La selección: Mundial 2026, entre el espectáculo teledirigido y el juego libertario

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jordi Sánchez Navas, Editor. Delegación México, The Conversation

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Ayer se jugó en el área metropolitana de Nueva York la final del Mundial 2026, que dio el título a España. Puedo adjetivar esta presentación hasta la hipérbole épica, pero el globo tendrá poco recorrido. Lleva inflado desde el 11 de junio por los atentos cronistas de la actualidad mundialista. Una cobertura que convierte cada pieza informativa en espita de gas emocional.

En la edición en español de The Conversation no tenemos sección de deportes, pero ni el fútbol ni su gran cita global nos resultan ajenos. Sencillamente, pensamos que ya hay demasiados canales que ofrecen el mismo menú. Por eso optamos por lo que más nos gusta: conectar el conocimiento experto con la vida de la gente. Y lo que se vive en la víspera de esta final histórica es un torrente de pasión, pero también la culminación de un evento magno y poliédrico, cuyas luces y sombras atraviesan el prisma de la realidad actual.

Conceptos como identidad, diversidad, migración, geopolítica, greenwashing, justicia, tecnología, lingüística cognitiva, matemáticas y geometría, neuropsicología, sociología, viralidad y sharenting ruedan en nuestro portal al ritmo del balón.

En tiempos de economía de la atención, el Mundial se ha convertido en el mejor vehículo para las marcas que quieren formar parte de la conversación. También es pasto de influencers sin escrúpulos, que hacen del “reto del beso” un ejercicio de cosificación y exponen a la persona como sujeto consumible.

El mismo esférico que vivió sus mejores momentos cuando inspiró la gran fiesta popular comunitaria sucumbe hoy a la lógica del negocio digital.

El Mundial 2026 representa para nuestros expertos un “punto de inflexión en la sociología del deporte”. Estadios pagados con dinero público se pueblan de creadores de contenido, élites corporativas y afortunados que pueden adquirir entradas convertidas en artículos de lujo. Las pantallas gigantes de las fan zones atraen las mareas humanas que antes poblaban las gradas. ¿Para quién es el torneo? Eterna pregunta que flota en el aire.

Un aire cada vez más contaminado, por mucho que la FIFA se empeñe en escenificar la ecoimpostura de su Estrategia de Acción Climática. Cosmética ambiental desmentida por la lógica amplificada del espectáculo global, que ha pasado de 32 a 48 selecciones y de 64 a 104 partidos repartidos en tres países sedes. Si tenemos en cuenta que el transporte representa el 85 % de la huella de carbono que genera el certamen, las ambiciosas metas para alcanzar la neutralidad climática encajan una goleada.

Tampoco goza de gran credibilidad el videoarbitraje (VAR), que llegó hace unos años como garante de la justicia deportiva envuelto en el halo salvador de la tecnología. Durante el torneo se ha revelado tan intervencionista como inconsistente. Una herramienta sujeta a la discrecionalidad interpretativa.

La sospecha sobre una posible experiencia de la competición trazada desde el VAR se quedó corta cuando el flamante premio FIFA Paz, Donald Trump, agarró el teléfono para pedirle a su amigo Gianni Infantino que le quitara la tarjeta roja al delantero de la selección estadounidense Folarin Balogun. Dicho y hecho. Sucede que, desde la perspectiva del derecho deportivo, la decisión sí se atenía a la normativa, como explica otro de nuestros autores.

A la sonrojante injerencia política se suman las controversias por la denegación de visa de entrada a EE. UU. de un árbrito somalí, considerado el mejor de África, las discriminaciones sufridas por el seleccionado iraní o el travel ban a los aficionados haitianos. Todo ello ha hecho que las cuestiones sociales y políticas hayan subido al marcador de la opinión pública como nunca antes.

Esta deriva incluye debates sobre migración e identidad nacional, salpimentados por el expresidente español Mariano Rajoy, quien sentenció a una Francia “sin franceses”. Si las naciones son comunidades imaginadas, la que Rajoy tiene en mente supura racismo y etnocentrismo.

Frente a estas visiones sobre pertenencia y representación, un investigador recuerda en The Conversation Europe la frase de Mandela: “El deporte tiene el poder de unir a las personas como pocas otras cosas lo hacen”. La declaración tiene especial vigencia en un contexto donde muchos jugadores representan a países en los que no han nacido.

En cuanto a Francia, la mayoría de los jugadores mundialistas nacidos en este país militan en otras selecciones. Esto refleja el vigor de las identidades múltiples en el fútbol moderno y en la sociedad.

Esta realidad saltará mañana al césped gracias a la diversidad del combinado español. Frente a él, una Argentina envuelta en la fuerza simbólica de los mitos clásicos. Y es que la competencia se juega también en el terreno de la metáfora. Allí, el mejor “arquitecto” del juego, Lionel Messi, se mide al fabricante de “túneles”, Lamine Yamal. Este último, ejemplo vivo de cómo el futbolista se forja en la calle pero termina de aprender y autorregular en el entrenamiento estructurado.

No es solo vocabulario. Es un filtro cognitivo que determina la respuesta emocional y modula el arco de la pasión futbolística. El eje que va del nacionalismo tribal a la sinfonía coral. Una partitura donde la réplica del adversario representa la nota necesaria para ejecutar esa esperada obra total. Ojalá mañana la vivamos y el público vibre con la magia de este juego libertario, sin renunciar al entendimiento y la conciencia crítica.

The Conversation

ref. La selección: Mundial 2026, entre el espectáculo teledirigido y el juego libertario – https://theconversation.com/la-seleccion-mundial-2026-entre-el-espectaculo-teledirigido-y-el-juego-libertario-287754