Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Alberto Moráis Morán, Director del Departamento de Patrimonio Artístico y Documental/ Profesor Titular, Universidad de León

La Historia Compostelana, importantísima crónica redactada en la sede jacobea durante el primer tercio del siglo XII, recoge una declaración de viva voz de Urraca I: “(…) El emperador Alfonso, al acercarse la hora de su muerte, me entregó en Toledo todo su reino (…)”.
Muerto el infante Sancho Alfónsez en la batalla de Uclés un año antes, tras el fallecimiento del rey Alfonso VI, debía reinar ella, la hija primogénita (Sahagún, 1080-Saldaña, 1126), viuda de Raimundo de Borgoña desde 1107. Así, por primera vez en la Europa latina una mujer se convertía en soberana propietaria de un reino.

Archivo de la catedral de Santiago de Compostela.
El 1 de julio de 1109, sin acompañamiento ni mediación masculina, Urraca I comenzó a gobernar Hispania, integrada por los reinos de León, Galicia, Castilla y Toledo, el condado de Portugal y los dominios de Campos y las Extremaduras. Las acciones y circunstancias de la Inperatrix moldearon en el regnum legionense formas inéditas de gobierno de profundo alcance histórico y cultural.
Del trono al rechazo historiográfico
En el desarrollo del gobierno de Urraca I hubo dos asuntos determinantes. Por un lado, el Infantazgo, una institución feudal específica de León había sido gestada por Ramiro II y su hija Elvira y que asignaba a una mujer célibe de la familia real la gestión de un vasto patrimonio y la memoria política del linaje. Por otro lado, fue esencial la reactivación en el inicio de su reinado de las relaciones con la todopoderosa Orden de Cluny –vínculo heredado de sus padres, Alfonso VI y Constanza de Borgoña–.
Urraca I necesitaba neutralizar las aspiraciones sobre la Corona leonesa de su cuñado Enrique de Borgoña, quien pretendía destronar a la soberana con el respaldado de la gran abadía borgoñona. Así, con un propósito estratégico, Urraca I ya había entregado a Cluny el monasterio gallego de San Vicente de Pombeiro. En 1120 la reina donó además a Cluny la iglesia de San Nicolás de Villafranca.
Urraca I había sido educada en el principio del buen gobierno por Pedro Ansúrez y su esposa Elo Alfonsez, y también por los presbíteros Pedro y Sancho y el canónigo burgalés Domingo Falcóniz. A lo largo de los diecisiete años que mediaron entre su coronación y su muerte, la reina se rigió por una inquebrantable voluntad de ejercer su autoridad.
En 1109 asumió desposarse con Alfonso I de Aragón: “(….) después de la muerte de mi padre (…) me casé contra mi voluntad con el sanguinario y cruel tirano aragonés, uniéndome a él en nefando y execrable matrimonio”. Sin embargo, tras un año y una desastrosa convivencia entre ambos (esposos y reinos), se separó del Batallador con el consentimiento de la curia regia.
En medio de severas adversidades, para salvaguardar la integridad territorial de su reino, Urraca I combatió a aragoneses, portugueses y almorávides y desplegó una variada capacidad de negociar, superior al de sus contrincantes (nobles o clérigos), lo que irritaba completamente a estos. Estas transacciones calculadas provocaron un profundo rechazo en cronistas contemporáneos y posteriores, como se lee en la Historia Compostelana. Sucesivos autores religiosos la tacharon de voluble, indolente, temeraria y saqueadora. Además, le imputaron ser causa de inestabilidades políticas y sociales.
Ante esas tergiversaciones, historiadores e historiadoras de las últimas cinco décadas han desprendido la figura de la reina de perfiles prejuiciosos.
Un matronazgo regio
Ahora podemos reconocer en Urraca I un denodado esfuerzo por alejarse de las pretensiones tutelares de algunos aristócratas y eclesiásticos gallegos o castellanos, y encontrar lealtad de otros en Toledo, Tierra de Campos o Asturias.
Su mandato constituyó un novedoso, disruptivo y referencial periodo en el que se inauguró un modo de practicar el poder regio. Se acompañaba este de un sofisticado y complejo proyecto político que utilizaba las artes y la arquitectura para proyectar una imagen que refrendara su soberanía y su ejercicio del poder.
La creación artística concebida durante su gobierno en esos vastos territorios reflejó altos niveles de vanguardia y sofisticación iconográfica y conceptual. Según reflejan los diplomas, la reina retomó el matronazgo y el amor por las artes y los libros heredado de su abuela Sancha, de sus tías Urraca y Elvira o de su madre Constanza.
Espléndidas creaciones
Hasta fechas recientes, el arte hispano de estas áreas en torno al 1100 se había atribuido por defecto a la figura del padre, Alfonso VI, o del hijo, Alfonso VII. Se detectaba entonces un improbable vacío, un silencioso interregno de la creación plástica, donde parecía que la arquitectura, la pintura, la escultura, las artes del libro y la fabricación de bienes de lujo habían cesado. Imposible.

Marie-Lan Nguyen/Wikimedia Commons, CC BY
Hoy sabemos que entre 1110 y 1130, aproximadamente, se llevaron a cabo en el Reino de León espléndidas creaciones. Retomando las experiencias en el trabajo del marfil de las décadas anteriores, a partir de la primera década del siglo XII emergió una nueva naturalidad y expresividad, con narraciones más complejas y técnicas más depuradas, labras más profundas en el marfil y el hueso, como en las placas que la reina entregó a la iglesia del Santo Sepulcro de León.
Del mismo modo, la escultura de los edificios que patrocinó refleja el trabajo de artesanos de formación internacional, a la vanguardia, que dotaron a las portadas esculpidas del transepto de San Isidoro de León de formas del arte contemporáneo, desde Saint-Sernin de Toulouse hasta Pamplona, de Santiago de Compostela hasta Montefaro.
El control de la imagen, en su vertiente oficial, llegó a cotas excelsas bajo la tutela de la reina. Se entiende así la compleja iconografía de las monedas acuñadas durante su reinado. En ellas, la efigie de la soberana se mostró frontal, tocada con perlas, según el estilo bizantino de las vírgenes talladas en marfil del Museo del Louvre o del Victoria & Albert de Londres. De las cecas de León y Toledo salieron nuevas soluciones figurativas, donde por primera vez en la historia europea se representó a la reina de cuerpo entero o vinculada heráldicamente con un león.
El aniversario de los 900 años de la muerte de Urraca I permite conmemorar a una reina tenaz, gran administradora y promotora de las artes. Pero, sobre todo, a una experimentada política, sagaz en los pactos a los que llegó, beligerante en el campo de batalla e invulnerable ante las épocas convulsas que experimentó. Sobrevivió a guerras, revueltas, viudedad, divorcio, escarnio público, enfrentamientos con su hijo, el futuro rey y a la reticencia de parte del episcopado hispano. Querer fue su poder.
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José Alberto Moráis Morán recibe fondos del Proyecto I+D+i (Agencia Estatal de Investigación) «Arte funerario en las catedrales de León y Castilla (siglos XI‑XV): de la materialidad a la receptividad del patrimonio inmaterial» (Ref. PID2023‑150540NB-100).
Gerardo Boto Varela no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. 900 años de Urraca I de León: querer fue su poder – https://theconversation.com/900-anos-de-urraca-i-de-leon-querer-fue-su-poder-282080
