El impacto social de los coches eléctricos y de combustible: así afectan al empleo, la salud y la recaudación fiscal

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Pérez Rodríguez, Profesor Titular del Departamento de Ingeniería Química Industrial y del Medio Ambiente. Miembro del Grupo de Tecnologías Ambientales y Recursos Industriales, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Un trabajador extrae sal en Uyuni, Bolivia, de la que posteriormente se extrae litio, uno de los minerales críticos para la fabricación de coches eléctricos. Steve Smith/Shutterstock

Si bien a la hora de analizar la sostenibilidad de cualquier medio de transporte es clave evaluar aspectos ambientales, este concepto incluye también su impacto social y económico. Así, más allá del debate sobre emisiones contaminantes y eficiencia energética, las tecnologías empleadas en el transporte tienen implicaciones sociales de gran relevancia.

Por ejemplo, en lo relacionado con el Objetivo de Desarrollo Sostenible 8 (trabajo decente y crecimiento económico), el transporte por carretera genera una elevada cantidad de empleos directos e indirectos (1,2 millones en España, según datos del portal del Observatorio del Transporte y la Logística). Pero además debemos considerar aspectos como la calidad del empleo, las condiciones laborales a lo largo de la cadena de suministro y la carga fiscal.

Ampliando el alcance más allá de la mera fase de fabricación del vehículo y sus componentes, conviene echar un vistazo a estos impactos desde su producción hasta la fase de uso. Para ello, hemos llevado a cabo una revisión bibliográfica de artículos científicos que evalúan la sostenibilidad del ciclo de vida del transporte rodado, poniendo el foco en sus repercusiones sociales. Cabe destacar que las investigaciones en esta materia son incipientes, por lo que las conclusiones aquí expuestas deben tomarse con cautela.

Empleo local

El potencial de generación de empleo difiere significativamente según la tecnología del vehículo. Los vehículos de combustión interna tienden a liderar la creación de empleo gracias a una extensa y asentada cadena de suministro que incluye extracción, refino y distribución de combustibles, además de la fabricación y mantenimiento de los vehículos.

En el otro extremo, los vehículos eléctricos de batería generan menos empleo debido a la menor intensidad laboral de sus cadenas de valor, centradas en la producción de electricidad y baterías.

Salud de la población

Desde la perspectiva de los impactos en salud, los vehículos eléctricos (de baterías y de pila de combustible de hidrógeno) destacan por su reducido impacto en las emisiones locales durante la fase de uso (sólo emiten partículas por efecto de la abrasión y el desgaste), lo que se traduce en beneficios directos para la salud, especialmente en entornos urbanos.




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En cambio, los vehículos de gasolina y diésel presentan el mayor impacto sobre la salud humana local debido a emisiones de óxidos de nitrógeno, partículas y monóxido de carbono. Las tecnologías híbridas se sitúan en un punto intermedio, aunque el impacto real varía dependiendo de su uso. Por ejemplo, los vehículos híbridos eléctricos tienden a tener un comportamiento más eficiente, mientras que la efectividad de los vehículos híbridos enchufables depende del hábito de recarga del usuario.

Aunque los vehículos híbridos y los híbridos enchufables pueden presentar impactos relevantes durante la fase de fabricación (principalmente por la producción de baterías), el impacto total en salud a lo largo de su ciclo de vida sigue siendo inferior al de los coches de combustión debido a la drástica reducción de contaminantes durante su operación. Cabe destacar que la introducción en estos últimos de tecnologías de reducción de emisiones, así como la mejora de los combustibles (incluidos los renovables), reduce notablemente el impacto sobre la salud.

El análisis general confirma que la electrificación del transporte supone una mejora clara en términos de salud, especialmente si la electricidad proviene de fuentes renovables.




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Sueldos y condiciones laborales

La transición tecnológica también afecta a los trabajadores y sus condiciones laborales. Según los datos analizados, los automóviles de combustión interna ofrecen los mayores niveles de retribución económica a lo largo de su ciclo de vida. Esto se debe a que involucran sectores tradicionalmente mejor remunerados, como la industria del petróleo o la fabricación de motores térmicos.

En cambio, los vehículos eléctricos de batería muestran los niveles más bajos de remuneración. En parte, porque dependen de la minería de materiales como litio, cobalto y níquel, con salarios generalmente más bajos y condiciones laborales más precarias. Las tecnologías híbridas (híbridos eléctricos e híbridos enchufables) presentan una situación intermedia.

Este patrón sugiere que la electrificación, aunque puede ser beneficiosa ambientalmente, podría desplazar empleo a zonas con menor protección laboral.




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Lesiones laborales

El análisis de los accidentes laborales no fatales revela que los vehículos eléctricos de baterías son la tecnología con mayor número de lesiones asociadas, principalmente por los riesgos en la extracción y procesamiento de los materiales empleados para las baterías.

Este hecho pone de manifiesto un aspecto a menudo ignorado: los posibles beneficios ambientales de los vehículos eléctricos deben equilibrarse con mejoras en las condiciones laborales dentro de su cadena de suministro.

Impuestos totales: ¿quién paga más?

Los vehículos de combustión interna encabezan la comparativa en cuanto a aportación tributaria. Esto se debe a que su ciclo de vida está fuertemente ligado al petróleo, un recurso que atraviesa múltiples fases sujetas a impuestos. Esta cadena energética tradicional implica una recaudación constante para las arcas públicas de cualquier entorno geográfico.

Por su parte, los vehículos híbridos presentan una carga fiscal intermedia. Aunque dependen parcialmente de la electricidad, siguen utilizando combustibles fósiles, lo que los mantiene dentro del marco impositivo clásico. Cuando estos híbridos integran generaciones eléctricas con bonificaciones fiscales (energías renovables), la presión fiscal disminuye, ya que su dependencia del combustible fósil es menor.

El ejemplo más claro de posible reducción de impuestos lo pueden representar los coches eléctricos de baterías, especialmente cuando la forma de generación eléctrica renovable está subvencionada. Según algunos estudios, estos vehículos pueden generar hasta un 96 % menos impuestos que un automóvil de combustión tradicional.

No obstante, estos datos son generales. El contexto geográfico es clave: los regímenes fiscales varían mucho de un país a otro, por lo que los resultados deben interpretarse en función de las condiciones locales concretas.




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La necesidad de analizar los impactos sociales

Este análisis evidencia que los impactos sociales de los vehículos dependen de factores como el origen de la energía, la tecnología de las baterías, la estructura de la cadena de suministro o el entorno geográfico concreto en el que ocurran cada una de las etapas del ciclo de vida. Analizarlos permite identificar áreas de actuación para mejorar la sostenibilidad del sector y minimizar sus efectos negativos.

Mientras que los vehículos eléctricos representan ventajas claras en términos de impactos en la salud pública, sus beneficios en otras dimensiones (como el empleo, la remuneración o la seguridad laboral) requieren un análisis más riguroso. La reciente publicación del estándar ISO 14075 para la evaluación del ciclo de vida de los productos, que incluye factores sociales, sin duda contribuirá a la mejora y extensión de este conocimiento.

The Conversation

Javier Pérez Rodríguez participa en una de las líneas de investigación de la Cátedra Fundación Repsol en Transición Energética – Movilidad Sostenible en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de la Universidad Politécnica de Madrid.

ref. El impacto social de los coches eléctricos y de combustible: así afectan al empleo, la salud y la recaudación fiscal – https://theconversation.com/el-impacto-social-de-los-coches-electricos-y-de-combustible-asi-afectan-al-empleo-la-salud-y-la-recaudacion-fiscal-279352

La dieta de la madre durante la lactancia podría ser clave para la salud futura de su bebé

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ivette Caldelas, Investigadora Senior, UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología

Natalia Deriabina/Shutterstock

Sabemos que la leche materna es el alimento ideal para los neonatos por su delicado equilibrio de componentes: cuenta con micro y macronutritentes, factores inmunológicos y de crecimiento y hormonas indispensables para el adecuado desarrollo de los lactantes en cada etapa del desarrollo.

Sin embargo, estudios recientes revelan algo mucho más profundo: la leche no solo alimenta, también transmite un ecosistema vivo al bebé. Contiene bacterias, metabolitos y compuestos bioactivos que pueden moldear la salud del recién nacido desde sus primeros días de vida. Estos descubrimientos podrían transformar la forma en que entendemos la pediatría moderna.

La leche no es estéril: es biológicamente activa

Hasta hace poco más de una década, la idea predominante era que la leche materna era un alimento estéril; cualquier presencia bacteriana se consideraba una contaminación. Sin embargo, estudios de secuenciación masiva en muestras de leche de diversas especies han demostrado que contiene comunidades microbianas complejas. Entre ellas caben destacar las bacterias pertenecientes a los géneros Bifidobacterium sp., Lactobacillus sp. y Streptococcus sp., que se encuentran estrechamente relacionadas con la colonización saludable del intestino neonatal.

La transferencia bacteriana ocurre en un momento crítico, cuando el desarrollo del sistema inmunológico del recién nacido depende en gran medida de la modulación inmunológica que proporciona la leche materna. Esta microbiota aportada por la madre juega un papel relevante en la maduración de la barrera intestinal, la regulación de la inflamación y la programación metabólica del neonato.

En otras palabras, la leche materna no solo aporta calorías: contribuye a la construcción del sistema inmunológico.

Un diálogo biológico entre intestino y mama

Evidencias recientes apuntan a un fenómeno fascinante, al que los científicos han bautizado como “ruta entero-mamaria”. Gracias a este mecanismo, ciertas bacterias del intestino materno serían capaces de migrar hacia la glándula mamaria, en donde las células inmunitarias actuarían como transportadoras.

Si logra ser confirmado en su totalidad (los resultados obtenidos en modelos animales y estudios en humanos respaldan cada vez más esta posibilidad), implicaría que el microbioma intestinal materno sería capaz de influir de forma directa sobre el que alberga la leche materna. Y esto abre una pregunta inevitable: ¿qué papel desempeña realmente la alimentación materna?

La dieta como modulador del primer ecosistema del bebé

Sin duda, la composición del microbioma intestinal está estrechamente relacionada con la dieta. Diversos estudios han demostrado que una alimentación rica en fibra, frutas, verduras y legumbres promueve una mayor diversidad microbiana y la producción de ácidos grasos de cadena corta. Estos últimos favorecen la permeabilidad intestinal y tienen efectos antiinflamatorios.

Por el contrario, dietas altas en azúcares refinados o en grasas se asocian con menos diversidad bacteriana, una menor presencia de bacterias benéficas o un incremento de bacterias patógenas. Eso conduce a un desequilibro en la producción de metabolitos, que promueven el desarrollo de inflamación y complicaciones metabólicas.

Algunos reportes científicos indican una correlación entre la calidad de la dieta materna y la composición bacteriana de la leche, así como con la presencia de determinados metabolitos lipídicos e inmunomoduladores. También se ha identificado que el consumo de ácidos grasos omega-3 puede influir en el perfil inflamatorio y, posiblemente, en la comunidad microbiana transferida al lactante.

Efectos a largo plazo

En la actualidad, aún no existen guías clínicas basadas en el microbioma de la leche. Sin embargo, el consenso científico apunta a que la alimentación materna puede tener efectos que van más allá de los aspectos nutricionales, ya que también podría modular el primer ecosistema intestinal del bebé e influir en su desarrollo y salud a lo largo de la vida.

Concretamente, la colonización intestinal temprana se ha asociado con el riesgo posterior de alergias, obesidad, enfermedades metabólicas e incluso alteraciones neuroconductuales.

Estudios longitudinales (a lo largo del tiempo) sugieren que los primeros meses de vida constituyen una ventana crítica de programación biológica. Esto no significa que la lactancia sea el único factor determinante: otros condicionantes como el tipo de parto, el uso de antibióticos, el entorno familiar y los factores sociales de la salud también influyen de manera decisiva. Pero sí implica que estamos ante una faceta de la lactancia que hasta ahora había permanecido claramente subestimada.

De la evidencia científica a las políticas públicas

La pediatría moderna, que tradicionalmente se centraba en considerar solo aspectos como los nutrientes y el crecimiento, comienza a incorporar una perspectiva ecológica. Según este enfoque, el bebé ya no es un organismo aislado: ahora debe ser considerado un metaorganismo que convive con billones de microorganismos. Existe un diálogo bidireccional entre el recién nacido y la microbiota mediante la producción de moléculas específicas que impactan en el desarrollo y el establecimiento de la salud o la enfermedad del bebé, y cuyo mecanismo apenas se ha comenzado a dilucidar.

Estas nuevas evidencias sobre el contenido de microbiota en leche materna no deben convertirse en una nueva fuente de presión sobre las madres: no todas pueden amamantar y no todas tienen acceso a dietas equilibradas. Si la ciencia confirma que la calidad nutricional materna influye directamente en la colonización microbiana del recién nacido, la respuesta no puede ser una responsabilidad individual. Más bien debe traducirse en políticas que faciliten el acceso de las mujeres en edad reproductiva a alimentos saludables, así como apoyo a la lactancia y entornos laborales compatibles con la maternidad.

Indudablemente, invertir en la salud materna también es hacerlo en la salud infantil. Y ahora sabemos que esta inversión debe ser realizada, además, tomando en cuenta la alimentación de la madre. Lo invisible –es decir, las bacterias, los metabolitos y la interacción entre dieta y microbioma– podría estar redefiniendo la medicina del futuro.

The Conversation

Juan Pablo Ochoa Romo recibe fondos de Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECITHI/México)

Ana María Salazar Martínez, Erika Navarrete Monroy y Ivette Caldelas no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. La dieta de la madre durante la lactancia podría ser clave para la salud futura de su bebé – https://theconversation.com/la-dieta-de-la-madre-durante-la-lactancia-podria-ser-clave-para-la-salud-futura-de-su-bebe-271111

El sacrificio invisible: mujeres mayores, pobreza y el peso del cuidado

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Anabel Chica Pérez, Enfermera. Investigadora en envejecimiento y autocuidado., Universidad de Almería

Standret/shutterstock

Decía Simone de Beauvoir que no se nace mujer: se llega a serlo. Pero ¿qué pasa cuando esa “llegada” nunca incluye la liberación prometida? Para muchas mujeres mayores, la vida sigue girando en torno a una responsabilidad que nunca pidieron: el cuidado familiar.

El cuidado es una labor que se ha asociado tradicionalmente a las mujeres [https://doi.org/10.3389/fpsyt.2023.1113587]. Desde la infancia, aprenden que atender a los demás es parte de su rol. Pero cuando la vejez y la pobreza se cruzan en su camino, esta carga se convierte en un lastre que las empuja al olvido social.

En España, una de cada cinco personas mayores vive en situación de pobreza. Esta realidad no es excepcional. Una investigación reciente muestra que vivir en pobreza en la vejez implica una lucha constante por cubrir necesidades básicas que termina condicionando el día a día. Y es una situación que afecta mayoritariamente a mujeres. Muchas de ellas dedican sus días a cuidar de un marido enfermo, de un hijo con discapacidad e incluso de sus nietos. Lo hacen sin que nadie les pregunte cómo están, sin ayuda y sin descanso.

Mientras los sistemas de atención formal se tambalean, ellas sostienen el bienestar de sus familias con un sacrificio silencioso. Se privan de comer, de descansar y de cuidar su propia salud para garantizar la de quienes dependen de ellas. En su mundo, ir a la peluquería o comprar ropa nueva no son prioridades. Lo urgente siempre son los otros.

Un deber inquebrantable

Desde jóvenes, estas mujeres han asumido que cuidar es su responsabilidad. Lo hicieron con sus hijos, con sus padres y ahora con sus parejas o sus nietos. Muchas de ellas no han conocido otra vida que la del servicio a los demás. Incluso cuando su salud empieza a fallar, priorizan las necesidades de otros antes que las suyas propias.

Tal y como refleja un estudio reciente sobre mujeres mayores cuidadoras en situación de pobreza, pedir ayuda no es una opción. A veces, por orgullo. Otras, porque simplemente no hay nadie a quien acudir. La soledad y el cansancio se convierten en compañeros de viaje y la sensación de que su trabajo nunca acaba les pesa más que cualquier enfermedad.

Los datos muestran que la falta de apoyo social es crítica y que constituye una de las necesidades más desatendidas entre las personas mayores que viven en situación de pobreza. Además, ocho de cada diez mujeres mayores cuidadoras perciben un bajo nivel de apoyo, lo que las hace más vulnerables a la ansiedad, depresión y deterioro cognitivo.

¿Quién las cuida a ellas?

A pesar de la importancia de su labor, estas mujeres reciben poco o ningún reconocimiento. Las ayudas económicas son escasas y los recursos sociales insuficientes. Pedir apoyo a las instituciones se convierte en un laberinto burocrático donde muchas se pierden. La alternativa es resignarse, seguir adelante, como han hecho siempre.

Las cuidadoras mayores suelen sufrir problemas de salud mental como ansiedad y depresión. También presentan mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y musculoesqueléticas. Pero la mayoría de ellas no busca ayuda médica, bien porque no puede permitírselo o porque, simplemente, no tiene tiempo.

Y mientras tanto, la sociedad sigue esperando que continúen cuidando. Se asume que es su deber natural, sin considerar que cada renuncia suma años de desgaste físico y emocional.

Una cuestión de género

El problema no es solo económico. Es una cuestión de género. Las hijas suelen ser las que ayudan en el hogar, mientras que los hijos varones participan solo cuando no queda más opción. Muchas de estas mujeres crecieron viendo a sus madres sacrificarse y han perpetuado ese ciclo, enseñando a sus propias hijas que el cuidado es cosa de mujeres.

Pero ¿y si no lo fuera? ¿Y si el cuidado fuera una responsabilidad compartida y no una carga invisible?

Las mujeres cuidadoras mayores en situación de pobreza experimentan un doble abandono: por parte del sistema y, muchas veces, por parte de sus propias familias. Aunque los avances en igualdad de género han mejorado en muchos aspectos, el cuidado sigue siendo visto como una tarea femenina. Y cuando estas mujeres envejecen, la deuda con ellas sigue sin saldarse.

Nunca es tarde para cambiar las reglas

Muchas mujeres han dedicado su vida a sostener a los demás. Ahora es el momento de que la sociedad les devuelva parte de ese esfuerzo. No basta con reconocer su sacrificio: es necesario actuar.

Garantizar su acceso a la salud, mejorar las políticas públicas que alivien su carga y, sobre todo, promover un cambio cultural que reparta equitativamente el trabajo del cuidado son pasos urgentes para mejorar su bienestar. Porque ellas han cuidado siempre. Le toca a la sociedad cuidar de ellas.

The Conversation

Cayetano Fernández Sola recibe fondos del Proyecto de Transferencia de Conocimiento entre la Universidad de Almería y Médicos del Mundo, financiado con fondos del FEDER “TRFE-SI-2023/003 – Programa de promoción de la salud dirigido a cuidadores mayores en riesgo de exclusión social – PROCUIMARES.

José Manuel Hernández Padilla recibe fondos del Proyecto de Transferencia de Conocimiento entre la Universidad de Almería y Médicos del Mundo, financiado con fondos del FEDER “TRFE-SI-2023/003 – Programa de promoción de la salud dirigido a cuidadores mayores en riesgo de exclusión social – PROCUIMARES.

Anabel Chica Pérez, José Granero Molina, María del Mar Jiménez Lasserrotte y Matías Correa Casado no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. El sacrificio invisible: mujeres mayores, pobreza y el peso del cuidado – https://theconversation.com/el-sacrificio-invisible-mujeres-mayores-pobreza-y-el-peso-del-cuidado-279181

Tatuajes, toxinas y sistema inmunitario: qué conviene tener en cuenta antes de tatuarnos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Manal Mohammed, Senior Lecturer, Medical Microbiology, University of Westminster

ViDI Studio/Shutterstock

Desde diseños minimalistas en la muñeca hasta brazos totalmente cubiertos de palabras y dibujos, el arte corporal se ha vuelto tan habitual que ya no nos sorprende. Pero, más allá de su significado personal, hablamos poco de las consecuencias biológicas de tatuarnos. Una vez que la tinta del tatuaje entra en el cuerpo, no se queda ahí. Bajo la piel, los pigmentos del tatuaje interactúan con el sistema inmunitario de formas que los científicos apenas están empezando a comprender.

Los tatuajes se consideran generalmente seguros, pero cada vez hay más evidencia científica que sugiere que las tintas de los tatuajes no son biológicamente inertes. La pregunta clave ya no es si los tatuajes introducen sustancias extrañas en el cuerpo, sino cómo de tóxicas podrían ser esas sustancias y qué implica eso para nuestra salud a largo plazo.

Los ingredientes de las tintas de tatuaje

Las tintas de tatuaje son mezclas químicas complejas. Contienen pigmentos que aportan color, disolventes que ayudan a distribuir la tinta, conservantes para prevenir el crecimiento microbiano y pequeñas cantidades de impurezas. Muchos de los pigmentos que se utilizan actualmente se desarrollaron originalmente para aplicaciones industriales, como la pintura para automóviles, los plásticos y el tóner de impresoras, en lugar de para su inyección en la piel humana.

Algunas tintas contienen trazas de metales pesados, entre ellos níquel, cromo, cobalto y, ocasionalmente, plomo. Los metales pesados pueden ser tóxicos en determinados niveles y son bien conocidos por desencadenar reacciones alérgicas y sensibilidad inmunológica.

Las tintas de tatuaje también pueden contener compuestos orgánicos, incluidos colorantes azoicos e hidrocarburos aromáticos policíclicos.

Los colorantes azoicos son colorantes sintéticos ampliamente utilizados en textiles y plásticos. En determinadas condiciones, como la exposición prolongada a la luz solar o durante la eliminación de tatuajes con láser, pueden descomponerse en aminas aromáticas. Estos productos químicos se han relacionado con el cáncer y el daño genético en estudios de laboratorio.

Los hidrocarburos aromáticos policíclicos, a menudo abreviados como HAP, se producen durante la combustión incompleta de material orgánico y se encuentran en el hollín, los gases de escape de los vehículos y los alimentos carbonizados. Las tintas negras para tatuajes, que suelen estar hechas de negro de humo, pueden contener estos compuestos, algunos de los cuales están clasificados como carcinógenos.

Las tintas de color, especialmente las rojas, amarillas y naranjas, se asocian con mayor frecuencia a reacciones alérgicas y a inflamación crónica. Esto se debe en parte a las sales metálicas y a los pigmentos azoicos, que pueden degradarse en aminas aromáticas potencialmente tóxicas.

La reacción del sistema inmune

Tatuar consiste en inyectar tinta en profundidad en la dermis, la capa de piel situada debajo de la superficie. El cuerpo reconoce las partículas de pigmento como material extraño. Las células inmunitarias intentan eliminarlas, pero las partículas son demasiado grandes para ser eliminadas por completo. En su lugar, quedan atrapadas dentro de las células de la piel, lo que es lo que hace que los tatuajes sean permanentes.

La tinta del tatuaje no siempre permanece confinada en la piel. Los estudios muestran que las partículas de pigmento pueden migrar a través del sistema linfático y acumularse en los ganglios linfáticos. Estos consisten en pequeñas estructuras que filtran las células inmunitarias y ayudan a coordinar las respuestas inmunitarias. Los efectos a largo plazo para la salud de la acumulación de tinta en estos tejidos siguen sin estar claros, pero su papel central en la defensa inmunitaria suscita preocupación por la exposición prolongada a metales y toxinas orgánicas.

Inflamación y menos eficacia de las vacunas

Un estudio reciente sugiere que los pigmentos de tatuaje de uso común pueden influir en la actividad inmunitaria, desencadenar inflamación y reducir la eficacia de ciertas vacunas.

Los investigadores descubrieron que las células inmunitarias de la piel tambien absorben la tinta de los tatuajes. Cuando estas células mueren, liberan señales que mantienen activado el sistema inmunitario, lo que provoca inflamación en los ganglios linfáticos cercanos durante un periodo de hasta dos meses.

El estudio también reveló que la tinta de los tatuajes presente en el lugar de la inyección de la vacuna alteraba las respuestas inmunitarias de forma específica para cada vacuna. En particular, se asoció con una respuesta inmunitaria reducida a la vacuna contra la COVID-19. Esto no significa que los tatuajes hagan que las vacunas sean inseguras. Más bien, sugiere que los pigmentos de los tatuajes pueden interferir en la señalización inmunitaria –el sistema de comunicación química que utilizan las células inmunitarias para coordinar las respuestas a las infecciones o a la vacunación– en determinadas condiciones.

En la actualidad, no hay pruebas epidemiológicas sólidas que relacionen los tatuajes con el cáncer en humanos. Sin embargo, los estudios de laboratorio y en animales sugieren riesgos potenciales. Ciertos pigmentos de tatuaje pueden degradarse con el tiempo, o cuando se exponen a la luz ultravioleta o a la eliminación de tatuajes con láser, formando subproductos tóxicos y ,a veces, carcinógenos.

Muchos tipos de cáncer tardan décadas en desarrollarse, lo que dificulta el estudio directo de estos riesgos, especialmente teniendo en cuenta lo reciente que es la popularización de los tatuajes.

La tinta roja provoca reacciones alérgicas

Los riesgos para la salud mejor documentados de los tatuajes son las reacciones alérgicas e inflamatorias.
La tinta roja se asocia especialmente con picor persistente, hinchazón y granulomas. Los granulomas son pequeños nódulos inflamatorios que se forman cuando el sistema inmunitario intenta aislar material que no logra eliminar.

Estas reacciones pueden aparecer meses o años después de hacerse un tatuaje y pueden desencadenarse por la exposición al sol o por cambios en la función inmunitaria. La inflamación crónica se ha relacionado con el daño tisular y un mayor riesgo de enfermedad. Para las personas con enfermedades autoinmunes o un sistema inmunitario debilitado, los tatuajes pueden suponer un motivo de preocupación adicional.

Riesgos de infección

Al igual que cualquier procedimiento que perfora la piel, el tatuaje conlleva cierto riesgo de infección. Una higiene deficiente puede provocar infecciones por Staphylococcus aureus, así como hepatitis B y C. En casos excepcionales, se ha asociado con infecciones por micobacterias atípicas.

Uno de los mayores retos a la hora de evaluar la toxicidad de los tatuajes es la falta de una regulación coherente. La Unión Europea ha introducido límites más estrictos para las sustancias peligrosas en las tintas de tatuaje, pero a nivel mundial la supervisión sigue siendo desigual. En muchos países, las tintas para tatuajes están reguladas de forma mucho menos estricta que los cosméticos o los productos médicos, incluso sin exigir a los fabricantes que revelen la lista completa de ingredientes.

Tatuajes más grandes, numerosos y coloridos

Para la mayoría de las personas, los tatuajes no causan problemas de salud graves, pero no están exentos de riesgos. Los tatuajes introducen en el cuerpo sustancias que nunca fueron diseñadas para permanecer a largo plazo en el tejido humano, algunas de ellas potencialmente tóxicas en determinadas condiciones.

La principal preocupación es la exposición acumulativa. A medida que los tatuajes se hacen más grandes, más numerosos y más coloridos, la carga química total aumenta. En combinación con la exposición al sol, el envejecimiento, los cambios inmunitarios o la eliminación con láser, esta carga puede tener consecuencias que la ciencia aún no ha descubierto por completo.

Los tatuajes siguen siendo una poderosa forma de autoexpresión, pero también suponen una exposición química de por vida. Aunque las pruebas actuales no sugieren un peligro generalizado, cada vez más investigaciones ponen de relieve que hay importantes cuestiones sin respuesta sobre la toxicidad, los efectos inmunitarios y la salud a largo plazo. A medida que los tatuajes aumentan en todo el mundo, se hace necesario mejorar la regulación y asegurar una investigación científica sostenida.

The Conversation

Manal Mohammed no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Tatuajes, toxinas y sistema inmunitario: qué conviene tener en cuenta antes de tatuarnos – https://theconversation.com/tatuajes-toxinas-y-sistema-inmunitario-que-conviene-tener-en-cuenta-antes-de-tatuarnos-280169

¿Enganchado a un videojuego? Las estrategias de la industria para atrapar a los usuarios

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliverio Jesús Santana Jaria, Profesor de Ingeniería Informática e Investigador en Inteligencia Artificial, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Anastassiya Bezhekeneva/Shutterstock

Los videojuegos son una industria enorme que entretiene a millones de personas. Sus ingresos superan a los del cine y la música juntos. Pero su manera de ganar dinero ha cambiado con el tiempo. Antes bastaba con comprar un juego, ese era el único gasto. Hoy existen varias estrategias que empujan a los jugadores a gastar más.

Una de las más conocidas y polémicas son las cajas con recompensas aleatorias. Funcionan como los sobres de cromos. El jugador nunca sabe qué va a conseguir y muchas veces recibe algo repetido. Estas “microtransacciones”, pequeños pagos dentro del juego que parecen inofensivos, pueden crear malos hábitos, especialmente en menores. Estas mecánicas se parecen a los juegos de azar y pueden tener un impacto económico importante.

Las autoridades han empezado a prestar atención. El Gobierno de España ha lanzado campañas de concienciación para alertar sobre sus riesgos. En Europa, se está actualizando el sistema PEGI, que clasifica los videojuegos por edades según criterios como el lenguaje o la violencia, para que a partir de junio también tenga en cuenta estos elementos.

El impacto de estas medidas puede ser sorprendente. Incluso juegos deportivos con apariencia inocente podrían dejar de ser aptos para menores de 16 o 18 años si incluyen este tipo de compras.




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Los videojuegos como servicio

Este problema es importante, pero no es el único. Hay otros riesgos menos visibles. Algunos juegos están diseñados para enganchar al jugador y ocupar su tiempo.

Antes, un videojuego era un producto terminado, pero ahora muchos juegos se ofrecen como un servicio en constante actualización. Se compra una base y, con el tiempo, se van añadiendo contenidos, eventos y recompensas.

Uno de los modelos más comunes es el pase de batalla. Es un sistema de progresión por niveles que permite desbloquear recompensas al jugar durante una temporada de duración limitada. Suele haber una versión gratuita y varias de pago con diferentes recompensas.

Lo habitual es que estas recompensas sean “cosméticas”: armas, trajes, mascotas o monturas para los personajes. No son necesarias para jugar, pero muchos jugadores sienten presión para conseguirlas. Ven lo que tienen otros y no quieren quedarse atrás. Es parecido a lo que ocurre con unas zapatillas de marca en un instituto.

Las temporadas en los videojuegos

La clave está en el concepto de “temporada”. Los jugadores pueden ganar ciertas recompensas durante ese periodo. El problema es que, cuando la temporada termine, ya no se podrán volver a conseguir. Esto genera urgencia: si no se participa durante ese periodo, no habrá forma de obtenerlas.

Muchas de estas recompensas se pueden conseguir jugando, pero eso requiere mucho tiempo. Además, algunos juegos premian conectarse todos los días o incluso cada pocas horas. Los jugadores que no lo hacen avanzan más despacio, así que acaban sintiendo que tienen que conectarse.

El resultado es que muchos jugadores se enganchan. Juegan más de lo que quieren y sacrifican tiempo de estudio, ejercicio o relaciones personales y familiares. Además, se acostumbran a las gratificaciones inmediatas, con recompensas rápidas y constantes. Después, actividades como estudiar o leer, que requieren más tiempo y esfuerzo, pueden resultar menos atractivas.




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El miedo a quedarse atrás

Por supuesto, las recompensas también se pueden comprar. La frustración de invertir tanto tiempo empuja a muchos jugadores a pagar. Además, algunas recompensas exclusivas solo se consiguen con dinero.

Aquí entra en acción el FOMO (del inglés fear of missing out). Es un sentimiento de preocupación ante la posibilidad de perderse algo. Tiene un fuerte componente social: no es solo perderse algo, es perderse algo que otros jugadores están viviendo.

Esto crea presión social. Los jugadores comparan lo que tienen con lo de los demás. Les hace sentir que su posición en la comunidad depende de su colección de recompensas. Pero esta idea es completamente ficticia, porque en realidad no se conocen entre ellos.

Por qué cuesta dejar de jugar

Las temporadas no se detienen. Cuando una termina, empieza otra. A veces traen recompensas nuevas. Otras veces son solo pequeñas variaciones. El efecto es el mismo: el jugador siente que tiene que seguir jugando. Así se crea un ciclo continuo que refuerza este miedo y hace difícil dejar de participar.

Muchos jugadores acaban atrapados en una espiral. Juegan para conseguir recompensas cosméticas que no necesitan. La experiencia se vuelve repetitiva y monótona, pero siguen jugando porque siempre hay nuevas recompensas.

Esto ocurre debido a mecanismos psicológicos bien conocidos, que llevan a los jugadores a desear completar toda la colección de recompensas de cada temporada para evitar la incomodidad de dejar una tarea a medias o para no desaprovechar el tiempo y esfuerzo que ya han dedicado.

Conocer los riesgos ayuda a protegerse

Los gobiernos están empezando a considerar estos riesgos. La regulación tendrá en cuenta las mecánicas que puedan afectar al comportamiento de los jugadores, aplicando limitaciones de edad. Pero estas restricciones no son suficientes porque el problema afecta también a jugadores adultos.

Las empresas tienen que actuar con responsabilidad. En la era de la IA generativa, crear recompensas cosméticas cuesta cada vez menos. Esto les permitirá aumentar el ritmo de lanzamiento de nuevas recompensas y, con ello, la presión sobre los jugadores.




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Además, algunos juegos manipulan cuándo o cómo se consiguen las recompensas para mantener a los jugadores enganchados. Debemos exigir que las empresas adopten buenas prácticas de diseño y sean transparentes y honestas sobre el tiempo que se necesita para conseguir las recompensas.

Visibilizar estos riesgos y comprender cómo funcionan estas dinámicas es clave para que las familias puedan acompañar a los jugadores de manera informada, protegiendo su tiempo y bienestar.


Este artículo se ha escrito con la colaboración de Jorge Jesús Castellano Castellano, especialista en videojuegos, Director de TMT eSport.

The Conversation

Oliverio Jesús Santana Jaria no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Enganchado a un videojuego? Las estrategias de la industria para atrapar a los usuarios – https://theconversation.com/enganchado-a-un-videojuego-las-estrategias-de-la-industria-para-atrapar-a-los-usuarios-278583

El hambre se resuelve con mercados, no con almacenes: los pósitos reales y las crisis de subsistencia del XIX

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo A. Martín-Grande, Profesor de Historia Económica e Historia del Pensamiento Económico, Universidad Rey Juan Carlos

Grabado de 1854 de una vista aérea de Madrid. Las instalaciones del Real Pósito se encuentran a la derecha de la Puerta de Alcalá. Wikimedia Commons, CC BY

Cuando el 21 de octubre de 1805 la flota combinada hispanofrancesa sufrió una gran derrota en Trafalgar, España venía sufriendo más de dos años de hambre. Ni antes ni después de la batalla hubo invasión del territorio ni nada que pudiera dañar el suministro alimentario. Además, el país contaba con la mayor red de almacenes de trigo de Europa, el sistema de pósitos reales, que prestaba grano con condiciones generosas a labradores y vecinos en tiempos de escasez.

La red de pósitos se había levantado en las cinco décadas anteriores precisamente para hacer frente a las hambrunas. Pero a la luz de lo ocurrido en esos años, en los anteriores (crisis de subsistencia de 1789, 1793 y 1798) y en los siguientes (crisis de 1811-1813), parece evidente que el sistema falló de forma estrepitosa.

De hecho, los pósitos no solo no evitaron las crisis alimentarias, sino que las agravaron. Esto sucedió porque se había ido abandonando la solución más obvia: el mercado. A comienzos del siglo XIX, el comercio interior de granos en España estaba severamente restringido. Aunque la Pragmática de 11 de julio de 1765 lo había liberalizado un poco, la Real Cédula del 16 de julio de 1790 había dado un paso atrás al prohibir el comercio de “reventa, estanco y monopolio”.

En resumen, en España se podía comprar y vender grano, pero no almacenarlo. En la práctica, el comercio mayorista de granos, que siempre había enfrentado muchos obstáculos, quedó prohibido.

El auge de los pósitos

Eliminada la competencia de los grandes y pequeños tratantes de grano, los pósitos prosperaron como nunca antes. Hacia 1800 almacenaban 2,5 veces más cereal que en 1750, la cuarta parte del trigo cosechado en todo el país. Pero ese trigo nunca salía del ámbito municipal. Los funcionarios del pósito solo estaban obligados con sus vecinos, a los que prestaban grano o dinero para la siembra o la tahona.

La autoridad superior del sistema, la Superintendencia General de Pósitos del Reino, regulaba y uniformizaba su funcionamiento con meticulosidad. Pero no establecía ninguna directriz sobre compras o préstamos. Por ejemplo, no podía ordenar que los excedentes de un pósito se canalizasen hacia otro con escasez. En realidad, el sistema de pósitos reales nunca fue un sistema.

De ahí que el crecimiento de sus fondos durante esas décadas fuera paralizando el menguante comercio de granos, lo que desembocó en el hambre. En el conjunto del país las oscilaciones de la cosecha nunca eran tan grandes como para generar una verdadera carestía. Pero en una sola región, comarca o localidad sí podían ser importantes, y más cuanto menor era el territorio.

Estas situaciones se resolvían gracias al transporte de grano, que cubría los déficits de unas áreas con los superávits de otras. En el peor de los casos, una carestía universal, pero pequeña, no tenía consecuencias graves. Pero el efecto combinado de prohibir el comercio mayorista y capturar el grano en almacenes que no permitían su salida fuera del municipio condujo al hambre.

Así sucedió en aquellas comarcas que, por la sequía o cualquier otro motivo, perdían una parte considerable de su cosecha. El efecto final era similar al de una guerra. Por ejemplo, en 1803-1805 los precios en Tierra de Campos (Segovia-Medina de Rioseco) doblaron de largo los del Valle medio del Ebro (Zaragoza-Pamplona). Es revelador que en 1811-1813 la guerra de Independencia causó hambrunas solo un poco más graves que las de 1803-1805.

El ocaso

Con la paz, el sistema de pósitos entró en una profunda decadencia. En parte, fue causada por las exacciones de los ejércitos franceses y las guerrillas españolas. En parte, por las deudas impagadas, ya irrecuperables. Al mismo tiempo, el comercio de granos se liberalizó. El 8 de junio de 1813 fue autorizado por las Cortes de Cádiz. Y, tras un complicado vaivén legislativo, el Código del Comercio de 1829 (aun en tiempos del absolutismo) y el Real Decreto de 29 de enero de 1834 (con los liberales) lo validaron definitivamente.

Tras ello, no hubo ninguna crisis relevante hasta [la segunda mitad del siglo XIX],(http://hdl.handle.net/10662/917) y las que hubo no fueron ni remotamente comparables a la de 1803-1805. La crisis de los pósitos no fue la única causa de esta mejora, pero sí fue una causa necesaria. La causa fundamental fue la liberalización del comercio interior. En el resto del siglo XIX se podría haber acabado con el hambre si también se hubiese liberalizado el comercio exterior. Pero lo fundamental estaba hecho: nunca volvió a ocurrir una crisis de la gravedad de aquellas de comienzos de siglo.

Libre comercio contra la carestía

La experiencia histórica de España no es diferente de la de otros países. Todo lo contrario. Las hambrunas en tiempos de paz normalmente ocurren cuando los poderes públicos restringen o prohíben el comercio interior. Esto es lo que sucedió en la China del Gran Salto Adelante (1958-1962), en Etiopía en las décadas de 1970 y 1980 y en Corea del Norte en la década de 1990. Y antes, en la España de la posguerra civil.

La lección es sencilla: si se quiere acabar con el hambre no hay que almacenar trigo. Basta con permitir a la gente comerciar en paz cómo y dónde quiera. Esto es lo que, básicamente, ha sucedido en el último medio siglo en todo el planeta. Es una faceta de la globalización. Por eso cada vez hay menos hambrunas, y ninguna realmente grave desde 2011, aparte de las causadas por la guerra: Yemen y Sudán agonizan en sus infiernos.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El hambre se resuelve con mercados, no con almacenes: los pósitos reales y las crisis de subsistencia del XIX – https://theconversation.com/el-hambre-se-resuelve-con-mercados-no-con-almacenes-los-positos-reales-y-las-crisis-de-subsistencia-del-xix-279515

¿Por qué se ejecutaba a la gente hace 1000 años?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Abel de Lorenzo Rodríguez, Investigador en la Facultad de Historia especializado en la Edad Media, Universidade de Santiago de Compostela; University of Edinburgh; Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne

_La urraca sobre la horca_ (Die Elster auf dem Galgen), Pieter Brueghel el Viejo, 1568. Hessisches Landesmuseum, Darmstadt, Alemania.

El Medievo es actualmente un periodo en disputa. Por un lado, expresiones como “barbarie u oscuridad medievales” son aún ampliamente utilizadas en los medios para describir hechos violentos o pérdida de derechos humanos. A esto se le contraponen algunas reinterpretaciones con fines políticos que subrayan los avances intelectuales, científicos y artísticos del periodo: sus renacimientos, el legado clásico que sobrevive o la belleza de las catedrales. Por desgracia, ambos extremos enjuician un periodo de más de 1 000 años que no se pueden definir, desde la investigación, como algo simplemente bueno o malo.

Cuando alguien se refiere a la llamada violencia o barbarie medieval normalmente habla de los métodos que el poder utilizaba para hacer actuar la justicia. Las penas de muerte y sus diferentes formas suelen ser los mayores ejemplos de esto. Sin embargo, la Edad Media no inventó la pena de muerte, un procedimiento que ya existía en el mundo romano y que pervivió hasta no hace tanto en Europa occidental. En una nueva investigación publicada en el libro La horca y el fuego. Una historia social de la pena de muerte en Hispania (700-1200) intento arrojar luz sobre este tema, lleno de tópicos gracias a las películas, la literatura y parte de la divulgación histórica: brujas quemadas en el fuego entre gritos de júbilo, traidores ahorcados hasta que se deshacen sus cuerpos o inquisidores ansiosos de condenar a muerte son algunas de las recurridas escenas. La realidad que se puede documentar es altamente matizable. Porque… ¿qué sabemos realmente sobre esa época?

Condenas que dependían

En la Alta y Plena Edad media (700-1200) la pena de muerte en los reinos peninsulares representó una forma compleja y su aplicación era poco común –además de complicada de estudiar por la escasez de fuentes–. Principalmente se han documentado ahorcamientos, decapitaciones, despeñamientos, muertes por fuego, lapidaciones y ahogamientos en el mar, entre otras. Algunas –como los ahorcamientos– se detectan en casos particulares, leyes y hasta en representaciones de la cultura visual como los capiteles o las iluminaciones de manuscritos. Otras son, por el contrario, conocidas de forma marginal –como el ahogamiento en el mar–.

Las razones que llevaban a seleccionar unas u otras formas de ejecutar dependían del crimen cometido, el origen social de los acusados, su sexo, la identidad religiosa o el periodo histórico en que se ejecutaba la pena. A veces la proximidad al poder, incluso familiar, podía ser fatal, como muestran las ejecuciones por traición o rebelión. Sin embargo, el principio de discriminación social era mayoritario cuando el dinero y la propiedad podían salvar de la pena a pesar de las amenazas. Algunas formas de muerte muy conocidas en Europa central –como el castigo de la rueda– eran, por el contrario, totalmente ajenas a los reinos peninsulares.

La crucifixión, un tipo de ejecución romana que había sido relegada al olvido durante la expansión del cristianismo, aún se practicaba ampliamente en los países de religión islámica, puede que como contrapunto al tabú de su utilización en los dominios cristianos. Su mensaje tiene en los dominios peninsulares una problemática propia ya que estas condenas se siguieron utilizando en los dominios andalusíes mientras que, por el contrario, desaparecieron en los reinos cristianos. La cercanía de estos dos espacios legales y jurídicos provocó una proximidad casi única en Europa.

También es sorprendente que tanto el cristianismo como el islam y el judaísmo siguiesen utilizando la lapidación durante el periodo medieval, aunque esté poco documentada. Tal vez su antigüedad era un punto común a las tres religiones, una forma de matar que se disputa.

Grabado en blanco y negro de muchas personas crucificadas.
Abolición de las ejecuciones por crucifixión por el emperador Constantino. Grabado sobre cobre, J. Luyken (1649-1712), 1690.
Colección particular.

Debates teológicos y legales

Lo interesante del primer periodo medieval es el continuo diálogo entre las estructuras sociales y legales del mundo romano desaparecido y la aparición de nuevas sociedades, nuevas organizaciones de poder y economía que no se ajustan al pasado imaginado del mundo clásico. La pena de muerte fue parte de esos debates: ¿qué legitimidad tenían el gobernante o las comunidades para aplicar ese tipo de muerte, bajo qué autoridad y en qué casos?

Las discusiones al respecto tenían carácter legal y base teológica, específicamente bíblica. A pesar de la aparente candidez del cristianismo, podían llegar a ser crueles: ¿cómo entender sin pena de muerte la frase de la Biblia que afirma que no se puede dejar con vida a los maléficos? ¿O que “sin derramamiento de sangre no hay perdón”? ¿O también “castigar a los malos no es derramamiento de sangre” según Jerónimo de Estridón?

Ejemplos de penas de muerte

Hay que tener en cuenta también que bajo el sustrato legal de la época, durante siglos las vidas de miles de personas se vieron truncadas por crímenes leves (como el robo por supervivencia) e incluso por razones que hoy ya no son siquiera delito. Desde acusaciones de magia y herejía hasta adulterio u homosexualidad.

Dibujo de un hombre blandiendo una espada sobre la cabeza de otro mientras un cuerpo sin cabeza yace en el suelo.
Decapitación de los profetas, Beato de Liébana, siglo X, Manuscrito Vitr. 14-1,
Biblioteca Nacional de España, Madrid.

Por ejemplo, a finales del siglo XI, el padre de dos hijas que habían robado una quesada en Castilla fue amenazado con ser despeñado, lanzado desde un precipicio, si no compensaba los gastos. De igual forma, a finales del siglo X, alrededor de Otero de las Dueñas (en la provincia de León), un hombre llamado Brauolio estuvo implicado en una ejecución por unos robos, entre otros asuntos.

Alrededor del año 1100, en Nájera (La Rioja), una mujer fue amenazada con la muerte por fuego. No se saben exactamente las razones para ello, pero probablemente tuvieron que ver con motivaciones religiosas y sexuales, porque se había convertido del cristianismo al judaísmo y en la documentación aparecían varios hijos tras la muerte de su marido. La asamblea navarra la amenazó con esa muerte terrible y solo pudo librarse porque huyó, a pesar de los esfuerzos de su comunidad judía por salvarla. La documentación de la búsqueda de ayuda y dinero para ella llegó hasta Egipto.

A principios del 1200 el caso de una mujer y un caballero ejecutados por el fuego en León llegó hasta Roma. El caballero había castrado a un clérigo por haber mantenido una relación con su mujer. El rey, posiblemente Alfonso IX, condenó a ambos a la hoguera. Solo más tarde, debido a su castración, el clérigo narra al pontífice las circunstancias de su indeseada amputación.

Luces y sombras

Todas estas muertes hoy se nos antojan caprichosas, irracionales y signos de la barbarie medieval. Pero los principios de actuación penal e incluso el tipo de castigos ya existían de antes y, por supuesto, durarían muchos siglos más. La pena de muerte conviviría con el Renacimiento, las grandes revoluciones científicas y hasta con las más grandes frivolidades de nuestra época. Incluso recientemente Israel ha establecido la pena de muerte por ahorcamiento contra los palestinos. Todo ello signos de que la civilización de nuestra época no se libra de las sombras atribuidas al pasado.

Es imprescindible considerar que, mientras se levantaba la catedral gótica de León, los rastros de las llamas de una ejecución se enfriaban no muy lejos. O que, cuando la magnífica poesía provenzal llegaba hasta Galicia y empataba sus poesías de amor y sátira, alguien moría ejecutado en el mar. Esta mezcla de civilización, de alta y refinada cultura con la violencia, es tan solo un recordatorio de que la historia no puede solamente evidenciar la dimensión rosa del pasado, sino también sus sombras… como en los mejores crepúsculos.

The Conversation

Esta investigación se encuadra en dos proyectos de investigación: “Proyecto PADEX”, Ref. PID2023-146374NA-I00, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, MICIU/AEI/10.13039/501100011033/ y contrato y proyecto postdoctoral “E-moción. Dinámicas de exilios e desprazamentos forzados (Galicia, Iberia e Europa, séculos VIII-XIII)”, (ED481B-2024-076), financiado por la Axencia GAIN, Xunta de Galicia

ref. ¿Por qué se ejecutaba a la gente hace 1000 años? – https://theconversation.com/por-que-se-ejecutaba-a-la-gente-hace-1000-anos-278166

Comment éduquer à la transition écologique en dépassant la culpabilisation ?

Source: The Conversation – France (in French) – By Insaf Khelladi, Full Professor en Marketing, Excelia

Nos difficultés à passer à l’action en matière de transition écologique ne seraient pas tant liées à des biais cognitifs qu’à des freins émotionnels. Des émotions, telles que la peur ou la culpabilité, sont stériles, mais elles peuvent laisser la place à l’espoir de faire changer les choses. Tout du moins, à certaines conditions.


Nous n’avons jamais autant parlé de climat, de biodiversité et de transition écologique. Dans les universités, les écoles et les formations professionnelles, les contenus se multiplient. Les chiffres sont là, les diagnostics sont connus, l’urgence est largement documentée. Et pourtant, une question persiste : pourquoi savons-nous autant sans agir davantage ?

Ce décalage entre connaissances et action est aujourd’hui bien identifié. Il est souvent présenté comme un problème d’information, de volonté individuelle ou de contraintes matérielles. Mais les résultats récents de notre recherche suggèrent une autre lecture : le principal frein à l’action écologique ne serait pas cognitif mais émotionnel.




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Quand l’éducation à l’écologie fatigue

Dans de nombreux dispositifs éducatifs actuels, la transition écologique est abordée à travers des messages alarmants : effondrement des écosystèmes, extinction des espèces, urgence climatique. Ces discours sont scientifiquement fondés, mais leurs effets psychologiques sont rarement interrogés.

Chez les étudiants comme chez les apprenants adultes, ces messages suscitent fréquemment de la culpabilité, de la peur, voire un sentiment d’impuissance. L’individu se sent responsable d’un problème qui le dépasse. Ces émotions traduisent moins un manque de sensibilité qu’une forte conscience morale des enjeux environnementaux.

Mais lorsqu’elles s’accumulent sans accompagnement, elles peuvent devenir paralysantes. À terme, cette surcharge émotionnelle peut conduire non pas à l’engagement, mais au retrait :

« À quoi bon agir, si tout est déjà perdu ? »

Ce phénomène est aujourd’hui largement discuté sous le terme d’écoanxiété. Pourtant, il reste peu intégré dans la conception des programmes éducatifs. L’éducation à la durabilité continue souvent de miser sur l’accumulation de connaissances, en supposant que la prise de conscience suffira à déclencher le changement.




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L’émotion comme point de bascule

Notre recherche menée auprès d’étudiants ayant participé à un programme intensif de formation à la durabilité met en lumière un mécanisme clé : ce ne sont pas les connaissances en elles-mêmes qui déclenchent l’action, mais la manière dont les émotions associées à ces connaissances évoluent dans le temps.

Au début du programme, la majorité des participants exprimaient une forme de lassitude ou de résistance. Les enjeux environnementaux leur semblaient omniprésents, mais abstraits, culpabilisants, voire décourageants. Certains parlaient de « bruit de fond », d’autres d’un sentiment de fatalité.

Puis, progressivement, quelque chose a changé. Non pas parce que les messages étaient devenus moins sérieux, mais parce qu’ils étaient plus incarnés, misant davantage sur les volets relationnel et participatif. Les émotions négatives ne s’effacent pas, elles évoluent. La peur et la culpabilité peuvent progressivement céder la place à la curiosité, puis à une forme d’espoir, avant de se traduire par un sentiment d’utilité personnelle.

Des travaux récents en psychologie montrent que cet espoir, lorsqu’il est étroitement associé à des actions concrètes et collectives, favorise un engagement plus soutenu face au changement climatique. Cette perspective invite ainsi à dépasser une conception réductrice des émotions, souvent envisagées uniquement comme des freins à l’action.




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Les limites de la pédagogie du choc

Ce basculement émotionnel constitue un tournant décisif. Lorsque les apprenants cessent de se percevoir uniquement comme des responsables coupables et commencent à se voir comme des acteurs capables d’agir, même à leur échelle, le passage à l’action devient possible. Ce sentiment de capacité d’agir – largement étudié sous le concept d’auto-efficacité – joue un rôle central dans la mise en mouvement et la persistance de l’engagement.

Nos résultats invitent à interroger en profondeur la manière dont nous enseignons la transition écologique. Pendant longtemps, la pédagogie environnementale a reposé sur une logique de choc : montrer l’ampleur des dégâts pour provoquer une prise de conscience. Or, cette stratégie atteint aujourd’hui ses limites.

La répétition de messages anxiogènes peut engendrer de la saturation informationnelle, une forme de déni défensif ou encore un désengagement émotionnel.

À l’inverse, les dispositifs éducatifs qui favorisent l’expérimentation, la coopération et la co-construction produisent des effets très différents. Dans l’étude, les moments les plus transformateurs ne sont pas les conférences magistrales, mais les ateliers collaboratifs, les projets concrets et les échanges avec des acteurs engagés.

Ces formats permettent aux apprenants de vivre la transition écologique non plus comme une menace abstraite, mais un espace d’action collective, où l’engagement est partagé et socialement reconnu.

Un sentiment d’utilité sociale

Un résultat particulièrement marquant de notre recherche concerne le rôle des émotions dites « positives », comme l’espoir, la fierté ou le sentiment de contribution. Contrairement à une idée répandue, ces émotions ne minimisent pas la gravité des enjeux. Elles permettent au contraire de rendre l’action psychologiquement soutenable dans la durée.

L’engagement devient plus stable et plus durable quand :

  • les apprenants constatent que leurs actions, même modestes, ont du sens ;

  • ils se sentent reconnus dans leur capacité à agir ;

  • ils participent à la conception de solutions concrètes.

Cet engagement s’inscrit alors dans des dynamiques collectives qui renforcent le sentiment d’utilité sociale.

Dans ces conditions, les comportements écologiques cessent d’être perçus comme des contraintes imposées de l’extérieur. Ils s’intègrent progressivement aux routines quotidiennes et peuvent même être transmis à l’entourage.

Une transition écologiquement et psychologiquement soutenable

Ces constats ont des implications majeures pour l’éducation, la formation et les politiques publiques.

Informer ne suffit pas. Les dispositifs éducatifs doivent être conçus comme de véritables parcours émotionnels, et non comme de simples transferts de connaissances.

Il est essentiel de diversifier les formats pédagogiques : hackathons, living labs, projets collectifs, simulations, mises en situation réelle. Ces formats favorisent l’appropriation et renforcent le sentiment de capacité d’agir.

Enfin, la transition écologique ne peut être enseignée uniquement par des discours institutionnels. Les apprenants accordent une grande importance à la crédibilité et à la sincérité des intervenants : entrepreneurs engagés, enseignants impliqués, pairs mobilisés. La confiance joue ici un rôle central.

Face à l’urgence environnementale, la tentation est forte d’intensifier les messages alarmants. Mais si l’objectif est une mutation durable des comportements, il est temps de changer de paradigme.

La transition écologique ne se gagnera pas par la culpabilité seule. Elle nécessite une éducation capable de transformer l’angoisse en engagement et la peur en capacité d’agir, et ne se résume pas à transmettre des savoirs. Elle implique d’accompagner une trajectoire émotionnelle, de l’inquiétude à l’appropriation, sans laquelle aucune transition ne peut réellement s’ancrer dans les pratiques.

The Conversation

Rien à déclarer

Catherine Lejealle, Insaf Khelladi, Rémi Beulque et Saeedeh Rezaee Vessal ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur poste universitaire.

ref. Comment éduquer à la transition écologique en dépassant la culpabilisation ? – https://theconversation.com/comment-eduquer-a-la-transition-ecologique-en-depassant-la-culpabilisation-276784

Pourquoi la souffrance psychique des jeunes n’est pas une affaire individuelle

Source: The Conversation – France in French (3) – By Cyril Tarquinio, Professeur de psychologie clinique, Université de Lorraine

Symptômes anxiodépressifs, idées suicidaires… les données scientifiques s’accumulent pour confirmer que les causes de la souffrance psychique qui affecte de nombreux jeunes sont à rechercher davantage du côté de déterminants sociaux et de mutations qui bouleversent notre époque – à commencer par les réseaux sociaux auxquels les adolescent·es sont particulièrement vulnérables – que des facteurs individuels.


Anxiété massive, épisodes dépressifs précoces, crises de panique, sentiment d’irréalité, fatigue chronique, idées suicidaires… la détresse psychique d’une partie croissante de la jeunesse n’est plus un phénomène marginal. Au niveau mondial, elle s’impose aujourd’hui comme un fait social majeur, documenté par la clinique comme par l’épidémiologie.

Pourtant, les réponses apportées continuent de cibler prioritairement les individus, comme si le problème relevait avant tout d’une fragilité personnelle. Cette lecture est non seulement insuffisante : elle est erronée.

Dans Génération à vif, je défends une thèse simple mais dérangeante : le malaise psychique des jeunes est un indicateur sensible des transformations systémiques de nos sociétés. Il ne dit pas tant quelque chose de leur faiblesse que de l’environnement dans lequel ils grandissent, se construisent et tentent de se projeter.

Des indicateurs qui ne trompent plus

Les données sont désormais convergentes. En France, selon Santé publique France, 9,5 % des adolescents de 17 ans présentent des symptômes anxiodépressifs sévères, contre 4,5 % en 2017. Près d’un jeune sur cinq rapporte des pensées suicidaires au cours de l’année écoulée, avec une vulnérabilité particulièrement marquée chez les jeunes femmes.

Selon l’Organisation mondiale de la santé (OMS), un adolescent sur sept âgé de 10 à 19 ans présente un trouble mental, et le suicide constitue la troisième cause de décès chez les 15-29 ans. Ces données ne peuvent être réduites à un simple effet de dépistage ni à une supposée « fragilisation générationnelle ». Elles signalent l’ampleur réelle du fardeau psychique qui affecte aujourd’hui les jeunes.

L’erreur classique : psychologiser ce qui est structurel

Face à ces constats, le réflexe dominant consiste à invoquer la vulnérabilité individuelle, le déficit de compétences émotionnelles ou l’hypersensibilité. Or la recherche en santé mentale montre depuis longtemps que les troubles anxieux et dépressifs sont étroitement liés aux déterminants sociaux : précarité économique, instabilité des parcours, insécurité professionnelle, isolement relationnel, pression normative et inégalités d’accès aux ressources.

Plusieurs travaux internationaux soulignent que l’augmentation des troubles internalisés chez les adolescents et les jeunes adultes est indissociable de la montée de l’incertitude structurelle et de l’accélération sociale. Autrement dit, ce n’est pas la jeunesse qui a changé seule ; c’est le monde qui lui est proposé. Continuer à pathologiser les individus sans interroger ce cadre revient à déplacer le problème, non à le résoudre.

Grandir dans un monde instable

L’adolescence et l’entrée dans l’âge adulte ont toujours été des périodes de remaniement identitaire. Ce qui est plus nouveau, en revanche, c’est le contexte dans lequel ces transitions s’opèrent. Les jeunes d’aujourd’hui se construisent dans des sociétés où les repères qui balisaient autrefois plus nettement l’accès à la vie adulte se sont affaiblis. La fin des études ne débouche plus automatiquement sur un emploi stable, l’insertion professionnelle est plus souvent marquée par les contrats temporaires, les allers-retours entre formation, emploi et chômage se multiplient, et l’accès à l’autonomie résidentielle devient plus difficile.

À l’échelle européenne, la discontinuité des trajectoires juvéniles n’a rien d’une abstraction. 31,1 % des salariés de 15 à 29 ans occupaient un emploi temporaire dans l’Union européenne, tandis que 11,0 % des jeunes de cette tranche d’âge n’étaient ni en emploi, ni en études, ni en formation. Autrement dit, une part importante de l’entrée dans l’âge adulte se joue désormais soit dans l’instabilité, soit dans l’interruption, ce qui dit bien combien les seuils biographiques autrefois plus lisibles sont devenus plus fragiles et plus incertains.

Dans ce contexte, la difficulté à se projeter dans un avenir lisible ne relève pas d’un manque individuel de maturité. Elle traduit aussi une transformation objective des conditions d’existence. Quand le travail est plus précaire, le logement plus difficile d’accès, et l’avenir socialement moins prévisible, il devient plus compliqué de relier le présent à un futur désirable.

Or, on ne se construit pas psychiquement de la même manière quand l’avenir ressemble à une promesse que lorsqu’il ressemble à une énigme.

Réseaux sociaux et comparaison permanente

À cette instabilité structurelle s’ajoute une transformation profonde du rapport à soi et aux autres liée aux usages numériques. Les effets des réseaux sociaux dépendent moins du temps passé en ligne que de ce qui s’y joue réellement : se comparer, se montrer, se mettre en scène, attendre des signes d’approbation, subir des interactions hostiles ou, parfois, trouver du soutien et de l’authenticité. En ce sens, les réseaux sociaux ne constituent pas une cause simple et univoque ; ils forment plutôt un nouvel environnement relationnel et identitaire, capable d’amplifier certaines vulnérabilités propres à l’adolescence.

Or, lorsque cet environnement organise la vie sociale autour de la visibilité, de la comparaison et de la validation externe, il peut peser lourdement sur l’image de soi. La littérature scientifique met ainsi en évidence des liens entre usages intensifs ou problématiques des réseaux sociaux, diminution de l’estime de soi, insatisfaction corporelle, symptômes anxieux et manifestations dépressives, avec une vulnérabilité particulièrement marquée chez les adolescentes.




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Sur le plan psychique, cette dynamique peut favoriser la construction d’un « faux self », au sens winnicottien. Une identité de présentation, progressivement façonnée pour répondre aux attentes perçues, capter l’approbation et éviter la disqualification, parfois au prix d’un éloignement croissant d’avec l’expérience subjective authentique. Lorsque la valeur de soi se trouve ainsi suspendue au regard d’autrui, l’ajustement au monde ne se fait plus à partir d’un sentiment interne de continuité, mais à partir d’une surface à maintenir. Il peut alors se creuser un écart entre ce que le sujet vit, ce qu’il ressent et ce qu’il donne à voir. Cet écart ouvre un espace de tension psychique majeur, pouvant aller, chez certains sujets plus vulnérables, jusqu’à des expériences de dépersonnalisation, de désancrage de soi ou de fonctionnement dissociatif.

La souffrance qui en résulte n’est pas un défaut individuel, elle est le produit d’un environnement qui rend l’authenticité coûteuse et la vulnérabilité risquée.

Quand le malaise s’inscrit dans les corps

Un autre aspect souvent sous-estimé concerne la dimension corporelle de cette détresse. Fatigue chronique, troubles du sommeil, douleurs diffuses, dérégulations émotionnelles sont fréquents chez les jeunes en souffrance psychique. Les avancées en psychoneuro-immunologie montrent que le stress chronique, lorsqu’il est durable et imprévisible, active les systèmes neurobiologiques de l’alerte et favorise des états inflammatoires associés à la dépression et à l’anxiété.

Cette inflammation n’est pas un simple bruit de fond biologique : elle interfère avec les circuits de l’humeur, de la motivation, de la vigilance et de la régulation émotionnelle. Elle contribue ainsi à faire de la détresse psychique une expérience à la fois psychologique et somatique, où l’anxiété, l’abattement ou l’hyperréactivité coexistent avec la fatigue, les troubles du sommeil, les douleurs diffuses et le sentiment d’un corps devenu lui-même difficile à habiter.

Chez les adolescents et les jeunes adultes, dont les systèmes cérébraux sont encore en maturation, cette exposition prolongée à l’insécurité et à la pression sociale peut avoir des effets durables, en particulier sur les circuits de l’alerte, de l’humeur, du sommeil et de la régulation émotionnelle. Là encore, il ne s’agit pas de « somatisation », mais d’une inscription biologique du social. Les corps parlent lorsque les environnements ne permettent plus de symboliser autrement.

Des réponses encore trop étroites

Face à cette situation, l’augmentation de l’offre de soins psychologiques est nécessaire, mais insuffisante. En renvoyant prioritairement les jeunes vers des prises en charge individuelles, on entretient l’idée implicite que le problème leur appartient. Or l’OMS insiste sur le fait que les politiques efficaces en matière de santé mentale des jeunes doivent articuler prévention, réduction des inégalités, politiques éducatives, conditions de travail et cohésion sociale.

Autrement dit, soigner sans transformer les contextes revient à réparer sans cesse les mêmes fissures. La santé mentale des jeunes ne peut être pensée indépendamment des choix collectifs en matière d’éducation, d’emploi, de protection sociale et d’organisation du temps de vie.

Ce que la souffrance des jeunes nous oblige à regarder

La souffrance psychique des jeunes est un symptôme collectif. Elle révèle un monde qui exige autonomie, performance et adaptabilité, tout en offrant de moins en moins de stabilité, de sécurité symbolique et de récits communs. Elle interroge notre rapport au temps, à la réussite, à l’échec et à la vulnérabilité.

Plutôt que de s’inquiéter d’une jeunesse prétendument fragile, il serait plus juste de s’interroger sur la fragilité de nos structures sociales. Écouter ce que le malaise des jeunes dit de nos choix collectifs n’est pas un exercice de compassion, c’est une nécessité politique et sociale. Parce que ce qui se joue ici n’est pas seulement une crise générationnelle, mais la capacité de nos sociétés à offrir un avenir psychiquement habitable.

The Conversation

Cyril Tarquinio ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Pourquoi la souffrance psychique des jeunes n’est pas une affaire individuelle – https://theconversation.com/pourquoi-la-souffrance-psychique-des-jeunes-nest-pas-une-affaire-individuelle-278601

Extension du plaider-coupable : une procédure pénale plus efficace ?

Source: The Conversation – France in French (3) – By Vincent Sizaire, Maître de conférence associé, membre du centre de droit pénal et de criminologie, Université Paris Nanterre

La réforme de la procédure pénale voulue par le garde des Sceaux Gérald Darmanin est examinée à partir du 13 avril au Sénat. De nombreux avocats et magistrats s’opposent à l’extension du plaider-coupable et dénoncent une justice expéditive, alors que le ministre prétend désengorger les tribunaux.


Alors que l’idéologie sécuritaire qui structure le débat public en matière de politique criminelle garantit ordinairement une relative indifférence à l’adoption des lois les plus répressives, le projet de réforme de la procédure de jugement des crimes porté par le gouvernement rencontre, avant même son examen par le Parlement, une large opposition au sein des milieux judiciaires. Portée par la très large majorité des avocats et par certaines organisations syndicales de magistrats, la fronde se focalise en particulier sur l’extension aux crimes de la procédure de comparution sur reconnaissance préalable de culpabilité (CRPC) introduite en 2004 – malgré, déjà, une très forte opposition.

Une procédure qui, fondée sur l’aveu de culpabilité de la personne poursuivie, substitue une simple audience d’homologation à une audience durant laquelle l’ensemble des éléments du dossier sont discutés contradictoirement par l’ensemble des parties. Le juge est alors appelé à valider – ou non – l’accord formalisé entre le ministère public et l’accusé s’agissant de la peine qui sera exécutée.

Certes, il est prévu que la CRPC criminelle ne puisse être mise en œuvre sans l’accord express de l’accusé et de la partie civile. Mais l’expérience enseigne que l’asymétrie structurelle qui caractérise les relations entre l’accusation et la personne poursuivie induit un consentement à la culpabilité et à la peine proposée le plus souvent biaisé, donné par méconnaissance de ses droits ou, pire encore, par peur d’une issue plus défavorable encore en cas de refus. L’institution de ce plaider-coupable en matière criminelle s’accompagne en outre de mesures visant à restreindre la possibilité pour les parties de soulever des irrégularités de procédure et à empêcher autant que possible la remise en liberté des personnes placées en détention provisoire en cas de négligence dans le traitement de leurs demandes. L’ensemble dessine ainsi une orientation législative limitant de façon plus ou moins explicite les garanties du procès équitable aujourd’hui consacrées par la Constitution et par l’article 6 de la Convention européenne de sauvegarde des droits de l’homme et des libertés fondamentales.

Simplifier le fonctionnement de la justice ?

Le gouvernement justifie son projet de réforme par des considérations se voulant l’expression du bon sens, une volonté de simplification qui ne serait dictée que par des préoccupations concrètes : soulignant la longueur des « délais d’audiencement criminel, [c’est-à-dire le temps séparant l’acte d’accusation de la comparution de la personne devant la juridiction] », le projet de loi aurait pour seul motif « d’accélérer le temps judiciaire », de « moderniser » les audiences, de réduire les délais de jugement des affaires. L’analyse du texte et, plus encore, de ses non-dits. À l’image de la très large majorité des textes de lois qui, depuis plus de vingt ans, se donnent très officiellement pour objectif de « simplifier » le fonctionnement de la justice pénale, ce nouveau projet trahit surtout une opposition de principe à un encadrement suffisant de l’action des autorités répressives.

Plusieurs éléments démontrent ainsi que ce texte obéit moins à une logique pragmatique qu’à des considérations idéologiques. On le constate, en premier lieu, avec le biais consistant à présenter la réforme comme procédant d’une nécessité pratique indiscutable quand, en réalité, bien d’autres possibilités s’offrent aux pouvoirs publics pour réduire les délais de jugement des affaires criminelles. La première de ces possibilités est, bien sûr, l’augmentation des moyens dévolus aux juridictions pour traiter les affaires dont elles sont saisies. Or, s’il a augmenté ces dernières années, le budget de la justice française demeure sensiblement en deçà des standards européens : le dernier rapport de la Commission européenne pour l’évaluation des systèmes judiciaires relève ainsi que « seul 0,20 % du PIB annuel de la France lui est consacré en 2022, alors que la médiane européenne s’établit à 0,28 % du PIB et que nos voisins néerlandais, allemand et italien y consacrent respectivement 0,26 %, 0,30 % et 0,31 %. Par ailleurs, le nombre de magistrats professionnels, particulièrement au ministère public, se situe très en deçà de la médiane européenne ».

Même à budget constant, il est tout à faire possible de réduire significativement les délais de jugement en menant une large entreprise de dépénalisation des infractions les moins graves, non pour les laisser sans réponse mais, au contraire, pour leur substituer une réponse plus adaptée (sociale ou médicale) et concentrer ainsi l’action des autorités répressives sur les infractions les plus graves. L’exemple de la dépénalisation de la consommation de stupéfiants chez nombre de nos voisins démontre ainsi de substantiels gains d’efficacité, alors que la répression du simple usage de drogue constitue aujourd’hui un contentieux de masse accaparant les services de police et les juridictions pénales.

Complexification des dispositions relatives à la détention provisoire

L’intention simplificatrice du projet apparaît tout aussi trompeuse lorsqu’on la met en rapport avec l’effet réel du projet sur l’ordre juridique, se traduisant par la complication significative des règles applicables. Ainsi en est-il, en particulier, des dispositions du projet relatives à la détention provisoire. Aujourd’hui, la loi prévoit que si les juridictions ne statuent pas sur la demande de mise en liberté qui leur est soumise dans les délais requis, la personne est automatiquement libérée. Pour éviter coûte que coûte une telle issue, le gouvernement propose désormais que, faute de décision à l’expiration des délais, un ultime débat contradictoire soit organisé dans les cinq jours afin de statuer sur la demande – la personne étant libérée si ce débat n’a pas lieu. Il veut également permettre au procureur général de saisir en catastrophe le président de la Cour d’appel d’une demande de maintien en prison lorsque l’audience permettant d’ordonner la prolongation de la détention provisoire n’a pu être tenue dans les formes et conditions prévues par la loi. Ces propositions ne constituent pas simplement une remise en cause frontale du principe constitutionnel de garantie des droits, qui suppose notamment que les personnes puissent faire effectivement sanctionner la méconnaissance, par les autorités, des règles encadrant leur action. En ajoutant de nouveaux délais et de nouvelles procédures à un ensemble déjà passablement complexe, ces propositions sont aussi de nature à compliquer singulièrement la tâche des juridictions, à mille lieues de la simplification annoncée.

Une culture de l’aveu qui rappelle la justice d’Ancien Régime

L’absence de pragmatisme du projet se mesure enfin dans certaines des représentations mobilisées au soutien de la réforme proposée et qui relèvent plus de la pétition de principe que du constat empirique. En plaçant la reconnaissance des faits au cœur du processus répressif, l’extension du plaider-coupable aux crimes renouvelle directement la culture de l’aveu propre à la justice pénale d’Ancien Régime, dont la fonction était moins de faire la lumière sur la commission d’une infraction que d’œuvrer à l’expiation voire à l’exorcisation d’un accusé nécessairement coupable. L’exposé des motifs du projet de loi trahit ainsi à plusieurs reprises une opposition de principe à l’idée même de présomption d’innocence, qui constitue pourtant une règle de valeur constitutionnelle : qu’on se propose de « faire juger les criminels » plus rapidement ou d’éviter la « remise en liberté de délinquants dangereux » en attente de jugement, on n’envisage tout simplement pas que le procès puisse avoir d’autre issue que leur condamnation.

Comme la plupart des textes visant, directement ou indirectement, à amoindrir l’encadrement du pouvoir répressif et les droits de la défense, cette nouvelle réforme s’inscrit ainsi dans la lignée de la vieille tradition autoritaire qui, depuis le début du XIXᵉ siècle, s’oppose à la mise en œuvre pérenne et conséquence du modèle pénal républicain proclamé en 1789. Un modèle qui commande des réformes humanistes et pragmatiques, loin de la fuite en avant répressive qui tient aujourd’hui lieu de seule boussole au législateur.

The Conversation

Vincent Sizaire est magistrat.

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