La reconstrucción venezolana pasa por involucrar a su propia gente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Beatriz Fernández, Profesora de Comunicación Política en la UNAV, el IESA y Pforzheim, Universidad de Navarra

Llegan donantes a un centro de recolección de ayuda para las víctimas de los terremotos del 24 de junio de 2026 (Maracaibo, Venezuela). Humberto Matheus/Shutterstock

Los terremotos del 24 de junio han dejado una Venezuela enlutada. Las cifras son espeluznantes. Cuesta escribir, a ratos cuesta respirar. En menos de dos semanas los venezolanos hemos aprendido que un punto en la escala de Richter implica 32 veces más potencia destructiva que nuestra anterior gran referencia sísmica: el terremoto del 29 de julio de 1967.

Las imágenes del desastre 59 años después son absolutamente devastadoras. Sus cifras lo son aún más: cientos de edificios derrumbados, carreteras partidas, miles de familias buscando a sus desaparecidos. Como aditivo a la tragedia, ha quedado al desnudo un Estado indolente e incompetente que ha abandonado su responsabilidad de proteger a la ciudadanía.

La roca ciudadana

“El hombre prudente edificó su casa sobre roca”

(Mateo 7, 24)

El doblete sísmico del día de San Juan puso a prueba no solo la infraestructura del país, sino también la solidez de su tejido social. Casi al mismo tiempo que llegaban las primeras imágenes de la destrucción, surgían otras muy distintas: ingenieros que ofrecían evaluar viviendas de manera gratuita, médicos y psicólogos organizando atención voluntaria, empresas prestando maquinaria pesada para la remoción de escombros, iglesias montando refugios improvisados, universidades coordinando brigadas de ayuda, y cocinas comunitarias que surgían en cuestión de horas.

En internet iban apareciendo múltiples iniciativas colaborativas para evaluar los daños en las infraestructuras, buscar desaparecidos, localizar mascotas u ofrecer horas de voluntariado. Asimismo, desde Madrid, Bogotá, Miami, Lima o Buenos Aires, los venezolanos emigrados organizaban campañas de ayuda para personas a las que, con toda probabilidad, nunca llegaran a conocer.

Pensadores del capital social

El filósofo y político liberal francés Alexis de Tocqueville habría reconocido inmediatamente este paisaje. Ya hace casi dos siglos quedó maravillado ante el fenómeno asociativo en Estados Unidos. En su libro La democracia en América (1835), aseguró que la vitalidad de la democracia estadounidense se debía, en gran medida, a la costumbre de los ciudadanos de formar asociaciones voluntarias (religiosas, cívicas, políticas, recreativas) para resolver problemas comunes.

En el pensamiento de Tocqueville, la fuerza de una democracia no radica solo en sus instituciones formales sino en la capacidad de sus ciudadanos para asociarse libremente y resolver de manera colectiva los problemas sociales.

Muchas décadas más tarde, Robert Putnam retomaría esa misma idea y la popularizaría bajo el concepto de capital social (1993). Las conexiones entre las personas, las redes comunitarias y las normas de reciprocidad y confianza que surgen de ellas son fundamentales para el buen funcionamiento de las democracias, las economías y las sociedades. Lo ocurrido en Venezuela durante estas semanas constituye una muy buena demostración contemporánea de esa idea.

Capital social venezolano

Con los estragos provocados por el doblete sísmico se ha visto cómo, mientras el aparato estatal venezolano mostraba enormes limitaciones para responder, la sociedad civil reaccionó con una velocidad y una eficacia sorprendentes. Miles de voluntarios comenzaron a actuar sin esperar instrucciones.

Naturalmente, en la tragedia también aparecen las miserias. Se ha visto corrupción, especulación, abusos de todo tipo, violencia sexual y delincuencia. Las catástrofes no producen solo héroes. Pero las sociedades no se juzgan por sus patologías sino por sus comportamientos predominantes. Y lo predominante en Venezuela han sido la cooperación, la confianza y la solidaridad.

La reconstrucción tras la catástrofe no debe limitarse a las infraestructuras físicas sino también aprovechar la oportunidad de construir una nueva arquitectura institucional. Y, para que sea duradera, deberá edificarse sobre la roca más firme que ha revelado esta tragedia: el capital social de los venezolanos.

Por algo la confianza de los venezolanos descansa hoy mucho más en la sociedad civil que en el Estado. Los datos para Venezuela de una encuesta regional realizada entre el 26 y el 30 de junio sobre valoración gubernamental, riesgo político, polarización y confianza de los ciudadanos, muestra que la confianza del venezolano reside, primordialmente, en su sociedad civil y en los cuerpos de primera respuesta ante las emergencias, mientras que las instituciones políticas tradicionales enfrentan una gran crisis de legitimidad.

Este dato resulta particularmente significativo después de casi tres décadas de un proyecto político que intentó sustituir los vínculos horizontales de la solidaridad por relaciones verticales de patronazgo y dependencia con el Estado.

Merecedores de confianza

El mapa de la confianza de los venezolanos muestra el claro liderazgo de la sociedad civil. Los actores con mayor nivel de confianza son los médicos y el personal de salud, seguidos por los bomberos y las empresas del sector privado.

También las ONG, las fundaciones y las entidades religiosas gozan de una confianza mayoritaria, y, en los primeros días tras la tragedia, se han consolidado como intermediarios clave para la distribución eficiente y confiable de ayuda.

El contraste es enorme con los resultados obtenidos por el Gobierno: el 53 % de los encuestados lo califica de “Muy malo”. estos datos sugieren que la seguridad de la reconstrucción no debe depender de los esquemas militares y estatales que se han venido en los últimos tiempos como de una nueva arquitectura civil y ciudadana.

Hace falta dinero

Ninguna arquitectura institucional será suficiente si Venezuela no consigue atraer inversores para financiar su recuperación. Para el consultor político estadounidense Joe Napolitan, los factores más valorados por los inversores son la estabilidad política y un gobierno democrático. La reconstrucción física requiere capital financiero, pero este solo llegará si se consolidan unas reglas claras, con seguridad jurídica y paz social.

La reconstrucción también depende de la capacidad de activar redes de cooperación global. La percepción ciudadana sobre los actores internacionales define un camino claro para las alianzas. El Gobierno de los Estados Unidos lidera las expectativas de apoyo (75 %), seguido por las ONG internacionales (63 %) y la Unión Europea (59 %). Este bloque se percibe como el garante financiero y técnico necesario para los proyectos de gran envergadura.

En relación con las relaciones regionales, hay un respaldo claro a la cooperación con los gobiernos de Colombia (55 %) y Brasil (47 %), lo que refuerza la idea de una reconstrucción con enfoque integrador en la región. Sin embargo, es claro el rechazo a las alianzas ideológicas, que muestran los índices de confianza más bajos hacia China (39 %), Rusia (32 %), Irán (27 %) y Cuba (26 %).

Estos datos confirman que cualquier propuesta para la reconstrucción nacional debe incorporar a la sociedad civil y al sector privado, como motores esenciales. No puede ser un órgano controlado por la cúpula militar o política pues carecen de la confianza necesaria para movilizar recursos y voluntades. La reconstrucción nacional no puede ser un retorno al pasado, sino la creación de una institucionalidad que se apoye en el capital social venezolano.

Más allá de las fronteras

La reconstrucción del país es una tarea de la patria global. Una diferencia fundamental entre la Venezuela de 1967 y la de 2026 es que entonces su sociedad coincidía con su territorio. En 2026 no.

La enorme diáspora venezolana de la última década, cercana a los 8 millones de personas en todo el mundo, no refleja una nación partida sino una extensión de su capital social. Los emigrantes venezolanos tienen niveles educativos superiores al promedio y su juventud representa una oportunidad estratégica para la sostenibilidad del país. La revolución digital ha permitido que el capital social venezolano emigre sin romperse, manteniendo vínculos afectivos y políticos activos.

La nueva institucionalidad debe integrar formalmente a estos profesionales –ingenieros en Chile, médicos en Houston, periodistas en Madrid–, que ya han mostrado su capacidad para actuar como un solo cuerpo logístico mediante redes digitales y plataformas de ayuda colaborativa.

La reconstrucción debe ser, por tanto, un proceso donde el capital social trabaje de la mano con el sector privado y la comunidad internacional para llenar el vacío dejado por un Estado cuya credibilidad terminó de desplomarse el 24 de junio de 2026.

The Conversation

Carmen Beatriz Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. La reconstrucción venezolana pasa por involucrar a su propia gente – https://theconversation.com/la-reconstruccion-venezolana-pasa-por-involucrar-a-su-propia-gente-286886