La futura taza de café, hecha de maíz y conchas de cangrejo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Petronela Chovancova, Ingeniera de investigación en materiales, IMDEA MATERIALES

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La próxima vez que abra un yogur, retire la película de una bandeja de comida preparada o tire un vaso de café desechable, deténgase un momento a considerar dónde acabará ese objeto. En la mayoría de los casos, la respuesta honesta es: seguirá aquí, de una forma u otra, mucho después de que todas las personas que leen esta frase hayan desaparecido.

Durante la mayor parte de la historia de la química sintética, el objetivo fue la permanencia: crear materiales que nunca se corroieran, degradaran ni cambiaran. De ahí la “eternidad” de nuestro café para llevar. Sin embargo, los materiales avanzados biodegradables invierten completamente esa lógica, convirtiendo la capacidad de desaparecer de forma limpia en una característica diseñada en lugar de un fallo del material.

La naturaleza resolvió esto hace miles de millones de años, asegurando que cada molécula orgánica acabe siendo reciclada y devuelta al ecosistema. Con el apoyo de la ciencia automatizada para acelerar su formulación y descubrir las mezclas sostenibles perfectas, materiales humildes como el maíz, las conchas de cangrejo y la pulpa de madera van a convertirse en los materiales autodegradables más importantes del próximo siglo.

Soluciones a un problema global

Los plásticos convencionales, como el polipropileno, el PET y el poliestireno, son materiales increíblemente duraderos. Esa durabilidad es precisamente lo que los hace útiles y, al mismo tiempo, lo que los convierte en un problema global.

Producimos alrededor de 400 millones de toneladas de plástico cada año, y la mayor parte seguirá aquí dentro de siglos. Este es, posiblemente, el principal problema de los plásticos: su notable durabilidad es también la causa de impactos negativos significativos en el medio ambiente y en los organismos vivos, ya que no se recicla el 100 % de los residuos plásticos producidos.

Como resultado, se van descomponiendo gradualmente en partículas cada vez más pequeñas, dando lugar a lo que conocemos como microplásticos. Por ello, es necesario replantear el uso de los plásticos dentro de un marco plenamente integrado de economía circular.

Materiales hechos para desaparecer

Pero ¿y si pudiéramos diseñar materiales con todas las propiedades útiles de los plásticos, como la capacidad de ser moldeados, recubiertos, formados en películas o cargados con compuestos activos, pero que estén diseñados para desaparecer de forma segura cuando hayamos terminado de usarlos?

Esta es la promesa central de los materiales sostenibles y biodegradables, uno de los temas clave introducidos en el informe de revisión basado en la evidencia SAPEA Evidence Review Report on Advanced Materials.

En teoría, “biodegradable” significa que un material puede ser descompuesto por organismos vivos, principalmente bacterias y hongos, en sustancias más simples como agua, dióxido de carbono y biomasa. En la práctica, rara vez es tan simple.

Un obstáculo importante es que “biodegradable” no significa automáticamente “compostable”. Muchos bioplásticos avanzados no se descomponen en una compostera doméstica, ya que requieren el calor intenso y la humedad controlada de instalaciones industriales; mientras que otros sí se degradan bien en suelo abierto o en agua. Navegar estas diferencias convierte la gestión del final de la vida de un producto en un complejo rompecabezas químico.

El maíz y los cangrejos

Para resolver esto, los científicos están explorando una biblioteca, bastísima y en crecimiento, de polímeros de base biológica y biodegradables. Estos materiales van desde proteínas y polisacáridos de origen natural hasta biopolímeros producidos sintéticamente a partir de materias primas agrícolas renovables. La diversidad estructural y química dentro de esta biblioteca es inmensa, ofreciendo un número casi infinito de formas de diseñar nuevas propiedades de los materiales. Sin embargo, navegar este enorme espacio para encontrar las combinaciones adecuadas es una tarea monumental.

Considérense tres ejemplos comunes: el poli(ácido láctico) (PLA), fermentado a partir de azúcares vegetales como el maíz; la celulosa, obtenida de la pulpa de madera; y el quitosano, extraído de caparazones de crustáceos como los cangrejos.

Imitar la transparencia y la robustez del plástico

Cada uno de estos componentes ofrece ventajas estructurales únicas y complementarias. El PLA imita la transparencia, rigidez y resistencia de procesamiento de los envases convencionales basados en petróleo. La celulosa proporciona un refuerzo mecánico robusto y ligero, actuando como una estructura de soporte resistente. Mientras tanto, el quitosano aporta barreras antimicrobianas naturales y cargas superficiales únicas que interactúan dinámicamente con su entorno.

Aunque estas materias primas son completamente renovables y altamente ajustables por sí solas, combinarlas en compuestos funcionales y sostenibles ha requerido históricamente un agotador proceso de prueba y error manual. Debido a que estos biopolímeros pueden combinarse en miles de variaciones químicas diferentes, cada una requiriendo proporciones precisas de polímeros, plastificantes y nanorrellenos, encontrar la receta perfecta para la sostenibilidad ha sido un gran cuello de botella en la investigación.

La ciencia de polímeros tradicional depende de pruebas por lotes lentas y manuales, lo que introduce variabilidad humana, limita el volumen de datos recopilados y restringe nuestra comprensión de cómo envejecen estos materiales.

Aquí es precisamente donde la automatización de laboratorios de alto rendimiento cambia el paradigma.

Uso de robots

brazo robótico haciendo mezclas de distintos elementos de colores
Un brazo robótico distribuye pellets de polímero desde un carrusel de multimateriales.
Lucía Echevarría Pastrana/IMDEA Materiales, CC BY

En lugar de que un científico mezcle y pruebe manualmente una única receta durante días, los flujos de trabajo robotizados pueden formular, combinar y evaluar simultáneamente cientos de composiciones de materiales distintas.

Estos sistemas automatizados registran cómo estas formulaciones variables responden a la humedad, la temperatura y el estrés mecánico en tiempo real. Tal aceleración robótica permite formular, evaluar y mapear rápidamente las vías mecanicistas precisas mediante las cuales se degradan los plásticos compuestos.

Al mapear sistemáticamente estos enormes conjuntos de datos limpios, la automatización elimina la variabilidad humana y reduce la brecha entre el descubrimiento académico a escala de laboratorio y el estricto control de calidad requerido para la fabricación industrial.

Esto nos permite evitar décadas de ensayo y error y localizar rápidamente las composiciones exactas de bioplásticos optimizadas que ofrecen la máxima durabilidad durante la vida útil de un producto, pero conservando una arquitectura molecular vulnerable que desencadena una descomposición rápida y fiable cuando entran en el medio ambiente.

El vaso de café del futuro dejará de ser eterno.

The Conversation

Petronela Chovancova no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La futura taza de café, hecha de maíz y conchas de cangrejo – https://theconversation.com/la-futura-taza-de-cafe-hecha-de-maiz-y-conchas-de-cangrejo-285515