Source: The Conversation – (in Spanish) – By Diego Pisabarros Ramos, Contratado predoctoral, Departamento de Patrimonio Artístico y Documental, Área Historia del Arte ULE, Universidad de León


Este artículo inaugura una serie de textos que estudian la muerte en la Edad Media desde el punto de vista de la historia del arte y parten de un proyecto de investigación sobre el arte funerario en las catedrales de León y Castilla.
Quienes hayan visto marchar al ejército de los muertos en El Señor de los Anillos: El retorno del rey, así como los que han jugado en el universo sombrío de Dark Souls, han podido asociar lo macabro y la presencia de esqueletos con el mundo medieval. No obstante, esto no lo inventaron ni el cine ni los videojuegos, sino que ambos beben de una cultura visual que comenzó a forjarse a mediados del siglo XIV.
En la Baja Edad Media, y como consecuencia de eventos como la Guerra de los Cien Años y la Peste Negra, la población del continente europeo se vio diezmada. En este contexto, la imagen del esqueleto comenzó a verse de manera constante en sepulcros, pinturas murales y manuscritos iluminados. Su objetivo fue recordar que la muerte estaba presente y el alma debía estar purificada ante el inminente Juicio Final.
Esqueletos en todas partes
Así, surgieron manifestaciones artísticas que buscaban plasmar todos estos valores a partir de diversas escenas e iconografías.
Uno de los temas más populares fue el encuentro entre los tres vivos y los tres muertos. El relato narra el encuentro casual de tres hombres de elevada condición social que salen de cacería y se encuentran con tres cadáveres que les cortan el paso. Cada uno de ellos muestra un estado de descomposición diferente, siempre esquelético. La historia busca recordar la fugacidad de la vida y advertir a los poderosos de que cuiden su alma alejándola de los excesos, el orgullo y la vanidad.

MetMuseum/Wikimedia Commons
La representación del difunto en un estado totalmente cadavérico también fue recurrente en los sepulcros bajomedievales. Quizás la escena más difundida haya sido la de las danzas macabras. En ellas se muestra a la Muerte –personificada como un esqueleto o varios– que arrastra a personas de todos los estamentos a un baile ineludible directo a la tumba. Su significado reside en materializar la igualdad universal ante el final.
Estas alegorías están guiadas por el precepto del memento mori, es decir, “recuerda que vas a morir”. Los casos mencionados recuerdan la fragilidad de la vida para reyes, campesinos, nobles, mendigos y obispos y el objetivo de su difusión era que se abandonase la vanidad de los bienes terrenales.
Estas ideas no se refugiaron solo en lugares dedicados al arrepentimiento, el perdón de los pecados o la reconciliación, sino que también estaban presentes en espacios seculares. La propia Danza de la Muerte llegó a presentar cierto componente irónico e incluso festivo.
De hecho, sabemos del desarrollo de danzas macabras muy comunes en la península ibérica y en el resto de Europa, incluso en ambientes principescos. Así, en 1449, en el Hôtel de Brujas, residencia de Felipe III el Bueno, duque de Borgoña, se escenificó en plena fiesta cortesana una danza macabra. No solo resulta de gran interés su ejecución, sino también que después se pintase la escena en uno de los salones principales del edificio, queriendo dejar constancia de dicho espectáculo teatral.

Wikimedia Commons
Miedo o preparación
Pero ¿buscaban las danzas macabras provocar temor en el espectador?
Lo cierto es que, si revisamos los textos clásicos, autores como Horacio incidían en reflexiones en torno a la muerte. En sus Odas comenta cómo ésta llega a ricos y pobres por igual. A ello debemos unir fórmulas epigráficas presentes en los epitafios romanos que en algunos casos siguieron usándose en distintos momentos de la Edad Media.
Si seguimos rastreando las fuentes romanas, debemos detenernos en el Satiricón de Petronio, concretamente en la Cena de Trimalción.

Wellcome collection, CC BY
En el contexto festivo del convivium, o banquete romano, que se refleja en este pasaje surgen una serie de preguntas en torno a la muerte. La razón detrás de esto es la presencia de una pequeña figura: un esqueleto articulado de plata. Este hecho lleva a los comensales y al propio Trimalción a desarrollar toda una serie de reflexiones en torno a la naturaleza de la vida humana. No se intenta causar temor o que el espectador busque redimirse para seguir el camino de la rectitud moral, sino normalizar la muerte como un proceso ligado a la vida.
Los planteamientos epicureístas del siglo IV a. e. c. influenciaron los círculos aristocráticos romanos desde el siglo I a. e. c. en un contexto de continua anexión del mundo helenístico. Con la presencia de las figuras de estos esqueletos denominadas larvae convivialis, el epicureísmo buscaba liberar al individuo del miedo a morir, desmitificando así el carácter siniestro del más allá en el contexto del convivium.
En la Roma tardorrepublicana y altoimperial tuvieron gran influencia dichas ideas a la luz de los testimonios escritos, pero mostraron una mayor inclinación a interpretarlas en clave hedonista. Es decir, el uso de estos esqueletos, marchas fúnebres y danzas macabras servían para justificar la urgencia del placer y de los excesos del banquete.
Por otro lado, los hallazgos arqueológicos también han permitido conocer el uso extendido de las larvae convivialis, así como algunas de esas escenas macabras de los banquetes. Gracias a ellos se han establecido tres tipos de figuras: inanimadas, articuladas y reclinadas, como los participantes de los banquetes.

Wellcome collection, CC BY
Asimismo, se conservan mosaicos, cerámicas y joyas que representan estos personajes cadavéricos portando diversos atributos (tinajas o vasos de vino, guirnaldas, etcétera). Incluso, en algunos ejemplos más grotescos aparecen bailarines intercalados entre los esqueletos mostrando a veces personajes demacrados o, posiblemente, marionetas para la danza macabra.
Un salto de varios siglos
¿Cómo pudieron entonces perdurar estos planteamientos romanos y reaparecer en la Baja Edad Media?
La respuesta debemos verla en la intensa lectura y copia de los clásicos grecorromanos en los scriptoria medievales. Estos espacios, ubicados en las bibliotecas de los monasterios, producían copias de diferentes manuscritos. Así se permitía la preservación de los saberes antiguos y su difusión también en ambientes de la alta aristocracia. Esta cuestión posibilitó que determinados planteamientos de la filosofía clásica se reinterpretaran y se adaptaran a la doctrina cristiana y, de este modo, mostrasen nuevos significados y temas.
Tampoco deberíamos perder de vista la posible preservación de piezas de arte mueble como camafeos o cerámicas con la temática del banquete romano.
No obstante, somos conscientes de las dificultades que presenta trazar una línea initerrumpida entre el Alto Imperio y la Baja Edad Media. A pesar de ello, este tipo de vestigios permiten probar esa continua mirada de los distintos entornos europeos hacia el mundo antiguo, su herencia cultural. Lo más llamativo es que se haya podido apreciar que la muerte es capaz de ocupar el espacio del ocio sin destruirlo. Su presencia también es una manera de recordar que estamos vivos.
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Diego Pisabarros Ramos es parte del proyecto de I+D+i “Arte funerario en las catedrales de Léon y Castilla (siglos XI-XV): De la materialidad a la receptividad del Patrimonio inmaterial” (Ref. PID2023-150540NB-100), financiado/a por MICIU/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER
– ref. ‘Lo que está muerto no puede morir’: los esqueletos romanos y su herencia en el imaginario medieval – https://theconversation.com/lo-que-esta-muerto-no-puede-morir-los-esqueletos-romanos-y-su-herencia-en-el-imaginario-medieval-291435
