Cómo tres potencias coloniales obtuvieron (y luego perdieron) el control sobre los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ibrahim Al-Marashi, IE School of Humanities, IE University; California State University San Marcos

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En los últimos meses, el estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb se han convertido en sinónimo de disputas geopolíticas. Quien controle estas estrechas vías navegables gobierna el flujo del tráfico marítimo desde el mar Arábigo y el mar Rojo hasta el océano Índico y, con ello, una parte de vital importancia del comercio mundial.

Sin embargo, el conflicto en torno a estos estrechos es casi tan antiguo como el propio comercio marítimo moderno. La guerra entre EE. UU. e Irán por estos cuellos de botella no es más que el último capítulo de una historia centenaria en la que potencias extrarregionales han intentado influir o dominar Oriente Medio por mar.

La China de la dinastía Ming ofrece uno de los primeros ejemplos de una potencia extranjera que proyectaba su poder a través del poderío naval y la diplomacia. En 1405, el almirante, explorador y diplomático chino musulmán Zheng He se embarcó en la primera de siete expediciones a través del océano Índico. Al mando de flotas de más de 300 embarcaciones, llegó a la ciudad de Ormuz alrededor de 1414 y posteriormente a Adén, en Yemen, tras atravesar Bab el-Mandeb para adentrarse en el mar Rojo.

Esta Pax Sinica no controlaba los estrechos. En cambio, estableció una sólida presencia comercial basada en demostraciones de poderío naval, misiones diplomáticas y lucrativos intercambios de regalos. A diferencia de las potencias coloniales posteriores, Zheng He no estableció colonias en Ormuz ni a lo largo de la costa árabe. En su lugar, se integró en el sistema comercial ya existente, establecido por los comerciantes árabes, persas, indios y de África Oriental de la región.

Los viajes también ponen de manifiesto los límites de un poder marítimo excesivamente extendido. Tras la última expedición de Zheng He en la década de 1430, los cambios en las prioridades de la dinastía Ming pusieron fin a los viajes. El Estado no estaba dispuesto a invertir en su armada ni en su mantenimiento.

Hoy en día, China invoca los viajes de Zheng He para otorgar legitimidad histórica a las relaciones entre China y Oriente Medio. Pekín presenta sus inversiones modernas en infraestructuras, energía y puertos, como Gwadar en Pakistán, como el resurgimiento de una relación antigua y pacífica que se remonta a la Ruta de la Seda premoderna.

Sin embargo, allá por el siglo XVI, el aumento del tráfico marítimo mundial y la llegada de las potencias coloniales europeas marcarían pronto un giro hacia esfuerzos más violentos y agresivos por controlar los estrechos.

El dominio naval de Portugal

Los portugueses fueron innovadores en el ámbito naval, al introducir una forma más coercitiva de poder marítimo mediante el uso de cañones pesados en buques de alta mar. En 1513, Afonso de Albuquerque atacó Adén en un intento por controlar el acceso al mar Rojo. No logró conquistar la ciudad fortificada del interior, rodeada de un terreno montañoso y escarpado.

Tal y como Estados Unidos aprendió siglos más tarde, la superioridad naval no se traducía en una victoria inmediata en tierra. Los buques de guerra portugueses podían destruir embarcaciones y bombardear un puerto, pero dominar las aguas que rodeaban un puerto no era lo mismo que controlar el territorio que había detrás de él.

Sin embargo, en 1515, Albuquerque logró tomar la ciudad de Ormuz, donde impuso el cartaz, un permiso de pago que autorizaba a los comerciantes a navegar por el golfo y el océano Índico. Esta regulación del comercio es, en esencia, lo que el peaje de Irán está intentando hacer en la actualidad.

Las ruinas de un fuerte de piedra
Todavía se pueden ver las ruinas de un fuerte portugués del siglo XVI en la isla de Ormuz, en Irán.
ImanFakhri/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Esta Pax Lusitana fue más violenta que su predecesora china, y en 1622, las fuerzas de la dinastía safávida iraní y los buques de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales unieron sus fuerzas para expulsar a los portugueses de Ormuz y abrir el comercio.




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La toma de control por parte de británicos y holandeses

Una vez expulsados los portugueses, las fuerzas otomanas, safávidas, omaníes, holandesas e inglesas compitieron por el control. El sistema estaba dominado por poderosos barcos europeos y por gobernantes locales que controlaban tanto los puertos como las mercancías que circulaban por ellos.

La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales entró en estas aguas en 1614. Respaldada por barcos fuertemente armados, se estableció en el puerto de Mokha, en Yemen.

Tras la expulsión de Portugal, los holandeses obtuvieron privilegios comerciales en 1623 y compitieron con los comerciantes británicos en Bandar Abbas, la principal estación comercial del Golfo situada frente a Ormuz.

Un mapa dibujado a mano de una localidad costera.
Un mapa holandés de la ciudad fortificada de Ormuz, que data de 1617.
Willem Blaeu/Wikimedia Commons

Mientras que los británicos eran famosos por el comercio del té, los holandeses llegaron a controlar el del café. Anteriormente dominio exclusivo de los comerciantes con sede en Mocha, los holandeses rompieron el monopolio de Yemen sobre el comercio del café introduciendo de contrabando plantas de café arábica en la isla indonesia de Java, donde se cultivaron a gran escala.

De este modo, los holandeses demostraron que el equilibrio del poder marítimo podía cambiar mediante el control de la producción y el comercio, en lugar de mediante cañones y coacción.

Sin embargo, una vez que los británicos conquistaron Adén en 1839, tomaron la iniciativa. Firmaron acuerdos con los gobernantes y tribus vecinas del sur de Yemen que les otorgaron el control de facto sobre Bal al-Mandab en los albores de la era industrial.

Adén se convirtió pronto en una estación naval de abastecimiento de carbón y en un centro de comunicaciones, conectada con la India mediante cables telegráficos. Cuando se inauguró el Canal de Suez en 1869, los británicos también dominaron este punto estratégico, ya que el mar Rojo ofrecía la ruta marítima más corta hacia su colonia de la Corona en la India.

La hegemonía británica pronto pasó a basarse en buques de guerra de vapor y puertos, así como en préstamos y tratados. Gran parte de ello se sostenía gracias a aliados locales a lo largo de la costa, que se extendía desde Adén hasta Kuwait.

Lecciones para los EE. UU. de hoy

Tras la Segunda Guerra Mundial, el equilibrio de poder volvió a cambiar. Estados Unidos sustituyó al Reino Unido con bases, grupos de portaaviones y ventas de armas a cambio del petróleo del golfo Pérsico. En 1980, el presidente estadounidense Jimmy Carter declaró que cualquier intento soviético de controlar el golfo se consideraría un ataque a los intereses estadounidenses y se contrarrestaría con fuerza militar.

Si avanzamos 45 años en el tiempo, vemos que Trump ha desmantelado de hecho (aunque quizá de forma involuntaria) la doctrina Carter. Si bien los buques de guerra estadounidenses se encuentran ahora en el estrecho de Ormuz para proteger la libertad de navegación, fue la guerra de febrero de 2026 iniciada por Trump la que puso en peligro el tráfico marítimo en primer lugar, ya que llevó a Irán a interrumpir el comercio del golfo como represalia.




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La lección histórica es que, si bien la hegemonía marítima extrarregional es posible, es temporal y efímera, tan fugaz como las olas que la transportan. China abandonó sus flotas, Portugal perdió Ormuz, los holandeses se centraron en Java y Gran Bretaña abandonó Adén. El dominio cambió cuando las potencias hegemónicas se extendieron en exceso, las tecnologías cambiaron y las alianzas locales se reajustaron.

Irán y los hutíes, que recientemente se han apoderado de Mokha, no necesitan flotas de portaaviones. En cambio, sus misiles, minas y drones convierten el coste de los seguros marítimos en un arma. A pesar de todo su poderío naval, Estados Unidos no puede eliminar la capacidad de acción local de las sociedades que rodean Ormuz y Bab el-Mandeb. Todos los imperios que le han precedido han descubierto que controlar un punto estratégico no se traduce en el control del mundo político y de la voluntad que lo rodea.

The Conversation

Ibrahim Al-Marashi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Cómo tres potencias coloniales obtuvieron (y luego perdieron) el control sobre los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb – https://theconversation.com/como-tres-potencias-coloniales-obtuvieron-y-luego-perdieron-el-control-sobre-los-estrechos-de-ormuz-y-bab-el-mandeb-293004

Ceuta 2021 y 2026: las estadísticas oficiales omiten los datos de las dos grandes crisis migratorias

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alessandro Indelicato, Professor, Universidade de Vigo

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En mayo de 2021, varios miles de personas cruzaron a Ceuta en menos de 48 horas. El informe oficial del Ministerio del Interior correspondiente a esas fechas señala: “Los datos relativos a Ceuta no recogen la entrada de inmigrantes irregulares que se produjo los días 17 y 18 de mayo”.

En julio de 2026 se repitió un episodio de magnitud considerablemente mayor. El informe de esas fechas indica: “Los datos relativos a Ceuta no incluyen cifras del día 30 y 31 de julio, que requieren un análisis específico”.

Son dos textos diferentes que dicen lo mismo con cinco años de diferencia. El Ministerio del Interior no incluye en sus estadísticas oficiales los días en los que se produjo cada crisis. No se trata de un error puntual de un informe concreto, sino de un procedimiento que se repite ante un mismo tipo de episodio. Como resultado directo de esto, los picos de mayor magnitud de la serie quedan fuera del propio registro que debería documentarlos.

Cuando las estadísticas oficiales enmascaran la realidad

Utilizar la migración como herramienta de presión entre Estados no es un fenómeno hipotético: ya ha ocurrido en la frontera de la Unión Europea con Bielorrusia, y también está documentado, con matices distintos, en las relaciones de Turquía y Libia con la UE.

El caso de Ceuta aporta una nueva pieza a esta literatura. Cuando dos episodios presentan similitudes operativas relevantes y la documentación disponible aporta indicios compatibles con una posible instrumentalización, el modo en que el Estado receptor interpreta y presenta públicamente esos hechos puede variar de un episodio a otro. Si las estadísticas oficiales sigan excluyendo los días en que realmente ocurre cada crisis, cada vez será más difícil documentar e interpretar nuevos episodios a medida que se vayan produciendo.

Llevo años investigando la migración y, últimamente, he participado en COREnet, una red de investigación europea para el intercambio de información crítica sobre el tema. Esto me ha permitido cruzarla con otros fenómenos: religión, guerra y geopolítica. A partir de ahí empecé a analizar la frontera de Ceuta con una pregunta muy concreta: ¿qué pasa cuando la migración deja de ser un fenómeno puramente social y empieza a ser utilizada como instrumento de presión entre Estados?

Migración coercitiva instrumentalizada

En la literatura académica, a esto se le llama migración coercitiva instrumentalizada (CEM). El concepto fue definido por la politóloga Kelly Greenhill hace más de una década en su libro Weapons of Mass Migration. Según esta teoría, un Estado o un actor no estatal crea o amenaza con facilitar deliberadamente un flujo migratorio hacia otro país con el fin de obtener concesiones políticas. No es un concepto marginal. La propia Unión Europea lo introdujo en su marco legal en 2024 a través del Reglamento (UE) 2024/1359, en respuesta al caso de Bielorrusia. En 2021, el régimen de Alexander Lukashenko trasladó a miles de personas desde Minsk hasta la frontera con Polonia y Lituania. Ello como represalia por las sanciones europeas tras el presunto fraude electoral de 2020.

Para examinar hasta qué punto los episodios de Ceuta presentan rasgos compatibles con esta categoría, reconstruí la serie de llegadas irregulares a Ceuta, Melilla y Canarias desde 2018. Usé como fuente los informes quincenales del Ministerio del Interior. Sobre esa base construí un análisis estadístico de series temporales interrumpidas para las seis crisis migratorias más relevantes del periodo. Este incluyó validación de pruebas placebo (se repite el mismo análisis estadístico, pero usando datos falsos o modificados donde no debería existir impacto).

Una exclusión estadística que se repite

El hallazgo más significativo no aparece en la magnitud de las cifras, sino en cómo se registran. La exclusión de los datos correspondientes a los ingresos masivos de mayo de 2021 y julio de 2026 se repite de forma significativa y revela un patrón operativo similar en ambos episodios.

La documentación de inteligencia y seguridad disponible, desclasificada en el caso de 2026, permite identificar indicios de una dinámica comparable.

Respecto a los sucesos de 2026, varias informaciones periodísticas publicadas en septiembre de este año señalan la existencia de un informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras (CENIF), remitido a la Audiencia Nacional, que incluiría fotografías de agentes marroquíes –uniformados y de paisano– guiando el flujo de personas hacia puntos concretos de acceso.

La dirección general de la Policía Nacional negó públicamente la existencia de un informe que atribuyera esa planificación a las autoridades marroquíes. Ningún medio ha tenido acceso directo y verificado al documento. Este contraste entre lo publicado y lo desmentido oficialmente no permite dar por probada una decisión política al más alto nivel del Gobierno marroquí, pero sí ilustra, una vez más, la misma tensión entre discurso oficial y evidencia disponible.

Una respuesta política distinta ante un patrón similar

Lo que sí marca diferencia entre los dos episodios es la respuesta política. En 2021 ,el Gobierno mantuvo durante meses un discurso explícito de coerción. La ministra de Defensa, Margarita Robles, habló de la situación como “chantaje”, hasta la reconciliación diplomática de marzo de 2022.

En 2026 se dio otra secuencia. El 31 de julio el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, calificó lo sucedido como “ataque a la integridad territorial”, un lenguaje tan contundente como el de 2021. Pero a finales de agosto la cobertura informativa ya apuntaba al agradecimiento por la “cooperación” marroquí. En su comparecencia del 3 de septiembre, el presidente de gobierno español encuadró el episodio dentro de un “patrón recurrente y estacional”.

La ciencia política da explicaciones a este tipo de divergencias sin necesidad de presuponer mala fe. Los ejecutivos tienden a gestionar el coste político doméstico de una crisis antes que atribuir con precisión una responsabilidad externa. Sobre todo cuando el señalado es un país del que depende de muchas cosas, entre ellas la cooperación en materias como la pesca, la seguridad o el futuro control migratorio.

Por qué es relevante más allá de este caso

Que las estadísticas oficiales omitan episodios como los de mayo de 2021 y julio de 2026 no impide que la información acabe conociéndose a través de la prensa, de organismos como el Parlamento Europeo o de trabajos como este. Pero sí determina en qué condiciones se conoce: con retraso, de forma fragmentada y en función de quién la haga pública primero.

Mientras tanto, el relato político de cada episodio ya se ha consolidado en la opinión pública. Compite con una versión de los hechos reconstruida más tarde, con menos capacidad de marcar el encuadre inicial.

La consecuencia no es que estos episodios queden ocultos –claramente no lo están–, sino que la ventana en la que define cómo se interpretan políticamente se cierra antes de que exista un relato verificado de forma independiente. Y esa ventana, como muestra la comparación entre 2021 y 2026, es donde se decide si un episodio se recuerda como coerción, como crisis humanitaria o como una anécdota estacional más.

The Conversation

Alessandro Indelicato no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Ceuta 2021 y 2026: las estadísticas oficiales omiten los datos de las dos grandes crisis migratorias – https://theconversation.com/ceuta-2021-y-2026-las-estadisticas-oficiales-omiten-los-datos-de-las-dos-grandes-crisis-migratorias-292850

Dislexia: lo que de verdad funciona

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miguel López Zamora, Profesor de Psicología Evolutiva y de la Educación, Universidad de Málaga

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Enseñar a leer a un niño con dislexia no requiere una técnica nueva. Requiere enseñarle de forma explícita qué sonido tiene cada letra, empezar pronto y dedicarle muchas horas. Así lo indica el análisis conjunto de 40 años de estudios con más de 6 000 escolares: sus resultados coinciden en muchas investigaciones distintas, no en una sola.

La dislexia es una dificultad para reconocer palabras escritas con rapidez y precisión. Tiene origen en el cerebro y un fuerte componente hereditario. No depende de la inteligencia ni del esfuerzo, y dura toda la vida.

En español, las letras suenan casi siempre igual. Por eso los niños con dislexia dejan pronto de fallar al leer, pero siguen leyendo muy despacio: en estos casos, la velocidad es la gran diana del tratamiento.

Qué enseñar

La mejor noticia que se desprende de estas conclusiones es que la intervención en la dislexia no requiere una técnica revolucionaria, sino algo que siempre ha funcionado y se puede seguir haciendo. Lo que más influye no es el nombre del programa, ni que sea multisensorial, neuroeducativo o gamificado. Es la dosis: a más horas de clase, más avance.

Y el formato también cuenta. Las sesiones rinden más una a una o en grupos muy pequeños, con un plan ordenado y sostenido en el tiempo.

En escritura ocurre algo parecido: enseñar la correspondencia entre sonidos y letras y las reglas de ortografía da buenos resultados. También funciona trabajar las piezas con las que se forman las palabras: raíces, prefijos y sufijos. Memorizar palabras sueltas, en cambio, apenas ayuda.




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Cómo enseñar

Hay dos maneras de enseñar a leer. Mientras que los métodos globales parten de palabras con significado y esperan que el niño descubra solo cómo funcionan las letras, los métodos fonéticos hacen lo contrario: enseñan qué sonido corresponde a cada letra, una a una. Es lo que los especialistas llaman decodificación, es decir, asociar cada grafema con su fonema, y constituye la base para unir letras y formar palabras. El enfoque fonético resulta especialmente natural en lenguas transparentes como el español, donde cada letra suena casi siempre igual.

Ante estos dos métodos, la evidencia es contundente. En 2000, el National Reading Panel de Estados Unidos, un comité de expertos encargado por el Congreso, publicó la mayor revisión realizada hasta entonces sobre cómo enseñar a leer en inglés, que se ha convertido en la gran referencia sobre este tema. Su análisis de la enseñanza fonética concluyó que el método fonético supera con diferencia a los métodos globales y a los que no enseñan los sonidos de forma sistemática.

Además, el informe advierte de los peligros del método global, que ha tenido gran peso en las escuelas estadounidenses. Como los niños empiezan trabajando con palabras y no con sonidos, este método puede esconder los fallos y problemas del niño con dislexia, retrasar su diagnóstico y hacer perder un tiempo indispensable en su intervención. Por otra parte, la decodificación debe enseñarse de forma explícita dentro de un programa que trabaje también el vocabulario para maximizar sus resultados.




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Cuándo empezar

Cuanto antes, mejor: la enseñanza explícita de la decodificación funciona más al iniciarse el aprendizaje de la lectura, y la intervención en la dislexia debe comenzar en cuanto se detectan las dificultades.

No se trata de adelantar la edad a la que se empieza a leer, sino de no retrasar esta enseñanza. El análisis del panel estadounidense muestra que la enseñanza fonética es casi el doble de eficaz en los primeros cursos que más tarde. Aun así, no hay garantías para todos.

Cuando hace falta más apoyo

Incluso con los mejores métodos y técnicas, entre un 2 % y un 6 % de los niños sigue sin leer con soltura. Para ellos se ha desarrollado el modelo de respuesta a la intervención (RTI). Su idea central es no esperar a que el niño acumule años de fracaso para reconocer que tiene un problema. En lugar de eso, se comprueba desde el principio cómo responde a una buena enseñanza.

Para ello, se evalúa a toda la clase, se refuerza en grupo pequeño a quien lo necesita y se intensifica la ayuda si no avanza. Así, la decisión de dar más apoyo llega a tiempo y se basa en cómo aprende el niño, no en cuánto ha fallado.

Conviene señalar que estos alumnos mejoran, pero rara vez alcanzan a sus compañeros. Y aunque cuanto antes es mejor, no es tarde si se diagnostica en secundaria: los adolescentes también mejoran, sobre todo con vocabulario y comprensión.




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Pantallas

La tecnología se empieza a usar para la intervención en lectoescritura, pero su aplicación es desigual. Por ejemplo, las aplicaciones de lectura están ahora mismo de moda, pero dan resultados modestos.

Además, hay que tener en cuenta que lo que se lee en pantalla no se entiende igual de bien que lo que se lee en papel, como demostró un estudio con 170 000 participantes.

Con juegos y programas de intervención como GraphoGame y con los libros infantiles digitales sucede lo mismo: las pantallas solo ayudan cuando hay un adulto al lado. Y como dato curioso, los videojuegos de acción parecen ayudar a los niños con dislexia entrenando su memoria y atención, aunque falta investigar más.

En resumen, la tecnología ayuda, pero no sustituye al maestro, al logopeda ni al libro de papel.

Mitos

La dislexia no es un problema de la vista. Un estudio con casi 6 000 niños no halló relación entre los defectos oculares y la dificultad para leer. Tampoco funcionan las gafas ni las láminas de colores, como las del método Irlen, ni las tipografías para disléxicos. Lo que sí ayuda algo es separar más las letras, aunque no es un tratamiento.

En clase circulan otras ideas sin respaldo. Adaptar la enseñanza al estilo visual, auditivo o manual de cada alumno no tiene apoyo experimental. Y dejar que el niño trabaje por su cuenta fomentando su autonomía funciona peor con quien aún está aprendiendo, que es justo el caso de un niño o niña con dislexia. Nada de esto se acerca a la eficacia de enseñar la decodificación de forma explícita.

El mensaje para familias y maestros es sencillo: detectar pronto, enseñar de forma explícita e intensa y trabajar en grupos pequeños.

Y cuidar dos cosas más: la velocidad lectora y las ganas de leer. La tecnología, como complemento y con un adulto cerca. Lo nuevo suena bien, pero lo que más ayuda a leer sigue siendo leer, con buena guía y durante el tiempo necesario.

The Conversation

Miguel López Zamora no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Dislexia: lo que de verdad funciona – https://theconversation.com/dislexia-lo-que-de-verdad-funciona-283601

¿Y si los impuestos ayudaran a atenuar la crisis de la vivienda?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antoni Bergas Forteza, Profesor de Derecho Financiero y Tributario, Universitat de les Illes Balears

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En ciudades como Madrid, Barcelona o Palma, el precio de los inmuebles ha aumentado de forma constante durante los últimos años, alejándose progresivamente de la capacidad económica de quienes viven y trabajan en estos territorios. Esto hace que comprar una casa sea cada vez más difícil, especialmente para los jóvenes.

Ante esta situación, el debate suele centrarse en la necesidad de construir más viviendas, regular los alquileres o restringir las prácticas especulativas. Sin embargo, existe una herramienta que a menudo pasa desapercibida: la fiscalidad.

Impuestos, ¿para qué?

Los impuestos no solo sirven para recaudar dinero. También pueden utilizarse para orientar comportamientos y corregir situaciones que generan desigualdad. De hecho, la Constitución española reconoce el derecho a una vivienda digna y establece que los poderes públicos deben impedir la especulación del suelo. Aunque este derecho no puede exigirse directamente ante los tribunales, sí debería inspirar las políticas públicas, incluidas las tributarias.

La pregunta es sencilla: ¿podrían algunos impuestos ayudar a que los residentes tengan más facilidades para acceder a una vivienda y, al mismo tiempo, desincentivar determinadas operaciones especulativas?

El problema no es solo la escasez de vivienda

La actual crisis inmobiliaria es diferente a la de 2008. Entonces el problema derivaba de una burbuja asociada a un exceso de construcción y de crédito. Hoy sucede justamente lo contrario: existe una demanda creciente frente a una oferta insuficiente.

A ello se añaden que la vivienda se ha convertido en un activo de inversión muy atractivo. Además, la presencia de compradores internacionales, con un alto poder adquisitivo, ejerce una presión adicional sobre los precios.

Como resultado, quienes buscan comprar su primera vivienda compiten en el mismo mercado con inversores que persiguen rentabilidades económicas. Aunque ambos tienen derecho a participar en el mercado inmobiliario, parece razonable preguntarse si deberían recibir exactamente el mismo tratamiento fiscal.




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Una idea sencilla: premiar la residencia, no la nacionalidad

En los últimos años han surgido propuestas para limitar la compra de viviendas por parte de extranjeros o no residentes. Sin embargo, este tipo de restricciones choca con principios fundamentales de la Unión Europea, como la libre circulación de capitales.

Existe una alternativa menos controvertida jurídicamente. En lugar de distinguir entre españoles y extranjeros, podría distinguirse entre personas que tienen una vinculación efectiva con un territorio y quienes adquieren inmuebles sin haber residido previamente en él. No se trataría de prohibir ninguna compra ni de impedir inversiones, sino de dar un tratamiento fiscal más favorable a quienes acrediten una residencia efectiva prolongada.

Por ejemplo, una persona que lleva viviendo diez, quince o veinte años en una ciudad podría beneficiarse de una menor carga fiscal cuando compra su primera vivienda habitual. En cambio, quien adquiere una segunda residencia de alto valor o realiza una inversión inmobiliaria sin haber tenido una vinculación previa con el territorio, asumiría una tributación mayor.

La lógica es sencilla: favorecer el uso residencial de la vivienda frente a su utilización meramente financiera. Además, este criterio no depende de la nacionalidad. Un ciudadano alemán, francés o italiano que lleve años residiendo, por ejemplo, en Palma tendría el mismo derecho a beneficiarse de estas ventajas fiscales que cualquier ciudadano español en la misma situación.




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El impuesto que grava la compra de viviendas podría reformarse

La principal figura tributaria afectada sería el Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales (ITP), que se paga al adquirir una vivienda usada. Actualmente, la cuota se determina fundamentalmente en función del valor del inmueble. Sin embargo, podría incorporarse un segundo elemento: la residencia efectiva previa del comprador.

La idea sería combinar dos criterios:

  1. El valor de la vivienda, que seguiría reflejando la capacidad económica del contribuyente. Quien compra una vivienda de varios millones de euros posee una capacidad económica mayor que quien adquiere una vivienda modesta.

  2. La residencia efectiva, que permitiría reconocer la función social de la vivienda. A más años de residencia acreditados, menor podría ser el tipo aplicable. También se tomaría en cuenta, obviamente, el destino o uso del bien inmueble como vivienda habitual.

Nuestra propuesta, desarrollada en un estudio más amplio, plantea un sistema de este tipo. No se trata tanto de recaudar menos como de redistribuir mejor la carga tributaria. Las reducciones para quienes buscan acceder a una vivienda habitual podrían compensarse mediante una mayor tributación a las adquisiciones de elevado valor o con finalidad inversora.




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¿Y qué hacer con la especulación?

La otra cara del problema es la especulación inmobiliaria. Cuando una vivienda se compra para revenderla poco después obteniendo una ganancia rápida (flipping), la operación contribuye a incrementar los precios del mercado. Esta práctica puede resultar perfectamente legal, pero también puede generar efectos sociales negativos, especialmente en territorios donde la oferta de vivienda es limitada.

Algunos países han desarrollado mecanismos específicos para desincentivar estas operaciones. Alemania constituye uno de los ejemplos más conocidos. Allí existe una tributación específica sobre las ganancias obtenidas cuando un inmueble se vende dentro de determinados plazos. Si la vivienda ha constituido la residencia habitual del propietario, la tributación puede quedar excluida. La lógica subyacente es diferenciar entre quien utiliza la vivienda para vivir y quien la utiliza para especular.

En España existe el Impuesto sobre el Incremento de Valor de los Terrenos de Naturaleza Urbana, popularmente conocido como “plusvalía municipal”, un tributo local que grava el aumento de valor del suelo urbano desde su compra hasta su transmisión (por venta, herencia o donación). Sin embargo, este impuesto ha sido objeto de numerosas controversias jurídicas y ha llegado a ser declarado inconstitucional en los tribunales.

Una posible reforma consistiría en transformarlo en un impuesto contra la especulación inmobiliaria: en lugar de gravar de forma genérica las transmisiones, podría concentrarse en aquellas operaciones que generen elevadas plusvalías en periodos cortos de tiempo y que evidencien un propósito principalmente especulativo.

La vivienda no puede ser solo un activo financiero

El aumento de la oferta, la planificación urbana, la promoción de vivienda pública y la colaboración entre las administraciones y el sector privado son imprescindibles para paliar la crisis de la vivienda. Pero no hay que ignorar que los impuestos pueden influir en el mercado inmobiliario.

Cuando una vivienda deja de ser accesible para las familias y pasa a comportarse exclusivamente como un activo financiero, la neutralidad puede resultar insuficiente. Precisamente por eso la fiscalidad puede desempeñar un papel importante: ayudar a quienes necesitan una vivienda y no buscan simplemente invertir en ella.

La cuestión no es elegir entre políticas fiscales o políticas de vivienda, sino comprender que si ambas actúan de manera complementaria, pueden contribuir a que el mercado inmobiliario responda mejor a su función social de proveer de un techo a las familias.

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Antoni Bergas Forteza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Y si los impuestos ayudaran a atenuar la crisis de la vivienda? – https://theconversation.com/y-si-los-impuestos-ayudaran-a-atenuar-la-crisis-de-la-vivienda-293140

Yolanda Díaz opta a la dirección de una Organización Internacional del Trabajo en plena crisis

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ivan Williams Jimenez, Profesor Derecho del Trabajo y Seguridad y Salud Laboral, Universidad Carlos III

Imagen promocional del evento público interactivo con los candidatos celebrado el 23 de septiembre. De izquierda a derecha, Gilbert Houngbo, Yolanda Díaz y Javier González-Olaechea. Organización Internacional del Trabajo (OIT)

El próximo 16 de noviembre de 2026, en el marco de la 358.ª reunión del Consejo de Administración de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra, se decidirá por votación secreta quién dirigirá durante el periodo 2027-2032 una de las organizaciones más antiguas del sistema de Naciones Unidas.

No se trata de un trámite burocrático más: es la primera vez en más de una década que el cargo se disputa entre tres candidaturas con perfiles y programas claramente diferenciados. Este hecho se registra en un momento en que la propia institución atraviesa la crisis financiera y de credibilidad más profunda desde su fundación en 1919. El proceso se produce en un contexto de confrontación geoeconómica y polarización social marcado por la inteligencia artificial, la transición climática y la erosión del multilateralismo.

Tres candidaturas, tres apuestas

El actual director general, Gilbert Houngbo, de Togo, busca la reelección. Su campaña se apoya en el argumento de la continuidad y la experiencia institucional, pero llega condicionada por la gestión de la crisis presupuestaria que enfrenta la organización.

Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social de España, propone justo lo contrario: una OIT distinta, más democrática y más moderna. Su experiencia incluye reformas laborales negociadas con sindicatos y empresarios, y una ley pionera para regular el trabajo en plataformas digitales. Si gana, se convertirá en la primera mujer al frente de la institución. Su desempeño político ha estado marcado por una apuesta explícita por la renovación del marco normativo laboral ante las transformaciones derivadas de la digitalización y las nuevas formas de empleo.

Javier González-Olaechea, excanciller de Perú, es el tercero en la carrera. Su idea central es ambiciosa: una Carta Global de Derechos Laborales que reúna, en un solo texto, los grandes principios que la OIT ha construido en más de cien años. Su candidatura, sin embargo, no está exenta de controversia. Algunas de sus posiciones conservadoras en materia de política nacional e internacional han atraído la atención y causado recelo en ciertos sectores.

Sostenibilidad financiera y futuro institucional de la OIT

Ninguna lectura de este proceso electoral puede prescindir de su telón de fondo financiero. Países como Estados Unidos, cuya aportación representa el 22 % del presupuesto de la Organización, adeuda a la OIT cantidades significativas por el impago de sus cuotas. Para hacer frente a esta crisis financiera, la dirección saliente ha respondido con medidas de contingencia que incluyen un ajuste que eliminaría 120 puestos de trabajo de un total de 3 400, además de la congelación de nuevas contrataciones.

Esta fragilidad financiera no es un accidente coyuntural. Representa el síntoma de una crisis más amplia del multilateralismo, que afecta a numerosas instituciones nacidas para gestionar la interdependencia global. Desde la ONU hasta sus agencias especializadas ven cuestionado su financiamiento por potencias que, simultáneamente, exigen mayor injerencia sobre su funcionamiento interno.

Por qué el momento importa para el futuro del trabajo

Los tres programas coinciden, con matices, en señalar la irrupción de la inteligencia artificial, el cambio climático y las nuevas formas de empleo como los grandes desafíos regulatorios de la próxima década. A esto se suman la expansión del trabajo informal y de plataformas, la persistencia de brechas de género en el mercado laboral global, y las tensiones entre competitividad empresarial y derechos laborales en cadenas de suministro cada vez más fragmentadas.

Ninguno de estos fenómenos respeta fronteras nacionales, lo que hace que la capacidad de la OIT para fijar estándares mínimos compartidos –y no solo recomendaciones simbólicas– sea, si acaso, más urgente que en cualquier momento de las últimas décadas.

El candidato que resulte elegido deberá reforzar la capacidad de la OIT para promover un marco de gobernanza laboral basado en el respeto y la aplicación efectiva de las normas internacionales del trabajo, el impulso del trabajo decente y el fortalecimiento de empresas sostenibles e inclusivas. Su liderazgo debería contribuir a equilibrar las crecientes asimetrías de poder en la economía global, fortaleciendo el papel de las instituciones públicas, el diálogo social y la participación democrática de las personas trabajadoras.

Nuevas formas de empleo, IA y transición climática

Al mismo tiempo, la organización necesita una profunda modernización para responder a los grandes desafíos que están transformando el mundo del trabajo, entre ellos la expansión de nuevas formas de empleo, el impacto disruptivo de la inteligencia artificial y las consecuencias laborales de la transición climática. Todo ello exige una mayor cooperación para el desarrollo, un renovado compromiso con el multilateralismo y un esfuerzo por superar las dinámicas de polarización que han marcado los debates más recientes.

Asimismo, la sostenibilidad futura de la OIT dependerá de su capacidad para afrontar su actual fragilidad financiera mediante una estrategia diversificada de recursos, que incluya una mayor movilización de contribuciones voluntarias, alianzas de cooperación y mecanismos innovadores de financiación compatibles con su mandato y su independencia institucional.

En definitiva, la próxima dirección general deberá combinar visión estratégica, capacidad reformadora y compromiso con la justicia social para adaptar la OIT a las realidades del siglo XXI sin renunciar a sus principios fundacionales.

Los tres candidatos prometen, cada uno a su manera, reconstruir esa credibilidad. Pero ninguno puede hacerlo solo con un buen discurso. Necesitan resolver, al mismo tiempo, dos cosas que rara vez van juntas en el corto plazo: recuperar el dinero y recuperar la confianza.

Antes de la decisión definitiva, la comunidad internacional tuvo ocasión de conocer y escuchar públicamente a las personas candidatas en un acto interactivo organizado por la OIT el pasado 23 de septiembre. Una oportunidad que permitió contrastar sus visiones sobre el futuro del trabajo y el papel que la organización deberá asumir.

The Conversation

Ivan Williams Jimenez es profesor de Derecho del Trabajo y consultor e investigador independiente.

– ref. Yolanda Díaz opta a la dirección de una Organización Internacional del Trabajo en plena crisis – https://theconversation.com/yolanda-diaz-opta-a-la-direccion-de-una-organizacion-internacional-del-trabajo-en-plena-crisis-292421

‘Niu Lai’, la animación casera que triunfa en China por lo ‘mal’ hecha que está

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lucía Espinosa-Campos, Investigadora predoctoral FPU, Departamento de Lingüística General y Teoría de la Literatura, área de chino, Universidad de Granada

Fotograma de _Niu Lai_. Dalian Jingyuan Culture Film and Television Media Co.

El 5 de agosto se estrenó en los cines de China una película de animación titulada Niu Lai. Fueron a verla 122 personas y dieciséis pidieron que les devolvieran el dinero. En sus nueve primeros días recaudó 7 169 yuanes, unos 940 euros, la peor cifra del año para una animación en las salas chinas.

Sin embargo, a mediados de septiembre había superado los 63 millones de yuanes (unos 8,2 millones de euros) y los 2,2 millones de espectadores. Los cines han prolongado la exhibición hasta el 4 de octubre y el director ya ha anunciado una segunda parte para 2027. Lo llamativo no es el giro, sino su causa: no es que el público fuera a pesar de las (malas) críticas, es que fue por ellas.

Cinco años y dos personas

Niu Lai dura 86 minutos y cuenta, en forma de fábula, cómo un ternero recién nacido aprende a ponerse en pie y descubre la dureza de la vida adulta. Pese al protagonista, no se trata de una película infantil, ya que su estilo y su ritmo pueden resultar confusos y aburridos para niños.

La hicieron dos personas desde su casa. Xin Yumeng, de 32 años, dirigió, produjo, modeló a ordenador personajes y escenarios, y puso buena parte de las voces. Su madre, Sun Lifang, de 60, escribió el guion, dobló personajes y compuso y cantó la canción final. Ninguno había estudiado cine. Él se graduó en paisajismo y tenía una empresa de reformas que en 2021 convirtió en productora.

En una entrevista posterior al estreno, el director contaba que compró los ordenadores que utilizó de segunda mano y que estuvo a punto de abandonar varias veces. Al final, ambos tardaron cinco años en terminarla. Insiste en que no usó inteligencia artificial y que animó la película fotograma a fotograma, algo que conviene repetir porque varios medios internacionales han publicado lo contrario. En chino hay una palabra para eso: shoucuo (手搓), “frotado a mano”, lo que se hace a mano existiendo una máquina.

El dato más confuso es su coste. Circulan cifras de mil o dos mil yuanes (entre 130 y 260 euros), y en base a ellas algunos medios han proclamado que es la película más rentable de la historia. Sin embargo, esos yuanes parecen corresponder al dinero con el que se constituyó la empresa, no al gasto real. Los análisis del sector en China sitúan el presupuesto entre unos pocos miles y unos veinte mil euros, frente a los millones de una animación comercial.

El título no se puede traducir del todo al español. Niu Lai (牛来) significa “llega el buey”, por el ternero protagonista, y el director lo eligió porque 2021 era el Año del Buey y su padre había nacido bajo ese signo. Pero en el habla coloquial “buey” es además un elogio, así que el título se lee también como “llega lo bueno” –lo que aquí acaba resultando cómico sin querer–.

Además, como la bolsa al alza se llama en chino “mercado del buey”, algunos inversores han adoptado el título como amuleto.

De la burla al taquillazo

Una vez terminada la película, la distribuidora le recomendó que no la estrenara. Xin Yumeng insistió.

La película llegó a las salas sin tráiler ni presentaciones, con un solo cartel pintado en tinta a la manera tradicional china, un estilo gráfico que no se parecía en nada al que el espectador se encuentra en la pantalla.

Cartel de una película con un estilo gráfico tradicional chino.
Cartel promocional original de Niu Lai.
Dalian Jingyuan Culture Film and Television Media Co.

El 14 de agosto un usuario de redes sociales se fijó en la –irrisoria– cifra de taquilla y la convirtió en el tema del día. Empezaron a circular fragmentos del filme: figuras mal acabadas, movimientos rígidos, voces mal sincronizadas…

Y entonces pasó lo que nadie esperaba: los espectadores pidieron más sesiones y los cines las programaron. En dos días, las proyecciones diarias pasaron de 21 a 359 en todo el país, y el 16 de agosto la película recaudó 6,09 millones de yuanes en un solo día (casi 800 000 euros). Como no había carteles promocionales que colgar, muchas salas dibujaron los suyos a mano.

‘Abstracto’ no quiere decir ‘malo’

La prensa occidental lo ha resumido diciendo que los chinos llenaron los cines para ver una película mala. Contado así no se entiende, porque nadie paga una entrada por ver algo simplemente malo.

Los espectadores chinos no dijeron que fuera mala, sino que era chouxiang (抽象), “abstracta”. Aunque es un concepto filosófico, en internet el término significa otra cosa. Se puso de moda hacia 2015 en las emisiones en directo de Li Gan, un streamer que repetía “esto es muy abstracto” ante los disparates de su audiencia. Así, lo “abstracto” nació como subcultura agresiva y provocadora.

Hoy nombra una forma de reaccionar ante lo que sale mal, la de reírse en lugar de enfadarse. Y no es algo minoritario, porque en diciembre de 2024 la red social Xiaohongshu la eligió palabra del año. Llamar “abstracta” a Niu Lai no era insultarla, sino colocarla en una categoría que ya tenía su público y sus reglas propias para disfrutarla.

El otro giro final

Hay una segunda ola de aprecio con la película, poco comentada fuera de China. La canción final –“Tras la lluvia, la brisa trae fragancia”– fue escrita, compuesta e interpretada por la madre del director. Según las crónicas de las proyecciones, una vez que esta comienza las salas que han pasado ochenta minutos riéndose se quedan calladas.

Fotograma de _Niu Lai_.
Fotograma de Niu Lai.
Dalian Jingyuan Culture Film and Television Media Co.

La letra habla de un hijo que crece demasiado deprisa y esconde algo que muchos tardan en ver. Para entender la emoción hay que tener en cuenta que los nombres chinos se escriben con caracteres que son, a la vez, palabras corrientes. El nombre del director (信雨萌) está formado por los términos “confianza”, “lluvia” y “brotar”. Los dos últimos aparecen en los versos de la canción: “lluvia”, en uno; “brotar”, en otro.

La madre había escrito el nombre de su hijo dentro de la canción.

Qué revela este caso

Niu Lai no demuestra que al público chino le guste lo que está mal hecho. Demuestra que hablar de algo en las redes se ha convertido en una forma de distribuirlo, y que una película sin promoción puede aprovechar precisamente aquello que antes la habría hundido.

Esa doble vida se nota en su valoración. La nota media de la película en Douban, la principal web china de crítica, engaña. Con más de cincuenta mil votos, un 32,7 % le dio la puntuación máxima y un 32,4 % la mínima. Niu Lai no divide al público, lo parte por la mitad.

Conviene además situar el momento. Aunque se registró en 2021, se ha estrenado en 2026, cuando cualquiera genera una imagen con inteligencia artificial en unos segundos. Uno de los comentarios más repetidos entre su audiencia ha sido que es una obra que ni la inteligencia artificial sería capaz de producir. La torpeza ha dejado de leerse como incompetencia y ha pasado a leerse como prueba de esfuerzo humano. Cuando la ejecución impecable está al alcance de cualquiera, lo que escasea es la evidencia de que alguien estuvo ahí.


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Lucía Espinosa-Campos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ‘Niu Lai’, la animación casera que triunfa en China por lo ‘mal’ hecha que está – https://theconversation.com/niu-lai-la-animacion-casera-que-triunfa-en-china-por-lo-mal-hecha-que-esta-292935

Así han marcado el colonialismo y las luchas científicas la búsqueda de un tratamiento contra la malaria

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Suárez Cortés, Postdoctoral researcher, Max Planck Institute for Infection Biology

El mosquito _Anopheles stephensi_, transmisor de la malaria. Centers for Disease Control and Prevention’s Public Health Image Library (PHIL)

La malaria es una plaga para la humanidad. Se calcula que ha matado a más seres humanos que cualquier otra enfermedad infecciosa.

Resulta razonable que por ello a lo largo de los siglos no se haya dejado de buscar tratamientos. Pero como toda empresa humana, la investigación depende del tiempo y la sociedad del momento. Y hay un fenómeno en particular con el que la historia de la investigación en malaria se entrelaza: el colonialismo, que ha jugado un papel principal en todos los premios Nobel que se han concedido por descubrimientos sobre esta zoonosis.

Cortezas de árbol y cócteles

El primer gran descubrimiento en la lucha contra la malaria es un claro ejemplo de esta relación. Se trata de la quinina, presente en la corteza del quino, un árbol de América del Sur que los incas usaban como remedio para la fiebre y que resultó ser efectiva contra la malaria.

Llevada por los jesuitas hasta Europa en el siglo XVII, esta medicina fue una importante arma en la colonización de África y Asia, donde protegía a tropas y colonos de los temibles efectos de la malaria. La quinina es muy amarga, así que en la India, los ingleses la comenzaron a mezclar con agua carbonatada y azúcar, inventando el agua tónica. Luego le añadieron ginebra, de forma que fuese algo más agradable al paladar, y así nació el gin tonic.




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Entre incertidumbres y éxitos: la lucha contra la malaria en los últimos cien años


La malaria ¿está o no en el aire?

Dos siglos más tarde, en el XIX, la malaria seguía causando estragos. Entre otros interrogantes, aún no se comprendía bien cuál era su causa. Se pensaba que la producían las emanaciones de las aguas estancadas. De este “mal aire” (mal aria en italiano) tomó su nombre la enfermedad.

Alphonse Laveran, un médico militar francés destinado en la colonia de Argelia, observó en la sangre de pacientes de malaria organismos microscópicos. Los identificó como protozoos, es decir, animales unicelulares. Se trataba de los plasmodios, los parásitos causantes de la malaria. Este hallazgo fue recibido inicialmente con escepticismo. Sin embargo, 27 años después Laveran ganaría el premio Nobel por tan importante descubrimiento.

El peligro alado

A pesar del gran avance que supuso aquella revelación sobre la malaria, todavía faltaba una importante pieza para resolver el puzle en la dinámica de la infección: ¿cómo se transmitía el parásito al humano? Esta es la pregunta que trataban de resolver distintos investigadores a finales del siglo XIX.

Entre ellos estaban Ronald Ross, un médico británico destinado en la India colonial, y Giovanni Battista Grassi, un entomólogo italiano que vivía en Roma, también plagada de malaria.

Ambos trataban de validar una hipótesis de Patrick Manson, uno de los padres de la medicina tropical y quien propuso que la malaria se transmitía mediante la picadura de mosquitos. Ross y Grassi demostraron casi de forma paralela que aquella teoría era cierta. El primero estudió el ciclo de los parásitos en aves; junto a un equipo de científicos, el segundo identificó a los mosquitos del género Anopheles que transmiten la malaria, además de escalar la investigación a humanos.

Pero la historia de este descubrimiento pronto se volvió amarga. Llevado por la ambición del reconocimiento, Ross se embarcó en una campaña de difamaciones contra Grassi. Y así, mientras el primero alcanzó la gloria del Nobel, el segundo quedó prácticamente olvidado en las décadas siguientes. En la actualidad existen serias sospechas de que el británico había recibido filtraciones de los avances del italiano que fueron cruciales para su investigación.




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La infusión que venció a la malaria

Otro punto crucial en la historia de los Nobel y la malaria llegaría en los años 60 del siglo XX. En Vietnam, donde la malaria hacía estragos en medio de la guerra de descolonización que sufría el país, la enfermedad se volvía cada vez más resistente a los tratamientos disponibles, como la quinina. Por ello el líder de la independencia Ho Chi Minh pidió ayuda a su aliado Mao Zedong, máximo dirigente del Partido Comunista de China. Necesitaba un remedio para que aquella infección dejase de ser una amenaza y como respuesta se llevó a cabo el Proyecto 523, una operación militar secreta en la que estuvieron implicados más de 500 científicos chinos.

Una de las estrategias se centró en buscar remedios para la malaria en la medicina tradicional china. Una tarea en la que estuvo implicada la investigadora Tu Youyou, quien examinó textos de milenios de antigüedad y dio en un tratado del siglo IV con la referencia a una planta clave: la Artemisia annua, el ajenjo chino.

La receta, en un texto del sabio Ge Hong, daba instrucciones precisas para preparar el remedio: se debía hacer una infusión con hojas del ajenjo, pero con el agua sin llegar a hervir. Siguiendo las indicaciones, Youyou extrajo la artemisinina presente en las hojas de la planta, y que constituye hoy el medicamento más efectivo contra la malaria. Tu Youyou recibió el Nobel varias décadas después por estas investigaciones.

No es casualidad que una clase de ajenjo se use para elaborar absenta, una bebida alcohólica que fue muy popular en el siglo XIX ¡y que se usaba para prevenir la malaria!

El reto de las vacunas

En un reciente hito en la lucha contra la malaria, la OMS aprobó por primera vez una vacuna contra esta enfermedad. Se trata de la RTS,S/AS01, inmunizante inicialmente desarrollado por el Walter Reed Army Institute of Research. La razón por la que este instituto de investigación del ejército de los Estados Unidos se embarcó en tal misión científica fue por su presencia militar en zonas con malaria a lo largo del siglo XX. En cada uno de sus despliegues por dichas regiones, su ejército ha sufrido más bajas debido a la enfermedad que a los propios combates.

Quién sabe si el próximo gran avance en el campo de la malaria tendrá una relación directa con formas actuales de colonialismo, cuyo sistema, lejos de ser defendido bajo ningún argumento, marcó la historia de la investigación de una de las enfermedades más letales en la historia de la humanidad. Un capítulo que nos ayuda a reflexionar sobre el origen de algunos conocimientos que la ciencia pone al servicio de la sociedad.

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Pablo Suárez Cortés no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Así han marcado el colonialismo y las luchas científicas la búsqueda de un tratamiento contra la malaria – https://theconversation.com/asi-han-marcado-el-colonialismo-y-las-luchas-cientificas-la-busqueda-de-un-tratamiento-contra-la-malaria-286723

¿Jugamos a ser dioses? Lo que supone la IA en biología

Source: The Conversation – (in Spanish) – By A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Pickadook/Shutterstock

Mucho se está hablando de la revolución sociológica que la IA generativa va a suponer para la humanidad. Sin embargo, apenas se ha debatido acerca de sus repercusiones en biología, cuando esta realidad sí que da vértigo. Porque no hablamos de futuribles ni de lo que la IA podría hacer. Hablamos de lo que, a día de hoy, la IA está haciendo.

El gran cambio metodológico

Durante toda la historia de la biología, los científicos nos hemos dedicado a descifrar las reglas de la vida a base de observarla, establecer hipótesis sobre su funcionamiento y diseñar experimentos reproducibles que corroboraran si nuestras propuestas se transformaban en brillantes descubrimientos o en rotundos fracasos. Así, con muchísimo esfuerzo en tiempo, recursos y discusiones sesudas, hemos ido desentrañando en qué consiste esta cosa tan difícilmente definible que es la vida y dando soluciones a problemas de variada índole, incluidas las destinadas a solucionar las múltiples patologías de nuestros imperfectos cuerpos.

En este fascinante camino, la tecnología ha sido un extraordinario aliado y el mejor acelerador del ritmo de nuestros descubrimientos en los últimos años. Pero lo que está ocurriendo ahora merece un capítulo reflexivo propio porque la IA no se limita a ser una mera “ayuda técnica”. No se trata de un procesador espectacular de millones de datos simultáneos, ni tan siquiera un salto cuántico en la capacidad de generar conocimiento. Tampoco hablamos de un cambio de paradigma, porque no se limita a dar un giro profundo en la manera de entender o interpretar el lenguaje de la biología.

Hablamos de otra cosa mucho más seria para la que, en mi opinión, la palabra revolución se queda ridículamente corta.

¿Qué está haciendo la IA?

Empecemos por lo más sencillo de la vida: sus biomoléculas. Progresivamente (y con gran esfuerzo), hemos ido identificado las asombrosas proteínas existentes en la naturaleza. Para algunas de ellas, una vez establecida su función, se estudió su posible aplicación en la solución de problemas agrícolas, ganaderos o ecológicos y, especialmente, en intentar paliar los efectos de diferentes patologías humanas.

Con la IA generativa las reglas del juego han cambiado radicalmente. Ahora podemos hacer algo tan asombroso como decidir una función biológica concreta y, a partir de ella, generar de novo una proteína que la realice. Ya no se trata de identificar un nuevo prótido, descubrir para qué sirve y, manipulándolo (en concentración o en localización), solucionar un problema. Ahora es posible decir “tengo este problema y quiero crear una proteína/solución que sirva exactamente para lo que yo quiero”. De hecho, ya se están generando proteínas estructurales que no existen en la naturaleza y que responden funcionalmente a la previsión de su formulación.

Es más, se puede producir la proteína enzimática concreta capaz de catalizar una determinada reacción bioquímica. La IA puede incluso generar varias enzimas similares y elegir las más eficientes.

La realidad es que la modalidad de la molécula ha dejado de ser un límite. La IA puede generar, indistintamente, tanto pequeños péptidos como grandes proteínas, anticuerpos, ARN, proteínas de fusión o moléculas nuevas de hipotético uso terapéutico. Tan espectacular está siendo la síntesis masiva de nuevos diseños moleculares (por ejemplo, de anticuerpos) que el problema se está trasladando a las limitaciones que va a suponer el disponer de la capacidad física de poder probarlos todos experimentalmente.

Dirigir la evolución con IA

Pero es que también la IA está haciendo algo trascendental a este respecto. Tanto, que ya es factible “sustituir” a la propia evolución biológica y hacer en segundos lo que la selección natural ha podido tardar miles o millones de años en conseguir (o, incluso, aún no ha alcanzado). Por ejemplo, para virus tan llamativos como el Ébola o el SARS-CoV-2, se han generado con IA anticuerpos maduros con hasta 7 veces más afinidad por los antígenos virales que los anticuerpos naturales, y con hasta 160 veces más afinidad en el caso de los anticuerpos no maduros. Algo parecido se puede hacer con las moléculas de ARN, cuya evolución se está ya “dirigiendo” en procesos tan importantes para nuestra salud como la activación de procesos cancerígenos.

¿Alucinante? Pues vamos a dar una nueva vuelta de tuerca. El Evo 2 es un modelo de IA entrenado con unos 9 billones de pares de bases de ADN procedentes de bacterias, arqueas, virus, plantas, hongos y animales (incluidos humanos) y al que no se le ha asignado ninguna tarea biológica concreta. Pues bien, ella (o él) solito fue capaz de aprender reglas biológicas directamente de las secuencias de ADN, predecir el efecto de mutaciones y …¡generar ADN nuevo!

Esto no es un mero avance: es un salto brutal desde el momento en que no hablamos predecir biología sino de poder realizar auténtica ingeniería biológica. En otras palabras, hablamos de crear vida.

Urge una profunda reflexión

La realidad apremia. Con un abanico de posibilidades tan amplio abriéndose el mundo de la investigación biológica, los futuribles maravillan tanto o más que el vértigo que generan. Hemos pasado de observar y modificar la naturaleza a crear nuevas moléculas y circuitos que la evolución nunca ha explorado previamente. Además, y dado el ritmo que esto parece llevar, es muy posible que en breve sea factible el diseño real de organismos vivos de especies que no existen y no han existido nunca.

Creo que ha llegado el momento de plantearse muy seriamente que ya no basta con preguntarnos si somos capaces de crear una nueva biología. Debemos consensuar muy detenidamente qué biología queremos crear o, lo que es más importante, si realmente debemos crearla, quién debe poder hacerlo y qué consecuencias estamos dispuestos a asumir. Y todo ello, alejados de prejuicios ideológicos, intereses políticos, presiones económicas, reduccionismos morales, cortoplacismos coyunturales o buenismos incautos y pueriles.

La reflexión ética debe ser muy profunda, muy pausada, muy transdisciplinar y extraordinariamente sopesada.

Nos jugamos, literalmente, la Vida tal y como la conocemos.

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A. Victoria de Andrés Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Jugamos a ser dioses? Lo que supone la IA en biología – https://theconversation.com/jugamos-a-ser-dioses-lo-que-supone-la-ia-en-biologia-293014

¿Podría la IA acabar realmente con la especie humana?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Diego Borro Yágüez, Catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial, Universidad de Navarra

phol_66/Shutterstock

La cultura popular nos ha acostumbrado a imaginar el fin de la humanidad a manos de la tecnología bajo el mismo libreto: una inteligencia artificial cobra conciencia, declara la guerra a sus creadores y gobierna las máquinas para dominar el mundo. Sin embargo, este escenario apocalíptico puede distraer la atención de los verdaderos riesgos.

Hace solo unos días, saltaba la alarma, tras conocerse que un grupo de agentes autónomos de IA de OpenAI había vuelto a salirse de control. Esta vez, había accedido sin autorización a datos del sistema de salud en Australia.

El incidente no se debió a una rebelión consciente de las máquinas, sino a un comportamiento no previsto de algoritmos diseñados para actuar de forma autónoma. Este suceso vuelve a poner sobre la mesa la advertencia lanzada por un exingeniero de Anthropic hace un par de semanas. ¿Es cierto que la IA podría matarnos en el horizonte de 2030?

La respuesta no está en máquinas malvadas

Arnold Schwarzenegger en su personaje de Terminator, estatua de cera en el Museo Madam Tussaud de Londres.
Wikimedia Commons., CC BY

La respuesta corta, desde el rigor científico, es que no seremos aniquilados por un superordenador consciente al estilo de Terminator. El peligro real de la inteligencia artificial no es que se vuelva malvada ni que desarrolle voluntad propia. El riesgo es que haga exactamente aquello para lo que ha sido programada, pero sin el contexto, la ética ni la supervisión humana indispensables.

Si nos preguntamos de qué manera podría causar un daño profundo a la sociedad o pérdidas de vidas humanas, los escenarios posibles no pertenecen a un futuro lejano poblado de máquinas malvadas. La amenaza está en cómo diseñamos e implantamos esta tecnología en el presente y en el riesgo de fallos en cascada en entornos críticos.

Conviene aclararlo desde el principio: la inteligencia artificial es una de las herramientas con mayor potencial para hacer avanzar la medicina, la ciencia y la sostenibilidad en la historia de la humanidad. Pero, para que esa promesa se cumpla, debemos ser conscientes de los fallos de diseño que hoy oscurecen su impacto positivo.

El riesgo en la salud e infraestructuras

El caso de Australia es el síntoma de una tendencia: la delegación de decisiones operativas en agentes de IA –programas informáticos autónomos diseñados con aprendizaje automático– que interactúan entre sí a velocidades sobrehumanas. A medida que integramos esta tecnología en redes eléctricas, gestión del tráfico aéreo, movilidad autónoma o diagnóstico médico, la complejidad del sistema se vuelve inmanejable.

En un escenario hiperconectado hacia 2030, una “caja negra” algorítmica –sistemas capaces de ofrecer una respuesta muy precisa, pero cuyas decisiones internas resultan incomprensibles incluso para sus propios creadores– en un sistema de salud o en la red de distribución energética podría cometer algún error. Aunque no provoque un colapso de forma deliberada, un diagnóstico masivo erróneo o un apagón prolongado en infraestructuras críticas en pleno invierno pueden traducirse directamente en pérdidas de vidas humanas.

En este contexto, la confianza en la tecnología jamás debe sustituir al rigor de la verificación técnica, razón por la que cobra urgencia la investigación en IA explicable y la supervisión humana, sobre todo, en los campos de alto riesgo.

De los sesgos al conflicto bélico

Durante años, se ha hablado de los sesgos de la IA como un problema meramente administrativo o laboral. Por ejemplo, vemos sistemas automatizados que evalúan candidatos en procesos de selección –como demuestran diversos estudios recientes sobre discriminación de género y origen en la selección mediante algoritmos–, analizan solicitudes de créditos bancarios o determinan el riesgo de reincidencia penal. Sin embargo, su integración en la inteligencia militar y en el análisis geopolítico traslada estos sesgos a un terreno peligroso.

Si los modelos de aprendizaje automático utilizados para valorar amenazas de seguridad o coordinar sistemas de defensa automatizados interpretan de forma errónea una señal por culpa de datos sesgados o alucinaciones, la magnitud de las consecuencias iría más allá de un expediente rechazado. Un algoritmo defectuoso operando en un entorno de alta tensión internacional puede desencadenar escaladas militares o conflictos bélicos reales entre naciones. El daño no proviene de la crueldad de la máquina, sino de delegar la prudencia humana en el automatismo.

La erosión de la verdad y la cohesión social

Al mismo tiempo, la eclosión de la IA generativa ha democratizado la creación de contenidos hiperrealistas. La proliferación de deepfakes refleja el creciente fenómeno de los contenidos sintéticos y la manipulación de la identidad. Entre sus consecuencias, se plantean amenazas directas para la convivencia social. Hacia 2030, el riesgo de las herramientas de desinformación masiva automatizada no es solo la estafa individual, sino la desestabilización de sociedades enteras.

Cuando la ciudadanía deja de poder distinguir la realidad de la manipulación digital, la confianza en las instituciones, en los medios de comunicación y en el debate democrático se quiebran. La erosión de la verdad no destruye ciudades, pero deshace el tejido social sobre el que se apoya la comunidad.

Esta es una cuestión sobre la que normativas internacionales como el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial imponen ya estrictas obligaciones de transparencia y trazabilidad.

Los antídotos: la “ingeniería responsable” y el factor humano

Frente a las narrativas catastrofistas que proponen frenar el progreso, la respuesta no es el miedo, ni el apagón tecnológico. La solución pasa por entender que la inteligencia artificial no es una fuerza de la naturaleza ante la que estemos indefensos, sino una herramienta diseñada por seres humanos para seres humanos.

Para evitar que cause daño, eso sí, debemos transformar la manera en que la enseñamos y la desarrollamos. No basta con formar a profesionales técnicamente impecables; necesitamos personas que diseñen sistemas auditables, transparentes, seguros y con supervisión humana obligatoria en áreas de alto impacto. Además, tienen que comprender el impacto ético, social y legal de sus creaciones e integrar estas características en los modelos de IA.

La integración de una perspectiva humanística en las titulaciones técnicas no es un freno a la innovación, sino la garantía de que la tecnología permanezca siempre al servicio de la persona y del bien común.

Así, el verdadero reto de nuestra época no es evitar que las máquinas piensen como humanos, sino garantizar que quienes diseñamos el futuro no olvidemos jamás lo que nos hace verdaderamente humanos.

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Diego Borro Yágüez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Podría la IA acabar realmente con la especie humana? – https://theconversation.com/podria-la-ia-acabar-realmente-con-la-especie-humana-292723

Technologies de localisation chez les personnes atteintes de démence : pour une utilisation éthique

Source: The Conversation – in French – By Madalena Pamela Liougas, PhD Candidate, Rehabilitation Science Institute, University of Toronto

Imaginez que vous avez 83 ans, que vous souffrez de démence et vivez dans une maison de soins de longue durée. Depuis quelque temps, les personnes qui prennent soin de vous vous demandent de porter un bracelet en permanence. Elles disent que c’est pour votre sécurité, afin qu’on puisse vous localiser rapidement en cas de besoin.

Au début, vous pensez que cela vous convient, que l’objet ressemble à une montre, et vous acceptez. Mais vous remarquez ensuite que vous ne pouvez l’enlever. Vous devez le porter partout, même dans des lieux privés comme votre chambre ou votre salle de bains. Cela finit par vous agacer, surtout quand vous réalisez qu’il n’a aucune fonction qui vous soit utile.


Cet article fait partie de notre série La Révolution grise. La Conversation vous propose d’analyser sous toutes ses facettes l’impact du vieillissement de l’imposante cohorte des boomers sur notre société, qu’ils transforment depuis leur venue au monde. Manières de se loger, de travailler, de consommer la culture, de s’alimenter, de voyager, de se soigner, de vivre… découvrez avec nous les bouleversements en cours, et à venir.


Ce que vous pourriez ignorer, c’est que ce dispositif collecte des informations sur vos déplacements quotidiens.

Cette technologie, le système de localisation en temps réel (RTLS, pour real-time localisation system), est de plus en plus répandue dans les hôpitaux et les établissements de soins de longue durée. On la présente comme un moyen d’améliorer la sécurité physique et la qualité des soins, et on s’en sert pour les appels infirmiers, le traçage de contacts, la prévention des sorties non accompagnées et plusieurs autres fonctions.

Les études démontrant l’utilité du RTLS sont rares, et son utilisation soulève des questions relatives à la sécurité, à la confidentialité et au contrôle des données. Cela vaut surtout pour les personnes âgées, les proches aidants et le personnel soignant, dont le point de vue est souvent négligé dans les recherches technologiques.

Des personnes âgées assises à une table et une personne plus jeune debout, en train de leur parler
Dans le cadre d’une étude, le personnel soignant a déclaré qu’il était souvent plus simple de localiser les résidents en personne.
(Pexels/Jsme Mila)

Systèmes de localisation en temps réel

Le RTLS fonctionne comme un GPS d’intérieur. Les résidents d’un établissement de soins de longue durée (et parfois le personnel) portent un badge ou un bracelet muni d’un capteur qui communique avec des balises installées sur les murs et les plafonds du bâtiment. Le système permet de suivre en temps réel les personnes équipées du capteur et de collecter des données sur leurs déplacements. Il peut également envoyer des alertes automatisées, par exemple lorsqu’une personne entre ou sort d’une pièce.

L’intérêt pour ces outils dans les établissements de soins de longue durée et autres milieux de soins provient en grande partie de l’idée que, si on élaborait des algorithmes cliniques pour analyser les données relatives aux déplacements, le RTLS pourrait servir à prédire les changements sur les plans de la santé et du bien-être.

Dans le cadre d’un projet plus vaste, notre équipe de recherche a mené une étude auprès des résidents, des proches aidants, du personnel soignant et des administrateurs d’un lieu ayant acquis un système RTLS. Les administrateurs et les aidants ont indiqué que cet outil pouvait rendre les soins plus sûrs et plus efficaces, en permettant au personnel de surveiller en permanence les résidents et d’intervenir plus rapidement.

Cependant, le personnel a déclaré qu’il était souvent plus simple de localiser les résidents en personne et qu’il manquait de temps et de ressources pour les suivre en continu à distance, ou pour enquêter et réagir en temps réel.Bas du formulaire

Ces conclusions confirment celles d’une étude antérieure, menée dans un milieu hospitalier, qui a montré que le RTLS pouvait alourdir la charge de travail du personnel. Plus inquiétant encore, nous avons constaté que les administrateurs, le personnel et les aidants avaient une connaissance limitée des implications éthiques de cette technologie, notamment de son impact sur les résidents, et qu’ils ne disposaient pas des informations et des compétences nécessaires pour associer ces derniers à la prise de décision.

Explications et consentement

Dans le contexte que nous avons étudié, le consentement à l’utilisation du RTLS provenait de mandataires, souvent des proches aidants, car la plupart des résidents de l’établissement souffraient de troubles cognitifs graves ou de démence. De nombreux proches ont rapidement accepté le dispositif, estimant que le RTLS permettrait au personnel de localiser les résidents, sans tenir compte des préférences de ces derniers. Peu d’entre eux ont impliqué la personne concernée dans le processus de décision, même s’ils avaient l’obligation légale, en tant que mandataires, d’agir conformément à ses valeurs.

Si la plupart des résidents ont accepté de porter le bracelet, certaines personnes ont clairement rejeté l’idée de partager leurs données de localisation avec leur famille ou le personnel. Au fil du temps, de nombreux utilisateurs n’ont pas constaté d’avantages à ce dispositif et l’ont souvent qualifié d’inconfortable et lourd.

Les aidants ne savaient pas exactement quelles données étaient collectées par le RTLS, à qui elles appartenaient, ni comment elles seraient utilisées pour améliorer les soins, outre la localisation. Néanmoins, la plupart d’entre eux considéraient qu’il était utile de disposer de plus d’informations sur les déplacements des résidents, ce qui justifiait moralement une surveillance continue.

Bien que les droits à la vie privée soient protégés par la loi au Canada et aux États-Unis, de nombreux proches aidants estiment que les résidents renoncent à ces droits en entrant dans un établissement de soins de longue durée. Certains ont voulu avoir accès aux données du RTLS recueillies sur les membres de leur famille, pensant que cela pourrait améliorer la transparence, mais on n’a pas accédé à leur demande.

Des membres du personnel soignant ont également rencontré des difficultés. Certains ne savaient pas comment expliquer les avantages et les risques du RTLS aux résidents et à leurs proches, ni comment répondre à leurs préoccupations. Ils ignoraient s’ils devaient respecter le refus d’un résident de porter le bracelet ou se contenter du consentement de sa famille.

Cela a laissé le personnel dans l’incertitude quant à la manière d’équilibrer l’autonomie des résidents et leur devoir de diligence, engendrant une détresse morale.

Considérations futures

Selon nos recherches, le RTLS présente des avantages incertains et crée de nouveaux défis dans un secteur déjà en manque de ressources. Son utilisation soulève par ailleurs des questions éthiques, notamment en matière de surveillance et de contrôle, qui risquent d’exacerber les déséquilibres de pouvoir et de perpétuer l’âgisme et le capacitisme numériques.


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L’âgisme numérique désigne la discrimination fondée sur l’âge dans les économies numériques. On peut citer, par exemple, la représentation limitée ou stéréotypée des personnes âgées dans les ensembles de données d’apprentissage, une conception technologique qui ne reflète pas l’hétérogénéité des utilisateurs âgés, la tendance à remplacer les humains par des technologies dans les soins aux personnes âgées, ou encore la prise de décision algorithmique automatisée qui discrimine les personnes âgées.

La prise de décision quant au recours au RTLS doit impliquer les personnes qui seront concernées par cette technologie. Avant la pose d’un bracelet électronique, les résidents et leurs familles doivent être encouragés à en discuter avec le personnel soignant, qui les aidera à prendre une décision éclairée en se posant des questions telles que :

  • Quel type d’information sera recueilli ?

  • Qui aura accès à cette information ?

  • Comment l’information recueillie permettra-t-elle d’améliorer les soins ?

  • Ces améliorations valent-elles de compromettre la vie privée ?

Une prise de décision éthique doit être transparente, collaborative et fondée sur la dignité.

La Conversation Canada

Alisa Grigorovich bénéficie d’un financement de la part d’AMS Healthcare (bourse de recherche sur la compassion et l’intelligence artificielle) et du CRSH.

Madalena Pamela Liougas ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

– ref. Technologies de localisation chez les personnes atteintes de démence : pour une utilisation éthique – https://theconversation.com/technologies-de-localisation-chez-les-personnes-atteintes-de-demence-pour-une-utilisation-ethique-271062