¿Por qué hubo saqueos después de los terremotos de Venezuela? La entrada en escena de la paradoja del caos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Michelle Madeline Cámara Mora, Coordinadora del departamento de Criminología y Seguridad, Universidad Camilo José Cela

Las imágenes que siguen a un desastre natural suelen ir por dos carriles emocionales opuestos. Por un lado, la conmoción ante la destrucción física y el dolor humano. Por otro, las historias de solidaridad espontánea, donde vecinos y desconocidos arriesgan sus vidas para remover escombros y colaboran con recolección y donaciones de insumos médicos, alimentos, ropa, etcétera.

Sin embargo, los recientes terremotos en Venezuela muestran también una realidad incómoda pero recurrente: mientras la gran mayoría se organiza para cooperar, un pequeño porcentaje de la población aprovecha la alteración del orden social para delinquir.

¿Qué lleva a un individuo a saquear un comercio destruido o a robar los escasos bienes de una familia damnificada en momentos de vulnerabilidad extrema? Esta es la pregunta que intentamos responder en este artículo.

La oportunidad hace al infractor: la teoría de las actividades rutinarias

Desde una perspectiva criminológica, el auge de conductas delictivas tras un desastre como los terremotos de Venezuela no se explica necesariamente por una “epidemia súbita de maldad”, sino por una alteración drástica del entorno. El modelo idóneo para analizar este fenómeno es la teoría de las actividades rutinarias, formulada por los criminólogos Lawrence Cohen y Marcus Felson en 1979.

Esta teoría sostiene que, para que ocurra un delito, deben coincidir en el tiempo y el espacio tres elementos esenciales:

  1. Un infractor motivado.

  2. Un objetivo valioso y accesible.

  3. La ausencia de un guardián eficaz.

En condiciones normales, la sociedad cuenta con una serie de controles sociales: alarmas, policías, iluminación pública y la propia vigilancia de los vecinos (el control social informal). Un desastre natural destruye instantáneamente esta infraestructura de seguridad. Los sistemas eléctricos colapsan, los cuerpos de seguridad se ven desbordados por las tareas de rescate y las viviendas quedan desprotegidas o con los accesos fracturados.

Para el delincuente instrumental, el desastre elimina las barreras del riesgo y maximiza el beneficio. Como señalaron los investigadores Marcus Felson y Ronald V. Clarke en 1998, la oportunidad hace al ladrón: el espacio público, antes regulado, se convierte temporalmente en un escenario de total impunidad.

Esta premisa se ha hecho patente en el caso venezolano, donde el oportunismo delictivo se tradujo en el saqueo de bienes no esenciales en comercios (como televisores y lavadoras) y en la vulneración de hogares destruidos con el único fin de sustraer dinero.

Necesidad frente a oportunismo: la mente del infractor en el caos

Es fundamental que la psicología social trace una línea divisoria clara entre dos comportamientos que a menudo se confunden bajo la etiqueta genérica de saqueo. Sociólogos del comportamiento en desastres, como Enrico L. Quarantelli, han enfatizado la necesidad de categorizar estas conductas según su motivación real.

De un lado, el saqueo por supervivencia ocurre cuando la ruptura de las cadenas de suministro priva a la población de agua potable, alimentos o medicinas. Aquí la conducta está motivada por la urgencia biológica y la autopreservación. El valor moral de la propiedad privada se suspende psicológicamente en favor del derecho a la vida.

Y hablamos de saqueo oportunista –o delincuencia instrumental– cuando se sustraen bienes de lujo, dinero, electrodomésticos u objetos que no atienden a una necesidad inmediata de subsistencia. Este saqueo busca mitigar el dolor de la tragedia, sino capitalizar el evento para obtener un beneficio económico o material.

¿Cómo procesa la mente del infractor oportunista este acto?

En situaciones de colapso, se produce una disolución de los frenos inhibitorios sociales. Los seres humanos regulamos nuestra conducta en gran medida por las expectativas del grupo. Cuando el entorno social se fragmenta y reina la confusión, la percepción de la norma se debilita.

A esto se suma el mecanismo de desconexión moral, que aparece cuando el delincuente oportunista recurre a la justificación moral (“Si no lo agarro yo, lo hará otro”) o a la difusión de la responsabilidad (“Todo el mundo está corriendo y saqueando”). Estas distorsiones cognitivas actúan como anestésicos para la culpa, permitiendo al individuo cometer un acto que, en condiciones normales, probablemente condenaría.

El mito del pánico de masas y el peligro de la revictimización

Existe un sesgo arraigado en la cultura popular (alimentado en gran parte por el cine de catástrofes) de que los desastres naturales transforman automáticamente a las sociedades en escenarios de barbarie al estilo de la saga Mad Max. La psicología de los desastres desmiente rotundamente esta premisa.

Las investigaciones sociológicas e históricas demuestran, de forma sistemática, que la norma general tras una catástrofe es el comportamiento prosocial, el altruismo y la resiliencia comunitaria. Los lazos de cooperación suelen fortalecerse de inmediato. Los individuos que deciden aprovecharse de la tragedia representan una minoría estadística muy reducida.

Esto se ha podido observar en el caso venezolano, donde la población civil se ha movilizado para apoyar a los damnificados por el terremoto, llegando a compensar las limitaciones de la respuesta estatal.

Sin embargo, el impacto de esta minoría es asimétrico y profundo. El delito en contexto de catástrofe produce un fenómeno grave de revictimización. Para una comunidad que acaba de perder su patrimonio físico o a sus seres queridos, sufrir un robo o un acto de violencia no es solo una pérdida material: es la destrucción de su último reducto de seguridad psicológica.

Este impacto erosiona la confianza institucional y social, dificultando los procesos posteriores de reconstrucción psicológica y comunitaria. Y, sumado a la participación de los miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en este tipo de conductas delictivas, genera un mayor impacto social y psicológico en la población afectada.

Conclusión: hacia una gestión de emergencias con enfoque conductual

El análisis del caso de Venezuela nos recuerda que la gestión de un desastre natural no puede limitarse únicamente a la atención médica y logística de rescate. Las estrategias de mitigación deben integrar la comprensión del comportamiento humano y los factores de oportunidad criminológica.

Restablecer con prioridad el alumbrado público, implementar patrullajes disuasorios en zonas residenciales evacuadas y asegurar los perímetros comerciales y residenciales vulnerables son medidas de prevención situacional del delito que son importantes para la salud de una sociedad herida junto al suministro de ayuda humanitaria.

Comprender la ciencia detrás de la delincuencia en situaciones de crisis es el primer paso para proteger no solo las estructuras físicas, sino el tejido moral de las poblaciones afectadas.

The Conversation

Michelle Madeline Cámara Mora no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. ¿Por qué hubo saqueos después de los terremotos de Venezuela? La entrada en escena de la paradoja del caos – https://theconversation.com/por-que-hubo-saqueos-despues-de-los-terremotos-de-venezuela-la-entrada-en-escena-de-la-paradoja-del-caos-287034

La reconstrucción venezolana pasa por involucrar a su propia gente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Beatriz Fernández, Profesora de Comunicación Política en la UNAV, el IESA y Pforzheim, Universidad de Navarra

Llegan donantes a un centro de recolección de ayuda para las víctimas de los terremotos del 24 de junio de 2026 (Maracaibo, Venezuela). Humberto Matheus/Shutterstock

Los terremotos del 24 de junio han dejado una Venezuela enlutada. Las cifras son espeluznantes. Cuesta escribir, a ratos cuesta respirar. En menos de dos semanas los venezolanos hemos aprendido que un punto en la escala de Richter implica 32 veces más potencia destructiva que nuestra anterior gran referencia sísmica: el terremoto del 29 de julio de 1967.

Las imágenes del desastre 59 años después son absolutamente devastadoras. Sus cifras lo son aún más: cientos de edificios derrumbados, carreteras partidas, miles de familias buscando a sus desaparecidos. Como aditivo a la tragedia, ha quedado al desnudo un Estado indolente e incompetente que ha abandonado su responsabilidad de proteger a la ciudadanía.

La roca ciudadana

“El hombre prudente edificó su casa sobre roca”

(Mateo 7, 24)

El doblete sísmico del día de San Juan puso a prueba no solo la infraestructura del país, sino también la solidez de su tejido social. Casi al mismo tiempo que llegaban las primeras imágenes de la destrucción, surgían otras muy distintas: ingenieros que ofrecían evaluar viviendas de manera gratuita, médicos y psicólogos organizando atención voluntaria, empresas prestando maquinaria pesada para la remoción de escombros, iglesias montando refugios improvisados, universidades coordinando brigadas de ayuda, y cocinas comunitarias que surgían en cuestión de horas.

En internet iban apareciendo múltiples iniciativas colaborativas para evaluar los daños en las infraestructuras, buscar desaparecidos, localizar mascotas u ofrecer horas de voluntariado. Asimismo, desde Madrid, Bogotá, Miami, Lima o Buenos Aires, los venezolanos emigrados organizaban campañas de ayuda para personas a las que, con toda probabilidad, nunca llegaran a conocer.

Pensadores del capital social

El filósofo y político liberal francés Alexis de Tocqueville habría reconocido inmediatamente este paisaje. Ya hace casi dos siglos quedó maravillado ante el fenómeno asociativo en Estados Unidos. En su libro La democracia en América (1835), aseguró que la vitalidad de la democracia estadounidense se debía, en gran medida, a la costumbre de los ciudadanos de formar asociaciones voluntarias (religiosas, cívicas, políticas, recreativas) para resolver problemas comunes.

En el pensamiento de Tocqueville, la fuerza de una democracia no radica solo en sus instituciones formales sino en la capacidad de sus ciudadanos para asociarse libremente y resolver de manera colectiva los problemas sociales.

Muchas décadas más tarde, Robert Putnam retomaría esa misma idea y la popularizaría bajo el concepto de capital social (1993). Las conexiones entre las personas, las redes comunitarias y las normas de reciprocidad y confianza que surgen de ellas son fundamentales para el buen funcionamiento de las democracias, las economías y las sociedades. Lo ocurrido en Venezuela durante estas semanas constituye una muy buena demostración contemporánea de esa idea.

Capital social venezolano

Con los estragos provocados por el doblete sísmico se ha visto cómo, mientras el aparato estatal venezolano mostraba enormes limitaciones para responder, la sociedad civil reaccionó con una velocidad y una eficacia sorprendentes. Miles de voluntarios comenzaron a actuar sin esperar instrucciones.

Naturalmente, en la tragedia también aparecen las miserias. Se ha visto corrupción, especulación, abusos de todo tipo, violencia sexual y delincuencia. Las catástrofes no producen solo héroes. Pero las sociedades no se juzgan por sus patologías sino por sus comportamientos predominantes. Y lo predominante en Venezuela han sido la cooperación, la confianza y la solidaridad.

La reconstrucción tras la catástrofe no debe limitarse a las infraestructuras físicas sino también aprovechar la oportunidad de construir una nueva arquitectura institucional. Y, para que sea duradera, deberá edificarse sobre la roca más firme que ha revelado esta tragedia: el capital social de los venezolanos.

Por algo la confianza de los venezolanos descansa hoy mucho más en la sociedad civil que en el Estado. Los datos para Venezuela de una encuesta regional realizada entre el 26 y el 30 de junio sobre valoración gubernamental, riesgo político, polarización y confianza de los ciudadanos, muestra que la confianza del venezolano reside, primordialmente, en su sociedad civil y en los cuerpos de primera respuesta ante las emergencias, mientras que las instituciones políticas tradicionales enfrentan una gran crisis de legitimidad.

Este dato resulta particularmente significativo después de casi tres décadas de un proyecto político que intentó sustituir los vínculos horizontales de la solidaridad por relaciones verticales de patronazgo y dependencia con el Estado.

Merecedores de confianza

El mapa de la confianza de los venezolanos muestra el claro liderazgo de la sociedad civil. Los actores con mayor nivel de confianza son los médicos y el personal de salud, seguidos por los bomberos y las empresas del sector privado.

También las ONG, las fundaciones y las entidades religiosas gozan de una confianza mayoritaria, y, en los primeros días tras la tragedia, se han consolidado como intermediarios clave para la distribución eficiente y confiable de ayuda.

El contraste es enorme con los resultados obtenidos por el Gobierno: el 53 % de los encuestados lo califica de “Muy malo”. estos datos sugieren que la seguridad de la reconstrucción no debe depender de los esquemas militares y estatales que se han venido en los últimos tiempos como de una nueva arquitectura civil y ciudadana.

Hace falta dinero

Ninguna arquitectura institucional será suficiente si Venezuela no consigue atraer inversores para financiar su recuperación. Para el consultor político estadounidense Joe Napolitan, los factores más valorados por los inversores son la estabilidad política y un gobierno democrático. La reconstrucción física requiere capital financiero, pero este solo llegará si se consolidan unas reglas claras, con seguridad jurídica y paz social.

La reconstrucción también depende de la capacidad de activar redes de cooperación global. La percepción ciudadana sobre los actores internacionales define un camino claro para las alianzas. El Gobierno de los Estados Unidos lidera las expectativas de apoyo (75 %), seguido por las ONG internacionales (63 %) y la Unión Europea (59 %). Este bloque se percibe como el garante financiero y técnico necesario para los proyectos de gran envergadura.

En relación con las relaciones regionales, hay un respaldo claro a la cooperación con los gobiernos de Colombia (55 %) y Brasil (47 %), lo que refuerza la idea de una reconstrucción con enfoque integrador en la región. Sin embargo, es claro el rechazo a las alianzas ideológicas, que muestran los índices de confianza más bajos hacia China (39 %), Rusia (32 %), Irán (27 %) y Cuba (26 %).

Estos datos confirman que cualquier propuesta para la reconstrucción nacional debe incorporar a la sociedad civil y al sector privado, como motores esenciales. No puede ser un órgano controlado por la cúpula militar o política pues carecen de la confianza necesaria para movilizar recursos y voluntades. La reconstrucción nacional no puede ser un retorno al pasado, sino la creación de una institucionalidad que se apoye en el capital social venezolano.

Más allá de las fronteras

La reconstrucción del país es una tarea de la patria global. Una diferencia fundamental entre la Venezuela de 1967 y la de 2026 es que entonces su sociedad coincidía con su territorio. En 2026 no.

La enorme diáspora venezolana de la última década, cercana a los 8 millones de personas en todo el mundo, no refleja una nación partida sino una extensión de su capital social. Los emigrantes venezolanos tienen niveles educativos superiores al promedio y su juventud representa una oportunidad estratégica para la sostenibilidad del país. La revolución digital ha permitido que el capital social venezolano emigre sin romperse, manteniendo vínculos afectivos y políticos activos.

La nueva institucionalidad debe integrar formalmente a estos profesionales –ingenieros en Chile, médicos en Houston, periodistas en Madrid–, que ya han mostrado su capacidad para actuar como un solo cuerpo logístico mediante redes digitales y plataformas de ayuda colaborativa.

La reconstrucción debe ser, por tanto, un proceso donde el capital social trabaje de la mano con el sector privado y la comunidad internacional para llenar el vacío dejado por un Estado cuya credibilidad terminó de desplomarse el 24 de junio de 2026.

The Conversation

Carmen Beatriz Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La reconstrucción venezolana pasa por involucrar a su propia gente – https://theconversation.com/la-reconstruccion-venezolana-pasa-por-involucrar-a-su-propia-gente-286886

La razón por la que dos cánceres con el mismo diagnóstico son en realidad muy diferentes

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Natasha Zarich Dimitrievich, Investigadora en Señalización y Cáncer, Instituto de Salud Carlos III

Representación de una célula tumoral Belhadef.nabil/Shutterstock

Dos pacientes reciben el mismo diagnóstico: cáncer de colon. A primera vista todo indica que se enfrentan a la misma enfermedad y que, por ello, recibirán tratamientos similares. Sin embargo, mientras uno responde satisfactoriamente a la terapia, el otro apenas se beneficia de ella. ¿Cómo es eso posible?

Durante mucho tiempo esta diferencia resultaba difícil de explicar. Si dos tumores se originaban en el mismo órgano y tenían un aspecto similar al microscopio se consideraban esencialmente la misma dolencia. Pero la revolución genómica ha cambiado radicalmente esta visión: hoy sabemos que no existen dos cánceres iguales, aunque provengan del mismo órgano y sean del mismo tipo.

La razón es que cada cáncer sigue una trayectoria evolutiva propia. Mucho antes del diagnóstico, una célula adquiere alteraciones genéticas que le confieren una ventaja de crecimiento. A medida que se divide, sus descendientes acumulan nuevas mutaciones y otros cambios moleculares, lo que genera distintos grupos celulares.

Cuando el tumor se hace detectable ya no lo constituye una población homogénea, sino una comunidad diversa de células con características biológicas diferentes.

Evolución y epigenética

Se trata de un proceso sorprendentemente parecido a la evolución de las especies. Todas las células tumorales descienden de una misma célula ancestral, pero cada división ofrece oportunidades para que surjan nuevas variaciones. Con el tiempo, algunas adquieren ventajas que les permiten expandirse más que otras. Así, la selección natural actúa continuamente dentro del tumor y favorece las poblaciones mejor adaptadas a su ambiente.

Porque, como ocurre en cualquier ecosistema, el entorno también importa. Las células tumorales conviven con vasos sanguíneos, células inmunitarias, fibroblastos (células presentes en el tejido conectivo) y numerosas señales químicas. Este microambiente influye de forma decisiva en la evolución de la enfermedad.

A ello se suman los cambios epigenéticos. Sin alterar la secuencia del ADN, ciertos mecanismos pueden activar o silenciar genes, haciendo que células con información genética similar se comporten de forma muy distinta. Algunas alteraciones pueden incluso conferir la capacidad de invadir otros tejidos y colonizar órganos distantes, un proceso conocido como metástasis.

El tratamiento, una vez aplicado, actúa como una nueva presión selectiva. Las células más vulnerables desaparecen, mientras que las resistentes tienen más probabilidades de sobrevivir. Estas continúan multiplicándose, transmitiendo sus ventajas y acumulando nuevas alteraciones.

Así, la diversidad previa al tratamiento puede acabar dando lugar a la resistencia terapéutica.

El cáncer no es una enfermedad estática

Durante mucho tiempo fuimos incapaces de observar esta complejidad. Sin embargo, las nuevas tecnologías permiten analizar miles de células individualmente y estudiar distintas regiones del tumor. Gracias a ellas podemos reconstruir su historia evolutiva con un detalle impensable hace apenas dos décadas.

Quizá por eso una de las lecciones más importantes de la oncología moderna es que el cáncer no es una enfermedad estática, sino un proceso evolutivo en constante cambio. Este conocimiento está transformando la forma de tratarlo. Cada vez es más posible adaptar los tratamientos a las características específicas de cada tumor, un enfoque conocido como medicina de precisión.

Un ejemplo de esta tendencia son las pruebas moleculares. Estas se pueden utilizar, por ejemplo, en determinados casos de cáncer de mama para identificar pacientes que podrían beneficiarse especialmente del tratamiento con bisfosfonatos y reducir el riesgo de metástasis óseas.

Del mismo modo, en cáncer colorrectal, alteraciones como la inestabilidad de microsatélites –una característica de algunos tumores que acumulan un gran número de mutaciones debido a fallos en la reparación del ADN– permiten identificar pacientes con mayor probabilidad de responder a la inmunoterapia. Otro ejemplo son las terapias CAR-T, en las que las células inmunitarias del propio paciente se modifican en el laboratorio para reconocer y atacar células tumorales específicas.

Volvamos a la pregunta inicial. ¿Por qué dos pacientes con el mismo diagnóstico pueden responder de forma tan distinta? La respuesta es que cada cáncer tiene su propia historia evolutiva. Aunque dos tumores parezcan similares, nunca recorren exactamente el mismo camino. Descifrar esa historia es uno de los grandes retos de la oncología actual y una de las claves para desarrollar tratamientos cada vez más eficaces.

The Conversation

Natasha Zarich Dimitrievich no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La razón por la que dos cánceres con el mismo diagnóstico son en realidad muy diferentes – https://theconversation.com/la-razon-por-la-que-dos-canceres-con-el-mismo-diagnostico-son-en-realidad-muy-diferentes-285443

Cómo era el universo antes del universo: del vacío cuántico a las galaxias

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ruth Lazkoz, Catedrática de Física Teórica, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Hay una pregunta incómoda para la que podemos aventurar una explicación: ¿qué había antes del Big Bang? Aquí emprendemos el camino más largo posible, de las fluctuaciones cuánticas hasta las galaxias.

Algo ocurrió antes, preparando el escenario de esa fase caliente que conocemos como el Big Bang. Los albores del cosmos, antes de que surgiera el universo conocido, pueden parecer poco interesantes: todas las regiones eran extraordinariamente similares, lo que llamamos homogeneidad. No había diferencias apreciables entre puntos cercanos o lejanos. Desde un punto de vista estadístico, las variaciones eran mínimas. Una serenidad aparentemente absoluta. Pero ese comienzo estaba lejos de ser trivial. De aquella uniformidad casi perfecta, surgieron cambios profundos.

Antes de la etapa caliente (que llamamos Big Bang) debió ocurrir algo que preparó el terreno y dejó al universo listo para evolucionar de la manera en que lo hizo después. Una distribución de materia inmensamente rica que dio lugar a estrellas, galaxias, cúmulos, filamentos y vacíos. La pregunta central de la cosmología moderna puede formularse así: ¿por qué ese inicio aparentemente simple contenía ya las semillas de toda la estructura posterior del universo?

El invierno cósmico

En el plasma primordial, la serenidad no era como se cuenta. Por eso, si preguntamos a la cuántica si el vacío está vacío, responderá que no es así. Ese plasma estaba formado por partículas que chocaban entre sí e interactuaban. Una nada llena de acción. En ese plasma eran frecuentes las transformaciones entre partículas, algo de lo que se encarga la interacción débil, una de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza, la que cambia el sabor de las cosas.

Y el universo se expandía. Cuanto más lo hacía, esas partículas tenían menos oportunidad de interaccionar entre ellas y, aceleradamente, bajaba el ritmo de las colisiones. Apenas un segundo después de que se iniciara la expansión del universo, quedaron congeladas. La feliz consecuencia de aquel invierno cósmico fue que los neutrinos se desacoplaron del plasma y comenzaron a propagarse libremente. Estos neutrinos son, a día de hoy, candidatos a encerrar el secreto de por qué el universo está hecho principalmente de materia y no de antimateria.

Mucho más tarde, unos 380 000 años después, se desacoplaron los fotones y el plasma se volvió transparente. Los fotones comenzaron a viajar casi sin obstáculos. Son los que hoy observamos como radiación de fondo de microondas, el remanente del principio del universo visible. Así fue como se hizo la luz en el cosmos.

El Big Bang caliente describe con gran precisión esta etapa en la que el universo ya era lo bastante frío y diluido como para estar gobernado por una física bien conocida. Pero, como hemos visto, antes ocurrieron pequeñas grandes cosas.

La inflación

Esa etapa previa fue un periodo de expansión del espacio-tiempo acelerada, que duró una fracción de segundo, y que llamamos inflación. No es un añadido que cumpla una función de adorno, sino el marco que hace comprensible el propio Big Bang caliente. La inflación explica no solo la homogeneidad que hoy se observa en el universo, sino también la geometría espacial casi plana y la existencia de pequeñas perturbaciones capaces de crecer por efecto de la gravedad.

Podemos imaginar la inflación como el efecto de un campo que llena todo el espacio, que evoluciona lentamente y que va perdiendo energía. La intensidad de su energía determina el ritmo de expansión del universo, más o menos acelerada. Pero hay más. La energía no solo estira la lámina; también la deforma, como si creara ondulaciones suaves e imperceptibles. Esa curvatura guía cómo se mueve y se agrupa la materia. La inflación no solo hace crecer el universo, también prepara el relieve que más tarde permitirá formar galaxias y estructuras cósmicas.

Lo hermoso de la inflación, o al menos lo llamativo, es que estira, por así decirlo, las perturbaciones primordiales que surgen en ese plasma energético primordial, estira las fluctuaciones cuánticas ineludibles de los campos que gobiernan el universo. ¿Qué quiere decir esto?

La gravedad y lo que ya existe

Según la física cuántica, en un campo (como lo fue ese plasma primordial) hay variaciones mínimas, aleatorias, en la densidad de energía en puntos específicos. En el universo primitivo, estas fluctuaciones eran minúsculas y ocurrían a una escala subatómica.

Durante la fase de inflación cósmica, el universo experimentó una expansión exponencial extremadamente rápida. Esto estiró las fluctuaciones cuánticas que pasaron de ser de escalas microscópicas a escalas mucho mayores, incluso tan grandes como el propio universo. Las sacó del mundo de lo microscópico y las convirtió en variaciones de densidad a gran escala.

Una vez que estas fluctuaciones se hicieron macroscópicas, se convirtieron en pequeñas variaciones de densidad en la materia. Y cuando la materia entró en juego, el terreno estaba listo para que actuara la gravedad.

Bajo la influencia de la gravedad, estas variaciones de densidad crecieron y formaron las estructuras cósmicas que vemos hoy, como galaxias y cúmulos de galaxias. El hecho de que la materia se organizara de esta manera permitió que existieran regiones con la densidad suficiente para formar estrellas y sistemas planetarios, en lugar de ser un espacio vacío y uniforme.

La existencia de fluctuaciones surgidas del azar cuántico representa la condición mínima para que exista cualquier estructura a escalas mayores, la que permite que haya historias que contar.

Sabemos que existieron esas perturbaciones primordiales porque, afortunadamente, dejaron trazas distintivas en la radiación cósmica de fondo, fósiles de las pequeñas irregularidades de origen cuántico que surgieron cuando el universo era todavía casi homogéneo.

La huella cuántica del universo primitivo

Tradicionalmente, el estudio del universo se centraba en cómo la gravedad atrae a la materia para formar estructuras. Sin embargo, hoy buscamos algo más profundo: la osadía de detectar, de forma indirecta pero rigurosa, la huella cuántica del universo primitivo, el origen de las fluctuaciones primordiales. La gravedad solo actúa sobre lo que ya existe. Pero la idea no es solo poder aseverar la existencia de un pasado cuántico, sino predecir sus consecuencias. La naturaleza probabilística de esa etapa cuántica fue responsable de que la materia se organizara, y de que lo hiciese de maneras concretas.

Mientras esperamos la consecución del reto intelectual de unir la gravedad con el resto de interacciones de la naturaleza, al menos avanzamos en comprender de qué manera cooperaron para crear un universo, un lugar donde pudieran surgir entes capaces de abordar esa búsqueda.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.


The Conversation

Ruth Lazkoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cómo era el universo antes del universo: del vacío cuántico a las galaxias – https://theconversation.com/como-era-el-universo-antes-del-universo-del-vacio-cuantico-a-las-galaxias-283310

“Ver” con la piel: el enigma visual de pulpos, sepias y calamares

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC)

Un gran pulpo azul o pulpo del día (_Octopus cyanea_) camuflado en el fondo marino del litoral de Bali. Stergios Vasilis/Shutterstock

Un pulpo cambia de color en milisegundos y se mimetiza con el fondo rocoso. Una sepia despliega franjas iridescentes durante el cortejo. Un calamar transmite señales a sus congéneres, mientras permanece invisible para el pez que lo acecha a dos metros. Todo esto ocurre en animales que, según la evidencia acumulada durante décadas, solo son técnicamente capaces de ver en blanco y negro. El problema no es menor: si no distinguen los colores, ¿para qué los producen con tanta precisión?

Esta paradoja intriga a los biólogos desde los años setenta. Las respuestas que se van acumulando son más extrañas que la pregunta original.

Lo que sabemos con certeza: un solo pigmento

La base del asunto es simple y está bien establecida. Los ojos de los cefalópodos –pulpos, calamares y sepias– contienen un único tipo de proteína fotosensible, lo que, en términos clásicos, equivale a ver en blanco y negro. No hay debate sobre este punto. La retina de un pulpo tiene fotorreceptores con un solo pigmento visual, cuya sensibilidad máxima se sitúa en torno a los 490 nanómetros –el azul-verde– y nada más.

Los vertebrados percibimos el color porque tenemos tres tipos de conos, cada uno sensible a una longitud de onda distinta; la comparación simultánea de sus señales genera la percepción cromática. Los cefalópodos no disponen de ese mecanismo.

Los experimentos conductuales lo confirman: cuando se presentan a la sepia común (Sepia officinalis) objetos de distintos colores pero del mismo nivel de gris, los animales son incapaces de distinguirlos. Si pudieran ver el color, discriminarían. No lo hacen.

La sepia común es una de las especies de sepia más grandes y conocidas.
Parque Natural de la Arrábida (Portugal)., CC BY-SA

La paradoja: el camuflaje que no debería funcionar

Entonces surge lo inexplicable. ¿Por qué exhiben colores tan elaborados si no pueden verlos? ¿Por qué se arriesga un macho a mostrar su coloración brillante en un despliegue de cortejo si la hembra no puede apreciarla y, en cambio, sí puede verla el pez que lo acecharía?

El camuflaje es aún más perturbador. Estos animales consiguen igualar el color del fondo con una precisión que deja perplejos a los ópticos. En teoría, lo hacen sin poder ver el color de aquello que imitan. Algo no cuadra.

Primera hipótesis: aberración cromática y pupilas extravagantes

En 2016, Alexander Stubbs, estudiante de posgrado en Berkeley, y su padre Christopher Stubbs, astrofísico en Harvard, publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences una hipótesis que reencuadró el debate.

El mecanismo propuesto se basa en una propiedad óptica que los fotógrafos consideran un defecto: cuando la luz atraviesa una lente, los distintos colores no se enfocan exactamente en el mismo punto. El azul se enfoca un poco antes que el rojo. En las cámaras, esto produce halos indeseables. En el ojo de un cefalópodo, podría estar la clave de todo.

La pupila de estos animales –en forma de W en las sepias, de mancuerna en los pulpos, de U en los calamares– permite que la luz entre al ojo desde múltiples ángulos simultáneamente. Combinado con la ausencia de corrección de la aberración cromática, que sí existe en los ojos de los vertebrados, haría que el desenfoque varíe según el color del objeto observado: al desplazar el foco, el animal podría deducir el color a partir de cuándo y cómo se desenfoca la imagen.

Los autores construyeron un modelo computacional del ojo del pulpo Octopus australis y demostraron que el sistema funciona sobre el papel. El diseño pupilar de los cefalópodos parece optimizado casi exclusivamente para maximizar este efecto de franjeado cromático.

El problema es que solo sigue siendo una hipótesis. Ningún experimento con animales vivos ha demostrado aún que el cerebro del cefalópodo procesa esas señales de aberración cromática –distorsión óptica provocada por la imposibilidad de una lente para enfocar todos los colores en un único punto de convergencia– como información de color.

Segunda hipótesis: ver con la piel

Aquí es donde la biología de los cefalópodos abandona definitivamente el territorio de lo ordinario.

La piel de la sepia Sepia officinalis contiene transcritos de opsinas, las proteínas fotosensibles que normalmente están confinadas a los ojos, con expresión génica detectada en aleta y piel ventral.

En el calamar Doryteuthis pealeii, un estudio del Marine Biological Laboratory de Woods Hole (Estados Unidos) demostró la presencia en la piel de rodopsina, retinocromo y otros componentes completos de la cadena de fototransducción, localizados específicamente en los cromatóforos, los órganos pigmentarios responsables del cambio de color.

En el pulpo Octopus bimaculoides se ha documentado una vía de activación de cromatóforos por la luz, mediada por opsinas en la piel y funcional con independencia del cerebro.

¿Qué significa esto? Que la piel de estos animales podría detectar directamente la longitud de onda dominante del entorno y ajustar el patrón de coloración sin necesidad de procesar esa información a través de los ojos. No es que el pulpo vea con la piel en el sentido en que nosotros vemos: los fotorreceptores cutáneos solo detectan la presencia o ausencia de luz, pero, como responden a longitudes de onda específicas, podrían proporcionar información espectral local que complementa la visión central.

Otro trabajo reciente con Octopus vulgaris ha extendido estos hallazgos a lóbulos ópticos, ventosas y piel. La evidencia molecular se acumula; la demostración funcional directa, todavía no.

El problema central sin resolver

Los cefalópodos son técnicamente incapaces de ver el color por los mecanismos que conocemos. Al poseer un solo fotopigmento retinal, son incapaces de discriminar colores cuando tienen el mismo brillo. Pero, probablemente, obtienen información espectral del ambiente por vías que aún no comprendemos del todo. La paradoja sigue en pie, aunque sus contornos se han vuelto mucho más interesantes.

Que un animal produzca camuflajes cromáticos precisos sin disponer, en principio, de los mecanismos para percibir el color no es una curiosidad menor. Es el problema central sin resolver de la biología visual marina.

Un animal con un solo pigmento visual, una piel que quizás detecta el color por sí misma y una capacidad de camuflaje que los ingenieros llevan décadas intentando imitar: la pregunta de si ven o no el color empieza a parecer demasiado simple para la respuesta que merece.

The Conversation

Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. “Ver” con la piel: el enigma visual de pulpos, sepias y calamares – https://theconversation.com/ver-con-la-piel-el-enigma-visual-de-pulpos-sepias-y-calamares-284568

Un retrato de Granada de hace cuatro siglos: ¿realidad o invención?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paula Pita Galán, Científico Titular, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

El 16 de diciembre de 1668 Cosme de Médici, príncipe de la Toscana, y su séquito llegaban a Granada. Llevaban meses viajando por España, en un periplo donde el futuro gran duque pretendía conocer los países de su entorno. Su intención: establecer estrategias de futuro en sus relaciones diplomáticas y comerciales.

En este itinerario por la península ibérica, Granada constituía una parada obligada. Su pasado islámico y la gestión política, cultural y religiosa iniciada por los Reyes Católicos tras la conquista de la ciudad la hacían muy atractiva a ojos de los extranjeros.

Portada de la edición del Viaje de Cosme III de Médici por España y Portugal

Miraguano Ediciones

La estancia del príncipe y sus hombres quedó registrada en la crónica oficial del viaje, escrita por el diplomático Lorenzo Magalotti, un magnífico documento histórico y artístico conservado en la Biblioteca Laurenciana de Florencia.

Gracias a ella sabemos que la llegada a la ciudad se produjo de noche y con discreción. Su alojamiento granadino fue el convento de San Francisco y durante su estancia visitaron los principales edificios de la ciudad: la Alhambra, la Catedral y la Capilla Real, los monasterios de la Cartuja, San Jerónimo y del Sacromonte, los conventos de los jesuitas y de los dominicos y la basílica de las Angustias.

También recorrieron espacios todavía hoy emblemáticos como la calle Zacatín, la alcaicería, la plaza de la Bib-rambla, la Carrera de la Virgen y Plaza Nueva. Y mencionan edificios vistos desde el exterior como el palacio de la Chancillería, las Torres Bermejas o el desaparecido Castillo de Bibataubín.

Una mirada italiana

Según el texto, Granada les provocó sensaciones desiguales. Alabaron su ubicación y paisajes, describiendo la ciudad y su entorno como el lugar más bello, delicioso, encantador y poblado de España. Desde el punto de vista económico destacaron su industria textil y la fertilidad de la vega granadina. De su patrimonio señalaron la presencia de dos colegiatas, las iglesias y conventos de las órdenes mendicantes, además de la Alhambra y la Catedral.

Sin embargo, consideraron que la pobreza de los materiales de construcción y la estrechez y suciedad de las calles le restaban belleza.

Las impresiones sobre los monumentos granadinos reflejan el sesgo cultural de los italianos. Alaban edificios clasicistas como la Catedral, de la cual dicen que será uno de los edificios más bellos y nobles de España una vez que esté terminada; o el convento dominico de Santa Cruz, cuyo claustro es de las pocas que califican de bellísimas.

Pero la arquitectura “a la morisca” de la Alhambra no sólo no parece impactarles, sino que desprecian la abstracción de sus formas y proporciones anticlásicas. Describen la combinación de azulejos de colores a modo de zócalo, el uso de estucos con decoración de “arabescos” mezclados con caracteres árabes en los muros, y las techumbres de madera de formas diversas.

De lugares emblemáticos como el Patio de los arrayanes sólo mencionan el estanque y el mirto, cuya especie (el arrayán) es diferente a la conocida en Italia. De la sala de los Abencerrajes, la cúpula de mocárabes, la fuente central y su leyenda. Y del Patio de los leones, que se cierra mediante columnas “de imperfecta arquitectura” y que la fuente central está sostenida por leones “mal formados”.

Ante esta percepción no es de extrañar que lo más alabado del palacio fuera la decoración de las estancias construidas por Carlos V, especialmente la Sala de las frutas.

La vista de Granada

La crónica oficial del viaje se complementa con un conjunto de vistas panorámicas de los lugares transitados por los toscanos que salieron de los pinceles de Pier María Baldi.

El pintor viajó junto al príncipe tomando bocetos preparatorios que completaría meses más tarde en Florencia. Se trataba de un trabajo veloz en el que el artista debía capturar la esencia del lugar reflejando su entorno geográfico, perfil (lo que hoy llamamos skyline) y las características esenciales de sus principales edificios.

Baldi dispuso de dos jornadas para tomar los apuntes que le permitieron componer una de las vistas modernas más hermosas de Granada. Siguiendo el patrón marcado para unificar estos paisajes, la vista se realiza, aparentemente, desde un punto alejado de la localidad, pero situando en las inmediaciones del camino seguido por los italianos en su llegada a la ciudad.

En ella se pueden distinguir 23 edificios significativos, muchos de los cuales se conservan en la actualidad. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, el monasterio de la Cartuja, el Hospital Real, el convento de Santa Paula, Puerta Monaita, la Alhambra, las Torres Bermejas, la Catedral o el monasterio de San Jerónimo.

Sin embargo, las panorámicas de Baldi nunca responden a un único punto de vista. Se elegía un lugar desde el que se recomponían los elementos principales de la geografía de la ciudad –en este caso las colinas sobre las que se desarrolla la ciudad, los montes que rodean Granada y las cumbres de Sierra Nevada–. Posteriormente, se movía por el entorno para tratar de captar la mayor información posible sobre los edificios destacados.

En la vista granadina se detectan al menos dos puntos de vista principales desde el cual se construye la panorámica. Uno de ellos se encuentra en las inmediaciones del parque de Fuentenueva, y desde él se construye la mitad izquierda del dibujo. La derecha se realizó desde un punto no muy lejano del primero. Y en primer término sitúa el arranque de la vega representada como un vergel rico en árboles e instalaciones agrícolas como la granja.

¿Realidad o ficción?

A pesar de parecer una vista sólida que refleja la realidad arquitectónica de Granada en 1668, una mirada cuidadosa descubre incoherencias en la disposición de edificios e, incluso, invenciones mediante las cuales el artista resuelve la falta de información.

Entre las primeras una de las más evidentes corresponde a la orientación de la iglesia de San Ildefonso que se representa desde un punto mucho más desplazado hacia el sur. A la derecha de ella se aprecia un gran arco oscuro que podría corresponderse con el convento de la Merced. Sin embargo, el edificio no es en absoluto realista y no refleja la arquitectura del convento.

Dado el tiempo transcurrido entre la toma de los apuntes y la elaboración de las acuarelas, es muy posible que el pintor olvidase algunos de los detalles de los edificios representados, resolviéndolos de una manera visualmente solvente pero arquitectónicamente inadecuada.

En estudios sobre otras vistas de Baldi hemos demostrado que el artista completaba con su imaginación y conocimientos algunos elementos arquitectónicos de los cuales carecía de datos precisos, en ocasiones buscando completar una imagen más o menos elegante o grandiosa de la ciudad.

La vista de Granada está, entonces, parcialmente inventada pero resulta efectiva. O, como dirían los italianos, “se non è vera è ben trovata”.


El proyecto cuenta con el apoyo del The Medici Archive Project de Florencia, dirigido por Alessio Assonitis, experto internacional en los Medici, y del Centro Interdipartimentale di Ricerca sull’Iconografia della Città Europea, dirigido por Alfredo Buccaro, experto internacional en coreografías urbanas. Además, colaboran la Biblioteca Medicea Laurenziana y el Kunsthistorisches Institut de Florencia.


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The Conversation

Paula Pita Galán recibe fondos del proyecto de investigación PID2023-147647NB-I00 financiado por MCIU /AEI /10.13039/501100011033 / FEDER, UE, concedido para el período 2024-2027.

ref. Un retrato de Granada de hace cuatro siglos: ¿realidad o invención? – https://theconversation.com/un-retrato-de-granada-de-hace-cuatro-siglos-realidad-o-invencion-280822

Les chocs climatiques peuvent-ils modifier l’attitude des citoyens vis-à-vis du paiement des impôts ?

Source: The Conversation – in French – By Enrico Nichelatti, Postdoctoral researcher, University of Luxembourg

Les catastrophes climatiques deviennent de plus en plus fréquentes et intenses dans toute l’Afrique subsaharienne. Les inondations, les sécheresses, les vagues de chaleur et les tempêtes ne sont plus de simples phénomènes environnementaux isolés. Elles influent sur les moyens de subsistance, les inégalités, la confiance du public ainsi que les relations entre les citoyens et l’État.

Les gouvernements comptent sur les impôts pour financer les écoles, les soins de santé, les infrastructures et les politiques d’adaptation au changement climatique. Cependant, la fiscalité ne repose pas uniquement sur l’application de la loi : elle dépend aussi de la confiance que les citoyens accordent à la capacité de l’État à agir efficacement, équitablement et avec réactivité en temps de crise.

Nos recherches portent sur la fiscalité, les inégalités, les finances publiques et les effets des chocs climatiques en Afrique subsaharienne. Dans une étude récente, nous avons examiné une conséquence encore peu étudiée des catastrophes climatiques en Afrique : leur impact sur la morale fiscale, c’est-à-dire la volonté des citoyens de s’acquitter volontairement de leurs impôts.

Le civisme fiscal est important, car de nombreux pays africains peinent à mobiliser suffisamment de recettes fiscales nationales. Or, les citoyens sont plus enclins à payer leurs impôts lorsqu’ils ont confiance à leurs autorités perçues comme justes, efficaces et réactives.

Nous avons analysé des données portant sur 25 pays d’Afrique subsaharienne entre 2011 et 2021. Nous avons croisé les données d’enquête d’Afrobarometer avec les registres de catastrophes climatiques issus de la Base de données internationale sur les catastrophes (EM-DAT), qui recense les événements d’urgence à travers le monde. Notre étude a porté sur cinq types de catastrophes : les sécheresses, les inondations, les températures extrêmes, les tempêtes et les feux de forêt.

Nous avons associé les catastrophes avec les personnes les personnes interrogées en fonction de leur lieu de résidence et de la date de l’entretien. Nous avons ensuite utilisé des modèles statistiques pour examiner le lien entre l’exposition aux catastrophes et la morale fiscale. L’analyse s’est également penchée sur le rôle des inégalités et de la confiance dans les institutions publiques.

Les résultats révèlent une situation complexe. Ils montrent que les catastrophes n’affectent pas toutes la morale fiscale de la même manière. Les sécheresses et les températures extrêmes sont associées à une baisse du civisme fiscal. Les inondations, en revanche, s’accompagnent d’un civisme fiscal légèrement plus élevé. Une exposition répétée à de multiples catastrophes liées au climat est associée à un déclin global de la morale fiscale.

Nous avons également constaté que les catastrophes sont associées à une augmentation des inégalités économiques. Lorsque les inégalités augmentent, la confiance dans les institutions publiques diminue. Le respect des obligations fiscales s’affaiblit aussi. Les résultats de notre analyse viennent étayer cet argument en intégrant la dimension des catastrophes climatiques. Les catastrophes liées au climat exacerbent les inégalités. Cela réduit, à son tour, la confiance dans les institutions publiques et, en fin de compte, le respect des obligations fiscales.

Bien que les catastrophes climatiques aient tendance à réduire le respect des obligations fiscales, notre analyse montre que l’environnement institutionnel peut en atténuer les effets. Nous nous sommes penchés plus particulièrement sur le Kenya, le Bénin et l’Afrique du Sud. Ces trois pays sont très vulnérables aux catastrophes liées au climat et ont adopté, au cours des dernières décennies, une législation en matière de gestion des catastrophes et de lutte contre le changement climatique.

Cette analyse complémentaire nous a permis d’examiner si les cadres institutionnels de gestion des catastrophes peuvent atténuer les effets de celles-ci sur les attitudes fiscales des citoyens. Les résultats indiquent que ces dispositifs institutionnels ont considérablement réduit, voire, dans certains cas, complètement neutralisé les effets négatifs des catastrophes naturelles sur la morale fiscale.

Ces conclusions suggèrent que les citoyens réagissent à la manière dont les gouvernements gèrent les catastrophes et y répondent. Lorsque les pouvoirs publics apportent une réponse efficace, les effets négatifs des catastrophes sur la morale fiscale sont nettement atténués.

Pourquoi les catastrophes climatiques influencent les attitudes à l’égard de la fiscalité

La fiscalité n’est pas seulement une question économique. C’est aussi un contrat social. Les citoyens sont plus disposés à s’acquitter de leurs impôts lorsqu’ils estiment que les gouvernements utilisent les ressources publiques de manière équitable et assurent leur protection en cas de crise.

Des données provenant de pays africains suggèrent que la confiance joue un rôle déterminant dans le civisme fiscal. Plus les citoyens ont confiance dans les institutions publiques, plus ils ont la volonté de payer leurs impôts. Cela vaut particulièrement pour les collectivités locales et les organismes publics.

La qualité de la prestation des services publics semble également avoir son importance. Une prestation de services efficace tend à renforcer le civisme fiscal.

Des études antérieures démontrent que les catastrophes climatiques peuvent effriter cette relation de plusieurs façons.

Premièrement, les catastrophes détruisent les moyens de subsistance et réduisent les revenus. Ce qui rend plus difficile pour les ménages de subvenir à leurs besoins fondamentaux. Lorsque les familles peinent à subvenir à leurs besoins essentiels, la survie passe avant tout et le paiement des impôts devient moins important.

Deuxièmement, les catastrophes peuvent réduire la confiance dans les pouvoirs publics lorsque les interventions sont perçues comme lentes, inégales ou politisées. La volonté de s’acquitter de ses impôts diminue — même chez les contribuables aux revenus les plus élevés — si les citoyens estiment que l’aide d’urgence ne profite qu’à certains groupes, ou si la corruption affecte la distribution de l’aide.

Troisièmement, les chocs climatiques exercent une pression supplémentaire sur les finances publiques. Les gouvernements peuvent voir leurs recettes diminuer tout en devant faire face à une hausse des dépenses consacrées à la reconstruction et à l’aide d’urgence.

Ce qui influe sur la volonté de payer

Notre étude a montré que les effets négatifs les plus marqués sur le civisme fiscal provenaient des sécheresses et des températures extrêmes. Cela n’a rien de surprenant. Les sécheresses affectent directement la production agricole, la sécurité alimentaire et les moyens de subsistance en milieu rural. Les vagues de chaleur réduisent également la productivité du travail et augmentent les coûts de santé, en particulier pour les populations vulnérables.

Les inondations ont donné des résultats différents. Dans certains cas, elles ont été associées à un civisme fiscal légèrement plus élevé. Une explication possible est que les interventions visibles et efficaces des pouvoirs publics lors des inondations, telles que l’aide d’urgence et la remise en état des infrastructures, peuvent renforcer la perception d’un État réactif.

Nos recherches suggèrent également que les effets des catastrophes climatiques varient selon les pays et les communautés. L’effet négatif sur le civisme fiscal est plus marqué dans les pays les plus pauvres et dans les zones rurales. Dans ces régions, les moyens de subsistance dépendent davantage d’activités sensibles au climat, telles que l’agriculture. De plus, les ménages ruraux sont souvent plus exposés aux inondations et aux sécheresses. Ils ont également un accès plus limité aux services publics, à la protection financière et au soutien de l’État.

Dans ces contextes, des chocs climatiques répétés peuvent renforcer l’impression que les gouvernements sont incapables ou peu disposés à protéger les populations vulnérables.

Le rôle de la politique climatique

Les politiques d’adaptation au changement climatique doivent s’attaquer aux inégalités et renforcer la confiance des citoyens dans les institutions publiques. À défaut, la répétition des chocs climatiques risque d’effriter leur volonté de contribuer aux finances publiques.

Une protection sociale ciblée, une aide d’urgence équitable en cas de catastrophe et des dépenses publiques transparentes sont essentielles. Il en va de même pour les investissements dans la résilience climatique des communautés vulnérables.

Nos conclusions suggèrent que les catastrophes climatiques ne menacent pas seulement les économies et les moyens de subsistance. Elles peuvent également nuire à la relation fiscale entre les gouvernements et les citoyens là où les inégalités sont fortes et la confiance institutionnelle faible.

Abrams Tagem, spécialiste de la recherche fiscale, a contribué à cet article.

The Conversation

Enrico Nichelatti does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

ref. Les chocs climatiques peuvent-ils modifier l’attitude des citoyens vis-à-vis du paiement des impôts ? – https://theconversation.com/les-chocs-climatiques-peuvent-ils-modifier-lattitude-des-citoyens-vis-a-vis-du-paiement-des-impots-286999

Cinq failles dans le mythe du travail « augmenté » par l’IA. Résultats d’un grand sondage québécois

Source: The Conversation – in French – By Xavier Parent-Rocheleau, Professor, HEC Montréal

On nous promet une révolution. L’intelligence artificielle rendrait le travail à la fois plus productif et plus agréable en nous libérant des tâches pénibles et en nous permettant d’investir plus de temps dans ce qui compte vraiment. C’est le récit du « travail augmenté ». Mais que vivent réellement les personnes qui travaillent déjà avec l’IA ?


Pour le savoir, notre équipe de recherche chapeautée par l’Observatoire international sur les impacts sociaux de l’IA et du numérique (Obvia), en partenariat avec onze organisations syndicales représentant plus de 1,4 million de membres, a interrogé 4 595 personnes syndiquées au Québec en 2025. Nos résultats invitent à revisiter sérieusement le mythe d’un travail universellement amélioré par la machine.

Des gains de productivité moins évidents qu’annoncé

Commençons par la promesse-phare : la productivité. Si l’IA tient ses promesses, ses utilisateurs et utilisatrices devraient travailler plus efficacement. Or, parmi les personnes qui s’en servent quotidiennement, seulement 44 % rapportent un réel gain de productivité. Plus surprenant encore, 26 % déclarent au contraire une perte d’efficacité à cause de la technologie.

Ces pertes de productivité découleraient notamment de la prolifération de travail « vite fait mal fait » avec l’IA (‘AI slope’ en anglais) dont la piètre qualité entraîne des pertes de temps parfois significatives. Ce peut être un rapport qu’il faut reprendre, car il ne répond pas aux normes de qualité, des informations qu’il faut vérifier, car jugées peu viables, une chaîne de courriels devenue incompréhensible et qui nécessite d’être clarifiée entre collègues, etc.

Adopter l’IA ne garantit donc pas de bénéfices concrets. Tout dépend des tâches, des contextes et du profil des personnes. D’ailleurs, l’IA reste pour l’instant cantonnée à des tâches jugées mineures : 75 % des utilisateurs et utilisatrices l’emploient pour un soutien ou un rôle accessoire, et seulement 3 % en font un élément central de leur travail.

Charge de travail et stress : autant de gagnants que de perdants

L’allègement de la charge constitue la deuxième promesse du « travail augmenté » par l’IA. Là encore, le portrait est en demi-teinte. L’IA allège effectivement le fardeau de 46 % des personnes répondantes. Mais elle l’alourdit pour près d’une personne sur cinq (17 %), et ne change rien pour le tiers restant. Par exemple, une parajuriste peut gagner en efficacité grâce à l’IA, mais au final se voir confier davantage de dossiers ou de tâches, ce qui se solde par un alourdissement de sa charge de travail.

Nos données montrent la même ambivalence quant au stress au travail. Dans une proportion égale, l’IA peut soit réduire le stress (28 % des répondants) ou l’augmenter (28 %). Une enseignante du collégial résume cette tension : « Les outils évoluent tellement vite que nous n’avons pas le temps de suivre les changements. Cela est anxiogène et décourageant. »

Autrement dit, l’IA n’améliore pas le travail de façon uniforme : elle le reconfigure. Et selon le secteur, le métier ou l’âge, cette reconfiguration penche vers le mieux… ou vers le pire.


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Travail augmenté, ça dépend pour qui

C’est sans doute le constat le plus important de notre étude : les bénéfices de l’IA ne sont pas distribués au hasard, ils suivent les lignes de fracture déjà existantes du marché du travail.

Les professionnels et les personnes diplômées de l’université figurent parmi les principaux gagnants. Ils disent utiliser l’IA de façon autonome, gagnent en productivité et participer pleinement aux décisions. À l’autre bout, le personnel technique, industriel ou des services se fait plus souvent imposer l’IA. Il rapporte subir davantage la surveillance algorithmique et moins profiter de ses avantages.

La perception de gagner en productivité illustre bien ce clivage : 55 % des personnes diplômées des cycles supérieurs s’estiment plus productives grâce à l’IA, contre seulement 22 % des personnes diplômées du secondaire.

Déficit d’encadrement et de communication

Là où tous, ou presque, s’entendent, c’est pour déplorer deux choses.

D’abord, un manque d’encadrement dans les organisations, alors que seulement 24 % des personnes interrogées observent la présence de politique relative à l’usage de l’IA ou d’un autre mécanisme de régulation.




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Ensuite, le déploiement est tout sauf transparent et démocratique : à peine 12 % disent avoir été consultés avant le déploiement, et seuls 26 % estiment que leur organisation est transparente en matière d’IA.

Résultat, seulement 35 % ont confiance en leur employeur concernant ses projets d’IA.

Une peur du remplacement à contre-courant des prédictions

Près d’une personne sur cinq (18 %) craint pour son emploi à cause de l’IA. Cette inquiétude grimpe avec l’âge, et elle est nettement plus marquée chez les personnes travaillant dans l’industrie et les services, et chez les moins diplômées.

Ces résultats contrastent avec la plupart des grandes études prospectives, qui prédisent au contraire que ce sont les emplois de bureau qualifiés qui sont les plus menacés par l’IA.

Ce décalage entre les prédictions des modèles et les craintes vécues sur le terrain mérite qu’on s’y attarde : il rappelle que l’angoisse technologique se loge souvent là où les personnes se sentent déjà les plus vulnérables.




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Sortir du récit pour regarder les faits

Que retenir ? Que le « travail augmenté » n’est pas un mensonge, mais un récit incomplet.

Pour une partie des travailleurs et travailleuses, souvent les plus qualifiés, l’IA est effectivement un outil de soutien bienvenu et utilisé de leur propre chef. Pour beaucoup d’autres, elle est source de pression, de baisse d’autonomie, de surveillance ou d’insécurité.

À l’heure où les organisations doivent faire face à des enjeux de compétences, de qualification, de pénurie de personnel et d’innovation, les questions soulevées par l’IA au travail doivent être remises au cœur des décisions : l’IA seule ne peut être la solution.

Prendre le temps de discuter de l’IA avec l’ensemble du personnel concerné peut mener beaucoup plus loin : plus les personnes sont formées, impliquées et réellement parties prenantes, plus les bénéfices deviennent concrets et plus on évite que l’IA, faute de réflexion collective, ne finisse par détériorer le travail qu’elle prétend améliorer.

La Conversation Canada

Xavier Parent-Rocheleau a reçu des financements de l’Obvia.

Julie (M.É) Garneau est membre du Centre de recherche interuniversitaire sur la mondialisation du travail (CRIMT) et de l’Observatoire international sur les impacts sociétaux du numérique et de l’IA (Obvia). Elle a reçu des financements du FQRSC, du CRIMT et de l’Obvia.

Vincent Pasquier a reçu des financements de l’Obvia et du FRQ.

ref. Cinq failles dans le mythe du travail « augmenté » par l’IA. Résultats d’un grand sondage québécois – https://theconversation.com/cinq-failles-dans-le-mythe-du-travail-augmente-par-lia-resultats-dun-grand-sondage-quebecois-284406

De nouvelles technologies pour aider les aînés devenus moins autonomes en raison de pertes cognitives

Source: The Conversation – in French – By Amel Yaddaden, Candidate au Ph.D. en sciences de la réadaptation, Université de Montréal

Les maladies neurodégénératives liées au vieillissement, telles que la maladie d’Alzheimer ou le Parkinson, posent des défis majeurs dans le contexte de nos sociétés vieillissantes. Pour les personnes âgées aux prises avec des troubles cognitifs, les outils technologiques de soutien mental constituent une piste encourageante pour préserver leur autonomie au quotidien.


Selon les données les plus récentes, environ 8,7 % des personnes de 65 ans et plus sont atteintes de démence, et ce chiffre pourrait atteindre les 131,5 millions d’individus d’ici 2050. Cette progression rapide accentue la vulnérabilité des personnes concernées, augmentant les risques de perte d’autonomie, d’isolement social et de déclin fonctionnel, ce qui représente de véritables défis qui affectent leur quotidien.

Dès les premiers stades de la maladie, les personnes atteintes éprouvent des difficultés cognitives affectant la mémoire, la planification et la résolution de problèmes. Ces difficultés se manifestent surtout dans les activités complexes, c’est-à-dire celles qui requièrent la gestion simultanée de plusieurs étapes ou l’adaptation à des situations imprévues. Par exemple, préparer un repas nécessite de planifier les ingrédients, de gérer le temps de cuisson et de réaliser plusieurs tâches en parallèle, ce qui peut devenir un véritable défi pour ces personnes.

Face à ces enjeux, le développement de solutions innovantes est essentiel pour préserver leur dignité, leur sécurité et leur inclusion sociale.

Candidates au doctorat en sciences de la réadaptation à l’Université de Montréal, nos recherches portent respectivement sur l’utilisation des technologies d’assistance à la cognition pour soutenir l’autonomie et la sécurité à domicile, ainsi que sur l’implantation des technologies pouvant venir soutenir le système de santé dans l’offre de service à domicile pour les personnes âgées.


Cet article fait partie de notre série La Révolution grise. La Conversation vous propose d’analyser sous toutes ses facettes l’impact du vieillissement de l’imposante cohorte des boomers sur notre société, qu’ils transforment depuis leur venue au monde. Manières de se loger, de travailler, de consommer la culture, de s’alimenter, de voyager, de se soigner, de vivre… découvrez avec nous les bouleversements en cours, et à venir.


Une solution innovante

Les technologies d’assistance à la cognition constituent une réponse prometteuse pour soutenir l’autonomie des aînés vivant avec des troubles cognitifs.

Ces outils technologiques, conçus pour compenser les difficultés cognitives et favoriser l’autonomie fonctionnelle, incluent par exemple les applications de gestion des médicaments, comme les piluliers intelligents qui envoient des rappels automatisés, les systèmes d’alerte permettant de prévenir les oublis et d’assurer la sécurité, les agendas électroniques facilitant l’organisation des activités quotidiennes, ainsi que les objets connectés.




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Au-delà de l’autonomie fonctionnelle, ces technologies jouent un rôle essentiel dans la lutte contre l’isolement social. Des applications de communication adaptées sur tablette électronique permettent par exemple aux aînés de rester connectés à leurs proches, même lorsqu’ils éprouvent des difficultés avec les outils numériques classiques. Des dispositifs favorisant l’engagement communautaire, comme les plates-formes numériques de participation à des événements virtuels, renforcent pour leur part le sentiment d’appartenance et contribuent à prévenir la dépression.

Malgré leur potentiel, ces technologies font face à plusieurs obstacles importants. Outre les enjeux liés à l’accessibilité financière, l’utilisabilité et l’acceptabilité représentent également des défis majeurs. Pour être réellement bénéfiques, ces technologies doivent être faciles à utiliser, intuitives et surtout adaptées aux besoins réels des aînés, notamment ceux vivant avec des troubles cognitifs.

Des méthodes d’apprentissage adaptées

Contrairement à certaines croyances répandues selon lesquelles les personnes âgées atteintes de troubles cognitifs seraient incapables d’apprendre à se servir de nouvelles technologies, les données scientifiques démontrent qu’un apprentissage demeure tout à fait possible, particulièrement dans les stades précoces de la maladie.

La clé réside dans l’adaptation des méthodes d’apprentissage aux capacités résiduelles de la personne. Une approche bien établie en sciences de la réadaptation cognitive est celle de l’apprentissage sans-erreur (errorless learning). Cette méthode consiste à minimiser, voire éliminer, les occasions d’erreurs pendant l’apprentissage, en guidant la personne étape par étape vers la bonne réponse.




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L’apprentissage sans-erreur est particulièrement efficace pour permettre aux personnes âgées d’apprendre à utiliser une technologie, car il utilise les capacités préservées, comme les automatismes de la personne – dite mémoire procédurale. Cette méthode ne requiert donc pas de mobiliser les capacités d’encodage classiques liées à la concentration, souvent atteintes dans la maladie d’Alzheimer.

Les études démontrent que cette méthode favorise la rétention des apprentissages de tâches simples, augmente la confiance des utilisateurs et peut améliorer leur autonomie dans l’utilisation de nouvelles technologies.


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Un domaine en pleine explosion

Le domaine du développement technologique pour soutenir le vieillissement est en pleine explosion.

Un répertoire de technologies disponibles au Québec donne un aperçu de la situation et de leurs utilités pour venir en support aux différentes activités de la vie quotidienne.

Toutefois, il est important de rappeler que les technologies d’assistance à la cognition demeurent des outils et ne remplacent pas les interactions humaines et l’accompagnement professionnel. En soutenant l’autonomie et en facilitant l’inclusion sociale, elles répondent aux besoins des aînés vivant avec des troubles cognitifs lorsqu’elles sont enseignées adéquatement. Néanmoins, pour maximiser leur impact, des investissements dans la recherche et le déploiement de ces technologies sont indispensables.

Heureusement, beaucoup de chercheurs travaillent activement sur les problématiques entourant l’évaluation rigoureuse de ces technologies, pour évaluer leurs efficacités, leur adoption, leur utilisabilité et leur acceptabilité en vue d’optimiser leur déploiement et leur pérennisation.

Bien que le Ministère de la Santé et des Services sociaux (MSSS) et le gouvernement fédéral soutiennent des initiatives pour le vieillissement en santé dans la communauté (Le plan d’action gouvernemental 2024-2029 « La fierté de vieillir » du MSSS : et l’intiative fédérale de subvention « Bien vieillir chez soi », il reste beaucoup des politiques publiques a approfondir pour une utilisation éthique et équitable de ces solutions. Ces efforts permettront de lever les barrières actuelles et de faire des technologies d’assistance à la cognition un levier pour un vieillissement sain et digne.

Dans un monde en constante évolution, ces technologies représentent une véritable promesse : celle d’un avenir où les aînés peuvent continuer à vivre de manière autonome, malgré les défis posés par le vieillissement et les troubles cognitifs.

La Conversation Canada

Amel Yaddaden a reçu des financements des Fonds de recherche du Québec et de AGE-WELL

Aline Aboujaoude est membre de la coopérative de solidarité IXIA. Elle a reçu des financements des Fonds de Recherche du Québec et de AGE-WELL.

ref. De nouvelles technologies pour aider les aînés devenus moins autonomes en raison de pertes cognitives – https://theconversation.com/de-nouvelles-technologies-pour-aider-les-aines-devenus-moins-autonomes-en-raison-de-pertes-cognitives-246952

Football : les Bleus représentent-ils la France ?

Source: The Conversation – in French – By Tapiwa Seremani, Associate Professor in Business Ethics, IÉSEG School of Management

À chaque Coupe du monde, ce ne sont pas seulement les performances des Bleus qui sont scrutées, mais l’identité des joueurs et leurs origines. Leur présence sur le terrain ravive un débat ancien sur l’immigration, l’identité nationale et la manière dont la France se pense elle-même. Derrière la composition de l’équipe se rejoue, à chaque tournoi, la question inachevée de l’identité postcoloniale du pays et de ce que signifie être français au XXIᵉ siècle.


Lorsque le sélectionneur Didier Deschamps a dévoilé la liste des joueurs retenus pour représenter la France lors de la Coupe du monde 2026, l’une des premières questions qui lui a été posée portait sur la présence de joueurs originaires des outre-mer au sein de l’équipe. En réponse, Deschamps a souligné que la sélection nationale reflétait à la fois la société française et son histoire.

Cette déclaration a rapidement suscité de nombreux débats, notamment sur les réseaux sociaux, où il est apparu que la composition de l’équipe ne correspondait pas, pour beaucoup, à leur vision de la France. Comme nombres de ses prédécesseurs, Didier Deschamps venait en effet de constituer une sélection majoritairement composée de joueurs issus de l’immigration. Et, comme eux, il s’est retrouvé confronté à une question qui accompagne depuis longtemps l’équipe de France : les Bleus représentent-ils réellement la France et la société française ?

Lorsque la France remporte sa première Coupe du monde en 1998, les célébrations sont largement interprétées à travers le prisme de l’identité nationale. Le slogan « Black-Blanc-Beur » s’impose alors comme symbole d’une France multiculturelle. À l’inverse, lorsque les choses tournent mal pour les Bleus, comme lors du scandale de la Coupe du monde 2010 en Afrique du Sud, marqué par la grève des joueurs, les critiques sont également formulées en termes d’identité, de valeurs françaises et de ce qui constitue une représentation authentique de la nation.

Si cette question revient à chaque Coupe du monde, c’est qu’elle dépasse largement le football. Pourquoi une équipe dont la plupart des joueurs sont nés en France continue-t-elle d’être interrogée sur sa capacité à représenter la nation ? Pour répondre à cette question, il faut revenir à l’histoire longue de la France, de son empire colonial à son modèle de formation sportive.

Une équipe façonnée par l’histoire

Pourquoi les Bleus comptent-ils autant de joueurs issus de l’immigration ? La réponse réside notamment dans la rencontre entre plusieurs dynamiques historiques.

Les vagues migratoires en provenance des anciennes colonies françaises se sont souvent concentrées dans des quartiers défavorisés.

Parallèlement, l’État et la Fédération française de football ont développé, notamment à partir des années 1980 et 1990, des infrastructures sportives dans ces territoires afin d’offrir aux jeunes des activités structurantes et de lutter contre une marginalisation qui prenait parfois la forme de la délinquance chez les jeunes de ces quartiers. Le football est alors devenu un loisir accessible pour les enfants des quartiers populaires, dont beaucoup étaient originaires de familles immigrées venues des anciennes colonies.

Plus qu’un simple loisir, il est devenu pour beaucoup une voie d’émancipation, offrant une possibilité d’échapper à la pauvreté, à l’exclusion sociale et à la marginalisation. Pour de nombreux jeunes, il a constitué un espace d’intégration sociale, mais également une opportunité de mobilité économique et de sortie de la pauvreté. Il n’est donc pas surprenant que le principal vivier du football français soit aujourd’hui largement concentré dans ces territoires.

Cette réalité se reflète dans la composition de l’équipe nationale et dans de nombreux autres pays européens au passé colonial, tels que l’Angleterre et les Pays-Bas. Cependant, au sein de l’équipe de France, des questions liées à l’identité et à la représentation semblent demeurer irrésolues. La France produit aujourd’hui un nombre exceptionnel de joueurs de classe mondiale dans les banlieues françaises.

Avec 99 joueurs nés et formés sur son sol parmi les 1 248 participants à la Coupe du monde 2026, la France est le premier pays exportateur de talents du tournoi. Si 23 d’entre eux portent le maillot des Bleus, les 76 autres représentent d’autres sélections, parmi lesquelles Haïti, le Sénégal, le Maroc ou encore l’Algérie.

Le poids de l’imaginaire national

Ensemble, l’héritage colonial français, les dynamiques migratoires et les politiques de formation mises en œuvre par la Fédération française de football depuis les années 1990 ont contribué à créer l’un des systèmes de production de talents footballistiques les plus performants du monde.

Ces facteurs permettent d’expliquer pourquoi l’équipe de France présente aujourd’hui ce visage. Ils n’expliquent pas, en revanche, pourquoi cette composition continue d’être contestée. Pour répondre à cette question, il faut déplacer le regard du terrain vers les représentations de la nation.

La colonisation n’a pas seulement transformé l’identité des peuples colonisés, elle a aussi profondément remodelé celle des sociétés colonisatrices, qui continuent aujourd’hui d’en gérer les héritages et les contradictions. Dans le cas français, une tension demeure quant à ce qui représente véritablement la France.

D’un côté subsiste une vision précoloniale ou nostalgique de la nation, selon laquelle une représentation symboliquement « correcte » de la France serait celle d’une France essentiellement blanche sur le plan ethnique. De l’autre, une vision qui considère que l’histoire impériale de la France a contribué à façonner une nation multiculturelle et pluralisée par les migrations, tout en restant fondée sur les principes universalistes de la République. Ces deux visions continuent de coexister et parfois de s’opposer. Cette tension, restée largement irrésolue, resurgit à l’occasion d’événements comme la Coupe du monde, lorsque revient la question sensible de savoir qui peut véritablement prétendre représenter la France.

La compréhension des identités contemporaines nécessite de reconnaître les formes d’hybridité culturelle produites par l’expérience coloniale. La France est une société hybride : une nation façonnée par son histoire coloniale, mais qui demeure parfois mal à l’aise avec des représentations de la nation qui s’éloignent d’une image traditionnellement blanche de la France.

Ainsi, le problème semble moins résider dans l’équipe de France que dans l’imaginaire national. Celui-ci paraît parfois figé dans une représentation d’une « France blanche » précoloniale, sans pleinement reconnaître que la France contemporaine est le produit d’une histoire complexe et métissée.

Les Bleus sont-ils français ? Sans aucun doute. Représentent-ils une France marquée par son histoire coloniale ? Oui. Représentent-ils, en revanche, l’image idéalisée que certains continuent d’associer à la nation française ? Sans doute pas.

En définitive, le débat récurrent sur la représentativité des Bleus en dit peut-être moins sur ceux qui portent le maillot de l’équipe de France que sur les tensions persistantes qui opposent l’héritage colonial de la France à la persistance d’un imaginaire national fondé sur une identité blanche.

The Conversation

Tapiwa Seremani ne travaille pas, ne conseille pas, ne possède pas de parts, ne reçoit pas de fonds d’une organisation qui pourrait tirer profit de cet article, et n’a déclaré aucune autre affiliation que son organisme de recherche.

ref. Football : les Bleus représentent-ils la France ? – https://theconversation.com/football-les-bleus-representent-ils-la-france-285756