El ‘látigo digital’ nos fustiga en el trabajo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Anabel Ramírez López, Trabajo Social, Universidad Pontificia Comillas

Kelly Marken/SHutterstock

Desde aplicaciones que monitorizan la ubicación y los minutos de descanso de las personas trabajadoras –como ocurre en Amazon– a los relojes inteligentes utilizados en algunos hoteles, que vibran si captan que el personal de limpieza no está cumpliendo el timing de preparación de las habitaciones, en los últimos años, la vigilancia digital en el empleo ha entrado en la vida de los trabajadores sin un cuestionamiento social firme sobre sus posibles consecuencias.

Relojes que miden el tiempo de descanso

Bajo promesas de eficiencia, lo que experimentamos en sectores como la logística, la hostelería y los cuidados es la instauración de una lógica que prioriza la productividad matemática por encima de la salud física, mental y social. Investigadores como Trevor Scholz, profesor en el Centro Berkman Klein de Harvard y autor de Uberworked and Underpaid: How Workers are Disrupting the Digital Economy (Polity, 2017), llevan más de una década denunciando esta clase de prácticas, que la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (OSHA) ha bautizado como “látigo digital”.

Cuando las herramientas tecnológicas se transforman en un panóptico de presión constante, inevitablemente se convierten en una fuente de estrés crónico y ansiedad para el trabajador. Este cambio de paradigma no es un hecho puramente técnico: cuando un algoritmo decide el ritmo, evalúa el rendimiento o selecciona quién conserva su empleo, se pueden llegar a redefinir los límites de la dignidad humana.

Delegar decisiones en sistemas carentes de conciencia

Como analiza la literatura sobre el “capitalismo de la inteligencia artificial”, todo artefacto técnico lleva inscrito en su código las decisiones, sesgos y prioridades de quienes lo diseñan.

Además, al encomendar decisiones humanas delicadas a sistemas automatizados que carecen de conciencia, se produce un hecho social peligroso: la evaporación de la responsabilidad social. El descarte de los que menos rinden justificado por evaluaciones algorítmicas queda camuflado tras una falsa cortina de “objetividad” técnica. Ante ella, el trabajador ni siquiera sabe a quién reclamar.

Del tecnofeudalismo a la responsabilidad social

En este escenario, las plataformas digitales y los grandes monopolios orquestan la infraestructura invisible de los valores morales de la sociedad.

Algunos economistas y sociólogos definen nuestra era como un “tecnofeudalismo”, donde unas pocas corporaciones acumulan datos, capital informático y una asimetría de poder sin precedentes.

Esta acumulación altera el contrato de trabajo tradicional. Se expande, así, el poder de dirección y control del empresario a través de ojos invisibles y matemáticos.

Sin embargo, buscar la solución en apelar a una “ética de las máquinas” es insuficiente. Tal y como defiende el derecho laboral contemporáneo, no basta con buenas intenciones: se necesitan marcos jurídicos vinculantes y una regulación estricta que proteja los derechos fundamentales de los trabajadores frente a la superioridad estructural del empleador. Los vacíos de impunidad corporativa no se cierran con declaraciones filosóficas, sino con leyes de obligado cumplimiento.

Hacia una regulación que ponga límites

Para que la tecnología no aplaste al eslabón más débil, la comunidad científica internacional exige pasar de inmediato a un modelo de “IA responsable”. El marco legal de la Unión Europea ya clasifica estos sistemas según su riesgo y establece siete requisitos técnicos obligatorios para una IA confiable, destacando el control humano, la equidad, la no discriminación y el bienestar social.

Por otra parte, la reciente Directiva europea para mejorar las condiciones de trabajo en plataformas digitales, que los Estados miembros deben implementar a partir de diciembre de este año, prohíbe recabar datos sensibles de los trabajadores –como su estado psicológico o emocional o sus conversaciones privadas–.

Asimismo, esta ley europea obliga a las empresas a informar a los empleados del uso que se hacen de la monitorización automática de su trabajo, así como analizar el impacto que esta tiene en los trabajadores.

Contra la precariedad algorítmica

No obstante, sigue existiendo una preocupante brecha entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que maduran nuestras instituciones y normas de control sobre esta inteligencia.

Es en esta grieta donde profesiones comprometidas con la justicia social, como el Trabajo Social, deben dar un paso al frente. Tradicionalmente volcada en las desigualdades materiales, esta disciplina afronta hoy el reto de intervenir ante las nuevas formas de violencia digital y precariedad algorítmica. Defender los derechos humanos en el siglo XXI implica exigir que los sistemas de IA se piensen bajo criterios de equidad, transparencia y rendición de cuentas.

La innovación técnica es una de las mayores capacidades de la humanidad, pero debe estar al servicio de la sociedad y del bien común, en vez de contribuir a la deshumanización del entorno laboral. Tener “poder tecnológico” no debería ser equivalente a poseer el derecho a gobernar de forma absoluta la existencia de las personas trabajadoras. Devolviendo el control a lo humano, haremos de nuestro entorno digital un espacio verdaderamente habitable, empático, solidario y justo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

ref. El ‘látigo digital’ nos fustiga en el trabajo – https://theconversation.com/el-latigo-digital-nos-fustiga-en-el-trabajo-283824

El aldeano de Schrödinger o cómo opinar sobre el mundo si no hay con qué compararlo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Calvin Palomares, Ayudante Investigador en el departamento de Filosofía y humanidades, Universidad Pontificia Comillas

Un aldeano que no ha salido nunca de su aldea ¿cómo puede describirla, si no tiene con qué compararla?, se pregunta Schrödinger. Vishal Bhutani / Unsplash. , CC BY-SA

Hay una costumbre humana, muy filosófica y bastante cómica: comentar el mundo entero como si lo tuviésemos encima de la mesa, al lado del café y de las notas de trabajo. Schopenhauer lo habría descrito como un lugar triste y mal hecho, Leibniz, como el mejor de todos los mundos concebibles. Dicho con semejante seguridad, uno casi sospecha que los filósofos disponían de un catálogo comparado de mundos, con reseñas y política de devolución.

Erwin Schrödinger en 1933.
Nobel Foundation., CC BY-SA

El Premio Nobel de Física y padre de la mecánica cuántica Erwin Schrödinger (1887-1961), que no era precisamente un enemigo de la ciencia, se tomó muy en serio esta rareza. En su obra Mi concepción del mundo, el físico austriaco se detiene en algo que, de tan cotidiano, casi parece invisible: abrimos los ojos y ya hay mundo. Cosas, cuerpos, horarios, noticias, enfermedades, facturas y vecinos. Todo muy razonable. Todo muy normal. Tan normal que empieza a resultar sospechoso.

La metáfora del aldeano

Schrödinger introduce entonces una imagen magnífica. Pensemos en un hombre que jamás ha salido de su aldea. Nació allí, creció allí, conoció allí el verano, el invierno, la lluvia, el polvo, la humedad, el tedio y la risa. Un día, con admirable autoridad meteorológica y sin una sola muestra comparativa, declara: “El clima de mi pueblo es extraordinariamente cálido”. O quizá: “El clima de mi pueblo es extraordinariamente frío”. La pregunta sería inmediata: ¿comparado con qué? ¿Con qué otro clima, si nunca ha salido de allí?

El científico cuántico sugiere que hacemos algo parecido cuando juzgamos el mundo entero. Decimos que está bien hecho, mal hecho, que es triste, perfecto, defectuoso, admirable o insoportable. Pero ¿dónde está el segundo mundo con el que lo hemos comparado? ¿Nos han dejado probar otro universo durante quince días, con derecho a devolución si no quedamos satisfechos? No. Solo tenemos este mundo. Y, sin embargo, lo juzgamos, lo admiramos, lo condenamos, lo bendecimos, lo insultamos o lo diagnosticamos. La escena es ridícula, pero la ridiculez es filosóficamente muy seria.

Solo tenemos este mundo

Normalmente, nos sorprendemos cuando algo se separa de lo esperado. Una bajada en la factura de la luz, una promesa política cumplida, una reunión que termina a la hora prevista. Lo inesperado destaca contra un fondo de supuesta normalidad. Pero el mundo entero no puede destacar contra nada. No hay un escaparate de mundos posibles donde este figure con una etiqueta que diga: “Modelo defectuoso: revisar dolor y muerte”. Aun así, el mundo nos inquieta.

Ahí está la intuición más fina de Schrödinger. Lo extraño no es solo que haya mundo. Lo extraño es que podamos encontrar extraño el mundo, siendo como somos habitantes, inquilinos forzosos. Nunca hemos salido de la aldea, pero sospechamos que su temperatura tiene algo raro. Y, por supuesto, redactamos opiniones muy firmes sobre el asunto.

Dos maneras de vivir

Por eso, este científico distingue, aunque sin presentarlo en forma de manual, dos maneras de vivir. La primera acepta el escenario general sin demasiadas preguntas. Se sorprende de lo particular: hoy ha pasado esto, ayer ocurrió aquello, esta noticia es extraña, aquel fenómeno no estaba previsto. Es una actitud sensata, probablemente recomendable para dormir bien.

La segunda, en cambio, empieza a tener problemas con lo que todos llaman sentido común. No se pregunta solo por una gotera de la casa, sino por la casa entera y por el hecho bastante extraño de vivir dentro de ella.

La filosofía, en este sentido, no es una profesión: es una ligera incapacidad para aceptar la evidencia con buena educación y seguir haciendo vida normal.

Sin puerta para mirar desde afuera

Lo más interesante es que esta reflexión no viene de alguien que desprecie la ciencia. Viene de uno de los grandes físicos del siglo XX. Schrödinger sabía perfectamente que la ciencia explica fenómenos, relaciones, leyes y procesos. La ciencia puede explicarnos muchísimas cosas: cómo cae una piedra o cómo se comporta una onda, incluso, por qué no conviene discutir con la termodinámica.

Pero no nos presta una puerta para salir del universo, mirarlo desde fuera y ponerle una valoración. Tal vez, por eso, el saber no siempre mata el asombro; a veces, lo vuelve más incómodo, más extraño.

Quizá ahí empiece la filosofía: no en una solemnidad hinchada, sino en esta escena casi cómica. Un habitante del mundo se detiene, mira alrededor y descubre que lo más raro no es una excepción, sino la normalidad misma.

La filosofía comienza cuando el aldeano se da cuenta de que nunca ha salido de la aldea y, aun así, no puede dejar de preguntarse por qué este clima, el único que conoce, le parece tan extraño.

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Joan Calvin Palomares no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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El libro que anticipó a Benjamín Labatut: qué significa ‘La Antártica empieza aquí’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Broncano Rodríguez, Catedrático de Filosofía, Universidad Carlos III

“Y también este ha sido uno de los lugares más oscuros de la Tierra”. Estas palabras de Charlie Marlow, protagonista de la célebre novela corta de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, impregnan La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut.

La fama mundial del escritor chileno se ha extendido a partir de dos libros que fueron posteriores, Un verdor terrible (2020) y MANIAC (2023). En ellos ha encontrado una veta literaria fructífera, combinando la erudición en historia de la ciencia con la ficción literaria y en los que resuena el enciclopedismo de Jorge Luis Borges. Deslumbra el modo en que hila relatos de episodios de la vida de grandes científicos con la historia oscura de los usos de la ciencia y de la técnica y la doble cara de descubridores y descubrimientos que han contribuido a tantos daños como beneficios.

Documentos de barbarie

No tengo dudas de que es admirable y fascinante esta trayectoria, pero el aspecto más relevante de su obra, desde mi punto de vista, puede quedar apantallado por la exuberancia de sus referencias, la habilidad de sus mezclas de lo anecdótico y lo universal de las historias. Y con lo más deslumbrante me refiero al pesimismo sobre la historia humana que subyace a sus relatos, en los que resuenan tanto Joseph Conrad como W. G. Sebald o, para ser más claro, Walter Benjamin y su dictum de que todo documento de cultura es un documento de barbarie.

Por eso es tan interesante leer la reedición que acaba de publicarse de su primera obra, la recopilación de cuentos La Antártica empieza aquí (2026, Anagrama; 2012, Aguilar Chilena de Ediciones). No resisto la tentación de leer anacrónicamente La Antártica… como el último libro escrito por Labatut y no como el primero, ahora reeditado tras su fama internacional. Leído así, Un verdor terrible y MANIAC podrían ser solamente una de las líneas que en este libro se abrirían a un espectro de posibilidades literarias más amplio y profundo.

Transformaciones mutuas

Si tuviese que resumir la posmodernidad en una frase, diría que fue una cultura que trató de socavar las dicotomías (o, como se solía decir, los “binarios”, recordando que era una reacción posestructuralista). Décadas después sabemos de la resistencia de los binarios a desaparecer. Pero Labatut explora otros senderos más sugestivos: que los polos dicotómicos se transformen mutuamente, se contagien y contaminen; que lo bueno y lo malvado fluyan por ocultos canales que comunican ficciones y realidad, cuerpos y entornos, cuerpos y mentes, pasado y futuro.

En muchos aspectos, en la escritura de Labatut resuena la amenaza cósmica de H.P.Lovecraft y las ósmosis entre locura y lucidez, como si explorar territorios y documentos del pasado fuese adentrarse en una pesadilla de caos y sinsentido.

Uno de los relatos de La Antártica empieza aquí, “La cura de Ana”, es una suerte de versión acortada de La montaña mágica, la novela fundamental del alemán Thomas Mann. En el relato de Labatut, la clínica y el mundo se confunden, “la cura es la enfermedad”, repiten los médicos, una enfermedad que es ontológica, como si fuera una condición humana, que transforma cuerpos sanos en enfermos y enfermos en sanos, legos en expertos y médicos en pacientes.

De violencia y deseo

En “Deseo”, un travesti cuyo espectáculo masoquista incluye violencia real, es mitificado y se extiende el rumor de que realiza sanaciones milagrosas. Dos autores primerizos de distinto estilo, carácter y nacionalidad escriben sobre su vida dos relatos que coinciden en el tema, como si el milagro real fuese esa similitud, como si la ficción tuviese tanta fuerza como la realidad. Pero el horror de lo real se impone a sus vidas literarias cuando se encuentran y su intercambio de afectos termina en violencia. La misma violencia que fractura la vida de un futbolista chileno jugador en Países Bajos y le lleva a la prostitución.

En “Deseo”, como en la obra del escritor francés Georges Bataille (1897-1962), el sexo y la violencia se entrelazan en el relato. Los cuerpos son tanto documentos de violencia como objetos de deseo. Un tejido continuo que entremezcla lo onírico y la vivencia diaria, lo animal y el deseo de afecto, la desubicación y la cercanía que explora otro de los relatos de La Antártica empieza aquí, “Club de campo”.

Y Alfredo en la cama

Las transmutaciones entre espacios reales e imaginarios, entre lo sublime y lo siniestro, son la atmósfera de los relatos que abren y cierran el libro. El primero da título a la obra, “La Antártica comienza aquí”; el último es “Alfredo en cama”. La poesía, la escritura y la disciplina, el sacrificio, la desubicación completa en un territorio incierto se extienden en el primero de los relatos. La música, la interpretación, el oído perfecto, la movilidad y la inmovilidad, la paz espiritual y el temor y temblor, en el último.

Como en los despertares de ciertos personajes de Franz Kafka (1883–1924), las nieblas de las entreluces son la representación misma de la escritura en estos cuentos de Labatut. Explora temas que traen el escepticismo y la duda a la tarea de interpretar lo real, sea como escritura, sea como memoria histórica. Quizás porque la anatomía del relato vaya descubriendo capas de lo sano y lo enfermo en continuidad. Este espectro de lo ominoso es lo más atractivo de este libro.

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Fernando Broncano Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Por qué el Mundial 2026 será el menos sustentable de la historia a pesar de las promesas de la FIFA

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alejandra del Carmen Meza Servín, Associate professor, Universidad de Guadalajara

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Desde 1930, cada cuatro años, el fútbol logra concitar el interés de buena parte del mundo con el cóctel de pasión, historia y cultura que combina la Copa del Mundo. Más que un simple juego, el fútbol es un reflejo de las tensiones políticas, identidades y emociones colectivas que han marcado la modernidad. En países como México, la antropología muestra que el balompié funciona como un ritual. Este une a la comunidad y moldea formas de pertenencia y de ser.

Pero en pleno siglo XXI, este ritual global se topa con una frontera ambiental: el planeta ya no da para más. El último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) lo deja claro. La ventana para evitar el desastre climático se está cerrando. Y sí, el fútbol también está en la cancha de la responsabilidad.

Con ese escenario, la FIFA y los organizadores del Mundial 2026 (Canadá, Estados Unidos y México) han prometido un torneo de vanguardia ambiental. Su estrategia se basa en cuatro pilares “independientes, pero interrelacionados”: social, medioambiental, económico y de gobernanza. Pero cuando uno revisa los números, la historia se cuenta de otra manera. Todo indica que esta será la Copa del Mundo más insostenible y contaminante jamás organizada.

El espejismo de la infraestructura existente

La gran bandera verde de la FIFA en 2026 es que, a diferencia de otros torneos, para este Mundial casi no se construyeron estadios nuevos.

En contraste, el Mundial de Qatar 2022 tuvo como escenario ocho estadios, siete de los cuales fueron de nueva construcción y se inauguraron en fechas previas a la competición. El único que ya existía, el estadio Khalifa, data de 1976, pero sufrió un remodelación total para su reinauguración en 2017.

Qatar 2022 dejó una huella ecológica enorme: estadios refrigerados en el desierto y, según cifras oficiales, 3,6 millones de toneladas de CO₂ emitidas. Sin embargo, estimaciones como las publicadas por Carbon Market Watch aseguran que el impacto real de ese evento, sumando los vuelos diarios, fue mucho mayor.

Para 2026, la apuesta va en la dirección contraria. Consiste en usar estadios ya hechos para no sumarle toneladas de cemento al ambiente. Sin embargo, el problema es más profundo. El modelo de “megaeventos deportivos” se basa en crecer y crecer sin freno y olvida una verdad ecológica elemental: la escala importa. Tanta expansión y turismo terminan borrando cualquier avance en eficiencia local.

Emisiones de alcance 3

Al expandir el formato del torneo de 32 a 48 selecciones nacionales y de 64 a 104 partidos repartidos a lo largo de un continente entero, la FIFA ha multiplicado exponencialmente las llamadas emisiones de alcance 3. Estas corresponden a las fuentes indirectas que se producen en la cadena de valor, dominadas abrumadoramente por el transporte aéreo de las delegaciones oficiales y de los millones de aficionados extranjeros.

Este fenómeno no es exclusivo del fútbol. En los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y en los Juegos de Invierno de Beijing 2022, los traslados internacionales y la construcción de infraestructura temporal generaron también masivas emisiones indirectas, muchas veces subestimadas en los reportes oficiales.

Según los datos de un informe publicado por especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), los traslados aéreos multitudinarios de costa a costa en Norteamérica son incompatibles con cualquier plan serio de descarbonización. La dispersión geográfica obliga a realizar vuelos frecuentes de miles de kilómetros para conectar sedes tan distantes entre sí como Vancouver, Miami y la Ciudad de México. El transporte, por sí solo, representará más del 85 % de la huella de carbono total del certamen. Esta estimación preliminar refleja valores que superan ampliamente los de ediciones anteriores.

El informe FIFA’s Climate Blind Spot señala que el Mundial 2026 podría generar más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, una cifra mucho mayor que la de sus predecesores.

El torneo de la ecoimpostura (greenwashing)

Decir que este torneo es sustentable solo porque se recicla en las gradas o se usan focos LED en los estadios es, en realidad, un claro ejemplo de ecoimpostura o greenwashing.

No es la primera vez que vemos esto. En Londres 2012, los organizadores presumieron de medallas recicladas y transporte ecológico, pero ignoraron el impacto de vuelos internacionales y la generación de residuos a gran escala.

El greenwashing se ha convertido en una estrategia frecuente para maquillar los costos reales de los megaeventos deportivos, mientras la huella ambiental sigue creciendo.

Adaptación insustentable y paradoja climática

La crisis climática ya está rodando por el césped de los estadios y convierte al fútbol de hoy en un acontecimiento inviable. Las altas temperaturas previstas para las sedes norteamericanas pondrán en riesgo a jugadores y aficionados. ¿La solución? Aire acondicionado a todo lo que da en estadios cerrados del sur de Estados Unidos.

Esto convierte la situación en una “paradoja climática”: las mismas acciones que tomamos para adaptarnos a los efectos del cambio climático, como enfriar estadios, pueden terminar agravando el problema al aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero.

Es el ejemplo perfecto de lo que el IPCC califica como “malas medidas adaptativas” (maldaptive actions). Este concepto explica cómo se intenta apagar el fuego con gasolina, usando más energía –y muchas veces de fuentes fósiles– para enfrentar el calor que nosotros mismos causamos.

Conclusión: Es hora de un medio tiempo para el planeta

La ciencia de la sustentabilidad lo advierte: los problemas globales no se resuelven con maquillaje. Mientras gigantes ligados a los combustibles fósiles sigan patrocinando el fútbol, las metas de carbono neutral de la FIFA serán solo promesas vacías.

Si el fútbol quiere sobrevivir en un planeta que se calienta, hay que cambiar el juego. Ello implica apostar por sedes realmente regionales y compactas, reducir partidos y poner el bienestar del planeta antes que los datos de audiencia. El silbatazo final se acerca y el planeta ya no admite prórrogas.

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Alejandra del Carmen Meza Servín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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Virus gigantes, la pieza inesperada para explicar el origen de la vida compleja

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Marcial Escudero, Catedrático del Departamento de Biología Vegetal y Ecología, Universidad de Sevilla

El origen de la vida compleja en un tapete de microbios cooperando entre sí Ilustración de Laura Fraile, basada en conversaciones con los autores del estudio., CC BY

En la década de 1960, una joven bióloga llamada Lynn Margulis intentó publicar un artículo sobre el origen de las células complejas o eucariotas , el linaje al que pertenecemos animales, plantas y hongos. Tras ser rechazado por unas quince revistas científicas, el texto finalmente vio la luz en 1967.

Su teoría de la endosimbiosis proponía una auténtica herejía para la época: la complejidad celular no surgió simplemente de mutaciones graduales como proponía el darwinismo, sino de la fusión literal entre distintos microorganismos. Un microbio se “tragó” a otro, no lo digirió, y de esa alianza surgieron orgánulos de las células eucariotas como las mitocondrias (las “centrales energéticas” celulares) y, posteriormente, los cloroplastos de las plantas.

La evolución de una intuición

Durante años, la comunidad científica observó con tremendo escepticismo –y a menudo con sorna– esta idea. Sin embargo, la ciencia tiene la sana costumbre de dar la razón a quien la tiene a través de la evidencia empírica.

El descubrimiento de que las mitocondrias y los plastos poseían su propio ADN circular, estrechamente emparentado con el de las bacterias y distinto del ADN del núcleo celular, supuso el triunfo definitivo y la aceptación mundial de la hipótesis endosimbiótica de Margulis.

Pero ella siempre fue más allá. Sospechaba que el proceso evolutivo de la célula eucariota era un proceso simbiótico mucho más complejo. Estaba convencida de que estas interacciones afectaban a más estructuras y orgánulos, mucho más allá de la simple adopción de las mitocondrias y los cloroplastos.

Hoy, casi 60 años después de su primer gran artículo, la supercomputación confirma que su intuición sobre la multiplicidad de alianzas era acertada, pero revela que los protagonistas, los tiempos y los mecanismos reales han resultado ser distintos y mucho más fascinantes de lo que quizás ella llegó a imaginar.

Arqueología molecular en el supercomputador

El relato de la evolución eucariota que venimos contando en los libros de texto es, en el fondo, demasiado simplista: una arquea –microorganismo unicelular de apariencia similar a las bacterias pero con una historia evolutiva totalmente distinta– y una bacteria se encontraron, se aliaron y de golpe abrieron la puerta a la vida compleja. Sin embargo, un nuevo estudio coliderado por el Barcelona Supercomputing Center (BSC-CNS) y el IRB Barcelona, publicado hoy 10 de junio en la revista Nature, amplía radicalmente esta visión y redefine el marco de la eucariogénesis.

A diferencia de los paleontólogos, quienes estudian el origen de los eucariotas no tienen grandes huesos fosilizados que desenterrar. A pesar de esto, aquel proceso, que ocurrió hace unos 2 000 millones de años entre organismos microscópicos, dejó sus huellas impresas en nuestros genomas actuales.

El equipo, liderado por el investigador Toni Gabaldón, ha abordado este reto como una auténtica obra de arqueología molecular. Valiéndose de la inmensa capacidad de cálculo del supercomputador MareNostrum, han reconstruido el repertorio genético de nuestro último ancestro común (conocido en biología como LECA, Last Eukaryotic Common Ancestor) y lo han comparado evolutivamente con decenas de miles de genomas de bacterias, arqueas y virus contemporáneos.

Nuevos invitados a la fiesta evolutiva

dibujo de bacterias en forma de espiral y de la primera célula
Una espiral evoca el complejo entorno microbiano donde pudo haberse originado el último ancestro común eucariota, confluyendo en el ADN del núcleo de los primeros eucariotas.
Laura Fraile, CC BY-SA

Tras más de cinco años de análisis y procesado de datos masivos, utilizando modelos matemáticos enormes, los investigadores han descubierto que el origen de la complejidad celular no fue un evento único y aislado, sino un proceso gradual, largo e inmensamente coral que se extendió durante millones de años. El trabajo no niega el papel central de la mitocondria, pero identifica la firma genética de otros grupos bacterianos que dejaron una huella vital en nuestro ancestro común.

La gran novedad es que estas aportaciones no parecen apuntar a la formación de un orgánulo concreto, sino a la adquisición de capacidades metabólicas y estructurales fundamentales. Entre ellas, destacan dos linajes bacterianos: las Myxococcota, relacionadas con funciones metabólicas esenciales y la organización de lípidos y membranas; y las Planctomycetota, unas bacterias célebres por poseer una inusual complejidad estructural y compartimentos internos propios.

Estas aportaciones, además, no se dieron a la vez. Los datos sugieren que las Planctomycetota dejaron una señal más antigua, mientras que las Myxococcota y la bacteria precursora de la mitocondria muestran huellas más próximas en el tiempo. Esto encaja con la idea de que los ancestros de nuestras células vivieron en densos tapetes microbianos: comunidades ecológicas complejas donde multitud de organismos convivían hacinados, intercambiando genes y capacidades biológicas a lo largo de millones de años.

Virus gigantes: los intermediarios inesperados

Si la incorporación de múltiples señales bacterianas resulta novedosa, el estudio revela un actor totalmente imprevisto que jamás fue considerado en los esquemas clásicos de la endosimbiosis: los virus gigantes (Nucleocytoviricota).

A diferencia de los virus corrientes, conocidos por su simplicidad extrema, estos colosos poseen genomas enormes e infectan a eucariotas unicelulares. El estudio de Nature muestra que algunos de los genes que nuestros ancestros incorporaron de manera temprana parecen proceder directamente de ellos.

Los autores proponen que estos virus gigantes pudieron actuar como vehículos o “taxis” de transferencia genética en aquellos ecosistemas ancestrales. Al infectar a distintos microorganismos que convivían en el mismo espacio, facilitaban el intercambio de material genético entre ellos, acelerando y moldeando de forma decisiva el genoma de la primera célula compleja.

Una quimera microscópica

Lejos de ser un camino recto, la evolución biológica es un intrincado laberinto de idas y venidas, marcado por la mezcla de linajes, la selección, la deriva, la contingencia histórica o procesos que van desde acumulación de mutaciones graduales hasta cambios saltacionales.

Al igual que ocurre con nuestra propia especie, nuestras células tampoco son el producto de una línea genealógica pura y perfectamente planificada. A menudo nos cuesta aceptar que la evolución no tiene un objetivo predeterminado, pero la vida, tal y como la conocemos, es el producto de procesos oportunistas donde el azar y las circunstancias juegan un papel fundamental.

Nuestras células son, en esencia, una extraordinaria quimera microscópica; el resultado de un crisol de alianzas ancestrales entre arqueas, diversas familias de bacterias e incluso el tráfico genético mediado por virus gigantes.

Este hallazgo demuestra cómo la ciencia contemporánea, armada con la genómica y la supercomputación, es capaz de transformar y superar hipótesis previamente propuestas.

Es un gran hito que nos ayuda a entender de dónde venimos y demuestra que el espíritu audaz y la intuición de Lynn Margulis siguen más vivos que nunca.

The Conversation

Marcial Escudero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Virus gigantes, la pieza inesperada para explicar el origen de la vida compleja – https://theconversation.com/virus-gigantes-la-pieza-inesperada-para-explicar-el-origen-de-la-vida-compleja-284843

Vous voulez savoir qui gagnera la Coupe du monde 2026 ?

Source: The Conversation – in French – By Francois Brouard, Full Professor Accounting and Taxation / Professeur titulaire comptabilité et fiscalité, Sprott School of Business, Carleton University

Qui ne voudrait pas connaître à l’avance le gagnant et les finalistes de la Coupe du Monde 2026 organisée par la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) ? Bien sûr, à moins d’avoir une boule de cristal, c’est chose impossible. Mais en-deçà de ce vainqueur unique, de multiples gagnants sont déjà là : chaque équipe qualifiée touche des millions de dollars et profite d’une visibilité exceptionnelle, sans parler des équipes hôtes.


C’est un aspect que l’on peut négliger, à force d’avoir les yeux rivés sur l’ultime trophée : pour les équipes en lice à la Coupe du Monde 2026, la simple qualification est déjà une victoire. Et pour cause : l’édition 2026 offrira des primes financières record aux équipes qualifiées, reflétant l’ampleur du tournoi élargi à 48 équipes.

Professeur titulaire de comptabilité et de fiscalité à la Sprott School of Business de l’Université Carleton, je m’intéresse ici aux gagnants financiers de la Coupe du monde 2026, avant même le premier coup de sifflet. J’ai publié trois notes de recherche plus détaillées portant sur la gouvernance, les finances et la Coupe du monde 2026 de la FIFA en juin 2026.

Le fonds de récompenses basé sur la performance

Le processus de qualification pour l’édition 2026 retient les 48 équipes ayant franchi avec succès les différentes étapes de sélection dans leurs confédérations respectives, incluant automatiquement les trois pays hôtes, soit le Canada, le Mexique et les États‑Unis.

Ces 48 nations peuvent déjà être considérées comme gagnantes. Le cadre financier de la Coupe du Monde de la FIFA 2026 est divisé en deux composantes distinctes pour les équipes : un fonds de récompenses basé sur la performance de 655 millions de dollars américains et un programme de soutien financier non lié à la performance de 871 millions de dollars américains destinés à la distribution aux équipes. Contrairement au programme de distribution de base, qui garantit un soutien égal à toutes les équipes, le fonds de récompenses introduit une structure d’incitation fondée sur le mérite, qui récompense la performance sur le terrain et les résultats compétitifs.




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Le fonds de récompenses basé sur la performance s’élève à 655 millions de dollars américains. La part obtenue augmente à mesure que les équipes progressent dans la compétition, allant de 9 millions de dollars américains pour une élimination en phase de groupes à 50 millions de dollars américains pour le champion du tournoi.

Le montant est conséquent : il s’agit en fait d’une hausse d’environ 50 % par rapport à l’édition 2022 au Qatar, qui totalisait 440 millions de dollars américains, et à celle de 2018 en Russie, qui totalisait 400 millions de dollars américains. La répartition détaillée pour 2026 figure dans le tableau 1.

Le programme de distribution aux équipes

En revanche, le programme de distribution aux équipes de 871 millions de dollars américains consiste en un soutien financier non lié à la performance, versé de manière égale aux 48 associations participantes à la Coupe du Monde de la FIFA 2026.

Ce programme comprend des fonds de préparation, des paiements de participation (qualification), ainsi qu’un ensemble de subventions opérationnelles couvrant notamment l’hébergement, les transports internes, l’accès aux sites d’entraînement, l’assurance et le soutien administratif. L’objectif de ce dispositif est de garantir que toutes les fédérations, en particulier celles disposant de ressources financières limitées, puissent répondre aux exigences logistiques et opérationnelles du tournoi élargi.

Compte tenu du succès commercial du tournoi phare masculin, le Conseil de la FIFA a décidé le 28 avril 2026 d’augmenter de 15 % supplémentaires les ressources à distribuer aux 48 équipes participantes, pour atteindre un total de 871 millions de dollars américains. En standardisant ces contributions de base (représentant au moins 12,5 millions de dollars américains par équipe), la FIFA vise à promouvoir une parité financière et à réduire les écarts de ressources entre les nations participantes.


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Les gagnants sur le terrain

Toutes les équipes en lice ne partent pas sur un pied d’égalité. Un classement initial de la FIFA distingue déjà les formations les plus performantes, notamment celles qui ont connu du succès par le passé. D’autres en sont absentes, parfois de manière surprenante, révélant des écarts inattendus dans la hiérarchie.

Le classement complet, incluant le top 10 FIFA/Coca-Cola avant la Coupe du monde 2026 est dominé par les grandes nations européennes et sud‑américaines. La France (#1) mène le classement, suivie par l’Espagne (#2). L’Argentine (#3), toujours portée par son statut de championne du monde, reste parmi les meilleures nations. L’Angleterre (#4), le Portugal (#5) et le Brésil (#6) demeurent des équipes capables de faire la différence à tout moment. Dans la continuité du classement, les Pays‑Bas (#7) et le Maroc (#8) se situent désormais parmi les sélections les mieux établies sur la scène internationale. La Belgique (#9) et l’Allemagne (#10) ferment la marche de ce top 10.

Plusieurs absences majeures ont marqué les éliminatoires du Mondial 2026. L’Italie (#12) est la plus surprenante, manquant une deuxième Coupe du monde de suite. Le Danemark (#20) et le Nigeria (#26) n’ont pas réussi à confirmer leurs ambitions. Viennent ensuite l’Ukraine (#32), la Pologne (#35), le Pays de Galles (#37), la Serbie (#39) et la Hongrie (#42), toutes décevantes malgré leur potentiel. Enfin, le Cameroun (#44), habitué des grands rendez‑vous, complète cette liste d’éliminations inattendues.




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Des retombées pour la FIFA, les pays et les villes

La Coupe du monde 2026 représente une énorme source de revenus pour la FIFA elle-même. Ainsi, la FIFA compte générer un bénéfice de plusieurs milliards de dollars américains en 2026. Organisée conjointement par le Canada, le Mexique et les États‑Unis, la Coupe du monde 2026 représente un levier économique exceptionnel pour ces trois pays hôtes.

L’augmentation du nombre d’équipes, passant de 48 en 2026 au lieu de 32 depuis 1998, entraîne une hausse significative du nombre de matchs (de 64 en 2022 à 104 en 2026), de visiteurs et d’investissements. Les retombées directes incluent des milliards de dollars injectés dans les infrastructures, les transports, la sécurité et les services publics, tandis que les retombées indirectes stimulent des secteurs comme l’hôtellerie, la restauration, le commerce local et l’emploi temporaire. Pour les villes hôtes, l’événement peut aussi agir comme un accélérateur de développement urbain et un catalyseur de partenariats publics‑privés. Il ne faut toutefois pas oublier les investissements publics dans ce genre d’événement.

Près de huit millions de sièges seront disponibles au total durant les 104 matchs de la compétition. Sur le plan touristique, la compétition devrait attirer plusieurs millions de visiteurs internationaux, générant une fréquentation record dans les villes choisies pour tenir des matchs. Les pays hôtes bénéficient d’une vitrine mondiale qui renforce leur attractivité à long terme, bien au‑delà du seul mois de compétition. Les voyageurs prolongent souvent leur séjour pour découvrir d’autres régions, ce qui crée un effet d’entraînement sur l’ensemble du territoire. De plus, la diversité culturelle des supporters et la multiplication des événements parallèles dynamisent l’image des villes et peut favoriser un tourisme plus durable et plus diversifié.

Les retombées médiatiques sont tout aussi déterminantes : la Coupe du monde est l’un des événements les plus suivis de la planète, avec des milliards de téléspectateurs et une présence massive à la télévision, dans la presse écrite et sur les réseaux sociaux. Cela offrira une grande visibilité aux pays hôtes, à leurs marques et à leurs destinations touristiques. Cette exposition mondiale contribue à mettre de l’avant l’Amérique et à positionner les villes hôtes comme des pôles internationaux capables d’organiser des événements de grande envergure.

Plusieurs villes ont d’ailleurs déjà cette réputation, notamment Vancouver avec les Jeux olympiques d’hiver en 2010 et Expo 86, l’Exposition internationale en 1986, et Los Angeles avec les Jeux olympiques d’été 2028 pour n’en nommer que deux.

Une bonne affaire

La Coupe du monde 2026 consacre plusieurs gagnants, bien au‑delà du seul vainqueur sportif. On pourrait s’attendre à retrouver l’équipe championne parmi les nations en tête de classement, mais les bénéfices de cette édition dépassent largement le cadre strictement compétitif.

Sur le plan financier, les équipes profiteront de primes revalorisées, faisant de ce tournoi la version la plus lucrative de l’histoire. Sur le plan sportif, trois nations bénéficient déjà d’un avantage certain : le Canada (#30), le Mexique (#15) et les États‑Unis (#16), automatiquement qualifiés en tant que pays hôtes. Leur statut d’organisateurs leur assure non seulement une participation garantie, mais aussi des retombées économiques, touristiques et médiatiques majeures.

En somme, le plus grand mystère reste le vainqueur final. Mais une chose est sûre : pour la FIFA, les équipes qualifiées et les pays hôtes, la Coupe du monde 2026 est déjà une affaire gagnante sur certains plans. On évite les aspects moins avantageux, mais c’est une tout autre histoire…

La Conversation Canada

Francois Brouard ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Vous voulez savoir qui gagnera la Coupe du monde 2026 ? – https://theconversation.com/vous-voulez-savoir-qui-gagnera-la-coupe-du-monde-2026-284600

Pourquoi Trump installe une cage de combat devant la Maison-Blanche

Source: The Conversation – in French – By Jérôme Viala-Gaudefroy, Spécialiste de la politique américaine, Sciences Po

L’« UFC Freedom 250 », la soirée de MMA qui se tiendra dans une cage installée spécialement sur la pelouse sud de la Maison-Blanche, le 14 juin, est présenté comme une célébration patriotique dans le cadre du 250ᵉ anniversaire de la naissance des États-Unis. C’est en réalité un événement à la gloire du président, puisque ce jour-là, ce ne sera pas l’anniversaire du pays, mais le sien. Les arts martiaux mixtes, avec leur imagerie de violence et de domination, correspondent pleinement à la vision que Trump se fait de la politique.


Que signifie politiquement le fait d’installer une cage de combat dans le jardin de la Maison-Blanche ?

En faisant ériger un octogone d’arts martiaux mixtes (MMA) sur la pelouse présidentielle, Donald Trump ne célèbre pas un sport. Il met en scène une vision du pouvoir où le chef d’État ne sert plus la nation – il la personnifie en champion qui domine et soumet.

Alors que son administration fait face à l’une des crises internationales les plus lourdes de son second mandat, Trump semble surtout obsédé par deux choses : sa gigantesque salle de bal et le combat d’arts martiaux mixtes organisé par l’Ultimate Fighting Championship (UFC) sur la pelouse de la Maison-Blanche, le 14 juin. Il compare l’arène installée – une structure métallique de 28 mètres entourant l’octogone, surnommée « The Claw » (la griffe) – à la tour Eiffel, allant jusqu’à suggérer de ne jamais la démonter.

L’événement a été jugé suffisamment important pour que le calendrier du G7 soit ajusté afin d’éviter tout chevauchement.

Appropriation symbolique de la nation

Les organisateurs présentent l’événement comme une célébration patriotique et apolitique de l’histoire américaine : entre les combats, l’UFC diffusera des séquences consacrées aux héros nationaux, à l’indépendance et au 250ᵉ anniversaire des États-Unis.

Pourtant, aucune des grandes commémorations évoquées ne tombe réellement ce jour-là : le 250ᵉ anniversaire de l’indépendance sera célébré le 4 juillet 2026, celui du drapeau en 2027, tandis que celui de l’armée américaine a déjà été marqué en 2025. Le seul anniversaire qui tombe exactement le 14 juin est celui de Donald Trump, qui aura 80 ans. Sous couvert de commémoration nationale, l’événement fonctionne d’abord comme une fête d’anniversaire présidentielle, doublée d’une opération politique et financière.

La diffusion est prévue sur Paramount+, dont la maison mère a été rachetée en août 2025 par David Ellison, fils du cofondateur d’Oracle et figure proche de l’écosystème trumpien. Le public a été soigneusement sélectionné : des militaires recrutés par le Pentagone selon des critères morphologiques serviront de décor télévisé.

La déclaration financière de Trump fait aussi apparaître l’achat d’actions de TKO Group Holdings, maison mère de l’UFC, au moment même où il promeut l’événement. Ce n’est pas un événement sportif honoré par la présence du président. C’est un événement présidentiel habillé en gala de MMA.

Une fascination ancienne pour les sports de combat

Donald Trump a toujours été fasciné par les sports de combat et le spectacle de la violence, alors qu’il a lui-même échappé au service militaire pendant la guerre du Vietnam grâce à un diagnostic d’« éperon osseux » établi par un podologue ami de son père.

Dans les années 1980, il noue des liens étroits avec la fédération de catch professionnel WWE. En 2007, lors d’un match appelé « Bataille des milliardaires », il s’est mis en scène dans une rivalité fictive avec son propriétaire Vince McMahon.

Le catch fonctionne selon la logique du kayfabe, une convention qui invite le public à adhérer à une histoire dont chacun connaît pourtant le caractère scénarisé. Cette mécanique éclaire utilement le fonctionnement de Donald Trump. Il a compris très tôt que la politique fonctionnait selon le même principe : il n’a pas transformé la politique en spectacle, il a révélé qu’elle l’était déjà.

L’UFC appartient toutefois à un autre registre. Ici, les combats ne sont pas simulés. Trump s’y intéresse dès les années 2000 et accueille plusieurs événements dans ses casinos d’Atlantic City (New Jersey). Dana White, PDG de l’UFC, rappelle régulièrement le soutien que lui aurait apporté Trump lorsque l’organisation cherchait encore à s’imposer. Cette proximité ne relève donc pas d’un engouement récent, mais d’une relation ancienne avec un univers culturel devenu central dans une partie de la droite américaine contemporaine.

Du héros civique au champion combattant

Pour comprendre la portée de ce choix, il faut revenir à la figure présidentielle héroïque américaine. Depuis l’indépendance, les présidents américains ont souvent été associés à une forme d’héroïsme, à commencer par George Washington, dont la grandeur tient moins à ses victoires militaires qu’à son geste de 1783 : refuser le pouvoir absolu et rentrer dans sa ferme plutôt que de gouverner. Abraham Lincoln incarne l’autorité morale plutôt que la puissance militaire. Au XXᵉ siècle, les présidents-héros – de Roosevelt à Eisenhower – tirent leur légitimité de la notion de service : ils souffrent, ils se sacrifient, ils servent la nation avant eux-mêmes. Le héros démocratique est au service d’une cause qui le dépasse.

Ce modèle a commencé à se fissurer après le 11 septembre 2001. La rhétorique politique américaine lui a progressivement substitué la notion de « toughness » – la dureté, la résistance, la volonté de dominer.

George W. Bush, en tenue d’aviateur, prêt à embarquer pour se rendre sur le porte-avions Abraham-Lincoln, où il prononcera son célèbre discours « Mission accomplie » à propos de l’intervention en Irak, le 1ᵉʳ mai 2003.
Susan Sterner/White House

Le héros ne devait plus seulement servir, il devait gagner. George W. Bush atterrissant sur un porte-avions en combinaison de pilote militaire avait déjà quelque chose de ce basculement. Mais ce n’était encore qu’un décor.

L’affiche publiée par la Maison-Blanche pour promouvoir l’événement du 14 juin illustre cette mutation de manière saisissante. L’Oncle Sam de l’affiche de recrutement de 1917, figure maigre et austère, est remplacé par un colosse à la musculature hypertrophiée, dans une esthétique IA totalement assumée.

Le titre, « America Needs a Champion ». Cette hypertrophie martiale dit une masculinité hégémonique. Quelques jours auparavant, Trump s’était lui-même représenté en Oncle Sam sur son réseau Truth Social.

Le glissement est complet : le champion ne représente plus la nation, il la personnifie. Le président n’est plus le serviteur de l’Amérique – il est l’Amérique. Dans la culture des sports de combat, le champion ne se contente pas de vaincre, il soumet. Transposée en métaphore politique, cette approche décrit exactement le rapport au pouvoir que Trump met en scène : non pas la gouvernance mais la domination.

Le MMA comme vecteur politique

La portée de cet événement est autant esthétique que sociologique. Plusieurs études ont montré que l’UFC est devenu un puissant vecteur de socialisation masculine, représentant un modèle de virilité fondé sur la hiérarchie physique et la compétition. Ce modèle a un rendement électoral documenté. En 2024, selon l’analyse CIRCLE/AP VoteCast, 55 % des hommes de 18 à 29 ans ont voté pour Trump – soit 14 points de plus qu’en 2020. La progression est encore plus marquée chez les jeunes hommes latinos.

L’événement du 14 juin s’inscrit dans cette logique : consolider un électorat masculin autour d’un imaginaire de la force, alors que les sondages signalent une érosion du soutien au président.

Toutefois, l’enjeu dépasse la tactique électorale. Trump ne se rend pas au stade, il fait monter le sport de combat à la Maison-Blanche afin de projeter sur sa personne les valeurs des arts martiaux : virilité guerrière, hiérarchie du corps, domination physique et hypermasculinité.

Le pouvoir mis en cage

La cage installée à la Maison-Blanche n’est donc pas une simple opération de divertissement : la mise en scène remplace l’expérience réelle. Pendant que l’UFC célèbre le guerrier triomphant dans l’arène, la crise iranienne rappelle ce que Trump ne veut pas assumer politiquement : le prix humain d’une guerre réelle.

Ce spectacle de violence a naturellement suscité des comparaisons avec les empereurs romains et leurs gladiateurs. Mais Trump agit dans une démocratie où la critique reste possible. Sa force politique tient précisément à sa capacité à intégrer la contestation au spectacle : cynisme, dénonciations et protestations finissent par nourrir ce qu’ils prétendent combattre. C’est un « kayfabe d’État démocratique » : une mise en scène du pouvoir qui s’impose moins par la répression que par la normalisation.

Le terrain symbolique reste disputé. Des recours juridiques ont été déposés pour faire annuler l’événement, et le mouvement No Kings a prévu des manifestations ce même 14 juin, en réinvestissant précisément les symboles que l’événement prétend célébrer : le drapeau, la date, l’espace public. Cela pose une question qui dépasse Trump : qui peut revendiquer la nation, le dirigeant qui cherche à en monopoliser les symboles ou les citoyens qui font de la résistance un acte patriotique ?

The Conversation

Jérôme Viala-Gaudefroy ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Pourquoi Trump installe une cage de combat devant la Maison-Blanche – https://theconversation.com/pourquoi-trump-installe-une-cage-de-combat-devant-la-maison-blanche-284853

Affaire Lyhanna : la justice est-elle coupable ?

Source: The Conversation – in French – By Laurent Willemez, Professeur de sociologie, Université de Versailles Saint-Quentin-en-Yvelines (UVSQ) – Université Paris-Saclay

Une partie de la classe politique accuse la justice de défaillance après la mort de la jeune Lyhanna, 11 ans, et la découverte du parcours judiciaire de l’homme suspecté de son meurtre. Manque de communication entre les tribunaux, personnels débordés, explosion des plaintes pour violences sexuelles : le sociologue Laurent Willemez nous propose un état des lieux de l’institution judiciaire et une réflexion sur les réponses à apporter.


Depuis la découverte du parcours judiciaire de l’homme suspecté du meurtre de la jeune Lyhanna à Fleurance (Gers), certains acteurs politiques lancent des accusations virulentes contre la magistrature et pointent les dysfonctionnements de la justice. La prise de position la plus forte est sans doute celle de Bruno Retailleau, président des Républicains, qui remet en cause, comme il l’a déjà fait à plusieurs reprises, « l’indépendance » de la justice et le « corporatisme » des magistrats. L’attaque contre les acteurs de l’institution judiciaire vient du ministre de la justice lui-même, Gérald Darmanin, qui met en scène son volontarisme en convoquant les procureurs généraux. Au-delà de ces postures politiques, ce drame permet de revenir sur quelques spécificités propres à l’institution judiciaire française.

Le parquet mis en cause

Dans cette affaire, on constate une tonalité différente des critiques habituelles envers les « juges », souvent répétées après un fait divers dramatique. En effet, ce ne sont pas les magistrats du siège (qui prennent les décisions) qui sont en cause, mais bien leurs collègues parquetiers et parquetières, qui ont en charge l’exercice de l’action publique et la direction de l’enquête, en collaboration avec les forces de l’ordre (police et gendarmerie).

Le statut des membres du parquet est d’ailleurs bien spécifique dans la mesure où ceux-ci sont subordonnés à l’exécutif, en l’occurrence au garde des sceaux, ministre de la justice. Si celui-ci ne peut plus imposer des décisions sur des individus, il continue de rédiger des circulaires de politique pénale à l’intention des procureurs généraux (dirigeant les différents parquets des ressorts au sein de leur cour d’appel), qui les font appliquer par les procureurs des tribunaux judiciaires, dont le rôle est central dans le fonctionnement de la justice française.

Les multiples interventions du ministre de la justice semblent d’abord avoir pour fonction de se défausser d’une inaction dans le domaine des violences conjugales et sexuelles. Par ailleurs, il ne faut pas oublier que la « chaîne pénale », dont les dysfonctionnements semblent avoir conduit au drame, intègre les forces de l’ordre : ici la gendarmerie, ce qui est assez peu relevé. En bref, ce n’est pas un juge d’instruction ou une juge d’application des peines qui sont ici accusés, mais bien le cœur de l’appareil répressif de l’État.

Des dysfonctionnements organisationnels liés au numérique

Dans l’affaire Lyhanna, qu’en est-il des dysfonctionnements de la chaîne pénale et plus largement de l’institution judiciaire ? Ni les différentes brigades de gendarmerie ni les différents parquets, et en particulier celui d’Auch, ne semblent avoir agi face aux faits antérieurement reprochés à la personne soupçonnée du viol et du meurtre de l’enfant, ou même n’en ont pas été informés. La question posée est donc d’abord celle de faiblesse des outils de communication entre les différents acteurs.

Ce qui est notamment en cause, c’est le « retard » du ministère de la justice en termes de communication numérique sur les alertes et les pièces des dossiers. Les plans de « transformation numérique de la justice » se sont pourtant multipliés avec la « procédure pénale numérique » (PPN), censée être déployée dans toutes les juridictions françaises, au moins pour les délits. Les difficultés constatées sont pourtant nombreuses, notamment dans les petites juridictions, dans la transmission des dossiers. À cet égard, le Gers fait pourtant figure de « bon élève » de la procédure numérique avec des taux importants de « dématérialisation » des procédures, comme le montrent des données issues de notre enquête en cours sur la « transformation numérique de la justice »

Quoi qu’il en soit, il est assez rare que les enjeux du déploiement des outils numériques au sein de l’État s’invitent dans le débat public, et l’on peut imaginer que l’affaire Lyhanna pourrait avoir pour conséquence une accélération de cette politique au sein du ministère de la justice. Une accélération qui nécessitera incontestablement plus de moyens (en achat de matériel, en formation, etc.).

Une justice débordée

Ces difficultés organisationnelles s’accompagnent d’un enjeu beaucoup plus fort, celui des faibles moyens en personnel et de la surcharge de travail, comme j’ai pu l’exposer dans Sociologie de la magistrature, coécrit avec Yoann Demoli. Cette surcharge de travail est vraie pour l’ensemble de la magistrature, siège et parquet réunis.

Les parquets sont souvent des organisations de petite taille, composés d’agents, et pas seulement des magistrats, qui travaillent à flux tendu dans une urgence perpétuelle, quelle que soit la taille de la juridiction (même si, bien entendu, du fait de sa taille et du niveau de criminalité en Seine-Saint-Denis, le parquet de Bobigny connaît une situation particulière.

Un des dispositifs organisationnels centraux des parquets est la permanence, dans laquelle se succèdent les parquetiers et parquetières et qui, souvent pendant une semaine, répondent jour et nuit aux sollicitations des forces de l’ordre en prenant des décisions très rapidement. Ce qui est appelé « traitement en temps réel » (TTR) des affaires conduit à un travail extrêmement intense et émotionnellement très coûteux. De nombreux magistrats vivent des conditions de travail difficiles liées à la fois au débordement du travail sur le reste de leur vie et au sentiment de « travail empêché ».

Ces formes de souffrance au travail ont pu conduire à des suicides ou à des décès de magistrates pendant l’audience ; l’ensemble a donné lieu à des prises de position des syndicats de magistrats et même, en 2021, à une « tribune des 3 000 » alertant sur ces difficultés. Et si ces dernières ne sont pas documentées officiellement, c’est peut-être parce que le ministère de la justice peine à admettre ces réalités de burn out que j’ai pu rencontrer dans mes enquêtes.

De la même manière, les réflexions sur la charge de travail des magistrats semblent finalement très peu nombreuses, et le colloque de 2023 organisé à la Cour de cassation sur cette question fait figure de moment exceptionnel de réflexion de la justice sur ses propres pratiques.

Ainsi, au-delà même du parquet, on constate que l’ensemble de la magistrature française est sous pression depuis de nombreuses années, du fait de la faiblesse des effectifs. La comparaison est souvent faite avec les pays européens tels qu’ils sont mesurés au niveau du Conseil de l’Europe (et non pas, comme il est souvent indiqué par erreur, au niveau de l’Union européenne), par la Commission européenne pour l’efficacité de la justice.

En 2022, la France a ainsi dépensé 77 euros par habitant quand l’Allemagne en a dépensé 136, et la Pologne 138. On compte par ailleurs 11,3 juges par habitant (et 3,2 parquetiers) en France contre 24,7 juges par habitant (et 7,7 parquetiers) en Allemagne. L’effort important annoncé par l’ancien ministre, Éric Dupont-Moretti, en 2023 d’augmenter le nombre de postes de magistrats de 1 500 et celui de greffiers de 1 800 sur cinq ans, mettra du temps à faire sentir ses effets. Par ailleurs, il ne suffira pas à résorber l’écart avec les autres pays européens.

Explosion des plaintes pour violences sexuelles

Si la question des moyens ne constitue pas la seule variable explicative, elle est donc un des éléments importants de l’équation que doivent résoudre, au sein des juridictions, les autorités judiciaires. Le drame pose aussi une question cruciale du traitement judiciaire des violences sexuelles et sexistes.

Depuis les années 2000 et les différents #MeToo depuis 2017, de plus en plus de victimes portent plainte et la justice doit juger de plus en plus d’infractions de ce type. Les violences sexuelles, qu’elles soient ou non intrafamiliales, sont ainsi devenues un contentieux de masse.

Selon les chiffres publiés en 2023 par le ministère de la justice, on constate une augmentation de 14 % des condamnations pour violences sexuelles entre 2017 et 2022. Ce sont en particulier les condamnations pour harcèlement sexuel qui se multiplient, avec une augmentation de presque 100 %.

Le directeur général de la gendarmerie nationale, déclarant que l’affaire Lyhanna est « est un échec pour nous », a rappelé l’augmentation vertigineuse de cas à traiter par ses services. En 2019, « nous avions, pour l’ensemble de la gendarmerie, 28 000 plaintes annuelles pour des violences sexuelles et sexistes et des viols, 65 % concernant des mineurs ». Six ans plus tard, en 2025, avec 50 000 plaintes enregistrées « on a quasiment multiplié par deux les plaintes pour violences sexuelles et sexistes et pour viols ».

Si tous les chiffres ne sont pas disponibles, les entretiens avec des magistrats, qu’ils soient parquetiers, juges d’instruction ou présidents d’audiences correctionnelles, montrent l’importance croissante de ce contentieux, devenu massif et qui renforce encore la saturation des tribunaux. On peut alors se demander, à l’instar du Syndicat de la magistrature et de l’Union syndicale des magistrats, si la transformation de la législation ou l’accroissement de l’arsenal répressif sont des solutions viables, la seule réponse possible semblant d’abord passer par l’accroissement des effectifs de magistrats et de greffiers, seule mesure à même d’apporter une réponse pénale rapide et systématique aux violences sexuelles que notre société n’accepte plus.

The Conversation

Willemez Laurent a reçu des financements de l’Institut Robert Badinter (IRB)

ref. Affaire Lyhanna : la justice est-elle coupable ? – https://theconversation.com/affaire-lyhanna-la-justice-est-elle-coupable-284854

Loi contre les violences scolaires : une victoire des victimes ?

Source: The Conversation – in French – By Éric Debarbieux, Professeur émérite en sciences de l’éducation, Université Paris-Est Créteil Val de Marne (UPEC)

Rédigée à la suite de la commission d’enquête parlementaire sur le scandale de Bétharram, la proposition de loi visant à protéger les enfants contre les violences en milieu scolaire a été adoptée à l’unanimité à l’Assemblée nationale, marquant une rupture nette avec une longue histoire de la pédagogie fondée sur une idéologie punitive.


Le 1er juin 2026, l’Assemblée nationale a voté une loi visant à protéger les enfants et à lutter contre les violences en milieu scolaire. Il s’agit des violences commises par les adultes sur des élèves. Elle fait suite aux travaux d’une commission parlementaire rassemblée après la révélation de violences commises au sein de l’institution Notre-Dame-de-Bétharram.

Dans cet article, ce texte sera considéré dans son surgissement issu de la mobilisation de collectifs de victimes, et de leurs alliés, comme dans le changement de regard sur l’enfant et l’éducation qu’il officialise.

Mais ce changement reste fragile et la période actuelle est grosse de contradictions qui peuvent faire de cette « victoire des victimes » une simple victoire d’étape, bien vite remise en cause dans un backlash éducatif, un retour du bâton qui ne serait pas que symbolique.

Contre la loi du silence

La loi du plus fort s’appuie sur la loi du silence. Être victime, c’est être silenciée. La sidération, la honte, le gaslighting, la colonisation du psychisme des victimes sont autant de mécanismes et d’émotions connus qui privent les victimes de leur parole, parfois de leur mémoire, et protègent les agresseurs.

Le silence des victimes a été tel qu’au début de ce siècle pouvait encore paraître un livre au titre évocateur : Les Victimes, des oubliées de l’histoire ?. La victimation secondaire qui consiste à ne pas écouter et à ne pas croire les victimes est un des éléments clés de cet oubli historique et systémique. Mais grâce en particulier aux luttes féministes, désormais intersectionnelles, bien des choses ont changé. Qu’on ne s’y trompe pas : les affaires de violences scolaires sont inscrites dans l’autorité patriarcale, renforcée par le côté « internat punitif » dans le cas de Bétharram et de plusieurs institutions qui ont été dénoncées.

Depuis #MeToo (2017), l’intense libération de la parole des femmes autorise la révélation des violences vécues en tant qu’enfants, quel que soit leur genre – et l’on sait bien qu’il est difficile pour un homme de s’avouer victime, en particulier de violences sexuelles.

Mais cela ne doit pas conduire à un fatalisme de la passivité éternelle des victimes. Grâce à la constitution de collectifs, d’associations, grâce aussi au courage de lanceurs d’alerte – trop souvent victimes secondaires placardisées – la parole a émergée, a été massivement entendue et crue, malgré les dénégations et les minimisations. Grâce aussi et au courage transpartisan de Violette Spillebout (députée Ensemble pour la République, EPR) et Paul Vannier (député La France insoumise, LFI) ainsi que par des alliances nouées, entre autres, avec les syndicats, malgré les manœuvres dilatoires de certains partis.

Aucun député n’a osé s’opposer au vote de ce texte, signe de l’extraordinaire force de cette parole, même si certains articles n’ont pas été votés – dont celui sur la levée du secret de la confession, auquel se sont opposées la droite et l’extrême droite.

Un nouveau regard sur l’enfant

Ce changement dans l’écoute des victimes est le signe du long changement historique des regards sur l’enfant. L’éducation a longtemps été considérée comme un dressage, comme une correction du trop-plein enfantin de nature et d’animalité. D’où la fondation d’une pédagogie du redressement, qui a dominé l’histoire de l’éducation occidentale jusqu’au XIXᵉ siècle.

Contrairement à une idée reçue et exploitée politiquement ad nauseam, ce n’est pas Mai-68 qui a placé l’enfant au centre, qui a démonétisé l’usage de la violence en éducation. Si l’on sait désormais ce que la thèse de Philippe Ariès sur la découverte de l’enfant avait d’excessif en niant l’amour pour l’enfant dans les familles anciennes, il n’en reste pas moins vrai qu’une profonde mutation du rapport à l’enfant s’est produite dès le XVIIIᵉ siècle et surtout au XIXᵉ siècle. Dans la modernité, l’enfant est progressivement devenu une valeur fondamentale de la famille.

Le développement postmoderne d’autres modèles familiaux ne remet pas en cause cette évolution : même dans la famille à la carte, l’amour pour l’enfant reste une valeur cardinale. L’idéal de non-violence – avec toutes les fragilités concrètes d’un idéal – impose de nouvelles normes à l’éducation : la modernité en privilégiant l’affection a dévalorisé la violence éducative. C’est à l’échelle des siècles qu’une nouvelle vision de l’enfant s’est imposée, jamais parfaitement, et avec tous les risques de l’enfermement dans un milieu familial restreint. Ce qui n’a pas empêché une cohabitation de cette image avec celle de l’enfant à dresser.

La loi qui vient d’être votée officialise cette valeur de la non-violence dans l’éducation scolaire. En témoignent cette modification du Code de l’éducation, avec l’ajout d’un article L. 111-7 est ainsi rédigé :

« L’école garantit le respect de la dignité et de l’intégrité physique et psychologique des élèves et des étudiants. Tout élève ou étudiant a droit à une formation sans violence morale ni physique et sans harcèlement. Tout recours aux châtiments corporels ou à tout autre traitement humiliant ou dégradant à leur encontre est interdit. »

La rupture légale avec la pédagogie du dressage est actée. Et, ce qui est tout aussi important, ce que l’on nomme les « violences éducatives ordinaires » sont clairement interdites.

Au risque du « backlash » éducatif

L’application de la loi ne sera pas simple. Des questions de moyens seront cruciales. La formation obligatoire ne sera pas aisée à mettre en place. Si elle consiste à ne rajouter que quelques heures à la formation initiale, l’impact sera restreint. En prônant la mise en place dans chaque école de lieux où recueillir la parole des enfants, elle marque un pas indispensable. Mais ce pas sera rendu difficile par le risque actuel d’une remise en cause autoritariste, politique et sociale d’une éducation bienveillante, qui accorde une valeur à cette parole de l’enfant (dont on comprendra qu’elle n’est pas celle du seul enfant victime).

L’autoritarisme est redevenu désirable et marque le débat politique et éducatif. Dans un sondage Ifop de 2023, une large majorité de Français (85 %) adhérait à l’affirmation que « l’autorité est une notion qui se perd en France de nos jours ».

Selon le Baromètre de la confiance politique du Cevipof, en 2025, 54 % des Français approuvent l’idée d’un « homme fort qui n’a pas besoin des élections ou du Parlement », et 73 % souhaitent « un vrai chef en France pour remettre de l’ordre ». Près de 30 % pensent que ce serait une solution que « l’armée dirige le pays ». Et 69 % pensent que la justice est « trop laxiste ».

Ce laxisme est aussi décrit au niveau éducatif, supposant que l’absence de sévérité, l’abandon d’une idéologie du respect par la crainte – et par les violences éducatives ordinaires – est responsable d’une décadence sociétale. Il est frappant d’entendre dans le discours politique combien l’« ensauvagement » de la jeunesse est un thème porteur.

Ce retour de « l’enfant sauvage » est celui d’un archaïsme anthropologique qui situe l’enfance comme âge de sauvagerie et de déraison. Mais un archaïsme réactivé sur « l’enfant des autres », dans une croyance en l’ethnoviolence. C’est aussi dans cet archaïsme que l’on peut lire le « choc carcéral » et le « choc d’autorité », réclamés par une partie de la classe politique comme seules solutions aux émotions soulevées par les violences révélées et les faits divers médiatisés.

Cela est aussi théorisé par certains praticiens, dont le pédiatre Aldo Naouri, qui, contre le pouvoir des mères, demandait une place pour le père. L’urgence serait de « restaurer nos valeurs fondamentales », à savoir « la hiérarchie au sein de la famille ». On comprend comment patriarcat et masculinisme peuvent s’appuyer sur une telle « théorisation ».

Sur le plan de l’éducation scolaire, la critique est portée par ceux qui se positionnent contre les « pédagogues », aux succès d’édition impressionnants. Citons la Fabrique du crétin (2005), l’ouvrage du polémiste Jean-Paul Brighelli, très relayé, selon lequel pédagogues et psychologues mènent l’école vers l’apocalypse, à force de prôner les droits de l’enfant et l’importance de sa parole contre la sagesse magistrale.

Le combat éducatif est aussi un combat politique.

The Conversation

En tant qu’expert extérieur je suis en contact (bénévole) avec le Comité de suivi de la Commission parlementaire sur les violences scolaires.

ref. Loi contre les violences scolaires : une victoire des victimes ? – https://theconversation.com/loi-contre-les-violences-scolaires-une-victoire-des-victimes-284747

« La Chronique des Bridgerton » : quand raconter, c’est gouverner

Source: The Conversation – in French – By Emmanuelle Laboureyras, Chercheuse en Littérature et culture médiatique et populaire, Université Paul Valéry – Montpellier III

Le contrôle des récits est au cœur de l’intrigue de la série créée par Chris Van Dusen et produite par Shonda Rhimes. Allociné

À chaque nouvelle saison, la série la Chronique des Bridgerton, produite par Shonda Rhimes et diffusée sur Netflix depuis décembre 2020, nous rappelle que les bals, les robes pastel et les intrigues sentimentales cachent une question très actuelle : qui contrôle les récits contrôle aussi les réputations. Avec sa gazette, la célèbre chroniqueuse Lady Whistledown fait et défait les positions sociales à sa guise.


Attention, cet article contient des spoilers.

Quand la Chronique des Bridgerton arrive sur nos écrans en 2020, on est d’abord frappés par l’esthétique royalcore qui fait sa singularité : robes de soie, costumes de velours et soirées flamboyantes. La série se déroule en effet dans une haute société londonienne imaginaire lors d’une période qui fait référence à la régence anglaise (1811-1820, NDLR), en intégrant des faits sociaux fictifs.

Comme le remarque la journaliste Audrey Fournier dans le Monde, dès sa sortie, les nombreux bals fonctionnent à l’aune des sensibilités contemporaines : comme des « Tinder grandeur nature », des marchés matrimoniaux où la « valeur » des jeunes femmes se joue en quelques regards.

L’historienne du cinéma Carole Desbarats montre dans son article comment Bridgerton combine les codes de la romance patrimoniale, de la culture pop et d’une politique contemporaine de la représentation. Une hybridité qui touche aussi la narration : à travers le personnage de Lady Whistledown, mystérieuse chroniqueuse, la série fait du récit mondain un instrument de classement social. En effet, derrière ce romanesque se cache un dispositif narratif redoutable : une gazette anonyme qui classe les prétendants, ruine les réputations et couronne les débutantes de la saison.

Ce succès fulgurant (la série a été visionnée par plus de 82 millions de foyers en quatre semaines selon Netflix) s’explique en partie par son esthétique, mais provient aussi de la plume d’une autrice anonyme qui constitue le véritable moteur de la série. Un mot de sa part peut faire d’une jeune inconnue « le diamant de la saison » ou ruiner les plus beaux partis. Le véritable diamant est peut-être là : dans le pouvoir narratif de Lady Whistledown.

Lady Whistledown, une « influenceuse » masquée

La figure de la chroniqueuse s’inscrit dans une histoire longue de la presse mondaine et satirique. Des figures comme Mrs Crackenthorpe, associée au périodique The Female Tatler (qui ne parut qu’un  an, de 1709 à 1710), ou Harriette Wilson, dont les Mémoires exposent les secrets d’hommes puissants, montrent que la révélation publique des conduites privées a pu devenir une ressource d’action pour des femmes tenues à distance du pouvoir. Bridgerton fictionnalise cette tradition : faute d’accès direct à l’autorité, Lady Whistledown passe par l’écriture, l’anonymat et la circulation des récits pour agir sur son monde.

L’anachronisme assumé de la série, commenté par Philosophie Magazine, permet ainsi de rapprocher la gazette de Whistledown de nos propres pratiques médiatiques : classement, réputation, exposition publique et circulation rapide des jugements.

Le narratif comme arme

Ce pouvoir porte aujourd’hui un nom souvent employé dans la vie politique et médiatique : « le narratif ». Le terme désigne l’usage stratégique du récit pour orienter la perception d’un événement, d’un groupe ou d’une personne. Dans le Monde le journaliste Luc Cédelle rappelle que son emploi s’est imposé dans le débat public, parfois à la lisière de la propagande. Deux siècles plus tôt, Lady Whistledown en donne une version fictionnelle. Dans la Puissance du narratif, le philosophe Pascal Nouvel résume cette idée en disant : « Le récit est jugement. »

De fait, la série montre que la chroniqueuse choisit et hiérarchise les faits, et par conséquent, oriente leur lecture. La stratégie de Whistledown consiste à partager son point de vue en le faisant passer pour une évidence. C’est précisément ce que Barthes analyse dans Mythologies : la manière dont certains discours transforment des constructions sociales en vérités apparemment naturelles.

La chronique réécrit ainsi les évènements, privés et publics, en vérités collectives. Ce pouvoir reste cependant ambivalent. Comme le rappelle le spécialiste de la littérature Yves Citton dans Mythocratie, les récits peuvent servir la domination comme le contre-pouvoir. Ainsi, la gazette quotidienne influence l’aristocratie qui la lit tout en offrant à celle qui la rédige une prise sur un monde dont elle est exclue.

De « Gossip Girl » à Whistledown, le pouvoir de la rumeur

Bridgerton se réapproprie un dispositif bien connu des amateurs de séries « young adult » : une voix off fait circuler les rumeurs et expose les dérives d’un microcosme sociétal. Plusieurs critiques ont en effet perçu des similarités entre la voix de la blogueuse de la série Gossip Girl (diffusée sur CW, entre 2007 et 2012) et celle de Whistledown.

Dans son analyse de la franchise, Anaïs Le Fèvre-Berthelot, spécialiste du genre et des médias états-uniens montre ainsi que Gossip Girl agit comme « organisatrice du scandale, gestionnaire des potins, et arbitre des joutes mondaines ». La série abolit la frontière entre privé et public, dans un monde où la réputation occupe une place considérable. La gazette, dans Bridgerton, fonctionne sur un système assez comparable, transposé dans l’univers de la régence.

Une différence distingue toutefois ces deux séries. Dans Gossip Girl, la révélation de l’identité de la blogueuse ne suffit pas à la faire pleinement accepter par l’élite de Manhattan. Dans Bridgerton, au contraire, le dévoilement de l’identité de Lady Whistledown permet à la chroniqueuse de trouver une place malgré sa position sociale. Si l’écriture ne peut supprimer les hiérarchies sociales, elle permet tout du moins de les contourner, voire de les déstabiliser.

Quand les femmes doivent se cacher pour être entendues

Bridgerton met en scène une contrainte propre à la situation féminine de l’époque : l’absence de place dans l’espace public. Marion Hallet, historienne du cinéma, montre en effet dans son analyse de la série publiée par Genre & Écran que les femmes n’ont pas de voix reconnue dans l’arène sociale. Elles ne peuvent ni signer ni décider. L’anonymat de la chroniqueuse répond à cette problématique. Cette stratégie rappelle celle de nombreuses écrivaines qui ont dû composer avec les normes de leur temps pour être publiées et entendues : Aurore Dupin signe sous le nom de George Sand, Mary Ann Evans sous celui de George Eliot, tandis que les sœurs Brontë publient d’abord sous les noms de Currer, Ellis et Acton Bell. Dans des contextes différents, ces pseudonymes leur permettent d’intervenir dans le débat littéraire et social.

La philosophe Miranda Fricker nomme ce phénomène « injustice épistémique » : certaines personnes voient leur parole minorée ou décrédibilisée en raison de leur genre, de leur classe ou de leur position sociale.

La série rend ainsi visible ce mécanisme d’invisibilité. Le pouvoir de la narration apparaît dès lors comme un enjeu politique : celles qui n’y ont pas accès doivent inventer d’autres voies pour se faire entendre.

Raconter, c’est régner

En définitive, Bridgerton offre une leçon d’esprit critique : celui qui tisse le fil des récits oriente le jugement des autres. Derrière chaque histoire, qu’elle vienne d’une gazette clandestine, d’une blogueuse new-yorkaise ou de l’algorithme des réseaux sociaux, se cache une voix, donc une position et des intérêts. Savoir les identifier permet de décrypter les enjeux dissimulés dans chaque récit.

Aujourd’hui, « très chers lecteurs », lire un récit consiste ainsi, en filigrane, à interroger le pouvoir qu’il exerce sur nos jugements.

The Conversation

Emmanuelle Laboureyras ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. « La Chronique des Bridgerton » : quand raconter, c’est gouverner – https://theconversation.com/la-chronique-des-bridgerton-quand-raconter-cest-gouverner-283421