Dolores Albarracín, psicóloga: “Contradecir una teoría conspirativa suele reforzarla”

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lola Delgado, Editora de Política y Sociedad, The Conversation

Comprender cómo se forma nuestra actitud ante las cosas, y si es posible cambiarla, resulta esencial en sociedades marcadas por la polarización, la desinformación y la incertidumbre. La psicóloga Dolores Albarracín, catedrática en la Universidad de Pensilvania (EE. UU.), experta en actitudes, comportamiento y desinformación y referente mundial en persuasión, analiza los mecanismos que influyen en nuestras decisiones, el auge de las teorías conspirativas, el papel de los medios y los desafíos psicológicos y tecnológicos contemporáneos.

Nacida en Argentina, está centrada en comprender la teoría de las actitudes, en cómo los individuos evalúan su entorno y cómo las predisposiciones aprendidas influyen en su comportamiento.

Usted, que ha investigado profundamente el tema, ¿cuáles diría que son hoy sus aportaciones más relevantes para comprender fenómenos como la resistencia a los cambios?

Gran parte de la literatura científica se ha encargado de ver cómo cambia una actitud. Por ejemplo, si yo apruebo o desapruebo una política ambiental determinada, eso es una actitud. Pero hay una larga distancia entre que uno apruebe determinada política o que uno apruebe una determinada acción como puede ser reciclar o cambiar su coche de gasolina por uno eléctrico y dar el paso hacia la acción.

Es muy importante poder identificar a priori cuáles son las creencias que llevan al cambio de una acción. En esa misma dirección, uno de los abordajes de mi estudio ha sido ver que, por ejemplo, si bien cambiar la conducta es difícil, se hace más fácil cuando se le pide a la persona que haga más cambios, cosa que es un poco paradójica. Es decir, si yo le digo a una persona que haga más ejercicio, que salga a correr, que recicle, que se ponga sus vacunas… todas esas indicaciones son más efectivas que una sola porque la meta es más elevada. Eso tiene varias razones. Una de ellas es que a medida que la gente empieza a ejecutar un cambio se va sintiendo con más confianza con una primera conducta y avanza hacia otras.

En un contexto donde las actitudes parecen cada vez más rígidas y emocionales, y cada día hay más tensión social, ¿sigue siendo posible modificarlas a través de la persuasión racional?

Muy pocas cosas se pueden cambiar, y eso es algo que estoy estudiando en este momento, concretamente cuando se piensa que una determinada idea es de otra persona. Uno cambia realmente cuando piensa que la idea es suya. Así que uno de los secretos de que alguien cambie es que llegue a esa conclusión de manera que parezca bastante espontánea y no introducida desde afuera. Si eso ocurre, es cuando aparece una resistencia masiva. Cualquier intento de cambiar ideas obligatoriamente siempre encuentra resistencia. Por lo general, en el contexto de este hemisferio en el que vivimos, las personas quieren sentirse como individuos y no sentir que otros les manejan, y esa es la gran dificultad. Lo mejor es que las situaciones sean espontáneas y no forzadas.

¿Qué diferencias fundamentales diría que existen entre el escepticismo saludable y el descreimiento radical que parece expandirse por la sociedad?

No sé si lo llamaría descreimiento radical, pero sí que es radical la rebelión contra lo que eran las fuentes aceptadas de información.

Una creció en un tiempo en el que los científicos y los expertos merecían cierto respeto. Pero en algunos sitios como Estados Unidos, que es donde yo trabajo, hay grupos que han decidido que esos expertos tienen demasiado poder, por eso están siendo atacados. Sin embargo, no creo que estemos ante un descreimiento total. Es como una especie de pasaje de la credibilidad que va desde las instituciones que tenían una base hasta los medios o cualquiera que presente teorías descabelladas.

¿La proliferación de bulos y desinformación responde más a un problema cognitivo individual o a una transformación colectiva de nuestra forma de pensar?

Creo que aquí hay varios aspectos diferentes a tener en cuenta. Hay sesgos individuales como, por ejemplo, la convicción de que, si una teoría tiene sentido, puede tener cierta credibilidad (hasta que empiezas a investigar y ves que no, claro). Como nuestro cerebro nos capacita para formar cualquier tipo de teoría coherente, esa puede ser tan buena como cualquier otra.

El tema social, por supuesto, es fundamental porque, lamentablemente, las teorías son compartidas masivamente en muchos casos, con lo cual nos pueden llegar a través de los medios o de familiares o amigos.

Otro factor es que estas teorías llenan un vacío de educación o de información. Cuando ambas son muy precarias, nos pueden introducir cualquier idea en la cabeza. Por ejemplo, si no sabes nada sobre cómo funciona el ARN mensajero, puedes pensar que si te ponen la vacuna de la covid-19 te van a alterar tu ADN, cosa que es absolutamente imposible. Si una persona no entiende ni cómo funciona una vacuna ni cómo funciona la transmisión viral, queda presa de la introducción de cualquiera de estas ideas. Entonces, son tres factores los que entran en juego en estas teorías: el individual, el social y la falta de base educativa o algo que la fortalezca.

En un entorno digital, saturado de información, ¿cómo explicaría desde la perspectiva de la psicología el auge de las teorías de la conspiración y qué papel juega la tecnología en ello?

Hay retazos de esas teorías que terminan siendo ciertas. Políticamente, las teorías conspirativas tienen una buena función, y es que mantienen a la población alerta sobre qué están haciendo las esferas de liderazgo. Por supuesto, muchas son totalmente disparatadas, y socialmente nefastas en algunos casos, especialmente las que van en contra de la vacunación o en contra de alimentos que mejoran la salud o que nos protegen.

¿Por qué se da credibilidad a estas teorías locas? ¿De dónde llegan?

Por lo general, tienen dos tipos de fuentes. Una es cierto nivel de miedo o ansiedad en la población y está alimentada por la vida en general y por el propio ser humano, que experimenta miedo. Y eso es normal. Lo que ocurre es que eso te predispone a darle una explicación coherente, si de repente aparece una posible fuente que explique todo ese miedo que sentimos.

Otra de las fuentes sería tener la misma idea que muchas personas. Es decir, si pienso algo malo sobre un vecino, por ejemplo, ya no se trata solo de un posible delirio psicótico mío, puesto que mi teoría es compartida con otros individuos que piensan igual que yo. Estas teorías tienen que ser introducidas por una fuente social. Y los medios de comunicación son, muchas veces, la fuente principal, al menos en los Estados Unidos, donde yo he hecho mis investigaciones. Ni siquiera son las redes sociales, como tendemos a creer.

Usted ha explorado métodos para desacreditar la desinformación y las teorías conspirativas. ¿Me puede explicar alguno?

He explorado métodos para desacreditar algunas teorías, pero lo cierto es que esas teorías conspirativas no son muy modificables. Las cosas que sí pueden funcionar consisten en no contradecirlas. Es decir, ir al debate con alguien que tiene una idea fijada no es muy efectivo, lo único que produce es distanciamiento. Lo podemos ver, por ejemplo, en algunos entornos familiares y en muchas relaciones entre personas. Pero si realmente queremos conseguir algún efecto, la idea de mi investigación es introducir ideas paralelas. Por ejemplo, si alguien dice que una vacuna limita la fertilidad, atacar eso no sirve para nada. Pero si uno tiene información de que esa vacuna protege, no solo para el sarampión, sino para diez enfermedades diferentes, o que te aumenta la inmunidad más globalmente, introducir esa idea secundaria es más efectivo que ir a contradecir la idea principal. A eso se le llama tomar un desvío, es decir, no ir a la confrontación, sino tomar caminos diferentes para no centrarnos en cambiar una idea. Hay que tener una cosa clara: lo importante, a veces, no es la idea, sino las consecuencias. Y hay que centrarnos en esas consecuencias. Contradecir esas ideas, al final, solo logra reforzarlas.

¿Podría decirse que el descreimiento generalizado es un síntoma de una conciencia social que se está reconfigurando o más bien se trata de un problema en nuestra alfabetización crítica?

Yo no diría que hay descreimiento en la sociedad. Puede haber descreimiento en las fuentes tradicionales, pero en realidad hay bastante creimiento (NO EXISTE) si piensas en la polarización de ideas y en la inserción de ideas que son rígidas y difíciles de cambiar. Lo que ha pasado es probablemente un desvío de creencias que pertenecían a las corrientes principales (mainstream) de la sociedad. Hay ideas fragmentarias de grupos previamente marginales que empiezan a tomar mucha fuerza, como ocurre con el tema antivacunas en Estados Unidos, que al principio era una cosa de algunos grupos hippies en California y ahora mismo son una fuente de brotes de sarampión y muertes de niños.

Desde su perspectiva, ¿existe una relación entre la velocidad del cambio tecnológico y la ansiedad social que se percibe en algunos sectores de la población?

Sí, sin ninguna duda. Cada vez que irrumpe una nueva tecnología o un nuevo medio de comunicación, la sociedad cree que va a llegar el fin del mundo. Pero ese fin del mundo no llegó con la introducción de la prensa, ni con la aparición de la televisión, de la radio o de la electricidad. Tiende a haber cierta sobrerreacción o miedo, pero, en general, no se producen cambios tan dramáticos. Sin embargo, es la rapidez de los cambios lo que aumenta la ansiedad. Pero no solo en la tecnología. Los cambios tecnológicos van asociados a otros sociales, de poder, de quién tiene acceso a distintos recursos y quién no. Y todo eso creo que trae a la sociedad más ansiedad que los propios medios de comunicación. Hay asuntos como la falta de trabajo o la inmigración que producen más ansiedad social que los cambios tecnológicos.

¿Qué herramientas cognitivas necesitan desarrollar las nuevas generaciones para adaptarse a un futuro cuya lógica y reglas aún no se han definido?

La inteligencia se define por la posibilidad de solucionar situaciones y problemas nuevos, aunque a eso también contribuye la propia educación. Por eso es tan importante mantener la inversión en educación y, sobre todo, en el entrenamiento de habilidades amplias como la capacidad de razonar y discutir o saber averiguar cuáles son las fuentes de un tema. Esas habilidades las debería tener cualquier ciudadano. Son las herramientas que nos preparan a todos para cualquier cambio.

Mirando hacia delante, ¿qué desafíos psicológicos serán los más críticos cuando enfrentemos avances disruptivos en la IA, la biotecnología o las realidades inmersivas? ¿Cómo podemos prepararnos mentalmente para afrontarlos?

Creo que con las mismas herramientas que necesitamos para un funcionamiento psicológico efectivo: poder manejar y regular las emociones para tener cierto control de nuestra situación y tener la capacidad de establecer metas que sean personalmente importantes. Al mismo tiempo, debemos manejar la fragmentación de la información y tener un entendimiento, por lo menos básico, para poder diferenciar lo que es cierto de lo que no lo es o cuál ha sido el método utilizado para que parezca que algunas cosas son reales, sobre todo ahora con los deepfakes. Debemos tener capacidad para discriminar fuentes. Creo que esa es una de las cosas más importantes, porque cada vez disponemos de más fuentes y todas parecen similares. Debemos aprender a identificar una fuente fiable.

¿Y cómo se identifica una fuente fiable?

Es una pregunta muy difícil porque para algunos pueden ir desde un gurú que dé vueltas por ahí hasta charlatanes de distintos tipos, pasando por tu amigo o un tío que cree en determinada teoría conspirativa. Por eso, una posibilidad sería hacer alguna formación, educar a los más jóvenes en el consumo de medios para que desde muy pequeños todos aprendamos que, por ejemplo, en el tema de salud, la autoridad tiene que ser el Ministerio de Sanidad y no un partido político o un gurú de internet. Creo que el momento de hacerlo sería en la infancia, para que todos tengamos automatizada cuál debe ser la fuente principal en cada caso. Y eso es importantísimo, por ejemplo, con la politización de los temas de ambientales y de salud, muy susceptibles de generar teorías e informaciones falsas. Lo ideal sería que pudiéramos penalizar y, al mismo tiempo, instruir.

_Esta entrevista se publicó originalmente en la Revista Telos de la Fundación Telefónica, y forma parte de un número monográfico dedicado a la física cuántica.

The Conversation

ref. Dolores Albarracín, psicóloga: “Contradecir una teoría conspirativa suele reforzarla” – https://theconversation.com/dolores-albarracin-psicologa-contradecir-una-teoria-conspirativa-suele-reforzarla-282898