Source: The Conversation – (in Spanish) – By Lourdes Moreno Cazalla, Doctora en Comunicación. Autora del estudio para el Observatorio Nebrija del Español "El boom de la música urbana latina y la expansión del español a nivel global", Universidad Nebrija

Para la Real Academia Española, un “piquete” es algo que pincha, una herida pequeña o un grupo de huelguistas que bloquea el acceso a una fábrica. Es una palabra asociada a daño o conflicto.
Sin embargo, cuando Bad Bunny entona en “NUEVAYoL” aquello de “Tú tiene’ piquete, mami, yo también”, no está hablando de sindicatos ni de cicatrices. Está apelando a algo invisible, casi metafísico, una mezcla de autoconfianza, de actitud y estilo, una forma muy específica de caminar por el mundo.
“Piquete” tiene ese significado en jerga boricua, una de las características lingüísticas de la música del cantante. Otra es que el puertorriqueño carga con otra objeción recurrente, que “no se le entiende”.
El artista que ha llevado el español a más escenarios globales que ningún otro en la historia reciente es, al mismo tiempo, uno de los más criticados por su forma de hablarlo. Objeciones como “no sabe hablar”, “deforma el idioma”, “no vocaliza” se repiten en redes con una regularidad que dice más sobre qué versión del español consideramos legítima para representarnos en el mundo que sobre la lengua del artista.
‘Las termino con la L, con la R suenan mal’
Estos comentarios apuntan a una disputa que enfrenta el hasta hace un tiempo entendido como español normativo, codificado, académico, con el español que se habla en las esquinas de Vega Baja (Puerto Rico), en los mensajes de voz de cualquier ciudad latinoamericana, en los barrios de Estados Unidos o en las comunidades autónomas de España. Es desde este último desde el que se expresa Bad Bunny.
Desde sus primeros éxitos, parte de las críticas se centraron en la propia variedad lingüística que utiliza. Su forma de hablar con rasgos característicos del español caribeño, como la aspiración o pérdida de consonantes finales, el léxico coloquial puertorriqueño, el uso del spanglish o fenómenos como el lambdacismo –la sustitución de la /r/ por la /l/ en determinadas posiciones– han sido frecuentemente señalados como ejemplos de un supuesto “mal español”.
Sin embargo, lo que antes se percibía como local o marginal hoy circula a escala global. Millones de personas consumen, repiten y reconocen expresiones, pronunciaciones y estructuras propias del español boricua. No necesariamente porque comprendan todos sus matices, sino porque forman parte de una identidad cultural reconocible.
Según los datos del informe “Del artista al sistema: Bad Bunny y la circulación global del español en la música digital” que hemos publicado en el Observatorio Nebrija del Español, tras la Super Bowl canciones como “NUEVAYoL” registraron búsquedas en Shazam desde países como Alemania, Italia, Francia y Reino Unido. Es decir, oyentes en mercados no hispanohablantes y que no entienden completamente el idioma lo consumen y lo buscan activamente.
Bad Bunny ha logrado invertir, para amplios sectores de la audiencia global, los prejuicios sobre el género urbano latino.
‘Baby, tú lo hace’ como si supiera’
Y si ese mismo efecto arrastra consigo al español ¿se puede aceptar la música y rechazar el acento?
La investigadora Sheila Rodríguez Madera es especialista en estudios socioculturales sobre Puerto Rico y coautora de The Bad Bunny Enigma (2024). Su argumento es que el cantante “no huye de esa condición; la performativiza. Se mueve dentro de estructuras coloniales –la industria cultural global, el mercado norteamericano–, pero las subvierte desde adentro, afirmando su acento, su jerga y su mirada local. Esa tensión lo vuelve figura de resistencia simbólica: visibiliza la precariedad y el despojo energético (por ejemplo en ‘El apagón”), mientras desplaza los límites de lo posible dentro del espectáculo”.
Su decisión de cantar y hablar en español puertorriqueño en el prime time estadounidense, en los Grammy, en los Oscar, en el show del medio tiempo de la Super Bowl, no es una renuncia a adaptarse al mercado anglosajón. Todo lo contrario: es la evidencia de que su música no necesita traducirse.
Durante décadas, muchos artistas latinos tuvieron que publicar en inglés o en spanglish para desarrollar su expansión internacional. Con un catálogo cien por cien en español, el puertorriqueño emplea el inglés mezclado con el español en sus intervenciones públicas para hacerse entender, y en sus letras incorpora jerga y expresiones como “janguear” (del inglés “to hang around”, ‘pasar el rato’).
Esta idea, reformulada por la lingüista cubanoestadounidense Ofelia García en 2014, se refiere a la práctica de los hablantes bilingües o multilingües que movilizan un repertorio lingüístico único y fluido, sin tratar sus lenguas como compartimentos estancos. No se reduce a un cambio de código, sino que es una forma de habitar la lengua que refleja biografías complejas, identidades fronterizas, historias de migración y resistencia. La propuesta de Bad Bunny puede leerse desde ahí, porque no traduce su lenguaje para adaptarse al mercado global, sino que desplaza las condiciones de inteligibilidad de ese mercado.
‘Ahora todos quieren ser latinos, pero les falta sazón’
En ese contexto el 18 de febrero de 2026, la Academia Puertorriqueña de las Letras reconocía a Bad Bunny por su “aportación a la difusión global de la lengua española”. Y era explícita en sus razones:
“el proyecto cultural de Martínez Ocasio ha ayudado a superar prejuicios hacia las formas comunicativas propias de las hablas populares, urbanas, juveniles o en contacto con otras lenguas. Pese a la marcada localidad de las referencias y formas lingüísticas empleadas en sus composiciones, su mensaje ha logrado trascender fronteras geográficas, nacionales, generacionales e ideológicas”.
La Academia no ha reconocido al boricua a pesar de su forma de hablar. Lo ha hecho precisamente por ello.
Si la misión de una lengua es comunicar y generar comunidad, el impacto de Benito Martínez Ocasio es incuestionable. Ha conseguido que términos como “bellaquera”, “chambear” o “piquete” sean entendidos de Madrid a Tokio, y que el oyente global lo acepte.
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No obstante, como señala en nuestro estudio la doctora en Estudios Culturales Nathaly Gómez Gómez, “no basta que el mercado se abra a que escuchen español, sino habría que preguntarse de qué español estamos hablando, desde qué territorios, bajo qué estéticas, qué cuerpos vuelven a ser los dominantes”. Su argumento es que la expansión puede consolidar una hegemonía caribeña y puertorriqueña dentro del español, dejando fuera otras diversidades latinoamericanas. “Más que ampliar una pluralidad, el sistema puede terminar incentivando otras versiones de lo mismo y reforzando una idea hegemónica de lo latino”.
El “caso Bad Bunny” obliga tanto a revisar la neutralidad en la expansión del español como a superar el elitismo lingüístico. Los datos y la evidencia cultural en el ecosistema digital apuntan a que el español que suena a nivel global no es el estándar: la variante más escuchada del planeta pertenece a una isla de tres millones de habitantes. Esto no es un síntoma de decadencia o de marginalidad, sino una prueba de la extraordinaria salud y elasticidad de nuestro idioma. Al final, el español tiene hoy el “piquete” que la calle le otorga.
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Lourdes Moreno Cazalla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Habla un ‘buen’ español Bad Bunny? – https://theconversation.com/habla-un-buen-espanol-bad-bunny-283037
