Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Colado, Redactor jefe / Editor de Salud y Medicina, The Conversation
Más allá de la charla de ascensor, la percepción generalizada de que “cada vez hay más alergias” se corresponde con una realidad fáctica. Si nos ceñimos a la población infantil, 795 000 menores sufren en España alguna modalidad, y los ingresos hospitalarios por reacciones alérgicas graves en niños se han multiplicado por siete en los últimos diez años. ¿Qué está pasando?
A esta compleja pregunta intentaban dar respuesta Alejandra Pera Rojas y Berta Ruiz-León, de la Universidad de Córdoba, en un artículo de The Conversation Júnior, la sección dedicada a satisfacer la curiosidad de nuestros lectores más jóvenes. Compleja porque múltiples factores pueden desencadenar las respuestas improcedentes del sistema inmunitario humano, al que cada vez le cuesta más diferenciar entre lo peligroso y lo inofensivo: los hábitos de vida en las ciudades (donde los niños pequeños fortalecen menos sus defensas exponiéndose a los gérmenes), la contaminación, el cambio climático…
Además, en los últimos años ha salido a la luz un nuevo sospechoso, presente en muchos de los problemas de salud que nos acechan: la microbiota. O mejor dicho, el deficiente estado de la comunidad de microorganismos que coloniza nuestro sistema digestivo. Como explicaba Narcisa Martínez Quiles, de la Universidad Complutense de Madrid, la tolerancia a los alérgenos –la ausencia de reacciones del sistema inmunitario a elementos que no constituyen un riesgo para la salud– depende en buena medida de adquirir una microbiota sana en la infancia. Por ejemplo, y según un estudio citado por la autora, la presencia de determinados grupos de bacterias difiere entre los niños que tienen asma y los que no la padecen.
Y si usted, lector, vive en el hemisferio norte, hay muchas probabilidades de que sea víctima de la alergia primaveral y maldiga con todas sus fuerzas la existencia del polen. Pero antes de hacerlo, piense que cumple una función ecológica esencial para la supervivencia de la humanidad. María Teresa Gómez Sagasti, de la Universidad del País Vasco, sacaba a colación, entre otros interesantes datos, que más del 75 % de los cultivos alimentarios del mundo dependen en cierta medida de la polinización.
Es verdad que las plantas están en la obligación de fabricar grandes cantidades de esas pequeñas estructuras reproductivas para maximizar las posibilidades de hacer match con su pareja ideal, pero el calentamiento global ha disparado su producción en especies muy alergénicas como las gramíneas, las ortigas o ciertos tipos de árboles. Pablo Hidalgo y Nuria Martín, de la Universidad de Huelva, lo ilustraban con el caso del plátano de sombra, cuya concentración de polen está aumentando en el sur de España a causa del ascenso de las temperaturas y las horas de insolación. “Aunque el futuro es incierto, estos cambios indican que nada será como antes”, sentenciaban los expertos.
Y aquí surge el dilema: ¿cómo impulsar el deseable aumento de las zonas verdes en las ciudades sin agravar el suplicio de sus habitantes alérgicos cada primavera? Sergio Fuentes Antón, de la Universidad de Salamanca, proponía que se planten especies como almendros, ciruelos de jardín, falsas acacias o pinos: no generan tantos problemas respiratorios, sus copas dan buena sombra y su floración decora toda la ciudad.
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– ref. La selección: la era de las alergias – https://theconversation.com/la-seleccion-la-era-de-las-alergias-281292

