Ser capaz de evaluarse: una habilidad que mejora el aprendizaje y la madurez

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Calixto Gutiérrez Braojos, Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación (Research Methods, Assessment and Evaluation in Education), Universidad de Granada

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Imaginemos una clase de Ciencias de 2º de ESO con estudiantes de 13 y 14 años que están aprendiendo a formular hipótesis científicas. El profesor explica que una hipótesis tiene que proponer una posible explicación a un fenómeno, permitir anticipar qué ocurrirá y tiene que ser posible ponerla a prueba. Después, coloca un globo en la boca de una botella y plantea un reto: ¿podemos inflarlo sin soplar?

Cada estudiante escribe su hipótesis. Después observan cómo al sumergir la botella en agua caliente, el globo se hincha, y al pasarla a agua helada, se desinfla. Registran lo sucedido y consultan las leyes de los gases para identificar cuál explica el fenómeno, contrastar su hipótesis y redactar sus conclusiones en un informe.

El aprendizaje no tiene por qué concluir en este punto. De hecho, la manera de evaluar del docente influye mucho no solo en lo que aprende el alumnado, sino también qué grado de autonomía y protagonismo puede llegar a alcanzar.


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El enfoque acreditativo (calificación y ‘veredicto’)

Ante cualquier actividad en el aula, como este experimento, existen tres enfoques de evaluación posibles.

En la primera opción, la evaluación se utiliza para determinar si el trabajo alcanza el nivel esperado asignando una nota (por ejemplo, un 5) o una categoría (“suficiente”).

Con este enfoque se comunica el resultado final, y en muchas ocasiones, sin mostrar información precisa sobre qué está bien, ni cómo mejorar. Cuando el docente comunica la calificación, el alumnado tiende a centrar su atención en la cifra, e interpretarla como un juicio sobre su capacidad personal. A partir de esta postura, cualquier orientación de mejora puede tener mucho menor impacto.

Enfoque correctivo (revisión del resultado)

En la segunda opción, la evaluación cumple una función correctiva. El docente señala el error concreto y explica la causa que lo origina. En nuestro ejemplo, si un estudiante escribe que “el agua caliente infla el globo”, el profesor le aclara: “Has previsto correctamente que el globo se hinchará al calentar la botella, pero falta explicar por qué ocurre. Al aumentar la temperatura, el aire de su interior se expande y empuja el globo; incorpora esa relación a tu hipótesis”.

Este enfoque sitúa el foco en el producto final. La respuesta del docente ayuda a corregir un error puntual. El profesor detecta el error y orienta la solución directa, mientras que el alumnado asume un rol reactivo, es decir, aplica la corrección indicada, pero sin llegar a analizar la causa por sí mismo.

Enfoque de desarrollo del juicio

Al evaluar, podemos aprovechar para que además de descubrir sus aciertos, cada estudiante determine qué precisa mejorar y vaya entendiendo y controlando mejor su propio aprendizaje. La base de este enfoque radica en desarrollar la capacidad o juicio evaluativo del alumnado: que consiga entender los criterios y estándares que definen un trabajo de calidad, y los use para evaluar su propio trabajo.

Dado que esta capacidad no surge de forma espontánea ni por la mera entrega de una plantilla, este método de evaluación requiere un diseño pedagógico intencionado y estructurado. Valorar una tarea compleja de forma autónoma puede generar sobrecarga cognitiva, y por esta razón el docente debería andamiar (diseñar una serie de pasos progresivos) el proceso.




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Tarjetas de autoevaluación

La tarjeta define los diferentes criterios para evaluar un trabajo.
Ejemplo de una tarjeta de autoevaluacion.
Elaboración propia.

Para ello, cada actividad se puede organizar en tres fases, con cada vez menos ayuda del docente. Si tomamos el ejemplo del experimento, podemos poner como objetivo a evaluar la elaboración de una hipótesis científica.

En la primera fase, de explicación y muestra de ejemplos, el docente explica qué es una tarjeta de autoevaluación y presenta los cinco criterios que debe incluir la hipótesis: si es clara, si concreta la situación, si anticipa qué espera observar, si explica por qué podría ocurrir y si se puede comprobar.




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En la segunda fase, de práctica guiada, el alumnado utiliza por parejas la tarjeta para valorar una nueva hipótesis diferente de los ejemplos. El docente guía esta actividad de evaluación con instrucciones y preguntas que les ayudan a localizar en el texto los elementos para responder a cada criterio. Después comparan sus valoraciones con las del docente y comentan las diferencias.

En la tercera fase, de autoevaluación individual, cada alumno revisa por sí mismo la hipótesis que escribió sobre el globo. Marca cada criterio, lo justifica con su texto y cierra con un balance en positivo de cuántos criterios ya cumple y cuál puede mejorar.

¿Qué enfoque es mejor?

Estas maneras de evaluar no son excluyentes. De hecho, lo ideal es utilizar cada uno de los enfoques expuestos de manera progresiva, según la naturaleza de la tarea y el momento pedagógico.

El enfoque correctivo tiene sentido cuando evaluamos respuestas concretas y cerradas. Por ejemplo, si la tarea tiene que ver con memorización de símbolos, leyes científicas, fórmulas o vocabulario. O si consiste en ejercicios de aplicación directa de las leyes de los gases, tablas de conversión de unidades o cuestionarios breves de comprobación.

Cuando se trata de tareas complejas (como la indagación escolar o el diseño experimental) es cuando una simple nota o una corrección superficial resulta del todo insuficiente.

Cuando la corrección directa, el desarrollo del juicio evaluativo y la acreditación ocupan el lugar que les corresponde según la tarea y el momento, la evaluación puede convertirse en el motor principal del aprendizaje.

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Calixto Gutiérrez Braojos recibe fondos del MICIU/AEI/ERDF/EU.

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¿Hasta qué punto puede un electroencefalograma ‘adivinar’ nuestras emociones?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandro Martínez, Personal de investigación en el grupo Neuro-colab, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

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Imagine que se coloca un casco con pequeños sensores, ve una película y, al terminar, alguien “adivina” cuánto miedo, alegría o sorpresa ha sentido. Puede parecer ciencia ficción, pero la neurociencia lleva años investigando hasta qué punto podemos estudiar nuestras respuestas emocionales a través de la actividad cerebral.

Una de las técnicas utilizadas para ello es la electroencefalografía (EEG). Mediante sensores colocados sobre la cabeza, permite observar cómo la actividad eléctrica del cerebro cambia ante distintas situaciones. Pero hay una diferencia importante: registrar la actividad cerebral no significa saber exactamente qué siente una persona.

El cerebro no deja de cambiar cuando sentimos

Las emociones influyen en cómo interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor, a qué prestamos atención y cómo reaccionamos ante distintas situaciones. Sin embargo, no existe una señal cerebral única que permita identificar con certeza cada emoción.

Cuando sentimos miedo, alegría o sorpresa, intervienen distintos procesos cerebrales y respuestas del cuerpo. Además, no todos reaccionamos igual ante una misma situación: nuestras experiencias y el contexto particular también influyen.

Pensemos en una película de terror: una escena puede asustar a una persona y hacer reír a otra. Incluso, alguien que siente miedo puede disfrutar de la tensión. Las emociones son complejas y no siempre encajan en categorías bien definidas.

Por eso, estudiarlas requiere algo más que buscar una señal cerebral para cada sentimiento.

¿Qué mide realmente un electroencefalograma?

Un EEG es, en cierto modo, parecido a un pulsómetro: ambos permiten registrar señales del cuerpo sin necesidad de una intervención invasiva. La diferencia es que, mientras el pulsómetro mide el ritmo cardíaco, el EEG registra la actividad eléctrica del cerebro mediante pequeños sensores colocados sobre la cabeza.

Una de sus ventajas es que permite detectar cambios en la actividad cerebral en cuestión de milisegundos. Esto nos ayuda a estudiar cómo responde el cerebro cuando vemos una imagen, escuchamos un sonido o realizamos una tarea.

Tradicionalmente, estos registros se han realizado en entornos controlados, como laboratorios de investigación y contextos clínicos. Hoy, los dispositivos EEG portátiles permiten estudiar la actividad cerebral en situaciones más cercanas a la vida cotidiana. Por ejemplo, podemos investigar cómo respondemos a estímulos audiovisuales, cómo mantenemos la atención en un aula o cómo se relacionan las características de un espacio arquitectónico con nuestra actividad cerebral.

Pero conviene recordar algo: el EEG no registra emociones directamente, sino actividad eléctrica cerebral que los investigadores deben interpretar.

Además, no todas las señales que recoge proceden de la actividad cerebral que queremos estudiar. Los movimientos oculares, los parpadeos, la tensión muscular o un mal contacto de los sensores pueden alterar los registros. Por eso, antes de extraer conclusiones, es necesario comprobar la calidad de las señales y analizarlas cuidadosamente.

¿Podemos reconocer una emoción a partir de esas señales?

En los experimentos, los investigadores pueden mostrar imágenes, sonidos o vídeos y después analizar las señales cerebrales. Para interpretarlas, suelen compararlas con otras medidas, como las respuestas de los participantes cuando se les pregunta cómo se han sentido.

En este escenario, algunos estudios han obtenido resultados prometedores. Sin embargo, la precisión depende del diseño del estudio, del análisis de las señales y de las características de las personas participantes.

Así, una revisión publicada en 2024 en la revista Frontiers in Psychology señala las dificultades para generalizar los resultados entre distintos dispositivos y conjuntos de datos. También cuestiona hasta qué punto los resultados obtenidos en condiciones controladas representan las experiencias emocionales de la vida cotidiana. Es decir, distinguir entre dos condiciones en un experimento no significa que un sistema pueda identificar con fiabilidad las emociones de cualquier persona y en cualquier situación.

Cada cerebro tiene su propia historia

La actividad cerebral puede variar de una persona a otra e incluso en una misma persona según el momento en que se realiza el registro. Por eso, un sistema que funciona bien con los datos de una persona puede ser menos preciso con otra. Del mismo modo, lo que ocurre durante una tarea breve en un laboratorio no tiene por qué reflejar lo que sentimos en una situación real y compleja.

También importa cómo sabemos qué emoción está experimentando una persona. ¿Pueden decidir los investigadores que es “alegría” porque el participante ha visto un vídeo que se considera alegre? ¿Porque él mismo dice haberse sentido alegre? ¿O porque se han registrado determinados cambios en su cuerpo?

Estas medidas no son equivalentes. Un vídeo diseñado para provocar alegría no garantiza que todo el mundo sienta esa emoción. De igual manera, una respuesta fisiológica por sí sola tampoco permite saber con certeza qué está sintiendo alguien.

Por lo tanto, estudiar las emociones requiere combinar distintas fuentes de información, tener en cuenta la experiencia de los participantes y reconocer las limitaciones de cada medida.

Del laboratorio a la vida cotidiana

Los dispositivos portátiles permiten investigar cómo respondemos a nuestro entorno, cómo cambia nuestra atención durante una tarea o qué diferencias aparecen ante distintas condiciones ambientales. Por ejemplo, podemos estudiar si la iluminación de un espacio se relaciona con cambios en la actividad cerebral mientras una persona realiza una tarea. Pero atribuir esos cambios a una emoción concreta requiere más evidencias: una variación en el EEG puede estar relacionada con distintos procesos y no tiene una interpretación única.

Esta distinción es importante cuando se utilizan tecnologías neurofisiológicas para estudiar entornos educativos, espacios de trabajo o establecimientos comerciales. Las mediciones pueden aportar información valiosa, pero no son una ventana directa e infalible a los sentimientos de las personas.

Y también debemos tener en cuenta la privacidad y el consentimiento. Es importante explicar con qué finalidad se recogen los datos, qué conclusiones pueden extraerse y cuáles son las limitaciones de estas técnicas.

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Alejandro Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Hasta qué punto puede un electroencefalograma ‘adivinar’ nuestras emociones? – https://theconversation.com/hasta-que-punto-puede-un-electroencefalograma-adivinar-nuestras-emociones-294605

Qué es la ‘crisis de replicación’ de la ciencia y cómo solucionarla

Source: The Conversation – (in Spanish) – By África Yolanda Gómez Pérez, Investigadora predoctoral en Neuropsicología, Universidad de Málaga

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Cuando tratamos de entender el mundo que nos rodea, tendemos a buscar explicaciones en la ciencia. ¿Está ese hecho comprobado científicamente? Así intentamos dar solidez a nuestros argumentos y guiarnos sobre lo que conocemos sobre nuestro entorno y cómo nos relacionamos con él. Pero ¿qué convierte algo en evidencia científica?

Todo empieza con el método científico

Por definición, la evidencia científica es aquella que resulta de la observación objetiva, sistemática y repetida en idénticas condiciones de un fenómeno, apoyando o refutando una hipótesis determinada. Siendo así, podría pensarse que cualquier persona de a pie podría producir evidencia científica si cumple estas condiciones.

Sin embargo, para asegurar que la comprobación de una hipótesis sea válida, es necesario que las observaciones y los experimentos se realicen siempre de la misma forma. Aquí entra en juego el método científico, que establece los pasos o criterios a seguir para asegurar rigurosidad en la experimentación. Conocerlo –y respetarlo– es el primer requisito para poder realizar investigaciones que resulten en evidencia científica.

El método científico guía a los investigadores incluso antes de empezar a planificar un estudio o experimento. Para poder seguirlo, es esencial tener un conocimiento profundo de los últimos avances en el área en la que se trabaja. Conocer y comprender qué se ha investigado hasta el momento y cómo se ha hecho es lo que permite identificar una brecha en la investigación. Esta brecha puede ser una necesidad, un problema sin resolver, una pregunta sin respuesta.

Hora de formular la hipótesis

Una vez identificado el objeto de estudio, es posible formular una hipótesis, que no es más que una suposición tentativa sobre la explicación de ese problema sin resolver. Las hipótesis deben ser concisas y directas. Además, es imprescindible que una hipótesis sea falsable, es decir, se debe poder comprobar si es falsa.

Por lo tanto, al plantear una investigación para comprobar si una hipótesis es acertada o no, lo primero es tener el conocimiento teórico sobre el área de estudio, sí. Pero también son necesarios conocimientos técnicos: es esencial conocer y saber emplear las técnicas disponibles de recogida y análisis de datos que permitan comprobar la hipótesis propuesta. Solo entonces puede llevarse a cabo un experimento riguroso que responda a la pregunta de investigación.

La importancia de la comunidad científica

Es evidente que cumplir con las exigencias del método científico puede ser una tarea ardua. Por eso, tener un equipo de investigación con el que colaborar resulta un recurso extremadamente valioso. Un buen equipo no solo aligera la carga de trabajo, sino que puede ser la clave para enriquecer el estudio y asegurar su calidad y objetividad.

La publicación de los resultados es otro paso esencial. Pero no puede publicarse cualquier resultado: todos los trabajos son revisados por otros científicos para asegurar la calidad de la investigación. Este paso se llama revisión por pares y no sería posible sin la colaboración de la comunidad científica.

De la misma forma, la interacción con el trabajo de otros investigadores es la que promueve el avance científico. Y aquí un aspecto especialmente importante es la replicación de estudios previos. Replicar una investigación consiste, básicamente, en repetirla bajo las mismas condiciones pero con datos diferentes, para comprobar si los resultados obtenidos son los mismos.

Que una investigación sea replicada aporta credibilidad a sus resultados y conclusiones. En otras palabras, es la forma en la que la evidencia científica se asienta y gana robustez.

La crisis de replicación

A pesar de poder ser replicada, estar constantemente en tela de juicio es parte de la esencia de la evidencia científica. Si nuevos avances la contradicen, lo que previamente se asumió como cierto debe revisarse.

Esto se convierte en un problema cuando investigaciones que han sustentado la base teórica en un campo de estudio durante años no pueden ser replicadas. Si esto ocurre de forma sistemática, su credibilidad cae en picado.

Aunque se trata de un problema que puede encontrarse en muchas de las ramas de la ciencia, ha generado especial preocupación en áreas como la medicina, la psicología y la neurociencia. Algunos estudios han encontrado que solo aproximadamente la mitad de las investigaciones publicadas podría replicarse.

Hay numerosos factores que pueden afectar a la replicabilidad de una investigación, desde sesgos no controlados hasta errores o, incluso, malas prácticas intencionadas. Para evitar esto, un punto de partida fundamental es guiarse por los principios de integridad en la investigación y códigos de buenas prácticas científicas internacionales.

Pero ¿hay algo más que podamos hacer para asegurar el rigor en la investigación?

La propuesta de la ciencia abierta

La llamada crisis de replicación ha promovido lo que se conoce como la metaciencia. Esta analiza cómo se hace la ciencia, los métodos que se utilizan y las prácticas que se llevan a cabo, con el objetivo de identificar dónde están los puntos débiles y poder mejorar la calidad de las investigaciones.

La ciencia abierta, que se fundamenta en la transparencia y la accesibilidad de los datos de investigación, es la propuesta que surge de toda esta crisis. Impulsada por iniciativas como el Center for Open Science (COS) y su plataforma Open Science Framework (OSF), apuesta por prácticas como los prerregistros, que permiten hacer un seguimiento de las investigaciones desde su planificación hasta la publicación de los resultados. Además, esta perspectiva pone el foco en la publicación en abierto, es decir, accesible de forma gratuita.

Así, haciendo la ciencia accesible, transparente y colaborativa, la evidencia científica parece ser menos un concepto etéreo e inalcanzable, algo de lo que solo puedan participar unos cuantos elegidos. Cualquier persona con curiosidad y rigor metodológico puede participar de ella y, de esa forma, contribuir a ese escurridizo esfuerzo de la humanidad por comprender el mundo que habitamos.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Qué es la ‘crisis de replicación’ de la ciencia y cómo solucionarla – https://theconversation.com/que-es-la-crisis-de-replicacion-de-la-ciencia-y-como-solucionarla-270096

El ocaso del consenso verde en Europa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Valladares, Profesor de Investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)

Lograr la neutralidad climática en 2050 es el loable objetivo que define la estrategia medioambiental de la Unión Europea (UE). Y, para ello, se apoya en el Pacto Verde Europeo (Green Deal), un conjunto de leyes e iniciativas que proponen transformar la economía hacia la sostenibilidad, descarbonizando sectores como la energía, el transporte y la agricultura, a la par que se reducen las emisiones según un calendario realista pero exigente. Una estrategia ambiciosa y muy necesaria que requiere un notable esfuerzo colectivo, especialmente a corto plazo.

Antes de que Europa se proclame primer continente climáticamente neutro, debería alcanzar dos metas intermedias: la reducción neta de emisiones de gases de efecto invernadero en comparación con 1990 de al menos un 55 % para 2030 (medida conocida como Objetivo 55), y de un 90 % para 2040.

Pues bien, pese a que hasta ahora la descarbonización europea avanzaba a buen ritmo (la reducción de emisiones alcanza el 37 % en 2025 respecto a la referencia de 1990), el futuro inmediato se dibuja bastante sombrío. ¿La razón? El auge en toda Europa de los movimientos populistas, especialmente de extrema derecha y de grupos que pueden englobarse bajo el “ecofascismo”.

El clima político

Se trata de movimientos que se oponen a las políticas climáticas tildándolas de elitistas, además de perjudiciales para las industrias nacionales y para la estabilidad económica y social. Los partidos con agendas nacionalistas, antiinmigración y escépticas con respecto al clima están ganando fuerza en toda Europa. En sus discursos se refieren a la acción climática como una amenaza existencial para la identidad nacional y la soberanía económica.

Los partidos conservadores y de extrema derecha en Europa se oponen a la transición y prometen a sus votantes “defender las industrias tradicionales de altas emisiones”. Al identificar los impuestos verdes como “el enemigo a batir”, políticas verdes como la fijación de precios al carbono corren el riesgo de ser percibidas como injustas para los consumidores y para las economías vulnerables.

El paso de la “preocupación científica” a la “polarización política” por el cambio climático redefine la viabilidad de los objetivos climáticos establecidos en Europa. Ya no solo tiene peso la eficacia regulatoria, sino también la capacidad de resistir a una desinformación financiada y planificada que desplaza el debate de los datos científicos hacia las identidades, las ideologías y las emociones. Esta metamorfosis comunicativa deliberada puede fracturar el consenso científico y técnico construyendo una narrativa de resistencia.

Sembrando desinformación

Para los tomadores de decisiones, es imperativo comprender que la obstrucción no es un accidente orgánico, sino una “siembra” estratégica de desinformación. Según el análisis de Bernhard Forchtner, la evolución de la postura ante el cambio climático de la derecha radical se desglosa en tres fases críticas:

  1. Silencio benevolente (1986-1996): durante este periodo, el cambio climático apenas figuraba en la agenda, pero cuando aparecía se reconocía la responsabilidad humana. En 1988, la revista Deutsche Stimme incluso publicaba infografías sobre el efecto invernadero como una amenaza existencial. En paralelo, fuentes como el semanario alemán Junge Freiheit mostraban una preocupación genuina por el “caos climático”.

  2. Aceptación preocupada (1997-2006): tras el Protocolo de Kioto, el consenso comenzó a agrietarse. Este es el punto de inflexión donde la desinformación estadounidense se injertó en Europa. Un hito fundamental fue la Declaración de Leipzig sobre Cambio Climático (1995/1997). La visita del “mercader de la duda” (el físico Fred Singer) a algunos parlamentos europeos, como el austríaco en 1997, fue una intervención calculada que legitimó el escepticismo dentro de los marcos institucionales de la derecha radical.

  3. Obstrucción antagónica (2007-2018): el giro hacia la hostilidad total. El clima pasó a ser descrito como “histeria” o “engaño de las élites”. Publicaciones como Die Aula comenzaron a tildar la Declaración de Río de Janeiro sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo adoptada en 1992 como una “revolución comunista”, sembrando el rechazo al consenso científico.

Para las elecciones al Parlamento Europeo de 2024, priorizar el crecimiento económico sobre la mitigación del cambio climático supuso un impulso significativo del voto euroescéptico. A diferencia de 2019, cuando el activismo climático impulsó a los partidos verdes, desde 2024 la oposición a las políticas verdes se ha convertido en un motor para los partidos que exigen menos autoridad de la UE en asuntos nacionales.

El clima como rehén de la desconfianza

La ultraderecha se ha empeñado en retratar el Pacto Verde Europeo como una ecología punitiva orquestada por élites cosmopolitas, cuyo fin último sería imponer un “decrecimiento infeliz” a las clases trabajadoras. En este marco, la soberanía energética se redefine como una autarquía basada en recursos tradicionales, desafiando frontalmente la transición renovable. El resultado es una crisis de integridad donde el clima es solo el rehén de una desconfianza sistémica.

La nueva narrativa ensalza al agricultor como el “verdadero guardián” del paisaje y depositario de un savoir-faire ancestral frente a las regulaciones de “élites desconectadas”. Bajo esta visión, infraestructuras como los parques eólicos son denunciadas como un “robo del paisaje” que agrede la identidad visual y cultural de la nación. El descontento en regiones rurales y posindustriales ha cristalizado en un voto euroescéptico que percibe la transición verde como una carga económica asimétrica.

La convergencia entre la degradación ambiental y la narrativa del reemplazo demográfico es particularmente aguda en formaciones como Victory (Grecia) o Reconquête (Francia). Estos partidos sostienen que la inmigración masiva destruye el “vínculo biológico” y tradicional con la tierra, argumentando que el crecimiento poblacional fuera de las fronteras europeas es la verdadera causa del agotamiento de recursos.

De este modo, la seguridad climática se vincula indisolublemente al control migratorio, alegando que la migración desarticula la armonía natural y el equilibrio biótico del continente. Cuando los activistas climáticos, los partidos verdes y los científicos son presentados como “fanáticos” o “histéricos” que amenazan la racionalidad y el bienestar de la nación, la oposición climática puede entenderse como un acto de resistencia patriótica.

La transición justa

¿Podemos darle la vuelta a la tortilla y desmontar esos argumentos? Sin duda. Aprovechando el Fondo de Transición Justa de la UE, diseñado específicamente para regiones con alta dependencia de industrias intensivas en carbono. Y empezando por priorizar la compensación directa y el alivio fiscal para los sectores que se perciben como “perdedores de la transición”.

Es imperativo presentar a la descarbonización no como una amenaza a la identidad local, sino como la única vía para garantizar la autonomía estratégica y la protección de la herencia biocultural frente a crisis externas.

Si asignamos recursos para diversificar la economía, a la vez que ofrecemos apoyos directos al trabajador y programas de reciclaje profesional, podremos hacer que el apoyo social a la transición energética e industrial crezca.

Otro aspecto fundamental es reorientar los esquemas de subsidios (centrados principalmente en empresas y negocios) hacia los ciudadanos, especialmente a la juventud, y particularizar en cuestiones apremiantes como la vivienda. Sin olvidar la protección a los agricultores, uno de los sectores más movilizados contra el Objetivo 55, ofreciendo estrategias de soberanía alimentaria, priorizando la inversión nacional en agricultura y fomentando un consumo energético y alimentario de origen nacional.

Las “energías de la libertad”

Si queremos evitar el “caos climático”, es esencial situar la transición energética fuera de la dinámica de víctima y verdugo. Y al defender el Pacto Verde, en lugar de centrarse en el sacrificio, conviene presentar la energía solar y la eólica como las “energías de la libertad”. Vincular lo verde con la seguridad nacional es la forma más efectiva de arrebatar esa bandera al populismo.

La viabilidad del Objetivo 55 depende más de ganar la batalla cultural y emocional que de la precisión técnica de la legislación. La desinformación no es la causa, sino el síntoma de una crisis profunda de confianza institucional. Si la Unión Europea no logra desactivar la obstrucción afectiva, se arriesga a una parálisis permanente ante el abordaje del cambio climático, el mayor desafío de la humanidad en el siglo XXI.

La reconciliación entre democracia y clima exige una política que valide las preocupaciones de los ciudadanos sin sacrificar la verdad científica, haciendo que el afecto y las emociones dejen de funcionar como una herramienta de bloqueo para convertirse en un motor de resiliencia colectiva y soberanía real.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.


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Fernando Valladares no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. El ocaso del consenso verde en Europa – https://theconversation.com/el-ocaso-del-consenso-verde-en-europa-293254

Anthropic explica a los inversores los ‘riesgos catastróficos’ a los que nos expone la carrera por la IA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marta Khomyn, Senior Lecturer, Finance and Data Analytics, Adelaide University

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Anthropic, la empresa desarrolladora del chatbot de IA Claude, ha presentado su folleto de emisión y se espera que salga a bolsa en noviembre, con una valoración de hasta dos billones de dólares.

Si se cumplen estas previsiones, estaríamos ante la oferta pública inicial (OPI) más elevada de la historia, adelantando a SpaceX, cuya salida a bolsa, en junio de este año, alcanzó los 1,77 billones de dólares. Se espera que OpenAI, el creador de ChatGPT, siga sus pasos el año que viene.

Aunque las OPI impulsadas por la IA son operaciones de gran envergadura, reflejan una realidad todavía más importante: para la mayoría de los inversores, asumir el riesgo de la IA se está convirtiendo en algo inevitable.

Muchos ahorradores están invirtiendo en IA (sin saberlo)

¿En qué medida dependen las carteras de los inversores del rendimiento de la IA? Si se invierte en un fondo indexado al S&P 500 (el índice que contiene las cotizaciones de las 500 mayores empresas de EE. UU.), la respuesta es “en alrededor del 44 %”.

Además, en este momento, la mayor parte de las ganancias del mercado provienen de la IA. Solo seis empresas –Apple, Microsoft, Meta y los fabricantes de chips Nvidia, Micron y AMD– han aportado, desde abril de este año, el 57 % de las ganancias del S&P 500. Sin ellas, el índice habría subido alrededor de un 4 % en lugar de cerca de un 10 %.

Para los inversores, o incluso para los futuros jubilados, esa exposición a la IA ya está presente en sus carteras y fondos de pensiones. Por ejemplo, a finales de 2025, los australianos poseían casi un billón de dólares australianos (unos 700 000 millones de dólares estadounidenses) en acciones de empresas de EE. UU., a través de fondos de jubilación o de pensiones, otros fondos gestionados y sus propias inversiones.

El mercado de bonos también sufre los riesgos asociados con la IA

Normalmente, los inversores pueden reducir su riesgo bursátil destinando parte de su capital a bonos, que suelen considerarse inversiones más seguras.

Pero, para ayudar a financiar sus enormes necesidades de gasto, las empresas de IA son ahora los mayores emisores privados del mercado de bonos. Han emitido unos 466 000 millones de dólares en estos instrumentos financieros en lo que va de año, más de cuatro veces más que el año pasado.

Cinco de las grandes tecnológicas globales –Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle– son las emisoras del 11 % de los bonos estadounidenses con alta calificación de 2026. En 2024, representaban solo el 2 %.

En cambio, casi la mitad de los 80 000 millones de dólares emitidos en bonos de centros de datos en 2026 tienen la calificación de bonos especulativos o bonos basura.

Grandes tecnológicas, ¿una inversión segura?

A primera vista, las grandes empresas tecnológicas parecen seguras. Sus calificaciones de grado de inversión indican que es poco probable que cada empresa en particular entre en impago.

Pero las calificaciones crediticias no tienen en cuenta los impagos simultáneos en caso de un colapso del mercado de la IA a gran escala. Si la demanda de IA por parte de los consumidores y las empresas resulta decepcionante, es probable que los precios de los bonos y las calificaciones crediticias de las empresas tecnológicas caigan al unísono, al igual que lo harían sus acciones.

El director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, junto a otros directores ejecutivos
El director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, en el centro, ha advertido sobre los riesgos de una IA fuera de control.
Kent Nishimura/Getty Images

Riesgos reales y difíciles de cuantificar

Además de los riesgos puramente financieros, la IA plantea riesgos existenciales similares a los de las armas nucleares, tal y como han advertido algunas de las propias empresas de inteligencia artificial.

Cada vez más, los agentes de IA se integran en sistemas del mundo real, desde redes empresariales hasta operaciones cibernéticas militares, y algunos ya han escapado de los entornos de prueba y han atacado a empresas.

Esto significa que si los agentes de IA se comportan de forma anómala cuando estos sistemas estén aún más integrados con el mundo físico, desconectar dichos sistemas resultará inviable, al igual que es inviable apagar internet.

El riesgo de que los agentes de IA se comporten de forma anómala –el problema de alineación; esto es, lograr garantizar que estos sistemas actúen de acuerdo con los valores, deseos e intenciones de los humanos– es especialmente grave debido a la carrera por desarrollar la inteligencia artificial general (AGI), que comprenda, aprenda y razone de manera similar a un ser humano. Los laboratorios ya utilizan cada generación de IA para ayudar a desarrollar la siguiente: el folleto informativo de Anthropic afirma que Claude está ayudando a desarrollar el próximo Claude.

Carrera desenfrenada en pos de la IA general

El informe prospectivo IA 2027, elaborado por el antiguo investigador de OpenAI Daniel Kokotajlo y un grupo de colaboradores, señala hacia donde podría conducir esto: a una IA que automatice la propia investigación en inteligencia artificial. Esto desencadenaría un bucle de retroalimentación en el que cada generación mejoraría más rápido de lo que los humanos podrían verificarla.

En este escenario, un laboratorio estadounidense que compita con un rival chino seguirá adelante, incluso aunque sus modelos empiecen a engañar a sus creadores.

Suena preocupante que esta dinámica figure en la propia declaración de riesgos de Anthropic. En su folleto de emisión, la empresa dedica unas 94 de sus 335 páginas –casi el 30 % del texto– a los factores de riesgo, frente a unas 64 (el 19 %) a describir su actividad empresarial.

Entre esos riesgos, Anthropic incluye una advertencia extraordinaria de que la IA avanzada podría suponer “riesgos catastróficos o existenciales para la humanidad”. Esto incluye modelos que se resistan a ser apagados, oculten información o se comporten de formas que se asemejen al chantaje.

Los riesgos globales necesitan una regulación global

La divulgación de información funciona cuando los inversores pueden valorar un riesgo y optar por evitarlo. En este caso, ninguna de las dos cosas es cierta.

Un fallo catastrófico de la IA afectaría a las sociedades de todo el mundo. Y, como advierte Anthropic, el riesgo legal es enorme. Es posible que las aseguradoras no puedan cubrir la posible responsabilidad civil de los daños generados por sistemas de IA descontrolados.

En términos económicos, la seguridad de la inteligencia artificial es un bien público. Cada laboratorio solo asume una fracción del coste de un error, pero se lleva los beneficios de actuar con rapidez.

Si los gobiernos no imponen medidas de seguridad a la IA, las inversiones en seguridad de las empresas desarrolladoras generarán rendimientos negativos. Por lo tanto, si solo cuentan con los incentivos del mercado, es probable que los modelos de inteligencia artificial sigan siendo menos seguros de lo que sería óptimo para la sociedad, especialmente en medio de la carrera entre rivales tecnológicos que predomina hoy.

Compromisos voluntarios no: se necesitan obligaciones legales

La responsabilidad está en manos de los gobiernos. Unas normas claras –pruebas independientes obligatorias antes del lanzamiento de los modelos más potentes y definir responsabilidades cuando los agentes autónomos causen daños– convertirían los compromisos voluntarios en obligaciones legales.

Dado que la carrera por alcanzar la inteligencia artificial general se libra entre EE. UU. y China, y no solo entre laboratorios, esas normas requerirán un acuerdo internacional.

Los riesgos de la IA han llegado para quedarse, tanto en los mercados financieros como a nivel social. Y gestionar esos riesgos requerirá la participación tanto de los gobiernos como del sector privado.

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Marta Khomyn no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Anthropic explica a los inversores los ‘riesgos catastróficos’ a los que nos expone la carrera por la IA – https://theconversation.com/anthropic-explica-a-los-inversores-los-riesgos-catastroficos-a-los-que-nos-expone-la-carrera-por-la-ia-295307

¿Cómo se recuerda a Averroes en Córdoba 900 años después?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Rafael Fernando Vega Pozuelo, Profesor de Geografía, Universidad de Córdoba

Estatua de Averroes en Córdoba. Ana Rey/Paseo por Córdoba, CC BY-SA

Si Averroes regresara hoy a Córdoba, probablemente se encontraría antes a sí mismo que a la ciudad que conoció.

Sentado en bronce junto a la muralla, da nombre también a una calle, colegios, un instituto, un aulario universitario e incluso un hotel. Su figura aparece en exposiciones, congresos y celebraciones. Nueve siglos después de su nacimiento, Córdoba recuerda a Averroes.

Sin embargo, ¿qué Averroes recuerda y qué hace la ciudad con ese recuerdo? Eso es lo que he tratado de averiguar en una investigación publicada recientemente.

Buscar a Averroes en el mapa

Averroes –Ibn Rushd– nació en Córdoba en 1126. Fue jurista, médico y filósofo, ejerció responsabilidades públicas y su pensamiento alcanzó una extraordinaria difusión más allá de al-Ándalus. Sus comentarios a Aristóteles dejaron una profunda huella en la filosofía medieval.

Pero mi pregunta no era qué queda de su pensamiento. Era bastante más literal: ¿dónde está Averroes hoy en Córdoba?

Al poner esas huellas sobre el mapa se ve enseguida algo: no están repartidas por igual. Las referencias más visibles se concentran en el centro histórico, mientras otras quedan bastante lejos de esa Córdoba monumental. Están conectadas por Averroes, pero no por la ciudad.

La referencia más reconocible es su escultura, instalada en 1967 junto a la Puerta de Almodóvar, en uno de los espacios de mayor tránsito turístico de la ciudad, muy cerca de la Casa Árabe.

Pero Averroes también se aleja de la postal monumental: da nombre a centros educativos, a una calle en otro sector de la ciudad y al Aulario Averroes del Campus de Rabanales de la Universidad de Córdoba.

No estamos, por tanto, ante una ausencia. Averroes está presente. El problema es que sus huellas apenas hablan entre ellas.

Un Averroes para nuestro tiempo

Hay algo todavía más revelador que su distribución por la ciudad. Cuando instituciones y discursos turísticos hablan de Averroes, determinados atributos aparecen una y otra vez: conocimiento, tolerancia, diálogo intercultural, legado intelectual andalusí. No son valores elegidos al azar. Nos dicen tanto sobre la Córdoba del siglo XXI como sobre el pensador del siglo XII.

Esto es importante porque tendemos a imaginar el patrimonio como algo que recibimos intacto del pasado. No funciona exactamente así. Cada generación selecciona qué conserva, qué recuerda y también cómo quiere contarlo.

Con Averroes ocurre precisamente eso. Su complejidad histórica se reduce para construir un personaje fácilmente reconocible y útil para el presente: el sabio, el filósofo, el representante de una Córdoba culta y abierta al encuentro entre culturas.

Ilustración en la página de título de una edición en latín de _Colliget_, la obra principal de Averroes en el ámbito de la medicina, 1530.
Ilustración en la página de título de una edición en latín de Colliget, la obra principal de Averroes en el ámbito de la medicina, 1530.
Wellcome Collection, CC BY

Esa simplificación facilita que su figura funcione como símbolo. Pero también puede empobrecerla. Los personajes históricos rara vez caben cómodamente en los valores que queremos atribuirles nueve siglos después. Este riesgo de simplificación es uno de los resultados que muestra la investigación.

Y su biografía ayuda a entenderlo. Averroes no fue solo el filósofo que hoy evocamos. Fue también médico, jurista y cadí, estuvo vinculado a la corte almohade y conoció tanto el poder como el destierro y la posterior rehabilitación. Cuesta encajar todo eso en la imagen limpia del “sabio tolerante”. Presentar a Averroes hoy como símbolo del diálogo entre culturas no es falso, pero sí significa escoger una parte de una historia bastante más compleja.

Mucho símbolo, poca ciudad

Aquí aparece quizá la paradoja más interesante. Averroes funciona muy bien como símbolo de Córdoba. Su nombre permite representar una determinada imagen de la ciudad y de su pasado andalusí. Sin embargo, cuando pasamos del discurso a la planificación urbana y territorial, su presencia se debilita.

El análisis muestra una integración limitada de este patrimonio simbólico. En otras palabras: Córdoba recuerda a Averroes mejor de lo que territorializa su recuerdo.

Entrada al Aulario Averroes, en el Campus de Rabanales de la Universidad de Córdoba (España).
Entrada al Aulario Averroes, en el Campus de Rabanales de la Universidad de Córdoba (España).
Américo Toledano/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Y eso tiene consecuencias. Tenemos una estatua por un lado, una calle por otro, centros educativos, espacios culturales y un aulario universitario. Son piezas de una misma historia, pero hoy aparecen como referencias sueltas, sin un hilo que las conecte.

¿Qué se pierde con ello? Sobre todo, la posibilidad de entender que Averroes no es solo la figura ante la que se detiene un turista. Su nombre atraviesa lugares muy distintos. Relacionarlos permitiría contar mejor esa historia y, de paso, llevar parte del relato cultural de Córdoba fuera de las zonas donde hoy se concentran buena parte de los visitantes.

¿Y si conectamos los puntos?

El 900 aniversario ofrece una buena excusa para abordar esto, aunque no necesariamente levantando otro monumento. Quizá lo más interesante sea precisamente conectar lo que ya existe.

Un itinerario podría enlazar la escultura de la Judería, Casa Árabe, la calle Averroes y los centros educativos que llevan su nombre, incorporando también el aulario de Rabanales. Señalización discreta, códigos QR o pequeños recursos audiovisuales permitirían explicar qué significa cada lugar y por qué forma parte de esta historia. Es una de las posibilidades planteadas a partir de los resultados de la investigación.

Además, esa conexión tendría una utilidad muy concreta para Córdoba. Permitiría ampliar el relato cultural de la ciudad y llevar al visitante hacia espacios que hoy quedan fuera de los recorridos más habituales. No solo se trataría de contar mejor a Averroes, sino también de relacionar el centro histórico con otros lugares educativos, culturales y universitarios y diversificar las rutas turísticas.

No se trataría de inventar otro Averroes. Más bien de hacer visible que detrás de la estatua existe un personaje mucho más complejo y que detrás del personaje existe también una ciudad.

¿Qué queda entonces de Averroes en Córdoba 900 años después? Queda mucho, pero está disperso. Quizá el verdadero reto del centenario no sea recordar más a Averroes, sino recordarlo mejor.


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Rafael Fernando Vega Pozuelo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Cómo se recuerda a Averroes en Córdoba 900 años después? – https://theconversation.com/como-se-recuerda-a-averroes-en-cordoba-900-anos-despues-292301

29-N: La ‘ley de nietos’ no es el problema, sino la impugnación de todo el voto exterior

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raisiel Damián Rodríguez González, Profesor de Teoría Política y Humanidades en la Facultad de Derecho, Empresa y Gobierno., Universidad Francisco de Vitoria

Laura Primo/Shutterstock

La disposición adicional octava de la Ley de Memoria Democrática, conocida como “ley de nietos”, abrió el acceso a la nacionalidad a hijos y nietos de exiliados. Desde entonces, el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA), que agrupa a los españoles que viven en el extranjero, ha pasado de 2 325 310 electores en 2023 a 2 769 645 de cara a las elecciones del 29 de noviembre.

El debate público oscila entre la denuncia de “ingeniería electoral” y la defensa de una reparación histórica. El pasado 12 de octubre, el Tribunal Supremo mantuvo la suspensión del voto de quienes obtuvieron la nacionalidad sin acreditar el exilio de un ascendiente.




Leer más:
Ley de nietos: ¿es discriminatorio suspender el voto a ciudadanos españoles de pleno derecho?


Participación e incidencia limitada

Los ficheros oficiales del Ministerio del Interior, contrastados con los resultados de 2023 que se publicaron en el Boletín Oficial del Estado, permiten precisar el alcance del voto exterior.

La participación de estos electores es reducida. En las generales de 2023 votó el 8,87 % de los inscritos, según los datos de la Junta Electoral Central recogidos en un estudio de Artemi Rallo, catedrático de Derecho Constitucional en la Universitat Jaume I. Este dato contrasta con niveles por encima del 30 % registrados antes de 2011.

La supresión en 2022 del “voto rogado”, y el consecuente requisito de solicitar previamente la documentación, ha impedido que se restablezca la participación que había hace quince años, tal como constata otra investigación de la también catedrática de Derecho Constitucional Rosario García Mahmut.

En 2023, el voto exterior se distribuyó de forma similar al voto residente. El PP obtuvo el 33,2 % en el exterior y el 33,3 % en el interior; el PSOE, el 29,3 % y el 32,0 %. No siempre ha sido así: entre 2015 y 2019 se orientó hacia el centroizquierda, según el estudio del profesor Rallo.

Su incidencia en el reparto de escaños es muy limitada. En 2023 modificó un único diputado, el último de Madrid, que pasó del PSOE al PP. Un caso análogo se produjo en Bizkaia en 2019. En ambos casos, el giro solo afectó al último escaño y por diferencias de pocos cientos de votos.

Distribución territorial

El crecimiento del censo tampoco responde a una lógica de maximización electoral. Esta llevaría a inscribir a los nuevos electores en provincias poco pobladas, donde un escaño requiere menos votos. Pero sucede lo contrario: el 27,7 % del aumento se concentra en Madrid, la circunscripción donde cada papeleta tiene menor peso. La asignación de provincia sin verificar el arraigo familiar constituye un déficit de control, como advirtieron cuatro vocales de la Junta Electoral Central, no una estrategia.

Con una participación similar a la del resto del exterior, los 163 020 electores suspendidos emitirían en torno a 15 600 votos, repartidos entre 52 provincias. Esa cifra no alcanza en ninguna circunscripción el margen que decidió el último escaño en 2023, ni siquiera suponiendo un voto unánime a un mismo partido. El caso más próximo es Girona: unos 220 votos frente a una diferencia de 285.

Amenaza de impugnación por el voto exterior en su conjunto

Más allá de si está suspensión resulta o no discriminatoria, la dificultad reside en la ejecución de la medida. 38 días después de la resolución del Supremo, el Minsiterio de Exteriores no había remitido a la Oficina del Censo la relación de afectados. La Abogacía del Estado planteó la alternativa en términos binarios: suspender a todos los inscritos en el exterior o a ninguno. El Defensor del Pueblo ha recurrido en amparo ante el Tribunal Constitucional.

Si el voto exterior resulta indivisible, el análisis cambia. Conforme a la doctrina constitucional (STC 131/1990), una irregularidad solo invalida una elección cuando puede ser determinante del resultado. Los votos de los suspendidos no reúnen esa condición, pero el voto exterior en su conjunto sí: supera el margen del último escaño en 13 provincias y en seis circunscripciones del Senado. Por ejemplo, en La Palma, el escaño de senador se decidió por 227 votos, con 711 votantes desde el exterior.

Si extrapolamos lo sucedido en 2023 al reparto de 2026, excluir todo el voto exterior no alteraría ningún escaño. Sin embargo, una impugnación no exige demostrar que el resultado cambió, sino que pudo cambiar.

Ese voto exterior se escrutará el 4 de diciembre, con el Gobierno advirtiendo ya de lo que considera un “censo alterado” a causa de la suspensión de voto decretada por el Supremo.

La ventaja de un censo auditable

El riesgo del 29-N no procede, por tanto, de los votos de la “ley de nietos”, sino de la imposibilidad de identificarlos a tiempo. Las medidas correctoras son conocidas: registrar en el censo la vía de adquisición de la nacionalidad y la documentación que justifica la provincia asignada. Esto permitiría publicar el voto exterior desglosado por circunscripción, como propone García Mahamut.

Un censo auditable no beneficia a ninguna formación política y tiene una consecuencia positiva: refuerza la confianza en el proceso electoral.

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Raisiel Damián Rodríguez González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. 29-N: La ‘ley de nietos’ no es el problema, sino la impugnación de todo el voto exterior – https://theconversation.com/29-n-la-ley-de-nietos-no-es-el-problema-sino-la-impugnacion-de-todo-el-voto-exterior-295105

De Belgrado a la Puerta del Sol: por qué sale a la calle la generación Z

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José-Francisco Jiménez-Díaz, Profesor Titular de Ciencia Política y de la Administración, Universidad Pablo de Olavide

Jóvenes protestando en la Puerta del Sol de Madrid el pasado 30 de septiembre. David Raw/Shutterstock

Entre quienes conforman la generación Z –nacidos entre 1997 y 2010– hoy, los mayores cumplirán 30 años en 2027 y la fracción más joven va a cumplir los 18 años pronto. Hablamos de la cohorte más joven del mercado laboral, que vive inmersa, desde sus primeros años de vida, en la sociedad de internet y se caracteriza por consumir solo formatos digitales, estudiar y leer online, ser autodidactas y devorar tutoriales de YouTube.

Desde 2014, los más mayores alcanzaban la mayoría de edad. Los años “impresionables” (entre 15 y 25) de la fracción mayor de la generación Z transcurrieron en la década 2014-2024. La generación Z, en parte, es hija de los acontecimientos vividos en dicha década. Como sabemos, en la pasada década acontecen cambios sociopolíticos disruptivos por todo el mundo: el Brexit, el primer mandato de Donald Trump, la pandemia de la covid-19, la guerra de Ucrania, la guerra de Gaza, la aparición de versiones gratuitas de inteligencia artificial, etc.

El cambio tecnológico más relevante fue la popularización del smartphone (teléfono inteligente), cuya incidencia fue más intensa y acelerada entre los jóvenes que entre los mayores. Que en sus años impresionables la generación Z haya tenido –y tenga– todo “el mundo en su bolsillo” es algo rupturista en sí mismo. Aún no sabemos a fondo las consecuencias de este hecho tanto a nivel psicológico como sociopolítico.

Atribuir un nombre o calificativo a una generación es arriesgado. Como se muestra en una obra colectiva reciente, el análisis generacional requiere una perspectiva enmarcada en el largo plazo histórico. La comprensión de los acontecimientos sociopolíticos exige definir, comparar, nominar y clasificar los fenómenos sociales, sin tener que comprimir la interpretación de estos en el presente.

Los estudiantes de Serbia

Primero, veamos los hechos hasta ahora. Algunas movilizaciones lideradas por la generación Z han cambiado la política o están en vías de cambiarla en diversos países.

Las elecciones celebradas en Serbia el 25 de octubre de 2026 han dado la mayoría absoluta a un partido apoyado por estudiantes y conformada por un liderazgo civil coral. Aleksandar Vučić, líder de Serbia en los últimos 15 años, ha reconocido su derrota ante los estudiantes. Estos se movilizan, desde noviembre de 2024, tras el derrumbe de la marquesina de la estación de tren de Novi Sad, donde murieron 16 personas. La tragedia desató una ola de indignación ciudadana, protagonizada por las movilizaciones estudiantiles y los bloqueos de universidades, exigiendo demandas de transparencia y responsabilidades al Gobierno serbio.

Cambio generacional en Hungría

El ascenso al poder de Péter Magyar (1981), apoyado por los jóvenes en Hungría, puede interpretarse como una señal de cambio generacional en un contexto de desgaste político, desde 2010. También rompe la tendencia gerontocrática de la escena mundial, pues reemplazó en el poder a un líder mucho mayor que él, Viktor Orbán (1963).

Jóvenes nepalíes y marroquíes en pie de guerra

Las protestas juveniles de Nepal, en septiembre de 2025, provocaron la caída del Gobierno. El movimiento fue encabezado por la generación Z, jóvenes que protestaban contra la corrupción, el nepotismo, la falta de oportunidades y las restricciones a las redes sociales.

Marruecos vivió una oleada de protestas juveniles entre septiembre y octubre de 2025. En el caso marroquí, las protestas las impulsó el movimiento conocido como Gen Z 212 y se extendieron por Rabat, Casablanca, Marrakech, etc.

La corrupción albanesa

Desde septiembre de 2026, en varios países europeos, como Albania, Bélgica, España, Francia, Hungría, Italia o Portugal, los jóvenes muestran su descontento con ciertos problemas que viven estos países. En Albania es la corrupción, las dificultades económicas, la falta de oportunidades y la desconfianza política lo que les lleva a salir a la calle.

Manifestantes imágenes de flamencos rosas.
Protestas contra el Gobierno albanés en Tirana.
Ndue Ndoj/Shutterstock

El movimiento que generó Maricarmen

En España, el problema de la vivienda cambió la agenda política, a finales de septiembre de 2026, con el desahucio de la octogenaria madrileña Maricarmen Abascal. Este acontecimiento derivó en una acampada en el centro de Madrid (Puerta del Sol) y en otras grandes ciudades españolas.

Las dificultades de acceso a la vivienda también convocó a una parte de la juventud en las calles portuguesas

La explosión de Francia

En Francia, las protestas estudiantiles por los recortes en la educación pública y la carestía de la vida, desde hace meses, han llevado a multitudinarias manifestaciones. A estas se han unido otras causas sociales, como la de los chalecos amarillos. En Italia y Grecia, los jóvenes protestan por causas similares.

Ante estos acontecimientos cabe preguntarse: ¿qué elementos han configurado los malestares de la generación Z en España y Europa? La crisis de 2008 provocó en buena parte del continente un desempleo juvenil creciente, precariedad laboral y pérdida de confianza en las instituciones. Ocurrió, sobre todo, en España y otros países del sur de Europa: los efectos de la crisis sobre las oportunidades de los jóvenes fueron intensos.

Jóvenes españoles, portugueses y griegos tuvieron que emigrar de sus países de origen para buscar un empleo más ajustado a sus estudios o expectativas vitales.

La juventud que no ve su futuro

El IX Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en España (2025) señaló que la juventud es uno de los colectivos más afectados por la precariedad, la desigualdad entre generaciones y las dificultades para construir un proyecto de vida. Este informe avisó de “un proceso inédito de fragmentación social en España en el que se contrae la clase media”.

Los principales factores de la exclusión social en España son la vivienda y el empleo. Según el propio informe, en 2024 la vivienda era “el factor que está activamente reconfigurando nuestra estructura social, expulsando a uno de cuatro hogares de una vida digna, y triturando el difícil equilibrio de las clases medias”.

Estos datos muestran la fragmentación y precariedad sociales de la juventud española: el 45 % de la población que vive en régimen de alquiler en España se encontraba en riesgo de pobreza y exclusión social, la cifra más alta de la UE. La edad media de emancipación en España es de 30,4 años, según datos de 2023 citados en el informe; un 75 % de la población joven cree que su situación económica será peor que la de sus progenitores y un 80 % se sentía desatendida por el Estado.

Este diagnóstico ya se hizo hace un año, pero la agenda política en España solo ha variado a partir del mes de octubre de 2026.

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José-Francisco Jiménez-Díaz es miembro de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA). Recientemente ha recibido financiación, como investigador principal, para el Proyecto “Análisis generacional del liderazgo político presidencial en España: estudio del Gobierno central y del Gobierno andaluz”. Ayudas para el desarrollo de Líneas de Investigación Propias, VI Plan Propio de Investigación y Transferencia (2023-2026), Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla. Referencia: PPI2404. En el marco de dicho proyecto ha coordinado el libro titulado: Generaciones y liderazgos políticos en España y Europa. Tirant lo Blanch, Valencia, 2026. Colección: Ciencia Política, número 107. Páginas: 440. ISBN: 979-13-7021-823-2. En este libro, es firmante único del prefacio, el capítulo 1 y capítulo 4.

– ref. De Belgrado a la Puerta del Sol: por qué sale a la calle la generación Z – https://theconversation.com/de-belgrado-a-la-puerta-del-sol-por-que-sale-a-la-calle-la-generacion-z-295201

Cómo combatir la desinformación en salud: cuando verificar y corregir no basta

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Álvarez Gálvez, Profesor Titular de Universidad, Salud Poblacional y Ciencia de Datos Sociales/Sanitarios, Universidad de Cádiz

Olgadesigner/Shutterstock

Cuando pensamos en combatir la desinformación sanitaria, solemos centrarnos en identificar afirmaciones falsas —una vacuna que supuestamente altera el ADN, una dieta que «cura» el cáncer— y desmentirlas con datos. Aunque esta estrategia es necesaria, la evidencia científica acumulada en los últimos años demuestra que, por sí sola, resulta insuficiente. La información falsa no circula en el vacío, sino que forma parte de un complejo ecosistema social y digital que la produce, amplifica y sostiene. Y ese ecosistema no se desmonta a golpe de verificación.

En una revisión sistemática de la literatura científica, identificamos que la desinformación en salud se concentra en unos pocos ámbitos especialmente sensibles. Entre ellos destacan las vacunas, el tabaco y las drogas, enfermedades como el cáncer, las pandemias, los trastornos alimentarios o los tratamientos “milagro”. En algunas plataformas de redes sociales, la proporción de contenidos engañosos podía ser muy elevada. Es el caso de la información sobre nuevos productos del tabaco.

El ejemplo de los cigarrillos electrónicos Juul en Estados Unidos resulta especialmente ilustrativo. Su estética juvenil y fuerte presencia en redes sociales se combinaron con estrategias de marketing e información engañosa sobre la nicotina y la seguridad de sus productos, hasta acabar en los tribunales. En 2023, la compañía aceptó pagar 462 millones de dólares tras ser acusada de contribuir al auge del vapeo entre adolescentes.

Tráiler del documental de Netflix “El gran vapeo” sobre el caso de los cigarrillos Juul.

Más que un duelo entre verdad y mentira, un ecosistema

Más allá de identificar y cuantificar los contenidos falsos, comprender la desinformación sanitaria exige explicar por qué determinados mensajes alcanzan una gran difusión e influencia social mientras otros apenas encuentran eco. Para ello, es necesario prestar atención al contexto social y digital en el que se producen, circulan y comparten.

Tanto en nuestra vida cotidiana como en el propio ámbito científico, tendemos a juzgar la información en términos de verdadero o falso. Sin embargo, esta visión binaria simplifica en exceso un fenómeno mucho más complejo. Al revisar y sintetizar cientos de estudios, nuestro equipo ha propuesto entender la desinformación sanitaria como un sistema con varias piezas que interactúan: las fuentes que generan los mensajes, los intereses políticos, económicos o psicológicos que hay detrás, las características del propio contenido, los canales y plataformas por los que viaja, y las audiencias que lo reciben y lo comparten. Cada una de esas piezas incide en las demás y, directa o indirectamente, condicionan nuestros comportamientos y nuestra relación con la salud.

El quién y el porqué

Durante la pandemia de covid-19 analizamos el papel de las cuentas automatizadas (bots) en las redes y comprobamos que no se comportan como el resto. Sus mensajes eran mayoritariamente políticos y estaban dominados por un tono de crítica y desacuerdo. Se orientaban a cuestionar las medidas sanitarias o la veracidad de la información oficial. Al estudiar el uso de etiquetas (hashtags), vimos además que los bots combinan y amplifican ciertos términos de forma estratégica, tejiendo relatos –sobre laboratorios, el 5G, Bill Gates o el origen del virus– que difícilmente surgen por azar.

Hay casos documentados de uso deliberado de la salud como arma política. Un estudio sobre Twitter/X mostró que cuentas vinculadas a la Agencia de Investigación de Internet (Internet Research Agency), una empresa respaldada por el gobierno ruso y especializada en operaciones de influencia, usaban la vacunación como tema de división política. Lo revelador es que publicaban tanto mensajes a favor como en contra de las vacunas: el objetivo no era convencer, sino fabricar una falsa equivalencia que erosionara el consenso.

Por qué la estructura social importa

Los mensajes no se difunden por igual entre toda la población, sino que lo hacen a través de la estructura de nuestras relaciones sociales. Tendemos a conectarnos con quienes piensan como nosotros, de modo que ciertas ideas se refuerzan dentro de comunidades relativamente cerradas (las llamadas cámaras de eco) y, al mismo tiempo, se aíslan de las del resto.

Al estudiar la polarización entre comunidades en redes sociales, encontramos que es mucho más intensa en debates como el de las vacunas que en otros. Y, al examinar qué la alimenta, comprobamos que la desinformación sanitaria es solo uno de sus motores: por delante de ella pesan la ideología política y la afiliación partidista, así como la propia dinámica de las redes sociales, la desconfianza en las instituciones y en la ciencia o las percepciones de riesgo.

A ello se suman condiciones crónicas de salud que pueden influir en nuestra forma de buscar, interpretar y compartir información en las redes sociales, especialmente cuando la medicina todavía no ofrece respuestas claras para abordarlas.

La compleja articulación de estos factores ayuda también a entender por qué corregir una información falsa no siempre basta para reducir su influencia. En una encuesta representativa en España identificamos tres grandes perfiles ante la desinformación sobre covid-19: convencidos, indecisos y escépticos. Observamos que la susceptibilidad a creer y compartir mensajes falsos se asocia menos con la falta de información que con factores como la desconfianza institucional, la posición socioeconómica o el posicionamiento político.

La forma en que recibimos la información depende, por tanto, no solo de su contenido, sino también de quién la transmite, de la confianza que depositamos en esa fuente y del contexto social en el que circula. Y como estos factores varían entre grupos y comunidades, no existe una estrategia de comunicación que funcione por igual para todos.

Confianza en instituciones y profesionales sanitarios

Combatir la desinformación en salud exige mirar más allá del contenido. Verificar hechos sigue siendo necesario, pero su eficacia será limitada si no se acompaña de estrategias que refuercen la confianza en las instituciones y en los profesionales sanitarios. También es fundamental aumentar la visibilidad de las fuentes fiables y comprender cómo se estructuran las redes y comunidades sociales para adaptar las estrategias de comunicación a las distintas audiencias.

La desinformación no es solo un problema de mentiras que corregir, sino un fenómeno social que difícilmente podremos comprender y combatir sin atender al ecosistema social y digital, a menudo polarizado, que la hace posible.

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Javier Álvarez Gálvez ha recibido fondos en las convocatorias públicas de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades para los proyectos DCODES (PID2020-118589RB-I00), NETDYNAMIC (CNS2022-135907) y HUMAIN (PID2024-162197OB-I00) que abordan el tema de la desinformación en salud en las sociedades digitales.

– ref. Cómo combatir la desinformación en salud: cuando verificar y corregir no basta – https://theconversation.com/como-combatir-la-desinformacion-en-salud-cuando-verificar-y-corregir-no-basta-290308

La dulce historia de Halloween: de los banquetes celtas al ‘truco o trato’ moderno

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

El pan de calabaza (aquí recién horneado y cubierto con crema batida, nueces y jarabe de caramelo) aprovecha las virtudes gastronómicas del vegetal que se asocia tradicionalmente a Halloween. Elena Veselova/Shutterstock

Halloween, con sus calabazas iluminadas y sus calles llenas de disfraces, se asocia hoy casi exclusivamente con niños corriendo de puerta en puerta en busca de caramelos. Pero detrás de esta fiesta azucarada se esconde una larga historia de rituales agrícolas, transformaciones religiosas y hábitos culinarios que reflejan cómo las sociedades han entendido la muerte, la abundancia y la hospitalidad.

Porque la gastronomía de Halloween no nació en las fábricas de dulces del siglo XX, sino en las hogueras celtas y las cocinas rurales de Irlanda y Escocia.

Comer para honrar a los muertos

Antes de ser Halloween, la noche del 31 de octubre era Samhain, la festividad celta que marcaba el final de la cosecha y el inicio del invierno. En ese umbral temporal, los antiguos creían que el mundo de los vivos y el de los muertos se tocaban. La comida tenía una función simbólica esencial: no solo se ofrecía a los espíritus para apaciguarlos, sino que también se compartía entre los vivos como signo de comunidad.

Durante el Samhain se preparaban alimentos que celebraban la abundancia recién recolectada: panes de avena, coles, nabos, manzanas asadas y sidra. Era una cocina basada en la estacionalidad y la conservación. Las manzanas, por ejemplo, eran símbolo de inmortalidad y se usaban en juegos adivinatorios que sobreviven hasta hoy en el bobbing for apples, documentado al menos desde el siglo XVIII.

Con la cristianización del calendario, Samhain fue absorbido por el Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el Día de los Difuntos (2 de noviembre). De esa fusión nació la costumbre medieval de ofrecer soul cakes (pequeños pasteles de mantequilla y especias) a los pobres y niños que iban de casa en casa pidiendo oraciones por las almas del purgatorio. Cada pastel recibido equivalía a una plegaria pronunciada. Esta práctica, llamada souling, es considerada el antecesor directo del actual trick or treat (“truco o trato”).

El alma del dulce: del souling al trick or treat

El paso del souling religioso al trick or treat laico no fue inmediato. Durante siglos, la víspera de Todos los Santos siguió siendo una fecha para compartir alimentos y recordar a los muertos, pero la función de los visitantes se transformó. En Escocia y el norte de Inglaterra surgió el guising: niños y jóvenes disfrazados que recorrían las casas recitando canciones o poemas a cambio de frutas, pasteles o monedas.

Cuando los inmigrantes irlandeses y escoceses llevaron estas costumbres a América del Norte en el siglo XIX, el contexto cambió. Las ciudades industriales crecían y con ellas la necesidad de domesticar las celebraciones populares, que a menudo degeneraban en travesuras y vandalismo. En ese proceso de “civilización de Halloween”, los adultos y las escuelas empezaron a promover actividades seguras: fiestas en casa, desfiles y, sobre todo, la costumbre de dar dulces a los niños para evitar gamberradas. La idea era simple: si das algo dulce, evitas el “truco”.

Hay ‘trato’.
Tatevosian Yana/Shutterstock

Así nació el lema trick or treat, documentado por primera vez el 4 de noviembre de 1927 en el periódico canadiense Lethbridge Herald. En las décadas siguientes, el desarrollo de la industria confitera estadounidense transformó el gesto ritual en un mercado multimillonario. Durante los años 50 y 60, las empresas de caramelos (Hershey’s, Mars o Brach’s) vieron una oportunidad única: envases pequeños, porciones individuales y colores naranjas y negros. De repente, Halloween se volvió sinónimo de azúcar envuelta en celofán.

¿Qué se comía (y se come) en Halloween?

Si bien los caramelos monopolizan la fiesta moderna, en muchos lugares persisten o se han recuperado recetas tradicionales que hablan de una gastronomía de temporada, vinculada al otoño y al recuerdo de los muertos. Algunos ejemplos gastronómicos de esta fiesta son:

• Barmbrack (Irlanda): pan de frutas con especias, similar a un plum cake, en cuyo interior se escondían objetos (un anillo, una moneda, un guisante seco) que auguraban fortuna, matrimonio o pobreza para quien los encontrara).

• Colcannon: puré de patatas mezclado con pimienta, mantequilla y col, a veces con una moneda oculta. En muchas casas irlandesas era el plato central de la cena de Halloween.

• Toffee apples o manzanas caramelizadas: se popularizaron en Inglaterra y EE. UU. a principios del siglo XX, combinando el fruto otoñal por excelencia con el azúcar industrial.

• Bonfire toffee (Inglaterra y Gales): caramelo duro de melaza, asociado a las hogueras del 31 de octubre y del 5 de noviembre.

• Pumpkin pie y pumpkin bread (EE. UU.): aunque la calabaza decorativa proviene de la costumbre irlandesa de tallar nabos, el gusto norteamericano la convirtió en postre estacional, símbolo del otoño más que del miedo.

Estas recetas revelan un hilo conductor: la idea de compartir alimentos dulces y de buena conservación justo cuando la naturaleza comienza su fase de reposo. El azúcar, más allá de su sabor, funciona como talismán de energía frente al invierno.

Dulce capitalismo: la industria del miedo y el azúcar

Hoy se estudia también cómo el marketing alimentario infantil permea esta popular celebración. Por ejemplo, dos investigadores de la Universidad de Melbourne (Australia) analizaron la promoción de productos poco sanos durante Halloween como fenómeno de salud pública. La experta Shabnam Yousaf argumentó que Halloween se ha convertido en un ritual híbrido entre mito, cultura de consumo y simbolismo.

La industria también reinventó la gastronomía de Halloween en clave visual: tiendas y redes sociales se llenan de cupcakes con forma de fantasmas, galletas de calabaza, “sangre” comestible… En este nuevo folclore culinario, la creatividad doméstica sustituye al rito comunitario, pero el principio de compartir, pero el “dar algo para no recibir un truco”, se mantiene vivo.

Al mismo tiempo, culturas con sus propios ritos de los muertos han recuperado sus comidas tradicionales, como el pan de muerto en México, reafirmando que comer es una forma de diálogo con los que ya no están.

Devolverle sentido a lo dulce

La gastronomía de Halloween, más allá de las calorías, es un espejo de nuestra relación con la muerte y la abundancia. Lo que hoy se reduce a un intercambio comercial nació como un acto de hospitalidad hacia los vivos y los muertos. El “truco o trato” es la última versión de un gesto ancestral: ofrecer alimento para mantener la paz entre mundos.

Quizás el reto contemporáneo sea recuperar algo de esa conciencia. Cocinar un barmbrack, preparar un puré de colcannon o simplemente compartir una comida otoñal puede ser un modo de reconectar con el ciclo agrícola que dio origen a la fiesta. En tiempos de consumo acelerado, volver a esas recetas lentas es, de algún modo, un pequeño acto de resistencia.

Al fin y al cabo, Halloween no siempre fue una fiesta de dulces: fue, y puede seguir siendo, una celebración del vínculo que une a los vivos con su memoria, servida en la mesa entre sombras, risas y manzanas caramelizadas. Un banquete entre dos mundos.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La dulce historia de Halloween: de los banquetes celtas al ‘truco o trato’ moderno – https://theconversation.com/la-dulce-historia-de-halloween-de-los-banquetes-celtas-al-truco-o-trato-moderno-294487