Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan López-Morales, Profesor Ayudante Doctor del Departamento de Trabajo Social y Servicios Sociales, Universidad de Granada
Desde que la pandemia irrumpió en nuestras vidas, el modo en que la juventud se relaciona ha cambiado radicalmente. Con las discotecas cerradas, los encuentros reducidos al mínimo y el aislamiento como norma, los vínculos sociales entre jóvenes se vieron entonces profundamente afectados.
Hoy, en la era postcovid, uno de los efectos más visibles de aquel aislamiento es el uso de sustancias como el MDMA (éxtasis) para facilitar la socialización en entornos de ocio. Una realidad social que no solo revela nuevas formas de interacción, sino que plantea serias alertas sobre los riesgos de violencia de género en estos contextos debido a los propios efectos de la sustancia.
En líneas generales, el consumo de drogas entre jóvenes ha aumentado significativamente en los últimos años. Según el Informe Mundial sobre las Drogas de Naciones Unidas de 2024, más de 296 millones de personas consumieron drogas en 2021, un 23 % más que en la década anterior.
En España, los datos de la Agencia de la Unión Europea sobre Drogas, EMCDDA, (2023) confirman esta tendencia. Concretamente, el MDMA se ha convertido en la quinta sustancia más consumida por la juventud, con una prevalencia del 3,1 %. A nivel europeo, el aumento de la producción de MDMA refleja tácticas innovadoras y un crecimiento de la demanda mundial. Es el segundo estimulante ilegal más usado en Europa, después de la cocaína, según el Informe Europeo sobre Drogas de 2026.
Potencia la empatía y el bienestar
Pero ¿por qué precisamente el éxtasis? A diferencia de otras drogas, el MDMA no genera pérdida de conciencia, sino una percepción aumentada de las relaciones personales y una fuerte sensación de bienestar. Como explican los expertos, esta sustancia potencia la empatía, el contacto emocional y la extroversión. Es decir, hace más fácil hablar, abrirse, bailar y conectar.
Para una generación marcada por la ansiedad social postpandémica, la promesa de una “ayuda química” para soltarse y disfrutar puede resultar tremendamente atractiva.
En una investigación que llevamos a cabo donde participaron jóvenes españoles, mostramos datos que no dejan lugar a dudas: un 73 % de los encuestados afirmaba que el consumo de MDMA les ayudaba a perder la vergüenza, un 66 % decía sentir un intenso bienestar y más de la mitad aseguraba que la sustancia les aportaba una gran energía. Además, un 42 % de los participantes declaraba que el MDMA incrementaba su deseo sexual, una percepción que se disparaba al 81 % entre las mujeres encuestadas.
Estos datos, sin embargo, deben mirarse con cautela. La euforia emocional y el aumento de la confianza que provoca el éxtasis no son inocuos. Muy al contrario, pueden generar situaciones de vulnerabilidad, especialmente en espacios como discotecas o fiestas donde el control social disminuye y el alcohol se mezcla con otras drogas.
De hecho, distintos estudios advierten sobre la vinculación entre consumo de sustancias y violencia sexual. El Observatorio Noctámbul@s (2018) señalaba que más de la mitad de las mujeres entrevistadas había sufrido violencia sexual en espacios de ocio nocturno y que el consumo de alcohol y drogas sigue utilizándose como justificación por parte de los agresores.
De hecho, los efectos entactógenos del MDMA, como el aumento de la empatía y la apertura emocional, pueden facilitar situaciones de contacto físico no deseado, especialmente si existe una lectura distorsionada del consentimiento, alerta un informe recogido en la investigación de Noctámbul@s. El riesgo no radica en la sustancia en sí, sino en el uso que se hace de ella en un contexto todavía marcado por desigualdades de género y dinámicas machistas.
Posibles soluciones desde el Trabajo Social
Desde el trabajo social, esta realidad plantea desafíos urgentes y complejos. No se trata únicamente de prevenir el consumo desde una lógica punitiva o moralista, sino de entender qué necesidades emocionales, sociales o relacionales están siendo cubiertas –aunque sea temporalmente– a través del uso de sustancias.
Desde esta disciplina podemos abogar por generar espacios de socialización seguros donde la juventud pueda expresarse, vincularse y sentirse parte de un grupo sin recurrir al consumo como mediador. Esto implica diseñar estrategias comunitarias de reducción de daños, fomentar alternativas de ocio saludable y promover herramientas de gestión emocional desde la adolescencia.
Al mismo tiempo, esta lógica de intervención deberá incorporar una mirada feminista y de género en todos los niveles de intervención. Existen evidencias de cómo el consumo de MDMA puede actuar como un factor que aumenta la vulnerabilidad de las mujeres frente a situaciones de violencia sexual en contextos de ocio.
Las intervenciones no pueden ser neutras: deben reconocer cómo operan las desigualdades estructurales en las relaciones entre hombres y mujeres y cómo estas se acentúan en espacios donde el consentimiento se vuelve difuso y los estereotipos de género siguen vigentes.
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. Aumenta el consumo de MDMA entre los jóvenes para socializar: ¿qué peligros esconde? – https://theconversation.com/aumenta-el-consumo-de-mdma-entre-los-jovenes-para-socializar-que-peligros-esconde-254002
