme non résolu dont les répercussions continuent de façonner le présent politique du Brésil.
L’une des caractéristiques qui rend l’Agent secret, dont l’action se déroule principalement en 1977, repose sur la façon dont le film parle des universités brésiliennes de l’époque, considérées comme des champs de bataille où s’affrontent la mémoire, le pouvoir et la démocratie.
Le personnage principal du film, Armando, interprété par Moura, nommé pour l’Oscar du meilleur acteur, n’est en fait pas un agent secret et n’a aucun lien évident avec les mouvements d’opposition. C’est un universitaire contraint de se cacher après s’être heurté aux intérêts des grandes entreprises alignées sur le régime autoritaire qui veulent mettre la main sur ses recherches.
La philosophe brésilienne Marilena Chauí a évoqué son expérience personnelle de cette période sombre de l’histoire du Brésil. Chauí est revenue de France en 1969 avec son doctorat en poche, juste après que l’armée brésilienne a suspendu la plupart des droits civils dans le pays, ce qui a conduit à une chasse aux « communistes » et à l’intensification de la torture et de la censure.
Chauí décrit la présence sur le campus de mystérieuses figures militaires ayant le pouvoir d’embaucher, de licencier et de « faire disparaître » les membres du personnel et les étudiants hostiles au régime. La présence d’agents secrets déguisés en étudiants pour surveiller les professeurs et les étudiants dans les salles de classe des universités publiques était alors monnaie courante.
Dans l’Agent secret, Armando vient de rentrer de l’université de Leeds en Grande-Bretagne. Lui et l’équipe de recherche internationale qu’il a mise en place à l’université fédérale de Pernambouc, dans le nord-est du Brésil, sont surveillés de près par Henrique Ghirotti, un industriel de Sao Paulo.
Armando remet ouvertement en question l’éthique de Ghirotti et souligne un conflit d’intérêts : comment un riche industriel peut-il justifier le fait de détourner des fonds publics destinés aux universités à des fins privées ? La réaction amère d’Armando face à une corruption aussi flagrante suffit à faire de lui un homme menacé de mort. Une grande partie du film montre les tentatives d’Armando pour échapper à Ghirotti, aux forces de l’ordre corrompues et aux tueurs à gages qu’il a embauchés.
Cette situation dramatique met en lumière non seulement la surveillance et la répression subies par les universités sous la dictature, mais aussi des schémas de corruption plus larges. La toile d’araignée reliant les intérêts militaires aux grandes entreprises, qui a sapé la dynamique économique du Brésil tout au long des années 1970, est une histoire qui ne commence à être pleinement révélée que maintenant.
L’accent mis par le film sur la liberté académique trouve un écho contemporain. Mendonça Filho a écrit l’Agent Secret pendant la présidence de l’extrême droite Jair Bolsonaro (2019-2022), dont la longue liste de mesures hostiles comprenait des attaques contre l’éducation publique. Entre 2019 et 2022, les universités fédérales ont perdu 14,4 % de leur budget, et en 2022, leur financement était tombé en dessous des niveaux de 2013.
Les universités ont fait état de graves difficultés à maintenir leurs activités de base et leurs programmes de bourses, les coupes cumulées dépassant 100 milliards de reais (16 milliards d’euros) sur quatre ans. Bolsonaro et ses partisans ont encouragé le signalement (et la « dénonciation » sur les réseaux sociaux) des enseignants jugés « idéologiques ». Après la victoire de Lula aux élections de 2022, un léger soulagement s’est fait sentir et, avec le renouvellement des lignes de financement, la reconstruction de ce terrain ravagé s’engage lentement.
Le film Je suis toujours là, de Walter Salles, explore lui aussi la période de la dictature militaire au Brésil.
Archives de la répression
L’Agent secret aborde également les débats mondiaux renouvelés autour de la privatisation de la recherche, de la propriété intellectuelle et de la vulnérabilité politique des universités, de plus en plus considérées comme des foyers de sédition gauchiste. Le film de Mendonça Filho suggère que l’autoritarisme attaque la société non seulement en usant directement de violence, mais aussi par la destruction, la privatisation ou le musellement de la production des connaissances.
Dans le film, l’industriel Ghirotti se réjouit d’informer Armando qu’il va recommander la fermeture de son laboratoire de recherche et le transfert de ses travaux à l’université de São Paulo, avec laquelle Ghirotti entretient des liens douteux. Il remet en question l’utilité de toute recherche menée dans le nord-est qui touche aux intérêts nationaux, d’autant plus que les Canadiens travaillent sur la même technologie et que le Brésil peut financer la science et la technologie étrangères.
Mendonça Filho, originaire de Recife, la capitale de Pernambouc, s’est exprimé très ouvertement sur les préjugés profondément ancrés de nombreux habitants des États du Sud, plus riches et plus blancs, à l’égard du Nord, considéré comme arriéré. Il est révélateur que dans l’Agent secret, l’équipe de recherche internationale d’Armando ait d’abord pris forme à Leeds, étant donné que des préjugés similaires existent souvent à l’égard du nord de l’Angleterre.
Dans une intrigue secondaire qui se déroule à l’époque actuelle, un groupe d’étudiantes travaille sur un projet d’histoire orale à partir d’enregistrements réalisés par des dissidents pendant la dictature, dont Armando. L’une d’entre elles, Flávia, se rend à Pernambouc pour rendre visite au fils d’Armando, aujourd’hui d’âge mûr.
Jeune mère noire originaire du Nord-Est et vivant dans la périphérie de São Paulo, Flávia incarne la nouvelle population étudiante plus diversifiée, rendue possible grâce à des initiatives d’action positive durement acquises et à l’expansion du réseau des universités publiques.
Dans l’Agent secret, ce sont Flávia et les étudiants comme elle qui ont hérité non seulement des archives de la répression, mais aussi de la possibilité de transformer le savoir en une forme de réparation démocratique.
S’appuyant sur la performance convaincante de Wagner Moura, le film de Mendonça Filho relie les luttes du passé à la curiosité et au courage d’une nouvelle génération. Ce faisant, l’Agent secret souligne avec force la capacité du cinéma non seulement à divertir, mais aussi à éclairer, à questionner et à inspirer.
Alfredo Suppia reçoit un financement du CNPq (Conseil national du développement scientifique et technologique) en tant que chercheur de niveau 1C.
Stephanie Dennison ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.