De Versalles a TikTok: llevamos siglos ‘farmeando aura’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sandra Bravo Durán, Socióloga y Doctora en Creatividad Aplicada, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

_La recepción del Gran Condé por Luis XIV (Versalles, 1674)_, de Jean-Léon Gérôme. Musée d’Orsay

Hay expresiones que parecen destinadas a morir rápido. “Farmear aura” tiene todas las papeletas: nació en internet, suena ligeramente absurda fuera de contexto y probablemente será sustituida por otra antes de que los adultos terminen de entenderla. Pero precisamente por eso merece atención: detrás de esa fórmula fugaz hay una obsesión social bastante más antigua que TikTok.

Tener aura, en el lenguaje de las redes, significa poseer una especie de magnetismo difícil de explicar: presencia, seguridad, estilo, misterio, esa capacidad de resultar interesante sin parecer demasiado interesado en conseguirlo. Farmearla consiste en hacer cosas que aumenten ese capital invisible. Resolver una situación incómoda sin inmutarse suma puntos; tropezarse cuando todos miran o esforzarse demasiado por parecer cool puede provocar una auténtica bancarrota simbólica. El Cambridge Dictionary ya recoge aura farming como la práctica de realizar acciones destinadas a proyectar una personalidad atractiva o interesante.

Internet incluso ha inventado una contabilidad imaginaria: “+1 000 puntos de aura”, “-5. 000”, “aura infinita”. La broma funciona porque todos entendemos perfectamente qué se está puntuando: la palabra es nueva; la conducta, no tanto.

Durante siglos hemos usado palabras distintas –honor, gracia, elegancia, distinción, carisma, cool, capital simbólico– para nombrar distintas formas de una misma obsesión: proyectar algo que los demás reconozcan como especial. TikTok simplemente ha actualizado el vocabulario.

Antes del algoritmo estaba Versalles

Si TikTok hubiera existido en el siglo XVII, Luis XIV probablemente habría entendido bastante bien su lógica. En Versalles, levantarse, vestirse o comer podían convertirse en ceremonias minuciosamente reguladas. La proximidad al monarca era un privilegio y participar en determinados momentos de su rutina comunicaba posición social.

La corte funcionaba mediante una compleja red de etiquetas, ceremonias, jerarquías e interdependencias. Versalles era una gigantesca arquitectura del prestigio. Luis XIV no se limitaba a tener poder: debía escenificarlo. El palacio, la ropa, las fiestas, el protocolo y hasta la administración de sus apariciones contribuían a fabricar una figura excepcional.

Dicho en nuestro idioma, Luis XIV estaba farmeando aura a escala estatal. La diferencia es que entonces hacían falta un palacio, una corte y cientos de espectadores para sostener la representación. Hoy basta un móvil con cámara.

‘Sprezzatura’: el viejo arte de parecer que no nos esforzamos

Uno de los mejores antepasados del aura farming quizá no fuera un rey, sino un dandi.

Acuarela de un hombre vestido de forma elegante a principios del siglo XIX.
Acuarela de Richard Dighton en la que se retrata a George ‘Beau’ Brummell.
Wikimedia Commons

A comienzos del siglo XIX, George “Beau” Brummell convirtió algo aparentemente trivial –vestirse y comportarse de determinada manera– en una extraordinaria fuente de influencia social. Su estilo huía de la extravagancia y apostaba por la precisión, la sobriedad y una atención casi obsesiva al detalle. Su verdadero talento, sin embargo, era conseguir que nada de aquello pareciera costarle demasiado. Esa mezcla de enorme preparación y aparente despreocupación fue central en su forma de entender la elegancia.

Brummell perfeccionó así una de las leyes fundamentales del aura: cuanto más evidente resulta el esfuerzo por parecer interesante, menos interesante parece uno.

Pero la idea ya era antigua. En 1528, Baldassare Castiglione había formulado en El cortesano el concepto de sprezzatura: la capacidad de ejecutar algo difícil haciendo que parezca fácil, ocultando el esfuerzo y el artificio que hay detrás. Una sofisticación perfectamente ensayada que debe presentarse como espontánea.

Cinco siglos después seguimos premiando exactamente lo mismo. Un vídeo aparentemente improvisado puede necesitar treinta tomas; un estilismo “sin pensar” puede haber requerido una hora; una persona puede haber dedicado años a construir un conocimiento cultural que luego parece intuitivo.

Trabajamos muchísimo para parecer espontáneos.

Cuando el aura se convierte en competición

Las actuales aura battles trasladan ese juego a una competición casi literal.

Recuerdan a las batallas del breaking y otras danzas urbanas, nacidas en el ecosistema del hip-hop neoyorquino de los años setenta, donde dos bailarines se enfrentan por turnos y no sólo cuenta la dificultad técnica, sino también la actitud, la respuesta al rival y el carisma.

Pero nos remiten a algo mucho más reconocible para cualquiera que haya visto suficiente cine adolescente: las batallas de animadoras, los concursos en el baile de fin de curso o esas escenas de instituto en las que dos grupos se desafían mientras todo el gimnasio decide quién acaba por dominar la situación.

Cambian los movimientos, pero la lógica es parecida: no basta con hacerlo bien; hay que conseguir apropiarse de la escena.

En las nuevas aura battles, esa segunda dimensión se convierte directamente en el objetivo. Gestos, poses, memes o pequeños movimientos sirven para decidir quién triunfa. Ya no se compite tanto por hacer algo difícil como por hacer que algo parezca memorable. Es el carisma convertido en deporte de competición.

Y eso revela algo importante: el aura nunca depende sólo de quien la posee. Necesita alguien que la reconozca.

Bourdieu habría entendido perfectamente los ‘aura points’

El sociólogo francés Pierre Bourdieu seguramente no habría hablado de farmear aura, pero habría reconocido enseguida el mecanismo.

En La distinción explicó cómo nuestros gustos también funcionan como formas de clasificación social. La música que escuchamos, los libros que leemos, la ropa que elegimos o los restaurantes que conocemos no expresan únicamente preferencias personales: también comunican familiaridad con determinados códigos.

Bourdieu llamó capital cultural a esos conocimientos y competencias. Cuando obtienen reconocimiento social pueden convertirse en capital simbólico: prestigio, legitimidad y autoridad.

O, dicho de manera bastante menos académica, aura points (puntos de aura).

Reconocer un bolso sin logotipo, conocer a un diseñador antes de que se haga masivo o descubrir un restaurante antes de que TikTok lo convierta en peregrinación puede producir distinción. El alemán Georg Simmel añadió otra pieza importante al explicar que la moda vive de la tensión entre imitación y diferenciación: queremos pertenecer, pero no llegar cuando ya ha llegado todo el mundo.

También el aura tiene timing.

Todos actuamos, pero ahora alguien lleva la cuenta

El sociólogo canadiense Erving Goffman describió la vida social como una representación: presentamos versiones de nosotros mismos ante distintas audiencias y tratamos de gestionar la impresión que producimos.

Las redes han añadido una complicación deliciosa: ahora también convertimos el supuesto backstage en contenido. La foto accidental, el vídeo “sin preparar”, el libro casualmente olvidado encima de la mesa… hasta la espontaneidad puede tener dirección artística.

Y ahí farmear aura introduce una forma curiosa de sinceridad. Cuando decimos que alguien lo está haciendo reconocemos la performance y, aun así, estamos dispuestos a premiarla si funciona.

Walter Benjamin utilizó precisamente la palabra aura para pensar aquello que hacía singular e irrepetible a una obra frente a su reproducción técnica. Para Benjamin, la reproducción erosionaba precisamente esa unicidad.

La coincidencia resulta especialmente bonita hoy. Vivimos en una cultura donde casi todo puede copiarse –un look, una pose, una estética, una canción– y quizá por eso valoramos todavía más aquello que parece difícil de reproducir: la presencia, el gesto, la seguridad, el timing. Puede que dentro de unos meses nadie vuelva a decir farmear aura, pero el comportamiento sobrevivirá.

Quizá lo verdaderamente contemporáneo sea haber convertido en juego algo que antes ocurría en silencio. Siempre hemos evaluado quién tenía presencia, quién dominaba una habitación o quién parecía necesitar demasiado nuestra aprobación. La diferencia es que ahora esa intuición tiene nombre, meme y puntuación.

TikTok no inventó el aura. Solo tuvo la cortesía de ponerle marcador.


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Sandra Bravo Durán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De Versalles a TikTok: llevamos siglos ‘farmeando aura’ – https://theconversation.com/de-versalles-a-tiktok-llevamos-siglos-farmeando-aura-290373

De la autenticidad al código de descuento: qué hay detrás de la caída de los ‘influencers’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Beatriz Feijoo, Profesora Titular de Publicidad, Universidad Villanueva

MAYA LAB/Shutterstock

“No es oro todo lo que reluce”, dice el refrán. Tal vez esa frase describe bien el momento que viven los influencers. Durante años, su atractivo se basó en una promesa muy poderosa. Parecían cercanos, auténticos y espontáneos. No hablaban como una marca, sino como alguien que recomienda desde su propia experiencia. Pero cuando muchos contenidos empiezan a sonar a colaboración, código de descuento o estrategia de venta, esa promesa pierde valor. Y la confianza, que tarda mucho en construirse y muy poco en romperse, empieza a debilitarse.

El debate no es nuevo. Sin embargo, parece que ahora es más intenso. Las críticas ya no apuntan solo a una persona en particular, a una polémica concreta o a una campaña desafortunada. Lo que se empieza a cuestionar es algo más profundo. Se habla de la ética y la honestidad del propio formato.

Cuando el formato pierde frescura

Durante años, los influencers basaron su atractivo en una promesa difícil de copiar por la publicidad tradicional. Parecían auténticos, cercanos y espontáneos. No hablaban como una marca, sino como alguien “de los nuestros” que compartía rutinas, gustos, compras, viajes, comidas o formas de entender el bienestar. Esta fórmula funciona muy bien con las nuevas generaciones, que están acostumbradas a contenidos fluidos, personales y mezclados con el entretenimiento. Ahí reside buena parte de su poder: su eficacia no depende solo del producto que recomiendan, sino del vínculo previo que han creado con su comunidad. Por eso, cuando aparece una recomendación comercial, no se percibe como un anuncio aislado, sino como parte de una relación de familiaridad.

Pero esa misma fortaleza empieza a mostrar sus límites. Cuando todo parece que puede convertirse en colaboración, código de descuento o campaña, el formato pierde frescura. Lo que antes sonaba espontáneo ahora se siente repetitivo. Lo cercano parece calculado. La recomendación se vuelve un escaparate permanente. La saturación publicitaria no solo cansa: erosiona el sentido original del influencer como figura próxima, creíble y diferenciada.

El problema no es que hagan publicidad

Las nuevas generaciones no son ingenuas ante el fenómeno. Para muchos adolescentes, la relación entre creadores y marcas no les resulta rara ni sorprendente. Es parte de lo que significa ser influencer. En estudios cualitativos con adolescentes españoles, estos perfiles se describen como celebridades digitales, modelos de entretenimiento y figuras ligadas a marcas, seguidores y consumo. Es decir, los jóvenes no ven la presencia comercial como algo fuera de lugar: la consideran parte del trabajo del creador.

El problema, por tanto, no es que los influencers vendan productos. Vender forma parte de su modelo profesional y es totalmente legítimo. Lo delicado aparece cuando esa relación se desarrolla en un ecosistema de ambigüedad comercial, donde recomendación, opinión, entretenimiento y publicidad se mezclan hasta volverse difíciles de distinguir.

Los jóvenes pueden saber que los influencers trabajan con marcas y, aun así, no siempre contar con las claves necesarias para entender cuándo están ante una opinión, una recomendación sincera o una estrategia publicitaria. No son ingenuos, pero sí pueden llegar a naturalizar esa ambigüedad como parte normal del entorno digital. Y lo hacen como prosumidores en formación: miran, imitan, comparten, recomiendan y crean contenidos bajo lógicas de visibilidad, aspiración y marca personal. Por eso, lo que está en juego no es la publicidad en sí, sino la honestidad del vínculo con quienes escuchan, miran y confían.

A esa saturación se suman la desconexión con la vida real, el abuso del lujo aspiracional y la ligereza con la que algunos perfiles opinan sobre temas complejos. La crisis, por tanto, no es solo comercial: es también ética.

Referentes de las nuevas generaciones

Esa ambigüedad importa porque los influencers no son una presencia secundaria en la vida digital de los menores. Forman parte de su día a día y, muchas veces, de sus metas. No solo ven qué compran. También observan cómo se muestran, cómo hablan de su cuerpo, qué comen, cómo entrenan, qué marcas apoyan o qué estilo de vida muestran como deseable. Más allá de seguir a creadores de contenidos, aprenden de ellos cómo estar, consumir, mostrarse y convertir la propia visibilidad en valor.

Y buena parte de ese aprendizaje ocurre sin que nadie tenga que enseñar nada de manera explícita. Los menores observan qué comportamientos reciben atención (likes), qué formas de mostrarse generan reconocimiento (followers) y qué estilos de vida parecen conducir al éxito. El influencer se convierte así, lo quiera o no, en algo más que una fuente de entretenimiento o una nueva figura publicitaria: actúa como un modelo social. La pregunta que nos debe preocupar como sociedad no es solo cuánto tiempo pasan niños y adolescentes siguiendo a estos perfiles, sino qué están aprendiendo mientras los siguen.




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Ante este escenario, la respuesta educativa no puede limitarse a prohibir, controlar el tiempo de pantalla o repetir a los menores que “no todo lo que ven en redes es verdad”. Necesitamos enseñarles a mirar detrás del contenido. Que aprendan a preguntarse por qué alguien les recomienda un producto, qué gana con ello, por qué confían en esa persona o si tener miles de seguidores convierte realmente a alguien en una voz autorizada. Y también algo quizá más difícil: reconocer cuándo un contenido está influyendo en sus propios deseos, en la imagen que tienen de sí mismos o en lo que consideran necesario para encajar.

Los menores cada vez son más competentes para reconocer cuando un vídeo tiene publicidad. Sin embargo, pueden no percibir cómo el goteo constante y, a veces, casi bombardeo de determinados cuerpos, productos o estilos de vida va modificando lo que entienden por normal, deseable o necesario.

Educar en cultura digital significa precisamente darles herramientas para moverse en un entorno en el que entretener, influir y vender ocurren muchas veces al mismo tiempo. No se trata de criar adolescentes desconfiados de todo, sino de formar espectadores y futuros creadores capaces de detenerse, hacerse preguntas y decidir con mayor autonomía.

La responsabilidad de las marcas

La responsabilidad no recae solo en los creadores. Las marcas también juegan un papel importante en el tipo de influencia que respaldan y validan. Durante bastante tiempo, muchas campañas han primado el alcance, la cantidad de seguidores o la rapidez de la conversación. Sin embargo, en tiempos de creciente desconfianza, tal vez la pregunta clave ya no sea quién llega a más personas. Ahora es más relevante quién representa mejor los valores de la marca y mantiene una relación honesta con su comunidad. A veces, menos es más: menos volumen, menos oportunismo y más credibilidad.

Para combatir la ambigüedad comercial, no basta con poner una etiqueta que diga “publicidad” o “colaboración pagada”. La transparencia es importante, pero no suficiente. También hacen falta autenticidad, coherencia y responsabilidad. La publicidad no tiene que desaparecer del mundo de los influencers, pero sí debe ser clara, veraz y honesta, especialmente cuando se dirige a un público joven.

Los influencers no están desapareciendo, pero sí está cambiando la manera en que los percibimos. Y quizá sea una buena noticia. Su crisis no debería leerse solo como una anécdota de redes, sino como una oportunidad para revisar cómo se construye la confianza en el entorno digital. Especialmente cuando quienes están al otro lado de la pantalla son niños y adolescentes.

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Beatriz Feijoo recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación, proyecto de investigación ref. PID2024-155709NB-I00 (DIGETHICA).

Helena López-Bueno no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. De la autenticidad al código de descuento: qué hay detrás de la caída de los ‘influencers’ – https://theconversation.com/de-la-autenticidad-al-codigo-de-descuento-que-hay-detras-de-la-caida-de-los-influencers-290214

¿Influye el origen socioeconómico en la implicación académica y el esfuerzo?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Patricia Lorente Labrado, PhD student in Social Sciences, Universidad Carlos III

Hananeko_Studio/Shutterstock

El esfuerzo se ha convertido en una palabra recurrente del debate público. Representantes políticos apelan con frecuencia a la “cultura del esfuerzo” como motor del éxito personal, una idea que entronca con un ideal más amplio y familiar: el de la meritocracia, la creencia de que cada cual acaba donde su talento y su empeño le permiten llegar. Detrás de estas ideas late una asunción poderosa: que esforzarse es, únicamente, una cuestión de voluntad individual.

Esa asunción, sin embargo, es más frágil de lo que parece. No todas las personas parten del mismo punto: mientras algunas disponen de todas las condiciones para esforzarse en una determinada tarea, las de otras se ven mermadas por circunstancias que escapan a su voluntad.

Hasta hace poco apenas existía evidencia empírica sobre cómo se relaciona el esfuerzo con el origen social. Una de las razones es puramente técnica: medirlo de forma fiable es sorprendentemente difícil. Esto deja el terreno abonado para teorías incompletas que alimentan la idea de que todos tenemos la misma capacidad de esforzarnos, sin una explicación rigurosa de cómo afectan la socialización o el acceso a recursos materiales.

En nuestro reciente estudio hemos observado cómo influye el entorno socioeconómico en esta capacidad humana.

Cómo se mide el esfuerzo

Medir el esfuerzo despierta un enorme interés en las ciencias sociales, pero el campo ha tropezado durante años con un obstáculo metodológico. La opción más sencilla –preguntar a los propios individuos o a su entorno– resulta problemática, porque nos cuesta evaluar de manera objetiva nuestro propio esfuerzo y las respuestas pueden estar sesgadas precisamente por las características sociales que se quieren estudiar. La alternativa –medir el rendimiento en tareas cotidianas de trabajo o estudio– tampoco sirve: corre el riesgo de confundir el esfuerzo con la habilidad, porque esas tareas muchas veces son difíciles.

Hemos sorteado este problema aplicando una nueva forma de medición: en lugar de fiarnos de autoevaluaciones o de recurrir a tareas difíciles, diseñamos ejercicios lo bastante sencillos como para no depender de la habilidad, pero exigentes en términos de constancia, diseñados para medir concentración, atención y autocontrol en estudiantes. Es decir, ejercicios que precisaban para su ejecución un cierto esfuerzo cognitivo y compromiso con la tarea, pero su ejecución era fácil para cualquier participante.

La ventaja de ese diseño es que la puntuación obtenida depende del esfuerzo invertido: quien más puntos suma es, por tanto, quien más se ha esforzado.




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Además, se aplicaron diferentes condiciones para el desempeño de esfuerzo. Cada tarea se realizó en tres escenarios distintos: sin recompensa alguna, con pequeños obsequios y en una situación de competición con reconocimiento simbólico. Comparar el rendimiento entre estas condiciones permite averiguar no solo cuánto se esfuerza cada estudiante, sino bajo qué incentivos lo hace, y cómo se relaciona ese patrón con el origen social.

En total participaron 1 360 alumnos y alumnas de quinto de primaria de Madrid y Berlín, repartidos en 60 clases de 32 centros escolares.

Una brecha pequeña que borran las recompensas

Los resultados muestran que el alumnado de origen socioeconómico más desfavorecido –medido aquí por el nivel de estudios de los padres– presenta, de partida, una disposición al esfuerzo algo menor: cuando no había recompensa de por medio, estos alumnos sumaban menos puntos en las tareas diseñadas para medir el esfuerzo.

El hallazgo más revelador llega al introducir recompensas. Los estudiantes de origen más alto parten de un esfuerzo mayor, pero son menos sensibles a los incentivos. Los de origen más bajo, en cambio, responden con fuerza a ellos: cuando aparece una recompensa, su esfuerzo –es decir, los puntos que suman en las tareas– aumenta hasta prácticamente igualar al del resto. La brecha, en otras palabras, no es fija, sino que se desvanece en cuanto cambian las condiciones.

Escasez, incentivos y esfuerzo

¿Cómo interpretar esta evidencia novedosa? Lo que sugiere es que el esfuerzo no brota de una voluntad individual en el vacío, sino que está condicionado por el contexto en que cada menor crece. Los recursos de los que dispone la familia y la seguridad que el niño o la niña experimenta en su día a día resultan determinantes. Crecer con escasez –de medios económicos o de atención parental– dificulta la capacidad de sostener el esfuerzo en una tarea.

Por eso la “cultura del esfuerzo”, entendida como pura fuerza de voluntad, ofrece una imagen demasiado simplista. Tiene un sentido distinto para cada cual: las circunstancias materiales de las que partimos hacen que el coste de esforzarse, y la recompensa que se obtiene a cambio, no sean los mismos para todos.

Eso explica las dos caras del estudio: la brecha pequeña pero significativa cuando no hay incentivos, y su virtual desaparición cuando sí los hay. Dicho de otro modo, una de las razones por las que los niños menos favorecidos se esfuerzan algo menos es, sencillamente, la falta de recursos con la que crecen. Y según los resultados obtenidos, una manera de lograr que se esfuercen al mismo nivel es ofrecerles incentivos.




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Implicaciones para la práctica educativa

¿Qué consecuencias tiene esto para la escuela? Un sistema educativo más justo debería tener en cuenta estas disposiciones desiguales ligadas al origen social, en lugar de ignorarlas. Una vía posible sería complementar la valoración del rendimiento académico con el reconocimiento del progreso individual de cada estudiante dentro del aula: premiar no solo a quien obtiene las mejores notas, sino también la constancia o la mejora respecto al propio punto de partida. Para cerrar la brecha en cuanto al esfuerzo, en nuestro estudio bastaron obsequios de escaso valor y el reconocimiento simbólico asociado a una pequeña competición.

Otra vía es recurrir más a la llamada gamificación: preparar los contenidos de aprendizaje de forma lúdica, de modo que la propia tarea lleve incorporados pequeños alicientes. Premiar no solo dónde se llega, sino cuánto se avanza, podría ofrecer a quienes parten con menos el tipo de incentivos para cerrar la brecha.


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Jonas Radl recibió fondos del European Research Council (Grant agreement No. 758600) en la Universidad Carlos III de Mdrid para financiar el proyecto que generó el estudio aquí descrito.

Patricia Lorente Labrado no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Influye el origen socioeconómico en la implicación académica y el esfuerzo? – https://theconversation.com/influye-el-origen-socioeconomico-en-la-implicacion-academica-y-el-esfuerzo-282915

La información que nos da nuestro chatbot favorito no es neutral ni objetiva

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dídac Jiménez Torras, Investigadore predoctoral en Sesgos y Videojuegos, UOC – Universitat Oberta de Catalunya

Cuando un chatbot no tiene la información suficiente sobre nuestra consulta, puede inventar la respuesta. Marcin Wilkowski / https://betterimagesofai.org, CC BY-NC-SA

Un 10 % de la población obtiene su información principalmente de chatbots –agentes conversacionales que funcionan con inteligencia artificial (IA)–, según una encuesta a 93 000 personas de todo el mundo para el Reuters Digital News Report 2026. Por otro lado, cuando se les preguntó a los participantes por sus preferencias, un 46 % afirmó buscar fuentes sin “un punto de vista” (es decir, percibidas como objetivas). En esta misma línea, un estudio publicado en Nature apunta que la IA es valorada por sus usuarios como más neutral –de media un 10 % más– que los expertos humanos en sus correspondientes ámbitos.

La presunción de que las personas expertas son objetivas –el llamado sesgo de autoridad– no es nada nuevo. Sin embargo, con la inteligencia artificial, una diferencia notable es la escala, ya que cualquier contenido difundido a través de plataformas de chatbots tiene un alcance significativamente mayor que el que pudiera tener un solo experto humano.

Además, con algunas excepciones como pueden ser Apertus u Olmo, la mayoría de los sistemas de IA son cajas negras donde no sabemos qué decisiones han tomado los algoritmos, ni por qué. Por otro lado, al estar centralizadas, sus empresas matrices pueden añadir cambios sutiles a millones de usuarios simultáneamente. Existen múltiples falsas creencias que nos hacen infravalorar el riesgo que esto supone, empezando por la que expone el mencionado artículo de Nature.

FALSO: “La máquina sabe más que la persona”

El sesgo de automatización es la percepción de que las máquinas y los algoritmos son más neutrales y eficientes que sus contrapartidas humanas. Esto explica, por ejemplo, que algoritmos de indexación como Google tengan un monopolio del 90 % de las búsquedas en línea.

También, este sesgo es culpable del discurso tecnosolucionista que erige la IA como árbitro objetivo del presente y el futuro. Esto supone un peligro sociocultural, cuando los algoritmos de determinadas plataformas priorizan discursos supremacistas o polarizantes. Por ejemplo, tenemos a TikTok, que promueve contenido de odio por su alta carga emocional, con el único objetivo de mantener a sus usuarios en la plataforma, mientras X favorece los mensajes de su propietario Elon Musk, sus empresas y sus aliados políticos, y Deepseek oculta información contraria a la República de China, como la relacionada con las protestas de Tiananmen.

FALSO: “¿Ves? Yo tenía razón”

Este sesgo de automatización suele ir acompañado por múltiples otros, entre los cuales hay tres que pueden amplificar dinámicas de colonización del conocimiento por parte de la IA.

En primer lugar, el sesgo de confirmación nos predispone a buscar información que valide lo que ya creemos, en lugar de cuestionarlo. Este atajo mental fue evolutivamente útil para la supervivencia: por ejemplo, si creemos haber contraído una enfermedad, se nos puede poner en cuarentena y hacer pruebas para buscar una cura y evitar más contagios, en lugar de tildarnos de hipocondriacos (desconfirmación).

En este sentido, los modelos conversacionales con IA están diseñados para seguirnos la corriente. Así, generan contenido alineado con las creencias de los usuarios, por ejemplo, material antisemítico, invención de datos y estudios para desinformación o imágenes falsas de todo tipo, con tal de no llevarnos la contraria.

FALSO: “Es mejor no cuestionar”

En segundo lugar, el sesgo de sobreconfianza evita que estemos dudando continuamente y nos predispone a sentirnos seguros con la información que se nos ofrece sobre determinados sucesos, aunque no sepamos explicarlos. Ello nos permite construir conocimiento de manera gradual, haciendo posible las multiplicaciones y las potencias, después de haber aprendido el funcionamiento de las sumas, en lugar de cuestionar su funcionamiento en bucle.

Sin embargo, la sobreconfianza también nos lleva a caer en la trampa de bulos que se nos presentan con la apariencia de evidencia científica.

Por otro lado, vuelve directamente invisibles cuestiones que ya creemos conocer y, por lo tanto, simplemente no se las preguntamos a la IA. Eso sí, aunque lo hiciéramos, no tendríamos garantizada la verdad, ya que los chatbots son propensos a caer en alucinaciones.

FALSO: “Solo el presente y el pasado cercano existen”

Por último, el sesgo de sucesos recientes nos predispone a dar prioridad a eventos que hace poco que han sucedido, por encima de eventos pasados o futuros. Este sesgo ayuda a que nos centremos en nuestras necesidades más inmediatas, como comer o entregar un trabajo.

En la otra cara de la moneda, favorece anécdotas recientes, en lugar de tendencias longitudinales –este es el truco que se usa para negar el cambio climático si hay un temporal frío (un argumento análogo a decir que el Sol no existe porque ahora es de noche)–. Los chatbots y los buscadores –basados en IA– tienden a multiplicar este sesgo, aportando principalmente resultados recientes, sin considerar referencias pasadas, más allá de aquellas populares.

¿Cómo responder?

De la misma manera que preguntaríamos a un investigador por su metodología y participantes, podemos personalizar la memoria de Mistral o Lumo (de Proton)dos modelos de IA menos medioambientalmente dañinos–, para que diagnostiquen sus sesgos y los de nuestras preguntas, pasando de asumir que son neutrales a visibilizar sus limitaciones.

Si usamos otros sistemas conversacionales, tal vez podríamos darles instrucciones para combatir los tres sesgos mencionados, como:

-Para el sesgo de confirmación: “Cuando te pida que me ayudes con una tarea, incluye una pequeña sección (3 oraciones) a tu respuesta mencionando las posibles limitaciones y refinamientos que tiene mi enfoque”.

-Para el sesgo de sobreconfianza: “Para ayudarme a buscar información relacionada con búsquedas, añade al final de tu mensaje un apartado con palabras clave recomendadas. Busca fuentes con estadística de artículos que no sean exclusivamente anécdotas periodísticas y añade el enlace a las mismas”.

-Para el sesgo de sucesos recientes: “Ten cuidado de no proveer solo información reciente que no tenga en cuenta las tendencias longitudinales e históricas, y procura incluir perspectivas locales poco conocidas en lugar de únicamente artículos occidentales populares sobre el tema que seguramente encontrarás si haces búsquedas en línea con los buscadores más típicos o te remites a los datos con los que fuiste entrenado”.

Nadie está libre de sesgos, pero conocerlos puede ayudarnos a gestionarlos mejor. En cualquier caso, es esencial no confiar ciegamente en las producciones de una IA. Quizá, igual que cuando tenemos un coche viejo del que conocemos sus fallos, nuestros propios sesgos humanos y personales sean más fáciles de manejar que aventurarnos a comprar un coche usado que no sabemos quién condujo antes que nosotros, ni cómo lo hizo.

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ref. La información que nos da nuestro chatbot favorito no es neutral ni objetiva – https://theconversation.com/la-informacion-que-nos-da-nuestro-chatbot-favorito-no-es-neutral-ni-objetiva-289527

Volver a la naturaleza: qué sabemos sobre los efectos de la medicina verde

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Bárbara Badanta Romero, PDI. Departamento de Enfermería, Universidad de Sevilla

Las pantallas han colonizado nuestra rutina y, con ellas, el sedentarismo, el estrés y la desconexión del entorno natural. A pesar de los enormes avances en salud, las enfermedades crónicas siguen afectando a una proporción significativa de la población mundial. Aunque disponemos de un amplio arsenal de fármacos y tratamientos, en las consultas médicas la misma recomendación se repite: “Hay que empezar cambiando el estilo de vida”.

Pero ¿cómo es posible lograrlo cuando el propio entorno lo dificulta? Una de las respuestas es sencilla: volver al verde, a la tierra, a la naturaleza. No como sustituto de nada, sino como punto de partida para cuidar nuestro bienestar.

En este contexto cobra sentido profundizar en prácticas pertenecientes a la llamada “medicina verde”. Esta consiste en el uso de entornos naturales de forma prescriptiva y basada en evidencia científica para mejorar y mantener la salud. No se trata de una moda: el periodista y escritor Richard Louv acuñó el concepto de “trastorno por déficit de naturaleza” en 2005 para describir cómo la vida exclusivamente urbana se asocia a un aumento de patologías crónicas y a una menor capacidad de recuperación mental.

¿Por qué nos hace bien la naturaleza? La ciencia lleva décadas intentando responder esta pregunta.

La hipótesis de la biofilia del entomólogo y biólogo estadounidense Edward O. Wilson plantea que los seres humanos tenemos una tendencia biológica innata a buscar vínculos con el mundo natural. A esta se suma la teoría de la restauración de la atención: la vida urbana nos exige una atención constante y dirigida que agota nuestros recursos cognitivos, mientras que la naturaleza activa lo que los investigadores llaman fascinación suave, ese estado en el que la mente descansa sin esfuerzo, simplemente observando.

Los beneficios de pasear por el bosque

Los “baños de bosque” (del japonés, shinrin-yoku), consisten en una inmersión sensorial profunda en el entorno forestal. Su práctica implica una desaceleración, y por ello no debe confundirse con el senderismo u otras actividades físicas de intensidad. Mientras que caminar a buen ritmo activa el sistema nervioso simpático por el esfuerzo físico, la lentitud del shinrin-yoku busca precisamente lo contrario: activar el sistema parasimpático, encargado de la restauración y el equilibrio del organismo.

No se trata de una estancia pasiva: una sesión estándar puede durar entre dos y tres horas sin superar los tres kilómetros de recorrido. Es justo lo necesario para que el cuerpo se relaje sin que la fatiga física interrumpa el proceso.

Los baños de bosque encuentran parte de su explicación en mecanismos psicológicos, pero los beneficios reportados son amplios. Estos van desde la mejora de nuestras defensas hasta la reducción del estrés y la ansiedad.

La efectividad depende en buena medida del entorno: los resultados son más evidentes en zonas de alta biodiversidad, donde la inhalación de fitoncidas –compuestos antimicrobianos emitidos por las plantas– y el silencio potencian el efecto. El uso de dispositivos electrónicos, la música o un ritmo de marcha competitivo pueden interferir con el proceso restaurador y restarle beneficio.

La primavera y el verano son las estaciones más favorables para estos paseos, ya que la actividad biológica de los árboles maximiza la emisión de fitoncidas, y las temperaturas permiten el contacto prolongado con la naturaleza. Sin embargo, puede practicarse durante todo el año adaptando la duración y el equipamiento.

La naturaleza no entiende de edades

Algunas de las virtudes más destacables de estas prácticas son que no requieren equipamiento, formación especializada ni una condición física determinada. Y, además, no entienden de edades.

En niños y adolescentes la ciencia ha demostrado que una mayor exposición a espacios verdes se asocia con menos síntomas de ansiedad, depresión e hiperactividad. Los beneficios parecen ser especialmente relevantes en edades tempranas y en niños con sintomatología previa más elevada.

Las personas mayores se benefician porque estas prácticas priorizan la inmersión sensorial –escuchar, observar, respirar– por encima de cualquier exigencia física.

Incluso en personas con problemas cardíacos graves, inmersiones forestales de apenas cuatro días han mostrado reducciones clínicamente relevantes en marcadores de estrés e inflamación miocárdica.

Además, como herramienta útil en el ámbito socioeconómico, se ha demostrado que incorporar pausas en espacios verdes durante la jornada laboral reduce el burnout y mejora el rendimiento cognitivo. Un parque, un jardín, incluso una franja de hierba: la naturaleza no exige grandes gestos para devolver algo a cambio.

Durante siglos la naturaleza formó parte de nuestra salud sin que nadie lo llamara terapia. La ciencia nos recuerda que nunca debimos alejarnos de ella. A veces, lo que puede parecer sencillo, como quitarse los zapatos y pisar la tierra, es también necesario.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Volver a la naturaleza: qué sabemos sobre los efectos de la medicina verde – https://theconversation.com/volver-a-la-naturaleza-que-sabemos-sobre-los-efectos-de-la-medicina-verde-287275

Canarias, una historia de millones de años de erupciones volcánicas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Olaya García Pérez, Profesor ayudante doctora, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Erupción del Tajogaite en 2021, La Palma. Olaya García Pérez.

Si preguntamos a nuestros padres o a nuestros abuelos, probablemente recordarán la explosión del Tajogaite en La Palma en 2021, los enjambres sísmicos que se están viviendo en la isla de Tenerife este año, o la erupción submarina de El Hierro en 2011. Es decir, cuando pensamos en volcanes, solemos recurrir a las experiencias vividas y a relatos transmitidos entre generaciones. Pero la memoria histórica no perdura para siempre.

Así, cuando desaparecen estos relatos también se esfuma una parte importante del pasado. Y resulta más difícil entender la huella que un evento volcánico dejó en el territorio.

Memorias guardadas en la geología

Mientras la memoria histórica apenas conserva unas pocas generaciones, el registro geológico funciona como un archivo natural, guardando información sobre procesos que se desarrollan durante cientos de miles o millones de años.

Cada colada, cada depósito y cada deslizamiento conservan información. Es una memoria diferente, pero extraordinariamente precisa.

La diferencia entre estas escalas condiciona nuestra forma de comprender la historia volcánica de cualquier lugar, el riesgo volcánico y la enorme diversidad de procesos que han intervenido en la construcción de las islas.

Lo que recuerda la memoria humana

Cuando hablamos de los volcanes de Canarias, solemos recordar las erupciones más recientes. La del Tajogaite (2021) permanece viva por las evacuaciones, la incertidumbre de sus 85 días de actividad volcánica y la enorme repercusión social y mediática. La del Teneguía (1971) se recuerda por ser la primera seguida por televisión, una erupción estromboliana –erupciones explosivas moderadas y rítmicas– que fascinó a la población por sus fuentes de lavas de varias decenas de metros y los ríos de lava, más que por sus efectos.

Del Chinyero (1909) perduran las fotografías y los relatos de la población de la época. De la erupción de Garachico (1706) sigue presente la destrucción del principal puerto comercial de Tenerife y sus consecuencias económicas.

Lanzarote se transformó radicalmente por la erupción del Timanfaya (1730-1736), la más prolongada del archipiélago. Sin embargo, el recuerdo que ha llegado hasta nosotros no se centra en el proceso eruptivo, sino en la capacidad de adaptación de la población a un territorio completamente transformado.

Timanfaya, en Lanzarote.
Wikimedia Commons., CC BY

Estos ejemplos muestran que la memoria humana rara vez conserva la duración de una erupción, su volumen de lava o cómo fue el evento geológico en sí. Lo que permanece son las historias humanas: las evacuaciones, las pérdidas y la reconstrucción posterior. Aunque, en algunos casos, como Timanfaya, las crónicas, mapas y dibujos permiten reconstruir con detalle el desarrollo de la erupción.

Calderas que hoy son parque natural

Algunos de los procesos que moldearon las islas más profundamente ocurrieron mucho antes de que existiera una memoria capaz de registrarlos, hace millones de años.

Al recorrer el archipiélago, observaremos grandes estructuras volcánicas que forman parte de un paisaje singular, en su mayoría un paisaje protegido y valorado por su patrimonio geológico. Esto nos permite reconstruir algunos de los episodios más importantes en la formación de las islas.

Parque Natural del Teide, en Tenerife.
Wikimedia Commons., CC BY

Las Cañadas del Teide, en Tenerife, son una de las mayores depresiones volcánicas o calderas del archipiélago. Se originaron hace entre 220 000 y 160 000 años como resultado de grandes colapsos del edificio volcánico, asociados a erupciones explosivas y grandes deslizamientos gravitacionales –derrumbes de material volcánico ladera abajo–. Sobre esa enorme depresión, creció posteriormente el complejo volcánico Teide-Pico Viejo.

Estos acontecimientos quedaron registrados en las rocas. Gracias a ello, el estudio y datación de los depósitos volcánicos permite reconstruir cuándo ocurrieron e interpretar cómo cambiaron las islas.

Una gran cicatriz en El Hierro

Otro de los ejemplos más espectaculares de proceso volcánico se encuentra en El Hierro. El gran deslizamiento de El Golfo ocurrió hace entre 87 000 y 39 000 años, movilizó entre 150 y 180 km³ de material y dejó una cicatriz de 150 k² que transformó por completo la isla.

Deslizamiento de El Golfo, El Hierro. Autor: Emilio Soler Onís.
Olaya García.

Procesos similares ocurrieron repetidamente en El Hierro y fueron responsables de la formación de Las Playas y El Julan. En Tenerife, dieron lugar al valle de La Orotava, uno de los mayores deslizamientos gravitacionales y mejor estudiados en islas oceánicas. Conocer estos procesos no solo permite reconstruir el pasado, también ayuda a comprender mejor el comportamiento futuro de los sistemas volcánicos.

Mirar hacia la geología para entender el futuro

Ningún habitante de Canarias recuerda la formación de Las Cañadas del Teide o el gran deslizamiento de El Golfo. Sin embargo, estos procesos transformaron el archipiélago mucho más que cualquiera de las erupciones conservadas en la memoria histórica. La diferencia entre la memoria humana y el registro geológico no solo es temporal, sino también de escala.

Comparación entre la memoria histórica de las erupciones y la historia geológica que ha modelado el paisaje de Canarias. Escala temporal logarítmica.
Olaya García.

Quizás el principal reto sea aceptar que nuestra experiencia apenas representa una pequeña parte de la historia volcánica del archipiélago. Solo el registro geológico nos permite reconstruir esa historia y comprender los procesos volcánicos que, durante millones de años, han construido y transformado las islas Canarias, que siguen siendo un lugar geológicamente muy activo.

The Conversation

Olaya García Pérez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Canarias, una historia de millones de años de erupciones volcánicas – https://theconversation.com/canarias-una-historia-de-millones-de-anos-de-erupciones-volcanicas-287106

¿Basta con reducir el consumo energético y reciclar para que un museo sea sostenible?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julio González-Liendo, PDI en Sostenibilidad, Comunicación y RSC, UNIE Universidad

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza estuvo entre los candidatos al Premio del Consejo Internacional de Museos (ICOM) a las buenas prácticas de desarrollo sostenible. Mundofoto/Shutterstock

Si intentamos buscar el momento en que la palabra “sostenibilidad” ingresó en el vocabulario común, debemos remontarnos unas décadas atrás. El término apareció por primera vez en 1987 en el informe Brundtland, elaborado por una comisión internacional para la ONU, donde se definió la sostenibilidad como la capacidad de aprovechamiento que garantice que las próximas generaciones también puedan disfrutar de los recursos naturales. Es decir, hacer un uso racional y consciente de ellos.

Es, pues, un compromiso a asumir por las personas, las instituciones, las empresas y la sociedad civil tanto para que haya un equilibrio medioambiental como para la optimización de los beneficios económicos y sociales.

Una visión corta de la sostenibilidad

Durante mucho tiempo, la sostenibilidad en los museos se asoció casi exclusivamente con el medioambiente. Las iniciativas se centraban en disminuir el consumo de energía, reducir los residuos o mejorar la eficiencia energética de los edificios.

Aunque estas acciones siguen siendo imprescindibles, la gestión de los museos es hoy más compleja porque se han ampliado sus funciones y las expectativas sociales asociadas a su actuación. El museo ya no solo debe conservar y transmitir el patrimonio, sino también contribuir a la educación, favorecer la participación ciudadana, promover la inclusión y la diversidad, generar actividad económica y relacionarse de manera transparente con sus públicos y su entorno.

Esta ampliación de funciones también amplía su impacto sobre la sociedad y, con ello, su responsabilidad en materia de sostenibilidad. Ser sostenible no implica únicamente reducir el consumo energético o gestionar adecuadamente los residuos, sino también garantizar que los recursos culturales, económicos y sociales que moviliza el museo contribuyan a generar valor a largo plazo y puedan seguir estando al servicio de las generaciones futuras. Por ello, la sostenibilidad museística exige analizar no solo cómo funciona el museo, sino también qué efectos produce en las comunidades a las que sirve.

De hecho, en 2022, el Consejo Internacional de los Museos (ICOM), la máxima autoridad del sector, emitió una nueva definición de museo que refuerza la conservación de la memoria colectiva, la educación, la inclusión y el bienestar de las comunidades:

“Un museo es una institución sin ánimo de lucro, permanente y al servicio de la sociedad, que investiga, colecciona, conserva, interpreta y exhibe el patrimonio material e inmaterial. Abiertos al público, accesibles e inclusivos, los museos fomentan la diversidad y la sostenibilidad. Con la participación de las comunidades, los museos operan y comunican ética y profesionalmente, ofreciendo experiencias variadas para la educación, el disfrute, la reflexión y el intercambio de conocimientos”.

Medir y certificar la sostenibilidad de los museos

La sostenibilidad museística necesita, pues, herramientas de medición que integren todas sus dimensiones (investigación, coleccionismo, conservación, interpretación, exhibición, difusión) en un único sistema de evaluación.

Aunque desde hace décadas existen distintos instrumentos para hacerlo, procedentes del ámbito empresarial, un museo no solo administra recursos, también custodia patrimonio, construye memoria colectiva, promueve el acceso a la cultura, educa, investiga y mantiene una relación permanente con una gran diversidad de públicos (instituciones, artistas, visitantes, investigadores, donantes). Esta diversidad requiere de sistemas específicos de medición.

La Estrella de la Sostenibilidad es un modelo propuesto por investigadores de la Universidad de Lausana (Suiza), basado en los indicadores ESG (medioambientales, sociales y de gobernanza), que concibe la sostenibilidad como un sistema que conecta las dimensiones económica, social, cultural y medioambiental de los museos.

Un modelo dialogante

Por nuestra parte, diseñamos un modelo integral de medición, Huella M, que pretende diagnosticar, medir, gestionar y reportar la sostenibilidad de los museos. La propuesta se estructura en torno a cinco dimensiones: medioambiental, social, económica, cultural y comunicacional, y busca estandarizar el desempeño, identificar oportunidades de mejora, orientar la toma de decisiones y comunicar los resultados de forma objetiva y comparable.

En este modelo, la comunicación es estratégica, por la importancia de la calidad del diálogo entre el museo y sus públicos.

Huella M trabaja con indicadores cuantitativos y cualitativos. Los primeros permiten medir cuestiones económicas y medioambientales (desde ingresos y gastos hasta emisiones), mientras que para las dimensiones comunicacional, social y cultural se busca profundizar en la calidad de las intervenciones. De este modo, el museo puede conocer mejor qué está logrando como agente de cambio social.

Un ejemplo: ¿interesa saber cuántos visitantes recibe? Claro, pero también importa saber qué impacto en conocimiento, cultura y entretenimiento generó en su público, porque el número de visitantes por sí solo no permite conocer si la experiencia realmente produjo un cambio significativo.

Importancia de la transparencia y la comunicación

Imaginemos que aplicamos Huella M al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Podríamos empezar preguntándonos cuánta energía consume, qué emisiones genera o cuánto cuesta mantener sus instalaciones. Pero el análisis tendría que ir más allá:

  • ¿Cómo consigue que sus exposiciones sean accesibles y significativas para públicos diversos?

  • ¿Qué conocimientos y experiencias generan sus actividades educativas?

  • ¿Cómo contribuye a acercar el arte a quienes habitualmente no visitan un museo?

Incluso el número de visitantes adquiere otra dimensión: no se trata solo de saber cuántas personas entran, sino de conocer qué valor cultural, social y comunicacional genera su experiencia. Huella M permite así observar el museo desde diferentes perspectivas y comprender su sostenibilidad como la capacidad de generar valor de manera equilibrada y duradera.

Un ejemplo especialmente inspirador es el Genalguacil Pueblo Museo, situado en Genalguacil (Málaga), un municipio rural de 363 habitantes. Allí, el arte contemporáneo se ha convertido en una herramienta de transformación territorial. Desde 1994, más de 250 artistas han participado en sus Encuentros de Arte, dejando obras que forman parte del paisaje urbano y de la colección del Museo de Arte Contemporáneo Fernando Centeno.

El proyecto ha contribuido a situar internacionalmente a este pequeño pueblo y a generar actividad cultural, turística y económica en un territorio marcado por la despoblación. Su interés para Huella M reside precisamente en que permite observar cómo un proyecto museístico puede generar, de forma simultánea, valor cultural, social, económico y territorial.

Transformar, cohesionar, construir

La sostenibilidad exige una comunicación permanente, transparente y comprensible con todos los grupos de interés, desde las administraciones públicas hasta los investigadores, trabajadores, visitantes y la sociedad.

El verdadero impacto de un museo no siempre puede medirse con cifras económicas o ambientales, sino también por su capacidad para transformar comunidades, generar cohesión social y construir identidad.

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Julio González-Liendo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Basta con reducir el consumo energético y reciclar para que un museo sea sostenible? – https://theconversation.com/basta-con-reducir-el-consumo-energetico-y-reciclar-para-que-un-museo-sea-sostenible-286974

Contre le stress chronique, le sommeil et l’alimentation feraient plus pour la santé que l’exercice

Source: The Conversation – in French – By Nick Turner, Professor and Croft Chair in Management, Haskayne School of Business, University of Calgary

Quand le travail devient une source de stress, les conseils habituels reviennent toujours : bouger plus, mieux manger, dormir davantage, réduire les mauvaises habitudes. Mais notre nouvelle étude suggère que ces bonnes habitudes ne se valent pas toutes quand vient le temps de nous protéger du stress chronique au travail.


En nous appuyant sur dix ans de données tirées d’une enquête nationale menée auprès de 2871 travailleurs canadiens, nous avons cherché à savoir si cinq comportements liés à la santé — en dehors du travail — aidaient, au fil du temps, à atténuer le lien entre le stress professionnel et la santé générale : l’alimentation, l’activité physique, le sommeil, la consommation d’alcool et le tabagisme.

Nos résultats se sont révélés plus nuancés, et plus intéressants, que ne le laissent croire les conseils de bien-être habituels. Certains comportements offraient une réelle protection contre le stress. D’autres étaient bons pour la santé en général, sans pour autant atténuer les effets du stress au travail en particulier.

Certaines habitudes protègent, d’autres non

La qualité du sommeil s’est démarquée le plus clairement. L’alimentation jouait également un rôle important. L’activité physique demeurait bénéfique pour la santé en général, mais n’atténuait pas les effets du stress au travail sur la santé de la même manière une fois que les autres comportements étaient pris en compte dans leur ensemble.

Pour bien des travailleurs, le stress au travail ne s’arrête jamais vraiment. Il s’accumule : charge de travail trop lourde, horaires imprévisibles, courriels et textos qui s’invitent en dehors des heures de bureau, sentiment que le travail gruge sans cesse les soirs, les fins de semaine, le temps en famille.

Au fil du temps, ce genre de stress peut épuiser les gens, physiquement et psychologiquement. Des recherches ont établi un lien entre le stress au travail et l’épuisement professionnel, la dépression, l’anxiété, la fatigue, les maladies cardiovasculaires, le diabète de type 2 et même un risque de mortalité accru.

Notre étude cherchait à répondre à une question simple : quand le stress au travail persiste, existe-t-il des activités pratiquées en dehors du travail qui protègent réellement la santé ? Nos résultats répondent oui, mais pas n’importe comment.




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Le sommeil pourrait être plus important qu’on ne le pense

La qualité du sommeil s’est imposée comme le facteur de protection le plus efficace contre les effets du stress au travail sur la santé. Un bon sommeil favorise l’attention, la régulation émotionnelle, la récupération et la maîtrise de soi nécessaires pour adopter d’autres comportements sains. En ce sens, dormir bien n’est pas un choix de vie parmi d’autres : c’est une ressource fondamentale.

L’alimentation, elle aussi, a montré un effet tampon significatif : elle contribuerait à maintenir les réserves physiques et psychologiques nécessaires pour tenir le coup face à un stress prolongé.

Les résultats sur l’exercice physique, eux, vont à contre-courant des idées reçues. Une pratique plus fréquente est certes associée à une meilleure santé générale, mais elle n’a pas affaibli de façon significative le lien entre le stress au travail et la santé. Deux explications sont possibles : soit la façon dont l’exercice a été mesuré dans le sondage a brouillé les résultats, soit l’exercice contribue bel et bien à la santé, mais sans agir spécifiquement comme tampon contre le stress.

Être en bonne santé et être protégé du stress, ce n’est pas toujours la même chose.

Les résultats concernant l’alcool ont été les plus surprenants, et méritent qu’on s’y attarde. Comme prévu, une consommation d’alcool plus faible était associée à une meilleure santé globale. Mais les données révèlent un paradoxe : un niveau de stress au travail élevé était plus fortement lié à une santé précaire chez les personnes buvant peu que chez celles qui buvaient plus fréquemment.

Il ne faut pas y voir pour autant une preuve que boire protège du stress au travail. Les personnes qui buvaient plus fréquemment rapportaient tout de même une moins bonne santé globale. Cette tendance reflète plus probablement un facteur que nos données n’ont pas su cerner entièrement — des problèmes de santé antérieurs, différents profils d’adaptation, ou des tendances non linéaires dans la relation entre alcool et santé.


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Les bonnes habitudes ne rachètent pas un mauvais emploi

Quand le travail est chroniquement stressant, certaines formes de soins personnels protègent mieux la santé que d’autres. Mais surtout, aucune initiative de bien-être ne peut compenser un emploi conçu pour épuiser les gens.

La responsabilité de bâtir des milieux de travail sains revient aux organisations. On ne peut pas s’attendre à ce que les employés rattrapent une charge de travail excessive, des attentes déraisonnables ou une mauvaise organisation du travail simplement en dormant plus ou en préparant leurs lunchs à l’avance.

Nos résultats ne suggèrent pas que les comportements individuels puissent se substituer à la responsabilité organisationnelle. Au contraire : certains comportements peuvent protéger les gens pendant que le travail reste stressant et que les changements structurels tardent, restent incomplets, ou ne viennent tout simplement pas.

Notre étude le montre clairement : ces comportements viennent compléter un changement organisationnel plus large : ils ne le remplacent pas.

Cela a des répercussions concrètes, tant pour les travailleurs que pour les employeurs. Pour les travailleurs, le message n’est pas de tout faire parfaitement, mais de retenir que certains comportements protègent mieux que d’autres quand le stress au travail grimpe, et que le sommeil mérite une attention particulière.

Pour les employeurs, la leçon n’est pas de faire la morale aux gens à propos du bien-être ou de rejeter la responsabilité sur les individus. Il s’agit plutôt de faciliter le maintien des comportements protecteurs en réduisant les communications en dehors des heures de travail, permettre de véritables pauses au travail, améliorer la planification des horaires et organiser le travail de manière à ne pas nuire à la récupération.

La Conversation Canada

Nick Turner reçoit des fonds de recherche de Cenovus Energy Inc., du Fonds d’avenir de l’École de commerce Haskayne et du Conseil de recherches en sciences humaines du Canada (CRSH).

A. Wren Montgomery, Erica Carleton et Serra Al-Katib ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.

ref. Contre le stress chronique, le sommeil et l’alimentation feraient plus pour la santé que l’exercice – https://theconversation.com/contre-le-stress-chronique-le-sommeil-et-lalimentation-feraient-plus-pour-la-sante-que-lexercice-283423

De quelle liberté d’expression parle-t-on ? Trump et son omniprésence médiatique au Canada

Source: The Conversation – in French – By Régis Coursin, Chercheur, Université du Québec à Chicoutimi (UQAC)

En 2025, la couverture médiatique de la liberté d’expression au Canada a été largement dominée par la droite conservatrice. Plus de 70 % des dix personnalités les plus citées par les médias canadiens et québécois appartiennent à ce courant politique.


Cette omniprésence s’explique en grande partie par la centralité de Donald Trump. Il capte à lui seul plus de 41 % de l’attention médiatique accordée aux dix personnalités les plus citées (48 % avec Elon Musk). C’est 3,5 fois plus que le premier ministre du Canada Mark Carney, et 4,5 fois plus que le premier ministre du Québec François Legault.

Sociologue, chercheur et coordonnateur de l’Observatoire de la liberté d’expression (UQAC), je suis l’auteur du Portrait annuel sur la liberté d’expression dans les médias du Québec et du Canada, dont la première édition est parue cette année.




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Trump, pourfendeur des libertés académiques

Les médias francophones ont associé Trump à la liberté d’expression sous trois principaux angles.

Celui de la politique américaine tout d’abord. Il s’articule autour du bras de fer entre le président américain et certaines universités, Columbia et Harvard principalement. Le propos porte surtout sur les manifestations propalestiniennes sur les campus, les accusations d’antisémitisme, le gel du financement fédéral et le démantèlement des programmes de diversité.

Il a ensuite été question de la réception canadienne des enjeux américains. Trois principaux thèmes ont retenu l’attention des médias : la mobilisation étudiante propalestinienne, l’assassinat de Charlie Kirk et les manifestations contre les politiques de Donald Trump.

Les liens entre Trump et la liberté d’expression ont enfin été abordés quant à leurs impacts sur les médias traditionnels, numériques et sociaux. Les questions de censure relatives à la suspension de Jimmy Kimmel par ABC, de modération des contenus et de fact-checking sur les plates-formes X et Meta occupent ici une place centrale.

Deux grandes tendances se dégagent : la répression s’impose comme thème dominant, et les campus universitaires comme principal théâtre du discours médiatique autour de Trump et de la liberté d’expression.

Trump et ses libertés avec la liberté d’expression

Trump concentre en volume 10 et 16 fois plus d’articles que son prédécesseur Joe Biden (en 2024) et le premier ministre canadien Mark Carney (en 2025) dans lesquels la « liberté d’expression » est associée avec au moins une expression préjudiciable, c’est-à-dire une expression renvoyant à un usage abusif de la liberté d’expression (insulte, menace, harcèlement…).

Il les devance largement en proportion avec plus d’un article sur deux (53 %), contre 39 % pour Carney et 22 % pour Biden. En bref, la centralité de Trump dans le débat francophone sur la liberté d’expression s’accompagne d’une forte proportion d’expressions préjudiciables.

Nature des expressions préjudiciables relevées en 2025 dans les articles des médias francophones canadiens sur la liberté d’expression en lien avec Donald Trump.
CC BY

La différence ne porte pas uniquement en termes de volume. Elle se joue aussi en termes de contenu. Si les enjeux de liberté d’expression sont abordés dans une perspective institutionnelle pour Biden et Carney, et sont liés le plus souvent aux actualités du moment (mobilisations étudiantes et assassinat de Charlie Kirk) et aux débats réglementaires (vente de TikTok et fin de l’exemption religieuse), les co-occurrences textuelles indiquent pour Donald Trump qu’ils s’inscrivent dans des logiques de contrôle (censure) et de véracité (désinformation) de l’information.

Un traitement médiatique à charge ?

L’exposition médiatique des acteurs politiques façonne l’opinion publique.

Mais la tonalité, c’est-à-dire la manière dont ces acteurs sont couverts, exerce une plus grande influence. Elle oriente ce à quoi le public pense, et comment un acteur doit être pensé. De toutes les orientations, ce sont les cadres négatifs qui ont la capacité d’influencer le plus le soutien public à un enjeu. Elles exercent un effet plus fort et plus durable sur les attitudes.

Quel traitement les médias francophones canadiens ont-ils réservé à Donald Trump sur les enjeux de liberté d’expression en 2025 ?

Après une analyse sémantique, les conclusions sont sans équivoques : le tiers des articles présentent un cadrage négatif. En comparaison, Mark Carney a généré 9,8 % d’articles négatifs la même année, et Joe Biden 8,6 % en 2024.

Cadrage éditorial des articles francophones pour Biden, Carney et Trump.
CC BY

Le mois de mars 2025 est le plus significatif. Il cumule le deuxième plus grand volume du corpus et une proportion d’articles négatifs supérieure à la moyenne annuelle (34,3 %). La relation Canada-États-Unis est le thème dominant, abordé sous l’angle des tarifs douaniers et de la souveraineté canadienne menacée.

Sont aussi évoquées les questions de liberté académique et d’immigration autour de l’arrestation d’étudiants étrangers, des coupes dans le financement de la recherche, des opérations de l’Immigration and Customs Enforcement (ICE) et des manifestations qu’elles suscitent. Notons le recours au vocabulaire de la répression et les comparaisons avec les régimes autoritaires.

Les deux mois affichant les taux négatifs les plus élevés après mars marquent un durcissement progressif des thèmes : en août (34 %), Trump est associé à la désinformation, et en novembre (39 %) à l’intimidation, au clientélisme et à une érosion des libertés civiles et de l’état de droit.

Ce traitement revêt toute son importance puisque le « cadre médiatique » (news frame) façonne une trame narrative autour d’un sujet d’actualité et influence l’opinion des individus. Le cadrage répressif contribue à représenter la liberté d’expression comme un droit menacé (rights-violation frame) : le problème est défini, le responsable identifié.

Il est bien documenté que l’opinion publique manifeste un fort soutien envers un droit ou un principe constitutionnel dès lors qu’elle le perçoit comme étant menacé. Mais cette prise de conscience de la menace n’est pas univoque. Si des risques ou des coûts sont associés à l’exercice même de ce droit, elle devient moins encline à le défendre.

Parle-t-on trop de Trump ?

La visibilité d’une personnalité politique étrangère ne suffit pas à façonner l’opinion : c’est surtout ce qu’il porte comme agenda qui compte. Une étude récente a montré qu’un message attribué à Donald Trump a plus d’impact sur l’opinion publique lorsque son agenda est hostile.


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Les pratiques médiatiques traditionnelles, dont la neutralité non évaluative ou le traitement factuel et équilibré des sources, tendent paradoxalement à normaliser les discours de la droite radicale. Dans le cas inverse, une position plus réflexive et plus critique des journalistes envers ces discours réduit leurs effets sur l’opinion publique et atténue sa normalisation, sans toutefois la faire disparaître.

La question à se poser n’est donc pas tant s’il faut ou non parler de Trump, de sa rhétorique et de ses coups de semonce, mais de savoir comment en parler. Le fait de traiter négativement de Donald Trump porte également le flanc à la critique, parce qu’un tel cadrage peut aussi accentuer la polarisation.

Nous ne sommes pas face à un dilemme de visibilité ou de silence, mais devant un enjeu d’information sans normalisation. Cela suppose une prise de conscience de la responsabilité médiatique dans la manière de relayer un discours et de le traduire en information factuelle, responsabilité d’autant plus grande lorsque ce discours véhicule des valeurs illibérales et soulève des enjeux d’érosion démocratique.

La Conversation Canada

L’Observatoire de la liberté d’expression a reçu des financements du Gouvernement du Québec.

ref. De quelle liberté d’expression parle-t-on ? Trump et son omniprésence médiatique au Canada – https://theconversation.com/de-quelle-liberte-dexpression-parle-t-on-trump-et-son-omnipresence-mediatique-au-canada-287430

Cuidar nuestros bienes comunes: hacia una nueva cultura medioambiental y científica de la playa

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ananda Pascual Ascaso, Doctora en Oceanografía Física e Investigadora Científica, Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA – CSIC – UIB)

forestpath/Shutterstock

Llegamos a la playa, extendemos la toalla y, casi sin darnos cuenta, apartamos un tapón, un envoltorio o un pequeño fragmento de plástico que encontramos en la arena. Es un gesto cotidiano que muchos repetimos cada verano. Tan cotidiano que quizá hemos terminado aceptando como normal algo que no debería serlo.
La contaminación por plásticos constituye uno de los principales desafíos ambientales para los océanos.

Se estima que, solo al mar Mediterráneo, llegan cada día alrededor de 730 toneladas de residuos plásticos, muchos de los cuales permanecen durante años desplazándose impulsados por las corrientes marinas, el viento y el oleaje antes de alcanzar la costa.

Reducir el consumo de plásticos, mejorar la gestión de los residuos y evitar que alcancen el mar siguen siendo las medidas más importantes. Pero incluso si avanzamos de forma decidida en esa dirección, durante años seguiremos conviviendo con una gran cantidad de desechos que ya circulan por nuestros mares.

Más allá de las medidas necesarias para reducir la contaminación en origen, quizá ha llegado el momento de plantearnos una pregunta distinta: ¿podemos transformar también nuestra manera de relacionarnos con las playas?




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Océanos de plástico: mucho más allá de lo visible


Quizá ha llegado el momento de impulsar una nueva cultura de la playa

Durante las últimas décadas hemos incorporado a nuestra vida cotidiana hábitos que hace no tanto tiempo parecían excepcionales. Hoy reciclamos en casa, utilizamos bolsas reutilizables o procuramos reducir el consumo de plásticos de un solo uso. Estos cambios no surgieron de manera espontánea: han sido el resultado de políticas públicas, campañas de sensibilización y, sobre todo, de una transformación progresiva de nuestra conciencia colectiva.

¿Por qué no aspirar a una evolución similar en nuestra relación con las playas?
Disfrutar del litoral y contribuir a su conservación no deberían entenderse como acciones independientes. Del mismo modo que procuramos no dejar residuos tras un picnic en el campo, podría convertirse en un hábito natural dedicar unos minutos, al llegar, antes de marcharnos o durante un paseo por la orilla, a recoger algunos plásticos que encontremos en la arena y depositarlos en el contenedor correspondiente.

Muchas familias ya llevan pequeñas redes para que los niños exploren la orilla buscando peces, cangrejos o conchas. Ese mismo utensilio podría servir también para retirar pequeños fragmentos de plástico, residuos especialmente abundantes y que con frecuencia escapan a las labores habituales de limpieza. Más que una actividad de limpieza, podría convertirse en una forma sencilla de cuidar el entorno mientras disfrutamos de él.

El impacto de esta acción puede parecer insignificante cuando la realiza una sola persona. Sin embargo, deja de serlo cuando se multiplica por millones de visitantes. Las Islas Baleares reciben cada año millones de turistas, además de quienes vivimos aquí y disfrutamos del litoral durante todo el año. Si una parte significativa de todos ellos incorporara este gesto a su rutina, el efecto acumulado podría ser notable.

Esta forma de entender la relación con nuestras playas no pretende sustituir la responsabilidad de las administraciones públicas. La prevención de la contaminación, la mejora de la gestión de los residuos y la limpieza de las playas seguirán siendo responsabilidades esenciales de las instituciones. La implicación ciudadana debe entenderse como un complemento, no como una alternativa.




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Una oportunidad también para la ciencia

Comprender cómo se transportan los materiales flotantes en el océano constituye uno de los grandes retos de la oceanografía. Los mismos procesos que organizan la circulación superficial y redistribuyen calor, nutrientes, plancton o larvas marinas condicionan también el recorrido de los residuos plásticos y su acumulación en determinadas zonas de la costa.

En los últimos años hemos empezado a observar estos procesos con un nivel de detalle sin precedentes gracias a satélites, vehículos autónomos, boyas instrumentadas y modelos numéricos. Sin embargo, sigue siendo difícil disponer de observaciones continuas sobre lo que ocurre cuando esos materiales alcanzan la costa.

Aquí es donde una iniciativa ciudadana puede aportar un valor añadido. Si, de forma completamente voluntaria, algunas personas decidieran registrar dónde han recogido esos residuos, cuándo lo han hecho o qué tipo de plásticos predominaban, esa información podría complementar las observaciones científicas tradicionales. Experiencias recientes en el Mediterráneo han demostrado que la ciencia ciudadana puede aportar datos de gran utilidad para estudiar el transporte y la acumulación de residuos marinos cuando se combina con modelos numéricos y observaciones oceanográficas.

Combinada con datos de corrientes, viento, oleaje e imágenes de satélite, esta información ayudaría a comprender mejor las rutas de transporte, identificar zonas de acumulación de residuos marinos y analizar cómo estos patrones evolucionan en el tiempo. Es decir, el mismo gesto que contribuye a mantener una playa más limpia podría ayudar también a generar conocimiento científico útil para proteger mejor nuestras costas.

Una iniciativa de este tipo solo tendría sentido si fuera realmente colectiva. Administraciones públicas, universidades, centros de investigación, puertos deportivos, clubes náuticos, centros educativos, empresas, organizaciones ambientales y sector turístico podrían contribuir a convertir un pequeño gesto individual en un hábito social. No sería una campaña puntual de limpieza sino una nueva manera de disfrutar y cuidar el litoral.

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Ananda Pascual Ascaso recibe fondos de los proyectos FaSt-SWOT (PID2021-122417NB-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades de España, la Agencia Estatal de Investigación y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (MCIN/AEI/10.13039/501100011033/FUE); del “Sea Level Thematic Assembly Center” (SL-TAC), financiado por el Servicio Marino de Copernicus; y del proyecto europeo “Ocean observations and indicators for climate and assessments” (ObsSea4Clim), financiado por el Programa de Horizonte Europa de la Unión Europea, bajo el acuerdo de subvención nº 101136548. Este trabajo se desarrolla en el marco de las actividades del Centro de Excelencia María de Maeztu otorgado al IMEDEA (CSIC-UIB) (CEX2021-001198).

ref. Cuidar nuestros bienes comunes: hacia una nueva cultura medioambiental y científica de la playa – https://theconversation.com/cuidar-nuestros-bienes-comunes-hacia-una-nueva-cultura-medioambiental-y-cientifica-de-la-playa-289671