Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Vanesa Cejudo Mejias, Directora de Innovacón en Facultad de Ciencias sociales y Hum. Docente en area social y area arte, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja

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En los próximos años, los sistemas de inteligencia artificial influirán cada vez más en decisiones relacionadas con el empleo, la educación, la salud, la seguridad, la justicia o el acceso a servicios públicos.

Los datos muestran un crecimiento espectacular de estas titulaciones. Desde que la Universidad Politécnica de Madrid y la Universidad del País Vasco pusieran en marcha los primeros grados específicos en Inteligencia Artificial en 2020, la oferta se ha expandido hasta alcanzar veinticinco universidades españolas en apenas seis años.

Respuesta a la demanda del mercado

La demanda laboral explica en gran medida este fenómeno. Empresas e instituciones buscan perfiles especializados capaces de diseñar algoritmos, desarrollar sistemas de aprendizaje automático o gestionar grandes volúmenes de datos.

Pero las competencias que las empresas definen para este perfil incluyen adaptabilidad, aprendizaje continuo, IA aplicada, pensamiento crítico, inteligencia emocional, liderazgo colaborativo, gestión del conocimiento, comunicación, creatividad o ética tecnológica.

¿Está la formación alineada con estas demandas? ¿Cómo se están formando estos futuros profesionales?

Apenas hay contenidos no técnicos

Hemos investigado el contenido de los grados de Inteligencia Artificial en las universidades españolas y comprobado que apenas contienen formación en ética, filosofía, sociología o pensamiento crítico.

Las materias humanísticas tienen poco peso en la formación de estos futuros profesionales de tecnologías con un impacto profundo en la vida de millones de personas.




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Al analizar los planes de estudio de estas titulaciones encontramos que la inmensa mayoría mantiene una orientación eminentemente técnico-científica. Matemáticas, programación, estadística, ciencia de datos o aprendizaje automático ocupan el núcleo de la formación. Las asignaturas relacionadas con la reflexión ética, social, legal o cultural aparecen de manera testimonial en muchos programas.

De siete a dos asignatura humanística

Algunas universidades destacan por incorporar una mayor presencia de contenidos humanísticos. La Universidad de Málaga, por ejemplo, incluye siete asignaturas vinculadas a cuestiones éticas, jurídicas o sociales en algunas de sus especilizaciones; la Universidad de Deusto incorpora seis; y otras instituciones como CUNEF, la Universidad del País Vasco, la Universidad Francisco de Vitoria o la Universidad Pontificia de Comillas cuentan con entre cuatro y cinco materias de este tipo.

Sin embargo, en numerosas universidades la formación humanística se reduce a una o dos asignaturas, y en algunos casos apenas existe una materia relacionada con estas cuestiones a lo largo de toda la carrera. La presencia de las humanidades es claramente residual, con una tendencia estructural a priorizar la competencia técnica frente a la reflexión ética, legal y social.

¿Por qué debería preocuparnos este desequilibrio?

La inteligencia artificial ya no es una tecnología confinada a los laboratorios. Los algoritmos participan en procesos de selección de personal, ayudan a establecer diagnósticos médicos, influyen en qué información vemos en internet, determinan recomendaciones educativas y pueden llegar a intervenir en decisiones administrativas o judiciales. Cuando estas herramientas funcionan con sesgos, reproducen discriminaciones o afectan a derechos fundamentales, las consecuencias son profundamente humanas.

Por eso quienes diseñarán estas tecnologías deberían recibir una formación más extensa en disciplinas que precisamente estudian a los seres humanos y las sociedades. Programar un sistema capaz de reconocer patrones es una habilidad esencial. Comprender cómo esos patrones pueden reforzar desigualdades sociales también debería serlo.

Más allá de asignaturas aisladas

Los autores del estudio sostienen que no basta con añadir una asignatura aislada sobre ética para resolver el problema. Lo que está en juego es una concepción más amplia de la formación universitaria. Proponen integrar conocimientos procedentes de la filosofía, la sociología de la tecnología, el derecho digital, la ciencia política, la epistemología de los datos o incluso los llamados “neuroderechos”, un ámbito sobre la protección de la identidad mental y la autonomía cognitiva en un contexto de creciente interacción entre inteligencia artificial y neurotecnologías.




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La cuestión de fondo es sencilla pero decisiva. Si los sistemas de IA van a influir en la organización de nuestras sociedades, ¿puede considerarse suficiente una formación centrada casi exclusivamente en la dimensión técnica? ¿Es posible construir tecnologías justas sin comprender en profundidad los problemas sociales que pretenden resolver? ¿Podemos hablar de innovación responsable cuando quienes desarrollan estas herramientas apenas tienen espacios para reflexionar críticamente sobre sus consecuencias?

Encrucijada histórica

Nuestra investigación plantea que la universidad española se encuentra ante una encrucijada histórica. No solo debe formar profesionales capaces de desarrollar tecnologías avanzadas, sino también ciudadanos preparados para comprender sus implicaciones sociales, políticas y culturales.

Quizá el verdadero desafío de la inteligencia artificial no sea crear máquinas cada vez más inteligentes, sino garantizar que quienes las diseñan comprendan mejor la complejidad humana. Porque una sociedad gobernada por algoritmos necesita ingenieros excelentes, pero también profesionales capaces de preguntarse para quién se construye la tecnología, a quién beneficia, a quién puede perjudicar y qué valores incorpora en su funcionamiento.

Si la IA va a tomar decisiones que afectan a millones de personas, sus algoritmos deberían estar diseñados por personas que hayan aprendido sobre desigualdad, la ética o derechos fundamentales. Los especialistas capaces de programar sistemas inteligentes también deberían ser capaces de comprender sus consecuencias, pues serán quienes tengan un impacto más directo sobre los valores que estos sistemas deberían incorporar.

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Vanesa Cejudo Mejias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Mucho algoritmo y pocas humanidades: así se forman los creadores de IA – https://theconversation.com/mucho-algoritmo-y-pocas-humanidades-asi-se-forman-los-creadores-de-ia-284611

No es la Luna, es el Sol: así influye el calor extremo en los comportamientos delictivos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By César San Juan, Profesor de Psicología Criminal. Dpto. Psicología Social, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

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Desde tiempos remotos, la cultura popular ha atribuido a la Luna llena la capacidad de alterar el comportamiento humano y desatar impulsos violentos. De hecho, la palabra “lunático” tiene ese origen. Sin embargo, la investigación científica no ha encontrado pruebas sólidas de que este cuerpo celeste rocoso condicione nuestro comportamiento.

Donde sí encontramos evidencia empírica, y cada vez más robusta, es en la relación entre las altas temperaturas y el incremento de la violencia. No es la Luna lo que debería preocuparnos. Es el Sol.

El calor como detonante: qué dice la ciencia

Recientes estudios sobre la relación entre temperatura y crimen ha producido hallazgos tan reveladores como inquietantes. Un metaanálisis publicado en Environmental Health Perspectives, que analizó estudios publicados entre 1946 y 2023, concluyó que las temperaturas elevadas se asocian de forma consistente con mayores tasas de criminalidad, especialmente de carácter violento. Y en Finlandia , la temperatura ambiente explicó el 10% de la varianza en la tasa de crimen violento a lo largo de más de una década, con un aumento del 1,7% por cada grado centígrado adicional.

Otro estudio sobre 44 ciudades estadounidenses entre 2005 y 2022 encontró que el riesgo de ser víctima de un delito era especialmente alto en aquellas localidades donde las temperaturas se desviaban de sus registros históricos.

¿Cómo se explican estos hallazgos? Por un lado, la hipótesis temperatura-agresión sostiene que el calor produce un estrés fisiológico que incrementa la irritabilidad, reduce el autocontrol e induce impulsividad. Por otra parte, la teoría de las actividades rutinarias sugiere que, cuando hace calor, la gente sale más, cambia sus hábitos, y aumentan las oportunidades de encuentro entre potenciales agresores y posibles víctimas.

Lejos de ser mutuamente excluyentes, probablemente ambos mecanismos actúan en paralelo.

Violencia en el hogar: el espacio privado no es más seguro

El efecto del calor no se limita al espacio público. La violencia intrafamiliar y, de forma especialmente preocupante, la violencia de género siguen un patrón estacional bien documentado. En Estados Unidos, el Bureau of Justice Statistics constató que las tasas de violencia en la pareja son significativamente más altas en verano (un 12%) que en el resto del año.

En España, las cifras son especialmente elocuentes. Según datos del Ministerio de Igualdad, se observa una pauta estacional persistente: los meses con mayor concentración de víctimas son los de verano y las vacaciones navideñas. Esta doble estacionalidad –verano y Navidad– revela algo crucial: no es solo el calor lo que importa (o el frío) sino la convivencia forzosa. Las vacaciones implican más horas compartidas entre víctima y agresor, un mayor aislamiento de la mujer respecto a su red de apoyo social y posibles tensiones económicas añadidas.

Sea como fuere, es imprescindible subrayar un matiz fundamental: el calor no “crea” maltratadores. La violencia de género es un problema estructural, arraigado en dinámicas de poder y control. Lo que las altas temperaturas pueden hacer es aumentar las probabilidades de que un potencial agresor pierda el control de sus impulsos. El factor ambiental actúa como desencadenante, no como causa.

La sombra del cambio climático

Si la temperatura y la violencia están vinculadas, el cambio climático añade una dimensión preocupante a este panorama. Un estudio publicado en Environmental Research Letters en el 2020 combinó modelos estadísticos de crimen con 42 modelos climáticos globales y proyectó que Estados Unidos podría sufrir entre 2,3 y 3,2 millones de crímenes violentos adicionales entre 2020 y 2099, dependiendo del escenario de emisiones de gases de efecto invernadero.

La criminalidad, como tantas otras consecuencias del calentamiento global, no es neutra desde el punto de vista de la equidad: golpeará con más fuerza a quienes ya parten de una posición de desventaja. Las regiones con mayor vulnerabilidad social, menor acceso a climatización y tejidos urbanos más densos –las llamadas “islas de calor” urbanas– experimentarán este efecto con mayor intensidad. La criminalidad, como tantas otras consecuencias del calentamiento global, no es neutra desde el punto de vista de la equidad: golpeará con más fuerza a quienes ya parten de una posición de desventaja.

La “buena” noticia es que estas proyecciones son sensibles al escenario de emisiones. Los mismos modelos muestran que un calentamiento limitado a 1,5ºC (el umbral del Acuerdo de París) implicaría daños significativamente menores que un escenario de emisión sin restricciones. Dicho de otro modo, cada décima de grado que se evite no solo preserva glaciares y ecosistemas: también puede salvar vidas en los barrios más vulnerables de nuestras ciudades.




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Más allá del mito lunar

La Luna, con toda su carga poética y simbólica, no altera las estadísticas criminales. El aumento de la temperatura terrestre sí lo hace. La evidencia acumulada en décadas de investigación criminológica, epidemiológica y psicológica dibuja un panorama meridiano: el calor extremo incrementa la agresión en el espacio público, amplifica el riesgo de violencia intrafamiliar y, con la llegada del cambio climático, amenaza con convertirse en un factor de inseguridad de primera magnitud.

Entender estos patrones puede ayudarnos a diseñar políticas públicas más eficaces: reforzar los servicios de atención a víctimas de violencia de género durante los meses estivales, intensificar la presencia policial en momentos y espacios de mayor riesgo, o integrar la variable climática en los modelos de prevención del delito.

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César San Juan no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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¿Por qué está de moda el magnesio?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Maria Izquierdo-Pulido, Catedrática del Departamento de Nutrición, Ciencias de la Alimentación y Gastronomía, Universitat de Barcelona

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El magnesio se ha convertido en uno de los suplementos estrella. Las motivaciones para consumirlo son múltiples: dormir mejor, reducir el estrés, evitar calambres, tener más energía o prevenir carencias. Las redes sociales han amplificado su popularidad y muchas personas lo toman con la idea de que es una solución sencilla para sentirse mejor. El problema es que a menudo se confunden funciones fisiológicas reales con beneficios clínicos que, en personas sanas, están poco demostrados.

Pero ¿qué dice realmente la ciencia?

Un suplemento no mejora una dieta pobre

El magnesio es un mineral esencial. Participa en centenares de reacciones enzimáticas y es necesario para el metabolismo energético, la función muscular y nerviosa, la síntesis de proteínas, el mantenimiento de los huesos y el equilibrio electrolítico.

Una ingesta insuficiente puede asociarse a fatiga, debilidad o alteraciones neuromusculares. Pero una cosa es que el magnesio sea imprescindible y otra muy diferente es que suplementarlo resulte útil para todo el mundo. En nutrición, más no siempre quiere decir mejor. De hecho, el beneficio de un suplemento, ya sean vitaminas o minerales, es claro cuando hay un déficit; en cambio, el efecto es mucho menos evidente cuando las necesidades ya se cubren con la alimentación.

Las mejores fuentes dietéticas de magnesio son los cereales integrales, las verduras de hoja verde, las legumbres, los frutos secos, las semillas y el cacao puro. En muchas personas, incorporar más de estos alimentos tendría más sentido que añadir una cápsula. Un suplemento no mejora una dieta pobre: la sustituye de manera ilusoria. Confiar en que una píldora compensará lo que no comemos es engañarse a uno mismo. Y una idea que, por desgracia, resulta muy rentable para quien la vende.

En la Unión Europea hay alegaciones de salud autorizadas para el magnesio: que contribuye a reducir el cansancio, al metabolismo energético normal y a la función muscular y nerviosa. Son declaraciones ciertas en sentido fisiológico, pero no significan que un suplemento de magnesio actúe como un energizante o relajante universal. Indican, simplemente, que el organismo necesita este mineral para funcionar bien.

Promesas del magnesio versus qué dice la ciencia

También se ha popularizado la idea de que cada problema requiere una forma concreta de magnesio: citrato para el estreñimiento, bisglicinato para el sueño, malato para el cansancio, treonato para el cerebro.

Es cierto que las distintas sales varían en su absorción y tolerancia digestiva, pero demostrar que una sal concreta es clínicamente superior para dormir o para reducir el estrés en personas sanas es otro tema. Este “recetario de sales” es hoy más una estrategia de marketing que una conclusión científica.

La ciencia matiza cada una de estas promesas. El sueño es uno de los reclamos más populares: el magnesio interviene en la excitabilidad neuromuscular y en procesos de relajación, lo que le proporciona una base biológica plausible.

Aun así, la evidencia clínica es bastante limitada: un ensayo clínico reciente en adultos con mala calidad del sueño apunta a una reducción modesta del tiempo necesario para conciliar el sueño. No obstante, hacen falta más estudios clínicos, con muestras más amplias y medidas objetivas del sueño, antes de poder afirmar con solidez que el magnesio mejora la calidad del descanso. De hecho, la Unión Europea no tiene aprobada ninguna declaración de propiedades saludables que relacione este mineral con la mejora del sueño.

Con los calambres musculares para algo parecido. Las revisiones disponibles no muestran un beneficio claro en personas que los experimentan de forma habitual, y la idea de que “el magnesio elimina los calambres” es demasiado simplista.

En cuanto a la energía, el organismo no funciona como un depósito que se llena indefinidamente: si las necesidades ya están cubiertas, añadir más magnesio no produce más energía. El beneficio esperable es corregir una deficiencia, no convertir un mineral en un estimulante.

Tampoco es inocuo en cualquier cantidad

Lo que obtenemos de los alimentos rara vez causa problemas, pero los suplementos en dosis altas, en cambio, pueden provocar diarrea, náuseas y dolor abdominal.

En personas con enfermedad renal o que toman determinados medicamentos el riesgo es mayor. Además, puede interferir con algunos antibióticos y fármacos para la osteoporosis si se toman al mismo tiempo.

Todo junto invita a una reflexión más amplia. En una población sana, la mayoría de complementos alimentarios no son necesarios si la dieta es suficiente, completa y equilibrada. Algunos pueden ser útiles en situaciones concretas –déficits diagnosticados, necesidades aumentadas o indicaciones clínicas–, pero eso no justifica su uso generalizado.

El problema no es solo el producto, sino también el mensaje que lo acompaña. La idea de que una cápsula puede compensar la falta de sueño, el estrés crónico o unos hábitos poco saludables resulta muy atractiva desde el punto de vista comercial, pero responde más a intereses de mercado que a necesidades reales de salud pública.

El magnesio no es una moda sin fundamento: es un nutriente esencial con funciones muy importantes. La pregunta no debería ser “¿qué suplemento me falta?”, sino “¿realmente lo necesito o simplemente me lo han vendido bien?”. La mejor recomendación sigue siendo la que parece “menos atractiva”, pero también la más sólida: primero, los alimentos y, solo cuando sea necesario, una suplementación bien indicada por un profesional sanitario.

The Conversation

Maria Izquierdo-Pulido recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.

Isabella Parilli Moser recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.

Maria Fernanda Zeron Rugerio recibe fondos de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.

– ref. ¿Por qué está de moda el magnesio? – https://theconversation.com/por-que-esta-de-moda-el-magnesio-286597

La ciencia de las fiestas de San Fermín

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ignacio López-Goñi, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), Universidad de Navarra

6 de julio: el chupinazo marca el principio de las fiestas en la abarrotada plaza del Ayuntamiento de Pamplona. AlexeMarcel/Shutterstock

Uno de los retos de la divulgación es conseguir un encuentro inesperado entre el ciudadano de la calle y la ciencia; que cualquier excusa es buena para hablar de ella. Pero ¿podríamos también encontrarla en unas fiestas tan populares como las de San Fermín?

La ciencia en blanco y rojo

Ese fue el reto que nos propusimos en el Museo de Ciencias de la Universidad de Navarra, con la colaboración de otras entidades, entre ellas la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades: divulgar, con textos y detalladas infografías, la física, biología, química, historia o arqueología que hay detrás de las célebres fiestas de Pamplona, que dan comienzo el 6 de julio. ¿A qué altura explota el chupinazo? ¿Cuánta gente cabe ese día en la plaza del Ayuntamiento de Pamplona? ¿Cómo era Pompelo, la urbe romana, en la época de San Fermín? ¿Cómo se baila un gigante para que no vuelque? ¿Se corre el encierro más deprisa que antes?…

Química y física del chupinazo

El chupinazo de San Fermín no es solo el inicio simbólico de las fiestas, sino también un experimento de química y física en plena plaza del Ayuntamiento. El cohete contiene alrededor de 25 gramos de pólvora negra, una mezcla de nitrato de potasio (75 %), carbón vegetal (15 %) y azufre (10 %). Al encenderse, el azufre y el carbón se queman rápidamente utilizando el oxígeno proporcionado por el nitrato de potasio. Esta combustión produce una gran cantidad de gases que, al ser expulsados hacia abajo, y según el principio de acción y reacción de Newton, producen la fuerza que impulsa su ascenso hasta alcanzar entre 500 y 1 000 metros. En el momento de su detonación llega a emitir un sonido de 133 decibelios, similar al ruido del despegue de un avión.

Durante ese momento, en una pequeña plaza de unos 2 500 m² se pueden juntar más de 12 000 personas. Se han hecho estudios que demuestran que lo que parece una multitud caótica empujándose, se comporta en realidad como un sistema colectivo, similar a un fluido. Son mareas humanas en movimiento sincrónico autoorganizado con oscilaciones cada 18 segundos. Comprender la física de las grandes concertaciones de personas puede mejorar la seguridad en eventos multitudinarios.

Ciencia en movimiento: del encierro de los toros al baile de los gigantes

Los toros de los encierros de San Fermín, que pueden superar los 600 kilos, cada vez son más rápido: llegan a alcanzar velocidades cercanas a los 20-25 km/h,cuando un ser humano promedio alcanza unos 15-20 km/h.

Desde 2005, el recorrido del encierro se trata con una solución química antideslizante que reacciona con la parte silícea del pavimento. Se crea así un efecto similar a una “ventosa” que favorece el agarre de las pezuñas y disminuye el riesgo de caídas. Esto ha propiciado que los encierros sean cada vez más rápidos: en 2015 se batió el récord con una carrera de 2 minutos y 15 segundos.

Los gigantes de San Fermín parecen moverse con mucha facilidad, pero mantener en equilibrio una figura de más de cuatro metros de altura y cerca de 60 kilos de peso no es solo cuestión de fuerza, sino de coordinación y equilibrio. El reto es mantener el centro de gravedad dentro de la base de sustentación. Si la línea vertical que une dicho centro de gravedad con el suelo cae fuera de la zona de apoyo de los pies, el gigante puede volcar. Para evitarlo, los portadores separan los pies para aumentar la estabilidad y flexionan las rodillas cuando necesitan frenar o recuperar el equilibrio.

Los cinco sentidos del toro

Los toros no tienen astas, sino cuernos, ya que ambos difieren en su composición, crecimiento y función. Los cuernos se encuentran principalmente en los bóvidos –como vacas, cabras y antílopes– y están formados por un núcleo óseo permanente recubierto por una vaina de queratina. No se ramifican, no se desprenden y crecen durante toda la vida del animal.

En cambio, las astas son propias de los cérvidos –como ciervos, renos y alces– y están compuestas completamente de hueso. Crecen anualmente, se ramifican y se recubren temporalmente de una piel vascularizada llamada borra. Tras la época de celo, las astas se caen y el ciclo comienza de nuevo. Estas diferencias reflejan adaptaciones evolutivas a estilos de vida y comportamientos específicos.

El toro de lidia ha evolucionado para detectar depredadores y amenazas en entornos abiertos. Por eso, estos animales disfrutan de un campo visual más amplio, aunque son hipermétropes y tienen un punto ciego. Presentan una alta proporción de bastones en su retina (gran sensibilidad al movimiento), pero solo dos tipos de conos para el azul y verde-amarillo (los colores rojo y naranja los ven en tonos grisáceos o apagados). Uno de los mitos más extendidos es la idea de que el toro embiste atraído por el color rojo, cuando en realidad es el movimiento lo que le atrae.

Los fuegos artificiales: pura química

Los fuegos artificiales son parte ya de todas las fiestas populares, y sus colores se deben a las sales metálicas que los componen. El calentamiento de la pólvora excita los electrones de dichas sales, haciéndolos “saltar” a un nivel de energía superior. Como ese estado es inestable, regresan inmediatamente a su sitio, liberando la energía sobrante en forma de luz de un color vivo concreto. Así, el rojo es debido a las sales de estroncio, el verde al bario, el azul al cobre, el amarillo al sodio, o el naranja al calcio.

Viaje a Pompelo

Según la tradición, Fermín fue el hijo de un senador romano de la ciudad de Pompelo, llamado Firmo. Pero, ¿cómo era la Pamplona del siglo III, la época en la que vivió quien fuera primer obispo de la ciudad?

Pompelo, fundado por Pompeyo en el año 72 a. e. c., se organizaba en niveles escalonados. Las evidencias arqueológicas sugieren que consistía en un núcleo urbano de tamaño medio, con una extensión en torno a las 20 hectáreas y una población aproximada de unos 6 000 habitantes. El foro, el núcleo de la vida cívica, administrativa y religiosa, ocuparía una posición central y dominante. Las termas (baños públicos y centros de ocio), formarían parte del paisaje monumental del foro, reforzando su carácter como centro neurálgico de la vida urbana de una típica ciudad romana.

En las áreas periféricas se localizaría un barrio artesanal. Se ha documentado la existencia de talleres alfareros con producciones propias, así como la presencia de otras industrias como la metalurgia, el trabajo del hueso, el curtido o la producción de vidrio. Un incendio de carácter catastrófico en un momento posterior al año 282 provocó la destrucción de amplias áreas urbanas.

100 años de ‘Fiesta’

Ernest Hemingway mantuvo una relación muy especial con las fiestas de San Fermín: visitó Pamplona durante estas fechas en nueve ocasiones, entre 1923 y 1959.

Justo ahora se cumple el centenario de la primera edición de una de sus novelas más populares, Fiesta, basada en las experiencias del autor en los Sanfermines de 1924 y, sobre todo, 1925. Narra el viaje de un grupo de expatriados estadounidenses y británicos desde París hasta Pamplona para asistir a las fiestas, después de la Primera Guerra Mundial. Aunque los personajes son ficticios, están inspirados en personas reales de su entorno y de la ciudad.

Se trata de la primera novela de Hemingway, y comenzó a escribirla en 13 de julio de 1925 en el tren que le llevaba de Pamplona a Madrid. Fue publicada el 22 de octubre de 1926 en Nueva York.

Se ha dicho que Fiesta es la versión en español de The Sun Also Rises, pero, en realidad, fue el primer título que el propio Hemingway puso a su manuscrito en inglés. Luego dudó de si a los lectores norteamericanos les gustaría y lo cambió por The Sun Also Rises. Sin embargo, la primera edición en el Reino Unido, lanzada en junio de 1927, recuperó el título inicial.

La ciencia en blanco y rojo es una forma gráfica y amena de acercar la ciencia, la tecnología y los datos históricos que también impregnan las fiestas de San Fermín.

The Conversation

Ignacio López-Goñi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La ciencia de las fiestas de San Fermín – https://theconversation.com/la-ciencia-de-las-fiestas-de-san-fermin-286617

Hace más de un siglo, Benito Pérez Galdós subió la violencia contra la mujer al escenario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Márquez Montes, Profesora Titular de Literatura española, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

_Interior_ de Edgar Degas. Philadelphia Museum of Art

Cuando hoy hablamos de violencia de género, maltrato psicológico, coerción emocional o dependencia afectiva, pensamos de inmediato en conceptos construidos desde la sociología, la psicología clínica o el derecho contemporáneo. Los asociamos a un vocabulario nacido en las últimas décadas, fruto de la investigación científica, la evolución legislativa y una creciente conciencia social.

Pero la literatura –y, de manera muy especial, el teatro– suele adelantarse a la historia. Antes de que la sociedad encuentre palabras para nombrar determinadas heridas, algunos creadores ya han sabido reconocerlas, observarlas y convertirlas en materia dramática.

Así sucede con una de las obras menos frecuentadas y, paradójicamente, más modernas de Benito Pérez Galdós: Bárbara (1905).

Es cierto que no podemos afirmar que fuese el primer autor en mostrar sobre un escenario aquello que hoy identificamos como violencia contra la mujer. La escena europea de finales del siglo XIX había comenzado ya a cuestionar la institución matrimonial, la autoridad patriarcal y la posición social de la mujer, especialmente las obras de Henrik Ibsen y August Strindberg. Sin embargo, sí puede sostenerse con fundamento que Galdós figura entre los primeros dramaturgos europeos –y, con seguridad, entre los pioneros de la escena española– en representar con singular profundidad los mecanismos psicológicos, emocionales y sociales del maltrato ejercido contra una mujer.

Un estreno que su tiempo no pudo leer del todo

El 28 de marzo de 1905, el Teatro Español de Madrid acogió el estreno de Bárbara, con María Guerrero al frente del reparto. No era una obra más dentro de la producción dramática galdosiana. Llegaba en un momento de plena madurez teatral, cuando el escritor canario llevaba más de una década entregado intensamente a la escena tras el estreno de Realidad en 1892, también protagonizada por Guerrero.

Fotografía de dos hombres sentados y una mujer de pie de principios del siglo XX. Un perro blanco les mira.
María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza en la casa de Benito Pérez Galdós, San Quintín (Santander). 1900-1910.
Centre de Documentació i Museu de les Arts Escèniques, CC BY-SA

A primera vista podría parecer un drama de pasiones, redención moral o conflictos matrimoniales. Pero una lectura atenta revela algo mucho más incómodo y profundamente moderno: Galdós está representando el progresivo proceso de destrucción interior de una mujer sometida durante años a una relación marcada por la violencia, el control y la humillación.

En 1905 no existía la expresión “violencia de género”. Tampoco había protocolos de protección, estudios clínicos sobre relaciones abusivas ni un lenguaje jurídico capaz de nombrar la violencia psicológica. Y, sin embargo, Galdós parece reconocerla con extraordinaria lucidez.

Bárbara no aparece únicamente como una esposa desgraciada o una mujer atrapada en un matrimonio infeliz. Es una mujer emocionalmente erosionada, insegura, culpabilizada, aislada y, en muchos momentos, incapaz de reconocerse fuera de la estructura que la oprime.

Su relación con Lotario –su esposo– no responde simplemente al modelo tradicional del marido autoritario. Lotario controla, humilla, desacredita, ridiculiza, aísla y, finalmente, consigue que Bárbara termine dudando incluso de su propia percepción de la realidad, uno de los mecanismos más devastadores del maltrato psicológico.

Portada de la primera edición de _Bárbara_, tragicomedia en cuatro actos por Benito Perez Galdos.
Portada de la primera edición de Bárbara, tragicomedia en cuatro actos por Benito Perez Galdos.
Biblioteca Nacional de España, CC BY

Lo verdaderamente sorprendente es que Galdós no necesita construir grandes escenas de violencia explícita para transmitir esa opresión. Le bastan la palabra, el tono, la pausa, la repetición, el silenciamiento: la mirada del otro convertida en juicio permanente. Sobre todo, le interesan los demás, ya que, en el primer acto, en un acto de defensa, Bárbara, sin desearlo, mata a Lotario. Los restantes tres actos muestran cómo reaccionan Bárbara y la sociedad ante una tragedia de este tipo.

Quien hoy se acerque a la obra reconocerá con inquietante claridad comportamientos que la psicología contemporánea describe con términos como manipulación emocional, pérdida progresiva de autoestima, dependencia afectiva o normalización del abuso.

No estamos, por tanto, ante una lectura anacrónica proyectada desde el presente; diversas investigaciones filológicas han puesto de relieve esta dimensión de la obra. Precisamente, Carolina Melini y yo hemos estudiado la extraordinaria modernidad de Bárbara como representación dramática del maltrato y de los micromachismos.

Una preocupación constante en la obra de Galdós

Esta pieza no surge por casualidad. Casi desde los inicios de su creación Galdós había convertido a las mujeres en uno de los centros de gravedad de su universo. Fortunata, Jacinta, Tristana o Marianela demuestran el interés del autor por explorar la condición femenina dentro de una sociedad profundamente patriarcal, con mujeres condicionadas por matrimonios de conveniencia, dependencias económicas, limitaciones educativas, estructuras morales que restringían su libertad, etc.

Cuando Galdós llega al teatro, esa preocupación se intensifica: de las veintidós obras de teatro estrenadas, diecisiete de ellas tienen a una mujer como protagonista absoluta. La escena no solo permite contar el conflicto, sino compartirlo, hacerlo visible y convertirlo en experiencia colectiva. Por ello, Bárbara fue una obra especialmente incómoda para la España de comienzos del siglo XX.

¿Por qué sigue interpelándonos más de un siglo después?

Los mecanismos esenciales del abuso han cambiado menos de lo que quisiéramos pensar. Se han modificado el lenguaje, la legislación o los sistemas de protección, pero la culpa, el miedo, la dependencia, la manipulación emocional y la destrucción de la autoestima siguen formando parte de demasiadas historias.

Y ahí reside la extraordinaria modernidad de Galdós, quien nunca escribió sobre una moda intelectual de su tiempo. No construyó una simple denuncia coyuntural, sino que identificó una de las formas más persistentes de violencia dentro de la intimidad humana y tuvo la valentía de colocarla en el centro del escenario.

Por ello reivindicamos que esta obra entre en el canon. Igual que su autor, debería ser un clásico. Los clásicos no sobreviven porque hablen del pasado. Lo hacen porque siguen poniendo nombre a aquello que una sociedad, en ocasiones, todavía no se atreve a mirar de frente.

Más de ciento veinte años después del estreno de Bárbara, la pregunta no es si Galdós fue uno de los primeros dramaturgos en mostrar la violencia contra la mujer desde un escenario. La pregunta sería: si él fue capaz de verla con tanta claridad en 1905, ¿qué excusa puede permitirse nuestra sociedad para no reconocerla hoy?

Quizá haya llegado el momento de devolver Bárbara al debate público.


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Carmen Márquez Montes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Hace más de un siglo, Benito Pérez Galdós subió la violencia contra la mujer al escenario – https://theconversation.com/hace-mas-de-un-siglo-benito-perez-galdos-subio-la-violencia-contra-la-mujer-al-escenario-285900

¿Cómo se miden los precios para determinar los niveles de inflación?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángeles Sánchez Díez, Dpto. Estructura Económica y Economía del Desarrollo. Coordinadora del Grupo de Estudio de las Transformaciones de la Economía Mundial (GETEM), Universidad Autónoma de Madrid

Floren Horcajo/Shutterstock

Cada mes, la variación de los precios se convierte en un dato económico de interés general. Los telediarios, los boletines informativos, la prensa escrita y las redes sociales se hacen eco de si el coste de la vida sube o baja y en qué magnitud. Entonces es cuando economistas, periodistas, clase política y público en general hablan de inflación, deflación, estanflación o incluso reduflación.

¿A qué se refieren exactamente estos términos?

La inflación es el aumento generalizado y sostenido de los precios de los bienes y servicios en una economía a lo largo del tiempo. Es decir, no se puede hablar de inflación si solo crece el precio de unos pocos productos, o lo hace solo en un periodo breve de tiempo. La inflación es un proceso generalizado (de la gran mayoría de los bienes y servicios) y continuado a lo largo de los meses.

El aumento de los precios (la inflación) es un proceso natural que va de la mano del crecimiento de la economía. De hecho, el Banco Central Europeo estima que el incremento deseado de los precios es de un 2 % anual. A diferencia de lo que podría parecer a simple vista, la inflación cero (o negativa) no es una buena noticia para la economía, dado que se relaciona con procesos recesivos. En este caso, hablamos de deflación.

Otros dos conceptos importantes son la estanflación, que se produce cuando la subida de los precios se da en un periodo de recesión, y la reduflación, que supone la subida de precios por cantidad vendida. Es decir, cuando, por ejemplo, se mantiene el precio de un champú pero el bote pasa de traer 500 a 420 mililitros.

¿Cómo se mide la variación de los precios?

Muchos indicadores miden la variación de precios, pero el más utilizado es el Índice de Precios al Consumo (IPC), indicador que refleja el precio de una “cesta de la compra representativa de la familia española”. La información para construir esta cesta proviene de la Encuesta de Presupuestos Familiares, que recoge la información sobre el gasto medio de los hogares españoles en bienes y servicios, agrupados en 12 grandes grupos (alimentos, bebidas, vestido y calzado, etc.)

No gastamos lo mismo en alimentación que en bebidas y tabaco, ni tampoco destinamos los mismos recursos a vivienda y suministros como agua, electricidad y gas que a educación y sanidad, que están cubiertos en gran medida por el sector público. Por eso, es necesario establecer unas ponderaciones, que reflejen cuánto dinero destinamos a cada tipo de productos o de servicios. La subida del precio de los tomates y el de la vivienda no tienen el mismo efecto sobre la inflación, pues al primero destinamos un porcentaje muy inferior de nuestra renta que al segundo.

¿Nuestros gustos son iguales hoy que hace una década?

Las generaciones de edad más avanzada bebían coñac en su juventud. Más tarde se puso de moda el whisky y el vodka, y ahora, el gin tonic y el tequila. También se ha generalizado el consumo de bienes que no se identificaban con la tradición española, como el aguacate, el mango o la papaya. No menos importantes son los cambios en los patrones de consumo por las nuevas formas de vida, como la comida preparada o los pedidos de comida para entrega a domicilio.

Además, la tecnología también ha modificado los patrones de consumo. Hace décadas que el gasto en cintas de cassettes, en discos o en CD es irrelevante. Hoy en día el acceso a la música se realiza, sobre todo, a través de plataformas.

Sea por la razón que sea, la cesta representativa de la compra cambia a lo largo del tiempo, y con ella la metodología para el cálculo del IPC. Desde 1939 se han realizado 12 revisiones, la última de ellas en 2025, siguiendo las directrices de la Unión Europea.

¿Cómo sabe el INE lo que cuestan las cosas?

Cada mes, el Instituto Nacional de Estadística (INE) recoge miles de precios en establecimientos físicos, empresas de servicios y plataformas digitales de todo el territorio español, y, de forma cada vez más importante, a través de sistemas automáticos de recogida de información gracias a la digitalización. No sabemos de qué comercios se toman los precios exactamente: así se evita que puedan cambiarse para manipular el valor del IPC. También desconocemos el producto exacto del que se recoge el precio. Por ejemplo, se registra lo que cuesta la leche entera, pero no sabemos de qué marcas ni en qué establecimientos.

Una vez que se han recogido los precios, se comparan con los registrados en los periodos anteriores y se calcula un índice ponderado, dando más importancia a los bienes y consumos a los que destinamos más renta. Esas son las ponderaciones del IPC.

Aprendamos a interpretar los datos de la inflación

¿Qué significa que, en mayo de 2026, en España el Índice de Precios al Consumo haya sido de 102,951, la inflación anual del 3,2 %, la inflación mensual del 0,1 % y la inflación acumulada del 1,6 % según el Instituto Nacional de Estadística? Veámoslo paso a paso.

El IPC es un número índice, que se hace igual a 100 en un año base. En la actualidad, el IPC tiene como año base el 2025. Si el IPC es inferior a 100 quiere decir que los precios son menores que en el año base o de referencia, y si es mayor indica un incremento respecto a ese momento del tiempo. Por lo tanto, si el IPC en enero de 2020 era de 82,032 los precios eran menores que en el año base (2025) y si en mayo de 2026 el IPC era de 102,951, los precios han aumentado.

Pero ¿cuánto han crecido? Es importante que el periodo de tiempo sea siempre el mismo, ya sea un mes, un trimestre o un año, por ejemplo. Si no es imposible hacer comparaciones.

Que, según el INE, la inflación anual haya sido del 3,2 % en mayo de 2026 quiere decir que los precios crecieron en esa magnitud respecto a mayo de 2025. Es decir, a lo largo de los últimos 12 meses. Este es uno de los indicadores más utilizados, dado que las cifras económicas se suelen presentar en variaciones anuales.

Por su parte, la inflación mensual nos informa de la variación de los precios de un mes respecto del anterior. Es decir, si la inflación mensual de mayo de 2026 es del 0,1 %, quiere decir que han crecido una décima respecto a abril de 2026.

Finalmente, el INE publica la variación de los precios en lo que va de año o acumulada, es decir, respecto a diciembre del año anterior. Que la inflación acumulada sea del 1,6 % en mayo de 2026 nos informa cuánto han crecido los precios en los 5 primeros meses del año. Nos da una pista de si podremos (o no) cumplir con las estimaciones realizadas por las autoridades monetarias. Viene a ser como un examen parcial de la evaluación continua.

¿Y se mide igual en todas las comunidades autónomas y el resto de la UE?

Las familias vascas no gastan igual que las catalanas en restaurantes y alojamientos: los primeros destinan el 19,79 % de su renta y los segundos el 14,90 %.

Por otro lado, mientras que los extremeños destinan el 19,39 % de su renta a la alimentación, los madrileños tan solo el 14,40 %. Las ponderaciones de gastos son diferentes en cada comunidad autónoma y provincia. De esta forma podemos calcular el IPC por comunidad autónomas y provincias.
La UE estableció la convergencia de los precios como uno de los criterios para formar parte de la zona euro. Por lo tanto, era necesario tener un indicador igual para la medición. Este es el IPC armonizado, que presenta algunas diferencias metodológicas con el IPC.

Pues bien, la inflación es un concepto económico popular, que forma parte del vocabulario general, pero, como todo en esta vida, esconde una cierta complejidad. Por ello, es necesario conocer que hay detrás de su medición para saber realizar las interpretaciones.

The Conversation

Ángeles Sánchez Díez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Cómo se miden los precios para determinar los niveles de inflación? – https://theconversation.com/como-se-miden-los-precios-para-determinar-los-niveles-de-inflacion-283646

Las lecciones económicas tras las gestas del Tour de Francia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Francisco Albert Moreno, Profesor Ayudante Doctor (Departamento de Economía Aplicada), Universitat de València, Universitat de València

PennPix/Shutterstock

Con la llegada de julio comienza uno de los grandes acontecimientos deportivos del año: el Tour de Francia. Un espectáculo mundial que nos puede hacer más llevaderas las tardes cada vez más tórridas de las primeras semanas del verano.

El Tour trasciende lo puramente deportivo. Es un fenómeno cultural, una maquinaria económica perfectamente engrasada y una de las mayores demostraciones de resistencia humana. Pero también puede convertirse en un magnífico laboratorio para comprender cómo funciona la economía.

En esta edición de 2026, que arranca en Barcelona el 4 de julio, todas las miradas apuntan al esloveno Tadej Pogačar (1998). Si logra conquistar su quinto Tour igualará a los franceses Jacques Anquetil y Bernard Hinault, el belga Eddy Merckx y el español Miguel Induráin. No lo tendrá fácil. Frente a él estarán el danés Jonas Vingegaard, doble vencedor del Tour, y el joven francés Paul Seixas, la gran revelación de la temporada y la esperanza de un país que no celebra un campeón del Tour desde Bernard Hinault, en 1985.

Lecciones de economía en bicicleta

La batalla sobre el asfalto promete emociones. Pero, además del espectáculo, el Tour ofrece algo menos evidente: una extraordinaria colección de lecciones económicas, como cuento en mi libro Un economista en el Tourmalet (2026).

Muchas de las situaciones que se producen durante una etapa ilustran principios económicos mejor que algunos ejemplos académicos. Basta observar con atención las decisiones que toman los corredores para descubrir conceptos que normalmente estudiamos en los manuales universitarios.

Volvamos a Bernard Hinault. El francés conquistó cinco Tours de Francia y en 1986 afrontaba su última oportunidad de alcanzar el sexto, una cifra que ningún ciclista ha logrado todavía. Un año antes, su joven compañero, el estadounidense Greg LeMond, había trabajado para ayudarle a conseguir su quinta victoria, con la promesa de que en la siguiente edición los papeles se invertirían.

Pero Hinault nunca fue un corredor resignado. En la etapa reina de los Pirineos atacó desde el Tourmalet, a muchos kilómetros de la meta, abriendo una amplia ventaja gracias a un despliegue de fuerza y orgullo. Sin embargo, incluso los mejores ciclistas están sometidos a la escasez: la energía es un recurso limitado. Aquel esfuerzo resultó imposible de sostener, Hinault terminó hundiéndose en la subida final a Superbagnères, y LeMond acabó dando la vuelta a la clasificación general para conquistar su primer Tour.

¿Y si Hinault perdió aquel sexto Tour por no pensar como un economista?

Uno de los primeros conceptos que enseñamos en cualquier curso de economía es el coste de oportunidad: aquello a lo que renunciamos cuando tomamos una decisión. Cada pedalada del ataque de Hinault tenía un coste. Al consumir gran parte de sus fuerzas en un momento de la carrera, renunciaba a disponer de ellas cuando más las necesitaría. El precio de aquella apuesta no fue únicamente una etapa. Probablemente fue la oportunidad de convertirse en el único ciclista de la historia con seis Tours de Francia en su palmarés.

Tres años después, el propio LeMond protagonizaría otra de las grandes lecciones económicas de la historia del ciclismo. El Tour de 1989 llegó a su última etapa con el francés Laurent Fignon vestido de amarillo y una ventaja de 50 segundos sobre el estadounidense. Todo parecía decidido.

Sin embargo, LeMond utilizó una innovación que muchos consideraban poco más que una extravagancia: un manillar de triatlón que mejoraba notablemente su posición aerodinámica. Fignon, en cambio, mantuvo el equipamiento tradicional, sin casco y con su característica coleta al viento. El resultado es ya historia del deporte: LeMond recuperó toda la desventaja y ganó el Tour por apenas ocho segundos, la diferencia más pequeña jamás registrada.

Greg Lemod ganó el Tour de 1989 por apenas 8 segundos. Fuente: Tour de France, YouTube.

Aquellos ocho segundos fueron mucho más que un desenlace deportivo. Demostraban cómo una innovación tecnológica puede transformar por completo el resultado de una competición. Es el mismo mecanismo que explica buena parte del crecimiento económico. Las sociedades prosperan cuando son capaces de producir más y mejor gracias al progreso técnico y la innovación.

Espectáculo deportivo y lección económica

Estos son solo dos ejemplos. El ciclismo está lleno de situaciones que recuerdan a conceptos económicos. El pelotón busca continuamente un equilibrio semejante al de un mercado. Las escapadas muestran los incentivos y los problemas de coordinación. Las alianzas entre rivales revelan cómo la cooperación puede beneficiar incluso a quienes compiten entre sí. Y las famosas “pájaras ciclistas” ilustran cómo un crecimiento aparentemente exuberante termina provocando las temibles burbujas financieras.

Quizá esa sea una de las razones por las que el Tour sigue fascinando más de un siglo después. No solo porque gana el más fuerte, sino porque cada etapa reproduce algunos de los grandes dilemas de la economía: cómo gestionar recursos limitados, cuándo asumir riesgos, cuándo innovar y qué coste tiene cada decisión. Quien siga la carrera este verano disfrutará de uno de los mayores espectáculos deportivos del mundo. Pero si observa el pelotón con ojos de economista, descubrirá que cada etapa también puede convertirse en una clase de economía magistral.

The Conversation

El autor es autor del libro Un economista en el Tourmalet, en el que desarrolla algunas de las ideas expuestas en este artículo.

– ref. Las lecciones económicas tras las gestas del Tour de Francia – https://theconversation.com/las-lecciones-economicas-tras-las-gestas-del-tour-de-francia-286532

Melón, Pancrudo, Guasa… Muchos nombres de lugar no significan lo que parece

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Giralt Latorre, Profesor Titular de Universidad de Filología Catalana Departamento de Lingüística y Literaturas Hispánicas, Universidad de Zaragoza

Vista de Pancorbo (Burgos), cuyo nombre procede del latín _pandu curvu_ (“terreno inclinado o curvado”). Luis Rogelio HM/Flickr, CC BY

Melón es el nombre de una localidad gallega en la comarca del Ribeiro, en la provincia española de Orense. Es muy probable que, si no lo conocemos y pasamos por él en nuestro camino hacia las Rías Bajas, pensemos que se llama así porque existen o existieron campos de melones o alguna relación de este lugar con dicha fruta. Lo mismo que municipios como Pancorbo, en Burgos, o Pancrudo, en Teruel, tienen algo que ver con pan. Pero estaríamos muy equivocados en estas interpretaciones.

En los nombres de lugares sobreviven palabras desaparecidas, ecos de lenguas habladas hace siglos, memorias de antiguos habitantes o paisajes que ya no existen. Los topónimos funcionan como auténticos archivos del territorio, capaces de conservar huellas lingüísticas e históricas que los hablantes ya no reconocen.

En los últimos años han proliferado noticias sobre supuestas “lenguas ancestrales” escondidas en la toponimia. Muchas parten de una intuición correcta: los nombres de lugar suelen ser extraordinariamente conservadores y pueden preservar elementos muy antiguos. Pero también existe un riesgo evidente: interpretar cualquier topónimo como un misterio prerromano o como la huella automática de una lengua perdida.

No son lo que parecen

Mientras la lengua cambia, los topónimos pueden mantener palabras desaparecidas, formas dialectales antiguas o significados que hoy no reconocemos. Y precisamente por eso muchos acaban siendo reinterpretados con el paso del tiempo.

Cuando un nombre deja de entenderse, lo explicamos a partir de palabras conocidas de nuestra lengua actual. Pero el nombre de Melón no tiene nada que ver con la fruta, sino que realmente procede del antropónimo latino Mellonius, probablemente representado en el medieval gallego Mellone, referido a un antiguo poseedor del lugar.

Observemos otro caso curioso. En Huesca hay una localidad llamada Guasa. Su nombre no tiene nada que ver con estar de broma. Proviene de una voz de origen vasco, en concreto gogor “duro”, un adjetivo que surge de la reduplicación de gor, que significa actualmente “sordo”.




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En Teruel podemos ir a Libros, un pequeño y pintoresco pueblo a orillas del Turia cuyos habitantes puede que disfruten mucho de la lectura, o no, pero cuyo nombre está vinculado a una condición fiscal medieval del lugar.

¿Y qué decir de Mozota, en Zaragoza? Lejos de referirse a alguna “moza” de esa localidad, proviene del árabe mawsaṭa, “centro, punto central”, en referencia a la porción de tierra firme que queda en el centro del pronunciado meandro que describe en ese punto geográfico el río Huerva.

Seguimos: Griegos, también en Teruel, además de ser el pueblo más frío de España, está sobre un antiguo asentamiento de helenos. Y, sin embargo, conserva la raíz lingüística céltica brig-, presente en topónimos hispanos antiguos (Brigaecium, Brigantium, Segobriga) y en el origen de numerosos topónimos actuales (Coimbra, Sanabria, Sepúlveda, Setúbal), cuyo significado primitivo es “colina, altura” y que, por extensión metonímica, se convirtió en sinónimo de “fortaleza, lugar fortificado”.

Como vemos, pues, las apariencias engañan, y así se pone de manifiesto en muchos de los topónimos que ya hemos incorporado en Toponomasticon Hispaniae, un proyecto que tiene como objetivo el estudio y divulgación de los nombres de lugar de todo el territorio español y portugués, considerando todas las lenguas peninsulares.

Adaptaciones a palabras más cercanas

Incluso hay casos en los que un nombre de lugar acaba siendo reanalizado a partir de palabras que resultan más familiares para los hablantes, fenómeno este al que el filólogo catalán Joan Coromines llamó metacedeusis.

Cuando la forma de un topónimo es opaca, es decir, cuando el hablante no identifica su significado, el nombre se adapta poco a poco a otras palabras que resultan más reconocibles. Un ejemplo sería el de Santaliestra en Aragón (o Santallestra en Huesca), probablemente procedente de silva ilicestra (en latín, “bosque de encinas”). Pasados los siglos, la voz latina inicial fue sustituida por el adjetivo santa, dando lugar a un hagiotopónimo (nombre de lugar relacionado con un santo) que se ha vinculado a Santa Eleuteria.

El mapa conserva palabras y paisajes desaparecidos

Los topónimos no solo conservan palabras antiguas. También guardan paisajes y formas de vida desaparecidas. Así, Valdenoches, en Guadalajara, parece hoy un nombre perfectamente comprensible: un “valle de noches”.

Sin embargo, es probable que el sustantivo noches proceda de una forma romance antigua derivada del latín nuces, plural de nux, “nogal”, seguramente con una evolución fonética mozárabe.




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Fósiles lingüísticos

Y este origen a partir de un fitónimo (nombre de planta) es el que también se ha dado a algunos ríos del área este peninsular, como el Noguera Ribagorzana o el Noguera Pallaresa: popularmente se interpreta que ese “noguera” tiene el sentido de “nogal” y, sin embargo, está haciendo referencia a la actividad de transportar troncos por el río desde los altos valles pirenaicos: proviene de naucaria, “almadía” o balsa de troncos.

Algo semejante ocurre con Pancorbo (Burgos) y Pancrudo (Teruel). Aunque hoy el primer elemento parece vincularse inevitablemente al pan, los nombres nos remiten, respectivamente, al latín pandu curvu, “terreno inclinado o curvado” y pandu crudu, “vertiente cruda, de extrema dureza”. Estos topónimos habrían conservado una voz antigua ya desaparecida de la lengua actual. El mapa funciona, pues, como una especie de fósil dialectal.

Lugares desaparecidos

En otros casos, la toponimia conserva incluso nombres de lugares que ya no existen. El río Mesquí/Mezquín, en Teruel, podría derivar del árabe andalusí masākin (“moradas”, “casas”). La documentación medieval menciona un lugar desaparecido llamado Mezchino, pero el río conservó su nombre aun cuando el asentamiento ya había dejado de existir. El paisaje actual guarda así la huella lingüística de una población de origen árabe perdida hace siglos.

No basta con la intuición

Por eso la toponimia no puede estudiarse solo a partir de parecidos fonéticos o corazonadas ingeniosas. Para reconstruir el origen de un nombre de lugar es necesario tener muy presentes los testimonios antiguos, y para ello hay que acudir a la documentación, donde podemos encontrar variantes muy valiosas que nos ayudarán comprender la evolución del topónimo a lo largo del tiempo e intuir su etimología (la palabra de la que procede) y su etiología (la razón que lo motivó).

Aunque siempre con extrema prudencia, puesto que los registros medievales pueden proporcionar en ocasiones “falsos amigos” que conduzcan a propuestas erróneas. Así ocurre, por ejemplo, con Vadocondes (Burgos) junto a las formas antiguas que apuntan a un compuesto “vado de los condes”, la documentación transmite variantes como Valdecuendas o Vadacondas, posiblemente debidas a errores de lectura o de transcripción repetidos en la cadena documental. Tomarlas como testimonios fidedignos de la forma antigua podría alterar por completo la interpretación del topónimo.

Los topónimos no son simples etiquetas geográficas. Son fósiles lingüísticos donde sobreviven palabras, sonidos y paisajes que ya han desaparecido de la lengua cotidiana. A veces creemos entender un nombre porque reconocemos una palabra familiar. Pero el mapa conserva voces mucho más antiguas que nosotros.

The Conversation

Javier Giralt Latorre recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación para el proyecto de investigación “Toponimia centropeninsular e insular atlántica” (PID2024-159776OB-C42).

María Teresa Moret Oliver recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación para el proyecto de investigación “Toponimia centropeninsular e insular atlántica” (PID2024-159776OB-C42).

– ref. Melón, Pancrudo, Guasa… Muchos nombres de lugar no significan lo que parece – https://theconversation.com/melon-pancrudo-guasa-muchos-nombres-de-lugar-no-significan-lo-que-parece-286165

Noches que matan: cuando el calor no da tregua aunque caiga el sol

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Dominic Royé, Investigador Ramon y Cajal, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Stock-Asso/Shutterstock

Mientras dormíamos estos últimos días, en Almería los termómetros marcaban 30 grados. No era la temperatura del mediodía: era la mínima nocturna, algo sin precedentes en la historia meteorológica española. La AEMET confirmó que las noches del 22 y 23 de junio de 2026 fueron las más cálidas de junio desde que hay registros, con mínimas medias peninsulares de 20 °C, y que los días 22 y 23 superaron con una anomalía de 7,1 °C a la media histórica. En España ya estimamos 4 217 muertos atribuibles al calor en junio (1 209 por calor extremo y 3 008 por calor moderado) con fecha del 29 de junio, según nuestra monitorización.

Lo que estos datos ilustran no es solo el calor extremo del día: también es la ausencia de recuperación por la noche. Y eso, precisamente, es lo que un estudio reciente publicado en Environment International ha cuantificado por primera vez a escala global.

Tres tablas que muestran los diez valores más altos de temperaturas máxima, mínima y media para el mes de junio entre 1950 y 2026 en la España peninsular.
Los diez valores más altos de temperaturas máxima, mínima y media para el mes de junio entre 1950 y 2026 en la España peninsular.
AEMET

El calor nocturno tiene su propia firma de riesgo

La investigación, liderada por la Misión Biológica de Galicia (CSIC) en colaboración con la red internacional MCC (Multi-Country Multi-City), analizó más de 14 millones de defunciones en 178 ciudades de 44 países entre 1990 y 2018. El objetivo era resolver una pregunta que la epidemiología había dejado pendiente: ¿el calor nocturno mata por sí solo, o es simplemente un reflejo del calor diurno?

La respuesta es clara. Incluso controlando estadísticamente la temperatura máxima del día –es decir, descartando que el efecto se deba solo al calor diurno acumulado–, el exceso de calor nocturno se asocia de forma independiente con un mayor riesgo de muerte. En noches de exceso de calor extremo, el riesgo de morir aumenta un 2,6 % respecto a las noches sin estrés térmico. Un incremento modesto en apariencia, pero consistente en todos los climas y regiones del mundo.

El estudio utilizó dos índices basados en datos horarios y no en la temperatura mínima diaria, que suele registrarse al amanecer y no refleja bien lo que ocurre durante las horas de sueño. El primero mide el exceso de calor nocturno (la suma de los grados de más durante la noche por encima de un umbral adaptado a cada ciudad). El segundo mide la duración (el porcentaje de horas nocturnas en que se supera ese umbral).

Impacto en la salud

La biología detrás de estas cifras es coherente. La noche es el tiempo en que el organismo repara el daño térmico del día, reduce la frecuencia cardíaca, consolida el sistema inmune y regula los ritmos circadianos. Cuando la temperatura no baja, ese proceso de recuperación se interrumpe o se degrada.

El calor nocturno altera la arquitectura del sueño: reduce las fases de movimiento ocular rápido (REM) y el sueño profundo de ondas lentas, aumenta los despertares y eleva la temperatura central del cuerpo. El resultado no es solo cansancio: es una mayor carga sobre el sistema cardiovascular, alteraciones en la variabilidad de la frecuencia cardíaca, modificaciones en los lípidos sanguíneos y, en personas vulnerables, un riesgo real de infarto, ictus o fallo renal. Investigaciones recientes vinculan las noches cálidas con mayor mortalidad por parada cardíaca súbita y por demencia.

El estudio identificó además que el mayor impacto se concentra en las primeras 24 horas tras la exposición y en el día siguiente, con efectos que se disipan hacia el tercer o cuarto día, lo que sugiere un mecanismo agudo más que un efecto de desgaste acumulado lento.

Sur de Europa y Asia occidental: los más expuestos

No todos los lugares son igual de vulnerables. Los resultados muestran que el efecto es mayor en el sur de Europa y en Asia occidental (2,5 %). En el norte de Europa, se detecta una menor mortalidad nocturna, probablemente porque los umbrales de calor nocturno se alcanzan con mucha menor frecuencia.

En España, el análisis a nivel de ciudad revela un patrón geográfico muy claro: el mayor aumento de mortalidad por exceso de calor nocturno se concentra en las ciudades del interior peninsular. Granada (3,56 %), Madrid (3,45 %), Córdoba (3,44 %) y Badajoz (3,18 %) encabezan el ranking nacional, seguidas de Ciudad Real (3,00 %) y Toledo (2,92 %).

En términos de duración nocturna, en Córdoba lidera con un 2,47 %, seguida de Granada (2,26 %) y Sevilla (1,93 %): en estas ciudades, la temperatura supera el umbral durante toda la noche. Las ciudades del litoral mediterráneo y cantábrico presentan aumentos menores, aunque igualmente significativos: Barcelona (0,56 %), Alicante (0,55 %) o Almería (0,46 %). El valor relativamente bajo de Almería refleja que su umbral de aclimatación ya es muy alto y que las 70 horas por encima de 30 °C registradas la semana pasada representan una situación sin precedentes incluso para una ciudad curtida en el calor.

La península ibérica combina además un parque de viviendas con baja eficiencia energética, una población envejecida y una intensificación del calor urbano que hace que estos episodios sean cada vez más frecuentes e intensos.

El problema nocturno de los entornos urbanos

Las ciudades retienen el calor durante el día en el pavimento, los edificios y la propia actividad humana, y lo liberan durante la noche en forma de radiación de onda larga. La isla de calor urbana –esa diferencia de temperatura entre el centro de una ciudad y su entorno rural– se manifiesta sobre todo en las horas nocturnas, cuando el campo ya se ha enfriado y la ciudad sigue caliente.

En ciudades mediterráneas como Barcelona, Madrid o Valencia, esta diferencia puede superar los 5-7 °C en noches de verano. Lo que para la estación meteorológica del aeropuerto es una mínima de 27 °C puede ser una temperatura de 30 °C o más en un barrio denso del centro, con calles estrechas, escasa vegetación y edificios de hormigón que acumulan calor.

El problema se agrava porque las opciones de adaptación nocturna son más limitadas que durante el día. De día, se puede buscar sombra, reducir la actividad o entrar en un edificio climatizado. De noche, abrir las ventanas –la estrategia más básica y accesible– deja de funcionar cuando el exterior está igual de caliente que el interior. En esas condiciones, el aire acondicionado se convierte en la única solución eficaz, pero su uso masivo genera más calor residual en la ciudad y consume una energía que no todos pueden permitirse.




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Adaptar las ciudades para que la noche sea habitable

Los resultados de este estudio tienen implicaciones directas para el diseño urbano y las políticas de salud pública. El calor nocturno requiere un enfoque de adaptación diferente al calor diurno.

En términos de infraestructura urbana, las medidas más eficaces para reducir el calor nocturno en las ciudades pasan por aumentar la vegetación –especialmente arbolado de gran porte, que genera sombra durante el día y reduce la temperatura radiante por la noche–, incrementar las superficies de agua y, sobre todo, reducir las superficies impermeables que absorben calor durante el día. Los estudios epidemiológicos europeos han demostrado que las ciudades con mayor cobertura vegetal tienen menor mortalidad asociada al calor.




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También cobran importancia los refugios climáticos: espacios públicos climatizados o naturalmente frescos –bibliotecas, centros cívicos, parques con arbolado denso, zonas de baño– que ofrezcan un lugar donde pasar las horas más críticas. Pero para que sean efectivos en el contexto nocturno, el desafío es mayor: habría que pensar en refugios que también funcionen durante la noche para las personas más vulnerables –personas mayores solas, sin aire acondicionado en casa–, algo que los sistemas actuales de alerta y respuesta apenas contemplan.

Precisamente ahí está uno de los principales mensajes del estudio: los planes de prevención ante olas de calor siguen centrados en las temperaturas máximas diurnas. Los sistemas de alerta, los mensajes de salud pública y los protocolos de emergencia se activan cuando el día es muy caluroso. Pero si la noche no refresca, el riesgo persiste e incluso se acumula. El índice de calor nocturno que propone esta investigación podría integrarse en los sistemas de vigilancia existentes –como el índice Kairós que utiliza el Ministerio de Sanidad en España– para activar respuestas específicas cuando las noches son peligrosamente cálidas.

Lo que viene

La tendencia es inequívoca. Desde 1961, las temperaturas mínimas veraniegas en España han subido dos grados, lo que ya se traduce en un aumento del número de noches tropicales –con mínimas por encima de 20 °C– en casi todas las capitales. Con el cambio climático, las proyecciones son todavía más preocupantes: los escenarios de 1,5 °C y 2 °C de calentamiento global convertirán en habituales episodios que hoy son excepcionales. Barcelona, por ejemplo, podría llegar a tener hasta 4 meses al año con noches tropicales a finales de siglo en el escenario más pesimista, la mitad de ellas tórridas.

Gráfica que muestra un aumento en el número de días con ola de calor en España entre 1975 y 2025.
Número de días con ola de calor en España entre 1975 y 2025.
AEMET

El estudio deja además una pregunta abierta para la investigación futura: no sabemos aún si es más dañino pasar toda una noche con calor moderado o una parte de la noche con calor muy intenso. La duración y la intensidad del estrés nocturno pueden tener efectos fisiológicos distintos, y entenderlos mejor ayudará a diseñar índices más precisos y alertas más eficaces.

Mientras tanto, la evidencia disponible ya es suficiente para actuar. El calor nocturno mata. No como consecuencia del calor diurno, sino con una contribución propia e independiente. Y las ciudades del sur de Europa, con sus infraestructuras envejecidas y sus poblaciones que envejecen también, son especialmente vulnerables. La noche ya no es el descanso que fue.

The Conversation

Dominic Royé esta financiado por el programa Ramón y Cajal (RYC2023-042824-I) y la GAIN-Xunta de Galicia.

– ref. Noches que matan: cuando el calor no da tregua aunque caiga el sol – https://theconversation.com/noches-que-matan-cuando-el-calor-no-da-tregua-aunque-caiga-el-sol-286452

¿Cómo se consigue acabar una etapa del Tour de Francia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcela Herrera Garin, Doctora en Psicologia i Màster en Psicologia de l’Esport (UAB) especialista en rendiment i benestar humà i esportiu.Professora de Psicoloia del rendiment (CAFE) i Psicologia de l’Esport (Psicologia). Membre del Grup de recerca SEaHM. Col·laboradora del Centre d’Estudis en Esport i Activitat Física (CEEAF) de la UVic-UCC, Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya

Imagen de un momento de la etapa del Tourmalet, una de las más complicadas del Tour de Francia. rui vale sousa/Shutterstock

Convertirse en finalista de una prueba de larga distancia no se consigue de cualquier manera. Imaginen que participan en el Tour de Francia…

El ciclismo (dentro del ámbito del deporte profesional) es una actividad de resistencia en la que los aspectos físicos y fisiológicos están presentes en todos los participantes. Estos deben afrontar pruebas que pueden ir desde los 100 hasta los 300 kilómetros (entre 2 y 7 horas de competición). Pueden ser de un solo día (como la París-Roubaix) o encadenar varios días (pruebas de una semana, como la Volta a Catalunya, o de tres semanas, como el Tour de Francia).

También existe la modalidad de la contrarreloj, que puede ser individual o por equipos y recorrer desde los 5 kilómetros (prólogos) hasta los 50 kilómetros (entre unos 10 minutos y una hora). Este año, la primera etapa de la gran ronda francesa tendrá lugar en Barcelona precisamente con una contrarreloj por equipos.

Todo ello implica que el volumen y la intensidad de los entrenamientos de los participantes sean muy elevados.

Agotar al rival

En el ciclismo, el cansancio es una parte inherente de la competición. De hecho, es un deporte de resistencia en el que gana quien más aguanta. Es decir, consiste en generar situaciones de desgaste y fatiga en los rivales para cruzar la línea de meta primero. ¿Cómo lo llevan? ¿Ya se han cansado?

La psicología de los atletas de resistencia extrema.

Sabemos que sin preparación física no se llega a ninguna parte, pero ¿por qué es tan importante realizar una buena preparación psicológica? La periodista deportiva Laura Meseguer, en su libro Metiendo codos: Voces y confidencias de la mejor generación del ciclismo español, menciona que cuando montamos en bicicleta es inevitable experimentar emociones, tanto negativas como positivas. También señala que, a partir de una buena planificación psicológica, pueden utilizarse diversas estrategias para controlar dichas emociones.

La propia autora identifica en sus entrevistas diferentes variables psicológicas que se definen como procesos con repercusiones a nivel cognitivo, conductual o fisiológico y que surgen a partir de pensamientos positivos (“arrancaré en la última subida y ganaré”) o negativos (“me caeré en esta bajada porque tengo miedo”).

Pero, en realidad, ¿contra quién compiten los ciclistas: contra los demás o contra sí mismos?

Cuando el dolor aparece

Cuando hablamos de dolor, nos referimos al nivel de sufrimiento que un corredor o corredora soporta sobre la bicicleta. El que debe aguantar para ganar, no perder el contacto con el pelotón, coronar un puerto con el grupo líder, etc. Sabemos que la competición en ciclismo es muy variada en cuanto a kilometraje, intensidad, orografía y otros factores. Por tanto, los participantes experimentan distintos tipos de dolor según el tipo de prueba.

¿Podemos por tanto incluir el dolor como un parámetro dentro de una planificación de entrenamiento psicológico? Existen reflexiones interesantes, como las de Matt Fitzgerald, especialista en deportes de fondo, sobre las evidencias científicas relacionadas con la resistencia al dolor. Esta depende en muchas ocasiones de la genética, pero también es un parámetro entrenable y variable, ya que está condicionado por la preparación y el estilo de vida. Fitzgerald también sostiene que los deportistas, en general, son capaces de tolerarlo mejor que la población en general.

El dolor que soporta el ciclista puede ser derivado de dos aspectos: una mejora del rendimiento o una disminución de la confianza y la motivación. Por ello, el entrenamiento psicológico debe orientarse a favorecer el primero: mejorar el rendimiento.

Técnicas de entrenamiento mental para estar a la altura

El rendimiento en los deportes de resistencia ha sido estudiado tradicionalmente desde una perspectiva fisiológica; sin embargo, investigaciones recientes ponen de manifiesto que los factores psicológicos constituyen determinantes críticos del rendimiento competitivo.

Especialmente en situaciones de fatiga elevada, la decisión de continuar o reducir la intensidad no depende únicamente de los límites fisiológicos, sino de la interacción entre los componentes físicos y psicológicos que determinan el rendimiento.

Existen diversos métodos y habilidades psicológicas que han demostrado una gran eficacia para optimizar el rendimiento durante la competición. Estas técnicas ayudan al deportista a tolerar mejor el dolor y la fatiga, así como a mantener un ritmo de competición adecuado. Según la evidencia científica actual en distintos deportes de resistencia, las principales son:

  • El self-talk (diálogo interior) motivacional: es la técnica con más presencia y utilidad percibida por los deportistas (maratonianos, nadadores profesionales y ciclistas), especialmente cuando se planifica y automatiza mediante una práctica sistemática. Su accesibilidad, ya que no depende de ningún factor externo, la convierte en la herramienta psicológica cuyo uso es más universal en los deportes de resistencia.

  • La visualización es especialmente eficaz cuando se realiza mediante guiones detallados y multisensoriales, orientados tanto a la ejecución técnica como a la toma de decisiones y a la preparación para escenarios adversos. Su práctica sistemática es el principal factor que diferencia a quienes obtienen un mayor beneficio.

  • Los objetivos de proceso (y su fragmentación en microhitos alcanzables) constituyen la estrategia de regulación cognitiva más funcional durante la fase competitiva, especialmente en momentos de fatiga elevada. Los objetivos de resultado siguen siendo útiles en la fase de preparación, pero pueden ser contraproducentes si se activan durante la prueba.

  • La fatiga mental precompetitiva es un factor limitador del rendimiento que los deportistas de resistencia tienen que aprender a gestionar con la misma atención que la fatiga física. La identificación y gestión de las fuentes individuales de carga mental (académica, interpersonal, digital, etc.) constituye una competencia psicológica clave para optimizar el rendimiento.

Prevención de la fatiga mental y control

Tanto si participan en el Tour de Francia como si corren una media maratón, deben tener en cuenta que comenzar una prueba con fatiga mental implica percibir un esfuerzo mayor desde el principio. Esta situación conduce a un agotamiento prematuro y a ritmos de carrera más lentos, ya que la carga cognitiva altera la evaluación cerebral de las señales fisiológicas y reduce el tiempo hasta el agotamiento.

Convertirse en finalista de una competición requiere encontrar un equilibrio ante las situaciones difíciles y afrontar la prueba con criterio, determinación y una preparación adecuadamente estructurada en el momento oportuno.

Se pueden poseer excelentes cualidades físicas, pero de poco sirven si no existe un control psicológico adecuado. Todos los factores implicados en la competición deben mantenerse en equilibrio constante, ya que cada uno de ellos adquiere su protagonismo en el momento preciso.

Los factores psicológicos de cada ciclista, y de cualquier deportista de resistencia en general, nunca dejan de entrenarse.

The Conversation

Marcela Herrera Garin no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Cómo se consigue acabar una etapa del Tour de Francia? – https://theconversation.com/como-se-consigue-acabar-una-etapa-del-tour-de-francia-286580