Un “lobo solitario” asalta la pirámide sagrada de Teotihuacán y siembra el terror en vísperas del Mundial 2026

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Martín Flores Almendárez, PTC Asociado "B"; Especialista en Capital Humano e integrante del CA en Gestión, Innovación Educativa y Tecnología, Universidad de Guadalajara

El ataque armado registrado después del mediodía del 20 de abril en la Pirámide de la Luna de la zona arqueológica de Teotihuacán no solo deja un saldo trágico –dos fallecidos, una ciudadana canadiense y el agresor, y 13 heridos–. También fractura la narrativa de seguridad que México ha intentado proyectar de cara a la Copa del Mundo FIFA 2026, que inicia en menos de dos meses.

Este hito sangriento no fue perpetrado por las estructuras previsibles del crimen organizado, sino por un “lobo solitario”. Un hecho que marca una transición inquietante en la percepción social de la violencia: el paso del “narcocrimen” territorial al terrorismo de masas aleatorio.

Santuario de identidad

Teotihuacán no debe entenderse meramente como un activo turístico, sino como un locus religiosus y político que ha sobrevivido milenios. Cuando la violencia alcanza la Pirámide de la Luna, no solo se dañan las estructuras físicas: se profana un santuario de la identidad. No en vano, Teotihuacán, en lengua nahua, quiere decir “lugar donde se hacen los dioses”. Y, como explica Eduardo Matos Moctezuma, representa el origen de “toda una serie de manifestaciones que tendrán presencia definitiva en sociedades posteriores”.

El Estado mexicano ha operado bajo la premisa de que los recintos arqueológicos son zonas de excepción, protegidas por un respeto tácito y una vigilancia especializada del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Este organismo, del que dependen 194 zonas arqueológicas y el Museo Nacional de Antropología, premio Princesa de Asturias de la Concordia 2025, ha emitido un escueto comunicado anunciando el cierre de Teotihuacán “hasta nuevo aviso”.

El simbolismo de la vulnerabilidad

Teotihuacán es el segundo sitio arqueológico más visitado de México y un baluarte del patrimonio mundial. Según la UNESCO, la integridad de un sitio de esta categoría no se limita a su conservación material, sino a su función como espacio de diálogo y paz.

Al transformarse en un escenario de crimen, el enclave pierde su valor de uso social y se convierte en un símbolo de la pérdida de control simbólico del territorio. El daño trasciende lo humano para convertirse en un golpe al corazón de la identidad nacional.

Si el Estado no puede garantizar la paz en “el lugar donde los hombres se convierten en dioses”, la percepción de ingobernabilidad se extiende a todo el territorio nacional.

Históricamente, la violencia en México ha sido interpretada bajo la lente de la “nota roja”, como se conoce popularmente a la información sobre sucesos, y el enfrentamiento entre carteles. La irrupción de un tirador masivo en un recinto sagrado rompe la burbuja de seguridad del turista.

El visitante ya no teme quedar atrapado en un fuego cruzado entre bandas; ahora teme ser el blanco directo de una patología social atomizada, similar a los fenómenos vistos en centros comerciales, lugares de culto o escuelas de Estados Unidos.

La mutación del miedo: Del “narcocrimen” al “lobo solitario”

La literatura sociológica contemporánea expone y sugiere que México enfrenta una violencia fruto de patrones relacionales que se teje en las interacciones de vida cotidiana. Un modelo que se normaliza y se socializa a través de los vínculos comunitarios y las dinámicas institucionales.

Esta visión de la violencia relacional conecta con el narcotráfico, cuyas motivaciones son económicas y territoriales. En cambio, el “lobo solitario” busca el máximo impacto mediático y el colapso simbólico. Por ello, la transición del “narcocrimen” al “lobo solitario” representa un cambio de paradigma en la criminología mexicana.

Mientras que el “narcocrimen” suele seguir una lógica de mercado (territorialidad, rutas, ajustes de cuentas), la figura del tirador masivo o “lobo solitario” se rige por la anomia y la búsqueda de una catarsis mediática a través del terror. La violencia aleatoria lleva más allá la frontera de ese terror. El “lobo solitario” es impredecible y ataca en los momentos de mayor esparcimiento. Un quiebre en la percepción del turista internacional, que había aprendido, erróneamente o no, a navegar la realidad de países con crimen organizado evitando zonas de conflicto u horarios de riesgo.

Esta vulnerabilidad aleatoria es psicológicamente más devastadora que el crimen focalizado, ya que anula cualquier estrategia de prevención individual, generando un sentimiento de desamparo que ahuyenta incluso al viajero más experimentado. Pasamos de una violencia con motivo a una violencia con mensaje, donde el mensaje es que nadie está a salvo.

El cisne negro del Mundial 2026

Esta transición es crítica para la percepción pública. Mientras que la sociedad mexicana ha desarrollado mecanismos de resiliencia (y a veces normalización) ante el crimen organizado, no tiene defensas psicológicas contra el asesinato en masa impredecible en sitios de ocio y cultura.

En la teoría del riesgo, un cisne negro es un evento sorpresivo de gran impacto que, a posteriori, se intenta racionalizar. El tiroteo en Teotihuacán es precisamente eso para la Copa del Mundo de fútbol 2026.

Con una derrama proyectada de 60,000 millones de pesos (cerca de 3.500 millones de dólares), la economía mexicana ha apostado gran parte de su crecimiento anual a este evento.

El peligro real no es solo el evento en sí, sino la reacción en cadena en la diplomacia consular. Países como Estados Unidos y Canadá, socios organizadores del Mundial, poseen sistemas de alertas de viaje altamente sensibles.

Un incidente en un sitio de interés mundial puede reclasificar a México en niveles de alerta que prohíben o desaconsejan el viaje a ciudadanos extranjeros, lo que activaría cláusulas de cancelación masiva en seguros de viaje y patrocinios.

Estamos ante la economía del miedo: un fenómeno donde el valor de un destino se desploma no por la falta de infraestructura, sino por la percepción de que el costo de la visita podría ser la vida.

Este fenómeno genera un terrorismo de baja intensidad que paraliza la movilidad social y, por ende, el flujo turístico.

Economía en riesgo

México, junto con Estados Unidos y Canadá, se prepara para la mayor cita deportiva de la historia, pero el turismo es una industria de percepciones. El impacto económico de un tiroteo en Teotihuacán no se limita a la cancelación de boletos para la zona arqueológica. Afecta a la marca país.

Si el Estado no puede garantizar la seguridad en un recinto custodiado por el INAH y fuerzas federales, surge la pregunta inevitable: ¿están seguras las sedes de la FIFA? La economía del miedo podría desviar el flujo de divisas hacia las sedes del norte, dejando a México con estadios llenos pero corredores turísticos vacíos.

Un llamado a la reflexión y al debate

Este hito sangriento obliga a las autoridades y a la sociedad a replantear los protocolos de seguridad de cara a 2026. No basta con blindar los estadios; es necesario proteger los nodos culturales que dan sentido a la visita del extranjero.

La seguridad en sitios de patrimonio mundial no debe ser vista solo como una medida policial, sino como una estrategia de defensa de la soberanía simbólica y económica.

¿Estamos ante el fin de la “excepcionalidad” de los sitios culturales mexicanos frente a la violencia? ¿Es este el inicio de una era donde el terrorismo individual eclipsará al crimen organizado como principal amenaza a la paz pública?

El debate está abierto, y la respuesta definirá no solo el éxito del Mundial 2026, sino el futuro de México como destino cultural global.

The Conversation

Juan Martín Flores Almendárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Un “lobo solitario” asalta la pirámide sagrada de Teotihuacán y siembra el terror en vísperas del Mundial 2026 – https://theconversation.com/un-lobo-solitario-asalta-la-piramide-sagrada-de-teotihuacan-y-siembra-el-terror-en-visperas-del-mundial-2026-281198

Coral reefs are secretly connected across vast oceans – and that’s crucial for their survival

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Kate Marie Quigley, DECRA Research Fellow in molecular ecology, James Cook University

Lord Howe Island lies in the middle of the ocean, about 700 kilometres northeast of Sydney. It’s covered in lush forest and fringed by the world’s most southerly coral reef ecosystem.

This reef system isn’t as famous as its northern neighbour, the Great Barrier Reef. Our new research in the Journal of Applied Ecology, shows it plays an outsized role in keeping vast coral regions across the Pacific connected – and alive.

A small number of other reefs in the region serve a similar function. Knowing which reefs matter most for recovery and adaptation to ocean warming – and protecting them now – could make the difference between regional reef collapse and long-term resilience.

Tiny coral babies in a vast ocean

Coral reefs are in global decline, but this loss is not just about dying corals – it’s about breaking the natural connections that allow reefs to recover after marine heatwaves, cyclones and other threats.

Right now, climate change is rapidly reducing the ability of coral larvae to travel between reefs, shrinking their chances of survival by undercutting recovery.

These tiny coral babies can sometimes spend many weeks in the surface waters of the open ocean, carried by currents across hundreds or even thousands of kilometres before settling and beginning to grow.

The movement of larvae provides a constant source of replenishment for reefs, both near and far away, which is especially important when reefs are damaged.

Without this constant replenishment, some damaged reefs simply cannot recover. Connectivity isn’t a nice-to-have for coral reefs. It’s their lifeline.

Tracking dispersal across 850 reefs

Our study used ocean circulation models to simulate the trajectories of coral larvae across the southwestern Pacific Ocean from 2011 to 2024, tracking the movement of larvae across 850 reefs.

These reefs spanned the Great Barrier Reef, New Caledonia, the Coral Sea and Lord Howe Island.

We traced how two key coral growth forms (fast-growing branching corals and slower-growing massive corals) move between reefs under current conditions and under projected global climate warming scenarios of 1°C, 2.5°C and 4°C above pre-industrial temperatures.

We then examined how corals moved between different types of reef, including reefs that were naturally resistant to heat stress, those that recover quickly after disturbance, and those that stay cooler because of local water currents and upwelling that naturally reduce water temperature around the reef.

This allowed us to ask not just which reefs are connected, but which kinds of reefs are sending and receiving different types of larvae.

A fragile network

We found that only a handful of reefs act as genuine hubs — places where larvae both arrive from distant sources and depart to “seed” reefs far away. Lose these stepping stones, and the entire network begins to fragment.

The Coral Sea reefs emerged as crucial bridges in this network, linking the southern Great Barrier Reef with New Caledonia and beyond. But perhaps the most striking finding involves Lord Howe Island.

Our modelling identified Lord Howe as a potential refugium: a place where corals may be able to persist even as warming intensifies, potentially owing to its more temperate, southerly position.

A coral reef lagoon with a large rocky mountain in the background.
Lord Howe Island is home to the world’s most southern coral reef ecosystem.
Dylan Shaw/Unsplash

Yet its very isolation – what makes it a likely survivor – also means it has limited natural connectivity with surrounding reefs.

This situation therefore cuts both ways: while isolation helps protect its coral from extreme heat stress, it also means the reef relies less on new larvae that others could need for recovery. It therefore also means Lord Howe needs protection – not just for itself, but for the entire regional reef system that may one day depend on it.

Another important finding is that the reefs most resistant to heat stress (those classified as naturally resistant) tended to export larvae to a relatively smaller number of reefs within the wider network.

But there are techniques that enable the intentional movement of larvae from heat-tolerant reefs to more vulnerable locations. These include assisted gene flow, in which scientists deliberately move warm-adapted adult corals or their offspring to reefs that are more vulnerable to heat stress, helping to spread heat-tolerant genes more quickly across reef networks.

Protecting our marine superhighways

Our results make clear that marine protected areas should not be managed as isolated reserves but as an interconnected network, with transboundary cooperation between Australia and Pacific Island nations.

The larval corridors linking the southern Great Barrier Reef, New Caledonia and Lord Howe Island do not fall within national boundaries. Neither can our conservation response.

Reefs are already fighting against warming oceans. The waters of the Lord Howe Rise and South Tasman Sea, the vast oceanic region between Australia and New Zealand through which these larval corridors flow, are under threat from industrial fishing.

Industrial fishing, pollution and climate change are pushing these ecosystems to the brink, with longlines intersecting surface waters. This cumulative pressure across these newly identified larval transport superhighways adds yet another layer of pressure onto these already stressed ecosystems.

Our research adds a new and crucial dimension to high seas protection. Our region sits directly across the larval corridors that connect and sustain coral reef systems. Protecting this ocean is not just about what lives here. It is about what passes through – fundamental for migratory and connected populations.

The least we can do is protect the superhighways through which their future flows – invisibly, at the ocean surface, some larvae no bigger than a grain of rice, carrying the genetic potential to rebuild what we stand to lose.

The Conversation

Kate Quigley receives funding from the Australian Research Council and Minderoo Foundation. She is also Principal Research Scientist at Minderoo Founation.

Elise Thérèse Gisèle Dehont does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Coral reefs are secretly connected across vast oceans – and that’s crucial for their survival – https://theconversation.com/coral-reefs-are-secretly-connected-across-vast-oceans-and-thats-crucial-for-their-survival-278424

Whale strandings draw emotional responses. But repeated rescues can cause more harm

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Karen Stockin, Professor of Marine Ecology, Te Kunenga ki Pūrehuroa – Massey University

Rescuers placing wet towels on ‘Timmy’, the whale stranded near Wismar, Germany. Morris MacMatzen/Getty Images

A humpback whale repeatedly restranding in shallow waters in the Baltic Sea for more than three weeks has become the focus of a complex debate about reconciling compassion for animals with ethical, evidence-based decision making.

Affectionately known as Timmy, the whale restranded several times and has been growing weaker, failing to recover despite multiple rescue attempts.

Its struggle attracted global attention and triggered debates between experts and the public regarding intervention versus allowing a natural end.

Marine biologists and veterinarians observing the whale made a clear and evidence-based assessment earlier this month: further intervention was unlikely to succeed and would risk prolonging the animal’s suffering.

Yet public pressure – driven by empathy amplified by social media and sharpened into outrage – led German state authorities to permit renewed rescue efforts this week, framed as a “last ditch” effort.

At first glance, it seems an act of compassion. But beneath the surface lies a more difficult truth. As our research shows, when scientific advice is sidelined in favour of public sentiment, outcomes for the very animals we aim to protect can worsen.

The emotional pull of “doing something”

Large, charismatic animals like whales evoke powerful emotional responses. They are intelligent, expressive and visibly vulnerable when stranded.

For many people, choosing not to intervene feels morally unacceptable, with inaction often perceived as neglect.

Wildlife medicine, however, does not operate on instinct or optics. It relies on probabilities, welfare assessments and the recognition that intervention is not always beneficial.

In Timmy’s case, experts from the German Oceanographic Museum and the Institute for Terrestrial and Aquatic Wildlife Research, as well as international organisations, reached a consistent conclusion that the whale was unlikely to survive.

After repeated failed rescues, the environment minister for Germany’s state of Mecklenburg-Western Pomerania determined that continued intervention would likely worsen the whale’s condition. By then, Timmy was showing clear signs of trauma and exhaustion.

The decision was not made in isolation. In early April, the International Whaling Commission’s stranding expert panel publicly supported the German authorities. It outlined that further rescue attempts would likely increase suffering without improving survival chances.

Euthanasia, frequently suggested as an alternative, was deemed impractical, however. The whale’s partial buoyancy, combined with logistical, safety and personnel challenges meant this was not a viable option.

New Zealand’s experience

In 2021, New Zealand experienced a similar situation with Toa, a stranded orca calf.

The response was extraordinary, mobilising national and international expertise. Veterinarians, marine mammal scientists and stranding specialists contributed to an unprecedented rescue effort.

The scientific consensus, however, was sobering. Given Toa’s young age (unweaned), prolonged separation from his pod, and the challenges of reintegration, his chances of survival were extremely low.

Over time, his welfare declined during extended human care. Many experts ultimately supported euthanasia as the most humane option.

That path was not taken. Driven by public hope and attention, efforts continued. Toa died after weeks in care. In retrospect, the case raised a difficult but necessary question: when expert consensus and public sentiment diverge, which should guide decisions?

When perception overrides expertise

This tension is not anecdotal; it is well documented. Research shows that human perceptions and emotional investment can significantly shape responses to cetacean strandings, sometimes directly conflicting with recommendations based on the animal’s wefare.

In high-profile cases, decision making can shift from expert-led processes to outcomes shaped by public pressure. The patterns observed in Germany – repeated strandings, declining condition and cumulative stress – are strong predictors of poor outcomes, regardless of continued intervention.

The disconnect is clear. Experts assess welfare through measurable physiological, behavioural and environmental markers to infer the mental state of an animal. The public often evaluates it through effort, visibility and intent. The result is a compelling but flawed assumption: that doing more means doing better.

A common principle in veterinary ethics is that the ability to intervene does not justify doing so. Every rescue attempt carries risks: handling stress, injury, prolonged suffering and the diversion of limited resources.

While financial cost is often highlighted, the more critical issue is animal welfare. In repeated stranding cases, the ethical balance becomes increasingly stark.

When recovery is highly unlikely, continued intervention can shift from care to harm. In repeated stranding cases, the ethical calculus becomes sharper. Yet this is precisely the moment when public pressure tends to intensify.

A more difficult kind of care

Compassion is not the problem; it is fundamental to conservation. But compassion without evidence can mislead.

What’s at stake is trust in scientific expertise, veterinary judgement and the difficult reality that the most humane decision is not always the most emotionally satisfying one.

If every high-profile stranding becomes a referendum driven by public pressure, we risk creating a system where decisions are shaped less by animal welfare and more by public visibility.

The instinct to rally around a stranded whale reflects the best of human empathy. But real care in wildlife conservation is not always about action. Sometimes, it requires restraint.

In Toa’s case, official documents later revealed most experts had recommended euthanasia to prevent prolonged suffering.

Timmy’s situation raises a similar question. Not whether people care enough, but whether we are willing to accept that caring also means listening to science, to experience and to the difficult truths they bring.

The Conversation

Karen Stockin is the ethics chair for the Society for Marine Mammalogy and a member of the IWC strandings expert panel.

ref. Whale strandings draw emotional responses. But repeated rescues can cause more harm – https://theconversation.com/whale-strandings-draw-emotional-responses-but-repeated-rescues-can-cause-more-harm-281137

How does imagination really work in the brain? New theory upends what we knew

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Thomas Pace, Researcher and Lecturer at the Thompson Institute, University of the Sunshine Coast

Grandfailure/Getty Images

Your brain is currently expending about a fifth of your body’s energy, and almost none of that is being used for what you’re doing right now. Reading these words, feeling the weight of your body in a chair – all of this together barely changes the rate at which your brain consumes energy, perhaps by as little as 1%.

The other 99% is used on the activity the brain generates on its own: neurons (nerve cells) firing and signalling to each other regardless of whether you’re thinking hard, watching television, dreaming, or simply closing your eyes.

Even in the brain areas dedicated to vision, the visuals coming in through your eyes shape the activity of your neurons less than this internal ongoing action.

In a paper just published in Psychological Review, we argue that our imagination sculpts the images we see in our mind’s eye by carving into this background brain activity. In fact, imagination may have more to do with the brain activity it silences than with the activity it creates.

Imagining as seeing in reverse

Consider how “seeing” is understood to work. Light enters the eyes and sparks neural signals. These travel through a sequence of brain regions dedicated to vision, each building on the work of the last.

The earliest regions pick out simple features such as edges and lines. The next combine those into shapes. The ones after that recognise objects, and those at the top of the sequence assemble whole faces and scenes.

Neuroscientists call this “feedforward activity” – the gradual transformation of raw light into something you can name, whether it’s a dog, a friend, or both.

In brain science, the standard view is that visual imagination is this original seeing process run in reverse, from within your mind rather than from light entering your eyes.

So, when you hold the face of a friend in mind, you start with an abstract idea of them – a memory or a name, pulled from the filing cabinet of regions that sit beyond the visual system itself.

That idea travels back down through the visual sequence into the early visual areas, which serve as your brain’s workshop where a face would normally be reconstructed from its parts – the curve of a jawline, the specific shade of an eye. These downward signals are called “feedback activity”.

A signal through the static

However, prior research shows this feedback activity doesn’t drive visual neurons to fire in the same way as when you actually see something.

At least in the brain regions early in the vision process, feedback instead modulates brain activity. This means it increases or decreases the activity of the brain cells, reshaping what those neurons are already doing.

Even behind closed eyes, early visual brain areas keep producing shifting patterns of neural activity resembling those the brain uses to process real vision.

Imagination doesn’t need to build a face from scratch. The raw material is already there. In the internal rumblings of your visual areas, fragments of every face you know are drifting through at low volume. Your friend’s face, even now, is passing through in pieces, scattered and unrecognised. What imagining does is hold still the currents that would otherwise carry those pieces away.

All that’s needed is a small, targeted suppression of neurons that are pulled by brain activity in a different direction, and your friend’s face settles out of the noise, like a signal carving its way through static.

Steering the brain

In mice, artificially switching on as few as 14 neurons in a sensory brain region is enough for the animal to notice it and lick a sugar-water spout in response. This shows how small an intervention in the brain can be while still steering behaviour.

While we don’t know how many neurons are needed to steer internal activity into a conscious experience of imagination in humans, growing evidence shows the importance of dampening neural activity.

In our earlier experiments, when people imagined something, the fingerprint it left on their behaviour matched suppression of neuronal activity – not firing. Other researchers have since found the same pattern.

Other lines of evidence strengthen our theory, too. About one in 100 people have aphantasia, which means they can’t form mental images at all. One in 30 form these images so vividly they approach the intensity of images we actually see, known as hyperphantasia.

Research has found that people with weaker mental imagery have more excitable early visual areas, where neurons fire more readily on their own. This is consistent with a visual system whose spontaneous patterns are harder to hold in shape.

Taking all this together, the spontaneous activity reshaping hypothesis – our new theory that imagination carves images out of the steady stream of ongoing brain activity – explains why imagination usually feels weaker than sight. It also explains why we rarely lose track of which is which.

Visual perception arrives with a strength and regularity the brain’s own internal patterns don’t match. Imagination works with those patterns rather than against them, reshaping what is already there into something we can almost see.

The Conversation

The authors do not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and have disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. How does imagination really work in the brain? New theory upends what we knew – https://theconversation.com/how-does-imagination-really-work-in-the-brain-new-theory-upends-what-we-knew-280803

The end of oil? As fuel shocks cascade, 53 nations gather to plan a fossil fuel phaseout

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Wesley Morgan, Research Associate, Institute for Climate Risk and Response, UNSW Sydney

Anton Petrus/Getty

US President Donald Trump is a longtime climate denier and oil industry ally, who sums up his own energy policy as “drill, baby, drill”. Yet he is doing more than almost anyone to speed up the global shift from fossil fuels to clean energy and electric vehicles (EVs).

After the US and Israel struck Iran in late February, Tehran closed the Strait of Hormuz and triggered the largest disruption of oil supply in history.

Ironically for Trump and his oil industry donors, this crisis may be an irreversible tipping point for clean energy. For years, fossil fuel advocates spruiked oil, gas and coal as “reliable” energy. That narrative has been reversed. Fossil fuels have become expensive and unreliable, while renewables are cheap, reliable and secure.

For the first time ever, more than 50 nations will gather next week in Colombia to hash out how to wind down and end their dependence on coal, oil and gas. The history-making conference was planned before the Iran war. But this year’s energy crisis has greatly raised the stakes.

The oil crisis is real

Iran’s closure of the narrow Strait of Hormuz stopped oil tankers reaching their destinations. But that wasn’t all. More than 60 gas and oil sites have been damaged in the conflict so far. Even if a durable ceasefire is reached, these impacts will reverberate for months and years to come.

Around 80% of the trapped crude oil was destined for the Asia-Pacific. Faced with dwindling supply, the region’s governments are implementing emergency measures such as sending workers home, banning government travel, rationing fuel and cutting school hours.

The problem is especially bad in the Pacific. Many island nations use diesel for power generation. In response, leaders declared a regional emergency.

Fuel import bills were already a major burden for Pacific nations, leading to efforts to switch to local renewables. Fuel bills could rise by A$933 million in Fiji (nearly three times the healthcare budget).

man standing next to banana boat in turquoise blue waters, mountains as backdrop.
Pacific nations are heavily dependent on imported diesel.
Mark Direen/Pexels, CC BY-NC-ND

Scrambling for energy

When energy supplies are disrupted, leaders have three options: find alternate supplies, reduce use or switch to alternatives. In the very short term, countries aim to shore up supply, just as Australian Prime Minister Anthony Albanese did last week in Malaysia.

Countries have also moved to reduce use. This can have lasting effects. During the Middle East oil shocks of the 1970s, oil prices tripled and then doubled again. Authorities responded by improving energy productivity to do more with less. The world’s final oil demand per capita peaked in 1979 and has never recovered.

But the real difference from half a century ago is that fossil fuel alternatives are ready for prime time. Since the 1970s, the price of solar panels has fallen 99.9%, while the cost of wind has fallen 91% since 1984. Battery prices have fallen 99% since 1991.

This means it’s now viable for many nations to switch to these alternatives.

The European Union will accelerate electrification, after its fossil fuel bill increased more than $36 billion since February. France has doubled state aid to help households switch to EVs and electrify home heating. Import-dependent South Korea gets 70% of its crude oil through the Strait of Hormuz. It now plans to double renewables capacity within four years.

Electric vehicles at the tipping point?

This year’s oil shock shows signs of creating an unplanned social tipping point – a threshold for self-propelling change beyond which systems shift from one state to another. Climate scientists warn of climate tipping points which amplify feedback and accelerate warming. But social scientists also point to positive tipping points – collective action that rapidly accelerates climate action.

The rush to EVs is a case in point. In Australia, petrol prices surged almost 50% in March, and diesel more than 70%. It’s no surprise new EV sales are at an all-time high, while secondhand EV sales more than doubled last month.

Australia’s 1.3 million hybrid and battery electric vehicles avoid almost 15 million litres of petrol and diesel use every week.

The rush to electric transport is global. Most new Chinese cars are powered by batteries, not oil. Battery electric vehicles outsold petrol cars for the first time in Europe in January.

A conference to quit fossil fuels

The routine burning of coal, oil and gas is the primary driver of the climate crisis. The world’s highest court last year made clear nations have obligations to stop burning fossil fuels.

But fossil fuels have barely been mentioned in 30 years of global climate negotiations, due in part to blocking efforts by big fossil fuel exporters and lobbyists.

Frustrated by slow progress, a coalition of nations has bypassed global climate talks to discuss how to actually phase out fossil fuels.

The first of these summits will take place next week. More than 50 nations will gather in Santa Marta, Colombia, to discuss a potential standalone treaty to manage fossil-fuel phaseout while protecting workers and financial systems.

Colombian Environment Minister Irene Vélez Torres says it comes at the “best possible moment”, as the oil crisis focuses global attention on fossil fuel dependency.

If next week’s summit produces real momentum to wean off fossil fuels amid the energy crisis, we might look back at it as a social tipping point where early adopters move in earnest – and make it easier for the rest of the world to follow.

The Conversation

Wesley Morgan is a fellow with the Climate Council of Australia

Ben Newell receives funding from the Australian Research Council.

ref. The end of oil? As fuel shocks cascade, 53 nations gather to plan a fossil fuel phaseout – https://theconversation.com/the-end-of-oil-as-fuel-shocks-cascade-53-nations-gather-to-plan-a-fossil-fuel-phaseout-280263

From Fleabag to Vladimir: why has breaking the fourth wall become so common?

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Alex Munt, Associate Professor, Media Arts & Production, University of Technology Sydney

Netflix

In the opening moments of Vladimir, Netflix’s new erotic drama series, the protagonist M (Rachel Weisz) is sprawled on a couch in her negligee, writing in her notepad. She leans towards the camera, then stares into the lens to address you, the viewer, on your couch.

In film and television, this is called “breaking the fourth wall”. It is a ploy of metafiction: a kind of self-aware mode of storytelling.

The fourth wall is the invisible plane through which the camera observes the action. To break the fourth wall is to play with – or sever – audiences’ suspension of disbelief, and abandon the norms of screen narration.

The history of breaking the fourth wall is almost as long as the history of cinema itself. Edwin S. Porter’s film The Great Train Robbery ends with an outlaw firing his gun directly towards the camera. Back in 1903, audiences ducked for cover.

Nearly a century later, director Martin Scorsese paid homage to Porter in Goodfellas (1990) in a scene where Mobster Tommy DeVito (Jo Pesci) fires his gun directly at the screen. Here, the fourth wall break is used in an existential moment for Henry Hill (Ray Liotta) – rather than for pure shock.

In fact, the shock value of the technique has depleted over time, as audiences have become more media literate.

Making the invisible visible

The fourth wall breaks from early cinema fast disappeared with the industrialisation of the medium. The rise of the American studio system privileged some film techniques over others.

The “Classical Hollywood” style – think Casablanca (1942) – was built on a premise of invisibility, from the carefully directed eye-lines of actors, to “continuity” editing that stitched together different camera angles.

In Breathless (À bout de souffle, 1959) Jean-Luc Godard opted for jump-cuts and “direct address”. This is when a character speaks to, or looks directly at, the viewer.

Today, direct address is used widely across genres, from Barbie (2023), to Marvel’s Deadpool films (2016, 2018, 2024), and Jane Austen adaptations such as Persuasion (2022).

On television, we’ve seen women creators and characters explore the power of direct address in a re-calibration of the “male gaze”.

One example is Phoebe Waller-Bridges’ confessions to the camera in Fleabag (2016–19). Cinematographer Tony Miller notes how creative camera choices work in conjunction with direct address to make viewers “complicit in her [character’s] journey”.

The direct gaze

A fourth wall break is not always dialogue-driven. In Persona (1966) film auteur Ingmar Bergman directed his actors to stare deep into the abyss of the camera lens, delivering existential malaise.

This direct gaze has been remediated for streaming programs, including in the
intense close-up shots of Carmy (Jeremy Allen-White) in the final season of The Bear (2025), and knowing glances from the troubled Rue (Zendaya) in Euphoria (2019–26).

Fourth wall breaks can also be graphic. In Pulp Fiction, Mia Wallace (Uma Thurman) traces a square of light on the screen with her finger instead of calling Vincent Vega (John Travolta) a “square”.

And in Michael Haneke’s films Funny Games (1997, 2007) a home invader literally “rewinds” the story when a victim kills his accomplice. These kind of wall breaks call attention to the invisible membrane of the screen.

As filmmaker Mark Cousins attests in The Story of Film: An Odyssey, the medium has advanced over time through innovation and the recycling of techniques such as fourth wall breaks.

Is breaking the fourth wall back in vogue?

With the dominance of literary adaptations for the screen (and IP-driven screen stories in general) we’re likely to see more cases of direct address, as screenwriters seek to creatively refashion texts for the screen. Vladimir, for instance, is an adaptation of Julia May Jonas’ 2022 novel of the same name.

While breaking the fourth wall may have lost its shock value, it remains a bold storytelling device which, if done well, can set apart one screen production from another.

Actor Matt Damon recently pointed out how streamers such as Netflix are discussing the potential to reiterate “the plot three or four times in the dialogue” of a film, to account for people who scroll on their phone while listening to “background TV”.

Having a character speak directly to a distracted audience may be one way to return their gaze to the bigger screen.

Hyper-reality in unscripted TV

Breaking the fourth wall sits within a wider envelope of “metafictional” storytelling.

As screen culture becomes increasingly aware of its own machinery, unscripted genres such as reality TV are not merely breaking the fourth wall, but abandoning the conceit of separation entirely. The boundaries between cast, camera, story producers and audience have become increasingly porous.

Alex Baskin, executive producer of the long-running series Vanderpump Rules (2013–25), describes this as “hyperreality”. In the wake of Scandoval, the cheating scandal of Tom Sandoval, the reality TV cast started to intervene in the producers’ narrative arcs by speaking on camera about audience feedback, and providing meta commentary on their own “edits”.

When Ariana Madix (Sandoval’s ex) refused to film with him, it disrupted plans for a neat season finale based on his apology. Madix left the set, effectively ending the entire show. Fellow cast member Tom Schwartz called it a “plot twist”. Unsurprisingly, Scorsese is a fan of the show.

Meta and hyperreal storytelling will continue to be on the rise as screen creators seek to imbue a point-of-difference in a congested market – serving an ever-distracted audience.

The Conversation

Alex Munt does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. From Fleabag to Vladimir: why has breaking the fourth wall become so common? – https://theconversation.com/from-fleabag-to-vladimir-why-has-breaking-the-fourth-wall-become-so-common-280716

La mitad de una bolsa de patatas fritas es aire

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jorge E. Olmos Cornejo, Profesor de Ingeniería Agroindustrial, Universidad de Guadalajara

¿Qué secretos oculta una bolsa de patatas fritas? Bermix Studio / Unsplash. , CC BY-SA

Esa sensación de decepción al abrir una bolsa de patatas fritas y encontrarla a medias es una experiencia que une a consumidores de todo el mundo. Sin embargo, ese espacio vacío no es una estafa comercial, sino una precisa solución de ingeniería que garantiza que el producto llegue crujiente a su boca.

No es aire, es el “guardaespaldas” de su aperitivo

Aunque lo llamamos aire, las bolsas se inflan con nitrógeno. El aire común tiene mucho oxígeno y eso daña la comida, pues oxida las grasas de las patatas en pocos días.

El resultado de esa oxidación es un sabor rancio. Además, las patatas pierden su textura crujiente y se ablandan. Por eso, el nitrógeno, un gas inerte y que no reacciona con el alimento, es la solución perfecta. Su función principal no solo reside en desplazar al oxígeno, manteniendo el sabor original fresco durante meses, sino que también impide que crezcan microbios que necesitan aire para vivir.

El escudo invisible contra los golpes

Además de conservar el sabor, ese gas tiene una misión física vital: funciona como un cojín que protege el contenido durante el transporte. Las patatas fritas son extremadamente frágiles y se rompen con facilidad.

Piense en el viaje que realiza una bolsa, que pasa por camiones, almacenes, cajas y estantes de supermercado. Sin ese colchón de gas a presión, la bolsa se aplastaría, y en lugar de patatas enteras, usted recibiría un montón de migas y polvo.

Por eso, la bolsa suele verse tan inflada. No es para aparentar que hay más producto, sino para crear una cámara de seguridad. Ese espacio vacío permite que las bolsas se apilen sin que las patatas sufran daños.

Una bolsa de patatas posee delgadas capas superpuestas, cada una con una misión para proteger el contenido de la oxidación y la humedad.
Carmen Leticia Orozco López y Jorge Eduardo Olmos Cornejo.

Más que una simple bolsa de plástico

El envase también es una pieza clave de tecnología. No se trata de una bolsa de plástico común como las que usamos para la basura: en realidad, se trata de una estructura formada por varias capas delgadísimas.

Cada capa tiene una función específica. Mientras que una impide que entre la humedad del ambiente para que las patatas no se ablanden, otra bloquea la luz del sol, evitando que las grasas se degraden por la iluminación.

La capa metálica brillante que vemos al abrir la bolsa suele ser aluminio, material que actúa como una barrera total contra el exterior. Gracias a esta ingeniería de materiales, el “guardaespaldas” de nitrógeno puede cumplir su misión durante meses.

Aprenda a leer la etiqueta: el peso es lo que cuenta

Es importante que el consumidor no se sienta engañado por el tamaño del envase. La ley obliga a los fabricantes a indicar claramente el contenido neto en la bolsa, un dato que representa el peso real del alimento que usted va a consumir.

El volumen extra de gas es un servicio de protección; no influye en el precio final del producto, que se calcula por gramos. Por eso, dos bolsas de diferentes marcas pueden parecer de distinto tamaño pero contener la misma cantidad.

Así que la próxima vez que vaya al supermercado, compare el peso neto de los envases. Verá que la cantidad de producto suele ser justa con lo que marca la etiqueta. El “aire” que tanto nos molesta es solo ingeniería trabajando para nosotros.

El peso de una bolsa de patatas –y no su tamaño– es lo que debemos mirar para saber qué cantidad de producto estamos comprando.
Carmen Leticia Orozco López y Jorge Eduardo Olmos Cornejo.

El misterio de las bolsas que “explotan” en el avión

Quizás haya notado algo extraño al viajar en avión o al subir a una montaña con una bolsa de patatas: el envase parece estar a punto de reventar. Este fenómeno es una prueba física de la presión del gas en su interior.

A gran altura, la presión del aire exterior disminuye, mientras que la presión del nitrógeno dentro de la bolsa se mantiene igual. Esto hace que el envase se infle todavía más, como si fuera un globo.

Los ingenieros agroindustriales deben prever estos cambios de presión durante el diseño. Si la bolsa no fuera lo suficientemente resistente, se abriría durante el transporte en zonas altas. Es otra capa de ciencia invisible que garantiza que su snack llegue intacto.

El reto de reciclar un sándwich de materiales

Tanta tecnología tiene un precio para el medio ambiente. Como hemos visto, estas bolsas no son de un solo material, sino que conforman un sándwich de diferentes capas de plásticos y metales unidas entre sí.

Esta estructura multicapa dificulta mucho su reciclaje. Al estar los materiales tan pegados, las plantas de tratamiento comunes no pueden separarlos fácilmente.

Por eso, el siguiente gran reto de la ingeniería agroindustrial es diseñar envases más sostenibles. Se está trabajando en materiales que protejan igual de bien, pero que sean biodegradables o más sencillos de reciclar. Por otro lado, como consumidores, nuestra tarea es depositar siempre estos envases en el contenedor amarillo para fomentar su correcto tratamiento.

Ciencia invisible en su despensa

Como ingenieros, nuestro trabajo es garantizar que los alimentos no solo sean seguros, sino que mantengan su calidad desde la fábrica hasta su mesa. La agroindustria utiliza estas herramientas invisibles para que un producto tan frágil pueda disfrutarse en cualquier lugar y momento.

Así, detrás de cada bocado crujiente hay años de investigación en química de gases, física de materiales y logística industrial.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. La mitad de una bolsa de patatas fritas es aire – https://theconversation.com/la-mitad-de-una-bolsa-de-patatas-fritas-es-aire-279994

Siete razones por las que la geología es imprescindible en la transición energética

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana María Alonso-Zarza, Catedrática de Petrología y Geoquímica. Facultad de CC. Geológicas, Universidad Complutense de Madrid

Sin el conocimiento geológico, ni la tecnología que usamos a diario, ni las energías renovables ni los materiales de construcción serían posibles. Newsshooterguy/Shutterstock

“¿Qué han hecho los romanos por nosotros?”, la célebre pregunta irónica de la película La vida de Brian evoca la obra pública clásica: carreteras, acueductos y cimentaciones que sostuvieron imperios. De la misma manera, con motivo del Día Mundial de la Tierra, celebrado el 22 de abril, podemos preguntarnos: ¿qué ha hecho la geología por nosotros? Y, de cara al futuro, ¿qué puede hacer?

El crecimiento de la población y el aumento del consumo están acercando a nuestra especie a los límites planetarios de sostenibilidad: mayor demanda de agua, energía y materias primas, junto a emisiones de gases de efecto invernadero que aceleran el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

Todo ello obliga a una transición energética justa en la que la geología tiene mucho que decir. No se trata solo de una ciencia básica, sino que aporta el conocimiento imprescindible para conocer y gestionar los recursos de forma sostenible, anticipar y mitigar riesgos y diseñar políticas de descarbonización eficaces para que nuestra especie tenga un futuro sostenible en nuestro planeta.

Son muchas las razones por las que la geología es una ciencia imprescindible para la transición ecológica, pero estas son algunas de las más significativas.

1. Mapas geológicos para conocer el subsuelo

Los mapas geológicos son la radiografía del subsuelo: muestran la disposición de las rocas y las estructuras y los recursos geológicos, entre otros. Es una herramienta para la investigación de recursos minerales y del agua y permite decidir dónde y cómo ubicar infraestructuras o minimizar los riesgos naturales.

2. Agua subterránea: el recurso que condiciona todo

Los recursos hídricos no solo son los ríos, lagos o casquetes de hielo. Bajo la superficie terrestre, los acuíferos (agua subterránea) alimentan ciudades, cultivos, industrias, ecosistemas, etc.

La geología identifica dónde están los acuíferos, cómo se recargan y qué volúmenes son sostenibles, y permite diseñar medidas de protección y recarga artificial.




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3. Extracción de minerales y materias primas

El teléfono móvil puede contener hasta unas cincuenta materias primas distintas. Sin el conocimiento geológico, la tecnología que necesitamos a diario, las energías limpias o los materiales de construcción no serían posibles.

Sin embargo, hay una hipocresía ambiental evidente: se reclama energía renovable y tecnología avanzada, pero se rechaza la minería necesaria para obtener los minerales críticos por sus impactos. Superar esa paradoja pasa por reconocer nuestra dependencia de esos recursos y exigir, al mismo tiempo, prácticas extractivas sostenibles, transparentes y socialmente responsables.




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Una enorme mina a cielo abierto
Chuquicamata (Chile) es una de las minas a cielo abierto más grandes del mundo. En ella se extrae cobre, oro y molibdeno.
Diego Delso/Wikimedia Commons, CC BY-SA

4. Obtención, almacenamiento y recuperación de energía

Son muchos los aspectos en los que la geología contribuye al abastecimiento seguro y sostenible de energía. Nos referiremos a tres de ellos.

Los combustibles fósiles siguen suministrando una parte importante de la energía global. Su explotación sostenible exige experiencia geológica para caracterizar y modelizar yacimientos, estimar su vida útil y diseñar métodos de extracción que minimicen impactos.

La energía geotérmica aprovecha el calor interno de la Tierra y es inagotable. Incluye desde soluciones de baja entalpía (bombas de calor y climatización eficiente mediante el subsuelo somero) hasta recursos de alta entalpía para generación eléctrica en zonas geológicamente activas.

Los conocimientos geológicos son la salvaguarda de cualquier proyecto de almacenamiento subterráneo de hidrógeno, gas natural o CO₂. Estos almacenes son seguros si las características geológicas son adecuadas.




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5. El potencial del geoturismo

La geodiversidad (rocas, minerales, fósiles, suelos y formas del relieve) es el archivo de la historia de la Tierra y una fuente clave de información para anticipar cambios ambientales y gestionar recursos.

Programas como los Geoparques Mundiales de la UNESCO demuestran que el patrimonio geológico es un motor local de desarrollo: actúan como aulas vivas donde las comunidades vinculan su economía al territorio mediante geoturismo, rutas educativas y productos locales, revitalizando zonas rurales.




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6. Anticipar y mitigar riesgos en desastres naturales

Los peligros naturales (terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, deslizamientos, subsidencia, oleajes extremos y otros fenómenos impulsados por el clima) forman parte de la dinámica terrestre y pueden causar daños severos cuando afectan a ciudades e infraestructuras. Ya lo vimos con la dana valenciana en 2024, entre otros desastres.

La geología ofrece la base científica para comprender estos procesos, anticipar sus impactos y mitigar los riesgos: combinando conocimiento geológico profundo con tecnologías avanzadas se pueden diseñar medidas de prevención y planificación territorial que hacen a las comunidades más seguras y resilientes.

7. Planificación territorial informada

Una planificación del territorio que incorpora el conocimiento del subsuelo optimiza líneas de transporte, abastecimiento de aguas, ubicación de viviendas e infraestructuras; compatibiliza usos productivos y de conservación y contribuye a mitigar los riesgos.

¿Por qué todo esto importa ahora?

La geología, a menudo invisible en las decisiones políticas y de planificación, está en todas partes: condiciona el terreno donde construimos, el agua que bebemos y los riesgos que nos pueden afectar.

El conocimiento geológico es un bien público esencial para la toma de decisiones informadas y el desarrollo sostenible. La diferencia es decisiva: sin geología, el desarrollo se asienta sobre terreno frágil. Con ella, se construye resiliencia, equidad y un futuro sostenible.

En definitiva, solo conociendo nuestro planeta podremos conseguir que las consecuencias de nuestro sistema de vida sean los mínimos y que la Tierra siga siendo habitable para nuestra especie.

The Conversation

Ana María Alonso-Zarza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Siete razones por las que la geología es imprescindible en la transición energética – https://theconversation.com/siete-razones-por-las-que-la-geologia-es-imprescindible-en-la-transicion-energetica-280925

La comida no es (solo) alimento, es cultura

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ignacio de Tomás Lombardía, Profesor de Nutrición, Universidad Francisco de Vitoria

El all i pebre está profundamente asociado a la cultura de la Comunidad Valenciana, sobre todo a la zona de la Albufera, donde tiene un vínculo muy fuerte con la tradición. Es un plato que se disfruta en familia los fines de semana y muchos restaurantes de la zona lo incluyen entre las especialidades de la casa. Tradicionalmente, eran los propios pescadores quienes lo preparaban con la anguila fresca que acababan de capturar, y así ha ido pasando generación tras generación.

La reciente propuesta de la posible prohibición de la pesca de anguilas y angulas en la Comunidad Valenciana ha generado un intenso debate que trasciende el ámbito medioambiental. Este escenario plantea un dilema complejo donde las recomendaciones de los organismos científicos, orientadas a la protección de la especie, entran en conflicto con la preservación de la tradición gastronómica local.




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Ante esta situación, tanto las autoridades como la sociedad se enfrentan al reto de encontrar fórmulas que garanticen la sostenibilidad sin desatender los vínculos históricos y sociales que estos recursos representan para el patrimonio cultural.

El mundo en el que comemos

La trayectoria de la humanidad está intrínsecamente ligada a la evolución de su alimentación. Este proceso, que comenzó con la recolección de recursos básicos y se transformó gracias al dominio del fuego y las herramientas, fue determinante en nuestro desarrollo social y biológico. A través de esta evolución, el acto de comer dejó de ser una necesidad estrictamente biológica para convertirse en una manifestación cultural compleja.

Dibujo de dos mujeres cenando juntas y compartiendo plato.
Dos mujeres de la etnia Meitei (noreste de la India) cenando juntas y compartiendo plato.
Hantre Hunpham Manipur Lamkoi Wari

En este contexto, el debate sobre la pesca de la anguila no es solo una cuestión de gestión ambiental, sino que también invita a reflexionar sobre la continuidad de ciertos referentes culinarios. Si la gastronomía es uno de los elementos que configuran nuestra identidad, la posible desaparición de platos como el all i pebre valenciano representaría una transformación en el patrimonio compartido que ayuda a definir a una comunidad.

Esta evolución no es solo un fenómeno biológico o nutricional, sino una profunda expresión social moldeada por un conjunto de conocimientos, creencias y ritos que el ser humano adquiere como miembro de una comunidad. Como bien afirmaba el jurista y crítico gastronómico francés del siglo XVIII Jean Anthelme Brillat-Savarin: “Dime lo que comes, y te diré quién eres”.

En esta misma línea, la historiadora Almudena Villegas señala que la gastronomía es, en esencia, la cultura del comer. Advierte así que cuando perdemos un producto o una técnica culinaria estamos perdiendo una parte de nuestra propia historia.

Esta sentencia cobra hoy más vigencia que nunca, pues los alimentos que elegimos del entorno, la forma en que los transformamos y los códigos que gobiernan la mesa funcionan como un espejo de la sociedad en la que vivimos. La alimentación, por tanto, arroja luz sobre nuestra historia y nuestras prioridades colectivas.

El mundo en el que vivimos

Sin embargo, en un mundo cada vez más interconectado, nos enfrentamos al desafío de la globalización alimentaria. Si observamos la diversidad que existe entre lo que consumen familias de diferentes rincones del planeta, como se documentaba en el libro Hungry Planet, la comida es uno de los últimos reductos de la identidad cultural. Por ello, la pérdida de un producto local o de una receta tradicional no debe verse únicamente como un cambio de dieta, sino como una amenaza a la subsistencia de la diversidad cultural.

Este dilema no es exclusivo de las tierras valencianas. En Galicia, el debate sobre la sostenibilidad del pulpo y la implementación de vedas genera una tensión constante entre el motor económico-turístico y la supervivencia del recurso. Del mismo modo, el mundo observó con preocupación cómo la presión sobre el atún rojo obligó a imponer cuotas drásticas que cambiaron para siempre nuestra forma de consumir este alimento.

Gente cortando pulpos después de haberlos cocido para preparar pulpo a la gallega.
En Galicia el pulpo no es solo un alimento, sino parte de su cultura.
Octavian Rosca/Shutterstock

La sobreexplotación de la angula y la presión sobre la anguila adulta exigen medidas urgentes para evitar su extinción. Sin embargo, aunque es el punto que más fácilmente se puede regular, el foco no debe caer únicamente en el consumo del producto. Es imperativo que las políticas de conservación también aborden los problemas estructurales que asfixian a la especie: la contaminación de las aguas –que degrada los ecosistemas donde desovan y crecen–, la fragmentación de sus hábitats –que impide su ciclo migratorio vital– y el mercado negro –que elude cualquier control de sostenibilidad–.

El mundo que cambia

Por otro lado, no debemos olvidar que la gastronomía no es un dogma inmutable, sino un proceso dinámico que fluye y se moldea según las circunstancias políticas, climáticas y sociales de cada época. La resiliencia de nuestra cultura culinaria se encuentra, precisamente, en su capacidad de adaptación.

En el caso del all i pebre, es vital entender que la esencia del plato, como su propio nombre indica, reside en el equilibrio entre el ajo y el pimentón, que dan el sabor a la salsa. Ante la escasez de anguila, la receta puede variar utilizando otros pescados blancos de textura similar que respeten el guiso y mantengan en el recetario tradicional valenciano, como son el rape o la raya.

Un plato de _all i pebre_ típico de la Albufera valenciana que se cocina con anguila.
El all i pebre puede sobrevivir incluso sin anguila.
Fernando Sanchez Cortes/Shutterstock

Paralelamente, el consumo de la angula debe ser objeto de una profunda reflexión ética. En un contexto de vulnerabilidad extrema para la especie, su degustación ha pasado de ser una costumbre popular a un artículo de lujo insostenible. Por ello, cada vez más cocineros y referentes del sector se están movilizando, liderando una renuncia consciente a su venta y consumo. Esta “resistencia gastronómica” no busca borrar el pasado, sino transformar el presente para asegurar que el futuro de nuestros ríos no sea solo un recuerdo en un libro de recetas.

Podemos concluir diciendo que, antes de sacrificar un símbolo de nuestra identidad, debemos garantizar que el entorno natural sea capaz de mantener la vida. Solo mediante un equilibrio real entre la sostenibilidad biológica y la protección del patrimonio alimentario podremos asegurar que las futuras generaciones sigan sabiendo quiénes son a través de lo que comparten en la mesa.


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The Conversation

Ignacio de Tomás Lombardía no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La comida no es (solo) alimento, es cultura – https://theconversation.com/la-comida-no-es-solo-alimento-es-cultura-278751

Pequeños cambios para recuperar el pensamiento profundo en la universidad

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel de Haro García, Profesor titular, Organización de Empresas (RR.HH. y Comportamiento Organizacional), Universidad Miguel Hernández

Paolo Bona/Shutterstock

“Los estudiantes no atienden”, “usan ChatGPT para todo”… son comentarios y percepciones que se comparten en círculos universitarios. Pero ¿podemos transformar esas sensaciones en algo medible y, sobre todo, en herramientas útiles para el docente?

En nuestro proyecto reciente de formación del profesorado (con 15 docentes de Ingeniería, Derecho, Psicología, Periodismo, Enfermería y Botánica) intentamos precisamente eso: practicar intervenciones mínimas pero eficaces para aumentar la atención en aulas digitalmente saturadas.

Trabajamos con ellos pequeños cambios que ayuden a los estudiantes aumenten a concentrarse y evitar las interrupciones constantes de sus dispositivos, en torno a dos ejes: reducir pantallas en momentos críticos y rediseñar la inteligencia artificial para activar pensamiento crítico. Los resultados están pendientes de publicación, pero la experiencia de prueba ya muestra alta adopción docente y cambios observables en el aula.

Es algo que se está haciendo también en otras universidades para recuperar una competencia hoy más frágil de lo que parece: el pensamiento profundo.

La atención como recurso transaccionable

La economía de la atención “secuestra” nuestro tiempo mental con notificaciones constantes, recompensas instantáneas y contenidos personalizados diseñados para enganchar.

Al estar optimizado para interrumpir, el entorno digital lleva a nuestras mentes en dirección contraria a nuestras necesidades cognitivas en la universidad: concentración sostenida, lectura profunda y tolerancia al esfuerzo.

En un aula con portátiles –o incluso con el smartphone cerca, aunque no se use– la atención puede resentirse: la multitarea con el ordenador perjudica el aprendizaje en clase y la mera presencia del teléfono reduce parte de la capacidad cognitiva disponible. La distracción digital en educación no es anecdótica, sino estructural.


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Enfoque profundo y superficial

En la década de 1970, los investigadores suecos F. Marton y R. Säljö identificaron dos formas distintas de abordar el aprendizaje:

  • El enfoque profundo se caracteriza por buscar el significado personal de la materia, relacionar ideas nuevas con conocimientos previos y examinar la lógica interna de los argumentos.

  • El enfoque superficial se activa cuando el estudiante percibe la tarea como una imposición externa y recurre a la memorización mecánica de datos aislados para cumplir requisitos mínimos. En el contexto actual, el enfoque profundo está sufriendo.

En un entorno de distracción crónica, muchos estudiantes dejan de sufrir interrupciones puntuales y empiezan a reconfigurar su modo habitual de estudiar: de comprender, integrar y relacionar pasan a “cumplir”, memorizar lo mínimo y pasar pantalla.




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Perfiles de riesgo

No ocurre a todos los estudiantes por igual: si miramos solo promedios, no veremos los perfiles en riesgo: aquellos alumnos y alumnas que combinan estrategias de aprendizaje según la presión del momento y que no siempre son capaces de acceder al enfoque profundo.

Podríamos decir que estos estudiantes están aprendiendo “en modo supervivencia”, viéndose empujados a un aprendizaje rápido, eficiente y peligrosamente frágil. El daño no aparece “de golpe” en el examen: se produce antes, en cosas muy concretas como la calidad de los apuntes y la elaboración de las ideas durante la clase.

Trabajar en pantalla

La superficialidad aquí no es falta de inteligencia, sino de condiciones para elaborar: se pierden ideas clave, se conectan menos conceptos y se comprueba menos si se ha entendido. No solo hay más distracción fuera; también menos capacidad para resistirla.

Este patrón se vuelve especialmente problemático en la lectura académica. Los metaanálisis sobre comprensión lectora han encontrado, en promedio, cierta ventaja del papel frente a la pantalla, porque la versión digital hace más fácil dispersarse (interrupciones, navegación, lectura en modo escaneo) y vuelve más frecuente sobreestimar la comprensión, calibrando peor lo que realmente se ha entendido.




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Intervenciones basadas en evidencia

¿Qué puede hacer la universidad ante este problema? La evidencia apunta a varias estrategias complementarias:

  1. Estructurar el uso académico de dispositivos: definir cuándo aportan valor (búsqueda, simulación, actividad guiada) y cuándo estorban (explicación, debate, lectura), con reglas claras de aula.

  2. Entrenamiento en aprendizaje autorregulado: enseñar (y practicar) cómo planificar el estudio, sostener la atención y resistir distracciones. Puede integrarse en asignaturas u ofrecerse como talleres, y ya existen programas universitarios específicos con rutinas entrenables y evaluables.

  3. Entrenamiento atencional con mindfulness o atención plena: se consiguen mejoras en memoria de trabajo y menor divagación mental, lo que puede ayudar a volver al foco cuando el entorno empuja a salir de él

  4. Fricción por diseño: pequeños obstáculos que hacen menos automático distraerse y más fácil seguir la tarea. Por ejemplo, dejar el móvil fuera de alcance, activar la función “No molestar” y programar bloqueos temporales para evitar cambios de pestaña o redes durante 25 minutos.

Un paquete coherente, no acciones sueltas

No hay una medida mágica: la distracción digital varía según contexto y lo eficaz suele ser un paquete coherente de diseño de aula, tareas y cultura, más entrenamiento de competencias. En la práctica, funciona mejor una intervención híbrida: reducir distractores en momentos críticos, estructurar la tecnología cuando aporte valor y entrenar atención/autorregulación para sostener pensamiento profundo.

La economía de la atención no se vence con un cartel: se gestiona con diseño y con habilidades que permitan al estudiante pensar largo, leer profundo y argumentar con rigor.

The Conversation

José Manuel de Haro García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Pequeños cambios para recuperar el pensamiento profundo en la universidad – https://theconversation.com/pequenos-cambios-para-recuperar-el-pensamiento-profundo-en-la-universidad-275584