¿Cuál era la condición física de Michael Jackson en los últimos días de su vida?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Miguel Soriano del Castillo, Catedrático de Nutrición y Bromatología del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universitat de València

Fotograma del documental _This is it_. Sony Pictures

El estreno de Michael, el biopic dirigido por Antoine Fuqua y protagonizado por Jaafar Jackson, vuelve a poner en circulación una vieja pregunta: ¿cómo era, en términos físicos, la vida cotidiana de Michael Jackson?

Ahora que el cine revive su legado, vuelve el interés por examinar no solo el mito, sino los datos concretos sobre su condición física en sus últimos años; especialmente en 2009, el año que falleció, cuando preparaba su regreso con la gira This Is It. En ese momento, el artista mantenía una actividad física exigente y una dieta relativamente ligera, al tiempo que vivía con una calidad de vida profundamente deteriorada por el insomnio y la medicalización.

No era un hombre incapacitado

La primera paradoja radica en la condición física de Michael Jackson en 2009: no era, según la documentación forense, un hombre ni mucho menos incapacitado. La autopsia oficial, realizada tras su muerte el 25 de junio de ese año, reveló que medía aproximadamente 175 centímetros y pesaba 62 kilogramos, un índice de masa corporal de alrededor de 20,1 kg/m², dentro de un rango considerado aceptable.

El documento no afirma que sus músculos mostraran, por ejemplo, “signos de vigor” ni diagnostica de forma expresa desnutrición severa. Lo que sí indica es que presentaba muy poca grasa subcutánea abdominal, un dato consistente con una complexión delgada y con escasas reservas grasas. En otras palabras, la autopsia no dibuja un cuerpo atlético en sentido estricto, pero tampoco uno terminal o físicamente colapsado.

El informe forense del Condado de Los Ángeles fue aún más revelador: Michael estaba realizando “ejercicio extenuante diario” como preparación para los conciertos programados. Este detalle no es anécdota: refleja una rutina que incluía horas de baile, coreografías complejas y acondicionamiento cardiovascular. Esto coincide perfectamente con los que se puede ver en los ensayos de This Is It, capturados en vídeo y presenciados por el equipo técnico.

La agencia Reuters y otros medios recogieron el testimonio del fotógrafo Kevin Mazur, quien lo retrató menos de 48 horas antes de su muerte. Mazur lo describió como alguien “lleno de energía”, alegre, interactuando con el equipo y capaz de ensayar alrededor de una docena de canciones con pausas breves solo para ajustar música, luces y coreografía. Las imágenes de esos días muestran a un artista delgado, sí, pero funcional: saltos precisos, giros rápidos y una presencia escénica intacta.

Estimaciones sobre su gasto energético diario

¿Qué significa eso en términos de gasto energético? Aunque no hay datos personalizados, sí es posible hacer una estimación con herramientas estándar de fisiología del ejercicio. El Compendio de Actividades Físicas asigna 5 MET (1 MET equivale al consumo de aproximadamente 1 kcal por hora por cada kg de peso corporal) a ensayos de danza moderna, jazz o ballet, y 6,8 MET a actuaciones escénicas vigorosas.

Un cálculo razonable situaría su gasto energético total diario en torno a 2 800-3 100 kcal durante los ensayos intensos de This Is It. Esa cifra resulta de sumar un gasto basal de unas 1 470 kcal, el coste de la actividad física derivado de varias horas de ensayo y baile, y la termogénesis inducida por la dieta, estimada en torno al 10 % del gasto basal. En jornadas especialmente exigentes, el total podría acercarse incluso a 3 300 kcal diarias.

Dieta: controlada pero insuficiente para el desgaste

Su dieta no parece la de una estrella entregada al exceso en esos últimos meses, sino la de alguien intentando llegar ligero y funcional a los ensayos. Su chef personal, Kai Chase, explicó que el patrón general era de comidas frescas y relativamente ligeras. La mañana podía empezar con bebidas de fruta, granola y almendra, mientras que para el almuerzo o la cena había ensaladas con pollo o atún sellado. La lógica parecía clara: sostener la energía sin pesadez.

Ese tipo de alimentación encaja con las exigencias de un artista cuyo instrumento de trabajo era el cuerpo entero. El estilo de Jackson dependía de coordinación, velocidad, control postural y resistencia para cada uno de los conciertos. En ese contexto, una dieta ligera podía favorecer el rendimiento escénico, aunque también resulta plausible que fuera escasa para compensar un gasto físico elevado y una situación de estrés crónico.

La autopsia añade aquí un matiz importante. No permite reconstruir una última comida concreta ni identifica alimentos específicos en el estómago. Lo que sí indica es que el estómago contenía 70 gramos de líquido oscuro, y que en el contenido gástrico se detectaron propofol y lidocaína, dos compuestos anestésicos.

La fragilidad subyacente: insomnio y medicalización

Aquí emerge la segunda paradoja, más trágica: tener capacidad de rendimiento no equivale a tener buena calidad de vida. La misma documentación forense que muestra a Jackson en preparación física activa también apunta a una situación profundamente precaria. Según el relato del forense del condado de Los Ángeles, que recoge información comunicada por el detective S. Smith, Jackson se había quejado de deshidratación y de no poder dormir. La autopsia concluyó que la causa de la muerte fue intoxicación aguda por propofol, a lo que contribuyó la ingesta de benzodiacepinas.

Conviene ser precisos. La autopsia no demuestra anatómicamente una “deshidratación severa”, pero sí incorpora la referencia a esa queja en la reconstrucción del caso. Y tampoco habla de un estómago en el que solo hubiera píldoras, sino de un líquido oscuro con presencia de propofol y lidocaína. Más que una escena de alimentación normal o recuperación física, el informe dibuja la de un organismo profundamente atravesado por la farmacología.

El contraste es clave para entender su final. Un individuo puede conservar aptitud escénica (bailar, ensayar, responder al trabajo coreográfico) y, al mismo tiempo, vivir en un equilibrio muy precario. Michael parecía mantener la capacidad de ejecutar trabajo físico exigente, pero estaba atrapado en una dinámica de insomnio, dependencia farmacológica y presión profesional que comprometía seriamente su bienestar.

El cuerpo detrás del mito

Visto así, el caso del cantante ofrece una lección más amplia sobre la cultura del rendimiento. Tendemos a interpretar delgadez, energía visible y capacidad de trabajo como sinónimos de salud. Pero la evidencia disponible sugiere algo más complejo: en sus últimos días convivían un entrenamiento real, una alimentación aparentemente cuidada y una fragilidad extrema. El cuerpo que aún podía ensayar era también un cuerpo sometido a una gran tensión fisiológica y farmacológica.

Por eso, quizá el dato más revelador no sea cuántas calorías gastaba Michael Jackson al día, una cifra que nunca conoceremos con precisión, sino la contradicción que encarnaba: la de un artista capaz de parecer invencible mientras su vida cotidiana se volvía cada vez más vulnerable. Su caso recuerda que la excelencia escénica puede convivir con un deterioro silencioso.

Y es que, a veces, el mito oculta precisamente aquello que más convendría mirar: el coste humano de sostener durante décadas la obligación de ser extraordinario.

The Conversation

José Miguel Soriano del Castillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Cuál era la condición física de Michael Jackson en los últimos días de su vida? – https://theconversation.com/cual-era-la-condicion-fisica-de-michael-jackson-en-los-ultimos-dias-de-su-vida-281059

Quand la recherche musicale fait revivre une œuvre perdue d’Ethel Smyth

Source: The Conversation – in French – By Christopher Wiley, Head of Music and Media; School of Arts, Humanities and Creative Industries, University of Surrey

Ethel Smyth en 1922. George Grantham Bain Collection/Créé avec Canva

Et si une œuvre disparue depuis près d’un siècle pouvait être recréée à partir d’un simple enregistrement ? C’est le pari qu’a relevé un chercheur en ressuscitant Hot Potatoes, une fanfare méconnue de la compositrice britannique Ethel Smyth.


Comme une voix venue d’outre-tombe, une pièce méconnue du patrimoine culturel du Surrey (au sud-est de l’Angleterre, ndlr) a retenti à nouveau : une courte fanfare cérémonielle pour cuivres composée par Dame Ethel Smyth (1858-1944).

Les fanfares sont de brèves pièces entraînantes destinées aux instruments à vent de la famille des cuivres. À la fin de l’année dernière, on m’a demandé d’en trouver une pour ouvrir la cérémonie d’installation du nouveau vice-chancelier de l’Université du Surrey près de Londres, le professeur Stephen Jarvis. Comme il s’agissait d’un événement public très en vue, réunissant des centaines de personnes dans la cathédrale de Guildford, je savais qu’il me fallait une pièce musicale vraiment singulière.

Plutôt que de commander une œuvre nouvelle, j’ai choisi de faire revivre une pièce oubliée : la fanfare Hot Potatoes de Smyth. J’ai retenu cette compositrice en raison de ses liens étroits avec la région et avec la recherche universitaire.

En 1930, huit des compositeurs britanniques les plus en vue de l’époque furent en effet sollicités pour écrire de courtes fanfares destinées au Musicians’ Benevolent Fund. Chacune durait environ une minute.

La dernière pièce de la série fut écrite par Smyth. Elle s’inspirait d’un appel de clairon militaire, officiellement intitulé Men’s Meal (Second call). Ce signal indiquait aux soldats qu’ils pouvaient venir chercher leurs rations. Il est plus connu sous le nom familier de Hot Potatoes ou « patates chaudes ». Les soldats y avaient ajouté des paroles humoristiques pour en retenir le sens : « Oh, pick ‘em up, pick ‘em up, hot potatoes… » (« Oh, ramassez-les, ramassez-les, les patates chaudes… »)

Il y a quelques mois, le département de musique et médias de l’université a organisé un grand concert symphonique dans le cadre du festival national annuel Being Human Festival. Plusieurs œuvres de Smyth y ont été données pour la première fois au Royaume-Uni à l’époque contemporaine.

Un an plus tôt, l’université avait installé une statue miniature de Smyth devant sa principale salle de concert sur le campus. Il s’agit d’une version réduite de celle, plus grande que nature, inaugurée en 2022 à quelques kilomètres de là, dans le centre de sa ville natale, Woking (dans le Surrey, ndlr). Mes recherches ont montré qu’il s’agit de l’une des rares statues au monde de compositrice.

Au sommet de l’impressionnante production musicale de Smyth figurent ses six opéras, dont plusieurs sont disponibles dans des enregistrements modernes. Parmi ses autres œuvres figurent une messe (mise en musique de la liturgie chrétienne), un concerto pour violon et cor, ainsi qu’une œuvre hybride entre symphonie et oratorio. Smyth est largement reconnue en Grande-Bretagne et à l’international comme l’une des plus grandes compositrices de l’histoire de la musique classique. Elle fut aussi une suffragette influente et l’autrice de nombreux écrits autobiographiques et essais.

Pourtant, on sait très peu de choses sur sa fanfare Hot Potatoes, peut-être la dernière pièce qu’elle ait jamais écrite, si ce n’est son instrumentation d’origine : quatre trompettes, quatre trombones et des percussions. Elle est rarement mentionnée dans la littérature consacrée à Smyth.

Composée alors qu’elle avait plus de 70 ans, qu’elle souffrait de graves troubles de l’audition et que les plus grands succès de sa carrière étaient derrière elle, la partition a longtemps été considérée comme perdue. Pendant des années, on a ainsi supposé que l’œuvre ne pourrait plus jamais être jouée.

Cette pièce devait avoir une signification particulière pour Smyth. Elle connaissait les fanfares militaires depuis l’enfance, son père ayant atteint le grade de major général dans l’armée britannique. Elle reprit d’ailleurs ces appels de clairon dans sa propre musique : le thème de Hot Potatoes était déjà apparu dans l’ouverture de son dernier opéra, Entente cordiale, dont on a célébré l’an dernier le centenaire de la première représentation.

Si l’utilisation de Hot Potatoes n’est pas explicitement mentionnée dans la partition vocale publiée de l’opéra, un exemplaire d’archive aujourd’hui conservé dans la Beecham Collection de l’Université de Sheffield comporte une annotation manuscrite de Smyth elle-même indiquant son origine.

La fanfare de Smyth, du passé au présent

La fanfare Hot Potatoes de Smyth ainsi que les autres pièces de la série furent jouées par des élèves de la Royal Military School of Music (les musiciens de Kneller Hall) sous la direction du capitaine H. E. Adkins à l’occasion du dîner annuel du Musicians’ Benevolent Fund, organisé le 8 mai 1930 au Savoy Hotel de Londres – date qui coïncide, par hasard, avec celle de la mort de Smyth, quatorze ans plus tard. Le concert fut retransmis à la radio sur le programme national de la BBC.

Les fanfares furent rejouées à quelques reprises lors de cet événement annuel, notamment le jour de la Sainte-Cécile, le 22 novembre 1932. En juin de la même année, elles avaient aussi été enregistrées par le même ensemble pour une publication chez His Master’s Voice (HMV, « La voix de son maître ») prévue à la fin de l’année. Mais ensuite, toute trace de l’œuvre disparut.

Cependant, l’enregistrement HMV des fanfares m’a fourni suffisamment d’informations pour transcrire et arranger la pièce de Smyth pour les étudiants de la fanfare de cuivres de l’Université du Surrey. Je me suis appuyé sur ma connaissance plus large de l’œuvre de la compositrice, qui s’est révélée précieuse pour identifier et reproduire certaines de ses particularités musicales.

L’idée m’est venue au cours de recherches menées pour mon dernier article scientifique, qui prend l’une des premières pièces pour piano de Smyth comme étude de cas pour explorer les questions d’interprétation et d’exécution musicale dans la redécouverte d’œuvres « perdues » de compositeurs historiquement marginalisés.

Plutôt qu’une transcription fidèle, j’ai modifié l’orchestration – même si, en clin d’œil à la version originale, j’ai conservé quatre parties distinctes de trompette – ainsi que la tonalité de la pièce. J’ai même entièrement recomposé une mesure.

Certains détails étaient tout simplement trop difficiles à distinguer sur l’enregistrement, tandis que d’autres se prêtaient naturellement à l’enrichissement (et j’étais convaincu qu’il y avait au moins une fausse note). Ce projet montre néanmoins les possibilités créatives qu’offre la redécouverte de musiques que l’on croyait perdues, et l’intérêt de remettre en lumière des œuvres d’artistes longtemps négligés.

De manière tout à fait appropriée, puisque la cérémonie d’installation du professeur Jarvis était un événement officiel de l’université, j’ai dirigé le Brass Ensemble (fanfare de cuivres) depuis le balcon sud de la cathédrale, vêtu de ma toge doctorale – comme le faisait Smyth elle-même lorsqu’elle dirigeait. J’espère que cette redécouverte de la fanfare Hot Potatoes de Smyth donnera désormais lieu à de nouvelles interprétations.

The Conversation

Christopher Wiley ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Quand la recherche musicale fait revivre une œuvre perdue d’Ethel Smyth – https://theconversation.com/quand-la-recherche-musicale-fait-revivre-une-oeuvre-perdue-dethel-smyth-277045

La découverte d’un médaillon en forme de cœur pourrait changer notre regard sur le cruel Henri VIII

Source: The Conversation – in French – By James Clark, Professor of Medieval History, University of Exeter

C’est le mot « Toujours », en (vieux) français dans le texte, qui donne à ce médaillon une valeur toute particulière. Walker Art Gallery/Wiki Commons/Birmingham Museums Trust

Un médaillon en forme de cœur portant les initiales d’Henri VIII et de Catherine d’Aragon vient d’entrer dans les collections du British Museum. Au-delà de sa valeur exceptionnelle, ce bijou pourrait éclairer les premières années, encore heureuses, d’un mariage qui allait bouleverser l’histoire religieuse de l’Angleterre.


Henri VIII, roi d’Angleterre et d’Irlande de 1509 à 1547, n’est pas resté dans les annales comme un mari aimant. Tout écolier anglais peut d’ailleurs réciter le sort peu enviable de la plupart de ses six épouses grâce à la comptine, « Divorced, beheaded, died, divorced, beheaded, survived » (« Divorcée, décapitée, morte, divorcée, décapitée, survivante »). Mais si la fin de ses relations est célèbre, on en sait beaucoup moins sur Henri lorsqu’il était amoureux.

Aujourd’hui, un bijou rare, découvert par un amateur à l’aide d’un détecteur de métaux et acquis par le British Museum pour les collections nationales, pourrait nous amener à reconsidérer la réputation brutale du roi.

Le bijou

Le bijou est un médaillon en forme de cœur, façonné en or et décoré d’émail rouge, attaché à une chaîne en or massif. Sur sa face figurent les lettres H et K, entrelacées avec les tiges d’une rose Tudor et d’une grenade, symbole de la famille royale espagnole de Catherine. Il est donc raisonnable d’en déduire que ce remarquable bijou était directement lié à Henri et à la première de ses épouses, Catherine d’Aragon.

Catherine fut au cœur du premier divorce d’Henri, et sans doute du plus retentissant, celui qui précipita la rupture de l’Angleterre avec la papauté romaine et la transformation religieuse que nous appelons aujourd’hui la Réforme. À bien des égards, Catherine fut aussi l’épouse qui subit le plus durement la cruauté personnelle du roi. Bien qu’elle n’ait pas été exécutée, elle fut pratiquement assignée à résidence, et passa une grande partie de ce temps séparée de son unique enfant survivant, Marie Tudor.

Si ce bijou appartenait bien à Henri et à Catherine, il pourrait constituer un indice précieux d’un tout autre moment de leur relation – et révéler une facette du caractère du roi que sa conduite, par ailleurs tristement célèbre, a complètement éclipsée.

À la fin du Moyen Âge et à la Renaissance, les monogrammes – c’est-à-dire l’entrelacement des initiales de deux personnes – étaient souvent créés pour symboliser un lien personnel, un mariage, des fiançailles ou même une liaison secrète. Sous les lettres entrelacées du médaillon figure en français le mot « Toujo(u)rs » – un choix naturel pour un serment entre amoureux. Ici, les lettres renvoient très probablement à Henri et à Catherine.

Les décorations du médaillon confirment ce lien royal. Le symbole de la grenade fit son entrée dans la vie publique anglaise après l’union des deux familles par le mariage d’Henri. Les décorations du couronnement du roi et de la reine, à peine deux semaines après le mariage, associaient la rose Tudor à des grenades dorées. Une gravure sur bois publiée pour marquer l’événement sous le titre A Joyful Meditation to All England montrait Henri et Catherine recevant leurs couronnes sous un double dais formé par la fleur et le fruit.

Les comptes des textiles commandés pour la maison royale mentionnent des dizaines de pièces différentes – tapisseries d’ameublement, tentures murales et livrées portées par les serviteurs – toutes ornées de manière bien visible de la rose et de la grenade dans leur décor.

Des motifs de dévotion

La décoration du pendentif en forme de cœur trouve des échos dans une grande variété d’objets décrits dans les inventaires de la maison d’Henri. On y trouve notamment la description d’une bourse en satin cramoisi, d’un étui à peigne en argent et d’une coupe sur pied, tous marqués de la même manière pour le roi et sa reine. Ces listes mentionnent également plusieurs colliers – désignés par le terme archaïque carkeynes – ornés de pendentifs en forme de cœur. L’un d’eux, de couleur bleue, porte lui aussi l’inscription « H K ».

Henri dépensait des sommes considérables pour des meubles et des objets d’apparat somptueux, réalisés sur mesure, mais les bijoux constituaient sa plus grande passion. Les inventaires de ses bijoux et de sa vaisselle précieuse (objets d’art en or, en vermeil et en argent) établis peu après sa mort en janvier 1547 recensent près de 4 000 pièces individuelles.

Portrait d’Henri VIII portant d’imposants bijoux en or
Les bijoux comptaient parmi les grandes passions d’Henri VIII. Portrait de Hans Holbein le Jeune (vers 1497-1543).
Thyssen-Bornemisza Museum

Ce pendentif Tudor en forme de cœur est un exemple frappant de ce niveau d’investissement. Le médaillon lui-même est façonné en or 24 carats ; la large chaîne retrouvée avec lui est lourde et longue – plus de 40 centimètres. Ensemble, ils représentent 317 grammes de métal précieux. Il n’est donc pas étonnant que le British Museum l’ait acquis pour 3,5 millions de livres (un peu plus de 4 millions d’euros).

Les comptes de sa garde-robe – qui consignent l’achat de pièces décoratives pour la maison royale – montrent clairement qu’Henri s’intéressait personnellement aux matériaux et au design de nombre de ces objets. Des dessins de bijoux réalisés par Hans Holbein, l’artiste allemand actif à la cour d’Henri dans les années 1530 et au début des années 1540, pourraient provenir d’un recueil de modèles destiné à orienter, ou à illustrer, l’évolution des goûts du roi. Il achetait ou faisait réaliser ces pièces non seulement pour sa propre maison, mais aussi comme cadeaux – souvent offerts à l’occasion du Nouvel An – à des membres de sa famille ou à des favoris de la cour.

Cela pourrait bien être l’origine du pendentif en forme de cœur. Depuis sa découverte, on l’a souvent associé au grand faste organisé par Henri dans le Pas-de-Calais en 1520, le fameux Camp du Drap d’or. Henri, Catherine et leur cour y mirent en scène une rencontre cérémonielle avec le roi de France, François Ier. De très nombreux objets provenant des résidences et des chapelles royales furent alors transportés de l’autre côté de la Manche pour décorer le palais de toile et les tentes dressés pour l’occasion.

Un message personnel

Mais je suis convaincu que le message transmis par ce bijou n’est pas politique, mais profondément personnel. Ce « Toujours » semble être l’expression d’un attachement profond et sincère. Une autre hypothèse, avancée par le British Museum lui-même, est que le pendentif aurait été réalisé pour marquer les fiançailles, en octobre 1518, de l’unique enfant survivante de Catherine, la princesse Marie, alors âgée de 2 ans, avec l’héritier du trône de France, François de France, âgé de 8 mois.

Mais, compte tenu de la présence d’objets au design très similaire dans la maison royale peu après le mariage et le couronnement, il est possible que ce pendentif remonte plutôt aux premières années de la relation entre Henri et Catherine. Au début, la reine et le roi étaient inséparables. Cinq mois après le mariage, elle était enceinte. Elle le fut à nouveau chaque année de 1510 à 1513. L’une de ces grossesses donna naissance à un fils, nommé Henri, en janvier 1511. Il vécut un peu moins de 2 mois.

À la fin de l’été de cette même année, le roi et la reine entreprirent une tournée à travers la vallée de la Tamise, puis jusque dans les Midlands de l’Ouest, qui s’acheva à Warwick. C’est dans un champ du Warwickshire que le prospecteur amateur Charlie Clarke mit au jour le pendentif en forme de cœur en 2019.

Se pourrait-il qu’un bijou offert à Catherine à l’occasion de la naissance de l’héritier mâle tant attendu d’Henri ait été emporté avec la suite royale – comme tant de leurs bijoux personnels l’étaient – lors de ce déplacement vers le Warwickshire ? Cette hypothèse confère au médaillon une dimension qui tient alors non seulement du romantisme, mais aussi de la tragédie. Peut-être, en effet, Catherine s’est-elle alors séparée d’un présent qui était déjà, en quelque sorte, un memento mori de son fils disparu.

The Conversation

James Clark a reçu des financements de UKRI-AHRC.

ref. La découverte d’un médaillon en forme de cœur pourrait changer notre regard sur le cruel Henri VIII – https://theconversation.com/la-decouverte-dun-medaillon-en-forme-de-coeur-pourrait-changer-notre-regard-sur-le-cruel-henri-viii-277046

Seeds of Exchange reveals the untold story of the plant collectors who connected Canton and London in the 18th century

Source: The Conversation – UK – By Max Carter-Brown, Lecturer, Evolutionary Biology, Anglia Ruskin University

I’m standing in a deconsecrated church in Lambeth, London, now home to the Garden Museum. It has a warm and pleasant atmosphere, undeniably a church, yet far removed from its original purpose. On this quiet Friday morning, I met with Emma House, the lead curator of the exhibition Seeds of Exchange. We wandered around the exhibit, which is deceptively small for the scale of its story, crossing continents, cultures, languages and time.

Seeds of Exchange: Canton and London in the 1700s tells a story that is both local and global. It centres on a short-lived but remarkable collaboration between an English botanist and his Chinese counterparts. Together, they documented the plant life of Canton (modern-day Guangzhou) at a time when global trade, science and empires were becoming deeply entangled.

As a botanist I love plants – but this story is not only about them. It is about how knowledge moves, and who gets to shape it.

A meeting point of worlds

The late 18th century was a period of carefully controlled contact between China and Europe. Trade with the outside world in China was tightly regulated through licensed Chinese merchant guilds. Foreign traders could only operate during part of the year.

Into this system stepped John Bradby Blake, an employee of the British East India Company in the early 18th century.

Like many of his contemporaries, he was not simply a passive participant in imperial trade. The East India Company allowed its agents a degree of personal enterprise, and Blake – having suffered substantial financial losses in tea speculation – turned to botany as both scientific pursuit and potential commercial opportunity.

His project was ambitious: to catalogue Chinese plants in what he envisioned as a Compleat Chinensis (Complete Chinese). Between 1766 and his death in 1773, he commissioned over 150 botanical paintings, documenting many now familiar plant species, ranging from citrus fruits and camellias to turmeric and jackfruit.

What makes this project particularly striking is that it was not a solitary European endeavour. Blake relied heavily on local expertise, as he did not know the flora and did not speak Mandarin.

Mak Sau, a Chinese artist about whom we know very little, produced detailed botanical paintings that form the heart of this exhibition. These works are scientific documents, capturing colour and structure with fantastic precision. But they are also superb works of art and form a historically important collection of early botanically accurate watercolour paintings in China.

Local knowledge also helped identify species that Blake himself struggled to classify. Whang At Tong, Blake’s Chinese counterpart, was a merchant operating within the Canton system. He facilitated the exchange of materials, knowledge and, eventually, the transport of Blake’s collection back to Britain. The endeavour was, in many ways, a shared intellectual enterprise. Yet it unfolded within an unequal system shaped by imperial trade and economic ambition.

Plants, profit and empire

Many of the plants depicted in Seeds of Exchange hint at the economic motivations behind Blake’s work. Tea, citrus species, indigo and medicinal plants all had clear commercial value. Others carried horticultural interest that would later shape European gardens.

Blake cultivated plants in his own Canton garden, experimenting with germination and growth and sending seeds back to Britain. These botanical exchanges contributed, in small but significant ways, to breaking China’s monopoly on certain crops – particularly tea.

Yet the paintings also reveal a more complex botanical landscape. Some species, such as chilli peppers and watermelon, were themselves recent arrivals to China (from South America and Africa respectively).

Even in the 18th century, plant distributions were already shaped by centuries of movement across continents. Today, the movement of plants across the world is on a monumental scale, driven by crops and horticulture. The exhibition quietly reminds us that “native” and “foreign” are often more fluid categories than we assume.

Blake’s death in 1773 brought the project to an abrupt halt. He never completed his Compleat Chinensis, and his work might easily have faded into obscurity. Instead, Whang At Tong transported the collection to London, where it entered elite scientific circles. He is one of the earliest recorded Chinese people to have come to the UK. He met figures such as Joseph Banks, a central figure in British botany, and even sat for a portrait by Joshua Reynolds – a rare moment of cultural visibility for a Chinese visitor in 18th-century Britain. The Reynolds painting is in the exhibit, and exquisitely done.

Despite this, the botanical paintings themselves were never fully integrated into British science. Seeds were sent to Kew, but the visual and documentary archive remained largely unused. Over time, the collection became physically divided. One portion, consisting of manuscripts and herbals (historical books describing the properties of plants), ended up, remarkably, in Canterbury Cathedral. Another, including many of the paintings, passed through the art market before being acquired by the Oak Spring Garden Foundation in Virginia in the 20th century.

Reuniting the past

Seeds of Exchange marks the first time these materials have been brought back together in over two centuries. Seen together, the paintings, herbals, notebooks and maps reveal a network of knowledge production that was collaborative, cross-cultural and contingent. Recent research indicates that Blake mainly used texts by European authors for identification, however the exhibition shows Chinese floras which were used in the work, highlighting the depth of local contribution.

The exhibition also sits within a broader historical context. The Garden Museum itself stands on land once associated with early botanical collectors such as the Tradescant family, whose 17th-century “cabinet of curiosities” helped lay the foundations of modern museums. From these early collections to Blake’s Canton project, the gathering and classification of plants has long been tied to exploration, trade and power.

What, then, does this exhibition tell us today? At one level, it is a fascinating story of early globalisation. But it also prompts deeper questions about authorship and recognition. Projects like Blake’s were often framed as European achievements, even when they depended heavily on local knowledge and labour.

Seeds of Exchange highlights that scientific knowledge has almost always been co-produced, even if the historical record has not always acknowledged this. In an era when museums and collections are increasingly reexamining their collections and histories, this matters.

Like the plants it documents, the knowledge this exhibition represents has travelled, adapted and taken root in new contexts – and we are still tracing its origins more than two centuries on.

Seeds of Exchange: Canton and London in the 1700s is at the Garden Museum in London until May 10 2026

The Conversation

Max Carter-Brown does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Seeds of Exchange reveals the untold story of the plant collectors who connected Canton and London in the 18th century – https://theconversation.com/seeds-of-exchange-reveals-the-untold-story-of-the-plant-collectors-who-connected-canton-and-london-in-the-18th-century-281057

La frontière, épicentre historique du conflit entre l’Afghanistan et le Pakistan

Source: The Conversation – France in French (3) – By Romélien Colavitti, Professeur des universités en droit public, Université de Tours

Coup de projecteur sur la frontière afghano-pakistanaise, où de nouveaux heurts se sont produits au début de l’année 2026.
R. Colavitti, Fourni par l’auteur

La guerre qui a éclaté le 21 février 2026 entre l’Afghanistan et le Pakistan s’inscrit dans la continuité d’un conflit ancien, dont les principales racines remontent à l’époque coloniale et à la délimitation en 1893 de la frontière commune, la fameuse « ligne Durand ».


Au XIXᵉ siècle, le « Grand Jeu » oppose en Asie centrale l’Empire russe, dont le contrôle s’étend jusqu’à l’ancien Turkestan – en terres turkmènes, ouzbèkes et tadjikes – à la couronne britannique, dont la frontière occidentale du British Raj (les Indes britanniques) inclut le fleuve Indus, dans l’actuel Pakistan.

Entre ces deux zones, l’émirat d’Afghanistan était déjà un État souverain, en partie tribal, multi-ethnique à dominante pachtoune et multi-confessionnel à majorité musulmane sunnite.

Une zone tampon entre Empire russe et British Raj

Pour les Britanniques, l’Afghanistan représentait une zone tampon face au risque expansionniste russe. Ils cherchèrent donc à s’en emparer par la force à trois reprises : entre 1839 et 1842, entre 1878 et 1880, puis entre mai et août 1919.

La première guerre (1839-1842) fut remportée par les Afghans sous la direction de Dost Mohammed Khan à la suite de la bataille de Gandamak, en janvier 1842. Les troupes britanniques engagées, ainsi que leurs supplétifs indiens, furent décimés. Seul le docteur William Brydon, chirurgien des armées, survécut et parvint à s’enfuir à dos de cheval pour rapporter son récit aux autorités postées à Jalalabad, dans la province de Nangarhar.

Vestiges d’une armée, peint par Elizabeth Thompson en 1879, représente William Brydon, exténué, revenant du désastre de Gandamak.

La deuxième guerre (1878-1880) fut celle de la revanche. Le Congrès de Berlin de juillet 1878 a été marqué par un rapport de force diplomatique entre l’Empire russe et la couronne britannique pour contrôler les Balkans et l’accès oriental à la Méditerranée. À sa suite, en vue de maintenir une influence en Asie centrale, des émissaires russes furent envoyés à Kaboul auprès de Sher Ali Khan (le fils de Dost Mohammed Khan), ce qui suscita une réaction immédiate de Lord Lytton, vice-roi (britannique) des Indes, qui craignait une collusion russo-afghane. En septembre 1878, Lytton envoya sa propre mission diplomatique dirigée par Neville Bowles Chamberlain à Kaboul, mais celle-ci fut bloquée par les forces afghanes dans la passe de Khyber. L’émir, endeuillé par le décès récent de son jeune fils le prince Abdullah Jan, n’entendait pas faire affront aux Russes en accueillant une représentation britannique qu’il percevait comme colonialiste.

Lytton formula alors un ultimatum : l’Afghanistan devait accepter d’accueillir sa représentation avant novembre 1878, sans quoi il lancerait une offensive. Sans réponse dans ce délai, le conflit éclata et, cette fois, les Britanniques l’emportèrent. Ils obtinrent alors le contrôle de Peshawar (en zone pachtoune) et de Quetta (au Baloutchistan), aux confins des territoires respectifs des belligérants. Cet avantage fut officialisé par le traité de Gandamak, signé le 26 mai 1879 par Louis Cavagnari, représentant britannique, et Mohammad Yaqub Khan (le fils de Sher Ali Khan, décédé à Mazar-e-Sharif dans sa fuite vers la frontière russe).

Deux mois plus tard, en juillet 1879, Cavagnari était installé comme représentant permanent à Kaboul. Mais le Bala Hissar (« Château d’en haut »), siège de l’ambassade britannique, fut rapidement assiégé puis incendié par des mutins afghans réclamant leur solde, le 3 septembre 1879. Cavagnari et l’ensemble de sa représentation furent assassinés.

La réaction de Lytton ne se fit pas attendre. Les troupes britanniques, dirigées par Frederick Roberts, prirent alors Kaboul. Mohammad Yaqub Khan abdiqua le 12 octobre 1879 et s’exila en Inde.

Une guerre civile sous occupation militaire s’ensuivit et les Britanniques soutinrent l’avènement au pouvoir d’Abdur Rahman Khan (neveu de Sher Ali Khan). Celui-ci acceptait, en effet, d’abandonner sa politique extérieure en échange du retrait des troupes et de garanties de conserver le contrôle des affaires intérieures. C’est dans ce contexte que l’Afghanistan et le British Raj furent séparés par une frontière de 2 430 kilomètres, en vertu de l’accord bilatéral du 12 novembre 1893 conclu entre l’émir et Sir Henry Mortimer Durand : la fameuse « ligne Durand », qui sépare encore aujourd’hui l’Afghanistan du Pakistan, était établie. Elle coupait durablement en deux les populations pachtounes au nord et, dans une moindre mesure, baloutches au sud.

La ligne Durand (1893).
National Geographic

La troisième guerre anglo-afghane, entre mai et août 1919, fut déclenchée par le projet afghan de reprise du contrôle territorial des régions tribales. D’abord limité au village de Bagh (dans la région d’Abbottabad), ce projet menaçait de s’étendre rapidement à Peshawar où Amanullah Khan, qui dirigeait alors l’Afghanistan, espérait un soulèvement populaire.

Les Britanniques reprirent le contrôle étendu de la frontière et bombardèrent Kaboul mais, craignant un nouvel enlisement au lendemain du premier conflit mondial, ils conclurent rapidement le traité d’armistice de Rawalpindi, le 8 août 1919, et l’amendèrent le 22 novembre 1921. Ils reconnurent alors la souveraineté afghane dans les limites de la ligne Durand et renoncèrent à étendre leur contrôle territorial. Un soulèvement populaire au Waziristan (côté britannique) n’y fit rien : la frontière était désormais intangible.

Elle survivra à la partition des Indes en 1947 ainsi qu’à la proclamation de la République du Pakistan en 1956, et s’imposera à la reconnaissance internationale. De cette histoire douloureuse naîtront deux conceptions diamétralement opposées de la frontière.

Pour l’Afghanistan, une « frontière-passage »

Du point de vue afghan, les zones tribales pachtounes sous administration fédérale pakistanaise Federally Administered Tribal Areas (FATA), regroupées autour de sept « agences » (Bajaur, Khyber, Kurram, Mohmand, Oraksai, Waziristan du Nord et Waziristan du Sud) et rattachées depuis 2018 à la province de Khyber Pakhtunkhwa, se situent dans le prolongement naturel du territoire national et constituent un passage obligé sur l’axe Kaboul-Jalalabad-Peshawar.

Zones tribales sous administration fédérale (FATA) en 2018/Bureau des Nations unies pour la coordination des affaires humanitaires.
OCHA

Malgré la longueur de la frontière, les points de passage officiels sont rares, le transit de personnes étant souvent informel (comme à Ghulam Khan dans le Waziristan du Nord, Angoor Adda dans le Waziristan du Sud ou Karlachi dans l’agence de Kurram). Au Baloutchistan, les grandes villes sont peu nombreuses et les territoires relativement arides : Chaman (au Pakistan), ville voisine de Spin Boldak (côté afghan, dans la province de Kandahar) est le principal poste-frontière de cette zone.

Mais c’est Torkham, au nord, dans la passe de Khyber, qui est de loin le plus fréquenté par les camions et les voyageurs. C’est ainsi une route commerciale vitale pour l’Afghanistan. La région y est montagneuse : la voie de circulation routière est sinueuse, tandis que le passage pédestre des caravanes traditionnelles s’opère à proximité. Le franchissement de la frontière par transport ferroviaire n’est plus permis, la ligne, désormais vétuste, datant de 1925.

Le col de Khyber.
James Mollison/Wikipédia, CC BY-ND

Dans L’Usage du monde (1963), l’écrivain-voyageur genevois Nicolas Bouvier relate ainsi son passage en ces lieux, le 5 décembre 1954 :

« Après un an et demi de voyage, j’ai atteint le pied de la passe. La lumière touchait la base des monts Suleiman et le fortin de la douane afghane noyé dans un bouquet de saules qui brillaient comme écailles au soleil. Pas d’uniformes sur la route barrée par un léger portail de bois. Monté jusqu’au bureau. J’ai enjambé les chèvres étendues sur le seuil et passé la porte. Le poste sentait le thym, l’arnica, et bourdonnait de guêpes. L’éclat bleu des revolvers accrochés contre le mur avait beaucoup de gaieté. Assis droit à une table derrière une bouteille d’encre violette, un officier me faisait face. Ses yeux […] étaient clos. À chaque inspiration j’entendais craquer le cuir neuf de son ceinturon. Il dormait. Sans doute un ouzbek de Bactriane, aussi étranger que moi ici. J’ai laissé mon passeport sur la table et suis allé déjeuner. Je n’étais pas pressé. On ne l’est pas quand il s’agit de quitter un pays pareil. »

Depuis lors, et tout le long de la frontière, le transport routier de marchandises s’est déployé quotidiennement, l’économie afghane étant particulièrement dépendante du commerce avec son voisin.

Pour le Pakistan, une « frontière-barrière »

Côté pakistanais, la frontière a fait l’objet de contrôles accrus et de fermetures périodiques (à l’occasion de la rupture des relations diplomatiques entre les deux États dans les années 1960 ou lors de l’invasion de l’Afghanistan par l’Union soviétique dans les années 1980) ainsi que de réouvertures temporaires (lors de la première prise de pouvoir des talibans en Afghanistan dans les années 1990), jusqu’à devenir une barrière de plus en plus difficilement franchissable.

Au lendemain du 11 septembre 2001, le gouvernement pakistanais a ainsi entendu empêcher l’infiltration sur son territoire des combattants d’Al-Qaida et des talibans fuyant l’offensive de la coalition occidentale. En 2003, puis en 2006-2007 et en 2008, des tensions diplomatiques bilatérales accompagnées d’affrontements endémiques ont conduit à la fermeture temporaire des postes-frontières stratégiques de Chaman et de Torkham, à la mise en place de contrôles biométriques et à la construction de tronçons de barrières contrôlées militairement.

Si la lutte contre le terrorisme était présentée comme l’objectif principal, il s’agissait aussi pour Islamabad d’empêcher le narcotrafic et, de manière moins assumée, de stopper l’afflux de déplacés afghans fuyant la guerre entre la coalition occidentale et les talibans, voire de faciliter leur retour forcé.

Après le retrait des troupes occidentales d’Afghanistan et la reprise du pouvoir par les talibans durant l’été 2021, la tension n’a cessé de croître jusqu’à la déclaration d’une « guerre ouverte » par Khawaja Asif, le ministre pakistanais de la défense, le 26 février 2026. En cause, les talibans pakistanais du mouvement Tehrik-e Taliban Pakistan (TTP), soutenus par les talibans afghans et les terroristes de l’État islamique au Khorassan, EI-K. Un attentat suicide revendiqué par l’État islamique (EI) puis imputé par le Pakistan au TTP et à l’EI-K, le 6 février 2026, avait visé la mosquée chiite Khadija Tul Kubra de Tarlai Kalan, au sud-est d’Islamabad, et fait plus d’une trentaine de morts.

En représailles, à compter du 21 février 2026, le Pakistan a bombardé plusieurs sites réputés abriter des factions terroristes, notamment dans la province de Nangarhar. Après que l’Afghanistan eut à son tour attaqué des postes-frontières, le Pakistan a alors lancé, le 26 février 2026, l’opération « Ghazab Lil-Haq » (« Fureur juste »), frappé Kaboul le lendemain, par la voie aérienne, ainsi que Kandahar, lieu de résidence du chef spirituel des talibans, le mollah Haibatullah Akhundzada, et les provinces de Nangarhar, Paktia, Paktika ou Laghman. Depuis lors, les échanges de tirs n’ont pas cessé.

Si les cibles officielles sont des camps retranchés du TTP, la Mission d’assistance des Nations unies en Afghanistan (Manua) et les organisations non gouvernementales (notamment Amnesty International) ont recensé plusieurs centaines de morts (combattants et civils) et des milliers de déplacés. Une frappe sur un centre de réhabilitation pour toxicomanes (dans l’enceinte de l’ancien camp Phoenix) à Kaboul, le 16 mars 2026, aurait ainsi fait 143 morts auxquels s’ajoutent les 76 victimes civiles déjà répertoriées en Afghanistan. Cette frappe aurait été effectuée en réaction au décès de quatre civils, la veille, dans le district de Bajaur, et d’un enfant, le 8 mars, dans le Waziristan du Nord, après des tirs de mortier en provenance d’Afghanistan.

La médiation chinoise ouverte à Urumqi (Xinjiang) début avril, après celle diligentée par le Qatar, la Turquie et l’Arabie saoudite, laisse entrevoir un possible dialogue, malgré la fragilité de la situation sur le terrain. En attendant, ce conflit frontalier, aux racines historiques profondes, continue de plonger les civils afghans dans la grave crise humanitaire qu’ils subissent depuis le retour au pouvoir des talibans.

The Conversation

Romélien Colavitti est assesseur à la Cour nationale du droit d’asile. Les propos tenus dans cet article sont personnels et n’engagent pas l’institution.

ref. La frontière, épicentre historique du conflit entre l’Afghanistan et le Pakistan – https://theconversation.com/la-frontiere-epicentre-historique-du-conflit-entre-lafghanistan-et-le-pakistan-280865

La passe d’armes entre Donald Trump et le pape Léon XIV, nouvel épisode d’une querelle millénaire entre pouvoir sacré et pouvoir séculier

Source: The Conversation – in French – By Joëlle Rollo-Koster, Professor of Medieval History, University of Rhode Island

Le pape Léon III couronna Charlemagne empereur le jour de Noël de l’an 800. (Illustration tirée des *Chroniques de Saint-Denis*.) Levan Ramishvili/Flickr via Wikimedia Commons

Derrière la polémique entre le président Trump et le pape Léon XIV se rejoue une question ancienne : qui peut parler au nom de Dieu, et qui fixe les limites du pouvoir ?


Aux États-Unis, l’inquiétude suscitée par l’escalade verbale entre le président Donald Trump et le pape Léon XIV se propage à une vitesse remarquable, du New York Times au Daily Beast et jusqu’aux chaînes de télévision locales. Depuis le début de la guerre en Iran, le pape a appelé à plusieurs reprises à la paix au Moyen-Orient, affirmant que « Dieu ne bénit aucun conflit » et met en garde contre « l’illusion de toute-puissance » qui alimente la guerre.

Le 12 avril 2026, dans une longue publication sur son réseau social, Donald Trump a tourné en dérision Léon XIV, l’estimant « FAIBLE face à la criminalité et désastreux en matière de politique étrangère » et lui enjoignant de « se concentrer sur le fait d’être un grand pape, pas un homme politique ». Sur son compte Truth Social, un portrait du président états-unien, réalisé par IA, où il apparaît, semblable au Christ, en train de guérir un homme, a été publié puis supprimé.

Au cœur de cette querelle publique se trouve une question ancienne : un chef religieux peut-il contester le pouvoir politique, en particulier celui du dirigeant de l’un des pays les plus puissants du monde ?

En qualité d’historienne médiéviste ayant dirigé l’édition de la Cambridge History of the Papacy (non traduit en Français), je ne peux m’empêcher d’y voir un schéma familier.

Pour beaucoup, la sortie de Donald Trump contre le pape Léon XIV est choquante. Mais les conflits entre papes et dirigeants ne sont pas une anomalie : ils constituent une caractéristique durable de l’histoire occidentale. Chaque fois que des responsables politiques habillent leur pouvoir d’un langage sacré ou que des dirigeants religieux dénoncent publiquement la violence politique, ils rejouent des débats vieux de plus d’un millénaire.

Ces affrontements ne sont pas seulement symboliques : ils portent sur la question de savoir qui détient l’autorité ultime sur les humains, sur les âmes – et, en fin de compte, sur l’histoire elle-même.

Deux pouvoirs, étroitement liés

Dès ses premiers siècles, le christianisme est intimement lié au politique. L’empereur romain Constantin Ier en autorise la pratique dans l’Empire en 313. Il préside ensuite le concile de Nicée, une assemblée théologique majeure, brouillant la frontière entre pouvoir politique et autorité spirituelle.

Au Vᵉ siècle, le pape Gélase Ier formule une vision concurrente : le monde serait gouverné par deux pouvoirs, sacerdotal et royal. En dernière instance, soutient-il, l’autorité spirituelle l’emporte sur le pouvoir politique, car elle promet le salut éternel. La théorie de Gélase ne résout pas la tension entre les deux, mais elle pose un cadre durable pour la pensée politique chrétienne.

La relation entre ces deux pouvoirs connaît un tournant décisif en l’an 800, lorsque le pape Léon III couronne Charlemagne empereur, le jour de Noël. Cet acte n’est pas seulement cérémoniel : il implique que l’autorité impériale en Occident provient de l’Église et que la légitimité politique nécessite l’aval du pape.

Ce couronnement fait suite à des années d’instabilité politique à Rome et à une dépendance croissante de la papauté envers les Francs pour sa protection militaire. Après son élection en 795, Léon III est attaqué par ses opposants et trouve refuge à la cour de Charlemagne. Le roi revient à Rome à ses côtés et y réaffirme sa légitimité. En retour, Léon III couronne Charlemagne. Par ce geste, il affirme son propre rôle de faiseur d’empereurs tandis que Charlemagne acquiert une aura sacrée.

Ce moment reconfigure profondément la théologie politique médiévale. Il incite les souverains à se considérer comme les garants à la fois de l’ordre politique et de l’orthodoxie religieuse tandis que les papes passent du rôle de conseillers spirituels à celui d’acteurs engagés dans le gouvernement séculier.

Il en résulte un paradoxe : les rois invoquent Dieu pour sanctifier la conquête, comme Charlemagne lors de ses guerres brutales contre les Saxons, mais, dans le même temps, l’Église entend contenir la violence, encourageant les guerres justes et menaçant les comportements violents de sanctions spirituelles.

La querelle des Investitures

Au XIᵉ siècle, cependant, la papauté cherche de plus en plus à s’affranchir de la domination séculière. En particulier, les papes veulent nommer eux-mêmes les évêques, plutôt que de laisser faire la noblesse ou le roi.

Ce conflit éclate avec la querelle des Investitures, l’un des affrontements les plus décisifs du Moyen Âge, et pose des bases essentielles pour la Magna Carta, premier texte à soumettre le pouvoir royal à la loi. Ces deux épisodes répondent à une même question fondamentale : qui a le droit de conférer l’autorité, et quelles limites s’imposent au pouvoir politique ?

Un dessin au trait en noir et blanc montre deux hommes assis, vêtus de robes. L’un porte une couronne, tandis que l’autre a une auréole autour de la tête
Une gravure sur bois représente un roi au Moyen Âge investissant un évêque des insignes de sa fonction, notamment la crosse, son bâton pastoral.
Philip Van Ness Myers/ReneeWrites via Wikimedia Commons, CC BY

Il ne s’agit pas seulement d’administration ecclésiastique, mais bien de la souveraineté elle-même. Les évêques sont de grands propriétaires fonciers et des acteurs politiques de premier plan ; contrôler leur nomination revient à contrôler leur richesse, leur fidélité et le gouvernement. En cherchant à nommer les évêques, les papes affirment que l’autorité spirituelle relève exclusivement de l’Église, contestant l’idée que les rois exercent un pouvoir sans limite. Il s’agit d’une tentative décisive de dissocier la légitimité spirituelle du contrôle royal et d’imposer des contraintes morales à des souverains qui se réclament d’une autorité divine.

La querelle des Investitures se prolonge pendant plusieurs décennies. Finalement, en 1122, le pape Calixte II et l’empereur Henri V signent le concordat de Worms.

L’accord reconnaît au pape le droit de nommer les évêques et de leur conférer leur autorité spirituelle. L’empereur, de son côté, les « investit » de leurs « temporalités » : c’est-à-dire des pouvoirs temporels attachés à leur charge, tels que les terres, les revenus, la juridiction et les pouvoirs de contrainte.

Contenir le pouvoir du roi

Un siècle plus tard, la Magna Carta poursuit un objectif parallèle.

Son contexte immédiat se trouve dans le conflit autour du nouvel archevêque de Canterbury, que le pape Innocent III avait nommé en 1207. Le roi Jean sans Terre s’y oppose, poussant le pape à l’excommunier et à jeter l’interdit sur l’Angleterre, ce qui signifie que les Anglais ne peuvent plus participer aux sacrements de l’Église.

Pour apaiser les tensions, Jean sans Terre remet en 1213 le royaume d’Angleterre au pape Innocent III, et transforme le pays en un fief pontifical. En échange, il obtient l’approbation papale de mener une guerre contre la France. Mais cet arrangement suscite une profonde colère chez les barons anglais, qui se retrouvent désormais soumis non seulement à leur roi, mais aussi à l’autorité du saint-père. À Bouvines (1214), Jean fait face aux barons rebelles sur son propre territoire.

Le résultat est la Magna Carta, la « Grande Charte ». Imposée au roi par la force des armes, elle affirme qu’il est lui-même soumis à la loi. Elle limite l’autorité royale en matière de fiscalité, de justice et de châtiment, et proclame notamment qu’aucun homme libre ne peut être emprisonné ni privé de ses droits sans un jugement légal.

Jean sans Terre fait alors appel au pape Innocent III, qui annule la charte peu après sa promulgation. Malgré ce revers, la Magna Carta survit : le fils de Jean, Henri III, la réédite à plusieurs reprises, sa version définitive étant mise en œuvre en 1225.

Prendre du recul

À cette aune historique, l’affrontement entre Donald Trump et le pape Léon XIV apparaît moins surprenant. Lorsqu’un président mobilise un langage ou des images sacrées pour justifier la violence, et qu’un pape répond en niant toute caution divine, ils rejouent un affrontement aussi ancien que la chrétienté médiévale : qui peut parler au nom de Dieu, et qui peut fixer des limites au pouvoir ?

Le monde médiéval n’a pas résolu cette tension, mais il a appris à vivre avec en fragmentant l’autorité : d’abord entre l’Église et la couronne, puis entre les souverains et la loi. Ce qui inquiète aujourd’hui, c’est la facilité avec laquelle des dirigeants modernes recourent encore au langage religieux pour échapper aux contraintes et à la fragilité apparente des institutions censées les contenir.

The Conversation

Joëlle Rollo-Koster ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. La passe d’armes entre Donald Trump et le pape Léon XIV, nouvel épisode d’une querelle millénaire entre pouvoir sacré et pouvoir séculier – https://theconversation.com/la-passe-darmes-entre-donald-trump-et-le-pape-leon-xiv-nouvel-episode-dune-querelle-millenaire-entre-pouvoir-sacre-et-pouvoir-seculier-280831

Sécurité alimentaire : pourquoi la paix se joue aussi dans les champs

Source: The Conversation – in French – By Pape Abdoulaye Seck, chercheur, Académie nationale des sciences et techniques du Sénégal (ANSTS)

Alors que les conflits continuent de faire des milliers de victimes dans plusieurs régions du monde, une question reste largement sous-estimée dans l’analyse des crises contemporaines : le rôle central joué par la sécurité alimentaire dans la construction d’une paix juste et durable.

La paix mondiale ne se joue pas seulement sur les champs de bataille ou dans les salles de négociation diplomatique. Elle se joue aussi dans les champs agricoles et dans la capacité des sociétés à nourrir dignement leurs populations.

Mais une question fondamentale mérite d’être posée : de quelle paix parlons-nous réellement ? S’agit-il d’une paix provisoire, réduite au silence des armes et à l’arrêt momentané des hostilités ? Ou bien d’une paix véritable, enracinée dans la justice, la dignité humaine et la capacité des sociétés à offrir à leurs populations les conditions minimales d’une existence digne ?

Mes travaux portent principalement sur les systèmes alimentaires, la sécurité alimentaire, le développement rural et les transformations des agricultures africaines, entre autres. Ma conviction est que la paix durable ne peut se réduire à une simple absence de guerre. Elle est un processus complexe et multidimensionnel.

Cette réalité renvoie à un principe fondamental du droit international. La Déclaration universelle des droits de l’homme de 1948 affirme, dans son article 25, que toute personne a droit à un niveau de vie suffisant lui assurant notamment l’alimentation, la santé et le bien-être. Ce rappel n’est pas anodin. Il signifie que la dignité humaine commence par la capacité à se nourrir correctement.

La faim, un problème politique

Un peuple qui a faim ne peut ni apprendre sereinement, ni travailler efficacement, ni construire un avenir stable. La faim fragilise les sociétés. Elle nourrit les frustrations, les tensions sociales, les migrations contraintes et parfois même les conflits. L’insécurité alimentaire devient ainsi une fabrique silencieuse d’instabilité.

L’économiste Amartya Sen l’a démontré avec force dans Poverty and Famines (1981). Selon lui, les famines ne résultent pas uniquement d’un déficit de production agricole. Elles sont souvent le produit de défaillances institutionnelles, économiques et politiques qui empêchent certaines populations d’accéder à la nourriture disponible.

La faim est donc bien plus qu’un problème agricole : elle est profondément politique.

Un exemple concret illustre parfaitement cette réalité : celui du Brésil au début des années 2000. Sous l’impulsion du président Luiz Inácio Lula da Silva, le pays a lancé en 2003 le programme Fome Zero (Faim Zéro), fondé sur une approche intégrée combinant politiques sociales, soutien à l’agriculture familiale et amélioration de l’accès à l’alimentation.

À travers notamment le programme Bolsa Família (Bourses familiales), des transferts monétaires ciblés ont permis de renforcer le pouvoir d’achat des ménages les plus vulnérables. Parallèlement, des politiques publiques ont soutenu les petits producteurs en facilitant leur accès au crédit, aux marchés et aux programmes d’achats publics, notamment pour l’alimentation scolaire.

Les résultats ont été significatifs. En une décennie, le Brésil a fortement réduit la pauvreté extrême et la faim. En 2014, le pays est même sorti de la « carte mondiale de la faim » établie par la FAO.

Ce succès confirme que la faim n’est pas une fatalité. Elle peut être combattue efficacement lorsque la volonté politique, la cohérence des politiques publiques et l’approche systémique sont réunies.




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Aujourd’hui encore, les chiffres témoignent de l’ampleur du défi. Le rapport 2023 sur l’état de la sécurité alimentaire et de la nutrition dans le monde, publié conjointement par la FAO, le Fonds international de développement agricole (FIDA), le Fonds des Nations Unies pour l’enfance (UNICEF) et le Programme alimentaire mondial (PAM), estime qu’environ 735 millions de personnes souffrent de la faim.

Ce constat est également souligné par l’économiste Jeffrey Sachs, qui rappelle dans The End of Poverty (La Fin de la pauvreté) que la lutte contre la pauvreté extrême et la faim constitue une condition essentielle de la stabilité mondiale et de la réalisation des Objectifs de développement durable (ODD).

Dans un tel contexte, croire que la paix peut être durable sans résoudre la question alimentaire relève de l’illusion.

La sécurité alimentaire constitue ainsi un pilier stratégique de la paix mondiale. Garantir un accès équitable à une alimentation suffisante et de qualité, c’est renforcer la résilience des sociétés et réduire les facteurs structurels d’instabilité.

Sécurité des personnes et des biens

Cependant, la sécurité alimentaire, aussi fondamentale soit-elle, ne peut à elle seule garantir la paix. Une paix véritable repose également sur d’autres piliers essentiels.

Elle suppose d’abord la sécurité des personnes et des biens. Les citoyens doivent pouvoir vivre, circuler, entreprendre et éduquer leurs enfants sans peur permanente. Là où règnent l’insécurité et la violence, la confiance disparaît et le tissu social se fragilise.

La paix durable exige également des institutions légitimes, transparentes et respectueuses de la volonté populaire. Lorsque les citoyens se reconnaissent dans leurs institutions et perçoivent leur action comme juste et équitable, la stabilité politique se renforce.

L’égalité des chances constitue un autre levier fondamental de cohésion sociale. Une société qui ferme les portes de l’éducation, de l’emploi ou de la mobilité sociale à une partie de sa jeunesse prépare ses propres fractures.

Il en va de même pour l’inclusion des femmes et des jeunes dans la vie économique, sociale et politique. Ces forces vives représentent un formidable potentiel de transformation pour les sociétés.

Une gouvernance responsable

Enfin, la paix durable exige une gouvernance responsable, capable de mobiliser la science, l’innovation et la coopération internationale au service du développement humain.

Dans un monde confronté à des défis majeurs tels que le changement climatique, la pression démographique et les tensions géopolitiques, la question alimentaire devient plus que jamais stratégique.

Produire davantage, produire mieux et garantir un accès équitable à l’alimentation constituent des impératifs essentiels pour l’avenir de l’humanité.

À cet égard, l’expérience de la « révolution verte », portée notamment par l’agronome Norman Borlaug, prix Nobel de la paix en 1970, rappelle combien les progrès scientifiques peuvent contribuer à prévenir les crises alimentaires et à renforcer la stabilité des sociétés.

Au fond, une vérité simple traverse l’histoire des civilisations : un monde incapable de nourrir dignement ses peuples prépare inévitablement ses propres crises. À l’inverse, un monde qui place la sécurité alimentaire au cœur de ses priorités crée les conditions les plus solides d’une paix juste et durable.

La paix mondiale ne se négocie pas seulement dans les enceintes diplomatiques.
Elle se cultive aussi dans les champs.

The Conversation

Pape Abdoulaye Seck does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Sécurité alimentaire : pourquoi la paix se joue aussi dans les champs – https://theconversation.com/securite-alimentaire-pourquoi-la-paix-se-joue-aussi-dans-les-champs-281036

Un “lobo solitario” asalta la pirámide sagrada de Teotihuacán y siembra el terror en vísperas del Mundial 2026

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Martín Flores Almendárez, PTC Asociado "B"; Especialista en Capital Humano e integrante del CA en Gestión, Innovación Educativa y Tecnología, Universidad de Guadalajara

El ataque armado registrado después del mediodía del 20 de abril en la Pirámide de la Luna de la zona arqueológica de Teotihuacán no solo deja un saldo trágico –dos fallecidos, una ciudadana canadiense y el agresor, y 13 heridos–. También fractura la narrativa de seguridad que México ha intentado proyectar de cara a la Copa del Mundo FIFA 2026, que inicia en menos de dos meses.

Este hito sangriento no fue perpetrado por las estructuras previsibles del crimen organizado, sino por un “lobo solitario”. Un hecho que marca una transición inquietante en la percepción social de la violencia: el paso del “narcocrimen” territorial al terrorismo de masas aleatorio.

Santuario de identidad

Teotihuacán no debe entenderse meramente como un activo turístico, sino como un locus religiosus y político que ha sobrevivido milenios. Cuando la violencia alcanza la Pirámide de la Luna, no solo se dañan las estructuras físicas: se profana un santuario de la identidad. No en vano, Teotihuacán, en lengua nahua, quiere decir “lugar donde se hacen los dioses”. Y, como explica Eduardo Matos Moctezuma, representa el origen de “toda una serie de manifestaciones que tendrán presencia definitiva en sociedades posteriores”.

El Estado mexicano ha operado bajo la premisa de que los recintos arqueológicos son zonas de excepción, protegidas por un respeto tácito y una vigilancia especializada del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Este organismo, del que dependen 194 zonas arqueológicas y el Museo Nacional de Antropología, premio Princesa de Asturias de la Concordia 2025, ha emitido un escueto comunicado anunciando el cierre de Teotihuacán “hasta nuevo aviso”.

El simbolismo de la vulnerabilidad

Teotihuacán es el segundo sitio arqueológico más visitado de México y un baluarte del patrimonio mundial. Según la UNESCO, la integridad de un sitio de esta categoría no se limita a su conservación material, sino a su función como espacio de diálogo y paz.

Al transformarse en un escenario de crimen, el enclave pierde su valor de uso social y se convierte en un símbolo de la pérdida de control simbólico del territorio. El daño trasciende lo humano para convertirse en un golpe al corazón de la identidad nacional.

Si el Estado no puede garantizar la paz en “el lugar donde los hombres se convierten en dioses”, la percepción de ingobernabilidad se extiende a todo el territorio nacional.

Históricamente, la violencia en México ha sido interpretada bajo la lente de la “nota roja”, como se conoce popularmente a la información sobre sucesos, y el enfrentamiento entre carteles. La irrupción de un tirador masivo en un recinto sagrado rompe la burbuja de seguridad del turista.

El visitante ya no teme quedar atrapado en un fuego cruzado entre bandas; ahora teme ser el blanco directo de una patología social atomizada, similar a los fenómenos vistos en centros comerciales, lugares de culto o escuelas de Estados Unidos.

La mutación del miedo: Del “narcocrimen” al “lobo solitario”

La literatura sociológica contemporánea expone y sugiere que México enfrenta una violencia fruto de patrones relacionales que se teje en las interacciones de vida cotidiana. Un modelo que se normaliza y se socializa a través de los vínculos comunitarios y las dinámicas institucionales.

Esta visión de la violencia relacional conecta con el narcotráfico, cuyas motivaciones son económicas y territoriales. En cambio, el “lobo solitario” busca el máximo impacto mediático y el colapso simbólico. Por ello, la transición del “narcocrimen” al “lobo solitario” representa un cambio de paradigma en la criminología mexicana.

Mientras que el “narcocrimen” suele seguir una lógica de mercado (territorialidad, rutas, ajustes de cuentas), la figura del tirador masivo o “lobo solitario” se rige por la anomia y la búsqueda de una catarsis mediática a través del terror. La violencia aleatoria lleva más allá la frontera de ese terror. El “lobo solitario” es impredecible y ataca en los momentos de mayor esparcimiento. Un quiebre en la percepción del turista internacional, que había aprendido, erróneamente o no, a navegar la realidad de países con crimen organizado evitando zonas de conflicto u horarios de riesgo.

Esta vulnerabilidad aleatoria es psicológicamente más devastadora que el crimen focalizado, ya que anula cualquier estrategia de prevención individual, generando un sentimiento de desamparo que ahuyenta incluso al viajero más experimentado. Pasamos de una violencia con motivo a una violencia con mensaje, donde el mensaje es que nadie está a salvo.

El cisne negro del Mundial 2026

Esta transición es crítica para la percepción pública. Mientras que la sociedad mexicana ha desarrollado mecanismos de resiliencia (y a veces normalización) ante el crimen organizado, no tiene defensas psicológicas contra el asesinato en masa impredecible en sitios de ocio y cultura.

En la teoría del riesgo, un cisne negro es un evento sorpresivo de gran impacto que, a posteriori, se intenta racionalizar. El tiroteo en Teotihuacán es precisamente eso para la Copa del Mundo de fútbol 2026.

Con una derrama proyectada de 60,000 millones de pesos (cerca de 3.500 millones de dólares), la economía mexicana ha apostado gran parte de su crecimiento anual a este evento.

El peligro real no es solo el evento en sí, sino la reacción en cadena en la diplomacia consular. Países como Estados Unidos y Canadá, socios organizadores del Mundial, poseen sistemas de alertas de viaje altamente sensibles.

Un incidente en un sitio de interés mundial puede reclasificar a México en niveles de alerta que prohíben o desaconsejan el viaje a ciudadanos extranjeros, lo que activaría cláusulas de cancelación masiva en seguros de viaje y patrocinios.

Estamos ante la economía del miedo: un fenómeno donde el valor de un destino se desploma no por la falta de infraestructura, sino por la percepción de que el costo de la visita podría ser la vida.

Este fenómeno genera un terrorismo de baja intensidad que paraliza la movilidad social y, por ende, el flujo turístico.

Economía en riesgo

México, junto con Estados Unidos y Canadá, se prepara para la mayor cita deportiva de la historia, pero el turismo es una industria de percepciones. El impacto económico de un tiroteo en Teotihuacán no se limita a la cancelación de boletos para la zona arqueológica. Afecta a la marca país.

Si el Estado no puede garantizar la seguridad en un recinto custodiado por el INAH y fuerzas federales, surge la pregunta inevitable: ¿están seguras las sedes de la FIFA? La economía del miedo podría desviar el flujo de divisas hacia las sedes del norte, dejando a México con estadios llenos pero corredores turísticos vacíos.

Un llamado a la reflexión y al debate

Este hito sangriento obliga a las autoridades y a la sociedad a replantear los protocolos de seguridad de cara a 2026. No basta con blindar los estadios; es necesario proteger los nodos culturales que dan sentido a la visita del extranjero.

La seguridad en sitios de patrimonio mundial no debe ser vista solo como una medida policial, sino como una estrategia de defensa de la soberanía simbólica y económica.

¿Estamos ante el fin de la “excepcionalidad” de los sitios culturales mexicanos frente a la violencia? ¿Es este el inicio de una era donde el terrorismo individual eclipsará al crimen organizado como principal amenaza a la paz pública?

El debate está abierto, y la respuesta definirá no solo el éxito del Mundial 2026, sino el futuro de México como destino cultural global.

The Conversation

Juan Martín Flores Almendárez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Un “lobo solitario” asalta la pirámide sagrada de Teotihuacán y siembra el terror en vísperas del Mundial 2026 – https://theconversation.com/un-lobo-solitario-asalta-la-piramide-sagrada-de-teotihuacan-y-siembra-el-terror-en-visperas-del-mundial-2026-281198

Coral reefs are secretly connected across vast oceans – and that’s crucial for their survival

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Kate Marie Quigley, DECRA Research Fellow in molecular ecology, James Cook University

Lord Howe Island lies in the middle of the ocean, about 700 kilometres northeast of Sydney. It’s covered in lush forest and fringed by the world’s most southerly coral reef ecosystem.

This reef system isn’t as famous as its northern neighbour, the Great Barrier Reef. Our new research in the Journal of Applied Ecology, shows it plays an outsized role in keeping vast coral regions across the Pacific connected – and alive.

A small number of other reefs in the region serve a similar function. Knowing which reefs matter most for recovery and adaptation to ocean warming – and protecting them now – could make the difference between regional reef collapse and long-term resilience.

Tiny coral babies in a vast ocean

Coral reefs are in global decline, but this loss is not just about dying corals – it’s about breaking the natural connections that allow reefs to recover after marine heatwaves, cyclones and other threats.

Right now, climate change is rapidly reducing the ability of coral larvae to travel between reefs, shrinking their chances of survival by undercutting recovery.

These tiny coral babies can sometimes spend many weeks in the surface waters of the open ocean, carried by currents across hundreds or even thousands of kilometres before settling and beginning to grow.

The movement of larvae provides a constant source of replenishment for reefs, both near and far away, which is especially important when reefs are damaged.

Without this constant replenishment, some damaged reefs simply cannot recover. Connectivity isn’t a nice-to-have for coral reefs. It’s their lifeline.

Tracking dispersal across 850 reefs

Our study used ocean circulation models to simulate the trajectories of coral larvae across the southwestern Pacific Ocean from 2011 to 2024, tracking the movement of larvae across 850 reefs.

These reefs spanned the Great Barrier Reef, New Caledonia, the Coral Sea and Lord Howe Island.

We traced how two key coral growth forms (fast-growing branching corals and slower-growing massive corals) move between reefs under current conditions and under projected global climate warming scenarios of 1°C, 2.5°C and 4°C above pre-industrial temperatures.

We then examined how corals moved between different types of reef, including reefs that were naturally resistant to heat stress, those that recover quickly after disturbance, and those that stay cooler because of local water currents and upwelling that naturally reduce water temperature around the reef.

This allowed us to ask not just which reefs are connected, but which kinds of reefs are sending and receiving different types of larvae.

A fragile network

We found that only a handful of reefs act as genuine hubs — places where larvae both arrive from distant sources and depart to “seed” reefs far away. Lose these stepping stones, and the entire network begins to fragment.

The Coral Sea reefs emerged as crucial bridges in this network, linking the southern Great Barrier Reef with New Caledonia and beyond. But perhaps the most striking finding involves Lord Howe Island.

Our modelling identified Lord Howe as a potential refugium: a place where corals may be able to persist even as warming intensifies, potentially owing to its more temperate, southerly position.

A coral reef lagoon with a large rocky mountain in the background.
Lord Howe Island is home to the world’s most southern coral reef ecosystem.
Dylan Shaw/Unsplash

Yet its very isolation – what makes it a likely survivor – also means it has limited natural connectivity with surrounding reefs.

This situation therefore cuts both ways: while isolation helps protect its coral from extreme heat stress, it also means the reef relies less on new larvae that others could need for recovery. It therefore also means Lord Howe needs protection – not just for itself, but for the entire regional reef system that may one day depend on it.

Another important finding is that the reefs most resistant to heat stress (those classified as naturally resistant) tended to export larvae to a relatively smaller number of reefs within the wider network.

But there are techniques that enable the intentional movement of larvae from heat-tolerant reefs to more vulnerable locations. These include assisted gene flow, in which scientists deliberately move warm-adapted adult corals or their offspring to reefs that are more vulnerable to heat stress, helping to spread heat-tolerant genes more quickly across reef networks.

Protecting our marine superhighways

Our results make clear that marine protected areas should not be managed as isolated reserves but as an interconnected network, with transboundary cooperation between Australia and Pacific Island nations.

The larval corridors linking the southern Great Barrier Reef, New Caledonia and Lord Howe Island do not fall within national boundaries. Neither can our conservation response.

Reefs are already fighting against warming oceans. The waters of the Lord Howe Rise and South Tasman Sea, the vast oceanic region between Australia and New Zealand through which these larval corridors flow, are under threat from industrial fishing.

Industrial fishing, pollution and climate change are pushing these ecosystems to the brink, with longlines intersecting surface waters. This cumulative pressure across these newly identified larval transport superhighways adds yet another layer of pressure onto these already stressed ecosystems.

Our research adds a new and crucial dimension to high seas protection. Our region sits directly across the larval corridors that connect and sustain coral reef systems. Protecting this ocean is not just about what lives here. It is about what passes through – fundamental for migratory and connected populations.

The least we can do is protect the superhighways through which their future flows – invisibly, at the ocean surface, some larvae no bigger than a grain of rice, carrying the genetic potential to rebuild what we stand to lose.

The Conversation

Kate Quigley receives funding from the Australian Research Council and Minderoo Foundation. She is also Principal Research Scientist at Minderoo Founation.

Elise Thérèse Gisèle Dehont does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Coral reefs are secretly connected across vast oceans – and that’s crucial for their survival – https://theconversation.com/coral-reefs-are-secretly-connected-across-vast-oceans-and-thats-crucial-for-their-survival-278424

Whale strandings draw emotional responses. But repeated rescues can cause more harm

Source: The Conversation – Global Perspectives – By Karen Stockin, Professor of Marine Ecology, Te Kunenga ki Pūrehuroa – Massey University

Rescuers placing wet towels on ‘Timmy’, the whale stranded near Wismar, Germany. Morris MacMatzen/Getty Images

A humpback whale repeatedly restranding in shallow waters in the Baltic Sea for more than three weeks has become the focus of a complex debate about reconciling compassion for animals with ethical, evidence-based decision making.

Affectionately known as Timmy, the whale restranded several times and has been growing weaker, failing to recover despite multiple rescue attempts.

Its struggle attracted global attention and triggered debates between experts and the public regarding intervention versus allowing a natural end.

Marine biologists and veterinarians observing the whale made a clear and evidence-based assessment earlier this month: further intervention was unlikely to succeed and would risk prolonging the animal’s suffering.

Yet public pressure – driven by empathy amplified by social media and sharpened into outrage – led German state authorities to permit renewed rescue efforts this week, framed as a “last ditch” effort.

At first glance, it seems an act of compassion. But beneath the surface lies a more difficult truth. As our research shows, when scientific advice is sidelined in favour of public sentiment, outcomes for the very animals we aim to protect can worsen.

The emotional pull of “doing something”

Large, charismatic animals like whales evoke powerful emotional responses. They are intelligent, expressive and visibly vulnerable when stranded.

For many people, choosing not to intervene feels morally unacceptable, with inaction often perceived as neglect.

Wildlife medicine, however, does not operate on instinct or optics. It relies on probabilities, welfare assessments and the recognition that intervention is not always beneficial.

In Timmy’s case, experts from the German Oceanographic Museum and the Institute for Terrestrial and Aquatic Wildlife Research, as well as international organisations, reached a consistent conclusion that the whale was unlikely to survive.

After repeated failed rescues, the environment minister for Germany’s state of Mecklenburg-Western Pomerania determined that continued intervention would likely worsen the whale’s condition. By then, Timmy was showing clear signs of trauma and exhaustion.

The decision was not made in isolation. In early April, the International Whaling Commission’s stranding expert panel publicly supported the German authorities. It outlined that further rescue attempts would likely increase suffering without improving survival chances.

Euthanasia, frequently suggested as an alternative, was deemed impractical, however. The whale’s partial buoyancy, combined with logistical, safety and personnel challenges meant this was not a viable option.

New Zealand’s experience

In 2021, New Zealand experienced a similar situation with Toa, a stranded orca calf.

The response was extraordinary, mobilising national and international expertise. Veterinarians, marine mammal scientists and stranding specialists contributed to an unprecedented rescue effort.

The scientific consensus, however, was sobering. Given Toa’s young age (unweaned), prolonged separation from his pod, and the challenges of reintegration, his chances of survival were extremely low.

Over time, his welfare declined during extended human care. Many experts ultimately supported euthanasia as the most humane option.

That path was not taken. Driven by public hope and attention, efforts continued. Toa died after weeks in care. In retrospect, the case raised a difficult but necessary question: when expert consensus and public sentiment diverge, which should guide decisions?

When perception overrides expertise

This tension is not anecdotal; it is well documented. Research shows that human perceptions and emotional investment can significantly shape responses to cetacean strandings, sometimes directly conflicting with recommendations based on the animal’s wefare.

In high-profile cases, decision making can shift from expert-led processes to outcomes shaped by public pressure. The patterns observed in Germany – repeated strandings, declining condition and cumulative stress – are strong predictors of poor outcomes, regardless of continued intervention.

The disconnect is clear. Experts assess welfare through measurable physiological, behavioural and environmental markers to infer the mental state of an animal. The public often evaluates it through effort, visibility and intent. The result is a compelling but flawed assumption: that doing more means doing better.

A common principle in veterinary ethics is that the ability to intervene does not justify doing so. Every rescue attempt carries risks: handling stress, injury, prolonged suffering and the diversion of limited resources.

While financial cost is often highlighted, the more critical issue is animal welfare. In repeated stranding cases, the ethical balance becomes increasingly stark.

When recovery is highly unlikely, continued intervention can shift from care to harm. In repeated stranding cases, the ethical calculus becomes sharper. Yet this is precisely the moment when public pressure tends to intensify.

A more difficult kind of care

Compassion is not the problem; it is fundamental to conservation. But compassion without evidence can mislead.

What’s at stake is trust in scientific expertise, veterinary judgement and the difficult reality that the most humane decision is not always the most emotionally satisfying one.

If every high-profile stranding becomes a referendum driven by public pressure, we risk creating a system where decisions are shaped less by animal welfare and more by public visibility.

The instinct to rally around a stranded whale reflects the best of human empathy. But real care in wildlife conservation is not always about action. Sometimes, it requires restraint.

In Toa’s case, official documents later revealed most experts had recommended euthanasia to prevent prolonged suffering.

Timmy’s situation raises a similar question. Not whether people care enough, but whether we are willing to accept that caring also means listening to science, to experience and to the difficult truths they bring.

The Conversation

Karen Stockin is the ethics chair for the Society for Marine Mammalogy and a member of the IWC strandings expert panel.

ref. Whale strandings draw emotional responses. But repeated rescues can cause more harm – https://theconversation.com/whale-strandings-draw-emotional-responses-but-repeated-rescues-can-cause-more-harm-281137