Source: The Conversation – (in Spanish) – By Blanca Moncunill Solé, Investigadora posdoctoral, Universidade da Coruña

En ocasiones, los paleontólogos descubren tejidos o estructuras extrañas en los restos fósiles que les hacen sospechar que estuvieron enfermos. La paleopatología es la disciplina científica que analiza estas alteraciones y nos permite conocer qué dolencias padecieron los organismos que habitaron la Tierra en épocas pasadas.
Se han identificado procesos patológicos en una gran diversidad de organismos extintos, desde protozoos hasta vertebrados. No obstante, son más frecuentes en aquellos grupos que poseen partes duras (más fáciles de fosilizar), como huesos o conchas.
Además de aportar datos sobre la biología y ecología de esos organismos, su estudio también es relevante para entender el origen, la distribución y la evolución de las enfermedades a lo largo del tiempo.
¿Cómo funciona la paleopatología?
La comparativa entre presente y pasado es clave para entender los males que afectaron a los seres prehistóricos. Para lograr un diagnóstico, la paleopatología se apoya en una premisa fundamental: las enfermedades se desarrollan de forma comparable en especies actuales y extintas.
Los avances tecnológicos han permitido un importante salto cualitativo en esta disciplina. Al igual que en medicina, los fósiles con anomalías se escanean a alta resolución, usando lo que conocemos como TAC. Con los resultados, es posible observar estructuras y tejidos internos y profundizar en el diagnóstico de la dolencia sin dañar el resto fósil.

A. Wellcome Library, London; CC BY 4.0.; B. Kevmin, CC BY-SA 3.0.; C. Wellcome Library, London; CC BY 4.0; D. David W.E. Hone & Mahito Watabe, CC BY 4.0, CC BY-SA
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A la caza del trilobites!
Los trilobites, con más de 22 000 especies descritas, son el emblema del Paleozoico (539-251 millones de años). Estos artrópodos extintos, provistos de un caparazón duro, habitaron ambientes marinos de prácticamente todo el mundo. Además, fueron algunos de los primeros organismos en experimentar la depredación en sus propias carnes.
En algunos restos de trilobites se han podido observar partes truncadas o melladas. Científicamente estas lesiones se ha interpretado como posibles mordeduras de depredadores. En algunos casos, los bordes de estos bocados muestran signos de remodelación, sugiriendo que fueron ataques de depredación infructuosos. Por esa vez, el trilobites se salvó.

Bicknell y Holland, 2020, CC BY-NC-SA
Pero ¿quién se comía a estos animales? Se cree que lo más probable es que sus depredadores fueran otros invertebrados durófagos, como cefalópodos, asteroideos, artrópodos, etc. Algunos tenían conos orales y otros estaban provistos de espinas en las patas, similares a las de los actuales cangrejos de herradura. También los había que presentaban apéndices frontales que funcionarían como martillos. Fuera la herramienta que fuera, les permitía romper su caparazón biomineralizado.
Históricamente, se había pensado que los principales depredadores eran los anomalocáridos. No obstante, hoy en día existen dudas al respecto. Se sugiere que sólo los depredaban justo después del proceso de muda, cuando el caparazón del trilobites no estaba endurecido.
Además de lesiones relacionadas con la depredación, en los trilobites también se han identificado anomalías asociadas a otros procesos. Por ejemplo, alteraciones del desarrollo, complicaciones durante la muda o enfermedades causadas por parásitos.
Renqueando en el Jurásico
En los restos óseos y dentales de dinosaurios mesozoicos se han identificado un sinfín de alteraciones patológicas. Algunas se interpretan como traumatismos (fracturas, amputaciones, etc), otras como infecciones, y también se han documentado enfermedades degenerativas o alteraciones del desarrollo.
Pero los dinosaurios no sólo nos han dejado restos esqueléticos, sino también evidencias de su actividad. Estas huellas o rastros (conocidas como icnitas) pueden aportar información sobre su locomoción como, por ejemplo, la velocidad a la que se desplazaban, o de comportamiento, si se movían en manada o en solitario.
Además, algunas icnitas sugieren que ciertos dinosaurios presentaban problemas en la marcha. En estos rastros se observa una asimetría en la longitud de los pasos. Es decir, alternaban zancadas largas con otras más cortas. Una hipótesis sugiere que este patrón podría indicar una marcha irregular, posiblemente para evitar cargar una de las extremidades. El origen, entre otras causas, podría ser una herida o una artritis. Aunque no son tan habituales como las patologías en hueso y dientes, se han identificado marchas irregulares en distintos tipos de dinosaurios.

Romilio et al. (2025), CC BY
Por otra parte, en el estudio de las huellas también pueden observarse malformaciones en los dedos y en las palmas. Se han identificado icnitas de dinosaurios con dedos ausentes, fracturados o deformados, así como extremidades curvadas o irregulares. También algunos con excrecencias anómalas, e incluso huellas completamente torcidas. Estas formas aberrantes probablemente reflejan lesiones del animal (fracturas, infecciones, etc.) o alteraciones durante su desarrollo.
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Evidencias que el tiempo borró
No todas las enfermedades que afectaron a los organismos del pasado pueden detectarse en el registro fósil. La escasa preservación de tejidos blandos genera un importante sesgo, ya que la mayoría de lesiones y dolencias no dejan huella en las estructuras duras ni en los restos de su actividad. Además, las respuestas del tejido óseo suelen ser lentas y, en algunos casos, pueden tardar años o incluso décadas en desarrollarse. Por ello, muchas enfermedades, especialmente las de carácter letal, no dejan rastro alguno en los fósiles y permanecen fuera de nuestro conocimiento en el tiempo profundo.
Otro problema es el mimetismo tafonómico. Durante el enterramiento y otros procesos tafonómicos pueden generarse alteraciones similares a las lesiones patológicas, como abrasiones o fracturas. Por ello, el equipo investigador a cargo del estudio debe ser cauteloso y prestar especial atención a los detalles para evitar identificar enfermedades donde no las hay.
La paleopatología nos enseña que la enfermedad ha existido desde que la propia vida se inició. Aunque rara vez deja huella en el registro fósil, cuando lo hace nos permite asomarnos a las historias de los organismos de una manera completamente inusual: no solo cómo vivían, sino también cómo enfermaban, resistían o no lograban sobrevivir. Incluso en el pasado más remoto, la vida nunca estuvo libre de sus propias fragilidades.
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Blanca Moncunill Solé recibe financiación de la Agencia Estatal de Investigación y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través de un contrato Ramón y Cajal (RYC2023-045129-I), así como de la Xunta de Galicia, en el marco del programa “Axudas para a consolidación e estruturación de unidades de investigación competitivas e outras accións de fomento nas universidades do Sistema universitario de Galicia (SUG)” (ED431B 2024/03).
– ref. Enfermedades del pasado: trilobites heridos, dinosaurios cojos y otros males prehistóricos – https://theconversation.com/enfermedades-del-pasado-trilobites-heridos-dinosaurios-cojos-y-otros-males-prehistoricos-280438
