El 15 de mayo llega a las salas de cine españolas un nuevo musical basado en la reconocida novela El beso de la mujer araña, del escritor argentino Manuel Puig. Esta producción, dirigida por Bill Condon y protagonizada por Tonatiuh Elizarraraz y Diego Luna, se suma a las múltiples versiones que la novela inspiró tras su publicación en 1976.
Entre ellas se encuentran propuestas independientes que siguen proliferando en la actualidad, pero también la obra de teatro escrita por el propio Manuel Puig, la imprescindible película de 1985 dirigida por Héctor Babenco o el musical estrenado en Londres en 1992 y en Broadway en 1993 (en el que se basa este nuevo filme).
No cabe duda de que la historia de Molina y Valentín sigue seduciendo a lectores, directores, guionistas y espectadores.
Saltos del tiempo y narrativas
Como ocurre en toda adaptación, cambiar de formato implica traicionar parte del material original. A lo largo de los años, cada acercamiento ha reinterpretado distintos elementos según las posibilidades de su propio lenguaje.
En la adaptación actual, quizá la modificación más significativa sea la temporal. Si la historia narrativa transcurría en 1975, la apuesta de Condon sitúa el inicio de la acción en mayo de 1983, unos meses antes de la caída del régimen militar argentino y de la liberación de, entre otros grupos, artistas, estudiantes, activistas y periodistas encarcelados durante la dictadura. El cambio no es menor: que los acontecimientos se sitúen en este momento condiciona la mirada de la película sobre los personajes y el futuro que les espera.
Tampoco el universo fílmico de la novela escapa a la inevitable alteración. La cotidianidad de los veintidós días que Molina –un homosexual detenido por “corrupción de menores”– y Valentín –un preso político– comparten en la misma celda estaba acompañada originalmente por las seis películas que Molina reconstruía y relataba a Valentín para combatir el encierro.
En la primera versión cinematográfica se seleccionó Destino como único film, inventado por Puig expresamente para la novela. En este retorno a la pantalla, en cambio, Molina le cuenta a Valentín un musical con ecos de La mujer pantera, la primera que, en el libro, inicia la costumbre de relatar las historias que Molina ha visto en la sala. En la narración, Jennifer López interpreta a Aurora, la directora de la revista de moda Charm, la más famosa de Sudamérica. En su búsqueda del amor verdadero cobrarán protagonismo Armando y Kendall –trasuntos de Valentín y Molina–.
La inclusión del musical cinematográfico dentro de la propia película lleva a los dos presos a tratar los mismos temas que la novela proponía: el deseo, la construcción de una identidad a veces contradictoria, la dignidad, la homosexualidad, la necesidad de imaginar otros mundos para sobrellevar la privación de libertad, los amores a contracorriente, etc. Quienes conocen la novela comprobarán con satisfacción que la reducción en el número de filmes, lejos de suponer una condensación simplificadora, reorganiza las líneas temáticas sin abandonar los conflictos principales.
Quizá el conflicto que más sobresale es la homosexualidad. Manuel Puig introdujo en el libro notas a pie de página que contenían los discursos médicos y psicológicos más extendidos de entonces sobre el tema. Se utilizan ahora solo dos apuntes de dichas notas, uno verbalizado por Valentín y el otro por Molina. La selección es breve, pero reafirma la carga crítica del autor y resulta lo suficientemente llamativa como para no pasar desapercibida para el espectador.
También los personajes secundarios conservan su esencia narrativa, así como la mujer araña, quien, fundida ahora parcialmente con la mujer pantera, mantiene su valor simbólico. Y el mismo efecto producen los protagonistas: a pesar de que la personalidad de cada uno está más definida desde el principio, permanece fiel a la que Manuel Puig concibió.
El vínculo entre los personajes
Donde la adaptación demuestra una verdadera fidelidad es en la relación que se forja entre Valentín y Molina. Más allá de las diferencias ideológicas que al inicio los separaban, la fuerza emocional de la obra nace del vínculo que ambos construyen en un espacio marcado por la violencia, la represión y la vigilancia.
Buena parte de esta fuerza reside en la manera en que cada personaje logra, gracias a la influencia del otro, desprenderse de ideas que parecían inamovibles. Por ello, el mayor riesgo que entraña adaptar una historia tan profundamente íntima y humana como esta es deformar el espíritu que la hizo inolvidable.
Sin embargo, la propuesta de Condon, cincuenta años después de la publicación de la novela, no solo lo mantiene intacto, sino que encuentra nuevas formas de explorar las emociones que encendió aquella primera lectura, recordándonos por qué seguimos regresando, eternamente, a ese beso de la mujer araña.
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Laura Martínez Català ha recibido fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España como beneficiaria de una beca predoctoral FPI.
En economía solemos asumir una regla sencilla: cuando suben los precios de las materias primas (petróleo, gas, metales), las monedas de los países que las exportan deberían fortalecerse. Tiene sentido. Si un país vende más caro lo que produce ingresa más divisas, mejora su balanza comercial y su moneda se aprecia.
Pero los acontecimientos de los últimos años han puesto esta lógica patas arriba. La invasión rusa de Ucrania en 2022 o las tensiones actuales en el golfo Pérsico han mostrado un patrón desconcertante: los precios de las materias primas se disparan y, sin embargo, las monedas de muchos países productores no suben. A veces, incluso caen.
En un estudio reciente intentamos entender por qué. Y la clave está en un factor que suele quedar en segundo plano: el riesgo político.
Cuando la teoría deja de funcionar
Durante décadas, la relación entre materias primas y divisas parecía sólida. Países como Canadá, Australia o Noruega veían cómo sus monedas se fortalecían cuando el petróleo o los metales subían de precio. Era un mecanismo casi automático: mejores términos de intercambio, mayores expectativas de crecimiento, más inversión.
Sin embargo, esa relación ya no es tan estable como parecía. El estudio muestra que, en momentos de tensión geopolítica, el vínculo puede debilitarse o incluso invertirse. Eso fue exactamente lo que ocurrió al inicio de la guerra en Ucrania: el petróleo y los productos agrícolas se encarecieron, pero las monedas de varios países exportadores se depreciaron.
La cuestión es que, cuando estalla un conflicto o aumenta la tensión internacional, suceden dos cosas a la vez. Por una parte, los precios de las materias primas suben porque los mercados temen interrupciones en el suministro. Por la otra, el miedo de los inversores también aumenta, y, con él, la prima de riesgo (la rentabilidad adicional que los inversores exigen por comprar activos de riesgo, como monedas o deuda pública, de un país en comparación con otro considerado más seguro).
Ese miedo tiene consecuencias muy concretas pues, cuando se percibe mayor probabilidad de crisis o eventos extremos, los inversores exigen más rentabilidad para asumir riesgos, y parte del capital huye hacia activos refugio como el dólar o los bonos estadounidenses.
El resultado es paradójico: aunque un país exportador gane más por sus recursos naturales, su moneda puede debilitarse si el entorno político se vuelve incierto.
El espejo del presente: tensiones en el golfo Pérsico
Lo que ocurre hoy en el golfo Pérsico, una región esencial para el suministro global de gas y petróleo, encaja perfectamente con este patrón. Cada vez que aumenta la tensión militar en la zona, los mercados anticipan posibles interrupciones y se produce una subida de los precios del crudo. Pero también aumenta la incertidumbre global, por lo que los inversores buscan refugio para su dinero. Y, cuando esto pasa, el dinero no suele quedarse en las monedas de países percibidos como vulnerables, incluso aunque sean ricos en recursos naturales.
Por eso, en el contexto actual no es extraño ver, en pleno boom de precios, se observan depreciaciones en las monedas de los exportadores energéticos.
La prima de riesgo: cuando el miedo pesa más que la economía
En nuestro trabajo conectamos este fenómeno con la teoría de los desastres raros: en tiempos normales los mercados se comportan de forma racional y predecible, mientras que en tiempos de crisis, el miedo domina.
En resumen: en épocas tranquilas, manda el efecto positivo del comercio, y en épocas turbulentas, lo hace la prima de riesgo. Y cuando prevalece la prima de riesgo, la lógica económica clásica deja de ser suficiente.
Este cambio de dinámica tiene implicaciones importantes para distintos actores. En primer lugar, a los inversores ya no les basta con seguir la evolución del precio de las materias primas como el petróleo para anticipar movimientos en los mercados de divisas, porque el riesgo político puede alterar por completo esa relación.
Para los gobiernos, la lección es que la estabilidad institucional y la credibilidad política pueden ser tan valiosas como los propios recursos naturales a la hora de sostener la fortaleza de una moneda.
Y para los analistas geopolíticos, este fenómeno demuestra que los mercados financieros no reaccionan a los conflictos únicamente de forma directa —por ejemplo, mediante subidas en los precios de la energía—, sino también de manera indirecta y más profunda. La incertidumbre política puede alterar relaciones económicas que tradicionalmente parecían estables, como la existente entre las materias primas y las monedas de los países exportadores, transformando las tensiones geopolíticas en episodios de volatilidad económica y financiera.
En un mundo marcado por tensiones crecientes, las relaciones económicas tradicionales ya no funcionan de manera automática.
Más volatilidad
Por lo tanto, el encarecimiento del petróleo o del gas ya no garantiza una moneda fuerte para los países exportadores. En un entorno de incertidumbre global, el riesgo político puede romper ese vínculo y convertir un boom energético en una fuente adicional de volatilidad.
La lección es clara: en los mercados globales, la política pesa tanto como la economía (y a veces mucho más).
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Rivas González, Catedrático de Microbiología. Miembro de la Sociedad Española de Microbiología, Universidad de Salamanca
El crucero llegó a Burdeos procedente de las Islas Shetland, tras hacer escala en Belfast (Irlanda del Norte), Liverpool (Reino Unido) y Brest (noroeste de Francia). En los próximos días tenía previsto parar en Gijón y Bilbao.
De momento han sido notificados alrededor de 50 casos con síntomas de vómitos, diarrea y dolor abdominal. Solo ha fallecido una persona, de 92 años. Aunque sus síntomas coinciden con el brote, las autoridades aún están realizando la autopsia para confirmar si el virus fue la causa directa.
Todo apunta a que el brote ha sido causado por norovirus.
La principal causa de gastroenteritis aguda en el mundo
Este agente infeccioso fue identificado por primera vez en 1968 durante un brote de gastroenteritis aguda en Norwalk (Ohio, EE. UU.), donde se aisló de las heces de pacientes afectados. Por esta circunstancia, en primera instancia recibió el nombre de “virus de Norwalk”.
En la actualidad, se conocen 10 genogrupos y 49 genotipos. La clasificación en genogrupos y genotipos está basada en la diversidad de aminoácidos en dos proteínas, VP1 y ORF1. Las infecciones humanas se deben predominantemente a los genogrupos GI, GII y GIV, siendo el genogrupo GII la causa más común de gastroenteritis.
Los niños y los ancianos son los más afectados
Las infecciones por norovirus son comunes en todo el mundo y, aunque pueden ocurrir durante todo el año, en climas templados la actividad alcanza su punto máximo durante el invierno. La mayoría de los niños habrán tenido al menos una infección antes de cumplir los 5 años.
Los niños, los ancianos y las personas inmunocomprometidas son especialmente susceptibles a desarrollar cuadros graves. En países de bajos ingresos, la mortalidad es común en niños debido a la deshidratación. Por el contrario, en países desarrollados, las muertes ocurren principalmente en ancianos.
El norovirus es muy contagioso y se propaga con mucha facilidad y rapidez a través de personas enfermas y alimentos, agua y superficies contaminadas. Es ampliamente reconocido por su capacidad de provocar brotes rápidos y masivos en lugares cerrados o semicerrados, donde la alta concentración de personas y la convivencia estrecha facilitan la transmisión. Es el caso de hospitales, campamentos, residencias de ancianos o estudiantes, guarderías, escuelas y, en especial, en cruceros.
La infección causa náuseas, dolor abdominal, repentinos vómitos y diarrea grave sin sangre. Otros síntomas incluyen calambres abdominales, náuseas y, en ocasiones, fiebre leve.
El periodo de incubación oscila entre 12 y 48 horas. La enfermedad suele ser autolimitada y la mayoría de los pacientes se recuperan completamente en 1 a 3 días.
El virus de los cruceros
El norovirus representa una amenaza para la industria turística porque tiene un impacto desproporcionado debido a la alta visibilidad mediática. Por esa razón, la prevención y el manejo de brotes de gastroenteritis aguda en cruceros siguen estándares y planes de higiene acordados internacionalmente.
Entre otras medidas, se realiza un cribado previo al embarque, existe un protocolo de vigilancia una vez a bordo y se aísla a las personas infectadas. La aplicación de medidas de higiene ambiental y la educación de la tripulación y los pasajeros sobre el lavado de manos y la notificación de síntomas también son esenciales. En caso de brote, se cierran los restaurantes de autoservicio.
Dado que los humanos son el único reservorio, el riesgo de infección está presente en cualquier lugar donde se preparen alimentos de manera insalubre y puedan contaminarse. Los alimentos fríos listos para el consumo contaminados, por ejemplo, ensaladas, representan un riesgo particular. Los mariscos crudos, especialmente las ostras, son una fuente frecuente de infección porque las partículas virales presentes en el agua contaminada se concentran en el intestino de estos organismos filtradores. El hielo contaminado también se ha relacionado con brotes.
Los criterios de Kaplan son un conjunto de cuatro reglas epidemiológicas utilizadas para determinar si un brote de gastroenteritis aguda tiene una alta probabilidad de haber sido causado por un norovirus, especialmente cuando aún no se dispone de confirmación por laboratorio. Fueron establecidos en 1982 por el Dr. Jeffrey Kaplan y siguen siendo una regla de oro clínica por su alta especificidad.
Para sospechar de un brote por norovirus, se deben cumplir los siguientes puntos:
1. Vómitos en más del 50 % de los casos.
2. Periodo de incubación medio de 24 a 48 horas.
3. Duración media de la enfermedad de 12 a 60 horas.
4. Coprocultivos negativos para patógenos bacterianos comunes.
Cuando se cumplen los cuatro criterios, es muy probable que el brote haya sido causado por norovirus. Sin embargo, alrededor del 30 % de los brotes de norovirus no cumplen estos criterios. Si no se cumplen, no significa que el brote no haya sido causado por norovirus. Dicho de otro modo, que existan lo confirma pero su ausencia no lo descarta.
La hidratacion es el mejor tratamiento
No hay medicamentos específicos para tratar las infecciones por norovirus y tampoco existen vacunas disponibles. En la mayoría de los casos, los síntomas desaparecen por sí solos después de unos días. Sin embargo, es importante mantenerse hidratado para prevenir la deshidratación severa y guardar reposo.
Los casos más graves pueden requerir tratamiento médico para prevenir la deshidratación, especialmente en niños pequeños, ancianos y personas con sistemas inmunológicos debilitados.
El tratamiento de soporte es fundamental para la gastroenteritis por norovirus, especialmente la rehidratación oral o intravenosa. No se recomiendan antidiarreicos ni antieméticos para el manejo rutinario de la gastroenteritis aguda en niños. Los antibióticos no son útiles. En adultos, los antieméticos, medicamentos antimotilidad y antisecretores pueden resultar útiles como complemento de la rehidratación.
Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
El MV Hondius zarpó de Ushuaia (Argentina) el 1 de abril. A los pocos días, un pasajero cayó enfermo. En cuestión de semanas, el viaje se convirtió en el centro de una respuesta sanitaria internacional tras detectarse casos del hantavirus Andes. A principios de mayo, varias personas habían fallecido. A estas alturas, los pasajeros y la tripulación han abandonado el barco, pero muchos se enfrentan ahora a la cuarentena y al seguimiento médico, además de a un intenso escrutinio público.
En definitiva, para los afectados la amenaza no es solo médica: también es psicológica. Los hantavirus son una familia de virus que suelen transmitirse a los seres humanos a través del contacto con roedores infectados o con su orina, excrementos o saliva. El hantavirus Andes es inusual porque también se han registrado casos de transmisión limitada de persona a persona.
Para los pasajeros y la tripulación, esto implica convivir con una amenaza grave, desconocida y difícil de evaluar. Además, lo hacen bajo la atenta mirada de los medios de comunicación de todo el mundo, en el centro de una respuesta médica de emergencia internacional, mientras se enfrentan a un aislamiento imprevisto lejos de casa. Se trata de un tipo particular de tensión psicológica.
Un incidente similar ocurrió durante la pandemia de covid-19, cuando el crucero Diamond Princess estuvo en cuarentena durante varias semanas. Durante ese tiempo, los pasajeros experimentaron miedo a contagiarse, hipervigilancia –estar constantemente en alerta, escudriñando el cuerpo o el entorno en busca de señales de peligro–, preocupación por sus síntomas físicos y dificultad para dormir. Todas estas son características comunes de la ansiedad.
El coste psicológico del aislamiento
Ante un brote, las autoridades sanitarias suelen pedir a las personas que mantengan la distancia, se aíslen, ventilen los espacios compartidos, usen mascarillas y se laven las manos para reducir el riesgo de transmisión. Ese aislamiento social conlleva un coste psicológico. Las personas que se encuentran aisladas en cuarentena en hoteles, hospitales u otros entornos controlados pueden ser más propensas a sufrir ansiedad, trastornos del ánimo y problemas de sueño, especialmente si no pueden salir al exterior o mantener el contacto habitual con otras personas.
El modelo de autorregulación basado en el sentido común puede ayudar a entender lo que los pasajeros del MV Hondius están experimentando. Este modelo sugiere que, cuando las personas se enfrentan a una enfermedad, intentan dar sentido a dos cosas a la vez: lo que la enfermedad significa para ellas y las emociones que experimentan. Estas percepciones determinan qué estrategias de afrontamiento emplean.
Por ejemplo, cuando las personas pierden el control y creen que las consecuencias de la infección podrían ser graves, es más probable que experimenten angustia y pánico. “He estado expuesto, podría enfermar, podría morir”, puede pensar un pasajero. Pensamientos como estos pueden intensificar las reacciones emocionales, aumentar la percepción de peligro y desembocar en el uso de estrategias de afrontamiento poco útiles, como la comprobación repetida de síntomas, la rumiación, la ira o el aislamiento.
Por eso, durante un brote, es tan importante disponer de información precisa y coherente. Incluso reconocer con honestidad lo que aún se desconoce puede generar confianza de forma más eficaz que dar falsas garantías. Con una comunicación clara, a largo plazo la mayoría de las personas terminan adoptando estrategias de afrontamiento positivas, como seguir las directrices para hacerse pruebas, aislarse cuando sea necesario o buscar ayuda médica si aparecen síntomas. Y suelen recuperarse bien tras la cuarentena.
Las redes de apoyo informales, como los grupos de WhatsApp, las videollamadas o las rutinas diarias compartidas, también pueden proteger psicológicamente a las personas.
No es otra pandemia
La Organización Mundial de la Salud ha dejado claro que esto no es el inicio de una pandemia similar a la covid-19. Aunque el riesgo para la salud pública, en general, se considera bajo, para los pasajeros y la tripulación se han recomendado medidas de seguimiento y cuarentena.
A medida que la cuarentena avance, la tensión psicológica también puede prolongarse. Dado que el virus Andes puede tener un periodo de incubación –tiempo que transcurre entre la exposición al virus y la aparición de los síntomas– prolongado, es posible que los síntomas no aparezcan de inmediato. Esto significa que los pasajeros pueden permanecer en un estado de alerta física elevado durante varias semanas, lo que prolonga el estrés y el agotamiento.
Tras una experiencia altamente controlada y estresante, algunos pasajeros pueden necesitar seguimiento al volver a la vida normal, especialmente si han sido testigos de una enfermedad grave o están pasando por un duelo. También es posible que, si se confirman nuevos casos, los afectados sean estigmatizados o tratados por los demás como contagiosos. Esto conlleva dos riesgos: exclusión social que afecte a sus relaciones o a su trabajo; y culpa o dolor, si temen haber expuesto involuntariamente a otras personas al virus.
Gestionar la incertidumbre
Es absolutamente normal experimentar estrés como respuesta a la incertidumbre, el aislamiento y el miedo. Para minimizarlo, las personas en cuarentena necesitan un contacto social significativo, aunque sea virtual.
Hay estrategias sencillas que pueden ayudar a gestionar momentos de incertidumbre: mantener una rutina diaria predecible, cuidar el sueño, comer de forma saludable, hacer ejercicio siempre que sea posible y utilizar técnicas de relajación para calmar el sistema nervioso. Incluso los ejercicios de respiración, la meditación, darse una ducha o prepararse una taza de té o café puede ayudar.
Ante una experiencia como la de los afectados por el brote de hantavirus, recibir información clara, mantenerse en conexión con los demás y normalizar la angustia es esencial. La incertidumbre no puede eliminarse por completo: es la forma en que la gestionamos lo que nos protege de que el miedo a lo desconocido se apodere de nosotros.
Jilly Gibson-Miller no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Humedal del Baíco en la cuenca de Baza durante la primavera de 2010. Aparecen una pareja de cigüeñuelas comunes a la izquierda, una garceta común en el centro y tres garcillas bueyeras a la derecha. Fotografía proporcionada por José Ángel Rodríguez.
Contemplar la belleza árida y agreste de los parajes semidesérticos de la depresión de Guadix-Baza, en el altiplano de Granada (España), no deja a nadie indiferente. Estos terrenos, escasamente poblados por la vegetación, se conocen como “tierras baldías” o “badlands”. Pero si pudiésemos viajar atrás en el tiempo un millón y medio de años, cuando las precipitaciones eran más abundantes que las actuales, el paisaje que veríamos sería completamente distinto.
Paisaje de la cuenca de Guadix, en el altiplano granadino, fotografiado desde el mirador de las Cárcavas de Marchal. Estas cárcavas se forman en materiales poco consolidados, conocidos como badlands, al ser erosionados por el agua de escorrentía. El proceso se conoce como piping (erosión en túnel). Paul Palmqvist, Francisco J. Serrano Alarcón, Guillermo Rodríguez Gómez, M. Patrocinio Espigares., CC BY-SA
En el entorno de este inmenso lago, que debió ser un auténtico vergel, se desenvolvía una fauna muy diversa de grandes mamíferos que recuerda a la de las sabanas arboladas actuales del África subtropical.
Diente de leche humano (A) y remontaje de un núcleo de sílex tallado (B) en el yacimiento arqueopaleontológico de Barranco León en Orce (cuenca de Baza, Geoparque de Granada). Reconstrucción de los homininos del Pleistoceno inferior de Europa (C) tallando industrias líticas olduvayenses (dibujo de Mauricio Antón). Paul Palmqvist, Francisco J. Serrano Alarcón, Guillermo Rodríguez Gómez, M. Patrocinio Espigares., CC BY-NC-SA
¿Por qué son escasos los fósiles de aves?
Es mucho lo que sabemos sobre esta fauna pretérita de grandes mamíferos gracias a los yacimientos orcenses, que son uno de los grandes recursos patrimoniales que atesora el Geoparque de Granada. Ahora bien, hasta ahora no conocíamos prácticamente nada de las aves que debieron habitar también en estos extensos humedales.
La razón es sencilla: a diferencia de los huesos de los mamíferos, los de la mayoría de las aves son pequeños, con una cortical (superficie externa) muy fina y, además, están neumatizados (son huecos). Esto los aligera para el vuelo, pero disminuye su potencial de fosilizar. Además, las aves carecen de dientes, que son los elementos más mineralizados y más perdurables como fósiles.
Por ello, en estos yacimientos, donde los restos esqueléticos fueron acumulados por hienas capaces de fracturar hasta los huesos de un gran elefante, la conservación como fósiles de los huesos de aves resulta anecdótica y hasta ahora solo se había citado algún fragmento aislado sin identificar.
Algunos de los fósiles de aves estudiados del yacimiento paleontológico del Pleistoceno inferior de Venta Micena. A: húmero distal de cuervo (vista craneal). B: húmero distal de tarro blanco (vista craneal). C: fragmento de pelvis con el acetábulo de un ave indeterminada (vista lateral) en el que se aprecian evidencias de abrasión por digestión. D: falange del pie de un ave indeterminada (vista dorsal) con marcas de digestión. E: ulna de grulla (vista dorsal). Paul Palmqvist, Francisco J. Serrano Alarcón, Guillermo Rodríguez Gómez, M. Patrocinio Espigares., CC BY-NC-SA
Nuestro nuevo estudio, publicado el 13 de mayo en Swiss Journal of Palaeontology, se ha realizado sobre los únicos fósiles de Venta Micena que se pueden atribuir a aves. Son solo 18 especímenes entre las decenas de miles exhumados tras décadas de excavaciones en el yacimiento. De estos fósiles, siete se conservaron con integridad anatómica suficiente como para ser asignados a especies concretas.
A partir de estos huesecillos fragmentarios, se ha puesto de manifiesto la existencia de tres especies de aves diferentes, cada una de las cuales aporta información valiosa sobre los ambientes del humedal orcense e, incluso, sobre la ecología de la comunidad de animales que habitaba en ellos.
Las aves de Venta Micena
La primera especie identificada es un pato, el tarro blanco o Tadorna tadorna. Estas aves se alimentan de pequeños invertebrados, en especial caracoles del género Hydrobia, bien documentados en los yacimientos orcenses. Al ser moluscos que viven en aguas de salinidad variable, la presencia del tarro informa de que en las inmediaciones del gran lago de Orce habría charcas sujetas a una evaporación intensa, lo que ocasionaría un aumento de su salinidad.
La segunda especie es una grulla, de tamaño algo mayor que la grulla común actual, Grus grus. La especie, asignada preliminarmente a Grus cf. primigenia, representa el registro más antiguo conocido hasta el momento en Europa de las grullas gigantes del Pleistoceno. Las grullas son aves omnívoras típicamente asociadas a los humedales, por lo que su presencia aquí no resulta insólita.
Finalmente, la tercera especie identificada en Venta Micena es un cuervo, concretamente la subespecie Corvus corax antecorax. Nuevamente, se trata del registro más antiguo de estos animales en la península ibérica. Ahora bien, su verdadero interés radica en el papel que desempeñó en los ecosistemas de hace más de un millón de años, ya que debió de consumir una porción apreciable de la carne disponible para los depredadores y carroñeros.
Tarros blancos, grullas y humedales
La presencia en Venta Micena del tarro blanco y la grulla es coherente con los ambientes húmedos en los que ambos habitan actualmente. De hecho, el tarro (de forma ocasional) y la grulla (con mayor frecuencia) se encuentran en El Baíco, un pequeño humedal situado entre las ciudades de Baza y Benamaurel. Se trata de una laguna semiendorreica, oligosalina (con baja concentración de sal, ~2,5 g/l) y situada a 700 metros de altitud sobre el nivel del mar. Mantiene una lámina de agua relativamente estable a lo largo del año, colonizada por vegetación halófila (adaptada a la presencia de sal). Su extensión actual es muy reducida, solo unos 0,7 km², aunque a comienzos del siglo XIX cubría entre 2 y 5 km². En los años lluviosos, la frecuentan más de 50 especies de aves y muchas de ellas se reproducen allí.
Vista del humedal de El Baíco (Granada), con un grupo de flamencos y al fondo el paisaje de la Sierra de Baza cubierta de nieve. Fotografía proporcionada por José Ángel Rodríguez, CC BY-NC-SA
A partir de la década de 1960 se intentó desecar esta laguna con canales de desagüe, conocidos como sangradores, que descargan al río de Baza un flujo de agua de unos 1 000 l/s. Incluso se ha intentado nivelarla con sedimentos de las colinas circundantes, a efectos de aprovechar los terrenos para usos agrícolas. Por ello, El Baíco solo se recupera de forma natural los años más lluviosos y es un criptohumedal el resto del tiempo.
La elevada diversidad de aves que se encuentran hoy día en esta pequeña laguna sugiere que las escasas especies identificadas en Venta Micena debieron ser solo la punta del iceberg de la ornitofauna que habitó en la cuenca de Baza durante el Pleistoceno inferior, cuando los humedales cubrían más de 1 000 km².
Las poblaciones actuales de tarros blancos y grullas en la península ibérica reúnen individuos invernantes, que llegan tras reproducirse en el norte de Europa, excepto un pequeño contingente de tarros residentes. Esto contrasta con el comportamiento sugerido por el hallazgo de ambas especies en Venta Micena: al haber acumulado las hienas los restos esqueléticos durante la estación estival, los tarros y grullas identificados en el yacimiento sugieren que hace un millón y medio de años estas especies residían todo el año en la cuenca de Baza, reproduciéndose también allí.
Al incluir en el modelo al cuervo como una especie carroñera más, se apreció que la cantidad de carne que podría consumir cada carnívoro terrestre disminuía apreciablemente. Así, estas aves carroñeras habrían jugado un papel muy relevante en el ecosistema, algo que había pasado desapercibido hasta ahora.
Distribución de los recursos cárnicos entre los consumidores secundarios de la paleocomunidad de Venta Micena. El diagrama de tarta de la izquierda muestra las estimaciones porcentuales de la carne consumida por los depredadores y carroñeros terrestres; a la derecha se muestran dichos consumos tras introducir al cuervo como un carroñero más, lo que hace disminuir la proporción de recursos aprovechados por las otras especies. Paul Palmqvist, Francisco J. Serrano Alarcón, Guillermo Rodríguez Gómez, M. Patrocinio Espigares., CC BY-NC-SA
Los fósiles permiten poner en valor el patrimonio
El conocimiento de las aves que habitaron en Venta Micena hace un millón y medio de años aporta una información muy interesante sobre los humedales del sur de Andalucía. Contribuyen a la puesta en valor del legado paleontológico de esta región, en su doble vertiente de patrimonio natural e histórico.
Son precisamente estos estudios los que permiten pasar de la idea más o menos inmediata de que los fósiles son objetos patrimoniales que se deben conservar a la de que su valor singular emana de los conocimientos sobre el pasado que genera su estudio.
A fin de cuentas, las explicaciones que alimentan pueden ser tanto o más interesantes que la belleza o el interés que lleguen a despertar por sí mismos los restos fosilizados de estos yacimientos.
Reconstrucción del humedal de Venta Micena en la cuenca de Baza (Granada) hace un millón y medio de años. Se aprecian las aves identificadas en este estudio, el tarro blanco (Tadorna tadorna), en primer plano a la izquierda; la grulla (Grus cf. primigenia), en primer plano a la derecha, y el cuervo (Corvus corax antecorax), volando junto a la hiena gigante (Pachycrocuta brevirostris). Al fondo se distinguen dos elefantes (Mammuthus meridionalis) y un grupo de caballos (Equus altidens). Escena dibujada por Óscar Sanisidro
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Joan Tahull Fort, Profesor e investigador en sociología, especializado en dinámicas sociales y educativas contemporáneas, Universitat de Lleida
Fotograma de la serie _El señor de las moscas_.Movistar Plus
La nueva adaptación audiovisual de El señor de las moscas ha devuelto a la conversación pública una pregunta incómoda y fascinante: ¿qué ocurre cuando un grupo de adolescentes queda aislado de la supervisión adulta? La novela de William Golding, publicada en 1954, se convirtió en un clásico precisamente porque obligaba a mirar de frente los conflictos entre civilización y barbarie, cooperación y violencia, pertenencia y exclusión.
Sin embargo, releer hoy esta historia desde la psicología y las ciencias sociales permite ir más allá de la idea simplista de que “el ser humano es malo por naturaleza”. Lo verdaderamente perturbador no es solo la violencia que aparece, sino cómo surge a través de las dinámicas grupales propias de la adolescencia: la necesidad de reconocimiento, la presión de los iguales, la lucha por el estatus y el miedo a quedarse fuera.
La novela incomoda porque no habla únicamente de una isla desierta; habla de cualquier contexto donde el miedo pesa más que la empatía.
La adolescencia: una etapa social antes que individual
Tradicionalmente, la adolescencia se ha interpretado como un periodo de cambios individuales: hormonales, emocionales o cognitivos. Pero hoy sabemos que gran parte de la identidad adolescente se construye socialmente. Los iguales funcionan como un espejo desde el que los jóvenes aprenden quiénes son, qué lugar ocupan y qué conductas les otorgan aceptación.
En El señor de las moscas, el grupo no tarda en organizarse en torno a liderazgos, alianzas y normas implícitas. Ralph representa un modelo de autoridad basado en la cooperación y la deliberación; Jack, en cambio, encarna un liderazgo emocional y tribal, sustentado en el miedo, la excitación colectiva y la promesa de pertenencia.
Lo inquietante es que estas dinámicas no pertenecen únicamente a una isla ficticia. La psicología social lleva décadas mostrando que los grupos de adolescentes tienden a organizarse rápidamente alrededor de jerarquías de reconocimiento y estatus. En contextos de incertidumbre, los liderazgos más impulsivos o agresivos pueden resultar especialmente atractivos porque ofrecen cohesión, identidad clara y respuestas simples.
Quizá demasiado simples. Pero precisamente por eso, tan seductoras.
El grupo como refugio… y como amenaza
Durante la adolescencia, pertenecer al grupo es casi una necesidad evolutiva. La exclusión social activa en el cerebro regiones similares a las del dolor físico. Por eso muchos adolescentes priorizan la aceptación grupal incluso cuando implica actuar contra sus propios valores.
En la novela, personajes que inicialmente rechazan la violencia terminan participando en dinámicas crueles porque el grupo diluye la responsabilidad individual. El “nosotros” acaba imponiéndose sobre la conciencia personal.
Este fenómeno sigue siendo muy actual. Aunque hoy las formas de agresión pueden ser diferentes –humillaciones digitales, aislamiento social, difusión de rumores o ciberacoso–, el mecanismo psicológico es parecido: el grupo otorga protección y estatus, pero también puede normalizar conductas dañinas.
La diferencia es que los adolescentes actuales no viven únicamente en espacios físicos. Las redes sociales amplifican la presión de los iguales: el reconocimiento ya no depende solo del aula o del grupo de amigos, sino también de la exposición pública, los me gusta y la visibilidad constante. La isla de Golding, hoy, probablemente estaría hiperconectada: cámaras, exposición constante y espectadores observando en tiempo real.
Masculinidad, competencia y ausencia de chicas
Hay otro elemento fundamental que suele pasar desapercibido: en El señor de las moscas solo aparecen chicos. Y esto condiciona las dinámicas sociales que se desarrollan.
La novela fue escrita en una época en la que la masculinidad se asociaba con la competitividad, la dureza emocional y la conquista del poder. Los personajes reproducen un modelo de relación basado en la rivalidad jerárquica: demostrar fuerza, dominar al grupo y ocultar la vulnerabilidad.
Sería ingenuo pensar que la presencia de chicas garantizaría un entorno pacífico. Tanto chicos como chicas pueden participar en dinámicas de exclusión o violencia. Pero sí sabemos que la socialización de género influye en la manera de gestionar los conflictos, expresar las emociones y construir liderazgo.
Aunque estas diferencias nunca son absolutas, la socialización masculina sigue premiando con más frecuencia la competitividad, el control emocional y la afirmación jerárquica, mientras que muchas chicas reciben mensajes más orientados al cuidado relacional y la gestión emocional. La presencia de ambos géneros probablemente habría introducido formas distintas de negociación, alianzas y resolución de tensiones.
Además, la ausencia de chicas elimina del relato una cuestión esencial en la adolescencia contemporánea: la diversidad de identidades y modelos relacionales. Los grupos adolescentes actuales son mucho más heterogéneos que los de mediados del siglo XX, tanto en género como en sensibilidad emocional, formas de liderazgo o maneras de entender la autoridad.
La respuesta corta es no. Pero tampoco serían completamente diferentes.
Los adolescentes de hoy disponen de más herramientas emocionales y más discursos sobre salud mental, igualdad o convivencia. Hablan con mayor naturalidad de ansiedad, vulnerabilidad o bienestar psicológico. También están más acostumbrados a cuestionar la autoridad y a reconocer distintas identidades. Sin embargo, las necesidades psicológicas básicas siguen siendo muy parecidas: pertenecer, ser reconocidos, encontrar un lugar dentro del grupo y construir una identidad propia.
Por eso El señor de las moscas continúa resultando tan incómodo. No porque describa adolescentes “salvajes”, sino porque muestra algo profundamente humano: cómo el miedo, la incertidumbre y la necesidad de pertenencia pueden transformar la conducta colectiva.
Una versión buena y otra mala
Quizá la pregunta ya no sea si los adolescentes actuarían igual en una isla desierta. La cuestión verdaderamente relevante es otra: ¿qué condiciones sociales favorecen que un grupo saque su mejor versión… o la peor?
Y esa cuestión interpela no solo a los adolescentes, sino también a la sociedad adulta que los observa, los educa y, muchas veces, proyecta sobre ellos sus propios temores. Porque, en el fondo, el miedo al “salvajismo” adolescente también refleja las limitaciones del mundo adulto para comprender qué necesitan realmente los jóvenes y cómo ayudarlos a construir vínculos más sanos.
Joan Tahull Fort no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Jesus Casquete, Catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
Concentración en la Puerta del Sol de Madrid el 15 de mayo de 2011.Pedro Rufo/Shuttertock
Se cumplen 15 años desde que miles de ciudadanos y ciudadanas ocuparon las calles y plazas en una movilización inédita en la historia de España. El Movimiento 15-M, también conocido como movimiento de los indignados, no fue la primera ocasión en que un sector de la sociedad salía de forma masiva a la calle para trasladar sus inquietudes y demandas a las autoridades. Su carácter novedoso residió, más bien, en que muchos de sus participantes permanecieron acampados en lugares simbólicos del paisaje urbano, con la madrileña Puerta del Sol como icono más reconocible.
La mayoría de las movilizaciones sociales encuentran su explicación en claves de oportunidad nacionales: por ejemplo, la exigencia de aprobación (o de rechazo) de una ley o la necesidad de poner fin a la corrupción. Otras, en cambio, discurren de forma simultánea y por detonantes similares en diferentes países; forman parte de un mismo ciclo global de protesta. El movimiento de los indignados se explica por un cruce de ambas lógicas.
El domingo 15 de mayo de 2011 se celebraron más de medio centenar de manifestaciones salpicadas por toda la geografía de España bajo un mismo hilo conductor, resumido en la reivindicación de “¡Democracia real ya!”, una crítica poco velada a un bipartidismo esclerotizado entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP).
Justo una semana después estaban previstas elecciones municipales en todo el país y autonómicas en trece comunidades, un momento en que, por definición, las élites políticas se muestran más permeables a la comunicación con la ciudadanía. Por encima del clima político nacional planeaba una coyuntura internacional que no puede pasarse por alto para comprender el 15-M. El movimiento representó la traducción española de un malestar global que también se expresó, con sus propias particularidades, en Grecia (en la plaza Syntagma de Atenas) y en Estados Unidos (en Zuccotti Park, en Nueva York).
Estas tres campañas de protesta compartían una crítica al funcionamiento de las democracias liberales realmente existentes, en particular la desconexión entre la ciudadanía y las élites político-económicas (en ese marco cobran sentido eslóganes como el de “no nos representan” y “lo llaman democracia y no lo es” o “we are the 99 %”) y la denuncia de la subordinación de la política a los mercados.
Grecia y España a la cabeza
Todo ello en un contexto de grave crisis económica, al calor de la Gran Recesión de 2008 y sus secuelas posteriores en forma de “austeridad” y de recortes sociales, que sacudió con especial dureza a los países del sur de Europa más afectados por la crisis económica, Grecia y España entre ellos.
Quienes participaron en manifestaciones y acampadas formaban un colectivo socialmente heterogéneo e ideológicamente variopinto. Destacaba –igual que en otros movimientos sociales como el ecologismo o el feminismo– una juventud reducida a la condición de precariado que, pese a un elevado grado de formación, estaba condenada a desempeñarse en los márgenes del mercado laboral y sin perspectivas de futuro en su país. Junto a estos jóvenes estaban muchos de sus progenitores, que contemplaban cómo el esfuerzo formativo de sus vástagos no se traducía en mejores perspectivas de vida.
La esperanza depositada por sus participantes en que la ocupación de la esfera pública bastara para imprimir un cambio de rumbo en la política pronto se vio frustrada. Si se mide por sus objetivos declarados, de por sí bastante difusos (una democracia más genuina, el fin de la precariedad laboral y existencial, la lucha contra la corrupción…), la movilización no tuvo éxito.
El movimiento nunca tuvo vocación de permanencia. Con el reflujo contestatario, sus energías buscaron otros cauces, alcanzando un impacto notable en el devenir de la política española de los años siguientes.
El 15-M incorporó a la política a sectores hasta entonces despolitizados y sirvió de vivero del que nacieron colectivos temáticos con agendas reivindicativas sectoriales, como las “mareas” blanca y verde, volcadas en revertir los recortes y la degradación de los servicios públicos de salud y educación, respectivamente.
Entonces, nació Podemos
Pero, sobre todo, el movimiento de los indignados pavimentó el camino para la fundación en 2014 del partido político Podemos. Sus líderes iniciales procedían de las filas del 15-M y trasladaron su espíritu y demandas al ámbito resolutivo de la política, primero a los parlamentos y, con el tiempo, al Gobierno de España como socio minoritario de la coalición con el PSOE.
Las nuevas tecnologías de la comunicación y las redes sociales han transformado el repertorio de acción de los movimientos sociales. El ciberactivismo, la firma de peticiones online, por ejemplo, se ha sumado a las formas tradicionales de protesta que pivotan sobre la ocupación de la calle, pero sin restarle protagonismo.
En España, y con la salvedad de que el Ministerio del Interior no computa datos del País Vasco ni de Cataluña, el número de manifestaciones durante la última década (sin incluir los años de pandemia) se ha mantenido estable en torno a las 30 000 anuales. En las democracias liberales, el reunirse físicamente en la calle con otras personas afines, experimentar un sentimiento de comunidad y sentirse partícipe de una causa compartida no tiene visos de remitir.
Jesus Casquete no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Desde la imaginación visionaria de Isaac Asimov hasta los experimentos pioneros de Stanley Miller, la ciencia lleva décadas tratando de responder una de las preguntas más profundas de la humanidad: cómo surgió la vida.
Isaac Asimov y la química prebiótica
Para quien escribe estas líneas, Isaac Asimov, además de un grandísimo escritor, ha sido una de las grandes mentes de la humanidad a la hora de imaginar mundos y, dentro de estos mundos, de plantear diferentes formas, sistemas y estructuras en las que la vida se ha podido organizar.
El “buen doctor”, como era conocido por sus amistades, no pudo más que vislumbrar los albores de un campo del conocimiento tan oscuro como intrínsecamente humano: el de la química prebiótica. Esta rama de la química –aunque su carácter tremendamente multidisciplinar hace que quizás sea más razonable hablar de “ciencia prebiótica”– se dedica al estudio, sin ambages, del origen de la vida.
Sin embargo, ¿cómo estudiar el origen de algo que, desde la ciencia, ni siquiera sabemos definir? No existe una respuesta evidente a esta pregunta y, sin embargo, parece que la estrategia más sencilla sea la que la comunidad científica trata de llevar a cabo: enunciar las propiedades que observamos en todos los sistemas que podemos considerar “vivos”.
La linde entre lo inerte y lo vivo
Tres son las características fundamentales que trazan la –en ocasiones– desdibujada frontera entre lo vivo y lo inerte, lo animado y lo inanimado, lo cambiante y lo aparentemente impasible. Un sistema “vivo” ha de poseer un metabolismo (es decir, poder obtener y utilizar energía para subsistir); disponer de un material genético (o, en otras palabras, contener en su ser moléculas que almacenen información transmisible a la próxima generación, presumiblemente ADN o ARN); y poder compartimentalizarse (o, dicho de otro modo, separarse físicamente del medio que le rodea).
Siguiendo con esta aproximación a la pregunta de “¿qué define a un sistema vivo?”, la totalidad de ellos están compuestos –hasta donde hemos podido observar– por moléculas orgánicas; es decir, por “ladrillitos” conformados, a su vez, por átomos, de entre los cuales el carbono hace las veces de arcilla. Ahora bien, no siempre que esos ladrillos orgánicos se agrupan forman sistemas vivos.
Tal y como concebimos las personas el espacio-tiempo, y sin ánimo de introducir el pie en las arenas movedizas de la física cuántica –las cuales, sin duda alguna, atraparían al pobre químico que firma este artículo–, tuvo que haber un momento, un lugar y una manera en que el primer sistema que reuniese todas esas características antes descritas emergiese; un instante en que la vida se originase.
¿Dónde y de qué manera pudo surgir la vida?
Como esta cuestión resulta de por sí abrumadora, ciñámonos a este nuestro planeta Tierra. Dos posibilidades caben: que estos primitivos sistemas vivos “llegasen” desde el espacio exterior o que se formasen aquí.
La primera es conocida como la teoría de la panspermia y se fundamenta en el descubrimiento de moléculas orgánicas (los citados ladrillitos de carbono) en cometas y asteroides encontrados en la corteza terrestre. También en el hallazgo de bacterias e incluso seres pluricelulares como los tardígrados o los gusanos de tubo gigantes, en ambientes con temperaturas, salinidades o acideces extremas. Estos seres se consideran, por tanto, “extremófilos”, y su existencia apuntala la idea de que incluso sistemas vivos considerablemente complejos son capaces de sobrevivir en lugares más hostiles que la Tierra.
La vida pudo emerger en la Tierra
Incluso si todo esto fuera cierto, y de forma no excluyente a la panspermia, el origen de los primeros y más primitivos sistemas vivos también pudo haber ocurrido en nuestro planeta. Esta teoría se conoce como la “abiogénesis” y, realmente, se trata de una hipótesis complementaria a la anterior.
Si la “panspermia” habla de cómo se pudo diseminar la vida por el universo, la “abiogénesis” trata de abarcar, nada más y nada menos, el estudio de la transformación de materia inerte en materia viva.
Filósofos presocráticos como Anaximandro, científicos persas como Nasir al-Din al-Tusi, evolucionistas como Charles Darwin o biólogas moleculares como Rosalind Franklin sentaron, de una manera u otra y desde perspectivas diversas, las bases del conocimiento del que disponemos hoy en día a este respecto. Sin embargo, de entre todos los nombres dignos de mención a la hora de dar unas pinceladas sobre la abiogénesis, hay que destacar uno: el de Stanley Lloyd Miller.
Stanley Lloyd Miller, padre de la química prebiótica
Corría el año 1952 y un joven Miller tomaba la decisión de cambiar radicalmente el tema de su tesis doctoral. Llevaba un año bajo la dirección de Edward Teller, “el padre de la bomba H”, estudiando la formación de los elementos en las estrellas, cuando decidió marcharse de Chicago y contactar con Harold Urey. Es a este último a quien plantea una idea experimental arriesgada de cara a la obtención de su título de doctor.
La propuesta de Miller consistía en hacer reaccionar los gases que, se creía, componían la atmósfera de la Tierra primitiva (CH₄, NH₃, H₂O y H₂) para tratar así de obtener moléculas orgánicas. Desoyendo el escepticismo de Urey, Miller consiguió sintetizar de este modo más de 20 aminoácidos, los “ladrillos” que componen las proteínas que encontramos en los seres vivos, a partir de moléculas inorgánicas.
No significa esto, por suerte o por desgracia, que Stanley consiguiera “crear vida” de forma artificial; pero sí que se diera el pistoletazo de salida a una serie de experimentos y líneas de investigación que, en la actualidad, tratan de producir sistemas orgánicos –basados en el carbono– que cumplan algunas de las propiedades inherentes a los seres vivos, como la autorreplicación, la autocompartimentalización o el poseer un protometabolismo (una versión más sencilla de lo que entendemos por metabolismo).
Entre la literatura, la filosofía y la ciencia
En la saga Fundación, Asimov plantea la existencia de un planeta, Gaia, en el cual todas las formas de vida comparten una única consciencia y tratan de alcanzar un bien común absoluto que beneficie al conjunto.
En nuestro planeta Tierra, todas las formas de vida compartimos una serie de características y de propiedades que emergen de ellas. Quizás la inspiración que nos brinda el escritor en sus libros, sumada al avance científico en el estudio del origen de la vida, nos acerque a una comprensión mayor de nuestro lugar en el universo, a una mayor armonía y sostenibilidad para la civilización y el planeta.
Si las palabras de Carl Sagan cuando afirmó que “un organismo en guerra consigo mismo está condenado” son ciertas, merecerá la pena intentarlo.
Jorge Moral Pombo recibe fondos de Volkswagen Foundation, quien paga su salario como investigador postdoctoral en IMDEA Materiales.
Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raúl Fabero Garrido, Investigador predoctoral en fisioterapia cardiológica y respiratoria, Universidad Complutense de Madrid
Hay un método para combatir la depresión y la ansiedad que no necesita receta, no produce dependencia, mejora simultáneamente la salud física y mental y funciona tan bien –o mejor– que los fármacos más recetados del mundo. Lleva años teniéndolo al alcance de la mano, pero su médico probablemente nunca se lo ha ofrecido.
Se llama ejercicio físico.
La paradoja es difícil de ignorar. El Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2023, por ejemplo, certificaba que el 34 % de la población española padecía algún problema de salud mental (un 30 % más que antes de la pandemia), mientras que la depresión y la ansiedad afectarían a más de 330 millones de personas, según estima la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, si consultamos los tratamientos que recomienda el Ministerio de Sanidad de España en 2024, encontraremos terapia cognitivo-conductual y antidepresivos. El ejercicio físico queda relegado como una opción poco implementable.
Una síntesis sin precedentes
A la luz de lo que sabemos hoy, esta omisión es un problema serio. Sin ir más lejos, eso se desprende de un estudio reciente, publicado en el British Journal of Sports Medicine, que constituye el análisis más completo hasta la fecha sobre el efecto del ejercicio en la depresión y la ansiedad. Los investigadores revisaron 63 trabajos científicos que agrupaban 81 metaanálisis, más de 1 000 estudios individuales y casi 80 000 participantes de todas las edades.
El resultado es contundente: la actividad física reduce los síntomas de depresión con un efecto moderado-alto y los de ansiedad con un efecto moderado en todos los grupos de población analizados. Una valoración publicada en World Psychiatry sugiere que esos efectos podrían ser mayores que los de los fármacos antidepresivos y la psicoterapia.
Hay que ser cautos: no existen aún estudios que comparen directamente ambas opciones. Pero los datos obligan a replantearse por qué el ejercicio sigue siendo el gran ausente de las guías clínicas.
Existen explicaciones neurobiológicas que justifican esos resultados: por un lado, el ejercicio aumenta los niveles de serotonina y norepinefrina, los mismos neurotransmisores que regulan los antidepresivos; y por el otro, entrena al organismo para generar una respuesta de cortisol más contenida ante el estrés. Esto último se traduce en mayor resiliencia ante los desencadenantes cotidianos de la ansiedad y la depresión.
La dosis importa: no todo el ejercicio es igual
Como fisioterapeutas especializados en actividad física terapéutica, lo que más nos importa de este nuevo trabajo es que no se limita a decir que “el ejercicio ayuda”. Detalla qué tipo beneficia más y a quién, algo esencial para pasar de la evidencia a la prescripción real.
Para la depresión, el ejercicio aeróbico –correr, caminar a buen ritmo, nadar o montar en bicicleta– mostró los efectos más potentes. Pero igual de determinante fue el formato: la actividad en grupo y con supervisión profesional resultó claramente más eficaz que en solitario. Cuando se mueve el cuerpo en compañía también se activan mecanismos de pertenencia social y apoyo mutuo que tienen un efecto antidepresivo propio.
Para la ansiedad, el hallazgo cambia el enfoque por completo. Aquí no son los programas largos e intensos los que mejores resultados ofrecen, sino intervenciones de corta duración –hasta ocho semanas– y de baja intensidad. La persona con ansiedad suele vivir el ejercicio intenso como una fuente adicional de activación fisiológica que puede confundirse con los propios síntomas del trastorno. Una caminata diaria, yoga o actividad moderada y regular son, en este caso, la opción más respaldada.
Quiénes se benefician más
El estudio identificó dos colectivos a los que el ejercicio beneficiaba de manera especial, precisamente los que reciben menos atención en consulta.
El primero son los jóvenes de entre 18 y 30 años: el grupo más castigado por la epidemia de salud mental actual, y en el que suelen aparecer los primeros episodios de depresión y ansiedad. Se trata de una población que choca frecuentemente con listas de espera y barreras de acceso a la atención psicológica.
El segundo grupo son las mujeres en el periodo posparto. La depresión postparto, que afecta al 12-15 % de las madres, sigue siendo infradiagnosticada y estigmatizada. El ejercicio ofrece una alternativa de bajo riesgo en un periodo en el que la medicación plantea dudas adicionales para muchas mujeres.
Una brecha que tiene solución
La evidencia lleva años acumulándose, pero el ejercicio rara vez aparece en los planes de tratamiento como intervención de primera línea. Las razones son múltiples: falta de formación de los profesionales, ausencia del ejercicio en los protocolos oficiales y una tendencia estructural del sistema sanitario a priorizar intervenciones farmacológicas.
Hay también, seamos honestos, una resistencia cultural: cuesta tomar en serio que algo tan accesible y barato pueda competir con un fármaco o con años de terapia.
Aunque el ejercicio no es la solución a todo –y la medicación y la psicoterapia resultan insustituibles en muchos casos–, los datos son suficientemente robustos para exigir cambiar el paradigma: las guías clínicas deben incorporar el ejercicio estructurado –supervisado, en grupo cuando sea posible, adaptado al perfil de cada persona– como estrategia de primera línea. No como complemento bienintencionado, sino como tratamiento.
La pregunta ya no es si el ejercicio funciona. La pregunta es quién va a encargarse de recetarlo.
Raúl Fabero Garrido recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (MICIU) y de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
Ibai López de Uralde Villanueva no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
En muchas zonas costeras es habitual encontrar montículos que contienen caparazones calcáreos de ostras y mejillones desechados. Son los restos de una industria global de productos marinos que genera millones de toneladas de residuos cada año. Al mismo tiempo, lejos del litoral, ocultos en formaciones rocosas, se encuentra otro recurso muy diferente: las tierras raras. Estos metales son cada vez más demandados por la industria, dado que resultan esenciales para tecnologías como las turbinas eólicas, los vehículos eléctricos y la mayoría de los dispositivos electrónicos de uso cotidiano.
Nuestro grupo de investigación ha descubierto una conexión interesante entre estos residuos marinos y las tierras raras. Hemos observado que las conchas calcáreas marinas –especialmente las de ostra– pueden capturar tierras raras disueltas en el agua. De este modo, pasan de ser un desecho para convertirse en una herramienta potencial para limpiar la contaminación asociada a la transición energética.
Los japoneses suelen describir las tierras raras como “las vitaminas de la industria moderna”: al igual que ocurre con las vitaminas en el cuerpo humano, son esenciales, pero se necesitan en cantidades muy pequeñas. Sin embargo, la extracción y el procesamiento de los minerales que contienen tierras raras generan aguas residuales muy contaminantes y además liberan estos elementos químicos al medio ambiente.
Una “piel” mineral sobre las conchas
En nuestros laboratorios del Trinity College Dublin hemos investigado si las conchas y caparazones calcáreos podrían ayudar a abordar este problema. Lo primero que hicimos fue obtener conchas de ostras, mejillones y berberechos de playas irlandesas. Después, las limpiamos para eliminar materia orgánica y las trituramos hasta obtener pequeños fragmentos. Una vez hecho eso, mezclamos los fragmentos con agua que contenía tierras raras –concretamente, lantano, neodimio y disprosio– con concentraciones similares a las observadas en casos de contaminación industrial severa.
Lo que ocurrió a continuación no es observable a simple vista, pero sí empleando microscopios… y fue sorprendente. En la superficie de cada fragmento del caparazón calcáreo comenzó una reacción química: el carbonato cálcico que forma esta estructura comenzó a disolverse y fue progresivamente reemplazado por nuevos minerales que contenían tierras raras. Pasados unos días, se había formado una capa muy fina, como una especie de “piel” mineral que recubría el fragmento.
Empleando microscopía electrónica de alta resolución, pudimos observar este proceso con todo detalle. Al principio se observaban pequeños cristales, parecidos a agujas, que después crecían y se unían formando una costra continua. En algunos casos, esta costra –similar a una armadura– acababa interrumpiendo la reacción química y deteniendo todo el proceso.
Sin embargo, no todos los experimentos dieron los mismos resultados. Los caparazones calcáreos de ostra están formados por capas muy finas y poros que permiten que el agua y los elementos químicos disueltos circulen con mayor facilidad por su interior. Esto permitió que la reacción no se limitase a su superficie, sino que continuase hacia su interior, hasta reemplazar completamente la estructura.
Los resultados fueron muy prometedores: en condiciones adecuadas, 1 gramo de concha calcárea de ostra llegó a capturar aproximadamente 1.5 gramos de tierras raras presentes en el agua. En lugar de adsorberse en su superficie, estos elementos pasaron a formar parte de un nuevo mineral, un carbonato de tierras raras muy estable.
De la descontaminación a la recuperación de recursos
Muchos materiales utilizados en el tratamiento y descontaminación de aguas se basan en la adsorción, un proceso fisicoquímico mediante el cual los contaminantes se adhieren directamente a una superficie. Sin embargo, en nuestros experimentos lo que sucede es una transformación mineral, en la que las tierras raras se incorporan a los nuevos cristales sólidos, impidiendo que estos elementos vuelvan a liberarse al medio ambiente.
Una vez capturadas las tierras raras, estas podrían procesarse posteriormente para recuperarlas y reutilizarlas. Al estar concentrados en un sólido, sería posible aplicar métodos químicos de extracción bien establecidos para reciclarlos. De esta forma, los caparazones calcáreos desechados podrían servir no sólo para limpiar la contaminación, sino también para recuperar recursos valiosos que de otro modo se perderían.
Las conchas marinas no son un recurso escaso: la naturaleza las genera en grandes cantidades y sin coste. La acuicultura de moluscos también genera toneladas de residuos cada año a escala mundial, muchos de los cuales terminan en vertederos o acumulados cerca de las costas. Estas conchas, trituradas, podrían utilizarse en sistemas de filtrado o barreras reactivas permeables, sistemas en los que el agua contaminada fluye a través de un material altamente reactivo que atrapa los contaminantes.
Estas soluciones se emplean para eliminar metales pesados. No obstante, garantizar la estabilidad de su rendimiento a largo plazo sigue siendo el principal desafío. Nuestros experimentos mostraron que algunos tipos de caparazones calcáreos desarrollaban rápidamente recubrimientos impermeables que limitaban su rendimiento. Sin embargo, los caparazones de las ostras, gracias a su estructura, son especialmente adecuados para superar esta limitación.
El método que hemos desarrollado no eliminará la necesidad de extraer tierras raras mediante minería, ya que la demanda mundial de estos metales es enorme y continúa creciendo con gran rapidez. Sin embargo, puede contribuir a una gestión más sostenible y “circular” de estos materiales críticos, al ofrecer una forma de capturar tierras raras de aguas residuales, reducir la contaminación ambiental y recuperar parte de lo que actualmente se pierde durante el procesamiento.
Transformar este método de laboratorio en una aplicación real requerirá ensayos en condiciones aún más complejas, ya que las aguas residuales industriales contienen mezclas de metales con diferentes concentraciones y además están en constante movimiento. Por tanto, será necesario realizar estudios piloto que permitan evaluar el rendimiento, la durabilidad y la velocidad a la que los fragmentos de caparazones calcáreos atrapan tierras raras y determinar si es posible evitar la formación de costras que interrumpan el proceso de descontaminación.
También existen otras cuestiones prácticas que deberán ser abordadas: ¿cómo será necesario preparar los caparazones (limpieza, trituración) para aprovechar al máximo su eficiencia? ¿Podrá este proceso aplicarse de forma económicamente viable a gran escala? ¿Qué limitaciones tendrá? Además, si el objetivo final es recuperar tierras raras para su uso industrial, será imprescindible desarrollar métodos eficientes que permitan extraerlas de los nuevos minerales formados sobre la superficie de los caparazones calcáreos. Abordar estos retos será esencial para que esta tecnología llegue a convertirse en una solución medioambiental realmente viable.
Juan Diego Rodriguez-Blanco recibe fondos de .Science Foundation Ireland (Research Ireland), Geological Survey Ireland y Environmental Protection Agency de Irlanda.