Limpieza voluntaria de playas: una actividad altruista fundamental para conservar nuestras costas

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Pablo Otero Tranchero, Científico Titular, Centro Oceanográfico de Vigo, Instituto Español de Oceanografía (IEO – CSIC)

Apenas hace un par de horas que ha amanecido. Las gaviotas que descansan sobre la arena de la playa emprenden su vuelo ante el avance lento pero continuo de un grupo de personas. Alguien levanta una botella medio enterrada en la arena; otra persona llena una bolsa con fragmentos de plástico, el tipo de basura más abundante en las playas atlánticas europeas. No hay prisa, pero el gesto se repite una y otra vez, sin pausa.

En un par de horas, la playa parecerá otra: más limpia, más virgen. Como si la basura nunca hubiera estado allí. Cuando el grupo se marche, no quedará rastro de su trabajo. Probablemente, tampoco en las estadísticas. Y, sin embargo, ese esfuerzo —repetido cientos de veces a lo largo del año— tiene un valor económico, pero también ecológico y social que no podemos ignorar.

Un trabajo casi invisible

La gestión de residuos en playas suele asociarse a servicios municipales: maquinaria, operarios, contratos públicos. Es lo que aparece en presupuestos y estadísticas. Pero hay otra capa mucho menos visible pero esencial: el voluntariado.

A través de los informes de proyectos de voluntariado ambiental de varias ONG y fundaciones como Ambiente Europeo, Ocean Conservancy, proyecto Mares Circulares o PLANCTON entre otras, es posible tener una estimación de estas actividades en España. Sin embargo, otras muchas pequeñas acciones de voluntariado quedan al margen de estos documentos. ¿Cómo conocer entonces el volumen de estas iniciativas? ¿Cuánta gente se ofrece de forma altruista a limpiar nuestras playas?

Es esperable que cuando una asociación de vecinos, una ONG o cualquier otro colectivo planifica una limpieza voluntaria de playas, intente animar a la participación a través de redes sociales. En esta idea se basa un estudio publicado en la revista Marine Pollution Bulletin que, a través del análisis de miles de mensajes en X e Instagram, ha permitido hacer algo poco habitual: detectar y cuantificar esa actividad “invisible”.

Aplicado a la costa española, el estudio identificó 487 convocatorias ciudadanas de limpiezas de playas durante 2024; el 94 % no había sido incluido en los informes de otros proyectos ambientales de más envergadura. Pueden no parecer muchas, pero son algo más de la mitad de las actividades que sí fueron reportadas.

Más allá de la cifra total, los datos de redes sociales revelaron patrones interesantes. Galicia, la tierra del Nunca Máis, con 130 limpiezas detectadas en redes sociales es la comunidad que refleja mayor movilización ciudadana. La siguen en este orden Andalucía y Canarias. Sin embargo, si hacemos el ratio por número de playas de cada comunidad, entonces son Andalucía y la Comunidad Valenciana las que más insistencia ponen en limpiar sus arenales.

Con la marcada excepción de la movilización ciudadana por el vertido de pellets de plástico del carguero Toconao que se produjo en invierno, es durante la primavera cuando el voluntariado alcanza su punto máximo, descendiendo de nuevo en verano coincidiendo con el refuerzo de los servicios municipales de limpieza.

El valor del altruismo

Poner valor al voluntariado es difícil. Pero hay una forma indirecta de hacerlo: calcular cuánto costaría realizar ese mismo trabajo con medios profesionales. Siguiendo este enfoque, el estudio estima que el esfuerzo de quienes limpian playas de forma desinteresada rozaría los 3 millones de euros anuales en España.

No se trata de “pagar” al voluntariado. Tampoco de sustituir los servicios profesionales. Pero ponerle cifras ayuda a entender su magnitud. Cuando lo hacemos, lo que parecía una actividad puntual se convierte en un componente económico relevante del mantenimiento de los servicios ecosistémicos del litoral.

Sin embargo, el valor económico no es comparable a su valor ecológico y social. Las limpiezas realizadas por voluntarios suelen hacerse de forma manual, lo que las hace especialmente útiles en zonas de difícil acceso o bien ecológicamente sensibles, como dunas o áreas de nidificación, donde la maquinaria puede causar daños a la biodiversidad.

Además, estas acciones generan beneficios sociales de valor incalculable. Por una parte, refuerzan la conciencia ambiental de quienes participan y de quienes observan la actividad. Por otra, conectan a las personas con el entorno natural, con efectos positivos sobre el bienestar físico y mental, hasta el punto que hasta los suecos han hecho de ello un deporte. Y con playas más limpias, mejoran la percepción y el atractivo de las zonas costeras, clave en regiones dependientes del turismo.

La ciencia ciudadana que no sabíamos que existía

Un elemento interesante de este estudio es la forma en que se ha detectado este fenómeno. Las redes sociales, muy criticadas en tiempos actuales, se convierten aquí en una herramienta científica: permiten rastrear actividades espontáneas, descentralizadas y, sobre todo, no institucionalizadas. Este tipo de aproximación se conoce como “ciencia ciudadana pasiva”; en lugar de pedir datos a la población, se aprovecha la información que ya está generando.

Gracias a ello, es posible obtener una imagen mucho más completa del problema de la basura marina y también de las soluciones que aporta la propia sociedad.




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Ciencia ciudadana para salvar los océanos y las costas


Reconocer el papel del voluntariado

El voluntariado ambiental se ha visto tradicionalmente como un complemento, casi como un gesto simbólico frente a problemas de gran escala. Pero los datos apuntan en otra dirección. Cuando miles de personas actúan de forma distribuida, sus efectos se acumulan: toneladas de residuos retirados, hábitats protegidos, costes evitados, conocimiento generado. Y, quizá más importante, una comunidad más implicada en la conservación del entorno.

Reconocer este papel no implica sustituir políticas públicas ni servicios profesionales. Implica empezar a contar lo que antes no contábamos e integrar el voluntariado en la forma en que entendemos y gestionamos el litoral.

Hace poco que ha amanecido. Las gaviotas levantan el vuelo mientras un grupo de personas avanza despacio sobre la arena. Se agachan, una y otra vez, repitiendo un gesto sencillo que apenas deja huella. Las playas se limpian con máquinas, pero se cuidan con manos. Y ese esfuerzo, aunque muchas veces no aparezca en ningún informe, tiene un valor que no podemos ignorar.

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Pablo Otero Tranchero ha recibido financiación parcial del Fondo Europeo de Desarrollo Regional, en el marco del proyecto FreeLitterAT (EAPA-0009/2022).

– ref. Limpieza voluntaria de playas: una actividad altruista fundamental para conservar nuestras costas – https://theconversation.com/limpieza-voluntaria-de-playas-una-actividad-altruista-fundamental-para-conservar-nuestras-costas-284616

Cómo el cáncer aprende a sobrevivir sin oxígeno

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Tania Payo Serafín, Investigadora predoctoral en Biomedicina y Ciencias de la Salud, Universidad de León

3dMediSphere/Shutterstock

Desde muy pequeños aprendemos que nuestras células necesitan oxígeno para obtener la energía que les permite funcionar. Cuando este oxígeno falta, las células mueren y los tejidos se dañan. Por lo tanto, en apariencia, sin oxígeno no puede existir la vida.

Sin embargo, el cáncer desafía esta regla básica. Dentro de los tumores sólidos, existen regiones donde el oxígeno escasea, una situación que conocemos como “hipoxia”. Y aunque podemos pensar que lo normal sería que las células en esa situación se murieran, la realidad es que las células cancerosas no sólo sobreviven, sino que se adaptan de maravilla a esta hipoxia, continúan creciendo y, en muchos casos, se vuelven incluso más agresivas.

Un tumor que crece más rápido

El carcinoma hepatocelular, el tipo de cáncer de hígado más frecuente, es un buen ejemplo de ello. A medida que el tumor aumenta de tamaño, las células proliferan tan deprisa que los vasos sanguíneos no siempre son capaces de aportar suficiente oxígeno a todas las zonas. Como consecuencia, aparecen áreas hipóxicas, es decir, regiones con niveles muy bajos de oxígeno.

Para una célula sana, sería un entorno hostil. Para una célula tumoral, en cambio, este ambiente se convierte en un estímulo que les permite activar mecanismos de supervivencia.

El Premio Nobel que descifró el “sensor de oxígeno” de las células

Durante décadas, los científicos se preguntaron cómo era posible que algunas células lograran sobrevivir, e incluso prosperar, en entornos donde apenas hay oxígeno.

La respuesta a esta incógnita llegó con los estudios de cuatro científicos que fueron galardonados con el Premio Nobel de Medicina en 2019 por descubrir el sistema que permite a las células detectar los niveles de oxígeno y adaptarse a ellos.

Uno de los protagonistas de este mecanismo es una proteína denominada factor inducible por hipoxia 1α (HIF-1α). Su función es actuar como un sensor molecular, ya que cuando el oxígeno disminuye, HIF-1α se acumula y pone en marcha mecanismos que ayudan a la célula a adaptarse.

Entre otras funciones, su presencia favorece la reprogramación del metabolismo para producir energía sin necesidad de oxígeno, estimula la formación de nuevos vasos sanguíneos y aumenta la capacidad de las células para migrar, invadir otros tejidos y resistir distintos tratamientos farmacológicos. En el contexto del cáncer, estas adaptaciones contribuyen directamente a la progresión tumoral.

Aquí es donde entra en juego un estudio reciente que hemos publicado en Biology Direct. La pregunta que nos planteamos fue sencilla, pero importante: ¿qué ocurre si las células tumorales pierden HIF-1α, su principal herramienta para adaptarse a la falta de oxígeno?

Responder a esta pregunta no ha sido fácil. Para entender realmente cómo se comporta el cáncer en condiciones de hipoxia, necesitamos modelos experimentales que se parezcan lo máximo posible a un tumor real.

El cáncer no vive en una superficie plana

La falta de oxígeno no solo afecta a las células tumorales: también modifica el entorno que rodea al tumor y favorece que algunos cánceres respondan peor a los tratamientos.

Para estudiar cómo ocurre esto, durante años se han utilizado cultivos celulares en 2D, donde las células crecen sobre superficies planas de plástico o vidrio. Estos modelos han sido fundamentales por su simplicidad y facilidad de uso, pero presentan una limitación importante: no reproducen la complejidad real de un tumor.

En un tumor sólido, no todas las células reciben la misma cantidad de oxígeno y nutrientes. Algunas se encuentran cerca de los vasos sanguíneos y reciben más, mientras que otras quedan atrapadas en regiones mucho más hostiles, donde el oxígeno escasea. Por ello, en los últimos años han cobrado fuerza los modelos 3D, que permiten recrear de forma más realista la estructura y los gradientes de oxígeno y nutrientes presentes en el tumor. Gracias a ellos, los investigadores podemos estudiar mejor cómo se adapta el cáncer a esta hipoxia y cómo esta heterogeneidad influye en la respuesta a los tratamientos.

La importancia de utilizar sistemas experimentales más representativos nos llevó a combinar ambos tipos de modelos y los resultados fueron claros: al eliminar HIF-1α, tanto la viabilidad como la capacidad de proliferación y de invasión de las células tumorales disminuyen de forma significativa. En otras palabras, al impedir que las células activen sus mecanismos de supervivencia frente a la hipoxia, las volvemos más vulnerables.

Imagen de un modelo 3D de carcinoma hepatocelular hipóxico. La tinción azul representa los núcleos de las células tumorales y la tinción roja representa la zona de hipoxia. Fotografía obtenida del estudio: https://link.springer.com/article/10.1186/s13062-026-00796-2.
CC BY-NC-ND

HIF-1α como posible diana terapéutica en cáncer

La hipoxia tumoral se asocia con un peor pronóstico de la enfermedad y con una mayor resistencia a los tratamientos. De hecho, algunas terapias intentan frenar el crecimiento del tumor reduciendo la formación de vasos sanguíneos, pero esto también agrava la falta de oxígeno y favorece la activación de mecanismos adaptativos mediados por HIF-1α. Dicho de otro modo, al intentar “asfixiar” al tumor, podemos favorecer la supervivencia de las células mejor preparadas para resistir estas condiciones.

Por ello, comprender cómo las células tumorales se adaptan a la hipoxia resulta fundamental para mejorar la eficacia de los tratamientos actuales. Si conseguimos bloquear la acción de HIF-1α, podríamos dificultar la capacidad de adaptación del tumor y hacerlo más vulnerable a las terapias.

Volviendo a la pregunta inicial, el oxígeno es esencial para la vida en condiciones normales. Sin embargo, las células tumorales son capaces de adaptarse y sobrevivir incluso en ambientes con muy poco oxígeno, reescribiendo en cierto modo las reglas de la biología. Comprender cómo el cáncer logra esta capacidad de adaptación no solo ayuda a entender mejor la enfermedad, sino también a encontrar nuevas formas de limitar su resistencia y frenar su progresión.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Cómo el cáncer aprende a sobrevivir sin oxígeno – https://theconversation.com/como-el-cancer-aprende-a-sobrevivir-sin-oxigeno-282117

En el Siglo de Oro las mujeres ya recibían imágenes no solicitadas de penes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Mónica María Martínez Sariego, Profesora Titular de Universidad (Área: Literatura), Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

_Baco y Ariadne_, de Guido Reni. Los Angeles County Museum of Art

Las redes sociales han multiplicado las formas de contacto entre desconocidos. También han ampliado las posibilidades del acoso. Si el exhibicionismo clásico tenía como icono al hombre de la gabardina, hoy una de sus manifestaciones más frecuentes es el denominado cyberflashing: el envío de imágenes sexuales no solicitadas –generalmente fotografías de genitales masculinos– a través de redes sociales, aplicaciones de mensajería o plataformas de citas.

Aunque pueda parecer un fenómeno típicamente digital, la lógica que lo sustenta no es nueva. La literatura del Siglo de Oro español ofrece ya una escena que, leída desde el presente, resulta sorprendentemente cercana.

Un soneto anónimo del Siglo de Oro

En el soneto anónimo “De cierta dama que a un balcón estaba”, atribuido a Francisco de Quevedo, una mujer se asoma al balcón mientras un labrador la contempla desde la calle con insistencia. Ella, al advertir su actitud, le pregunta qué le sucede. Él responde sin rodeos que la visión de su pierna le ha provocado excitación.

La dama lo rechaza con una fórmula proverbial que establece con claridad el límite entre contemplar y poseer: “Aquesto, hermano, no es más de ver y desear la fruta”. Un refrán o frase sentenciosa con un sentido similar sería “lo verás, pero no lo catarás”. O, más llanamente, “se mira, pero no se toca”.

La escena podría concluir ahí, como un episodio de galantería frustrada, pero el gañán, molesto por la negativa, responde exhibiendo obscenamente sus genitales y remata el gesto con un insulto dirigido a la mujer: “¡Pues ver y desear, señora puta!”.

La sospecha sobre la mujer visible

Para comprender plenamente el episodio conviene situarlo en su contexto. La mujer ventanera era una realidad cultural del Siglo de Oro, como refleja la pintura Mujeres en la ventana (1665-1675), de Bartolomé Esteban Murillo, que luego recreará Francisco de Goya en Maja y Celestina en el balcón (1812) y Majas al balcón (1808-1814).

Pintura de dos mujeres mirando por la ventana, una de ellas tapándose la cara.
Mujeres en la ventana de Bartolomé Esteban Murillo.
National Gallery of Art (Estados Unidos)

Circulaban entonces refranes que asociaban el hecho de asomarse a ventanas y balcones con la coquetería o la provocación: “Mujer ventanera, poco costurera”, “Mujer ventanera, nunca llega a casadera”, “Mujer ventanera, busque a otro que la quiera”, “Moza que se asoma a la ventana cada rato, quiérese vender barato” o, directamente, “Moza ventanera, o puta o pedorrera” (donde pedorrera significa ‘chica presumida o proclive a la diversión inmoral’).

La ventana constituía un espacio ambiguo: permitía a la mujer ver el exterior sin abandonar el ámbito doméstico, pero al mismo tiempo exponía su imagen a la mirada masculina. Esa sola visibilidad bastaba para despertar la sospecha: la mujer se convertía en objeto de deseo, pero también de censura moral. La atención se desplazaba de este modo hacia su conducta –estar en el balcón, dejarse ver–, mientras que la reacción del hombre tendía a interpretarse como una consecuencia casi natural de esa supuesta provocación.

Del balcón al mensaje privado

Cuatro siglos después, la pantalla ha sustituido el balcón. Muchas mujeres reciben en sus mensajes privados imágenes sexuales enviadas por desconocidos sin haberlas solicitado ni consentido. El “hombre de la gabardina” ya no se oculta en callejones oscuros, sino en las profundidades de internet. Favorecido por el anonimato y la sensación de impunidad que proporciona el entorno digital, el cyberflashing prolonga una misma lógica de irrupción obscena: ya no hace falta la presencia física para invadir el espacio íntimo de otra persona, basta una pantalla.

Ahora bien, aunque el medio ha cambiado, persiste una misma lógica: la presencia pública de una mujer se entiende como indicio de disponibilidad. Un perfil en redes sociales, una fotografía o una interacción mínima pueden leerse como una invitación. Cuando esa expectativa no se ve confirmada, la respuesta puede adoptar la forma de acoso verbal, insulto o exhibición obscena.

No es cortejo, sino imposición

El cyberflashing se trivializa a menudo como una forma torpe de flirteo. Sin embargo, su significado es muy distinto. Enviar una imagen sexual no solicitada no equivale a iniciar una conversación, sino a irrumpir en el espacio visual de otra persona sin su consentimiento.

En el soneto atribuido a Quevedo, el gesto del labrador deja claro que no se trata de una tentativa de seducción, sino de una respuesta agresiva y degradante ante el rechazo. Algo semejante parece ocurrir en la actualidad. Quienes envían imágenes sexuales no solicitadas frecuentemente no buscan establecer un vínculo afectivo o erótico con la persona receptora. En muchos casos anticipan –e incluso buscan expresamente– una reacción negativa, lo que sitúa esta conducta más cerca del acoso que del cortejo. Algunas investigaciones la han relacionado, de hecho, con rasgos de la llamada tríada oscura de la personalidad: narcisismo, maquiavelismo y psicopatía.

Lo que el poema deja traslucir

La literatura refleja escenas que revelan la persistencia de ciertas conductas. El soneto atribuido a Francisco de Quevedo muestra con nitidez una lógica que sigue siendo reconocible: la confusión entre visibilidad y disponibilidad, la iniciativa sexual no solicitada y la reacción agresiva ante los límites marcados por la mujer.

Cuatro siglos separan aquel balcón barroco de los mensajes privados en Instagram o Tinder. La tecnología ha cambiado; pero ciertas formas de entender el deseo y el rechazo, no tanto.


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Mónica María Martínez Sariego no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. En el Siglo de Oro las mujeres ya recibían imágenes no solicitadas de penes – https://theconversation.com/en-el-siglo-de-oro-las-mujeres-ya-recibian-imagenes-no-solicitadas-de-penes-281829

Enseñar sostenibilidad para transformar la mentalidad de los futuros líderes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Justo Alberto Ramírez Franco, Profesor Asociado de Organización de Empresas, Universidad de Almería

SpaceOak/Shutterstock

Cada vez más, los programas de educación empresarial incluyen asignaturas sobre sostenibilidad, responsabilidad social, gestión medio ambiental o economía circular. Sin embargo, hay una cuestión que rara vez se plantea: ¿Estamos formando profesionales capaces de cambiar la forma en que funcionan las empresas para un compromiso real con las cuestiones sociales y medioambientales?

La evidencia sugiere que no siempre. Incluir contenidos sobre sostenibilidad no garantiza que los estudiantes cambien su manera de pensar ni, mucho menos, su forma de actuar en el futuro. Y esto es un problema.

Los retos globales, como el cambio climático o las desigualdades sociales, exigen algo más profundo que conocimientos técnicos. Requieren un cambio radical en la mentalidad de los futuros profesionales y líderes de las empresas.

Aprender sobre sostenibilidad no es suficiente

Hoy sabemos que muchos de los desafíos sociales y medioambientales globales están vinculados con cómo funcionan las empresas: modelos de producción intensivos, decisiones centradas en el beneficio a corto plazo o una visión limitada del impacto social y medioambiental.

La educación empresarial, por tanto, tiene un papel clave. Pero durante décadas han enseñado a los futuros profesionales y directivos a priorizar el crecimiento económico. Cambiar esta lógica no se consigue añadiendo una asignatura más o un tema en una asignatura. El reto es mucho mayor: transformar la forma en que los estudiantes entienden el mundo, toman decisiones y definen lo que significa “éxito empresarial”.

Un aprendizaje que transforme

Nuestro trabajo muestra que el verdadero cambio ocurre cuando los estudiantes viven experiencias que cuestionan sus ideas previas sobre la empresa y su creación de valor. No se trata de memorizar conceptos, sino de provocar momentos de incomodidad intelectual, es decir, situaciones en las que los estudiantes se dan cuenta de que sus esquemas mentales no son suficientes para explicar la realidad empresarial. Por ejemplo, descubrir que una decisión rentable puede tener consecuencias medioambientales graves.

Estos momentos actúan como un “punto de inflexión” que obliga a replantear creencias y abren la puerta a nuevas formas de pensar. A este enfoque se le conoce como “aprendizaje transformador”.

Qué funciona mejor en el aula (y fuera de ella)

Hemos identificado varios elementos que hacen que este tipo de aprendizaje resulte más efectivo:

  1. Experiencias reales. Las actividades más impactantes no ocurren solo en el aula. Visitas a empresas, proyectos con organizaciones o trabajo con comunidades permiten conectar la teoría con la realidad. Por ejemplo, cuando los estudiantes analizan cómo una empresa gestiona sus desafíos de sostenibilidad entienden mejor la complejidad del problema y cuestionan soluciones simplistas.

  2. Reflexión crítica. No basta con hacer cosas. Es fundamental pararse a pensar. Los estudiantes necesitan espacio para reflexionar sobre lo que han vivido y lo que han creído hasta el momento sobre la gestión empresarial. Este proceso es el que permite transformar la experiencia en aprendizaje profundo.

  3. Diálogo y diversidad. El intercambio de ideas con otras personas es clave. Especialmente cuando existen perspectivas diferentes. Grupos de estudiantes internacionales, contextos culturales diversos o debates con profesionales ayudan a los estudiantes a cuestionar sus propias creencias y a construir nuevas formas de entender la sostenibilidad empresarial.

  4. Problemas complejos y reales. Los retos deben ser auténticos, no ejercicios artificiales y sin solución aparente. Cuando los estudiantes se enfrentan a situaciones complejas, donde entran en juego beneficios económicos, impacto social y consecuencias medioambientales, comprenden que la sostenibilidad es un elemento central en la toma de decisiones.

Qué cambia en los estudiantes

Cuando este tipo de aprendizaje funciona los cambios son profundos. Aumenta el conocimiento sobre sostenibilidad empresarial y se producen transformaciones en varios niveles:

  • Pensamiento: los alumnos desarrollan una visión más crítica y sistémica.

  • Rol: se perciben como agentes de cambio.

  • Conducta: adoptan comportamientos más sostenibles en su vida personal y profesional.

En otras palabras, pasan de ser estudiantes que saben sobre sostenibilidad a futuros profesionales que pueden integrarla en sus vidas.

Un cambio urgente en la forma de enseñar

Las próximas generaciones tendrán que tomar decisiones en un contexto marcado por la incertidumbre, la presión medioambiental y la demanda social de responsabilidad. Para avanzar hacia modelos económicos más sostenibles no basta con añadir contenidos a los programas educativos. Es necesario cambiar la forma de enseñar.

Esto implica diseñar experiencias que desafíen las ideas previas, fomentar la reflexión crítica, promover el diálogo y la diversidad de perspectivas, y conectar el aprendizaje con problemas reales y complejos. No es un cambio sencillo. Requiere replantear metodologías, evaluar de forma distinta y asumir que el aprendizaje puede ser incómodo tanto para el estudiante como para el profesorado, e incluso la institución. Pero sin duda es imprescindible.

Prepararlos no significa enseñarles más teoría sino ayudarles a ver el mundo de otra manera. Porque, al final, la sostenibilidad empresarial es, sobre todo, una cuestión de mentalidad, de elección, y de comportamiento.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

– ref. Enseñar sostenibilidad para transformar la mentalidad de los futuros líderes – https://theconversation.com/ensenar-sostenibilidad-para-transformar-la-mentalidad-de-los-futuros-lideres-284197

Más allá del miedo: lo que revelan los estudios sobre las emociones que alimentan la islamofobia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By William González Baquero, Investigador predoctoral. Sociología y Comunicación, Universidad de Salamanca

Cuando se habla de islamofobia, casi siempre se invoca el miedo. Miedo a los musulmanes, a sus costumbres o a una supuesta amenaza asociada a su religión. Pero esa explicación se queda corta. Cada vez hay más evidencia de que el rechazo hacia las comunidades musulmanas no se alimenta solo del temor, sino también de emociones más intensas y persistentes, como la ira, el desprecio y el odio.

La diferencia no es menor. El miedo aparta; el odio expulsa y levanta una frontera moral. Ya no dice solamente “no te conozco”, sino algo más grave: “sé lo que eres y no deberías estar aquí”. Ahí empieza la deshumanización: en el momento en que una persona deja de ser persona y pasa a ser vista como amenaza, mancha o estorbo. Y cuando eso ocurre, la exclusión empieza a parecer razonable y la dureza empieza a vestirse de sentido común.

Además, ese odio no nace de la nada, tiene memoria y siglos detrás. El intelectual y activista palestino-estadounidense Edward Said explicó en su libro Orientalismo cómo Occidente fabricó una imagen de “Oriente” como su contrario: irracional, atrasado, fanático o violento, según hiciera falta. No era una descripción inocente, sino una forma de inventar un otro inferior para confirmar la propia superioridad.

Esa maquinaria no ha desaparecido, solo ha cambiado de ropa. Muchas veces, la islamofobia no se dirige únicamente contra el islam como religión, sino contra todo lo que suene a “árabe”, “musulmán”, “oriental” o ajeno, como si pueblos, lenguas, historias y países distintos pudieran fundirse en una sola caricatura.

Del miedo al odio

El miedo puede hacer que alguien retroceda, mientras que el odio necesita señalar, rebajar, castigar. Por eso resulta tan peligroso: porque no se queda en una emoción pasajera, sino que organiza una forma de mirar.

Como hemos comprobado en investigaciones recientes sobre jóvenes en España, estos dos procesos no solo coexisten, sino que actúan de forma simultánea en la difusión de mensajes de odio en redes sociales.

Por un lado, está el proceso “cognitivo”: creencias que presentan a los musulmanes como una amenaza o como parte de conspiraciones, como las teorías del “gran reemplazo”. Además de explicar el rechazo, estas ideas lo justifican.

Por otro, está el proceso “emocional”: sentimientos como la ira, el rechazo o el desprecio que empujan a actuar. Mientras el miedo tiende a alejarnos, estas emociones activan respuestas más duras, como señalar, excluir o atacar. Ambos caminos funcionan a la vez. Las ideas legitiman el rechazo, las emociones lo ponen en marcha.

En otra investigación reciente observamos que estas dos vías operan de forma simultánea, pero no con la misma intensidad. Las creencias conspirativas (la idea de que los musulmanes actúan como un grupo coordinado y amenazante) son uno de los factores más influyentes a la hora de difundir mensajes islamófobos en redes sociales. Al mismo tiempo, las emociones negativas dirigidas hacia las personas musulmanas, más que hacia el islam como religión, son las que realmente impulsan la acción.

Esto importa porque las creencias no se quedan quietas dentro de la cabeza: caminan, votan y acaban influyendo en decisiones colectivas. Lo que comienza como emoción termina convertido en política. Y por eso no sorprende que, en muchos casos, las emociones más ligadas a la islamofobia no sean solo el temor, sino la ira y el rechazo. La ira aparece cuando se convence a alguien de que ha sido invadido, reemplazado o traicionado. El rechazo florece cuando el otro es presentado como un cuerpo extraño, como una presencia contaminante. El odio cose ambas cosas y les da dirección.

Gaza, Irán y la lógica de la deshumanización

Lo que ha ocurrido en torno a Gaza vuelve visible esa maquinaria. Tras los ataques del 7 de octubre de 2023 y la guerra posterior, el Consejo de Europa ha alertado recientemente de un fuerte aumento de los incidentes de odio contra musulmanes en varios países europeos. Cuando una guerra se filtra a la vida civil a través de estereotipos y asociaciones colectivas, ya no se mira a las personas en su singularidad: se las mira como parte de una masa culpable.

Esto no ocurre solo en los márgenes, sino también en discursos políticos y mediáticos que amplifican estas percepciones. Ese mismo mecanismo reaparece cada vez que Irán es reducido, sin matices, a emblema de una supuesta esencia musulmana autoritaria o amenazante. Criticar a un régimen político es legítimo. Lo que no lo es, aunque ocurra con frecuencia, es usar esa crítica para reforzar la vieja fantasía de un bloque musulmán homogéneo, incompatible con la democracia y esencialmente violento.

Y esa lógica no circula solo en los márgenes de internet ni en la voz de los fanáticos de siempre. También puede hablar desde arriba. El 7 de abril de 2026, Donald Trump llegó a decir que “una civilización entera morirá esta noche” si Irán no cedía a sus exigencias.

Este tipo de discursos no solo describen conflictos, sino que contribuyen a redefinir quién merece protección y quién puede ser tratado como amenaza. Cuando desde el centro del poder se habla así, se refuerza exactamente la gramática emocional de la islamofobia: la del otro como peligro total, indistinto y prescindible.

Las consecuencias de ese clima no se quedan en la geopolítica. Bajan a la calle. Se vuelven gesto, insulto, recelo. Se notan en la mujer con hiyab que es mirada como problema, en el estudiante que debe responder por guerras que no ha librado, en la persona que aprende que su nombre o su apariencia bastan para despertar sospecha. El odio, cuando se normaliza, deja de parecer odio. Se vuelve costumbre.

Qué ocurre en España

En España, esta lógica adquiere un acento propio. La islamofobia se entrelaza con una historia larga de construcción del “moro” como figura fronteriza, sospechosa y subordinada. No siempre se expresa en grandes proclamas: a menudo se desliza en asociaciones automáticas entre islam y violencia, entre inmigración y amenaza, entre diferencia cultural e incompatibilidad democrática. El propio Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia ha reunido información reciente sobre intolerancia y discriminación hacia los musulmanes en España, señal de que no estamos ante episodios aislados.

Y a veces esa hostilidad se hace explícita, sin rodeos. A finales de marzo y comienzos de abril de 2026, durante y después del partido de fútbol amistoso entre España y Egipto en Cornellà (Barcelona), cobraron visibilidad cánticos como “musulmán el que no bote”. El ayuntamiento condenó los hechos, los Mossos d’Esquadra los investigaron y, poco después, la FIFA abrió un expediente a la Real Federación Española de Fútbol. No fue una anécdota menor ni una simple grosería de estadio. Fue una muestra de hasta qué punto ciertas formas de desprecio siguen disponibles en el lenguaje público.

Por qué importa entender las emociones

Hablar de emociones puede parecer algo blando frente a la dureza de la política. Pero ocurre al revés: las emociones están en el corazón mismo de la vida pública. Para entender y enfrentar la islamofobia no basta con repetir que hay que ser tolerantes; hay que aprender a reconocer las emociones que sostienen la exclusión. Durante demasiado tiempo se ha pensado que el miedo era el motor principal, pero lo que muestran los estudios es que el odio, la ira y la deshumanización desempeñan un papel decisivo en la legitimación del daño.

Por eso, buscar una convivencia mejor no es solo cuestión de leyes o de campañas institucionales. También exige revisar las narrativas que repetimos sin pensar, las imágenes heredadas, los prejuicios que se disfrazan de sentido común.

En ese punto adquieren una importancia especial proyectos como CeMIYA, centrado en la intolerancia mediática en audiencias jóvenes, y YIS-HATE, con el foco puesto en las percepciones y actitudes de los jóvenes ante el discurso de odio islamófobo en el ciberespacio. Ambos han sido impulsados desde la Universidad de Salamanca, a través del Observatorio de los Contenidos Audiovisuales, para analizar cómo se forman y se difunden estas actitudes en entornos digitales.

Más que un ejercicio académico, entender cómo funcionan estas emociones es una condición necesaria para proteger la convivencia.

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William González Baquero recibe fondos para la formación de doctores contemplada en el Subprograma Estatal de Formación del Programa Estatal para Desarrollar, Atraer y Retener Talento, en el marco del Plan Estatal de Investigación Científica, Técnica y de Innovación 2021-2023.

Carlos Arcila Calderón recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades a través del proyecto Countering Media Intolerance in Young Audiences (CeMIYA) y de la Fundación Pluralismo y Convivencia a través del Proyecto YIS-HATE.

Patricia Sánchez-Holgado recibe fondos destinados a la investigación de la Fundación Pluralismo y Convivencia para el desarrollo del proyecto Percepciones y Actitudes de los Jóvenes hacia el Discurso de Odio Islamófobo en el Ciberespacio: un enfoque multimétodo (YIS HATE)

– ref. Más allá del miedo: lo que revelan los estudios sobre las emociones que alimentan la islamofobia – https://theconversation.com/mas-alla-del-miedo-lo-que-revelan-los-estudios-sobre-las-emociones-que-alimentan-la-islamofobia-259761

Así funciona la terapia génica española que se administra una sola vez y ha cambiado la vida de nueve niños

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Bueren Roncero, Director Departamento Unidad de Innovación Biomédica, Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT)

Sala Blanca de la Unidad de Innovación Biomédica del CIEMAT donde se ha desarrollado la terapia génica. CIEMAT, CC BY

Estamos ante un hito histórico: el primer medicamento de terapia génica completamente diseñado a partir de investigación pública española y con aprobación acelerada de la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA).

LLamado marnetegragene autotemcel, KRESLADI, por su nombre comercial, está indicado para tratar la deficiencia grave de adhesión leucocitaria tipo I (LAD-I), una enfermedad rara que afecta desde el nacimiento a niños y niñas con un sistema inmunitario incapaz de responder adecuadamente frente a las infecciones. Rocket Pharmaceuticals asumió el desarrollo de la terapia, la fabricación, el desarrollo clínico, el área regulatoria y la comercialización.

A día de hoy, y tras una única aplicación, nueve niños participantes del primer ensayo clínico con KRESLADI han superado la enfermedad.

Para las familias, el tratamiento ha supuesto un cambio radical en sus vidas, que antes giraban en torno a la dolencia, las visitas al médico y el miedo constante a las infecciones, preparándose para lo peor. Ahora, sus hijos van a la escuela, practican deporte, pueden hacer cosas tan sencillas como llevar pendientes y, simplemente, disfrutan de ser niños.

Niños que no pueden combatir infecciones

LAD-I es una inmunodeficiencia primaria. Impide que los glóbulos blancos salgan de la sangre y migren a los tejidos para combatir infecciones. Al no luchar contra ellas, se agravan hasta el punto de poder ocasionar la muerte de los niños. Aproximadamente afecta a una de cada millón de personas, con unos 300 a 350 casos a nivel mundial. La mayor incidencia se registra en países como India, Irán, Estados Unidos y Reino Unido, y en las formas graves, la mayoría de los pacientes fallece antes de los 2 años por infecciones si no reciben un trasplante de médula ósea.

Nada más nacer, los bebés afectados se enfrentan a posibles infecciones en el cordón umbilical (onfalitis), que en los casos más severos puede llegar a resultar letales. Superados los primeros meses de vida, sufren numerosos tipos de infecciones severas en la boca (periodontales), en los oídos (otitis), infecciones del tracto respiratorio (neumonías) o infecciones y úlceras de la piel y en las mucosas. No pueden llevar una vida normal, ir a la guardería o al colegio, pues es un riesgo que estas familias no se pueden permitir.

Un medicamento de una sola dosis

Hasta que apareció KRESLADI, las opciones terapéuticas eran muy limitadas. Por el momento, está disponible en Estados Unidos para pacientes con un diagnóstico genético de LAD-I confirmado, y que no tengan un hermano compatible para ser donante de médula ósea.

La administración de la terapia consiste en la infusión intravenosa de una única dosis del medicamento. Los pacientes ingresan en el hospital en dos ocasiones durante todo el proceso. Primero lo hacen unas dos semanas para la colecta de las células madre de su médula ósea, que se usarán en el laboratorio para generar el medicamento. Tras corregir el defecto en las células madre obtenidas, los niños regresan al hospital, durante algunas semanas, para recibir la infusión de las células corregidas, y permanecer vigilados.

Como apuntábamos más arriba, nueve niños pertenecientes a siete familias han recibido esta terapia durante el ensayo clínico. Según los datos disponibles, todos están vivos y han experimentado una remisión muy significativa de los síntomas: el seguimiento confirma la curación de la enfermedad. Todos serán observados durante 15 años para confirmar la eficacia y seguridad de la terapia génica.

En qué consiste la enfermedad

Para entender la enfermedad, hay que imaginarse el sistema inmunitario como un equipo de emergencia que debe desplazarse rápidamente hasta el lugar donde aparece una infección. En las personas con LAD-I, ese equipo existe, pero no puede llegar a su destino.

Los leucocitos, células fundamentales del sistema inmunitario, necesitan salir de los vasos sanguíneos para alcanzar los tejidos infectados y combatir los microorganismos que causan la enfermedad. Para hacerlo utilizan un mecanismo que depende de varias proteínas situadas en su superficie. Entre ellas se encuentra la proteína CD18, que en las personas personas con LAD-I no funciona correctamente o incluso no se produce. Como consecuencia, los leucocitos quedan atrapados en el torrente sanguíneo y no pueden acceder a los lugares donde son necesarios para combatir las infecciones.

Del laboratorio a un medicamento

Convertir un descubrimiento científico en un medicamento es un proceso largo, complejo y con elevados requisitos de seguridad y eficacia. Son necesarios años de investigación básica, estudios preclínicos, ensayos clínicos y evaluaciones regulatorias antes de que una nueva terapia pueda llegar a los pacientes.

En el caso de KRESLADI, ese recorrido comenzó hace 17 años en España, en la Unidad de Innovación Biomédica del CIEMAT, en colaboración con el CIBER de Enfermedades Raras y el Instituto de Investigación Sanitaria de la Fundación Jiménez Díaz. Durante años, los investigadores trabajaron en el desarrollo de una estrategia de terapia génica capaz de corregir el defecto genético responsable de la enfermedad.

El trabajo de 17 años de investigación

El trabajo de investigación que desarrollamos en CIEMAT comenzó con lo que se denomina “prueba de concepto”.

En una placa de cultivo se lleva a cabo la corrección genética de células que carecen del gen responsable de producir la proteína CD18. La demostración de que somos capaces de corregir ese defecto genético, detectar la presencia de esa proteína en las células y comprobar que es capaz de cumplir su función fue solo el primer paso.

Tras la prueba de concepto in vitro, en la placa de cultivo, lo probamos en modelos de ratones con LAD-I. Estos ratones se sometieron a un proceso similar a lo que se pretendía hacer en humanos. Extraer células madre hematopoyéticas, corregir el defecto genético en el laboratorio e infundir de nuevo esas células corregidas en los ratones enfermos para confirmar que habíamos corregido los síntomas.

Estos experimentos requieren de muchísimos años de trabajo y técnicas muy complejas para confirmar la presencia y la funcionalidad de las proteínas.

Una vez confirmada la eficacia de la terapia, los esfuerzos se centran a partir de este momento en los estudios de toxicidad y seguridad, que suponen el uso tanto de modelos animales como modelos celulares y que llevan una gran cantidad de trabajo para demostrar que la estrategia elegida será segura para el paciente.

Finalmente demostramos que este proceso utilizado a pequeña escala se puede llevar a cabo a gran escala, con muchas más células y en condiciones de buenas prácticas de fabricación.

Antes de la infusión de las células corregidas, el paciente recibe un tratamiento de acondicionamiento destinado a preparar la médula ósea para recibir las nuevas células corregidas del defecto genético. Una vez implantadas, estas células pueden generar leucocitos capaces de producir la proteína CD18 y recuperar su capacidad para desplazarse hasta los focos de infección.

El procedimiento de infusión dura solo unos minutos aunque requiere la hospitalización del paciente, generalmente alrededor de un mes hasta que se confirma que las células infundidas han “anidado” correctamente y generan leucocitos libres de la enfermedad.

Los estudios clínicos que han permitido la comercialización de este medicamento de terapia génica se desarrollaron en el Hospital del Niño Jesús, y los hospitales pediátricos de la University College de Londres y el Children Hospital de Los Ángeles.

Investigación en enfermedades raras en España

Como ocurre con muchos proyectos biomédicos, el avance fue progresivo. En 2016, la tecnología fue licenciada a la compañía estadounidense Rocket Pharmaceuticals, que asumió el desarrollo clínico internacional de la terapia y posteriormente presentó la solicitud de autorización ante la FDA, que finalmente concedió.

El desarrollo de esta terapia es también un ejemplo de la capacidad de la investigación biomédica española para generar avances con impacto internacional. La colaboración entre centros de investigación, hospitales, redes científicas y empresas biotecnológicas ha permitido que un proyecto nacido en España llegue a convertirse en un medicamento autorizado para una enfermedad rara de extrema gravedad.

El reto ahora es consolidar este modelo para que más pacientes con enfermedades raras puedan beneficiarse en el futuro de terapias avanzadas desarrolladas a partir de la investigación científica.


En la redacción de este artículo ha participado Elena Almarza Director, exinvestigadora del CIEMAT, que ahora trabaja como Senior Principal Scientist, Analytical Sciences and Cell Processing Developmentes en Rocket Pharma. Ha recibido beneficios de la empresa en forma de nómina y acciones de la empresa.


The Conversation

Juan Bueren Roncero ha sido consultor de Rocket Pharma. Ha recibido honorarios, financiación para investigación y opciones de acciones de la empresa.

– ref. Así funciona la terapia génica española que se administra una sola vez y ha cambiado la vida de nueve niños – https://theconversation.com/asi-funciona-la-terapia-genica-espanola-que-se-administra-una-sola-vez-y-ha-cambiado-la-vida-de-nueve-ninos-278687

La futura taza de café, hecha de maíz y conchas de cangrejo

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Petronela Chovancova, Ingeniera de investigación en materiales, IMDEA MATERIALES

StreetOnCamara_Comeback/Shutterstock

La próxima vez que abra un yogur, retire la película de una bandeja de comida preparada o tire un vaso de café desechable, deténgase un momento a considerar dónde acabará ese objeto. En la mayoría de los casos, la respuesta honesta es: seguirá aquí, de una forma u otra, mucho después de que todas las personas que leen esta frase hayan desaparecido.

Durante la mayor parte de la historia de la química sintética, el objetivo fue la permanencia: crear materiales que nunca se corroieran, degradaran ni cambiaran. De ahí la “eternidad” de nuestro café para llevar. Sin embargo, los materiales avanzados biodegradables invierten completamente esa lógica, convirtiendo la capacidad de desaparecer de forma limpia en una característica diseñada en lugar de un fallo del material.

La naturaleza resolvió esto hace miles de millones de años, asegurando que cada molécula orgánica acabe siendo reciclada y devuelta al ecosistema. Con el apoyo de la ciencia automatizada para acelerar su formulación y descubrir las mezclas sostenibles perfectas, materiales humildes como el maíz, las conchas de cangrejo y la pulpa de madera van a convertirse en los materiales autodegradables más importantes del próximo siglo.

Soluciones a un problema global

Los plásticos convencionales, como el polipropileno, el PET y el poliestireno, son materiales increíblemente duraderos. Esa durabilidad es precisamente lo que los hace útiles y, al mismo tiempo, lo que los convierte en un problema global.

Producimos alrededor de 400 millones de toneladas de plástico cada año, y la mayor parte seguirá aquí dentro de siglos. Este es, posiblemente, el principal problema de los plásticos: su notable durabilidad es también la causa de impactos negativos significativos en el medio ambiente y en los organismos vivos, ya que no se recicla el 100 % de los residuos plásticos producidos.

Como resultado, se van descomponiendo gradualmente en partículas cada vez más pequeñas, dando lugar a lo que conocemos como microplásticos. Por ello, es necesario replantear el uso de los plásticos dentro de un marco plenamente integrado de economía circular.

Materiales hechos para desaparecer

Pero ¿y si pudiéramos diseñar materiales con todas las propiedades útiles de los plásticos, como la capacidad de ser moldeados, recubiertos, formados en películas o cargados con compuestos activos, pero que estén diseñados para desaparecer de forma segura cuando hayamos terminado de usarlos?

Esta es la promesa central de los materiales sostenibles y biodegradables, uno de los temas clave introducidos en el informe de revisión basado en la evidencia SAPEA Evidence Review Report on Advanced Materials.

En teoría, “biodegradable” significa que un material puede ser descompuesto por organismos vivos, principalmente bacterias y hongos, en sustancias más simples como agua, dióxido de carbono y biomasa. En la práctica, rara vez es tan simple.

Un obstáculo importante es que “biodegradable” no significa automáticamente “compostable”. Muchos bioplásticos avanzados no se descomponen en una compostera doméstica, ya que requieren el calor intenso y la humedad controlada de instalaciones industriales; mientras que otros sí se degradan bien en suelo abierto o en agua. Navegar estas diferencias convierte la gestión del final de la vida de un producto en un complejo rompecabezas químico.

El maíz y los cangrejos

Para resolver esto, los científicos están explorando una biblioteca, bastísima y en crecimiento, de polímeros de base biológica y biodegradables. Estos materiales van desde proteínas y polisacáridos de origen natural hasta biopolímeros producidos sintéticamente a partir de materias primas agrícolas renovables. La diversidad estructural y química dentro de esta biblioteca es inmensa, ofreciendo un número casi infinito de formas de diseñar nuevas propiedades de los materiales. Sin embargo, navegar este enorme espacio para encontrar las combinaciones adecuadas es una tarea monumental.

Considérense tres ejemplos comunes: el poli(ácido láctico) (PLA), fermentado a partir de azúcares vegetales como el maíz; la celulosa, obtenida de la pulpa de madera; y el quitosano, extraído de caparazones de crustáceos como los cangrejos.

Imitar la transparencia y la robustez del plástico

Cada uno de estos componentes ofrece ventajas estructurales únicas y complementarias. El PLA imita la transparencia, rigidez y resistencia de procesamiento de los envases convencionales basados en petróleo. La celulosa proporciona un refuerzo mecánico robusto y ligero, actuando como una estructura de soporte resistente. Mientras tanto, el quitosano aporta barreras antimicrobianas naturales y cargas superficiales únicas que interactúan dinámicamente con su entorno.

Aunque estas materias primas son completamente renovables y altamente ajustables por sí solas, combinarlas en compuestos funcionales y sostenibles ha requerido históricamente un agotador proceso de prueba y error manual. Debido a que estos biopolímeros pueden combinarse en miles de variaciones químicas diferentes, cada una requiriendo proporciones precisas de polímeros, plastificantes y nanorrellenos, encontrar la receta perfecta para la sostenibilidad ha sido un gran cuello de botella en la investigación.

La ciencia de polímeros tradicional depende de pruebas por lotes lentas y manuales, lo que introduce variabilidad humana, limita el volumen de datos recopilados y restringe nuestra comprensión de cómo envejecen estos materiales.

Aquí es precisamente donde la automatización de laboratorios de alto rendimiento cambia el paradigma.

Uso de robots

brazo robótico haciendo mezclas de distintos elementos de colores
Un brazo robótico distribuye pellets de polímero desde un carrusel de multimateriales.
Lucía Echevarría Pastrana/IMDEA Materiales, CC BY

En lugar de que un científico mezcle y pruebe manualmente una única receta durante días, los flujos de trabajo robotizados pueden formular, combinar y evaluar simultáneamente cientos de composiciones de materiales distintas.

Estos sistemas automatizados registran cómo estas formulaciones variables responden a la humedad, la temperatura y el estrés mecánico en tiempo real. Tal aceleración robótica permite formular, evaluar y mapear rápidamente las vías mecanicistas precisas mediante las cuales se degradan los plásticos compuestos.

Al mapear sistemáticamente estos enormes conjuntos de datos limpios, la automatización elimina la variabilidad humana y reduce la brecha entre el descubrimiento académico a escala de laboratorio y el estricto control de calidad requerido para la fabricación industrial.

Esto nos permite evitar décadas de ensayo y error y localizar rápidamente las composiciones exactas de bioplásticos optimizadas que ofrecen la máxima durabilidad durante la vida útil de un producto, pero conservando una arquitectura molecular vulnerable que desencadena una descomposición rápida y fiable cuando entran en el medio ambiente.

El vaso de café del futuro dejará de ser eterno.

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Petronela Chovancova no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La futura taza de café, hecha de maíz y conchas de cangrejo – https://theconversation.com/la-futura-taza-de-cafe-hecha-de-maiz-y-conchas-de-cangrejo-285515

¿Es la adicción a las drogas una enfermedad crónica?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Fernández-Artamendi, Doctor en Psicología. Profesor Titular. Grupo de Investigación Psychology of Addictions and Mental Health (PSYAMH). Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico. Universidad de Sevilla, Universidad de Sevilla

“Un estado de completo bienestar físico, mental y social; y no la mera ausencia de enfermedades”: esta es la definición que la Organización Mundial de la Salud (OMS) hace de “salud”, a falta de una definición consensuada de “enfermedad”.

Más allá de la OMS, el Diccionario de la Real Academia nos dice que esta última es “un estado producido por la alteración de la función de uno de sus órganos o de todo el organismo”. Para el National Cancer Institute estadounidense, se trata de una “alteración que afecta la estructura o el funcionamiento de una parte o la totalidad del cuerpo”. Y en la misma línea, la Real Academia Nacional de Medicina la describe como “alteración estructural o funcional del organismo que origina la pérdida de la salud”.

Como se puede observar, un punto en común de estas definiciones es considerar la enfermedad como alteración de un órgano o del organismo. Aquí podríamos ubicar fácilmente la diabetes o el alzhéimer, por ejemplo, pero ¿qué ocurre con los problemas de salud mental?

La base orgánica de los problemas mentales

Desde inicios del siglo XX, parte de la psiquiatría considera que dichos problemas son entidades de base orgánica o fisiológica. Esta tendencia surge como consecuencia de una euforia tras diversos éxitos farmacológicos en la curación de dolencias con síntomas de salud mental, como la sífilis.

Así, nos enfrentaríamos a patologías provocadas por la alteración del órgano responsable de la psique: el cerebro. Para poder “revertir” dichas enfermedades, debe revertirse la alteración orgánica que la causa. Y si esto no es posible, la enfermedad se considera crónica.

¿Enfermedad o problema psicosocial?

Según este modelo, la adicción es una enfermedad que se produce por la alteración del cerebro, causada por una sustancia psicoactiva (droga). La hipótesis principal es que el consumo de esas sustancias altera el sistema de recompensa cerebral, deteriorando su funcionamiento y provocando la adicción.

Como consecuencia, el cerebro de la persona adicta estaría enfermo y, al no poder revertirse su causa original (orgánica), permanecerá enfermo para siempre. Incluso aunque sus síntomas principales remitan (si se logra la abstinencia), el cerebro seguirá estando enfermo. Las recaídas serían una prueba de ello.

Este modelo reduccionista equipara la adicción y otros problemas psicológicos a dolencias como la diabetes, con causa orgánica conocida, y cuyos síntomas pueden “remitir” sin desaparecer la enfermedad. Esto equivale a focalizar exclusivamente en el cerebro el problema de la adicción.

No obstante, si bien el cerebro es clave en la vulnerabilidad a la adicción y en los efectos de la droga, se obvian factores como el aprendizaje, las expectativas, los pensamientos, el comportamiento o el contexto social y cultural. Porque, lejos de ser una enfermedad, la adicción es un problema biopsicosocial en cuya génesis participan factores biológicos, psicológicos y sociales.

¿Qué hay de la cronicidad?

Los problemas psicológicos, como la adicción, son formas de sufrimiento y responden a patrones de comportamiento aprendidos, con una función determinada y en un contexto específico.

La adicción se mantiene porque tiene para la persona una función, como la obtención de placer o la evitación. A menudo, el propio deterioro psicológico y social producto de la conducta adictiva refuerza la necesidad de dicha conducta.

Por tanto, si entendemos por “crónico” un problema de larga duración o incurable, los problemas de adicción no son crónicos per se. Como tampoco lo son la depresión, la ansiedad o la psicosis.

Así, con un tratamiento y seguimiento adecuados, las personas con problemas adictivos pueden dejar de consumir y, en algunos casos, recuperar patrones de consumo no problemáticos con el tiempo.

¿Por qué entonces hay recaídas?

Las recaídas suponen la vuelta al consumo o al consumo problemático tras un periodo de abstinencia o recuperación. Son parte del proceso y, desde la psicología, sabemos que los procesos de aprendizaje hacen probable la vuelta a patrones de conducta problemáticos, tanto de uso de sustancias como de malestar psicológico.

La persona que ha experimentado una adicción será más vulnerable a volver a experimentar un problema similar, ya sea con esta o con otra sustancia. En algunos casos, esto puede llevar incluso a una “cronificación” del problema.

Sin embargo, las recaídas son comunes también a otros problemas psicológicos. Quienes se recuperan de una depresión, por ejemplo, tienen mayor probabilidad de volver a experimentarla en el futuro. Esto no implica que sea crónica, ni tampoco que alguien esté “deprimido” para siempre, incluso cuando ya no experimenta tristeza.

Lejos de ser una muestra de organicidad –es decir, como un síntoma inevitable– o cronicidad, las recaídas son producto de una vulnerabilidad biopsicosocial. Además de los componentes biológicos, existe una vulnerabilidad a patrones de comportamiento y situaciones de riesgo. Son estos patrones, junto con los contextos internos (como los pensamientos o emociones) y externos (como situaciones sociales o lugares concretos) los que provocan las recaídas.

La recuperación

Por todo ello, para la recuperación en adicciones puede ser necesaria la asistencia psicológica y sanitaria. El tratamiento consiste en ofrecer espacios de rehabilitación integrales que no solo busquen la “remisión de los síntomas”, sino que logren la recuperación y el bienestar de la persona, para alcanzar ese estado de “salud” que definíamos al principio.

En este contexto, la concepción de la adicción como enfermedad crónica supone una visión reduccionista de la salud mental que estigmatiza a la persona, le despoja de su autonomía y se olvida del rol central que juegan el contexto y los pensamientos y emociones que disparan este comportamiento.

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Sergio Fernández-Artamendi no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Es la adicción a las drogas una enfermedad crónica? – https://theconversation.com/es-la-adiccion-a-las-drogas-una-enfermedad-cronica-282876

La diáspora venezolana ante el terremoto: dolor, acción solidaria y empatía

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Nieves Fernández Rodríguez, Profesora y coordinadora de la Cátedra de Migraciones y Derechos Humanos, Universidad Nebrija

Fotografía tomada enuna calle de Caracas el pasado 26 de junio. ttanni/Shutterstock

“Espera, Nieves, hay un terremoto en Venezuela”. Gabriela, una colega venezolana, interrumpió nuestra conversación telefónica al llegar las primeras noticias. Estaba en Berlín y, como acaba de ser madre, llevaba varios días durmiendo a deshoras. Pero el cansancio desapareció de golpe.

En cuestión de minutos, los grupos de la diáspora venezolana en Colombia con los que trabajo comenzaron a llenarse de mensajes de angustia y preguntas. A miles de kilómetros de allí, en Madrid, Aleja despertó y vio los primeros titulares en el teléfono. Pensó que sería un temblor más: “Allá tiembla a cada rato”. Pero pronto comprendió la verdadera dimensión de la tragedia.

Con los ojos en el país

Como ellas, cerca de ocho millones de venezolanos observan desde fuera de su país la devastación causada por los dos terremotos de la pasada semana, de magnitudes 7,2 y 7,5, que han golpeado con especial dureza al estado de La Guaira, así como a otras zonas del norte del país y a la propia Caracas. Para muchos venezolanos como Gabriela, esta nueva tragedia en el estado La Guaira (que hasta 2019 se llamó Vargas) evoca el recuerdo del deslave de Vargas de 1999. Sus familiares, que habían sobrevivido entonces, vuelven a enfrentarse hoy a la pérdida y la reconstrucción.




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Amigos y conocidos contenían la respiración mientras intentaban contactar desesperadamente con sus familiares para asegurarse de que estaban a salvo. Para algunos, como Gabriela, la incertidumbre dio paso a noticias todavía más dolorosas: seres queridos fallecidos y heridos graves. Otros, como María, contemplan con impotencia cómo un país que abandonaron –en muchos casos contra su voluntad– y que añoran, vuelve a enfrentarse a una tragedia.

“El pecho duele. Y sé que millones estamos fuera con el mismo sentir”, explica María.

Fotografía de un desastre

Desde el miércoles, el número de víctimas mortales no ha dejado de aumentar: entre el sábado y el domingo pasó de 920 a 1 450, según fuentes del gobierno venezolano, mientras miles de personas continúan desaparecidas, por lo que es previsible que la cifra siga creciendo.

Esto sucede en un país cuyas instituciones y servicios públicos llevan años sometidos a una profunda crisis: hospitales con recursos limitados e infraestructuras vulnerables en un territorio situado entre las dos placas tectónicas con mayor actividad de Sudamérica.

La actuación del Estado, ahora tutelado por el gobierno de Estados Unidos, ha sido objeto de duras críticas, mientras organizaciones de la sociedad civil, redes vecinales y voluntarios han asumido un papel central en las labores de rescate y asistencia.

“Qué difícil es ser venezolano” es, según María, una de las frases que más se repite en la diáspora. Y, sin embargo, la resiliencia de la población se ha convertido en uno de sus principales recursos frente a la adversidad.

La infatigable diáspora venezolana

La diáspora también se ha movilizado sin descanso. En apenas unas horas han surgido cientos de iniciativas. El colectivo Hacha y Machete ha creado una aplicación para determinar si edificios y viviendas pueden seguir siendo habitables y cuáles representan un riesgo para la población. Transparencia Venezuela ha difundido recomendaciones concretas para garantizar que las donaciones lleguen a quienes más lo necesitan y evitar prácticas corruptas o el desvío de recursos. Y medios de comunicación como Soy Arepita se han convertido en una fuente esencial para combatir la desinformación y mantener actualizada a la diáspora sobre lo que sucede sobre el terreno.

A ello se suma el compromiso personal de muchos exiliados. Lorent Saleh, activista y antiguo preso político, o la propia María Corina Machado, líder de la oposición, han anunciado que regresaran a Venezuela para participar en las labores humanitarias pese a la incertidumbre y la falta de garantías. Restaurantes venezolanos en Bogotá, Madrid y Miami funcionan como centros de acopio, asociaciones de migrantes coordinan campañas solidarias y miles de personas contribuyen desde la distancia con recursos, contactos o trabajo voluntario.

Se trata de una ola de solidaridad transnacional que revela hasta qué punto los vínculos con el país de origen permanecen vivos tras años de exilio y migración forzada, como han mostrado ampliamente las investigaciones sobre diásporas.

Política vs. fuerzas naturales

Todo eso contrasta con el progresivo debilitamiento de la atención internacional hacia Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de este año y la colaboración del gobierno estadounidense con la actual presidenta Delcy Rodríguez.

En España, el pasado 12 de junio se eliminó la vía extraordinaria de residencia por razones humanitarias para los venezolanos con motivo de la entrada en vigor del Pacto de Migración y Asilo de la Unión Europea. Sin embargo, la tragedia actual demuestra hasta qué punto estas vías siguen siendo necesarias.

A pesar de algunos avances como la liberación de centenares de presos políticos, 389 continúan encarcelados, se han producido nuevas detenciones y sigue sin concretarse la celebración de elecciones libres. Tampoco la recuperación económica ha resuelto la crisis social: el FMI prevé un crecimiento del 4 % en 2026, pero la inflación continúa por encima del 380 %.

Por este motivo, la respuesta a esta catástrofe exige no solo ayuda humanitaria inmediata, sino también un renovado compromiso internacional con la reconstrucción institucional y económica del país.

Lejos pero solidarios

Mientras tanto, los venezolanos siguen sosteniéndose unos a otros. Hace unos días, María se cruzó con una mujer por la calle que escuchaba noticias sobre el terremoto en altavoz y le preguntó: “¿Señora, usted es venezolana?”. No tuvo que responder: la señora rompió a llorar y se abrazaron.

En momentos como este, cuando la distancia y la impotencia pesan, la diáspora recuerda que el exilio no solo significa ausencia, sino también comunidad, solidaridad y la certeza de que, incluso lejos de casa, nadie está completamente solo.

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Nieves Fernández Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. La diáspora venezolana ante el terremoto: dolor, acción solidaria y empatía – https://theconversation.com/la-diaspora-venezolana-ante-el-terremoto-dolor-accion-solidaria-y-empatia-286399

¿Inglés para todos? El sesgo urbano de la enseñanza bilingüe

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Alberto Álvarez-Sotomayor, Profesor del Departamento de Ciencias Sociales, Filosofía, Geografía y Traducción e interpretación, Universidad de Córdoba

DenisProduction.com/Shutterstock

Durante las dos últimas décadas, los programas bilingües español-inglés se han expandido ampliamente en España. Uno de sus objetivos era democratizar el aprendizaje del inglés, haciéndolo más accesible a todo el alumnado, independientemente de su clase social o de su lugar de residencia. ¿Se está logrando este objetivo?

En el caso de Andalucía, hemos podido observar cómo en la inmensa mayoría de los municipios de más de 50 000 habitantes existen fuertes desigualdades de acceso, tanto socioeconómicas como en función del barrio de residencia de las familias. En una nueva investigación realizada sobre el conjunto de esta comunidad autónoma revelamos otra importante desigualdad territorial: los centros bilingües están mucho más presentes en las ciudades y grandes municipios que en las zonas rurales.

La brecha entre ciudad y campo

Cuando hablamos de desigualdades educativas solemos pensar, sobre todo, en las existentes entre estudiantes de diferentes niveles socioeconómicos o en aquellas que afectan al alumnado con necesidades educativas especiales. Sin embargo, el tipo de hábitat (urbano/rural) condiciona también las oportunidades educativas.

Esto es especialmente relevante en el aprendizaje de idiomas. Aunque los datos disponibles en España son muy limitados, los que tenemos apuntan en este sentido. Por ejemplo, según la Encuesta sobre Educación de Adultos de 2022 de Eurostat, tanto el número de idiomas que conoce la población española como su nivel de inglés se ven muy positivamente influidos por el grado de urbanización de su lugar de residencia.




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Precisamente por ello se proclamaba que los programas bilingües podrían desempeñar un papel importante para reducir esa desventaja. Al desarrollarse en centros sostenidos públicamente supondrían, a priori, una oportunidad más transversal de acceder a un mayor aprendizaje del inglés. Sin embargo, nuestros resultados sugieren que ocurre lo contrario. Al menos, en el caso andaluz.

Concentración en los municipios más grandes

En nuestro estudio analizamos todos los centros andaluces que imparten primaria (más de 2 500) o ESO (más de 1 600) en esta comunidad. Los datos muestran una pauta muy clara: cuanto mayor es el tamaño del municipio, mayor es la probabilidad de que los centros ofrezcan enseñanza bilingüe.

En primaria, aproximadamente la mitad de los centros situados en el 20 % de los municipios más poblados son bilingües. En cambio, en el 50 % de los municipios menos habitados esta proporción ni siquiera alcanza el 20 %. La situación es similar en la ESO: mientras que en las ciudades y grandes municipios la enseñanza bilingüe es mayoritaria, en la mayoría de los municipios pequeños continúa siendo una excepción.

Por tanto, en las zonas rurales la enseñanza de la lengua de Shakespeare en estas etapas se restringe, fundamentalmente, a la asignatura de inglés. Como consecuencia, el alumnado de estas zonas tiende a estar menos expuesto en clase a este idioma.

Las “zonas ciegas” del bilingüismo escolar

La expresión máxima de esta desventaja la constituyen las que hemos denominado “zonas ciegas” del programa bilingüe. Con este término nos referimos a áreas en las que esta política no llega o apenas lo hace. Los análisis geográficos nos han permitido detectarlas y comprobar que abarcan a menudo zonas muy extensas, comarcas enteras o gran parte de ellas.

Coinciden habitualmente con zonas rurales de interior: Los Vélez en Almería, la Sierra de Cádiz, Los Pedroches en Córdoba, el valle de Lecrín en Granada, la Cuenca Minera de Huelva, gran parte de la sierra de Segura y sierra Mágina en Jaén, la serranía de Ronda en Málaga, o la sierra Norte de Sevilla.

¿Por qué ocurre?

Aunque la explicación total a esta brecha es compleja y multifactorial y se escapa del ámbito de nuestro estudio, hemos podido contrastar varias hipótesis asociadas a factores de oferta y de demanda escolar.

En las zonas rurales, con menos alumnado potencial y una oferta educativa más limitada, los centros están expuestos a una menor presión competitiva. Esto deriva en menos incentivos para tener que diferenciarse y competir dentro de sus mercados escolares locales por medio, en este caso, de la participación en una iniciativa de la complejidad del programa bilingüe.




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En lo referente a la oferta escolar en estas zonas, especialmente importante para entender esta brecha urbana-rural es conocer la existencia de una segunda brecha: la público-concertada. En Andalucía, la red pública tiende a ofrecer la enseñanza bilingüe en mucha menos medida que la privada-concertada, la cual está ampliamente representada en las zonas urbanas y escasamente presente en las rurales.

Reducir o reproducir desigualdades

Este sesgo urbano del programa bilingüe supone un nuevo elemento de desigualdad educativa para el ámbito rural. Las familias que viven en él cuentan con muchas menos posibilidades (a veces nulas) de escolarizar a sus hijos e hijas en un centro bilingüe.

Al margen de otros debates sobre este modelo educativo, una distribución tan desigual de la oferta contribuiría a ampliar la brecha entre el mundo urbano y el rural en el aprendizaje del inglés. La relevancia de esta desigualdad no es menor, al ser el inglés una competencia cada vez más relevante laboral y socialmente.




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Esa desventaja se suma a la menor disponibilidad de otros recursos para aprender idiomas en las zonas rurales, como las academias especializadas o las derivadas de la brecha digital. Reconocer esta realidad es el primer paso. El siguiente, que las administraciones y la comunidad educativa puedan reflexionar sobre cómo corregir estas desigualdades.

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El proyecto investigación bajo el que se ha realizado este estudio (PID2021-127801OA-I00) ha sido financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación y por FEDER, UE

– ref. ¿Inglés para todos? El sesgo urbano de la enseñanza bilingüe – https://theconversation.com/ingles-para-todos-el-sesgo-urbano-de-la-ensenanza-bilingue-285025