Source: The Conversation – (in Spanish) – By María Rocío Gómez-Juncal, Profesora e investigadora en el Área de Psicología, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja
“¿Y si no me invitan?” “¿Y si me dejan en visto y no me responden?” “Subieron la foto y yo ni siquiera sabía que había plan”… Para muchos niños, niñas y adolescentes estas preguntas no son simples temores, son emociones profundas que marcan su día a día. Pertenecer al grupo, ser aceptado y sentirse parte de algo es tan importante como el aire que respiran. Sentirse “diferente” o excluido puede provocar tristeza, ansiedad y una sensación de no valer lo suficiente.
Estas experiencias también impactan a madres, padres y cuidadores, que muchas veces no saben cómo ayudar. Pero lo que a simple vista parece una herida social, también puede convertirse en una valiosa oportunidad para fortalecer la autoestima, cultivar habilidades sociales y aprender a gestionar las emociones.
¿Por qué duele tanto la exclusión?
El grupo de iguales en la adolescencia se convierte en el centro y la clave para la socialización emocional y cognitiva. Si antes los padres y madres eran sus referentes, ahora quedan en un segundo plano en favor de los grupos de pertenencia donde quieren encajar y hacerse visibles y relevantes.
Los grupos de pares en la adolescencia influyen directamente en la motivación, el compromiso escolar y la percepción de eficacia personal y modelan sus actitudes y conductas en función de las normas que marca el grupo, lo que puede fortalecer o debilitar su autoestima según el nivel de aceptación que experimenten.
Cuando un joven se siente excluido, lo que se pone en juego no es solo su lugar en el grupo, sino su valía personal, el cuestionamiento de su propia identidad. Esto se siente más grave si el entorno familiar o escolar no valida su experiencia y dolor y no ofrece un apoyo emocional adecuado.
Varios estudios nos ofrecen evidencias de que los adolescentes tienden a alinearse con sus pares para evitar el rechazo, pero esto puede tener costes personales cuando sienten que deben renunciar a quienes son para ser aceptados. Además, la presión por ajustarse a las normas del grupo puede llevar a conductas de conformismo que limitan la autenticidad personal.
¿Estamos seguros de cómo nos ven los demás?
El miedo a sentirse excluido pasa por creer saber cómo nos perciben los demás. Pero ¿y si estamos equivocados? La autopercepción social –es decir, la imagen que creemos proyectar en los demás– influye profundamente en nuestra autoestima, nuestras relaciones y en la forma en que nos desenvolvemos socialmente.
Muchas veces, un adolescente puede sentirse ignorado o rechazado sin que realmente lo esté, puede estar interpretando señales ambiguas a través del filtro de su propia inseguridad, y esto puede alimentar miedos, generar ansiedad social e incluso aislamiento.
Según algunos autores, los adolescentes con una percepción inexacta sobre cómo los valoran sus compañeros tienden a sufrir más rechazo, aislamiento y problemas emocionales. En especial, los que tienen un estatus social rechazado o negligido –aquellos que son sistemáticamente ignorados o excluidos por sus compañeros– suelen mostrar una menor precisión a la hora de interpretar si realmente son aceptados o rechazados.
Esta tendencia a interpretar el mundo social desde unas “gafas” negativas de rechazo alimenta un círculo vicioso: como se sienten ninguneados, actúan con inseguridad o evitación, lo que a su vez dificulta aún más que puedan integrarse en el grupo.
## Sentirse fuera… desde dentro de casa
A todo esto tenemos que añadir que hoy sentirse excluido no es algo que tenga que ocurrir en persona. El uso de redes sociales puede amplificar esa percepción al exponer al adolescente constantemente a eventos sociales a los que no ha sido invitado, aumentando la comparación social y el impacto emocional. Esta sobreexposición alimenta la comparación, la inseguridad y la idea de no “pertenecer”. El escenario digital multiplica las oportunidades para sentirse “fuera”, incluso desde casa.
Pero la simple demonización de las redes sociales no nos ayudará a comprender un fenómeno tan complejo. Además de la identidad personal analógica debemos comprender el lenguaje y reglas de la identidad digital: supervisar el uso, establecer límites y fomentar un consumo crítico de redes puede prevenir impactos negativos en la autoestima.
También necesitamos ofrecer espacios de encuentro cara a cara donde puedan relacionarse sin la presión de mostrarse perfectos ni compararse todo el tiempo. Pero aquí debemos hacer algo de autocrítica: ¿estamos creando entornos seguros donde puedan desconectarse de las redes y conectarse de verdad con otros? Tal vez, como adultos, aún tenemos ese reto pendiente.
Así podemos ayudarles
El impulso natural es querer proteger, evitar el dolor, dar soluciones rápidas. Pero en lugar de borrar la dificultad, el verdadero desafío es enseñarles a enfrentarla con herramientas emocionales y sociales sólidas. No se trata solo de hacer que se sientan bien, sino de ayudarles a construir una base interna que los sostenga, incluso cuando las cosas no salgan como esperaban. ¿Pero cómo hacerlo? He aquí algunas pistas:
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Frases como “no es para tanto” o “ya se te pasará” pueden invalidar su dolor. En su lugar, hay que reconocer que lo que sienten es legítimo para fortalecer la confianza emocional. Los jóvenes requieren de figuras adultas disponibles emocionalmente y capaces de contener y acompañar sus emociones.
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Ayudar a niños y adolescentes a descubrir y valorar sus talentos, intereses y cualidades personales les permite sostener su identidad incluso en contextos de rechazo. Activar los recursos internos permite afrontar la adversidad de forma constructiva.
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Es esencial ofrecer y crear espacios donde los jóvenes puedan practicar habilidades como iniciar una conversación, compartir, pedir ayuda o resolver conflictos sin sentirse juzgados, poniendo en práctica sus identidades de una forma libre.
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Un paso clave es ayudarles a comprender que no encajar en un grupo específico no significa no encajar en ningún grupo. La presión por encajar y parecerse en los grupos de adolescentes puede ser muy fuerte, pero el desarrollo de una identidad autónoma protege frente a esta presión.
Las relaciones familiares cálidas y empáticas son el amortiguador más potente frente al impacto del rechazo social. Una niña o un niño que se siente querido y respetado en casa será más resistente al rechazo externo. Como subraya el psicólogo José Cantón Duarte y sus colaboradores (2011), el autoconcepto positivo y la seguridad emocional se forjan primero en el vínculo con los adultos significativos. Pero ¡ojo! Eso no implica sobreprotegerlos, sino demostrar aceptación incondicional como forma de tratar al otro.
Ahí que estar ahí
Ser excluido duele. Duele mucho. Pero ese dolor no tiene por qué definir el futuro de un menor. Con el acompañamiento adecuado, ese momento difícil puede convertirse en una experiencia transformadora de autoconocimiento y autoaceptación.
No se trata de evitar que sufran, sino de estar ahí, presentes, con escucha real, paciencia y herramientas que les permitan entender que no están solos, que su valor no depende de un grupo, una invitación o una pantalla.
Porque cuando los adultos educan con empatía, información y presencia afectiva, ayudan a formar jóvenes más seguros, empáticos y capaces de construir relaciones sanas y duraderas.
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María Rocío Gómez-Juncal no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. “¿Y si no me invitan a salir?” El miedo paralizante de muchos adolescentes a ser excluidos del grupo – https://theconversation.com/y-si-no-me-invitan-a-salir-el-miedo-paralizante-de-muchos-adolescentes-a-ser-excluidos-del-grupo-268068

