La huella que deja el litio de las baterías en los océanos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pamela Ruiz Rodriguez, Profesora de Biología Celular, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

kostyantyn_zhuk/Shutterstock

El litio se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de la transición energética debido a sus propiedades físico-químicas: es ligero, poco denso en estado sólido, presenta un elevado potencial electroquímico y una excelente conductividad eléctrica y térmica. Y eso lo convierte en materia prima clave de las baterías de coches eléctricos, teléfonos móviles y sistemas de almacenamiento de energías renovables.

Su imagen está asociada a un futuro limpio y descarbonizado. Sin embargo, como ocurre con muchos avances tecnológicos, su uso masivo plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con el litio cuando acaba en el medio ambiente, especialmente en el mar?

Estudios recientes realizados con organismos marinos muestran que este metal, considerado durante mucho tiempo poco problemático, puede dejar una huella biológica relevante en los ecosistemas marinos, incluso a concentraciones similares a las que ya se detectan en la naturaleza.

Un contaminante emergente y poco vigilado

A diferencia de otros metales ampliamente estudiados, como el mercurio o el plomo, el litio no suele figurar en los listados clásicos de contaminantes ambientales. Su impacto ecológico ha recibido mucha menos atención. Sin embargo, su producción se ha disparado en las últimas décadas y su tasa de reciclaje sigue siendo baja




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Gran parte del litio acaba en vertederos o se libera a través de aguas residuales, que los sistemas de depuración no eliminan eficazmente. Esto facilita que alcance ríos, estuarios y océanos. En condiciones naturales, las concentraciones de litio en el agua de mar son bajas. Pero en zonas con fuerte presión humana o cerca de explotaciones mineras se han registrado valores notablemente más altos.

La cuestión es si estas concentraciones, sin ser letales, pueden afectar a la salud de los organismos marinos a largo plazo. Para disipar dudas, distintos estudios han utilizado especies clave de la cadena trófica marina, como copépodos, erizos de mar, quisquillas, mejillones o poliquetos. Su diversidad en estrategias alimentarias y fases del ciclo vital permite evaluar mejor los efectos del contaminante en diferentes niveles del ecosistema.




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Más allá de la mortalidad: efectos invisibles

El litio no siempre provoca efectos inmediatos o visibles. En muchos casos, las concentraciones actuales no causan mortalidad masiva en los organismos marinos, pero sí generan efectos subletales que pueden comprometer su salud a largo plazo.

En concreto, producen alteraciones en enzimas relacionadas con el estrés oxidativo, en procesos de detoxificación y en mecanismos asociados al sistema nervioso. Tal y como ya se ha visto en investigaciones anteriores y también en las nuestras, en embriones de erizo de mar, la exposición al litio puede ralentizar el desarrollo o inducir malformaciones, incluso cuando no se produce la muerte de los organismos.




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El tiempo importa tanto como la dosis

El efecto del litio no depende únicamente de la concentración, sino también del tiempo de exposición. A medida que pasan las semanas, las respuestas biológicas se vuelven más intensas y afectan a niveles cada vez más complejos, tanto bioquímicos como enzimáticos, pasando por alteraciones celulares, hasta daños visibles en tejidos.

Cuando todos estos indicadores se analizan de forma conjunta, el resultado es claro: el estrés biológico aumenta de manera progresiva y sostenida. Es decir, exposiciones prolongadas a litio, incluso en niveles moderados, pueden generar efectos acumulativos.

Este tipo de impactos, menos evidentes pero persistentes, plantea un riesgo ecológico importante, ya que puede afectar a la reproducción, el crecimiento y la supervivencia de las especies. A largo plazo, los cambios pueden alterar el equilibrio de los ecosistemas y el funcionamiento de las cadenas tróficas.

Además, estos resultados cuestionan la idea de que todos los materiales asociados a la transición energética sean ambientalmente inocuos. El litio es indispensable para reducir las emisiones de carbono, pero su ciclo de vida completo —incluyendo su destino final— debe evaluarse con rigor.

Una transición energética verdaderamente sostenible

Los estudios no apuntan a un riesgo inmediato de colapso de los ecosistemas marinos, pero sí lanzan una advertencia clara: el litio es un contaminante emergente que merece atención, seguimiento y regulación. Entender sus efectos a largo plazo, especialmente en combinación con otros factores como el calentamiento global o la exposición simultánea a múltiples contaminantes, será clave para avanzar hacia una transición energética completa.

Porque la transición no consiste solo en cambiar las fuentes de energía, sino en garantizar que las soluciones adoptadas no generen nuevos problemas ambientales.

El litio seguirá siendo esencial para el futuro energético. Pero su historia en los océanos aún se está escribiendo. Comprenderla a tiempo será fundamental para que la transición sea realmente sostenible.

The Conversation

Pamela Ruiz Rodríguez recibe fondos de Gobierno Vasco.

Laura Noguera Sánchez recibe fondos de Universidad del País Vasco.

Urtzi Izagirre Aramayona no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La huella que deja el litio de las baterías en los océanos – https://theconversation.com/la-huella-que-deja-el-litio-de-las-baterias-en-los-oceanos-280331

‘Ps ns bro’: ¿el lenguaje digital adolescente afecta a cómo escriben y comprenden en la escuela?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica Belda Torrijos, Lingüística aplicada, Universidad CEU Cardenal Herrera

Luna A. Safitri/Shutterstock

Imaginemos una interacción entre dos personas, A y B, que sucede por escrito:

A: Que entra en el examen?
B: El que estamos dando de lengua y los dos últimos de historia
A: Na es imposible estudiar todo eso para mañnaa

Vista en esta pantalla, en el contexto de un artículo divulgativo, claramente choca. Probablemente tendremos que leerlo dos veces para entenderlo bien. En la pantalla del móvil de cualquier adolescente, no sorprende nada.

La mayoría de jóvenes y adolescentes se comunican cotidianamente, en cientos de mensajes digitales que envían y reciben a través de aplicaciones de mensajerías, con abreviaturas, sin tildes, sin signos de puntuación y con muchísimos emoticonos y anglicismos.

Pero ¿hasta qué punto este lenguaje afecta su capacidad de expresarse por escrito de manera más formal y sin faltas de ortografía cuando el medio es otro (un examen, un trabajo de clase)?

Del entorno digital al formal

Captura de pantalla anonimizada de un chat de participantes en el trabajo de 2º ESO.
Mónica Belda Torrijos.

La rapidez con la que se interactúa en redes favorece mensajes breves y simplificados, donde la corrección ortográfica suele quedar en un segundo plano. Los adolescentes utilizan emoticonos, imágenes, audios, vídeos cortos, stickers… para transmitir emociones, estados de ánimo o comunicarse. Las redes sociales han ampliado las posibilidades de interacción y han creado nuevos espacios de comunicación donde antes solo dependían de la escritura tradicional.

El problema surge cuando esos hábitos lingüísticos dejan de limitarse al entorno digital y se trasladan al ámbito académico. Para comprender de qué manera el lenguaje digital repercute en la escritura formal y en la comprensión lectora de los estudiantes, hemos realizado un estudio basado en la observación de interacciones digitales y en la revisión de estudios académicos previos.

De acuerdo con nuestro estudio, se produce un contagio, y los docentes se encuentran con errores frecuentes que se corresponden con la manera de escribir en redes: omisión de tildes, falta o uso incorrecto de signos de puntuación, abreviaturas, contracciones, acortamiento de palabras, textismos (“q haces?”, “k tal?”, “xfa”, “dnd”, “salu2”, “tqm” por “te quiero mucho”), uso de grafías no normativas, repetición (“holaaaa”, “graciaaaas”, “bueeeeno”, “jajajajaja”) u omisión de letras (“pa”, “toa”, “na”, estoy “cansao”), omisión de mayúsculas, anglicismos, extranjerismos, dialectalismos, creación de palabras nuevas, fragmentación de oraciones, problemas de sintaxis, dificultades de cohesión y coherencia textual, menor precisión léxica y empobrecimiento del vocabulario.




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Influencia en la comprensión lectora

Por si fuera poco, no es un fenómeno que afecte solamente a la escritura: en nuestro estudio comprobamos que determinados rasgos del lenguaje digital están asociados a dificultades concretas en la comprensión lectora, cuyo empeoramiento ha quedado reflejado en informes recientes como el de PISA 2022.

La bajada en comprensión lectora observada en este informe afectó a la mayoría de los países, aunque no a todos. El uso intensivo de entornos digitales y redes sociales aparece como uno de los factores que podrían influir, pero los datos de PISA no permiten atribuir la caída exclusivamente a ese fenómeno; también intervienen múltiples causas que interactúan entre sí, entre ellas los cambios en los hábitos de lectura, el aumento del tiempo dedicado a pantallas y diversos factores sociales y culturales.

Por ello, la influencia del lenguaje digital debe entenderse como uno de los factores que podrían contribuir a este fenómeno, dentro de un contexto más amplio.




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La lengua de Whatsapp

A partir de la observación de las interacciones digitales de 90 estudiantes de Educación Secundaria Obligatoria, identificamos varios patrones lingüísticos recurrentes.

  • La omisión de tildes apareció en el 50 % de los mensajes analizados.

  • El uso de abreviaturas estuvo presente en el 45 % de los casos.

  • La fragmentación de oraciones apareció en un 30 %. Se produce cuando no se construyen oraciones cohesionadas, se expresan ideas mediante enunciados separados breves e incompletos: “No hice los deberes. Mucho trabajo, Examen mañana. Nervios”.

  • El uso de emoticonos y stickers alcanzó un 60 %.

  • Detectamos anglicismos en el 25 % de las interacciones, con inserciones léxicas no adaptadas al español.

  • Pudimos observar 976 errores ortográficos, equivalentes al 70,4 % del total; 156 errores gramaticales, un 11,24 %; y 39 errores léxicos, un 6,9 %. A partir de estos datos comprobamos que existe una “transferencia negativa” del lenguaje digital al contexto académico.

Comprobamos también que los errores se transferían al texto académico, contrastando estos errores con los cometidos en exámenes o trabajos escolares. Esta transferencia de la pantalla al contexto formal en la escuela se ha detectado en otros estudios dentro y fuera de España.

En relación con la comprensión lectora, observamos que esta simplificación lingüística afecta especialmente a la capacidad para interpretar y redactar textos complejos.

Aliarse con las tecnologías

Las tecnologías digitales también pueden convertirse en aliadas. Existen aplicaciones educativas que pueden ayudar a reforzar la ortografía y la comprensión lectora mediante metodologías más cercanas a los intereses de los estudiantes.

Estas soluciones incluyen el uso de aplicaciones destinadas a practicar y mejorar la ortografía de manera práctica y repetitiva, además de estrategias didácticas para conectar los intereses digitales de los estudiantes con objetivos académicos y enseñar a diferenciar entre registros formales e informales.

Incluso, animar a los estudiantes a reflexionar sobre la norma digital empleada en plataformas como WhatsApp puede verse como una oportunidad para fortalecer la competencia ortográfica de los adolescentes.

Convivencia de formas de expresión

Las redes sociales han transformado la manera de comunicarse y han dado lugar a nuevas formas de expresión que conviven con la escritura formal.

Esto plantea el desafío de enseñar a los adolescentes a escribir correctamente según el contexto en el que se comuniquen: no se trata de que escriban con perfección en contextos informales en los que prima la comunicación más rápida y emotiva, pero sí que esto no dificulte ni impida un buen aprendizaje de la lengua escrita en cualquier otro contexto.

The Conversation

Mónica Belda Torrijos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ‘Ps ns bro’: ¿el lenguaje digital adolescente afecta a cómo escriben y comprenden en la escuela? – https://theconversation.com/ps-ns-bro-el-lenguaje-digital-adolescente-afecta-a-como-escriben-y-comprenden-en-la-escuela-282173

¿Erramos al pensar que todo arte urbano mejora la ciudad?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Manuel Ros García, Profesor Catedrático Área de Proyectos Arquitectónicos, Universidad CEU San Pablo

‘We dreamt an orchard this way’ es un mural diseñado por la artista Gina Kim como parte de la serie de murales AAPI de Porch Light. El mural se encuentra en la segunda planta del restaurante Vietnam, en el barrio de Chinatown de Filadelfia. Esta llamativa obra de arte fue pintada por el muralista principal Kien Nguyen, con la ayuda de Lucía Michel. Forma parte del programa Mural Arts de Filadelfia. roamer.rat/Shutterstock

Durante años hemos interpretado el arte urbano de forma incompleta. Unos lo reducen a ornamento, reclamo turístico o maquillaje de la ciudad. Otros lo miran con desconfianza, como imposición estética no solicitada. Ambas posturas resultan insuficientes.

La cuestión de fondo no es si un mural gusta más o menos, ni si una escultura urbana se vuelve reclamo fotográfico. La verdadera pregunta debería ser otra: ¿qué cambia en la experiencia cotidiana de la ciudad una intervención artística?

No hablamos solo de imagen urbana, sino de cómo una ciudad se vuelve más integral, equilibrada y significativa para quienes la habitan. Es decir, nos referimos a calidad de vida. El arte urbano puede (y tal vez debe) introducir belleza cotidiana, serenidad y reflexión, mecanismos de activación simbólica del espacio público en relación con el bienestar subjetivo.

¿Quién interviene el espacio?

Al artista urbano, expuesto a la curiosidad pública, siempre le ha interesado no pasar desapercibido. Tanto en el arte informal (el grafiti) como en el consentido, los autores siempre han reivindicado fervientemente su autoría.

Sin embargo, lo que se busca sobre todo es el efecto sorpresa como noticia asociada al arte urbano. Así, Girl with Balloon, de Banksy, sorprendió porque una imagen mínima, encontrada en la calle, abría una lectura sobre la pérdida, la infancia, la esperanza o la fragilidad.

Una niña dibujada en gris sobre una pared clara mientras observa cómo un globo con forma de corazón se escapa.
Girl with Balloon, de Banksy.
Dominic Robinson/Flickr, CC BY-NC

A su vez, la presencia de nombres reconocidos establece una jerarquía silenciosa. Esta hace que, por ejemplo, Taki 183, Keith Haring, Basquiat, Blek le Rat, Oldenburg, Banksy, OBEY y Kapoor tengan capacidad de intervenir en el espacio público y otros no. No basta con ocupar un muro o producir cualquier imagen, hace falta competencia artística, autorización o negociación, análisis del contexto, responsabilidad urbana y capacidad de generar una experiencia significativa.

Pero además, entre quienes logran dejar huella en el espacio público, no todos consiguen incidir positivamente en la calidad de vida urbana compartida.

Una pregunta más exigente

Ese es precisamente el núcleo del proyecto de investigación AUPART sobre arte urbano y calidad de vida que desarrollamos actualmente. Su punto de partida no da por hecho que cualquier obra de arte urbano mejora automáticamente el bienestar colectivo sino que busca averiguarlo.

La calidad de vida no es una magnitud simple, ni puede atribuirse directamente a un único factor. Según el marco del Indicador Multidimensional de Calidad de Vida del INE, depende de condiciones materiales, relaciones sociales, percepción del entorno, seguridad, gobernanza, bienestar subjetivo y experiencia cotidiana del lugar.

Por eso, cuando estudiamos el arte urbano nos preguntamos en qué dimensiones concretas puede influir y bajo qué condiciones puede llegar a afectar. Una obra de no debería evaluarse solo por su calidad formal, su tamaño o su firma, sino por su capacidad de comportarse como mediadora entre el espacio público y la vida urbana.

Cuando una obra funciona o fracasa

Dos proyectos con recorrido que han funcionado como mediadores han sido el Mural Arts de Filadelfia (EE. UU.), que incorpora numerosas obras que han tenido impacto en la comunidad, o el Inside Out Project impulsado por el artista urbano francés JR, que ya tiene recorrido internacional.

En nuestro estudio hemos analizado, por ejemplo, el caso de Julia, la escultura de Jaume Plensa en la plaza de Colón de Madrid. Con los resultados actualmente en proceso de revisión por pares, sería exagerado afirmar que mejora la calidad de vida en términos absolutos. Pero sí se puede interpretar como un factor de mediación urbana, una presencia artística de alta visibilidad que puede modificar la experiencia del entorno, la percepción de seguridad, el valor simbólico del lugar o la relación afectiva con esa plaza.

Fotografía de una escultura de una cabeza de mujer gigante, casi plana por los lados.
Retrato de Julia en la plaza de Colón de Madrid.
ColorMaker/Shutterstock

Ahora bien, una obra de gran valor artístico también puede fracasar socialmente si no encaja con las prácticas del espacio donde se implanta. Es el caso de Tilted Arc, de Richard Serra, una placa sólida de acero de unos 36 metros de largo instalada en 1981 en Federal Plaza, Nueva York.

La pieza fue criticada no solo por razones estéticas, sino por su efecto sobre el uso cotidiano del lugar (algo que se pretendía al instalarla, por otra parte, pero que no gustó). Al dividir la plaza, provocó que el cruce habitual de los ciudadanos por ella tuviese que modificarse y generó objeciones de seguridad y circulación. Fue retirada en 1989 tras una larga controversia pública e institucional.

No basta con verla

A menudo se cree que introducir arte urbano equivale por sí mismo a regenerar un entorno. Por ejemplo, en Wynwood, Miami (EE. UU.), el arte urbano mural generó visibilidad y marca urbana, pero la evolución del distrito condujo a una creciente comercialización, a murales por encargo cada vez más normalizados y a preocupaciones por la gentrificación desbocada y la pérdida de la comunidad creativa que le dio origen. Hubo éxito icónico y económico, pero eso no significó que hubiese regeneración social.

Entrada a una tienda y paredes pintadas.
En el barrio de Wynwood de Miami, sus murales son una atracción turística que cuenta hasta con una tienda propia.
Bada1/Shutterstock

Tampoco Mural Istanbul, en la capital turca, fue más allá. El proyecto sólo abordó el plano estético del activismo artístico, y fue interpretado como alienación social con el único pretexto de llamar la atención sobre un área de la ciudad olvidada.

Autores como los urbanistas Malcolm Miles, Ann Markusen y Anne Gadwa, el historiador de arte Miwon Kwon o el arquitecto Kevin Lynch ya advirtieron, desde perspectivas distintas, que el valor del arte público no puede separarse de la sociedad, las instituciones y el territorio que lo hacen posible.

No solo importa que la gente vea una obra. También es esencial que la recuerde, la comprenda, la aplique a su manera de entender el entorno, la analice, la evalúe y, en último término, se sienta capaz de idear algo a partir de ella. Así sucedió con el proyecto Heerlen Murals, en Países Bajos. Tras el declive minero, la ciudad utilizó el muralismo comunitario para fomentar la regeneración social y urbana, mejorar la imagen de barrios deprimidos y activar la participación entre diferentes grupos ciudadanos.

Más allá de decorar la ciudad

Por sí solo, el arte urbano no puede mejorar totalmente la vida en la ciudad. Pero sí puede contribuir a reforzar ciertas dimensiones de la calidad de vida. Y lo logra si fortalece el vínculo con el lugar, si favorece la interacción social, si refuerza la identidad compartida, si hace más comprensible el entorno y si logra aceptación cívica y respaldo institucional.

Con ello, el artista deja de ser solo productor de imágenes y se convierte en alguien capaz de activar vínculos entre la obra, el lugar y la comunidad, haciendo que el espacio público exprese memoria, valores o formas compartidas de pertenencia.

Tras los disturbios en los barrios periféricos de París en 2005, JR inició el proyecto ‘Retratos de una generación’. Fotografió y pegó retratos monumentales de jóvenes de esos barrios en la ciudad. Buscaba cambiar la imagen mediática del ‘joven peligroso’ por un rostro concreto, frontal, humano, exageradamente visible. La calle dejaba de hablar sobre ellos y empezaba a mostrarles.

Si aspiramos a ciudades más habitables, inclusivas y culturalmente vivas, debemos preguntarnos en qué condiciones una intervención artística puede producir efectos positivos verificables en el espacio público y la vida comunitaria.

Eso obligaría a preparar mejor cada intervención, diagnosticar su pertinencia social, comprobar si el lugar la necesita, analizar el contexto y asumir que el impacto del arte urbano no se mide sólo por decorar la ciudad, sino por transformar la relación de una comunidad con el lugar que habita y por reconocer el valor del espacio público como motor de aprendizaje social. Conformarse solo con tener algo bonito dejaría pasar la oportunidad de mejorar.


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The Conversation

Juan Manuel Ros García recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades
El articulo se enmarca dentro del proyecto nacional que se está desarrollando y del que soy Investigador Principal, con numero de referencia y título: PID2023-151204OB-I00 “La presencia del arte urbano en el espacio público de la ciudad como factor de influencia en la mejora de la calidad de vida de la población tras la pandemia de COVID-19” MICIU-AEI-10.13039-501100011033 y por FEDER, UE

ref. ¿Erramos al pensar que todo arte urbano mejora la ciudad? – https://theconversation.com/erramos-al-pensar-que-todo-arte-urbano-mejora-la-ciudad-280771

Spotlight: los equipos de investigación periodística como modelo de innovación y liderazgo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By María José Miranda Martel, Profesora Contratada Doctora. Directora de Transferencia de Conocimiento y Relaciones con Empresas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Fotograma de una reunión del equipo Spotlight en la película homónima, con Michael Keaton (el segundo por la izquierda) interpretando a Walter Robinson. Participant Media

En 1970, el periódico The Boston Globe creó Spotlight, una unidad dedicada a la investigación a largo plazo, durante meses o años, de problemas complejos (racismo, el problema de acceso a la vivienda, precariedad sanitaria, desigualdades).

Décadas después, su manera de trabajar ofrece lecciones muy concretas para las unidades de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i) de las empresas; no solo sobre cómo organizarse, sino también sobre cómo liderar equipos sometidos a presión e incertidumbre. Ambas dimensiones aparecen en la película Spotlight de forma inseparable.

Fuente: HBO Latinoamérica, YouTube.

Spotlight (2015) relata cómo el grupo de investigación del mismo nombre destapó los abusos sexuales de sacerdotes en la ciudad de Boston y, sobre todo, su encubrimiento sistemático por parte de la Iglesia católica estadounidense. No se trataba de un caso aislado sino de un problema estructural que los periodistas fueron capaces de ver gracias a una forma de trabajar muy particular y a un líder –Walter Robby Robinson, interpretado en el filme por Michael Keaton– cuya manera de dirigir merece analizarse.

El liderazgo: exigir, equilibrar y proteger

Robinson no es un líder carismático pero sí profundamente eficaz. Su equipo confía en él porque trabaja al mismo nivel de rigor que exige. Eso genera un modelo de conducta más potente que cualquier incentivo externo. Su exigencia al equipo no es una presión arbitraria, sino que establece un estándar claro sobre qué significa hacer bien las cosas. La exigencia solo funciona acompañada de propósito.

No obstante, más allá del rigor y la exigencia, también se preocupa por su equipo, por su carga de trabajo y su vida personal. Este tipo de liderazgo, que promueve el bienestar y la salud mental en las organizaciones, actúa como un amortiguador entre los riesgos laborales y sus consecuencias negativas. Los líderes que cuidan no son solo más humanos: son estructuralmente más eficaces para mantener el rendimiento bajo presión.

Seis hombres y una mujer posan con un trofeo en sus manos
Reparto de la película Spotlight en la gala de los premios del sindicato de actores (SAG) en su edición de 2016. De izquierda a derecha: Billy Crudup, Brian d’arcy James, Mark Ruffalo, Rachel McAdams, John Slattery, Michael Keaton y Liev Schreiber.
Featureflash Photo Agency/Shutterstock

Como líder, Robinson protege a su equipo tanto de las presiones externas como, cuando es necesario, de la propia dirección del periódico. Si los miembros de un equipo saben que su líder los respalda proponen ideas con más valentía y colaboran con más profundidad. Un estudio realizado con 580 empleados de empresas tecnológicas confirma que los tres componentes de la seguridad psicológica en los grupos –colaboración y comprensión, intercambio de información y equilibrio entre lo que se da y lo que se recibe– tienen un impacto positivo y significativo sobre el rendimiento innovador individual.

Además, sabe cuándo ceder. Entiende que defender su objetivo no puede implicar una confrontación permanente con su equipo. Ese equilibrio entre defender y ceder es una de sus mayores fortalezas, y probablemente la más difícil de desarrollar.

Por último, en procesos largos y con avances poco visibles como los de una unidad de investigación periodística, no hay que olvidar que una función fundamental del liderazgo es evitar que el trabajo pierda significado. Eso hace Robinson y, así, su equipo no solo sabe qué tiene que hacer sino que entiende por qué merece la pena hacerlo.

Su liderazgo podría resumirse en estas seis premisas:

  1. Liderar dando ejemplo.

  2. Exigir con propósito.

  3. Considerar que liderar es también cuidar.

  4. Proteger al equipo.

  5. Buscar el equilibrio entre exigencia y concesión.

  6. Mantener el sentido.

Favorecer la innovación: del periodismo a la empresa

Más allá del periodismo, hay seis principios del proceso de trabajo en Spotlight que la I+D+i empresarial reconocería como propios:

  1. Trabajar sobre lo importante, no sobre lo urgente. El grupo de investigación periodística no responde a la agenda del día. Elige temas que requieren tiempo y profundidad. Las organizaciones que gestionan la innovación con lógicas de eficiencia operativa cometen el mismo error que un periódico que pretende hacer una investigación profunda a golpe de titulares. La autonomía potencia la conducta innovadora, pero, cuando viene acompañada de una presión excesiva, ese efecto desaparece.

  2. Autonomía alineada, no desconexión. La película muestra cómo el equipo Spotlight tiene libertad para investigar, pero no actúa al margen de la dirección del periódico. Una causa típica de fracaso es la desconexión entre lo que produce el equipo y lo que necesita la organización. La autonomía también implica saber decir “todavía no”: el equipo no publica hasta tener un caso sólido, igual que una unidad de innovación no debería escalar un proyecto hasta que esté maduro.

  3. Una cultura empresarial que haga posible el trabajo. Las empresas suelen crear unidades de innovación sin adaptar el entorno que las rodea. En cambio, en The Boston Globe, la redacción entiende que Spotlight opera de otra manera. No hay presión por producir ni por la visibilidad del trabajo. Se sabe que los equipos donde las personas se sienten seguras para proponer, disentir y equivocarse innovan más. La cultura empresarial no es el contexto de la innovación, sino una de sus condiciones.

  4. Orientación al impacto, no a la actividad. El éxito de Spotlight no se mide por el número de artículos publicados, sino por los cambios que generan: investigaciones judiciales, reformas legales, transformaciones institucionales. Un fallo muy común en los laboratorios de innovación es la falta de medición del impacto real de sus hallazgos. Contar proyectos o prototipos no es lo mismo que medir si algo ha cambiado.

  5. Pensamiento sistémico y definición dinámica del problema. Las investigaciones de Spotlight documentan hechos, pero también identifican patrones. El objetivo es entender por qué ocurre algo, no solo describirlo. En las empresas, muchas iniciativas fracasan no por falta de soluciones, sino por partir de un encuadre equivocado del problema.

    Un estudio con 579 equipos de innovación reveló que los que comenzaron con poca claridad sobre el problema y la fueron ganando durante el proceso lograron una tasa de implementación del 80 %, frente al 50 % de los que partieron con ideas más fijas. En la película podemos ver cómo el equipo de Spotlight tardó meses en entender que el problema no era un sacerdote abusador, sino un sistema de encubrimiento. Ese proceso de descubrimiento fue lo que hizo posible el impacto.

  6. Cuestionar lo establecido. Las unidades de I+D+i más relevantes no solo mejoran lo existente: introducen preguntas que tensionan supuestos y formas de operar. A veces esas preguntas son incómodas porque señalan errores del pasado, tal y como también muestra la película. Su valor no está solo en encontrar respuestas. sino en saber hacerse las preguntas correctas.

Una lección inesperada

El grupo de investigación Spotlight de The Boston Globe no es una unidad de innovación en sentido empresarial. No desarrolla productos ni trabaja con metodologías ágiles, indispensables en la empresa para mantener la competitividad. Sin embargo, lo que muestra la película coincide con lo que la investigación académica lleva años señalando que son las condiciones necesarias para generar impacto real en las organizaciones.

En definitiva, la película explica en imágenes, mucho mejor que muchos manuales de diseño organizacional, no solo cómo funciona la innovación, sino también qué tipo de liderazgo la hace posible.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Spotlight: los equipos de investigación periodística como modelo de innovación y liderazgo – https://theconversation.com/spotlight-los-equipos-de-investigacion-periodistica-como-modelo-de-innovacion-y-liderazgo-281302

Christopher Galfard: “El universo que observamos con los telescopios es finito. El infinito solo existe en las matemáticas”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Laura G. de Rivera, Ciencia + Tecnología, The Conversation

La participación de Christophe Galfard en el ciclo de conferencias de Fundación Telefónica el pasado mes de marzo fue posible gracias a la colaboración con el Foro de la Cultura. Irene Medina., CC BY-SA

El físico y divulgador Christophe Galfard (París, 1976) estudió en Cambridge, donde se doctoró bajo la dirección de Stephen Hawking, y desde entonces ha dedicado buena parte de su vida a traducir los misterios del cosmos a un lenguaje que cualquiera pueda entender. Ha pasado por los pasillos de la física teórica más exigente y por los escenarios de la divulgación científica, donde el universo se cuenta como una historia. Hoy vive entre París y el resto del mundo, entregado a escribir libros, dar conferencias y explicar la ciencia en radio, televisión y documentales, con la ambición de acercar la cosmología contemporánea al gran público.

Quizás, por eso habla de agujeros negros y del origen del tiempo con la misma naturalidad con la que otros hablan de novelas o viajes. Entre ecuaciones, metáforas y recuerdos de su maestro, Galfard insiste en que comprender el universo no es solo un desafío intelectual, sino también una experiencia típicamente humana. “La física”, dice, “no es solo un conjunto de fórmulas. Es una manera de mirar el mundo, de preguntarse de dónde venimos y qué lugar ocupamos en esta inmensidad”.

¿De dónde viene su interés por el espacio?

Mi interés en las estructuras ocultas de la naturaleza empezó muy temprano. Es un tema que considero fascinante: la idea de qué está ahí fuera en el espacio, descubrir las leyes que funcionan en todo, comprender la historia del universo… es algo genial.

¿Cree que estudiar el universo es, de alguna forma, una manera de sumergirse en cuestiones filosóficas como el sentido de la vida?

Muchos interrogantes que durante mucho tiempo pertenecieron al ámbito de la filosofía ahora se han convertido en problemas científicos, en interrogantes accesibles a la ciencia. Uno de ellos es el origen de la vida, que es el tema de mi próximo libro. La idea es mirar dentro de nosotros mismos, dentro del mundo que nos rodea, entender cómo las estrellas forman la materia. En el último siglo averiguamos que todos los organismos de la Tierra están hechos de las mismas moléculas.

¿Cómo se entrelazan lo macrocósmico y lo microcósmico? ¿Aprender sobre el universo nos ayuda también a aprender sobre las partículas más diminutas?

La relación entre lo grande y lo pequeño se ve muy bien en los agujeros negros. Son lugares del universo que eran enormes y, al colapsar, encogieron, se volvieron extremadamente pequeños. También vemos esta relación en el Big Bang, en los átomos y en el futuro del universo. Comprender el universo nos ayuda a saber más sobre las partículas más pequeñas, sobre cómo está construida la naturaleza en nuestro planeta, por ejemplo. El universo es un todo y nosotros somos pequeñas criaturas humanas intentando echar un vistazo a eso tan grande.

¿Qué es el tiempo? ¿Es una ilusión?

Vivimos en el tiempo, por eso es difícil decir que sea una ilusión. Aunque el concepto de tiempo que percibimos con nuestro cerebro no es el mismo que el concepto de tiempo en física. El que usamos en astrofísica nos ayuda a estudiar el movimiento de los objetos y a predecir dónde están las cosas o donde estaban en el pasado.

La pregunta de cuándo empezó el tiempo, y cuándo terminará, es muy profunda, y no tenemos todavía una respuesta definitiva. Pero, para simplificar, desde mi punto de vista como físico puedo decir que el tiempo no es una ilusión.

¿Y existe el tiempo infinito?

No tenemos un solo ejemplo de algo que pueda ser infinito. Cero. El tiempo que conocemos es finito.

Entonces, ¿el concepto de un universo infinito o materia infinita no es una posibilidad real en la ciencia?

Es lo mismo. No conocemos nada que sea infinito en el universo. El único infinito que existe aparece en las matemáticas, pero no podemos decir que haya nada equivalente en la realidad. El universo que observamos con los telescopios es finito.

¿Y no hay nada más allá?

Podemos decir que vemos el final con los telescopios. Es lo que se llama horizonte cósmico o límite del universo observable, o sea, la distancia máxima desde la cual la luz ha tenido tiempo de llegar a la Tierra desde el Big Bang. Es lo más lejos que podemos ver usando la luz. ¿Hay algo más allá? No lo sabemos.

Quizá en el futuro, cuando tengamos telescopios de aun mayor alcance…

No. No con luz.

Usted estudia el origen del universo. ¿Lo que ha aprendido hasta ahora le lleva a pensar que la vida comenzó por accidente?

Es imposible responder esa pregunta. No tenemos una respuesta todavía para el origen del universo. Sabemos que hay billones y billones de planetas en todas partes y la Tierra es uno de ellos. De todas las posibilidades, en la Tierra se dieron justo las necesarias para que surgiera la vida tal y como la conocemos. Pero… ¿y en los demás planetas? No lo sabemos. Seguramente hay más planetas en el universo que granos de arena en todas las playas de la Tierra.

Mientras busca las respuestas, ¿no le resulta tentador forjarse una idea o imaginar cómo pudo surgir el universo?

La idea de la ciencia no es dar una respuesta inmediata. El objetivo es construir el camino para poder llegar a esa respuesta. Para hacer eso, empleamos un lenguaje, que por el momento son las matemáticas… aunque quizá en el futuro cambie. Necesitamos encontrar leyes en la naturaleza. Al intentar comprender todos estos principios, podemos acercarnos a comprender qué sucedió en el origen. Pero no hemos llegado a eso todavía.

Nuestro papel como científicos no es sugerir que el comienzo fue de esta u otra manera. Por ejemplo, nuestros antepasados creían que los humanos habían sido creados por Dios o que la Tierra había sido hecha en siete días… Ahora sabemos que eso no es correcto. Quizá, en el futuro, podamos tener una respuesta para cómo se creó todo. Pero está claro que debemos ser humildes y aceptar que nuevos descubrimientos pueden llevarnos más allá de lo que conocemos y que eso puede ser completamente distinto a lo que creíamos.

¿Todo es relativo?

La idea científica de relatividad es muy diferente de lo que consideramos relativo en el lenguaje común. En el lenguaje cotidiano, significa que todo el mundo puede pensar o decir lo que quiera. Sin embargo, en física, quiere decir que podemos obtener resultados diferentes, pero aun así están relacionados. La relatividad en física nos dice que conocemos cuál es ese nexo y cómo ir de una respuesta a otra.

Entonces, ¿existe en ciencia algo parecido a la verdad absoluta?

Bueno… hay cosas que sabemos sobre los agujeros negros, por ejemplo, que podemos decir que son verdad, en un contexto. No de forma general. Pero, si la tecnología sigue mejorando y obtenemos detalles cada vez más finos del universo, quizá sí podamos. Hace siglos, la gente pensaba que la Tierra era plana; era una verdad absoluta para ellos. Eso va cambiando y evolucionando con el tiempo. De igual manera, la tecnología puede ayudarnos a ver cosas nuevas en el futuro que cambien nuestra forma de interpretar la materia o la estructura del universo.

Quizá, en el futuro, reconozcamos que estábamos tan equivocados hoy como quienes en la Edad Media pensaban que la Tierra era plana…

Estar equivocado en ciencia no es lo que la gente cree. Puedes equivocarte en la idea, o en cómo interpretas algo, pero no puedes equivocarte en los resultados experimentales. Son los datos y los datos están ahí. Por ejemplo, Newton ha sido reemplazado por Einstein, pero Newton sigue siendo correcto. No está equivocado. Sus teorías funcionan. Todavía las usan los ingenieros espaciales para enviar cohetes al espacio. Usan lo que nos enseñó Newton, no les hace falta Einstein.

¿Cómo cree que puede ser la vida extraterrestre?
O es como la vida en la Tierra, que no entendemos bien cómo se originó, o es completamente diferente y no tenemos ni idea de qué esperar.

¿Pero no tiene una hipótesis? ¿Cómo se la imagina? ¿Quizá como pequeños organismos?

Podrían ser muy pequeños, algo así como bacterias, y eso haría difícil que los encontremos en Marte, donde tal vez viven bajo su superficie. Si son organismos grandes, tienen que estar muy lejos de la Tierra… En cualquier caso, como ocurre en nuestro planeta, la vida extraterrestre puede ser muy diversa.

¿Y por qué debería importarnos a la gente de a pie si hay o no vida extraterrestre?

Por muchas razones. Lo primero es que somos curiosos. Si estamos solos en el universo o no marca una diferencia. Si encontramos más vida que la de la Tierra, entonces podemos aprender mucho sobre nosotros mismos, sobre la vida inteligente, sobre la tecnología.

¿Es posible encontrar mini agujeros negros en la Tierra?

No. Están solo en el espacio. Muy lejos de la Tierra.

¿Y materia oscura?

Esa es una de las incógnitas del universo. Todavía no sabemos de qué está hecha. Sí, podría estar entre nosotros, no lo sabemos.

¿De ella habla en su bestseller El universo en tus manos (Blackie Books, 2020)?
Sí. Es un viaje al multiverso, a los agujeros negros, al futuro del universo.

¿Cómo será ese futuro?

Bueno, tenemos distintas posibilidades. Podría estar expandiéndose a un ritmo desacelerado. O, en el polo opuesto, podría ir encogiéndose y caminando hacia el colapso. Esto es lo que se llama el Big Crunch, lo contrario del Big Bang.


Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la física cuántica.


The Conversation

ref. Christopher Galfard: “El universo que observamos con los telescopios es finito. El infinito solo existe en las matemáticas” – https://theconversation.com/christopher-galfard-el-universo-que-observamos-con-los-telescopios-es-finito-el-infinito-solo-existe-en-las-matematicas-282897

La salud mental es más popular que nunca, pero no siempre sabemos de lo que hablamos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier José Pérez Flores, Profesor del área de Psicobiología de la Universidad de La Laguna, Universidad de La Laguna

SeventyFour/Shutterstock

En la última década, la salud mental ha ganado mucha presencia en el debate público. Se habla de ella en empresas, instituciones y redes sociales. Esto ha ayudado a reducir el silencio y el estigma y también ha recordado algo importante: pedir ayuda no debería dar vergüenza.

Sin embargo, esta mayor visibilidad también tiene riesgos. Hoy hablamos mucho de salud mental, pero no siempre sabemos a qué nos referimos.

Un término amplio y ambiguo

La idea de “salud mental” es un término amplio y ambiguo. Históricamente, deriva del movimiento por la “higiene mental”, surgido a comienzos del siglo XX. Su objetivo inicial fue mejorar el trato a las personas con trastornos mentales. Con el tiempo, aquel interés se amplió: empezó a incluir la prevención, la vida en comunidad y la promoción del bienestar.

Todos estos objetivos son importantes, pero no son exactamente lo mismo. Por eso, hoy la expresión “salud mental” reúne ideas distintas. Algunas veces se usa para hablar de bienestar; otras, de malestar; y otras, para referirnos a trastornos mentales.

La Organización Mundial de la Salud la define como un estado de bienestar. Dicho estado permite afrontar el estrés, desarrollar el potencial propio, aprender, trabajar y contribuir a la comunidad. Es una definición útil, pero puede resultar poco precisa.

Esta falta de precisión también aparece en las investigaciones. Por ejemplo, un trabajo reciente identificó 34 modelos teóricos diferentes que intentaban explicar los problemas de salud mental. Algunos modelos daban más peso al cuerpo, mientras que otros se centraban en la mente, la sociedad, la cultura o la experiencia personal. Varios incluso eran contradictorios entre sí.

El peso de una mirada demasiado biológica

No todos esos modelos influyen por igual en la sociedad y la cultura. Hoy domina una mirada biológica e individual del malestar. Desde esa visión, el problema se sitúa en la persona: el sufrimiento se explica por el cerebro y su química, los genes y la falta de autocontrol.

Esa mirada puede ser útil en algunos casos, ya que nadie puede negar que somos organismos biológicos y que lo que sentimos también ocurre en el cuerpo. El problema aparece cuando esa explicación ocupa todo el espacio. Entonces se dejan fuera otros factores importantes.

Las condiciones laborales pueden generar sufrimiento, igual que pueden hacerlo la falta de apoyo, los problemas económicos, la vivienda y las relaciones personales. Si olvidamos ese contexto corremos el riesgo de convertir muchos problemas de la vida en problemas médicos.

Este proceso, llamado medicalización, ocurre cuando experiencias humanas que son parte de la vida se entienden y tratan como si fueran enfermedades. La tristeza, la angustia y la sobrecarga pueden necesitar atención, pero no son, por sí mismas, trastornos mentales. A veces indican que algo no va bien. Pueden señalar una situación injusta, una pérdida, un exceso de exigencia o una falta de apoyo.

Por eso, las emociones no son solo molestias. También son señales que nos invitan a mirar el entorno y a preguntarnos qué nos está afectando.

El riesgo opuesto: idealizar el sufrimiento

También existe el riesgo contrario. A veces no convertimos el malestar en enfermedad, sino en una identidad atractiva.

Esto ocurre cuando el sufrimiento se presenta de forma idealizada. En esos casos, ciertos problemas de salud mental aparecen como signos de sensibilidad, creatividad o autenticidad. Así, dejan de verse como experiencias complejas o como problemas que pueden dañar la vida diaria. Incluso pueden parecer rasgos especiales o deseables.

Esta idealización puede tener consecuencias como frenar la búsqueda de ayuda o, incluso, reforzar el malestar en vez de aliviarlo.

Muchas veces no hay mala intención detrás de esto. Puede surgir del deseo de visibilizar el sufrimiento, o puede ayudar a reducir el estigma y a encontrar una comunidad. El problema aparece cuando la visibilidad se convierte en admiración. Entonces, el malestar deja de ser algo que necesita cuidado y pasa a funcionar como una marca personal.

Las etiquetas clínicas pueden usarse como identidades rápidas: los síntomas se transforman en rasgos estéticos y el sufrimiento se vuelve una forma de singularidad.

No hace falta hablar más, sino mejor

Frente a estos riesgos, no basta con hablar más de salud mental, sino hacerlo mejor. También es importante una mayor alfabetización. Este concepto se refiere a los conocimientos y creencias que ayudan a reconocer el malestar, darle relevancia, manejarlo, prevenirlo y saber cuándo pedir ayuda. Incluye conocer señales de alerta, saber dónde buscar información fiable y qué recursos pueden ayudar en cada caso.

Pero la alfabetización no debería limitarse a aprender nombres de diagnósticos, porque saber más de salud mental no consiste solo en conocer etiquetas. Implica entender cómo se cuida el bienestar y mirar el papel que juegan factores como el trabajo, la vivienda, la educación, las relaciones y la exclusión social.

Hablar mejor de salud mental exige usar un vocabulario más preciso. No es lo mismo estar cansado que estar deprimido. No es lo mismo pasar una mala etapa que tener un trastorno mental.

Tampoco todo sufrimiento se resuelve igual. Algunas situaciones necesitan descanso y otras requieren apoyo social, cambios en el entorno o ayuda profesional.

En definitiva, hablar de salud mental no debería consistir en etiquetarlo todo, ni servir para embellecer el sufrimiento. El reto es aprender a diferenciar qué necesitamos en cada situación. Quizá aquí está lo difícil: aprender ahora, para usarlo cuando lo necesitemos. Porque no debemos esperar al sufrimiento para actuar; debemos actuar ahora, para que el sufrimiento no nos desborde en el futuro.

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Javier José Pérez Flores no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La salud mental es más popular que nunca, pero no siempre sabemos de lo que hablamos – https://theconversation.com/la-salud-mental-es-mas-popular-que-nunca-pero-no-siempre-sabemos-de-lo-que-hablamos-283318

Nuevo estudio sobre las dietas yoyó: el problema no es intentarlo, es seguir malas estrategias

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Alfonso Revenga Frauca, Director experto, Grado de Nutrición Humana y Dietética, Universidad Internacional de Valencia; Universidad San Jorge

Inspiration GP/Shutterstock

Pocas frases se repiten tanto en torno al peso corporal como esta: “me he cargado el metabolismo”. Muchas personas que han perdido kilos y los han recuperado sienten que cada intento fallido les deja peor que antes: con más grasa, menos músculo, más hambre, menos gasto energético y una capacidad cada vez menor para volver a adelgazar. Esa idea ha convertido al llamado “efecto yoyó” en una amenaza casi irreversible.

Según esta narrativa, bajar peso para después recuperarlo no solo sería frustrante, sino también metabólicamente peligroso. Incluso se ha popularizado la idea de que sería preferible no intentar adelgazar antes que exponerse a un ciclo de “pérdidas y ganancias”.

Una nueva revisión

Pero una revisión crítica publicada en The Lancet Diabetes & Endocrinology invita a replantear esa conclusión. Sus autores revisan la evidencia disponible sobre el denominado weight cycling –los ciclos repetidos de pérdida y recuperación de peso– y concluyen que no hay pruebas sólidas de que este fenómeno, por sí mismo, cause un daño clínico duradero en personas con obesidad.

La clave está en el matiz: no significa que recuperar peso sea deseable, ni que cualquier dieta sea una buena idea. Pone de relieve algo más concreto: la evidencia actual no permite afirmar que adelgazar y volver a ganar kilos “rompa” el metabolismo o deje necesariamente a la persona peor que al principio.

La distinción es importante porque el miedo al “efecto yoyó” puede convertirse en una barrera para buscar ayuda, iniciar cambios o retomar estrategias de salud después de haber recuperado el peso. Y, en un contexto en el que la obesidad es una enfermedad crónica y recividante, transmitir que cada intento fallido produce un daño irreversible puede añadir culpa, fatalismo y abandono.

Qué sabemos, y qué no, sobre perder y recuperar peso

Parte de la confusión procede de cómo se han interpretado muchos estudios observacionales. Las personas que han vivido más ciclos de adelgazamiento y recuperación de peso suelen presentar también más dificultad para mantener las pérdidas, mayor grado de adiposidad o más años de exposición a la obesidad. Si en estos grupos se observan más alteraciones metabólicas, no siempre es fácil saber qué es causa y qué es consecuencia.

Dicho de otro modo: que una persona con peor salud metabólica haya hecho más dietas no demuestra que las dietas hayan causado ese deterioro. Puede ocurrir lo contrario: que una mayor adiposidad, una historia más prolongada de exceso de peso o la presencia previa de factores de riesgo expliquen tanto la mayor frecuencia de intentos de adelgazamiento como los peores resultados de salud.

Miedo (injustificado) a perder músculo

Uno de los temores más extendidos a la hora de ponerse a dieta es la pérdida de masa muscular. Al adelgazar, el cuerpo no pierde solo grasa; también puede perder una parte de masa magra. El miedo asociado al “efecto yoyó” radica en que, al recuperar el peso, se recupere sobre todo grasa y no músculo, generando una composición corporal cada vez más desfavorable.

Sin embargo, según la revisión mencionada, los datos disponibles no muestran de forma consistente una pérdida desproporcionada y permanente de masa magra atribuible al weight cycling en sí mismo. El resultado dependerá de muchos factores: el peso final alcanzado, la cantidad de proteína de la dieta, el tipo de intervención, el nivel de actividad física y, especialmente, la presencia o ausencia de entrenamiento de fuerza.

Algo parecido ocurre con el gasto energético. La idea popular dice que cada dieta deja el metabolismo “más lento”, pero el gasto metabólico está muy condicionado por el tamaño corporal y la composición del cuerpo. Si una persona pesa menos, necesita también menos energía para mantenerse; si recupera kilos, su gasto vuelve a ajustarse. Esa adaptación no equivale necesariamente a una avería metabólica permanente.

El problema es mantenerse

Ahora bien, desmontar el mito del metabolismo roto no significa trivializar la recuperación de peso. Cuando una persona adelgaza, puede mejorar su presión arterial, glucosa, lipidemia, movilidad, descanso o calidad de vida. Y si recupera los kilos perdidos, parte de esos beneficios puede reducirse o desaparecer, devolviendo a la persona hacia su punto de partida metabólico. Pero eso no demuestra que el ciclo de pérdida y recuperación haya producido un daño adicional.

Y esta es una de las ideas más relevantes del artículo: el problema principal no sería haber intentado adelgazar, sino la dificultad de sostener en el tiempo una pérdida de peso suficiente y saludable.

Este matiz también es relevante en la era de los nuevos fármacos para la obesidad, como los agonistas del receptor GLP-1 (como el Ozempic) y otros tratamientos homólogos. En muchos casos, estos medicamentos logran pérdidas de peso importantes, pero al suspenderlos puede producirse una recuperación parcial o total. Interpretar esa recuperación como prueba de que el tratamiento “estropea” el metabolismo sería simplificar demasiado. Puede indicar, más bien, que la obesidad requiere estrategias de tratamiento crónicas, igual que ocurre con otras enfermedades de esa índole.

El mensaje práctico: ni miedo ni dietas milagro

La conclusión no debería ser que las dietas yoyó no importen. Importan, y mucho: suelen ir acompañadas de frustración, culpa, pérdida de confianza, abandono de hábitos saludables y deterioro de la relación con la comida. También pueden reflejar intervenciones mal planteadas: regímenes excesivamente restrictivos, objetivos poco realistas, falta de seguimiento profesional o enfoque exclusivo en la báscula.

En cualquier caso, no deberíamos transmitir que haber recuperado peso significa haber fracasado de forma irreversible. Muchas personas que logran mantener una pérdida de peso relevante a largo plazo han tenido intentos previos. En salud, los cambios rara vez siguen una línea recta.




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El mejor enfoque teórico-práctico consiste en sustituir la lógica de la dieta temporal por la lógica del tratamiento sostenible. Esto implica plantear objetivos realistas, preservar la masa muscular, evitar restricciones extremas, promover alimentos saciantes y nutritivos, dormir mejor, moverse más y contar con apoyo profesional cuando sea posible. En suma, priorizar la adherencia por encima de cualquier otra variable.

También significa entender que el peso corporal está regulado por sistemas biológicos potentes. Tras perder peso, el cuerpo puede aumentar el hambre, reducir parcialmente el gasto energético y favorecer la recuperación. Eso no es una prueba de debilidad personal, sino una respuesta adaptativa. Por eso, mantener el peso perdido suele requerir estrategias de largo plazo, no solo fuerza de voluntad.

Una intervención bien diseñada debería incluir suficiente proteína, entrenamiento de fuerza, actividad física regular, satisfacción dietética, educación alimentaria, seguimiento continuado y apoyo psicológico o conductual si es necesario. En algunas personas, también puede requerir tratamiento farmacológico o cirugía bariátrica. La elección depende del grado de obesidad, las comorbilidades (presencia de varias enfermedades al mismo tiempo), la historia clínica y las preferencias de la persona.

Fuera fatalismos

Conviene abandonar el fatalismo: haber recuperado peso no significa que el metabolismo esté roto. Tampoco significa que no merezca la pena volver a intentarlo. Supone que la estrategia anterior no fue suficiente, no fue sostenible o no contó con los apoyos adecuados.

La revisión publicada no absuelve a las dietas milagro, ni convierte el efecto rebote en algo inocuo. Lo que hace es desmontar una idea más concreta y paralizante: que adelgazar y recuperar peso daña inevitablemente el metabolismo.

Porque en obesidad, como en tantas otras áreas, un intento fallido no debería interpretarse como el final del camino, sino como información para diseñar el siguiente paso.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. Nuevo estudio sobre las dietas yoyó: el problema no es intentarlo, es seguir malas estrategias – https://theconversation.com/nuevo-estudio-sobre-las-dietas-yoyo-el-problema-no-es-intentarlo-es-seguir-malas-estrategias-283628

Accusations d’agressions sexuelles : pourquoi certains fans resteront toujours fidèles à leur idole

Source: The Conversation – in French – By Gabriel Segré, Professeur des universités – Sociologie de l’art, culture et médias, Université Paris Nanterre

Mis en cause par une trentaine de femmes pour des faits de violences sexuelles qu’il conteste et par une douzaine de plaintes déposées à son encontre, et visé par quatre enquêtes ouvertes en France et en Belgique, Patrick Bruel a annulé une partie de ses dates estivales de concert dans l’Hexagone ainsi qu’en Suisse et au Québec-Canada. Les fans de l’artiste français, amenés à réagir, sont nombreux à invoquer la présomption d’innocence et à le soutenir contre vents et marées malgré la gravité des faits mentionnés. Quels sont les mécanismes complexes de la relation qui unit les célébrités à leurs fans, et quel est l’impact d’une telle situation sur celle-ci ?


Abondamment commentée dans les médias et sur les réseaux sociaux, l’« affaire Bruel », comme il est aujourd’hui convenu de l’appeler, conduit quantité de personnalités, vedettes, artistes, journalistes, mais aussi responsables politiques, à se prononcer et « choisir son camp », du côté de l’artiste ou des plaignantes.

Elle conduit aussi et surtout le public du chanteur et notamment ses fans à réagir. S’il en est qui, la mort dans l’âme, se sentent trahis et renoncent à le voir au théâtre ou en concert, d’autres le défendent contre vents et marées. La presse se fait l’écho de cette division, largement étayée et documentée, relayant les témoignages de fans abattus et dévastés ou, au contraire, affichant un soutien inconditionnel.

Travaillant depuis de longues années sur les fans de chanteurs (Roch Voisine, Elvis Presley, Johnny Hallyday, Claude François…) et la relation à la vedette, une relation qui les engage profondément, dont la complexité, la force, l’importance m’ont souvent surpris et impressionné, je voudrais ici proposer une rapide analyse des effets et conséquences de la « chute de l’idole » pour ses fans.

La force de la relation affective

J’ai appris de mon travail de recherche auprès des fans que beaucoup d’entre eux développent avec la vedette une relation affective parfois très forte – bien qu’à sens unique. Le fan, d’abord admirateur, séduit par la voix, les chansons, l’œuvre, la beauté de l’artiste, acquiert ses disques, ses vidéos, achète livres et magazines sur la vedette, fréquente ses comptes Instagram, Facebook, Twitter…

Ce faisant, il peut devenir tout à tour collectionneur, archiviste, spécialiste, expert, exégète. Il accumule et consomme quantité d’informations sur l’œuvre comme sur l’existence privée de la vedette. Il en fait un élément central de son quotidien, rendant omniprésent (dans son domicile, sa voiture, sur son lieu de travail…), l’image, la voix, le nom, la vie de cette vedette. Celle-ci devient confidente (le fan peut lui écrire des mots envoyés ou non, s’adresser à elle, imaginer rencontres et interactions). La célébrité devient surtout un intime, un proche, un ami, un grand frère, un amoureux idéalisé, un complice, un membre du quotidien, investie affectivement, aimée, protégée, défendue… en somme un membre du foyer, dont le visage, la voix, les goûts et préférences, les épisodes biographiques, les petits détails du quotidien comme les grands fait d’armes, sont parfois mieux connus que ceux d’un parent, du fils, du frère ou du père, de l’ami d’enfance, ou du conjoint.

« Fan, ça veut dire qu’on aime, qu’on aime, qu’on aime ! On aime la personne. Enfin pour moi, je me sens reliée à Johnny, je me sens une appartenance à Johnny, à sa musique. » (Marie, entretien avec l’auteur.)

Cette relation si forte, affective, émotionnelle, sensible, éminemment subjective, peut parfois conduire à des formes de résistance, de déni et interdire la critique, la réserve, la distance et, plus encore, le rejet ou la condamnation. Elle peut appeler au contraire, et parfois entraîne en effet, le soutien inconditionnel, la dévotion sans limite, la solidarité aveugle et définitive – à l’instar des solidarités qui peuvent exister au sein de familles ou de communautés soudées, qui quelquefois protègent leurs membres auxquels des liens très forts les unissent, quelles que soient les actes ou les accusations.

La relation de dette : trahir

La relation à la vedette et l’engagement dans le club ou la communauté de fans sont sources de beaucoup de joies. Ces communautés apportent souvent aux fans aide, soutien et réconfort. Dans la relation à la vedette comme dans son œuvre, ou encore dans le club ou le groupe de pairs, les fans peuvent puiser énergie et consolation.

La célébrité apparaît souvent comme une « planche de salut », un rempart aux vicissitudes de l’existence, un important soutien moral, affectif et psychologique, une présence, un compagnon objet d’une relation idéale, un guide.

Les fans trouvent également beaucoup de réconfort dans la relation à l’œuvre, dans l’écoute des disques, des chansons de l’artiste. Ou dans la contemplation de l’image du chanteur.

« Moi, je dis toujours, dans les pires moments de la vie, quand j’ai perdu mon père, quand j’ai perdu ma mère, je pouvais écouter que Johnny, quoi. Johnny me fait du bien. Voilà. Il m’a toujours fait du bien. Dans les bons moments comme dans les mauvais. ». (Marie, entretien avec l’auteur.)

Enfin, la passion des fans pour la vedette, l’intégration d’un groupe, d’un club, d’une communauté qui lui sont consacrés constituent une source de profits divers. Beaucoup de ces fans y trouvent des objectifs, un sens à l’existence, une utilité sociale, une identité individuelle et collective, des joies, des plaisirs, des formes de solidarité et du lien social, des ressources pour l’estime de soi…

De sorte que la relation à la vedette se prolonge très souvent en une relation de gratitude et de reconnaissance. Beaucoup de fans désirent « rendre » à la vedette une partie du bonheur que celle-ci leur a procuré ou leur procure encore. Rendre, remercier, procéder au contre-don, régler une infime partie de sa dette, c’est là souvent un des devoirs, une des ambitions, un des objectifs des fans, dont certains affirment « tout devoir, jusqu’à leur vie », à la vedette.

« Je le soutiens, car il a fait beaucoup pour moi, même s’il ne le sait pas », explique ainsi Rose-Marie, une fan de Bruel, à une journaliste de BFM.

Cette obligation contractée (certes, à sens unique et de façon symbolique), ce devoir de gratitude conduisent souvent à tous les sacrifices et à une constante célébration de la vedette ou de sa mémoire. À leur tour, ils interdisent la « trahison », le dédain, la réserve, la critique ou la condamnation.

Admettre la culpabilité de la star, lui tourner le dos, c’est oublier cette obligation, abandonner ce devoir aussi bien que ce besoin de remercier et de donner à son tour.

Une raison d’être à préserver

Enfin, beaucoup de fans font de la vedette le pivot de leur existence, et de leur passion pour cette vedette, le socle de leur vie.

« Des fois, je me disais “Qu’est-ce que je préférerais ? Plus jamais de soleil ou plus jamais de Johnny ?” Je suis pas certaine de la réponse, mais j’ai l’impression que je préfère peut-être me passer de soleil, voyez un peu ! » (Marie, entretien avec l’auteur.)

Il n’est pas rare qu’existence et quotidien soient consacrés à la vedette et à cette passion. L’ensemble de la vie est parfois construit autour de celles-ci. Les activités, les gestes du quotidien, les loisirs, parfois un pan de l’activité professionnelle, les sociabilités, les échanges et rencontres, le temps libre, les voyages peuvent avoir pour objet la vedette et lui être consacrés.

Comme peuvent lui être consacrés des pans importants de la vie intime, affective, sentimentale, spirituelle, psychique, et non seulement sociale ou culturelle.

La perte de la vedette, sa disparition peut provoquer un désastre émotionnel et psychique, des formes de dépression, parfois générer un vide difficile à combler, et donner lieu à des formes de déni. La peur de la perte est grande, car la vedette, en disparaissant, peut emporter avec elle la raison d’être et de vivre de ses fans.

C’est une autre raison de la volonté farouche que l’on peut rencontrer chez ces fans de protéger cette vedette et de lutter contre sa condamnation, sa mise au ban, sa déchéance, son oubli ou sa disparition.

Un destin partagé ?

J’ajouterais en guise de conclusion que les qualités (réelles ou fantasmées) de la vedette rejaillissent sur ses fans. En protégeant son image, en promouvant sa grandeur, en célébrant sa singularité, les fans se protègent, se grandissent et se célèbrent eux-mêmes. Plus la vedette mérite d’être célébrée, plus ces fans ont de mérite de la célébrer. Plus la vedette est grande et reconnue, plus ces fans (et leur passion, leur action de protection et de célébration de la vedette) sont ou se sentent dignes d’être eux-mêmes célébrés et reconnus.

Condamner Bruel ou participer à l’entreprise de condamnation et de disqualification revient, pour ces fans, à confesser une faute – ils se sont trompés d’objet à célébrer et ont bien mal investi affect et admiration ; leur erreur est d’autant plus grande et manifeste que sont grandes et manifestes l’indignité et la culpabilité de la vedette.

Condamner la vedette revient à rompre avec son passé comme avec son présent, avec sa jeunesse, passée aux côtés de la vedette et qui a fait à cette vedette une place si importante. C’est admettre que l’engagement d’une vie est une faute davantage qu’une gloire ou une bravoure, souvent revendiquées (Cf. la fierté éprouvée et exprimée d’être fan de telle vedette, parfois contre les autres, « aveugles et ignorants »). C’est en effet, aussi, pour ces fans, abandonner ou détruire et voir disparaître, avec l’amour, l’admiration et la défense de la vedette, une identité – individuelle et collective – valorisante à leurs yeux, source d’estime de soi, et parfois construite de haute lutte, contre les sarcasmes, les disqualifications, les moqueries, les rejets, tout au long d’une vie vouée à la personnalité aimée.

The Conversation

Gabriel Segré ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Accusations d’agressions sexuelles : pourquoi certains fans resteront toujours fidèles à leur idole – https://theconversation.com/accusations-dagressions-sexuelles-pourquoi-certains-fans-resteront-toujours-fideles-a-leur-idole-284204

Dans la peau des décideurs : en Colombie, un jeu de rôle pour comprendre les arbitrages de la transition énergétique

Source: The Conversation – in French – By Annabelle Moreau Santos, Chargée de projets de recherche médiation scientifique, Agence Française de Développement (AFD)

La Colombie dispose d’un mix électrique déjà largement décarboné, mais reste très dépendante du charbon et du pétrole qui représentent 55 % de ses importations. Projet LEAF

En matière de transition énergétique, gare aux décisions hâtives et aux modélisations simplistes : chaque choix politique nécessite des arbitrages entre coûts et opportunités économiques, sociaux ou climatiques. La crise française des gilets jaunes, en 2018, en a fourni une illustration marquante. Pour mieux anticiper les points de frictions et éviter les impasses, un jeu de rôle développé en Colombie propose aux joueurs de se mettre dans la peau des ménages, des acteurs économiques ou des décideurs. Une manière originale de mieux appréhender la complexité des arbitrages à réaliser.


La transition énergétique ne se résume pas à la mise en application des politiques d’atténuation d’un État. Elle touche aussi à des enjeux de souveraineté et de stabilité économique, comme l’ont rappelé les crises énergétiques récentes, de la guerre en Ukraine à la crise actuelle au Moyen-Orient.

Pourtant, malgré des outils d’analyse toujours plus sophistiqués – modèles macroéconomiques et énergétiques, scénarios climatiques et technologiques… –, la mise en œuvre de ces transitions reste difficile. En cause : des décisions collectives complexes, impliquant des acteurs aux intérêts souvent divergents. Les responsabilités sont éclatées entre de nombreuses institutions qui peinent à se coordonner et les espaces de dialogue entre acteurs demeurent limités, fragmentés, voire inexistants.

En Colombie, un dispositif original – un jeu de stratégie conçu par des chercheurs et baptisé PowerShift – explore une autre voie : mettre les acteurs en situation afin de les aider à mieux comprendre les arbitrages propres à la transition.

Un jeu pour passer de la modélisation macroéconomique au dialogue

En Colombie, le développement d’outils de modélisation macroéconomique des transitions écologiques et de dispositifs de dialogue entre acteurs a ainsi pu montrer comment les approches quantitatives et qualitatives pouvaient se renforcer mutuellement pour accompagner la transition énergétique.

Leur mise en œuvre s’inscrit dans un contexte spécifique : le pays dispose d’un mix électrique déjà largement décarboné, reposant à près de 70 % sur l’hydroélectricité. Il s’est, par ailleurs, engagé dans des objectifs climatiques ambitieux : réduire de 51 % d’ici 2030 ses émissions de gaz à effet de serre et atteindre 19 gigawatts (GW) de capacités en énergies renouvelables non conventionnelles d’ici 2050.

Toutefois, ces objectifs coexistent avec des contraintes économiques fortes. La Colombie reste très dépendante du charbon et du pétrole, qui représentent plus de 55 % de ses exportations, tandis que l’industrie pétrolière contribue à hauteur de 8 % des recettes fiscales totales.




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Dans ce cadre, un premier outil quantitatif a été déployé : le modèle macroéconomique GEMMES, que nous avons co-développé à l’Agence française de développement (AFD), avec les institutions colombiennes.

Il vise à appuyer les autorités dans l’analyse et l’anticipation des vulnérabilités et des opportunités susceptibles d’émerger dans le cadre de la transition bas carbone, en cohérence avec les objectifs climatiques du pays. À la demande du ministère des finances et du crédit public (MHCP), GEMMES est aujourd’hui officiellement intégré aux outils de modélisation quantitative du pays.

Dans le sillage de ces travaux, un second dispositif a été développé pour répondre à une autre dimension de la transition : la mise en dialogue des acteurs clés à travers un jeu de stratégie, PowerShift, qui place les participants en situation de décision dans une économie simulée.

Fondé sur une méthodologie de modélisation d’accompagnement (démarche ComMod), le jeu les confronte à des contraintes réalistes, tout en laissant une place importante au libre arbitre. Là où les modèles quantitatifs explorent des trajectoires, la forme du jeu de stratégie permet de les incarner et d’en expérimenter collectivement les implications.

Dans la peau des acteurs de la transition : mode d’emploi du jeu PowerShift

PowerShift repose sur un principe simple : plonger les participants dans une économie fictive mais réaliste, fortement inspirée de la Colombie.

Les joueurs incarnent trois types d’acteurs, chacun disposant de ressources, d’objectifs et de contraintes propres : ménages, entreprises et gouvernement. Ils doivent produire, investir, consommer, négocier et décider de politiques publiques, tout en faisant face à des chocs économiques et climatiques.

Les joueurs sont répartis en plusieurs catégories d’acteurs.
Fourni par l’auteur

Chaque session se déroule en plusieurs tours. Les participants évoluent dans un cadre contraint : dépendance aux ressources fossiles, contraintes budgétaires de l’État, vulnérabilité des ménages, pression des marchés internationaux… Leur objectif est de concilier activité économique, bien-être social et réduction des émissions, un objectif difficile à atteindre car les décisions des uns affectent directement les autres.

Les indicateurs suivis (émissions, consommation, déforestation, commerce extérieur) permettent d’observer les effets des décisions de chaque catégorie d’acteurs d’un tour à l’autre. À partir de ces résultats, les participants peuvent ajuster leurs stratégies.

Exemple d’atelier Powershift mené en Colombie.

Ce que montrent les parties jouées : fausses bonnes idées et risques de crise économique

Neuf sessions ont été organisées à Bogotá, réunissant plus de 150 participants issus de ministères, d’institutions financières, du secteur privé et de la société civile, représentant plus de 50 institutions.

Photographie d’un plateau de jeu PowerShift.
LEAF

Cette diversité d’acteurs a permis de confronter des points de vue rarement réunis dans un même espace, faisant apparaître les interdépendances entre politiques publiques, stratégies d’entreprise et comportements des ménages. Elle a également permis d’explorer un large éventail de scénarios, révélant la complexité des dynamiques de transition et des décisions associées.

  • Dans certains cas, les choix des participants ont conduit à des crises économiques rapides. Par exemple, en adoptant des politiques fiscales visant à redistribuer les richesses, ils ont incité des entreprises à investir à l’étranger, ce qui a aggravé les déséquilibres commerciaux.

  • Dans d’autres situations, en réduisant la consommation de pétrole, ils ont parfois fragilisé les ménages, en affectant les revenus issus d’activités économiques dépendantes de cet hydrocarbure. Cela s’est traduit par une perte de souveraineté alimentaire, illustrant les risques d’une transition dite « injuste ».

  • Des dynamiques de déforestation sont également apparues comme stratégie d’adaptation des ménages face à des pressions sur leurs moyens de subsistance.

Vue d’un sablier à côté d’un symbole des enjeux pétroliers au cours d’une partie.
LEAF

Certains scénarios, enfin, ont mis en évidence des arbitrages difficiles.

  • Lors d’un épisode simulant un phénomène El Niño (un phénomène climatique associé à des sécheresses et à une baisse des précipitations), la baisse de production hydroélectrique a conduit à relancer des centrales thermiques, permettant de stabiliser l’économie à court terme, mais au prix d’un recul des objectifs climatiques.

  • Dans d’autres cas, la réduction des émissions a résulté d’un ralentissement économique plutôt que d’une transformation structurelle du système productif.

Ces expériences montrent que les trajectoires de transition ne sont ni linéaires ni optimales, mais marquées par des compromis. Elles n’impliquent pas, pour autant, uniquement des effets négatifs : le temps contraint du jeu tend surtout à faire émerger des situations critiques, tandis que des trajectoires plus viables nécessiteraient davantage d’itérations. Autrement dit : en situation réelle, les crises tendent à être moins fréquentes qu’au cours du jeu.

De la Colombie à la France et à la Suisse

L’expérimentation PowerShift ne s’est pas limitée à la Colombie. Des sessions ont également été organisées en France et en Suisse. Leur comparaison met en évidence un point central : à règles identiques, les dynamiques de décision varient. Les participants projettent dans le jeu leurs cadres institutionnels, leurs pratiques et leurs représentations du rôle de l’État.

  • En Colombie, les contraintes budgétaires liées à la dépendance aux ressources extractives ont pesé fortement sur les arbitrages ;

  • en France, les sessions ont fait davantage apparaître des formes de conflictualité sociale et de blocage ;

  • en Suisse, où les participants étaient exclusivement issus du monde académique, les échanges ont été plus analytiques et délibératifs.

Ces écarts montrent que les décisions de transition ne se déploient pas dans un cadre neutre, mais sont profondément ancrées dans des institutions, des rapports de force et des cultures de l’action publique, qui orientent les arbitrages possibles.

Passer du jeu à la vie : les leçons pour la transition

L’expérience PowerShift permet de dégager plusieurs enseignements pour l’accompagnement des transitions énergétiques. D’abord, elle souligne l’importance de la coordination entre acteurs. Les sessions montrent que l’absence de communication entre secteurs constitue un facteur central d’échec : la transition ne saurait être pilotée de manière fragmentée.

Elle met également en évidence la nécessité de mieux comprendre les représentations des différents acteurs : en prenant conscience des contraintes des autres parties prenantes, les participants développent une forme d’empathie stratégique. Les évaluations confirment cet effet : 66 % déclarent un gain significatif de compréhension, et 81 % indiquent avoir élargi leur vision des trajectoires possibles.

Un auteur du Groupe d’experts intergouvernemental sur l’évolution du climat (Giec) ayant participé à une session en Suisse est même allé jusqu’à souligner que les modélisateurs de scénarios quantitatifs gagneraient à intégrer davantage d’approches qualitatives comme celle-ci. En rendant visibles les hypothèses implicites, les valeurs et les rapports de force, le jeu complète les modèles quantitatifs.

Témoignages de participants.

Un acteur de haut niveau colombien, de son côté, résume :

« C’est une expérience sociale et de prise de décision entre acteurs d’une économie [capable de] refléter la réalité de n’importe quel pays. »

Toutefois, PowerShift présente certaines limites. Il reste exigeant à mettre en œuvre, nécessitant la mobilisation d’acteurs variés et du temps pour permettre une exploration approfondie, avec des difficultés possibles à maintenir l’engagement sur la durée. Le format des sessions, souvent limité à quelques tours de jeu, restreint l’exploration de certains scénarios.

Par ailleurs, comme toute simulation, il repose sur des choix de cadrage qui influencent les dynamiques observées et ne permet pas, à lui seul, de produire des solutions opérationnelles directement transposables dans l’action publique.

En somme, le dispositif ne fournit pas de solution clé en main. Il ne remplace ni les modèles économiques ni les analyses scientifiques. Il propose autre chose, que ces outils ne produisent pas seuls : un cadre pour confronter des points de vue, tester des options et mieux saisir les implications des choix collectifs, rendre visibles les tensions et les interdépendances qui structurent la transition énergétique.

Car, au fond, la transition ne se résume pas à une trajectoire optimale à identifier ou à une équation à résoudre. Elle se construit dans l’interaction, les compromis et les désaccords. Toute la question est alors de savoir qui est prêt à prendre place à la table des négociations… et de jouer le jeu.

The Conversation

Les auteurs ne travaillent pas, ne conseillent pas, ne possèdent pas de parts, ne reçoivent pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’ont déclaré aucune autre affiliation que leur organisme de recherche.

ref. Dans la peau des décideurs : en Colombie, un jeu de rôle pour comprendre les arbitrages de la transition énergétique – https://theconversation.com/dans-la-peau-des-decideurs-en-colombie-un-jeu-de-role-pour-comprendre-les-arbitrages-de-la-transition-energetique-282188

Angine de poitrine : pourquoi on aime une musique qu’on ne comprend pas vraiment

Source: The Conversation – in French – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

Le duo québécois Angine de poitrine en concert (CLICHEK/Angine de poitrine)

On tombe sur la vidéo presque par hasard. À l’écran apparaissent deux personnages masqués, dont l’esthétique oscille entre l’artisanal, l’absurde et l’inquiétant. Ils commencent à jouer. La guitare ne sonne pas comme on s’y attendrait. Certaines notes semblent se loger « entre » les notes que nous connaissons. La batterie avance avec précision, mais pas toujours sur des chemins prévisibles. La première réaction est la perplexité. La deuxième, la curiosité. Et, avant même de l’avoir décidé, on continue à regarder.


C’est en partie ce qui explique le phénomène récent d’Angine de poitrine, un duo expérimental québécois qui s’est particulièrement fait remarquer par sa combinaison de rock mathématique, de masques en papier mâché, d’humour surréaliste et d’utilisation de guitares microtonales. Leur passage à KEXP en a fait une curiosité virale : non seulement pour leur son, mais aussi pour la difficulté de les ranger dans une case connue.

Angine de poitrine sur KEXP.

Du point de vue de la psychologie, ce cas est fascinant, car il nous force à poser une question plus large : pourquoi peut-on aimer une musique qu’on ne sait pas, au départ, comment interpréter ?

Le cerveau n’écoute pas : il prédit

Écouter de la musique, ce n’est pas recevoir des sons passivement. Le cerveau anticipe. Il s’attend à ce qu’une mélodie continue dans une certaine direction, à ce qu’une tension harmonique se résolve, à ce qu’un rythme retombe à un moment donné. Une grande partie du plaisir musical vient de ce jeu délicat entre confirmation et surprise.

Quand tout est trop prévisible, la musique s’aplatit. Quand tout est trop imprévisible, elle bascule dans le chaos. Entre ces deux extrêmes se trouve une zone particulièrement fertile : la musique qui défie nos attentes sans pour autant les détruire. Des études sur la prévisibilité, l’incertitude et le plaisir musical ont montré que nous tendons à préférer des niveaux intermédiaires de complexité : suffisamment d’ordre pour nous orienter, suffisamment de surprise pour nous tenir en haleine.

C’est précisément ce terrain qu’Angine de poitrine occupe. Leurs chansons peuvent sembler étranges, mais elles ne sont pas du pur désordre. Il y a de la répétition, du rythme, des motifs, une énergie physique. La batterie offre une structure reconnaissable tandis que la guitare instille une sensation d’instabilité. Le résultat est un mélange psychologiquement efficace : l’auditeur ne saisit pas tout à fait ce qui se passe, mais il n’est pas non plus complètement perdu.




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Les microtons : quand une note semble être à sa place

L’utilisation des microtons mérite qu’on s’y attarde. Dans la musique occidentale courante, l’octave est divisée en douze demi-tons. Le piano, la guitare standard ou la grande majorité de la pop s’inscrivent dans ce cadre. La musique microtonale, elle, utilise des intervalles plus petits ou différents de ceux qu’impose ce système.

C’est pourquoi une guitare microtonale peut sembler, à la première écoute, « désaccordée ». Mais cette impression ne signifie pas nécessairement qu’elle l’est. Elle signifie que le cerveau compare ce qu’il entend à ses schémas antérieurs. Si une note atterrit là où notre oreille – façonnée par notre culture – ne l’attendait pas, nous l’interprétons comme une bizarrerie, une tension, voire une erreur.

Couverture de l’album Vol. II d’Angine de poitrine
Couverture de l’album Vol. II d’Angine de poitrine.
(Angine de poitrine)

Les recherches sur l’apprentissage d’intervalles microtonaux inconnus montrent que des auditeurs occidentaux sans formation particulière peuvent se familiariser avec des gammes inhabituelles par la simple exposition. Ce qui semble étrange au départ devient progressivement intelligible. Le goût musical n’est pas qu’une préférence spontanée : c’est aussi un apprentissage perceptif.

D’autres travaux sur les accords microtonaux peu familiers suggèrent que notre réponse affective à ces sons dépend autant de propriétés acoustiques internes que d’habitudes acquises par exposition culturelle. Autrement dit : nous n’écoutons pas seulement avec nos oreilles, mais aussi avec toute l’histoire musicale que nous portons en nous.

Le malaise peut aussi être esthétique

Ce qu’Angine de poitrine ne fait pas, c’est éliminer le malaise. Ce qu’ils font, c’est l’intégrer à l’expérience. Cela rejoint une idée centrale de la psychologie de la musique : le plaisir ne vient pas uniquement de ce qui est agréable, doux ou familier. Il peut aussi naître de la tension, de l’ambiguïté et de la résolution partielle d’une attente.

La musique active des circuits cérébraux liés à la récompense, à l’anticipation et à l’émotion. Des études en neurosciences sur le plaisir musical et la prédiction ont suggéré que ce plaisir surgit quand le cerveau détecte des schémas, génère des attentes, puis constate des écarts significatifs par rapport à celles-ci. Ce n’est pas seulement ce qui sonne bien qui nous touche ; c’est ce qui nous oblige à réorganiser ce que nous nous attendions à entendre.

C’est pourquoi une proposition apparemment difficile peut devenir addictive. La première écoute produit l’étrangeté. La deuxième permet de reconnaître un motif. La troisième transforme l’étrange en familier. Au fil de ce parcours, le cerveau récolte une petite récompense : il a partiellement apprivoisé le chaos.

Voir change ce qu’on entend

Angine de poitrine, ce n’est pas que du son. C’est de l’image, du geste, du théâtre, des personnages. Les masques, l’esthétique absurde et la présence physique des interprètes influencent la façon dont on écoute. Des recherches sur la perception musicale en tant qu’expérience multisensorielle ont montré que les éléments visuels d’une performance ne sont pas de simples ornements : ils peuvent modifier l’interprétation émotionnelle, structurelle et esthétique de ce qu’on entend.

Dessin d’une personne portant un masque blanc à pois noirs et d’une autre portant un masque noir à pois blancs
L’apparence de ses membres fait partie de son attrait.
Angine de poitrine

Ce n’est pas pareil d’écouter une pièce microtonale hors contexte et de la voir jouée par deux personnages qui semblent sortir tout droit d’un rituel à la fois comique et artisanal. L’image peut servir de clé de lecture : ce n’est pas une erreur, c’est un jeu ; ce n’est pas de la maladresse, c’est de l’intention ; ce n’est pas du bruit, c’est un langage. Plusieurs études ont d’ailleurs montré que l’information visuelle influe sur l’évaluation d’une performance musicale et que les gestes de l’interprète modifient ce que nous percevons.

Dans un écosystème saturé de musique lisse et de recommandations algorithmiques, cette dimension physique et scénique prend tout son sens. Angine de poitrine semble offrir quelque chose de difficile à simuler : la présence, la singularité manuelle, l’imperfection signifiante. Le sentiment que « ça se passe vraiment » fait partie de l’attrait, surtout dans un contexte où la musique en direct reste associée à l’authenticité, à l’identité et au lien social.

L’étrange comme refuge face au prévisible

Le succès d’Angine de poitrine tient peut-être à un paradoxe contemporain. Jamais nous n’avons eu accès à autant de musique et, pourtant, une grande partie de l’expérience culturelle semble de plus en plus optimisée pour ne pas déranger. Les plates-formes apprennent nos préférences et nous renvoient des variations de ce que nous aimions déjà. La surprise est administrée à dose homéopathique.

C’est pourquoi, quand surgit quelque chose qui brise le moule sans renoncer au rythme, à la virtuosité et à l’humour, le cerveau dresse l’oreille. Non pas parce qu’il comprend immédiatement le code, mais parce qu’il détecte une occasion d’exploration.

Angine de poitrine ne prouve pas que tout ce qui est étrange finit par plaire. La singularité seule ne suffit pas. Ce qui fonctionne, c’est la combinaison : déviation et structure, microtons et groove, masque et précision, déconcertement et plaisir physique.

Au fond, ce n’est peut-être pas malgré notre incompréhension que nous aimons cette musique. C’est grâce à elle.

La Conversation Canada

Oliver Serrano León ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Angine de poitrine : pourquoi on aime une musique qu’on ne comprend pas vraiment – https://theconversation.com/angine-de-poitrine-pourquoi-on-aime-une-musique-quon-ne-comprend-pas-vraiment-284366