Un nuevo dinosaurio británico de garras largas es el primero de su especie en Europa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Charlie Scherer, PhD Candidate in Earth Sciences, UCL

El cráneo fosilizado de una nueva especie de misterioso dinosaurio carnívoro procedente de la Isla de Wight ha sido redescubierto en las colecciones del Museo de Historia Natural de Londres, tras pasar más de 100 años almacenado.

A lo largo de sus casi 150 años de historia, este centro museístico ha acogido más de 30 millones de especímenes, lo que hace que sea bastante fácil pasar por alto algún que otro fósil o roca aquí y allá. Esto es, casi con toda seguridad, lo que le ocurrió al único fósil conocido del dinosaurio más reciente del Reino Unido, un terópodo carnívoro bípedo (la familia de dinosaurios que incluye a las aves) al que hemos bautizado como Invictibellatrix amberina en un nuevo estudio.

En 2020, Paul Barrett, uno de los paleontólogos del museo, revisó las colecciones de fósiles y se topó con un pequeño trozo de hueso que reconoció como una parte importante del cráneo de un dinosaurio: la caja craneal. Tras revisar los registros del museo, se dio cuenta de que la caja craneal se había encontrado en una playa cerca de Sudmoor Point, en la Isla de Wight, situada frente a la costa sur de Inglaterra conocida por sus fósiles de dinosaurios de fama mundial.

Sabiendo que procedía de la Isla de Wight, Barrett recurrió a uno de los que firmamos este artículo (Cassius Morrison), que era estudiante de doctorado especializado en cajas craneales de dinosaurios en aquel momento, para que estudiara el fósil en detalle e intentara averiguar a qué dinosaurio pertenecía.

Un fósil que no se parecía nada al resto

Este trabajo demostró que el fósil, de unos 120 millones de años de antigüedad, no se parecía a nada de lo hallado anteriormente en la isla y pertenecía a una nueva especie de una misteriosa familia de carnívoros: los Megaraptora.

Los megarraptores son conocidos por sus cráneos esbeltos, sus esqueletos de complexión ligera y sus gigantescas garras en las manos. Algunas de las especies más grandes tienen garras de más de 30 centímetros de largo. Estos feroces depredadores se encuentran en todo el mundo, aunque la mayoría de las especies conocidas proceden de Sudamérica, en particular de Argentina.

Nuestra nueva especie británica, Invictibellatrix amberina, se situaba en el extremo más pequeño de los megarraptores, con unos 5 metros de longitud de la cabeza a la cola y un peso similar al de un tigre grande, lo que la convierte en el megarraptor más pequeño conocido.

Para estudiar la nueva especie, la comparamos directamente con los cráneos de otros carnívoros. Esto planteaba una versión científica del juego “encuentra las diferencias” para identificar las sutiles distinciones entre especies para determinar a qué nos enfrentábamos.

También utilizamos la tomografía computarizada (TC), que combina rayos X y procesamiento informático para crear imágenes detalladas, con el fin de examinar el interior de la cavidad craneal del Invictibellatrix y estudiar todo lo que pudiéramos de su cerebro. Introducir todos estos hallazgos en un algoritmo informático para determinar dónde se sitúa nuestra especie en el árbol filogenético nos ayudó a evitar sesgos en nuestras interpretaciones.

Nuestro trabajo sugiere que la nueva especie probablemente formaba parte de las primeras etapas de la evolución de los megarraptores, representando el aspecto que tenían estos animales antes de alcanzar tamaños gigantescos, similares a los de sus parientes, los tiranosaurios.

Invictibellatrix y su lugar en el árbol genealógico de los terópodos revisten especial importancia, ya que ahora comprendemos mejor cuándo y cómo se extendieron los megaraptoranos por todo el mundo. Antes del descubrimiento de Invictibellatrix, solo se conocían megarraptores a partir de especies del Cretácico Temprano (hace 130-120 millones de años) de Tailandia y Japón, además de múltiples especies de mayor tamaño del Cretácico Tardío (hace 85–66 millones de años) de Australia y Argentina.

El guerrero del ámbar

Las grandes distancias entre estos hallazgos indican que los megarraptores debieron de ser aún más comunes de lo que sugieren sus fósiles, ya que es imposible que animales de gran tamaño como estos pudieran cruzar a nado los océanos que separaban estos continentes durante el período Cretácico.

Como primer megarraptor europeo, el Invictibellatrix nos proporciona pruebas sólidas de que el grupo probablemente viajó a los continentes meridionales desde Asia, pasando por Europa y África. Posteriormente, es probable que se extendieran por Sudamérica y Australia en algún momento durante —o quizás incluso antes— del Cretácico Temprano. El fósil también sugiere que otros megarraptores podrían estar esperando a ser descubiertos en África e incluso en la Antártida.

Probablemente, el Invictibellatrix convivió con otros carnívoros como el Neovenator (un pariente del Allosaurus), el Ceratosuchops (un pariente del Spinosaurus) y el Eotyrannus, que, como su nombre indica, era un antepasado del Tyrannosaurus rex. Probablemente, estos cuatro dinosaurios se alimentaban de animales diferentes entre sí para sobrevivir. El espinosaurio se especializó en alimentarse de peces, mientras que los demás comían más bien de presas terrestres. El Invictibellatrix probablemente se alimentaba de pequeños dinosaurios, mamíferos, lagartos e incluso cocodrilos.

La historia de los megarraptores parece seguir el patrón de la mayoría de los éxitos de la naturaleza. Un pequeño oportunista que vivía a la sombra de animales mucho más grandes en todo el mundo, hasta convertirse en la fuerza dominante en unos pocos ecosistemas selectos hasta el final de la era de los dinosaurios.

Es esta historia la que dio nombre a la Invictibellatrix amberina, en homenaje al papel de los megarraptores como depredadores ápice en el Cretácico tardío de Sudamérica. Su nombre se traduce como “guerrera [hembra] invicta del ámbar”.

Aunque proporciona pistas interesantes, Invictibellatrix no nos lo cuenta todo. Los científicos aún no están seguros de cuándo evolucionaron por primera vez los megarraptores.

Queda mucho por descubrir sobre los dinosaurios. A veces, sus secretos no están enterrados, sino escondidos en las colecciones de los museos, esperando a que alguien venga y los examine más de cerca.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Un nuevo dinosaurio británico de garras largas es el primero de su especie en Europa – https://theconversation.com/un-nuevo-dinosaurio-britanico-de-garras-largas-es-el-primero-de-su-especie-en-europa-295527

¿Está la IA volviéndonos menos inteligentes? Diferencias entre atención, memoria y cociente intelectual

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángel Romero Martínez, Profesor Titular de Psicobiología, Universitat de València

leolintang/Shutterstock

Tener en la palma de la mano una herramienta que puede responder a cualquier duda o pregunta de manera lógica y rapidísima (aunque no siempre correcta), y usarla a menudo, ¿cambia nuestra capacidad de pensar y razonar de manera independiente?

Esta duda es especialmente preocupante en el caso de los niños y los jóvenes que aprenden hoy en escuelas y universidades, ya que cuentan con acceso a herramientas de inteligencia artificial generativa cada vez más sofisticadas y potentes.

¿Está la inteligencia artificial generativa “atrofiando” el cerebro de las nuevas generaciones y haciéndolas menos inteligentes? Para responder a ello de forma rigurosa, analizaremos en detalle algunos conceptos clave de la psicología y la neurociencia.

¿Qué es la inteligencia?

La inteligencia es la capacidad global para procesar información, resolver problemas novedosos, razonar, planificar y adaptarnos flexiblemente a un entorno en constante cambio. Desde el punto de vista de la psicología –y, más en concreto, de la psicometría–, la inteligencia se ha estimado en términos del “cociente intelectual”.

Se ha demostrado que el cociente intelectual afecta en ámbitos clínicos, educativos y profesionales. Además, es relativamente estable a lo largo de la vida. El uso de pruebas específicas permite diferenciar la inteligencia verbal (uso y la comprensión del lenguaje) de la no verbal (razonamiento abstracto y las habilidades de resolución de problemas).

¿Ha evolucionado a lo largo de la historia?

A lo largo del siglo XX, específicamente si se comparan las primeras décadas frente a las últimas de ese siglo, las puntuaciones promedio en los test de cociente intelectual aumentaron generación tras generación. Esto se denominó “efecto Flynn”.




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Teniendo en cuenta que la arquitectura biológica de nuestro cerebro no ha cambiado de forma sustancial en los últimos milenios y que los cambios genéticos que se han registrado no implican un cambio cerebral drástico, podemos concluir que las bases neuronales que sustentan nuestra capacidad cognitiva siguen siendo esencialmente las mismas.

En otras palabras: es posible inferir que si un bebé de la Edad de Piedra fuera criado hoy, desarrollaría las mismas capacidades intelectuales que cualquiera de nosotros.

Por lo tanto, los cambios registrados en el cociente intelectual deberían responder a las mejoras en la nutrición, el acceso a la escolarización, la mejora de la salud pública e incluso la familiarización con esa clase de pruebas.

¿Vamos a menos?

Curiosamente, en las últimas décadas se ha observado lo que algunos autores denominan un efecto Flynn inverso en determinados países desarrollados. Este retroceso no puede deberse a que nuestra especie haya experimentado ni una progresión ni una regresión genética o biológica. De hecho, se ha argumentado que los principales responsables de esos cambios son los factores ambientales: transformaciones en la educación –tanto en el ambiente familiar como en el propio sistema educativo– o la exposición a las nuevas tecnologías.

Por ejemplo, este fenómeno podría explicarse por la menor demanda de procesos cognitivos profundos –como la memoria de trabajo y la atención sostenida– en favor de una hiperestimulación caracterizada por la brevedad y la multitarea.

Cerebros maleables

Nuestros cerebros, y el sistema nervioso central sobre el que se sustenta su actividad, son “plásticos”; es decir, tienen la capacidad de modificar su estructura física y sus conexiones internas a lo largo de toda la vida por la experiencia.

Esta neuroplasticidad favorece que el ambiente –esto es, todo aquello que nos rodea y nos sucede: lo que leemos, las habilidades que practicamos, entre otros factores– promueva el aprendizaje. Sin embargo, no se altera la base genética ni la estructura biológica heredada, que marcan los límites del cerebro.




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Tenemos ejemplos de ello en los clásicos estudios sobre los cambios en el hipocampo de los taxistas de Londres o en el cerebro de los músicos profesionales a lo largo de su trayectoria.

Entonces, ¿pueden estímulos ambientales –como el uso de herramientas de IA– modificar el cerebro o, más en concreto, los procesos cognitivos de las últimas generaciones?

¿Qué es lo que puede haber cambiado?

Respecto a qué es lo que sí puede ir a peor ante el uso acrítico de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial generativa, debemos centrarnos en la memoria, la atención y el pensamiento crítico, pero no necesariamente en el cociente intelectual o la inteligencia general.

Para evaluar cambios en el cociente intelectual tendríamos que acumular evidencias a lo largo de varias generaciones, y las nuevas herramientas de IA llevan demasiado poco tiempo entre nosotros. Por el contrario, los procesos cognitivos señalados resultan más sencillos de evaluar.

Menos redes complejas

Dado que estas herramientas generativas aceleran la síntesis de grandes cantidades de información, cuando las usamos por sistema estamos dejando de crear las redes cerebrales complejas que nos permiten precisamente ese esfuerzo de codificación y recuperación de la información.

Si los estudiantes delegan sistemáticamente en estas herramientas digitales, minusvalorando los procesos de memorización, el cerebro carecerá de la materia prima indispensable para generar redes complejas: en otras palabras, para poder pensar hace falta tener contenido sobre el que pensar; si no almacenamos nada, no tenemos con qué razonar. Al consumir respuestas automatizadas y listas para usar, se fomenta una actitud de aceptación pasiva.

Estimulación y atención

De la misma forma, la exposición repetida a un exceso de estimulación audiovisual podría debilitar los procesos de atención, específicamente, la atención sostenida o la vigilancia. El pensamiento crítico requiere contrastar evidencias y detectar sesgos o errores, lo cual exige ejercitar la memoria y sostener la atención. Si privamos al cerebro de este entrenamiento, no se formarán las redes neuronales complejas que garantizan su existencia.

Bajo la falsa premisa de que la información está siempre disponible, dejamos de intentar retenerla. En el caso de los estudiantes, los conocimientos y contenidos académicos son la materia prima indispensable para que puedan desarrollar el pensamiento crítico. En este sentido, usar la inteligencia artificial generativa sí es un factor que puede empeorar desempeño académico y capacidad crítica si no revalorizamos el entrenamiento cognitivo de base.

The Conversation

Ángel Romero Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Elecciones de medio mandato en EE. UU.: ¿castigarán los votantes a Trump por saltarse las normas democráticas?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ana Sofía Cardenal Izquierdo, Profesora de Ciencia Política, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Phil Mistry/Shutterstock

El próximo 3 de noviembre se celebran en Estados Unidos las elecciones de medio mandato. Se renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, y de su resultado depende que los republicanos conserven la mayoría en ambas cámaras.

Esa mayoría ha dado a Trump un amplio margen de maniobra para aprobar nombramientos y medidas muy controvertidas. Es una concentración de poder que podría perder tras el 3 de noviembre.

Las elecciones plantean tres preguntas: 1) ¿Perderán los republicanos la mayoría? 2) Si la pierden, ¿debería interpretarse el resultado como un castigo a Trump y, más concretamente, a sus transgresiones de las normas democráticas? 3) Y, por último, ¿qué cambiaría entonces en los dos años de mandato que le quedan?

¿Perderán los republicanos la mayoría?

Los pronósticos coinciden en que es muy probable que los demócratas ganen la Cámara de Representantes, mientras que el Senado, donde los republicanos tienen hoy 53 de los 100 escaños, está mucho más reñido.

Los doce pronósticos publicados este mes por la revista PS: Political Science & Politics dan la Cámara a los demócratas, pero están divididos sobre el Senado. El modelo del estadístico Nate Silver concede a los demócratas un 93 % de probabilidades de ganar la Cámara y un 75 % de conseguir la mayoría en el Senado.

¿Un plebiscito sobre Trump?

Si los republicanos pierden, hay dos explicaciones que compiten con la lectura del resultado como un plebiscito contra Trump.

La primera es una regularidad: el partido del presidente casi siempre pierde escaños en las elecciones de medio mandato. Desde 1946 solo ha escapado a esa regla dos veces, en 1998 y 2002. En este sentido, una derrota republicana sería previsible. Esa pauta ya expresa un cierto castigo al presidente, pero no dice qué se castiga ni obliga a atribuirlo a las particularidades de Trump.

La segunda es que estas elecciones han estado tradicionalmente dominadas por dinámicas locales y estatales, con sus propios candidatos, temas y coaliciones, que no se dejan leer en clave nacional. Ambas explicaciones son compatibles: el partido del presidente suele perder, pero lo que se decide en cada distrito obedece a lógicas propias.

Sin embargo, la política estadounidense se ha transformado en los últimos años, sobre todo por la polarización. Esta ha elevado lo que está en juego en cada contienda, también en las de medio mandato, y ha ido de la mano de una creciente nacionalización del voto: cuanto mayor es la polarización, más pesa la identificación partidista y la política nacional en todas las contiendas, incluidas las locales.

Trump ha contribuido a esa polarización con un discurso que desacredita a las instituciones y a los árbitros neutrales y con medidas que transgreden normas democráticas. A ello se suma una presidencia muy personalista: en agosto, en un mitin en Carolina del Sur, Trump pidió a sus votantes que fueran a votar como si él estuviera en la papeleta.

Todo apunta, por tanto, a unas elecciones muy nacionalizadas. En una encuesta realizada en septiembre, el 69 % de los votantes registrados dice que el presidente será un factor en su voto: un 45 % votará en su contra y un 24 % a su favor.

Para siete de cada diez votantes, la elección se presenta en buena medida como un plebiscito sobre Trump. Para el 31 % restante pesarán otras consideraciones, probablemente el coste de la vida y sus condiciones materiales.

¿Un castigo a las transgresiones democráticas?

Para observadores y académicos, la pregunta más interesante es otra: ¿hasta qué punto podría interpretarse una derrota republicana como una sanción a las transgresiones de las normas democráticas? Una derrota sería compatible con esa lectura, pero también con un voto de castigo por la subida de los precios, los aranceles y el empeoramiento de las condiciones de vida.

La respuesta importa porque nos dice hasta qué punto los votantes pueden actuar como salvaguarda de la democracia: anteponiendo el respeto a las normas democráticas y castigando a quien las transgrede.

La evidencia disponible no invita al optimismo. Los votantes reconocen con facilidad las transgresiones del partido rival, pero mucho menos las del propio: el apoyo a medidas que erosionan las normas democráticas aumenta cuando gobierna el propio partido. Y aun cuando las reconocen, [muy pocos están dispuestos a castigar por ellas a un candidato de su partido]: un estudio estima que solo lo haría un 3,5% (https://doi.org/10.1017/S0003055420000052).

A esto se añade otro problema: cada bando culpa al otro del deterioro de la democracia. No es que la democracia no preocupe: el 73 % de los votantes dice que el futuro de la democracia será muy importante en su voto, entre ellos, el 69 % de los republicanos y el 85 % de los demócratas.

Pero unos y otros coinciden en que quien la amenaza es la otra parte. Un estudio reciente interpreta el retroceso democrático en sociedades tan polarizadas como la estadounidense como una especie de dilema del prisionero: si se cree que la otra parte está dispuesta a subvertir las reglas, subvertirlas se convierte en la mejor respuesta.

Tres mecanismos explicarían, pues, por qué a los votantes les cuesta coordinarse para castigar las transgresiones: no reconocerlas cuando las comete el propio partido; tolerarlas, porque peor sería que ganara el contrario; o temer que la otra parte las cometa primero. Con la evidencia disponible, es poco probable que una eventual derrota republicana pueda leerse como un ajuste de cuentas por el incumplimiento de las normas democráticas.

¿Qué cambiaría una derrota republicana?

Un Congreso demócrata no desharía las políticas ya aprobadas ni revertiría la agenda de Trump: el presidente conserva el veto, y superarlo exige dos tercios de ambas cámaras. Pero sí le pondría frenos.

El primero es legislativo y presupuestario: aprobar nuevas leyes sobre impuestos, inmigración o gasto exigiría negociar con la oposición, y lo mismo cada ley de financiación del Gobierno; el cierre del Gobierno de otoño de 2025, el más largo de la historia, da una idea de la conflictividad que cabe esperar.

El segundo es el control: con la mayoría en la Cámara, los demócratas presidirían las comisiones y podrían citar a altos cargos y exigir documentos. Podrían incluso iniciar un impeachment (un juicio político por causas graves), aunque la destitución requiere dos tercios del Senado y es muy improbable.

El tercero depende del Senado: si los demócratas lo ganan, podrían bloquear nombramientos de jueces y altos cargos, el terreno en el que la mayoría republicana más ha facilitado la concentración de poder.

Una derrota republicana, en suma, frenaría a Trump más que cambiar su rumbo, y ese freno importaría para la democracia aunque los votantes lo impusieran por otras razones. Pero que sirva además como sanción a sus transgresiones dependerá menos de los electores que de cómo lean el resultado los propios republicanos. Si lo interpretan como un castigo a esas transgresiones, tendrán incentivos para distanciarse de ellas. Si lo atribuyen a los precios, nada cambiará.

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Ana Sofía Cardenal Izquierdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Elecciones de medio mandato en EE. UU.: ¿castigarán los votantes a Trump por saltarse las normas democráticas? – https://theconversation.com/elecciones-de-medio-mandato-en-ee-uu-castigaran-los-votantes-a-trump-por-saltarse-las-normas-democraticas-295283

Las cuatro preguntas que debe hacerse Europa después de las elecciones de medio mandato estadounidenses

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Luis Manfredi, Professor International Studies & Journalism, Universidad de Castilla-La Mancha

Edificio del Capitolio, la sede del Congreso de Estados Unidos. Orhan Cam/Shutterstock

Este martes 3 de noviembre –como manda la tradición, el primer martes después del primer domingo del mes 11– los estadounidenses van a elegir a los 435 miembros de la Cámara de Representantes, y a 35 senadores y 36 gobernadores. Esta votación va a actuar como una suerte de plebiscito sobre Donald Trump y, sobre todo, como prueba de la resistencia del movimiento MAGA.

La historia no juega a favor del presidente: en 18 de las 20 elecciones de medio mandato celebradas desde 1946, los presidentes en el poder resultan perdedores. Esa noche, las noticias se centrarán en quién ha conseguido el control del Congreso. Para gobiernos, diplomáticos y empresas europeas, el análisis se centrará en cuatro cuestiones determinantes.

1. ¿Cuánto poder pasará del Capitolio a la Casa Blanca?

Un presidente que pierde el Congreso no deja de gobernar. Gobierna desde fuera, mediante órdenes ejecutivas, con los instrumentos políticos que ya tiene y trasladando los conflictos a los tribunales. Sin el apoyo de las Cámaras, el siguiente presidente electo podría revertir las decisiones al día siguiente de su toma de decisión. La historia se repite. Las medidas tomadas durante el bienio sin apoyos del presidente Obama (2014-2016) fueron luego desmanteladas por Trump. Apunten “21 de enero de 2029” como la prueba de fuego del trumpismo.

Así, hay que poner el foco en la cuestión esencial. No se trata de delimitar cuánto puede hacer la Casa Blanca en solitario, sino cuánto durarán las medidas que se aprueben sin concurso legislativo. La política comercial preocupa a los europeos: ¿qué compromisos de Washington descansan en el mandato del presidente y pueden deshacerse desde las cámaras?

2. ¿Se convertirá el coste de la vida en un límite para la política exterior?

La economía estadounidense crece, pero los votantes juzgan su éxito por lo que pagan, no por las cifras macroeconómicas o las exportaciones. La vivienda, la electricidad, la alimentación y los seguros médicos han subido más que los salarios. El galón de gasolina cuesta entre 4 y 6 dólares. En junio, el índice de popularidad de Trump se situaba en el 38,6 %, la aceptación más baja de su segundo mandato.

La política exterior alimenta directamente este malestar. La ofensiva contra Irán y la tensión en el estrecho de Ormuz encarecen la energía y empujan la inflación. En junio, el 58 % de los estadounidenses se oponía a la guerra. Entre los republicanos, la proporción que consideraba gravoso el precio de la gasolina pasó del 41 % en febrero al 50 % en mayo.

Una guerra sin proyecto, sin propuesta política y sin resultados ha resultado tóxica para las aspiraciones del presidente. Todavía cabe esperar alguna maniobra de impacto en Rusia o Irán para aminorar el impacto negativo de la guerra en la vida ordinaria de las personas. De igual modo, cuenten que algunos candidatos se distancien de la guerra en la semana decisiva antes del voto.

3. ¿Ruptura o vaciamiento lento de la relación transatlántica?

Una ruptura formal con Europa es improbable. Desde diciembre de 2023, la ley estadounidense exige el consentimiento del Senado o una ley del Congreso para abandonar la OTAN. Además, un Congreso demócrata reforzaría el consenso bipartidista a favor de la Alianza y de Ucrania.

Pero el Congreso no controla el despliegue de tropas ni el ritmo de la ayuda militar. El riesgo real es el vaciamiento: menos tropas en el flanco oriental, menos intercambio de inteligencia, retrasos en las entregas de material. Washington no cuestiona abiertamente el artículo 5 (que establece que la OTAN considera que un ataque armado contra un país miembro es un ataque contra toda la Alianza), pero lo condiciona al esfuerzo de cada aliado y a la compra de equipamiento estadounidense. El objetivo acordado en la cumbre de La Haya de 2025, el 5 % del PIB en 2035, se ha convertido en la vara de medir.

El comercio mantiene esa misma lógica. Tras la sentencia del Supremo estadounidense que invalidó la ley que imponía aranceles globales unilaterales, la presión se aplica ahora sector a sector: acero, aluminio, automóvil, semiconductores y farmacia. La Administración Trump considera, además, la Ley de Servicios Digitales y la Ley de Mercados Digitales de la UE como barreras comerciales. La sección 301 de su Ley de Comercio (1974) ofrece a EE. UU. un cauce para responder contra los intereses europeos. Bruselas cuenta con nuevos instrumentos para su respuesta comercial, pero está lejos una voluntad política para activarlos.

La pregunta para Europa es si puede convertir el gasto en defensa en capacidades reales y sus herramientas comerciales, en herramientas creíbles, antes de que Washington mueva ficha o que el desencantamiento de las relaciones transatlánticas sea irreversible.

4. ¿Con quién hay que hablar en Washington al día siguiente?

La carrera presidencial hacia 2028 empieza la misma noche electoral de medio mandato. Los demócratas no despiertan entusiasmo, pero cabalgan la ola de rechazo a Trump y preparan caras nuevas. El gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, es la apuesta segura; el senador por Georgia Jon Ossoff, la estrella emergente, y el gobernador de Maryland, Wes Moore, un candidato sólido y con experiencia. Kamala Harris ha recuperado protagonismo, incluso en las encuestas.

En el lado republicano, la pregunta es quién hereda el movimiento MAGA y quién empieza a distanciarse del presidente. Sus posiciones sobre comercio, alianzas y China anticipan la política exterior de 2029. Los gobiernos que solo hablan con la Casa Blanca corren el riesgo de quedarse fuera de juego, porque el apalancamiento sobre Trump puede agotarse en el medio plazo. Las potencias medias europeas necesitan canales con ambos partidos, con el Congreso y con los gobiernos estatales.

Una Europa predecible para un Washington imprevisible

Las elecciones de medio mandato no cambiarán el rumbo de la política exterior estadounidense. Cambiarán su método: más decisiones ejecutivas, más instrumentos sectoriales, más diplomacia personal y más reversibilidad. Lo que se decide con una orden ejecutiva puede deshacerse con otra, y todos los socios lo saben.

Para Europa, la relación transatlántica es imprescindible, pero ya no es previsible. La respuesta pasa por decidir más rápido, negociar sector a sector y ofrecer lo que hoy le falta a Washington: compromisos creíbles y prioridades claras. Estas cuatro preguntas son las que merece la pena plantearse a la mañana siguiente de la noche electoral.

The Conversation

Juan Luis Manfredi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Las cuatro preguntas que debe hacerse Europa después de las elecciones de medio mandato estadounidenses – https://theconversation.com/las-cuatro-preguntas-que-debe-hacerse-europa-despues-de-las-elecciones-de-medio-mandato-estadounidenses-295581

Ni Crécy ni Azincourt : Neville’s Cross, la victoire anglaise décisive que l’histoire a oubliée

Source: The Conversation – in French – By Alex Brown, Associate Professor of Medieval History, Durham University

La bataille de Neville’s Cross dans un manuscrit des *Chroniques* de Froissart du XVᵉ siècle, une représentation largement imaginaire. Bibliotheque Nationale de France

L’ESSENTIEL

  • Le 17 octobre 1346, près de Durham, les Anglais ont écrasé l’armée écossaise et capturé son roi, David II.

  • À l’appel de Philippe VI, David II avait envahi une Angleterre qu’il croyait vidée de ses chevaliers, partis combattre en France.

  • Cette victoire a sécurisé la frontière nord d’Édouard III, libre de poursuivre le siège de Calais, mais elle reste oubliée du grand public.


Le 17 octobre 1346, la bataille de Neville’s Cross s’est déroulée aux portes de Durham, dans le nord-est de l’Angleterre. Moment décisif de l’histoire anglo-écossaise, elle a abouti à la capture du roi d’Écosse David II. Pourtant, rares sont ceux qui en ont entendu parler.

D’autres batailles sont bien plus connues. Celles du pont de Stirling (1297), de Falkirk (1298) et de Bannockburn (1314) sont plus célèbres en raison des exploits de William Wallace et de Robert Bruce. Tout aussi connues sont les victoires d’Édouard III, du Prince Noir et d’Henri V, respectivement à Crécy (1346), à Poitiers (1356) et à Azincourt (1415).

Pourtant, moins de deux mois après Crécy, une victoire décisive a été remportée dans le nord de l’Angleterre. La bataille de Neville’s Cross reste l’une des batailles les moins connues du grand public, mais aussi l’une des plus décisives de l’histoire anglaise.

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Alors qu’Édouard III rassemblait une armée de 15 000 hommes pour envahir la France en 1346, le roi de France Philippe VI demanda l’aide de l’Écosse. Il écrivit au roi David en juin, puis de nouveau en juillet : « Je vous implore de vous souvenir de notre amitié et de nos traités (l’Auld Alliance, l’alliance franco-écossaise conclue en 1295, NdT), et de frapper l’Angleterre aussi fort que vous le pourrez. »

Édouard III et la plupart de ses nobles étant en France, Philippe assura à David que l’Angleterre n’était plus qu’un « vide sans défense ». L’occasion était trop belle pour la laisser passer.

David envahit donc l’Angleterre le 7 octobre, avec une armée d’environ 12 000 hommes. Ses troupes prirent d’assaut le Peel of Liddell (une tour fortifiée de la frontière, NdT), rançonnèrent Carlisle et pillèrent l’abbaye de Hexham, avant de faire halte aux portes de Durham, à Bearpark, le 16 octobre.

Les Anglais n’étaient pourtant pas pris au dépourvu. Contrairement à ce qu’avait assuré Philippe, Édouard n’avait pas laissé sa frontière nord sans défense. Une armée de 6 000 hommes fut levée par les seigneurs du Nord, Henry Percy, Ralph Neville et l’archevêque d’York.

Les ruines du manoir de Bearpark, où l’armée écossaise campa avant la bataille
Les ruines du manoir de Bearpark, où l’armée écossaise campa avant la bataille.
Alex Brown, Fourni par l’auteur, CC BY, CC BY

Cherchant à leur tour à surprendre les Écossais, ils marchèrent vers Bearpark avant l’aube, le 17 octobre. Dans les brumes du matin, l’armée anglaise tomba sur un groupe de pillards écossais mené par William Douglas. Douglas s’enfuit en hâte pour avertir le roi David que les Anglais étaient parvenus à lever une armée contre lui.

La Chronique anonimalle, un récit anonyme du XIVᵉ siècle rédigé à l’abbaye Sainte-Marie (à York, NdT), rapporte que David se leva de son lit, contrarié, et déclara avec colère : « Ô homme, cela ne se peut, car en Angleterre il ne reste plus que des moines et des chanoines, des frères et des prêtres, des porchers et des bergers, des cordonniers et des pelletiers ; tous les chevaliers sont avec leur roi outre-mer. »

La bataille de Neville’s Cross

Deux lettres de l’époque, écrites par le prieur de Durham et par Thomas Sampson, racontent comment l’armée anglaise arriva sur le champ de bataille, aux portes de Durham, à 9 heures. Les deux armées se toisèrent ensuite d’un bout à l’autre de la lande pendant cinq heures. Puis, à 14 heures, les archers anglais, armés de leurs arcs longs, ouvrirent le feu sur les Écossais, et la bataille commença pour de bon. À 17 heures, les Écossais étaient mis en déroute et fuyaient le champ de bataille.

Si le déroulement de la bataille est difficile à reconstituer, des historiens ont avancé que « la victoire fut obtenue moins par le tir à l’arc que par le dur labeur du combat au corps à corps, dans une mêlée acharnée ».

La chronique de l’abbaye de Meaux, rédigée au tournant du XVᵉ siècle, rapporte qu’« en raison de leur épuisement et de la durée du combat, ils cessèrent un temps de se battre, appuyés sur leurs lances et leurs armes ». La Chronique anonimalle note de même qu’à plusieurs reprises les armées « se reposèrent d’un commun accord, puis reprirent le combat ».

Illustration médiévale montrant des hommes s’exerçant au tir à l’arc
Archers s’exerçant au tir à l’arc long, dans le psautier de Luttrell.
Psautier de Luttrell/Wikimedia Commons

Selon une légende locale, le roi David aurait tenté de fuir en se cachant sous le pont d’Aldin Grange. Il aurait été capturé parce que les Anglais avaient aperçu son reflet dans l’eau de la Browney. La plupart des chroniques de l’époque racontent toutefois que le roi combattit avec courage.

Le roi David fut blessé par deux flèches. Malgré cela, selon le Scotichronicon, une chronique écossaise du XVᵉ siècle, il parvint à casser deux dents à l’homme qui l’avait capturé avant d’être maîtrisé.

Celui qui captura le roi David était un écuyer relativement modeste du Northumberland : John de Coupland. Il fut élevé au rang de chevalier banneret, la position la plus élevée en dessous de la noblesse titrée. Il reçut aussi une rente annuelle très importante de 500 livres (soit un peu plus de 290 000 livres de 2017, environ 347 000 euros).

Un dénouement décisif et dévastateur

L’issue fut décisive et dévastatrice. L’armée écossaise perdit jusqu’à 2 000 hommes, tandis que le prieur de Durham écrivit que « peu des nôtres furent tués dans ladite bataille ».

Outre le roi David, quatre comtes écossais et plus d’une douzaine de grands barons furent faits prisonniers. Le comte de Menteith, qui avait auparavant prêté hommage et juré fidélité à Édouard III, fut pendu, éviscéré et écartelé pour trahison. Parmi les morts figuraient les comtes de Moray et de Strathearn, le maréchal, le connétable, le chancelier et le chambellan d’Écosse, ainsi que de nombreux barons et chevaliers.

L’année suivante, les Anglais parvinrent à occuper la quasi-totalité de l’Écosse située au sud des fleuves Forth et Clyde. Il faudrait des décennies aux Écossais pour recouvrer tout ce qu’ils avaient perdu. Le roi David lui-même passa onze ans prisonnier des Anglais avant d’accepter de payer une lourde rançon de 100 000 marcs (unité de compte valant deux tiers de livre, NdT) pour sa liberté (soit un peu plus de 39 millions de livres de 2017, environ 47 millions d’euros).

Un panneau routier rappelant l’importance historique de Neville’s Cross, sur l’A167
L’un des panneaux qui rappellent l’importance historique de Neville’s Cross, sur la route A167.
Alex Brown, Fourni par l’auteur, CC BY, CC BY

La bataille de Neville’s Cross a surtout compté parce qu’elle a fermé la porte à toute une série de scénarios possibles. Une victoire écossaise aurait poussé Édouard III à lever le siège de Calais pour rentrer en Angleterre. Au lieu de cela, l’éclatante victoire anglaise a sécurisé la frontière nord d’Édouard pour le reste de son long règne. Il a ainsi pu rassembler 30 000 hommes pour le siège de Calais, la plus grande armée anglaise réunie pendant toute la guerre de Cent Ans (1337-1453).

À lire aussi : Nous avons constitué une base de données regroupant 290 000 soldats médiévaux anglais. Voici ce qu’elle révèle…

Pourquoi, dès lors, cette bataille n’est-elle pas plus célèbre ? Contrairement à Azincourt, elle n’a pas été immortalisée par Shakespeare. Contrairement à Bannockburn, elle n’est pas devenue un point d’ancrage des identités nationales. Aucune grande œuvre de cinéma ne lui a été consacrée. Elle s’est effacée de la mémoire collective, dans la longue et sanglante histoire des guerres anglo-écossaises.

Si relativement peu de gens ont aujourd’hui entendu parler de Neville’s Cross, les événements survenus là, en quelques heures, par un après-midi d’octobre, ont eu une portée internationale. Ils ont façonné pour longtemps les relations entre l’Angleterre, l’Écosse et la France.

The Conversation

Alex Brown est actuellement chercheur principal d’un projet financé par le Leverhulme Trust (fondation britannique de soutien à la recherche) consacré à la modélisation de la peste noire (« Modelling the Black Death »).

– ref. Ni Crécy ni Azincourt : Neville’s Cross, la victoire anglaise décisive que l’histoire a oubliée – https://theconversation.com/ni-crecy-ni-azincourt-nevilles-cross-la-victoire-anglaise-decisive-que-lhistoire-a-oubliee-294694

Qui se cache derrière le champignon introduit illégalement il y a 40 ans pour combattre les ronces australiennes ?

Source: The Conversation – in French – By Simon Farley, Lecturer in History, The University of Melbourne


L’ESSENTIEL

  • Un champignon disséminé clandestinement contre les ronces australiennes reste au cœur d’une énigme vieille de plus de 40 ans.

  • Son introduction pouvait valoir cinq ans de prison, mais son efficacité s’est révélée limitée.

  • Fléau pour les agriculteurs, la ronce est aussi un refuge pour la faune et un souvenir d’enfance apprécié pour de nombreux Australiens


Durant l’été austral 1983-1984, un champignon appelé Phragmidium violaceum a été introduit en Australie. Cette introduction était clandestine, délibérée et illégale. Elle n’avait qu’un seul but : tuer les ronces.

Je suis historien, pas détective. Mes récents travaux sur l’introduction illicite de violaceum (également connu sous le nom de « rouille de la ronce ») n’identifient aucun coupable. Mais ils éclairent l’une des violations des règles de biosécurité les plus importantes et les plus mystérieuses qu’ait connues l’Australie au cours du dernier demi-siècle.

Comme tant d’autres animaux et plantes, la ronce a été délibérément introduite en Australie depuis la Grande-Bretagne. Les premières mentions remontent aux années 1840. Elle était appréciée pour l’abondance de ses fruits juteux et son utilité pour constituer des haies. Peu d’herbivores, hormis les cerfs et les chèvres aux lèvres résistantes, peuvent manger cette plante épineuse. Mais ses délicieuses mûres font le régal de toutes sortes d’animaux, des renards aux mérions.

Avec l’aide des humains et des animaux, la ronce s’est rapidement propagée. À la fin des années 1880, elle commençait à être considérée comme une mauvaise herbe posant de graves problèmes à l’agriculture. Si rien ne freine sa croissance, elle forme des fourrés denses et épineux, difficiles à reconvertir en terres agricoles.

Lorsque les autorités ont commencé à lutter contre sa prolifération dans les années 1890, leurs efforts ont eu peu d’effet sur cette plante coriace. Mais les scientifiques spécialistes de l’agriculture étaient déterminés à trouver une solution, même si cela devait prendre des décennies.

Des femmes cueillant des mûres en Australie
La ronce a été introduite en Australie pour ses fruits et pour constituer des haies. Sur la photo, des femmes et des jeunes filles cueillent des mûres vers 1896 à Mount Crawford, en Australie-Méridionale.
State Library of South Australia

Des papillons du cactus à la rouille de la ronce

Dans l’entre-deux-guerres, les scientifiques australiens ont trouvé une solution efficace contre une plante envahissante bien plus nuisible : le figuier de Barbarie, un cactus introduit qui recouvrait alors de vastes étendues de pâturages en Nouvelle-Galles du Sud et dans le Queensland.

Au milieu des années 1920, l’organisme fédéral chargé de lutter contre le figuier de Barbarie a introduit le papillon Cactoblastis, originaire d’Argentine. Ces papillons pouvaient tuer le cactus sans s’attaquer aux espèces indigènes. En 1933, la revue Nature rapportait que 80 % des figuiers de Barbarie qui « infestaient » le Queensland et 50 à 60 % de ceux présents en Nouvelle-Galles du Sud avaient été « détruits ».

Cactoblastis est un exemple de lutte biologique : les humains introduisent un prédateur, un parasite ou un agent pathogène pour éradiquer un organisme nuisible. Cela revient à faire de l’écologie une arme au service des objectifs humains.

À partir de la fin des années 1960, les scientifiques de l’institut de recherche Keith Turnbull, dans l’État de Victoria, ont commencé à étudier la rouille de la ronce comme agent de lutte biologique. Ce champignon ne tue pas les ronces, mais il ralentit leur croissance et leur reproduction.

Rouille de la ronce
La rouille de la ronce est un champignon qui freine la reproduction des ronces.
CSIRO/Wikimedia, CC BY-NC-ND

Au début des années 1980, l’institut a envoyé l’un de ses meilleurs scientifiques, Eligio Bruzzese, dans un laboratoire du CSIRO, l’organisme australien de recherche scientifique, en France, pour tester le champignon. Ses expériences semblaient montrer que la rouille serait efficace et ne menacerait pas les plantes jugées plus précieuses. Il est rentré en Australie au début de 1983.

Mais l’institut n’a jamais eu l’occasion de disséminer la rouille. En février 1984, le champignon violaceum a été découvert de manière inattendue sur des ronces près de Yarram, dans le sud-est de l’État de Victoria. En quelques jours, d’autres cas de rouille ont été repérés à plus de 100 km de là, sur des ronces poussant dans les monts Dandenong et dans la banlieue est de Melbourne.

Le journaliste scientifique Graeme O’Neill écrivit dans The Bulletin que les indices laissaient penser que :

quelqu’un s’était rendu en Europe – probablement en France – et avait cueilli quelques feuilles de ronces atteintes de rouille, les avait rapportées… puis avait saupoudré les spores du champignon sur les feuilles de ronces […] Des agents du ministère de l’Agriculture avaient même retrouvé ce premier plant et constaté l’espacement régulier entre les [autres plants infectés].

Si quelqu’un avait été poursuivi, il aurait encouru une amende de 100 000 dollars australiens (62 OOO euros) ou cinq ans de prison. Cet acte illégal exposait donc son auteur à des sanctions étonnamment lourdes.

Rien ne laisse penser que Bruzzese ait été impliqué. Dans ses déclarations publiques, le scientifique, frustré, affirmait que les souches de violaceum qu’il aurait aimé introduire auraient été bien plus efficaces.

Photo d’un rapport sur la lutte biologique contre la ronce
Les scientifiques étudiaient la rouille de la ronce comme moyen de lutte biologique, mais quelqu’un les a devancés en disséminant le champignon.
Simon Farley, CC BY-NC-ND

Cette même année, le Parlement fédéral australien a adopté des lois facilitant les recherches scientifiques sur la lutte biologique. En défendant le projet de loi, le ministre des Industries primaires, John Kerin, a cité l’introduction illégale de violaceum pour illustrer la nécessité d’une réglementation plus transparente.

En 1991, les autorités se sont résignées à l’inévitable et ont commencé à disséminer d’autres souches de rouille de la ronce. Malgré la controverse, le champignon n’a eu qu’un effet limité sur les ronces. Les autorités continuent de recourir aux herbicides et à l’élimination manuelle.

Pourquoi un tel geste ?

Il peut sembler difficile de comprendre comment une plante aussi banale que la ronce a pu pousser quelqu’un à de tels extrêmes. Certes, du point de vue humain, la ronce peut être une vraie plaie. Même depuis la propagation du champignon, elle reste une nuisance pour les agriculteurs. Elle figure sur la liste des plantes envahissantes d’importance nationale. En 2017, les autorités estimaient qu’elle coûtait à l’Australie plus de 100 millions de dollars australiens par an (62 millions d’euros), entre les pertes de production et les dépenses engagées pour la « maîtriser ».

Mais de nombreuses espèces, introduites comme indigènes, donnent du fil à retordre aux agriculteurs et aux autres gestionnaires des terres. Toutes ne suscitent pas des réactions aussi radicales.

En 1984, les autorités ont supposé qu’un agriculteur mécontent était responsable. Mais rien n’est certain.

La ronce pose problème à toutes sortes de personnes. Ses épines sont une nuisance constante pour les randonneurs, les cyclistes et les cavaliers. Lorsqu’elle prolifère, elle obstrue les chemins et les cours d’eau. Elle est aussi considérée comme une plante envahissante nuisible à l’environnement, même si elle offre une importante source de nourriture et un habitat à des animaux indigènes comme les bandicoots.

Bref, de nombreuses raisons ont pu pousser quelqu’un à agir ainsi.

Voir la ronce sous un autre jour

Contrairement à de nombreuses plantes envahissantes, la ronce a aussi ses défenseurs. Dans les années 1980 et 1990, les articles consacrés à violaceum ont incité certains Australiens à témoigner de leur attachement à cette plante. La ronce n’était plus seulement une plante britannique ou européenne. Beaucoup d’Australiens avaient désormais leurs propres souvenirs heureux de cueillette de mûres. La ronce est présente en Australie depuis près de 200 ans. Elle s’est naturalisée et, dans une certaine mesure, sa présence est devenue normale.

À moins que les scientifiques ne découvrent une méthode de lutte biologique bien plus efficace, la ronce est probablement là pour rester. Cela signifie que d’autres pâturages précieux seront perdus et que les randonneurs subiront encore de vilaines égratignures. Mais aussi que les bandicoots des villes disposeront de davantage d’habitats et que les plus aventureux pourront savourer davantage de fruits délicieux.

Ses avantages ne compensent peut-être pas ses inconvénients, mais, pour l’heure, nous devrons sans doute apprendre à mieux tolérer la ronce là où c’est possible.

Cette énigme ne sera peut-être jamais résolue. Mais l’affaire de la rouille de la ronce nous rappelle que les plantes envahissantes – et nos réactions à leur égard – peuvent être plus complexes qu’il n’y paraît.

The Conversation

Simon Farley ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Qui se cache derrière le champignon introduit illégalement il y a 40 ans pour combattre les ronces australiennes ? – https://theconversation.com/qui-se-cache-derriere-le-champignon-introduit-illegalement-il-y-a-40-ans-pour-combattre-les-ronces-australiennes-294254

Pour protéger les ados en ligne, faut-il leur couper l’accès aux réseaux sociaux ?

Source: The Conversation – in French – By Frédéric Aubrun, Enseignant-chercheur en Marketing digital & Communication au BBA INSEEC – École de Commerce Européenne, INSEEC Grande École

La série *Adolescence* (Netflix, 2025) met en image la radicalisation numérique silencieuse des adolescents. Netflix

L’ESSENTIEL

  • Dans le contexte de la mobilisation lycéenne, la question de couper l’accès des jeunes aux réseaux sociaux est revenue dans l’actualité.

  • À l’été, une loi interdisant les réseaux sociaux aux moins de 15 ans avait été adoptée… avant d’être censurée par le Conseil constitutionnel.

  • N’est-il pas illusoire de vouloir protéger les jeunes de plateformes conçues pour exploiter ce qu’ils sont ?


La France a adopté le 21 juillet 2026 une loi interdisant les réseaux sociaux aux moins de 15 ans. Trois semaines plus tard, le Conseil constitutionnel la censurait, estimant qu’elle portait une atteinte disproportionnée à la liberté d’expression et à la vie privée. Le gouvernement repart de zéro, avec l’objectif d’un nouveau texte de loi pour le printemps 2027.




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La séquence politique qui s’est ensuivie est presque aussi révélatrice que la décision elle-même. L’ancien premier ministre Gabriel Attal (parti Renaissance) a proposé un référendum pour contourner le Conseil constitutionnel.

Le député Arthur Delaporte (Parti socialiste), qui avait pourtant saisi les juges pour faire tomber la loi, lui a répondu en soulignant le paradoxe : comment peut-on dire qu’on respecte une décision de justice tout en proposant aussitôt un référendum pour la contourner ?

À l’automne, lors des mobilisations lycéennes, des responsables politiques ont accusé les réseaux sociaux de contribuer à la violence des manifestations et ont demandé leur interdiction. Gabriel Attal fait partie de ceux qui sont, de nouveau, montés au créneau pour restreindre ou suspendre l’accès des jeunes aux réseaux sociaux.




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Pendant ce temps, les plateformes numériques continuent de tourner. Et la vraie question reste sans réponse : peut-on protéger des adolescents d’applications conçues précisément pour exploiter ce qu’ils sont ?

Des plateformes qui captent les adolescents par leur « dark flow »

Pour y répondre, il faut d’abord comprendre le mécanisme qui capte les adolescents avec une telle efficacité. Les plateformes exploitent un ressort bien connu de la psychologie positive : le flow, cet état d’absorption optimale théorisé par Mihály Csikszentmihályi.

Les réseaux sociaux semblent capables d’en reproduire certaines composantes, comme l’immersion, la concentration et la distorsion temporelle. Mais l’expérience qui en résulte est tout autre. Les chercheurs parlent alors de dark flow, un état d’absorption maladaptative d’abord identifié chez les joueurs de machines à sous par Mike Dixon et ses collègues.

La distinction est essentielle. Le flow repose sur un équilibre entre défi et compétences : l’activité mobilise pleinement les capacités de l’individu. Le dark flow, lui, se soustrait à cette exigence. Il désigne une absorption qui prend une tournure maladaptative.

Sur l’instant, l’immersion reste plaisante. Mais une fois absorbé, il devient difficile de s’en extraire. On se laisse alors happer par le flux de contenus, parfois jusqu’à perdre la notion du temps. D’acteur de l’expérience, on devient spectateur d’un temps d’écran parfois vertigineux.

Le mécanisme en jeu est similaire à celui de la machine à sous : la récompense est imprévisible (par exemple, une vidéo plus drôle que la précédente, un post qui a généré beaucoup de likes), et c’est précisément cette incertitude qui entretient la compulsion de répétition. Autrement dit, c’est l’incertitude de la récompense qui pousse les utilisateurs à revenir.

Réseaux sociaux : TikTok « l’un des pires réseaux sociaux » pour la jeunesse, France 24.

L’adolescent, candidat idéal pour les réseaux

Si ces mécanismes peuvent toucher tout le monde, ils rencontrent un terreau particulièrement fertile à l’adolescence. Cette période charnière est marquée par une sensibilité accrue au regard des pairs, une quête de reconnaissance sociale et une capacité de régulation émotionnelle encore en développement. C’est aussi un moment où l’on apprend à se définir, à éprouver les limites et à gagner en autonomie.

Or les réseaux sociaux concentrent ces enjeux dans un même espace. L’approbation y devient quantifiable, la comparaison permanente et la réponse des pairs presque immédiate. Ces dynamiques propres à l’adolescence rencontrent ainsi une interface capable de les solliciter en continu.




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Notifications, likes et contenus personnalisés entretiennent l’engagement, tandis que le défilement infini rend l’interruption plus difficile. Chaque contenu en appelle un autre, sans véritable arrêt.

Les chiffres le confirment : selon le baromètre Ipsos/Macif 2025 réalisé auprès des 16-30 ans, 81 % d’entre eux disent perdre la notion du temps lorsqu’ils sont connectés, 76 % souffrent de troubles du sommeil et 36 % passent plus de quatre heures par jour sur les réseaux sociaux.

Les sujets plus jeunes ne sont pas en reste : d’après l’Arcom (le régulateur de la communication audiovisuelle et numérique, ndlr), les 12-17 ans passent en moyenne une heure et vingt-et-une minutes par jour sur TikTok seul.

Des produits, pas des outils

TikTok, Instagram, Snapchat ne sont pas des outils neutres, mais des produits dont le modèle économique repose sur la monétisation de l’attention. Chaque fonctionnalité y est une hypothèse testée, mesurée, optimisée pour retenir l’individu.

Le live match sur TikTok en donne un exemple frappant : deux créateurs s’affrontent en direct, et c’est le public qui les départage en envoyant des dons. Issue incertaine jusqu’à la dernière seconde, pression du groupe, urgence du chronomètre et envoi de dons : les plateformes poussent vers des pratiques toujours plus engageantes. Cela se fait souvent au détriment des plus jeunes, dont l’impulsivité n’a pas encore de frein solide et pour qui une monnaie virtuelle, payée avec la carte d’un parent, n’a pas le poids d’une dépense réelle.




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L’interdit peut aussi attiser

C’est là que la loi touche à sa propre limite. À l’adolescence, l’interdit n’éteint pas toujours le désir, il peut l’alimenter. La transgression est constitutive de cette période, un moteur identitaire autant qu’un risque. En psychologie, on parle de « réactance ». Décrite par le psychologue américain Jack Brehm, elle désigne notre tendance à vouloir restaurer une liberté lorsqu’on la sent menacée. L’interdit peut alors produire l’effet inverse de celui recherché.

L’Australie, première à interdire les réseaux sociaux aux moins de 16 ans, en a fait l’expérience : selon une étude publiée dans le British Medical Journal en juin 2026, 85 % des adolescents contournaient encore l’interdiction trois mois après son entrée en vigueur ; et, en juillet 2026, l’usage de TikTok chez les 10-12 ans dépassait le niveau d’avant l’interdiction.




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La fiction l’avait pressenti. Adolescence (Netflix, 2025), série la plus regardée de l’année avec 145 millions de vues, met en images la radicalisation numérique silencieuse des adolescents. 13 Reasons Why (Netflix, 2017) avait ouvert ce territoire au prix d’un paradoxe documenté : la série a été associée à une hausse des recherches liées au suicide chez les jeunes.

Netflix avait tenté d’y répondre en développant un dispositif pédagogique transmédia (guide de discussion, wiki, série documentaire) pour sensibiliser les adolescents aux thèmes de la série : une stratégie de « dépublicitarisation » que nous avions analysée, qui illustre, paradoxalement, qu’on peut retourner les outils du marketing au service de la prévention.

La fiction qui dénonce peut aussi amplifier, et ce sont précisément les outils de la communication qui permettent de construire une réponse.

Ce qui manque : apprendre à voir les rouages

Interdire sans expliquer, c’est laisser les adolescents sans outils face à des environnements qui reprendront leurs droits dès les 15 ans révolus, ou avant, grâce aux contournements.

Ce qu’il faut construire en parallèle, c’est ce que les Anglo-Saxons appellent la media literacy, que nous proposons d’articuler avec une psycho-literacy, à savoir la capacité à nommer ce que les plateformes font à nos états intérieurs. Comprendre qu’un scroll compulsif à 23 heures n’est pas un choix librement consenti, mais le résultat d’une architecture conçue pour ça. Nos travaux montrent que, dans ce vide, ce sont parfois les marques qui endossent un rôle de régulation éthique, mais aussi les séries.

Que des acteurs privés se substituent à la puissance publique devrait être lu comme un signal d’alarme. La prochaine loi fixera un âge légal, mais c’est l’éducation aux mécanismes cognitifs (attention, régulation, compulsion) et la régulation de ceux qui les exploitent qui feront la différence.

The Conversation

Quentin Hallez est également chercheur associé au Vinatier, Service Universitaire d’Addictiologie de Lyon (SUAL), il a reçu des financements de l’ANR (Agence Nationale de la Recherche) sur la thématique du développement de la perception du temps et de l’espace (TimeSpaceDev).

Frédéric Aubrun et Victoire Vallier ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.

– ref. Pour protéger les ados en ligne, faut-il leur couper l’accès aux réseaux sociaux ? – https://theconversation.com/pour-proteger-les-ados-en-ligne-faut-il-leur-couper-lacces-aux-reseaux-sociaux-290451

Niveau de français exigé pour les étrangers : une « simple » question de langue ?

Source: The Conversation – in French – By Grégory Miras, Professeur des Universités en didactique des langues, Université de Lorraine

Pour apprendre le français, beaucoup de personnes migrantes se tournent vers des associations, comme ici à la Cimade. Nathalie Bardou/La Cimade, CC BY-NC-ND

L’ESSENTIEL

  • Depuis janvier 2026, les exigences de français ont été relevées pour l’obtention d’un titre de séjour ou de la nationalité française.

  • Le niveau de langue seul ne donne pas d’indications sur l’insertion d’une personne, et réussir ces tests suppose d’en comprendre la logique, comme au code de la route.

  • L’Office français de l’immigration et de l’intégration a mis fin aux cours gratuits en présentiel pour la majorité des apprenants, ces exigences risquent donc de pénaliser les personnes les moins dotées en ressources culturelles et financières.


La langue est politique. La campagne pour l’élection présidentielle française de 2027 ne manquera pas d’en faire un thème central, au côté de l’immigration – deux sujets parfois liés dans le débat public.

L’élévation du niveau de français exigé pour l’accès aux titres de séjour et à la nationalité pose la question de la prise en compte de la complexité des liens entre langue et insertion. Exiger un certain niveau en français pour accéder à un titre de séjour et à la nationalité, est-ce une mesure de bon sens, ou un outil de sélection sociale ? Derrière cette escalade des exigences linguistiques, quelles conceptions se cachent-elles ?

Un durcissement permanent des attendus en langue française

Du point de vue du droit au séjour français, il faut distinguer deux catégories : les ressortissants de l’espace européen Schengen, qui bénéficient de la libre circulation, et les autres qui sont soumis à des règles plus strictes.

En Europe, les niveaux de langue, comme A1, A2, B1 ou B2, suivent une échelle commune appelée « Cadre européen de référence pour les langues » (CECRL). Le niveau A2 fait référence à la capacité de faire des achats, de parler de soi et de sa vie quotidienne. À partir du B1, on peut raconter avec des détails un événement passé, expliquer ses objectifs ou se justifier. Enfin, le B2 correspond à une maîtrise plus avancée : discuter de sujets abstraits ou défendre son point de vue. Ces compétences sont vérifiées par des examens qui évaluent la compréhension et l’expression, à l’oral comme à l’écrit.

Cadre européen commun de référence pour les langues
Cadre européen commun de référence pour les langues.
Cadreci, centre de formations pour adultes, Fourni par l’auteur

Or, en moins de 15 ans, les exigences linguistiques appliquées aux titres de séjour et à la naturalisation se sont considérablement durcies en France.

Jusqu’en 2011, le candidat à la nationalité française devait être capable d’interagir simplement en français lors d’un entretien en préfecture. Comme le soulignait alors le sociologue Abdellali Hajjat, cette évaluation pouvait être marquée par des préjugés xénophobes, par exemple lorsque le niveau de français était associé à des jugements sur des marqueurs supposés d’une moindre intégration (port du foulard, par exemple). Les critères appliqués variaient aussi fortement d’une préfecture à l’autre. En principe, l’évaluation devait néanmoins tenir compte de la situation personnelle de chaque candidat, notamment de son niveau de scolarisation et de sa situation sociale et professionnelle. Cette évaluation ne se limitait donc pas qu’au critère linguistique, et devait se faire à l’oral uniquement.

À partir de 2011, le durcissement et la flexibilisation s’opèrent progressivement : le niveau en français du candidat à la nationalité est désormais fixé par voie réglementaire, ce qui facilite les modifications, et doit être attesté par un test de langue. En 2012, c’est un B1 à l’oral qui est demandé.

Du côté des titres de séjour, avant 2016, aucun niveau de français n’était formellement exigé pour l’obtention d’un titre. À partir de 2016, le niveau A2 est requis pour la carte de résident (qui permet un séjour de 10 ans).

En janvier 2026, les exigences sont encore relevées : le niveau B1 est désormais exigé pour la carte de résident, tandis que la carte de séjour pluriannuelle (2 à 4 ans) requiert un niveau A2, à l’oral comme à l’écrit.

Le même mouvement de formalisation et de relèvement des exigences linguistiques touche l’accès à la nationalité française, pour lequel un niveau B2 est désormais exigé.

Evolution des exigences administratives pour l’obtention d’un titre de séjour ou de la naturalisation depuis 2016
Évolution des exigences administratives pour l’obtention d’un titre de séjour ou de la naturalisation, depuis 2016.
Adapté par les autrices et l’auteur d’un visuel créé par le collectif « Le français pour toutes et tous », CC BY-NC

L’apparente évidence de la maîtrise de la langue

Dans le débat public, cette élévation des exigences linguistiques est justifiée par deux fausses évidences souvent répétées.

La première consiste à dire que la langue serait la condition première, nécessaire et suffisante d’une « intégration » réussie. Le sociolinguiste Philippe Blanchet rappelle que « la langue française n’est pas une condition à l’intégration des migrants ».

En 2016, une étude de l’Insee montrait notamment que la probabilité d’être au chômage n’est que peu corrélée au niveau de français. La maîtrise du français permet surtout une élévation du niveau de salaire. On peut donc vivre et travailler sans parler français, mais aussi être privé d’emploi malgré un bon niveau.

La non-reconnaissance des diplômes étrangers, ou encore les discriminations xénophobes et glottophobes au travail jouent un rôle prédominant dans ces questions d’insertion professionnelle. Une autre étude montre que les personnes immigrées diplômées du supérieur dans leur pays d’origine (bac+3 ou plus) qui doivent signer un contrat d’intégration républicaine (CIR) connaissent souvent un déclassement social et professionnel en France, où elles occupent des postes moins qualifiés ou moins prestigieux que ceux qu’elles occupaient auparavant.

La seconde fausse évidence est que l’immersion favoriserait un apprentissage rapide et automatique de la langue. Lorsqu’il était ministre de l’intérieur, Bruno Retailleau a ainsi déclaré :

« Quand un étranger ne parle pas bien français après plusieurs années, c’est qu’il n’a pas produit l’effort. »

Vivre en France permettrait donc selon lui un apprentissage rapide du français.

Pourtant, quand on écoute les personnes concernées, un constat revient : en dehors des espaces de formation, pratiquer le français avec des francophones pour progresser est loin d’être une évidence. Une participante à la recherche-action du collectif « Le français pour toutes et tous » compare ainsi son expérience en Espagne : grâce aux métiers qu’elle y a exercés, elle « parlait avec les enfants » et « avec les gens », tandis qu’en France, ne trouvant pas d’emploi, elle est « toujours à la maison » et « ne parle avec personne ».

Contrôler un niveau de langue pour autoriser ou refuser le séjour repose ainsi notamment sur l’idée que vivre en France se mérite, qu’il faut faire des efforts et que certains n’en font pas assez. Cela revient à négliger tous les facteurs qui influent sur les rythmes d’apprentissage : on n’apprend pas à la même vitesse selon les degrés de proximité linguistique avec les autres langues qu’on parle (apprendre le français à partir du roumain, qui est une langue apparentée, ou de l’arabe, qui repose sur un autre système d’écriture, ne mobilise pas les mêmes ressources), selon la façon dont on vit l’expérience de migration (est-ce qu’on pense repartir ?), selon les projets, la disponibilité et les contraintes que l’on a (travail, famille…), les conditions dans lesquelles on vit, etc.

Que mesurent vraiment les tests de langue ?

Si les niveaux de langue (A1, B2, etc.) sont désormais bien connus, notamment grâce au système scolaire, les attendus des examens qui les évaluent restent flous pour les personnes non scolarisées en Europe, souvent accompagnées par des bénévoles très investis, mais néanmoins peu formés à la didactique du français langue étrangère/seconde (FLE/S).

Les professionnels du FLE/S, elles et eux le sont, mais depuis juillet 2025, seules les personnes ne sachant ni lire ni écrire et ayant un niveau grand débutant à l’oral bénéficient encore de cours gratuits en présentiel proposés par l’Office français de l’immigration et de l’intégration. Tous les autres doivent apprendre seuls, sur une plateforme 100 % en ligne.

Exiger un niveau de langue toujours plus élevé, sans accompagnement adapté, revient à reproduire les inégalités du système scolaire. Comme à l’école, ce sont souvent ceux qui partent avec des atouts culturels et financiers (accès à des cours de préparation, passation de certifications payantes, capital culturel, temps pour se préparer) qui réussissent le mieux.

Prenons un exemple : dans un test obligatoire pour certains titres de séjour (le TCF IRN, Intégration, Résidence, Nationalité), une question d’expression orale demande :

« Quelle est votre ville préférée ? Pourquoi ? »

Une réponse simple comme « Le Caire, car c’est une belle ville » serait-elle suffisante ?

A priori non, car les attentes implicites (introduire sa réponse, structurer des arguments, adopter un registre formel) favorisent ceux qui ont déjà intériorisé ces codes scolaires.

Car en réalité, ces tests ne mesurent pas seulement la maîtrise de la langue, mais aussi la capacité à décrypter les attentes d’un examen, un peu comme au Code de la route, où l’on réussit en partie parce qu’on a compris la logique des questions. Résultat : les candidats se concentrent davantage sur la réussite au test plutôt que sur l’usage de la langue au quotidien, comme ont pu l’indiquer des acteurs de terrain fortement sollicités pour des demandes de « réussite à l’examen ».

Pour les personnes peu ou pas scolarisées, les difficultés à comprendre les consignes ou à maîtriser les formats d’exercice peuvent faire obstacle à la réussite, sans refléter leur capacité à communiquer en français au quotidien. Le test risque ainsi d’écarter des personnes dont les compétences langagières sont pourtant suffisantes pour les échanges de la vie courante.

Le volet linguistique de la politique migratoire n’est pas le seul à faire l’objet de durcissement, puisque la réussite à un examen civique est désormais obligatoire pour l’obtention de la carte de séjour pluriannuelle ou de la carte de résident, et pour l’acquisition de la nationalité française. Les thématiques abordées dans cet examen concernent les principes, valeurs et fonctionnements de la République française, autant de thèmes abordés à l’école en France sur lesquels de nombreux adultes français peineraient à être interrogés.

Au regard des éléments abordés ici, il est probable que le droit de séjour et le niveau de langue s’immisceront dans le débat précédant les élections présidentielles. Pour aborder ces thématiques dans leur complexité, adopter un regard distancié, nourri par la recherche scientifique est nécessaire.

The Conversation

Maude Vadot a été membre du comité de suivi de la recherche-action du collectif “Le français pour toutes et tous”, à laquelle nous faisons référence dans l’article.

Myriam Dupouy a collaboré avec le collectif Le Français pour toutes et tous en 2025.

Grégory Miras ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Niveau de français exigé pour les étrangers : une « simple » question de langue ? – https://theconversation.com/niveau-de-francais-exige-pour-les-etrangers-une-simple-question-de-langue-291610

Démocratie : pourquoi les Français sont-ils plus pessimistes que leurs voisins belges ou italiens ?

Source: The Conversation – in French – By Camille Bedock, chercheuse en science politique, Centre national de la recherche scientifique (CNRS)


L’ESSENTIEL

  • En France, la défiance démocratique est plus forte qu’en Belgique et en Italie, deux pays ayant connu une crise politique.

  • Les Français critiquent surtout le manque d’écoute, de représentation et de contre-pouvoirs.

  • La place centrale de l’élection présidentielle empêche d’imaginer d’autres formes de démocratie.


Année après année, diverses grandes enquêtes mettent en avant le profond pessimisme démocratique des Français comparés à leurs concitoyens européens. En 2026, le Baromètre de la confiance du Cevipof souligne ainsi une défiance plus profonde que jamais : 76 % des interrogés considèrent qu’en France la démocratie fonctionne mal (contre 49 % en 2009), soit un point de plus qu’en Roumanie, une jeune démocratie comptant parmi les pays d’Europe où la confiance dans les institutions est la plus faible.

Les préférences des citoyens à l’égard de la manière dont doivent être prises les décisions politiques constituent un agenda de recherche foisonnant dans un contexte de remise en cause frontale des principes démocratiques dans divers contextes. Ils sont aussi un sujet au cœur du débat public, comme en témoigne le récent lancement de la Convention citoyenne pour la démocratie à Lille (Nord), réunissant universitaires, citoyens, élus et membres de la société civile.

Au-delà de ce constat de défiance, comment rendre compte des fondements du pessimisme démocratique des Français ? Comme le rappellent les politistes Frédéric Gonthier et Nonna Mayer :

« Loin d’être résignés ou ambivalents, citoyennes et citoyens sont des démocrates insatisfaits. Ils ne rejettent pas la démocratie libérale, c’est-à-dire l’État de droit, les libertés publiques et les élections. Ils contestent la manière dont celle-ci est pratiquée : une représentation socialement biaisée, un usage partisan des règles du jeu politique, et une souveraineté populaire confisquée par une pratique du pouvoir distante et déconnectée. »

Dans la lignée de ces résultats, nous avons conduit un travail comparatif alliant des enquêtes par sondage et 122 entretiens approfondis en France, mais aussi en Belgique et en Italie. Ces trois pays sont caractérisés par des débats récurrents sur la « crise de la démocratie », un fort réformisme institutionnel et des mouvements sociaux ou des partis ayant frontalement questionné le fonctionnement actuel des institutions.

Cette enquête démontre que la France se caractérise par un pessimisme démocratique plus intense que la Belgique et l’Italie, dont les fondements sont à trouver dans les impasses des institutions de la Vᵉ République.

Une culture majoritaire désabusée et personnalisée

Dans les trois pays étudiés, les citoyennes et les citoyens focalisent avant tout leur attention sur les dysfonctionnements de leur système politique plutôt que sur ses qualités.

Fréquence dans les entretiens des différentes thématiques (en % par pays) quant aux processus de décision politique
Comment lire ce graphique ? Chez les enquêtés français, parmi les passages des entretiens relatifs aux processus de prise de décision politique, 18 % font référence à la participation citoyenne. Note : ce graphique ne mentionne que les arguments mentionnés dans au moins 5 % des extraits d’entretiens.
« Le Bon Représentant », Camille Bedock, Éditions de l’Université de Bruxelles, 2026, Fourni par l’auteur

Les citoyens français se distinguent de leurs homologues belges et italiens par une attention particulière à trois thématiques : l’incapacité des citoyens à se faire entendre en dehors des élections, la faiblesse structurelle des contre-pouvoirs face à l’exécutif et la faible capacité du système français à refléter les préférences de la majorité.

L’analyse des entretiens montre à quel point, dans le cas français, la « monarchie républicaine » – terme directement mentionné par les citoyens les plus politisés –, appuyée sur des institutions majoritaires, verticales et présidentialisées, fait l’objet de profondes critiques, indépendamment de l’évaluation d’Emmanuel Macron.

Cependant, plus encore que le manque de contre-pouvoirs, c’est la très faible représentativité des institutions françaises qui est fustigée. De nombreux entretiens font ainsi référence à la nécessité d’instaurer une représentation proportionnelle intégrale ou partielle.

Les citoyens français lient souvent le manque d’écoute à la figure d’un « peuple » pensé comme une réalité sociologique qui partagerait un intérêt commun, univoque et allant de soi, présenté comme le miroir inversé du privilège des élites politiques ou comme le seul sujet pleinement légitime pour exercer la citoyenneté.

Ce face-à-face entre le peuple et l’élite s’oppose à une conception pluraliste qui admet l’existence d’intérêts divers et contradictoires au sein de la société, beaucoup plus présente dans les entretiens belges et italiens.

La « déconnexion des élus », due à leur constitution en une classe autonome du reste de la société, est pointée comme la cause principale de leur incapacité à écouter les citoyens et à comprendre ce que beaucoup appellent « la vraie vie », ou « le réel ». Elle nourrit non seulement la défiance, mais aussi souvent le retrait parfois total de la politique, notamment chez les personnes les plus vulnérables socialement et économiquement et se sentant les moins capables d’appréhender la vie politique.

Enfin, la question du manque d’implication citoyenne est très régulièrement abordée en insistant sur l’importance d’une consultation véritable (et non seulement mise en scène) des aspirations profondes des citoyens pour nourrir les décisions publiques. De nombreux citoyens insistent aussi sur la fonction d’éducation politique de la participation.

Ainsi, chez les Françaises et les Français, le fil rouge qui émerge est la volonté d’évoluer d’un état de sujet dans le système institutionnel à celui d’acteur, que cela passe par une écoute véritable, une meilleure représentation ou une éducation à la participation.

Léa (36 ans, artiste) résume ces différentes attentes :

« Faire penser les gens (…), les rendre acteurs de leur société. (…) La politique d’aujourd’hui te dit comment penser, je pense pour toi, tu votes (…) On accepterait mieux les changements de loi si on les comprenait plus, si on les avait portés. »

Un imaginaire démocratique bridé

Notre étude montre aussi à quel point l’intériorisation de l’omniprésence de l’élection présidentielle bride l’imaginaire politique des Français et rend difficile la formulation d’un autre horizon démocratique.

À l’inverse des Belges et les Italiens qui, même s’ils les critiquent souvent, reconnaissent le rôle démocratique positif des partis (structuration des intérêts et de projets de société), les Français se désintéressent des acteurs collectifs, dessinant une vision personnalisée et centrée sur les individus plutôt qu’une vision collégiale de l’univers politique.

Ils accordent une importance primordiale à l’institution présidentielle, délaissant, notamment pour les moins intéressés par la politique, les autres niveaux de pouvoirs et les autres formes de participation.

Cette échéance électorale reste, pour beaucoup, le seul moment de participation à la vie politique, dans un contexte où l’acte de vote est beaucoup moins valorisé que dans les pays voisins étudiés. En effet, l’existence passée, en Italie, ou actuelle, en Belgique, du vote obligatoire implique que le vote y est bien davantage perçu comme un devoir citoyen, collectif et incontournable que comme un droit individuel comme dans le contexte français.

Les nombreuses candidatures motivées par des querelles personnelles plutôt que par des projets idéologiques, l’incapacité de la classe politique à construire des coalitions pérennes ou encore le décalage inévitable entre la promesse qu’une personne seule puisse tout changer et la réalité de la vie démocratique nourrit un pessimisme de plus en plus intense.

À l’inverse, en Belgique comme en Italie, malgré des griefs récurrents sur la rigidité du système politique ou son ingouvernabilité, les modalités de partage du pouvoir comme la représentation proportionnelle ou le gouvernement de coalition tempèrent les critiques citoyennes à l’égard des institutions : elles permettent de mieux représenter les différentes sensibilités, de garantir le pluralisme, et elles évitent l’accaparement du pouvoir par une seule force politique, confirmant les résultats d’autres études comparatives.

Une étude récente montre que 77 % des Européens privilégient une démocratie consensuelle (par exemple, en Suisse ou en Autriche), c’est-à-dire un modèle inclusif de démocratie où le gouvernement intègre le plus grand nombre possible de personnes, et s’appuie sur le compromis, la négociation et la répartition du pouvoir plutôt qu’une démocratie majoritaire. Pourtant, la plupart des candidats à l’élection présidentielle feignent de croire au fait majoritaire – c’est-à-dire à la présence future à l’Assemblée nationale d’un bloc uni soutenant inconditionnellement la politique du président –, enterré depuis 2022, quand ils n’attaquent pas directement les contre-pouvoirs déjà beaucoup plus faibles en France que dans les démocraties voisines.

The Conversation

Camille Bedock a reçu des financements de l’Agence Nationale de la Recherche (ANR-21-CE41-0005, projet UNEQUALCITIZEN).

– ref. Démocratie : pourquoi les Français sont-ils plus pessimistes que leurs voisins belges ou italiens ? – https://theconversation.com/democratie-pourquoi-les-francais-sont-ils-plus-pessimistes-que-leurs-voisins-belges-ou-italiens-292630

Du Kenya à la France, le masque, signe de ralliement de la génération Z

Source: The Conversation – France (in French) – By Joseph Bohbot, Géographe, Sorbonne Université


L’ESSENTIEL

  • En 2020, l’État a d’abord dissuadé la population de porter un masque qu’il ne pouvait pas fournir, avant de l’imposer, jusqu’au collège et au lycée à la rentrée, puis à l’école élémentaire.

  • Dans les mobilisations lycéennes de 2026, le masque chirurgical ou FFP2 protège des gaz lacrymogènes et cache le visage.

  • Des préfets ont interdit les équipements de protection en manifestation ; le Conseil d’État a validé ces interdictions, tout en précisant qu’elles ne visent pas les masques chirurgicaux et FFP2.


Le 20 mars 2020, Sibeth Ndiaye, alors porte-parole du gouvernement, déclarait ne pas savoir utiliser un masque. Son port supposait, expliquait-elle, des « gestes techniques précis ». À la rentrée 2020, l’État le rendait obligatoire au collège et au lycée, puis, en novembre, dès l’école élémentaire.

Depuis, les élèves masqués pendant la pandémie de Covid-19 ont grandi, et ceux qui étaient en fin de primaire sont aujourd’hui au lycée. Si le confinement n’est heureusement plus qu’un souvenir, le masque, lui, a changé de destination. Les grandes mobilisations de 2026, portées par la jeunesse, sont marquées par le retour des masques, contre les gaz lacrymogènes ou pour ne pas être reconnus. Ceux que l’État masquait pour les protéger le portent désormais face à un État dont beaucoup disent ne plus rien attendre.

Objet d’État

Le masque condense bien des errances et des revendications. En géographe attentif aux pratiques et au sort des objets, mais aussi en enseignant, je ne peux qu’être saisi par tout ce qu’incarne aujourd’hui ce petit rectangle de fibres plastiques.
D’abord, la pénurie. En 2009-2010, l’État disposait d’un stock stratégique d’un milliard de masques chirurgicaux et de 700 millions de FFP2 (masques filtrants de protection respiratoire, plus protecteurs que le masque chirurgical). Faute de renouvellement, il ne restait, début 2020, que 117 millions de masques chirurgicaux, et plus aucun stock stratégique de FFP2. Le 4 mars 2020, la même porte-parole assurait pourtant qu’il n’y avait « pas de risque de pénurie ». Le jour même, un décret réquisitionnait les stocks de masques pour les réserver aux soignants et aux malades.

Pendant des semaines, le gouvernement a dissuadé la population de porter un masque qu’il était incapable de lui fournir, une communication que le tribunal administratif de Paris a jugée fautive en 2022, face à une pénurie que la commission d’enquête du Sénat a jugée « sciemment dissimulée ».

Puis, le revirement. Au printemps 2020, le masque devient obligatoire dans les transports, puis l’été dans les lieux publics clos, et à l’école à la rentrée. L’objet jugé inutile est devenu obligatoire. À partir de ce moment, et pendant près d’un an et demi, des millions d’élèves ont appris à porter le masque, l’ajuster et parler avec. L’anthropologue Marcel Mauss notait en 1936, dans « Les techniques du corps », que les gestes du corps s’apprennent de ceux en qui l’on a confiance et qui ont autorité, que l’acte « s’impose du dehors, d’en haut ».

En 2020, le port du masque s’est transmis par la règle et la sanction pour les adultes, et à l’école pour des millions d’enfants. C’est précisément cette confiance envers l’autorité qui transmet le geste que l’État a depuis perdue auprès d’une partie de la jeunesse.

Objet du faible

Il faut déjà dire que le masque n’a jamais tout à fait quitté les visages d’une partie de la génération Z (jeunes nés approximativement entre la fin des années 1990 et le début des années 2010). Il est resté chez ceux et celles qui voulaient se soustraire aux regards. Au Japon, en 2023, près de la moitié des 15-19 ans qui voulaient garder le masque invoquaient leur timidité, et des phénomènes similaires sont observés en Belgique ou au Québec, mais aussi en France jusque dans mes classes. Discret, le masque a donc survécu à la pandémie avant de revenir en force dans la rue au fil des mobilisations.

Depuis la rentrée de septembre 2026, des blocus lycéens aux grandes journées de manifestation, il se retrouve sur les visages et dans les sacs, recommandé par les mini-guides militants qui circulent abondamment sur les réseaux sociaux. Le masque sert alors à deux choses : protéger des gaz lacrymogènes, mais aussi couvrir le visage, dans des rassemblements où la vidéo diffusée en ligne est devenue reine.

Le droit, lui, hésite. Début octobre, plusieurs préfets ont interdit les équipements de protection aux abords des lycées, la préfète de l’Hérault visant même les « masques filtrants ». Saisi en référé, le Conseil d’État a validé l’interdiction, tout en précisant qu’elle ne vise ni les masques chirurgicaux ni les FFP2.

L’objet que l’État imposait hier échappe en principe aux interdictions d’aujourd’hui, mais pas toujours dans la rue : le 17 octobre, à Paris, des masques chirurgicaux ont été confisqués à des manifestants.

Le masque chirurgical ou FFP2 joue ainsi de l’héritage du Covid. Avant 2020, les pouvoirs publics associaient le visage couvert aux casseurs, au point d’en faire un délit en 2019. Après des mois de port généralisé, un masque chirurgical se fond dans la foule, et c’est l’administration qui doit lui prêter, non sans difficulté, une intention. Son usage relève de ce que Michel de Certeau, dans L’Invention du quotidien (1980), appelait la « tactique », par opposition à la « stratégie » des institutions, « un art du faible » : retourner contre l’État l’objet qu’il avait mis tant d’efforts à imposer.

Objet générationnel

La mobilisation de la jeunesse française en 2026 n’est pas un cas isolé. Du Kenya en 2024, où j’effectuais alors mes recherches, au Népal, en passant par Madagascar et le Maroc, la génération Z se mobilise à travers la planète.

Ces mobilisations s’organisent sans chefs clairement identifiés, sur des messageries sous pseudonymes. Dans la rue, le masque prolonge ce que le pseudonyme permet en ligne. On manifeste comme on navigue, en laissant peu de traces.

Cette génération est aussi la première à avoir reçu, dans de nombreux pays et presque au même moment, le même apprentissage corporel, ces « techniques du corps » décrites par Mauss. Suivant les recommandations de l’OMS et de l’Unicef, entre 2020 et 2022, de très nombreux États ont fait porter le masque à leurs écoliers et à leurs lycéens.

Rarement un objet aura été imposé avec une telle simultanéité, et par les pouvoirs publics eux-mêmes. La pandémie était mondiale, ces mobilisations le sont aussi, et traversent les pays du Sud comme ceux du Nord. S’il y a un objet qui a unifié cette génération, c’est bien ce petit bout de fibres plastiques bleu, noir ou blanc.
Dans le cas de la France, en six ans à peine, le masque aura incarné l’imprévoyance de l’État, la règle imposée à tous au nom de la santé publique et, finalement, la défiance de la jeunesse.

The Conversation

Joseph Bohbot ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Du Kenya à la France, le masque, signe de ralliement de la génération Z – https://theconversation.com/du-kenya-a-la-france-le-masque-signe-de-ralliement-de-la-generation-z-295564