Gane o pierda la extrema derecha en las elecciones de Brasil, ¿respetará la democracia?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Débora Thomé, Professora, Instituto Brasileiro de Ensino, Desenvolvimento e Pesquisa (IDP) ; Fundação Getulio Vargas (FGV); Associação Brasileira de Ciência Política (ABCP)

La primera vuelta de las elecciones de 2026 en Brasil, celebrada este domingo, concluyó con una contundente victoria del Partido Liberal (PL), de extrema derecha. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente encarcelado Jair Bolsonaro, se impuso al actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, con más del 47 % de los votos válidos. Su partido también se hizo con los bloques mayoritarios tanto en la Cámara de Diputados –la cámara baja del Congreso de Brasil– como en el Senado, además de en cinco gobiernos estatales.

Los politólogos ya habían pronosticado este escenario. A pesar de que las encuestas mostraban mejores resultados para el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, se observó un cambio en los votos en los últimos días de la campaña, impulsado por el sentimiento anti-PT y el descontento alimentado en gran medida por las expectativas no satisfechas de los consumidores. Esto ocurrió incluso en un momento de baja inflación y bajo desempleo.

Aun así, la carrera sigue muy abierta, ya que los dos candidatos se dirigen ahora a una segunda vuelta el 25 de octubre.

Un proceso electoral sin incidentes graves por ahora

Las elecciones por sí solas no construyen la democracia. Pero, por citar solo a dos figuras fundamentales de la ciencia política, Joseph Schumpeter y Adam Przeworski, las elecciones libres son una de las condiciones necesarias para su existencia: un sistema en el que los líderes compiten periódicamente por los votos y el candidato derrotado acepta su fracaso.

Cabe destacar que se trata de una visión instrumental y, como tal, es fuertemente cuestionada por quienes esperan de la democracia algo más que simples elecciones. Pero precisamente por eso merece la pena recordarlo tras la primera vuelta de las elecciones en Brasil. Poder elegir gobiernos a través de las urnas, respetando el resultado, sin que nadie tome las armas ni organice protestas en un cuartel militar, no es cosa menor.

Desde 1989, año de las primeras elecciones presidenciales directas en Brasil tras el fin de la dictadura militar, el Partido de los Trabajadores ha sido uno de los principales contendientes políticos, situándose sistemáticamente entre las dos primeras agrupaciones.

En siete de las diez elecciones desde entonces, el candidato presidencial del PT fue Lula. Ganó tres de ellas y ahora vuelve a estar en la segunda vuelta.

En las tres últimas votaciones (2018, 2022 y 2026), el otro lado de la contienda ha estado ocupado por la extrema derecha, representada por Jair Bolsonaro en las dos primeras y –ahora que se encuentra bajo arresto domiciliario– por su hijo, Flávio.

En 2018, Jair Bolsonaro salió victorioso. La derecha se reorganizó en torno a él, centrándose principalmente en agendas morales conservadoras, como la defensa de los valores cristianos, el apoyo a la dictadura militar y la oposición a los derechos sexuales y reproductivos, con un fuerte énfasis en el refuerzo de los roles de género tradicionales.

En 2022, Lula, que había sido detenido acusado de presunta implicación en escándalos de corrupción, se presentó de nuevo a las elecciones y, esta vez, salió victorioso, derrotando a Jair Bolsonaro, que buscaba la reelección. En un flagrante desprecio incluso por los principios más básicos de la democracia, los partidarios de extrema derecha de Bolsonaro ocuparon carreteras y cuarteles militares al día siguiente de las elecciones (una clara señal de su negativa a aceptar la derrota).

Aunque al principio mostraron una actitud moderada, regresaron tras la toma de posesión en una acción orquestada el 8 de enero de 2023, cuando grupos organizados de seguidores de Bolsonaro irrumpieron y destrozaron las sedes de los tres poderes del Estado en el Distrito Federal, imitando la toma del Capitolio de EE. UU. del 6 de enero de 2021. Los actos de vandalismo en el Congreso Nacional, el Palacio del Planalto y el Tribunal Supremo Federal dieron lugar a la condena de cientos de seguidores de Bolsonaro.

Dada la gravedad de los hechos, el propio Bolsonaro fue condenado a prisión por el Tribunal Supremo Federal (STF) como líder de la organización criminal que intentó dar un golpe de Estado, junto con altos mandos militares y un diputado federal.

Encuestas erráticas

Esta será la tercera elección en la que los partidarios del PT y los de Bolsonaro se enzarzarán en una reñida carrera por la presidencia que llegará hasta la segunda vuelta. A lo largo de toda la campaña de este año, las predicciones de las encuestas no se han mantenido constantes durante más de una semana seguida. Los estudios de ciencias políticas ofrecen algunas pistas para explicarlo.

El PT cuenta con una base fiel que le garantiza alrededor del 30 % de los votos, mientras que el bando anti-PT representa otro 30 % aproximadamente. No todos los izquierdistas son partidarios del PT, ni todos los votantes anti-PT apoyan a Bolsonaro, pero ambos grupos suelen solaparse.

Artículos recientes señalan que la identificación con la derecha también se ha afianzado entre los votantes, más allá del mero apoyo a Bolsonaro. Además, hay datos que indican que las mujeres muestran una mayor preferencia por Lula, mientras que los evangélicos tienen una predilección aún mayor por Bolsonaro, ya sea el padre o el hijo.

Las segundas vueltas rara vez alteran el resultado de la primera vuelta (aunque sea posible). El patrón según el cual los candidatos que se presentaban a la reelección tenían más posibilidades de ganar ha ido cambiando. Y en América Latina, la “marea rosa” de gobiernos de izquierda ha sido sustituida por una ola de candidatos de extrema derecha que han salido victoriosos, como ha ocurrido en Argentina y Chile.

Una vez finalizadas las elecciones, debemos velar por la solidez de las instituciones, yendo mucho más allá de la mera garantía de unos comicios justos para preservar la democracia. Esto es especialmente cierto en un contexto en el que la extrema derecha –que ha atacado las instituciones en numerosas ocasiones y niega sistemáticamente la ciencia (como vimos durante la pandemia de la covid-19)– contará con los bloques más numerosos en el Congreso y podría incluso hacerse con la presidencia.

Por lo tanto, la labor de estas instituciones –compuestas por personas con diferentes preferencias políticas– cobra aún mayor importancia. Depende de ellas garantizar unas normas que se apliquen a todos y que permitan, aunque sea mínimamente, la independencia de los tres poderes del Estado, así como unas elecciones justas y periódicas con oponentes políticos que puedan ganar o perder.

Defender la democracia, tanto en la victoria como en la derrota

Con la mirada puesta en América Latina, pero profundamente preocupado por la situación en Estados Unidos, Adam Przeworski –el académico conocido por su concepción minimalista de la democracia– llamó la atención sobre dos puntos en una conferencia celebrada en París el pasado mes de mayo. Según el politólogo, no podemos dar por sentado que la democracia deja de existir cuando sale elegido un candidato que no nos gusta; al contrario, esto demuestra que el sistema funciona correctamente.

Por otra parte, señaló que en EE. UU., la erosión de la democracia durante el segundo mandato de Donald Trump ha estado amenazando la posibilidad de celebrar elecciones justas y periódicas en las que se acepte la derrota. Esto sirve de advertencia para Brasil.

No sabremos quién será el próximo presidente de Brasil hasta el 25 de octubre. Sea quien sea el vencedor, la regla sigue siendo la misma: las elecciones deben ser justas y el perdedor debe aceptar el resultado.

En este aspecto, las dos partes no tienen el mismo historial. Lula perdió tres elecciones presidenciales consecutivas y, sin embargo, los miembros del Partido de los Trabajadores no fueron a Brasilia a asaltar el Congreso. No se puede decir lo mismo de la extrema derecha. La última vez que perdió, estallaron los disturbios del 8 de enero de 2023, durante los cuales no se respetó ni siquiera el concepto más básico de democracia.

Por esta razón, el compromiso que se espera ahora de la extrema derecha brasileña es doble.

Si pierde, debe aceptar la derrota. Si gana, debe gobernar dentro de las normas que le permitieron la victoria, respetando al poder judicial, a la prensa, a la oposición y la posibilidad de ser derrotada dentro de cuatro años.

Un gobierno democrático debe ir más allá, garantizando que los diferentes grupos tengan acceso al poder y que se reduzca la desigualdad. Pero sin este primer paso, ningún otro es posible. Es este compromiso el que la extrema derecha debe garantizar.


Este artículo es fruto de una colaboración entre The Conversation Brasil y la Asociación Nacional de Posgrado en Ciencias Sociales de Brasil (ANPOCS). Débora Thomé presentará una de sus ponencias en el 50.º Congreso Anual de la ANPOCS, que tendrá lugar del 7 al 9 de octubre. Consulte el programa completo aquí.


The Conversation

Débora Thomé no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Gane o pierda la extrema derecha en las elecciones de Brasil, ¿respetará la democracia? – https://theconversation.com/gane-o-pierda-la-extrema-derecha-en-las-elecciones-de-brasil-respetara-la-democracia-293585