Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Manuel de Haro García, Profesor titular, Organización de Empresas (RR.HH. y Comportamiento Organizacional), Universidad Miguel Hernández

En 2011, Nokia vivía una crisis existencial. Su CEO, Stephen Elop, comparó la empresa con una plataforma en llamas. La compañía tenía recursos, talento y múltiples opciones estratégicas. Sin embargo, estaba abocada al fracaso.
¿Por qué? Porque intentó ser flexible en todas las direcciones a la vez: desarrolló varios sistemas operativos simultáneamente, mantuvo líneas de producto contradictorias y firmó alianzas incompatibles entre sí. Mientras Nokia deliberaba entre alternativas, Apple y Samsung ejecutaron con velocidad quirúrgica en una sola dirección.
La intuición dominante en management es clara: en entornos turbulentos, las empresas deben ser flexibles. Sin embargo, un estudio reciente, realizado con 399 empresas tecnológicas europeas muestra algo contraintuitivo: la flexibilidad mal calibrada puede destruir el rendimiento que pretende proteger. El problema no es si hay que ser flexible, sino qué tipo de flexibilidad necesita cada entorno.
Dos tipos de flexibilidad
La investigación estratégica distingue dos dimensiones fundamentales de la flexibilidad organizacional de una empresa:
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Velocidad: qué tan rápido puede responder y ejecutar cambios. Dell es un ejemplo clásico: ajusta su cadena de suministro casi en tiempo real para adaptarse a la demanda.
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Variedad: cuántas alternativas estratégicas puede mantener o generar simultáneamente. IBM ilustra esta dimensión con su amplio portafolio, que abarca desde computación en la nube hasta ciberseguridad y consultoría.
Ambas capacidades son valiosas. El error es suponer que conviene maximizar las dos siempre y al mismo tiempo.
Dos tipos de turbulencia
Parte de la confusión proviene de tratar la turbulencia como un fenómeno único. En realidad, los entornos empresariales pueden ser turbulentos de dos maneras distintas:
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Dinamismo (velocidad del cambio): los nuevos competidores, las tecnologías que se vuelven obsoletas en meses, las preferencias de los clientes, que cambian rápidamente, obligan a las empresas a reaccionar. El problema está en la velocidad a la que pueden hacerlo. Ejemplo de estas turbulencias pueden ser la evolución de las redes sociales o la aparición de los smartphones para las empresas del sector.
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Complejidad: referida al número de factores interdependientes que afectan cada decisión. Regulaciones múltiples, ecosistemas de socios, cadenas de suministro globales y numerosos grupos de interés. Sectores como el farmacéutico o el energético encajan aquí.
Nuestro estudio muestra un patrón claro: si la velocidad mejora el rendimiento en entornos dinámicos, pero lo empeora en entornos complejos, la variedad mejora el rendimiento en entornos complejos, pero lo empeora en entornos dinámicos. Las diferencias no son triviales: pueden representar varios puntos porcentuales en rentabilidad sobre activos.
¿Por qué la variedad penaliza cuando el mercado cambia muy rápido?
Mantener múltiples opciones estratégicas consume tres recursos escasos:
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La atención directiva. La capacidad cognitiva de los equipos de liderazgo es limitada. Cuantas más iniciativas simultáneas, menos foco y peor ejecución en cada una.
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El tiempo de construcción. Desarrollar alternativas viables requiere inversión, aprendizaje y desarrollo de capacidades. En mercados que cambian semanalmente, el tiempo dedicado a la opción B puede cerrar la ventana de la opción A.
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Costes de coordinación. Cada iniciativa adicional multiplica la complejidad interna: conflictos entre unidades, competencia por recursos y pérdida de claridad estratégica.
En entornos dinámicos, el coste de dispersión supera el beneficio de tener un plan B. En estos contextos, foco y rapidez suelen generar mejores resultados.
La trampa de la velocidad en la complejidad
El error inverso también es frecuente: acelerar decisiones en entornos complejos.
Cuando existen múltiples interdependencias, decidir demasiado deprisa aumenta el riesgo de consecuencias imprevistas. Una decisión aparentemente correcta puede generar efectos en cadena: incumplimientos regulatorios, cuellos de botella o conflictos organizativos.
Imaginemos una farmacéutica que reduce ciclos de validación para ganar velocidad. Opera en un sistema donde interactúan reguladores de varios países, ensayos clínicos distribuidos, cadenas de suministro especializadas y acuerdos de propiedad intelectual. La velocidad sin integración no es agilidad: es temeridad. En entornos complejos, la prioridad no es correr más rápido, sino construir variedad de respuestas y fortalecer mecanismos de coordinación e integración.
Cómo diagnosticar el entorno
La pregunta clave no es “¿debemos ser flexibles?”, sino “¿qué tipo de flexibilidad encaja con nuestro entorno?”. Un diagnóstico inicial puede comenzar con cuatro preguntas:
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¿Con qué frecuencia cambian tecnologías, precios y movimientos competitivos? (dinamismo).
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¿Cuántos actores y dependencias afectan cada decisión importante? (Complejidad).
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¿Cuánto cuesta internamente abrir una opción estratégica adicional?
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¿Existen mecanismos sólidos de coordinación entre unidades?
De forma general, según el tipo de entorno, las reglas a seguir son las siguientes:
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En un entorno dinámico y relativamente simple: priorizar la velocidad y limitar las iniciativas simultáneas.
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En un entorno complejo y relativamente estable: invertir en variedad y fortalecer la integración.
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En un entorno dinámico y complejo: desarrollar la modularidad (que las opciones no interfieran entre sí) y los mecanismos de coordinación robustos.
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En un entorno estable y simple: la eficiencia operativa puede generar más valor que la flexibilidad.
La evidencia detrás del argumento
Analizamos 399 empresas europeas de manufactura tecnológica y servicios informáticos en 14 países. La flexibilidad estratégica se midió en sus dos dimensiones mediante encuestas a directores de operaciones. Las características del entorno fueron evaluadas por directores ejecutivos. El rendimiento financiero se midió posteriormente mediante rentabilidad sobre activos, lo que refuerza el orden temporal y reduce el riesgo de correlaciones ficticias.
Como toda investigación organizacional, los resultados muestran asociaciones consistentes y teóricamente plausibles, pero no constituyen una receta mecánica universal. Aun así, la evidencia es suficientemente robusta para cuestionar una idea muy extendida: que más flexibilidad siempre es mejor.
Diagnóstico antes que prescripción
Las empresas de alto rendimiento no maximizan la flexibilidad en todas sus formas. Ajustan sus capacidades a las demandas dominantes de su entorno. La lección es sencilla, aunque incómoda: en estrategia organizacional, “depende” no es una evasiva académica. Es la forma rigurosa de decir que primero hay que entender el problema específico antes de aplicar la solución. Como en medicina, el diagnóstico precede a la prescripción. Y, en ocasiones, el tratamiento equivocado puede ser peor que no hacer nada.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. ¿Ser demasiado flexible puede arruinar una empresa? Una paradoja estratégica – https://theconversation.com/ser-demasiado-flexible-puede-arruinar-una-empresa-una-paradoja-estrategica-277705
