Source: The Conversation – (in Spanish) – By Fernando Medina Morales, Profesor de Geografía, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
Cada vez más personas buscan vivir cerca de la naturaleza. Casas rodeadas de árboles, urbanizaciones en zonas rurales o viviendas diseminadas en el monte se han convertido en una imagen habitual en muchas regiones. La tranquilidad, el contacto con el entorno natural y la calidad de vida explican, en gran parte, esta tendencia. Sin embargo, esta forma de ocupar el territorio plantea una pregunta incómoda: cuando decidimos vivir junto al bosque, ¿somos realmente conscientes de los riesgos que implica?
Este espacio mixto, donde las edificaciones residenciales y las áreas arboladas entran en contacto directo, se conoce como interfaz urbano-forestal. En estas zonas, los efectos de los incendios aumentan considerablemente, ya que el fuego puede quemar viviendas, infraestructuras y poner en riesgo a las personas.
En los últimos años, este tipo de incendios ha dejado de ser excepcional y se ha convertido en una realidad cada vez más frecuente, especialmente en regiones mediterráneas y territorios insulares como Canarias.Este incremento se explica, en parte, por el aumento de los episodios de calor extremo y también por la forma en que los órganos competentes gestionan la planificación y la ordenación del territorio.
Menos incendios pero más peligrosos
Un estudio reciente realizado en la isla de Gran Canaria muestra que, aunque el número total de incendios forestales ha disminuido los últimos 20 años, los que se producen son cada vez más intensos y tienen un mayor impacto territorial. Además, estos grandes incendios afectan con mayor frecuencia a zonas habitadas situadas en la interfaz urbano-forestal.
Este cambio en la dinámica del fuego responde a varios factores. Por un lado, el abandono de actividades tradicionales como la agricultura y la ganadería favorece la acumulación de la vegetación en áreas abandonadas. Esto implica mayor cantidad de combustible natural y, por tanto, una mayor propagación de incendios de gran magnitud.
Por otro lado, también influye el cambio climático que genera condiciones meteorológicas favorables para la aparición de grandes incendios forestales. El aumento de las temperaturas, la disminución de las precipitaciones y los episodios de viento intenso crean escenarios de mayor peligro y dificultan su extinción. La consecuencia es el aumento del riesgo para las personas y los bienes.
Pero hay, además, un tercer factor clave: la forma en que se ocupa el territorio.
Leer más:
Para comprender y gestionar mejor los incendios forestales debemos observar el paisaje
Vivir en el bosque: una decisión con consecuencias
Construir casas para vivir en áreas rurales próximas al bosque incrementa la probabilidad de que el fuego afecte a las viviendas. Además complica la gestión y de la emergencia.
Ante un incendio en la interfaz urbano-forestal, los servicios de extinción deben actuar sobre varios frentes a la vez. Su objetivo de protección se amplía: ya no solo deben intervenir sobre el entorno natural, sino también sobre las viviendas y la población. Esto obliga a priorizar la seguridad de las personas, lo que puede dificultar o retrasar las tareas de extinción del incendio.
Por otra parte, estas zonas suelen presentar accesos limitados, carreteras estrechas y escasas infraestructuras de autoprotección. Todo ello incrementa la vulnerabilidad de la población.
En este contexto, la percepción del riesgo juega un papel fundamental a la hora de decidir vivir en estas áreas. En muchos casos, la decisión se toma sin ser plenamente conscientes de los peligros asociados. Vivir cerca de espacios naturales se percibe como una mejora de la calidad de vida, mientras que el riesgo de incendio queda en un segundo plano o, directamente, fuera de la toma de decisiones.
Un problema territorial, no solo climático
La ordenación y la planificación del territorio definen cómo se ocupa el espacio. Por ello, deben tener en cuenta la aptitud de cada zona para acoger usos urbanos según sus características.
Los incendios forestales no dependen únicamente de las condiciones meteorológicas de un momento dado. También están relacionados con cómo transformamos el paisaje y organizamos el territorio.
El estudio realizado en Gran Canaria muestra que la expansión de la interfaz urbano-forestal y la acumulación de combustible vegetal están generando escenarios cada vez más complejos. Esta combinación aumenta la probabilidad de grandes incendios y eleva el riesgo para la población. Por ello, abordar este problema requiere una visión territorial. La planificación urbana, la gestión forestal y la cultura de autoprotección deben integrarse en una estrategia común.
Leer más:
Nuestro planeta arde de una forma excepcional: así podemos proteger a las personas y a la naturaleza
La importancia de la cultura de autoprotección
Vivir cerca del bosque no tiene por qué ser incompatible con la seguridad, siempre y cuando adoptemos medidas de autoprotección. Entre ellas, mantener la vegetación controlada alrededor de nuestras casas, garantizar accesos adecuados para los servicios de emergencia y tener un plan de evacuación. Estas acciones pueden reducir mucho el riesgo y, en caso extremo, salvarnos la vida.
También resulta fundamental mejorar la comunicación, la información para sensibilizar a la población. Comprender los peligros a los que nos exponemos durante un incendio forestal es el primer paso para reducir la vulnerabilidad.
Un reto creciente
La tendencia a vivir cerca de la naturaleza continuará e irá en aumento los próximos años. Al mismo tiempo, el cambio climático seguirá incrementando la intensidad de los incendios forestales. Este escenario plantea un reto importante para la gestión del territorio y la protección civil. La interfaz urbano-forestal se está consolidando como uno de los principales espacios de riesgo en muchas regiones.
Vivir cerca del bosque puede ser una elección atractiva. Pero también implica asumir responsabilidades y comprender que la naturaleza, además de ofrecer tranquilidad, entraña peligros que requieren precaución, protección y prevención. La pregunta, por tanto, sigue abierta: cuando decidimos vivir junto al bosque, ¿sabemos realmente lo que implica?
![]()
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. La romántica idea de irse a vivir al bosque, pero ¿a qué precio? – https://theconversation.com/la-romantica-idea-de-irse-a-vivir-al-bosque-pero-a-que-precio-279626

