Source: The Conversation – (in Spanish) – By Luis Navarro, Catedrático de Botánica, Universidade de Vigo

Los estudios científicos sobre incendios forestales no permanecen encerrados en las revistas especializadas. Sus resultados llegan al debate público y pueden influir tanto en la percepción social de los espacios protegidos como en las decisiones adoptadas para gestionarlos.
Dos trabajos publicados en 2022 y 2025 han alimentado ese debate. El primero constató que cerca de la mitad de la superficie afectada por los grandes incendios de 2022 estaba dentro de espacios protegidos; el segundo comparó la incidencia y la severidad del fuego dentro y fuera de ellos. Estos resultados se han interpretado como indicio de que la protección puede favorecer la acumulación de vegetación y elevar el riesgo de incendio, de lo que se derivaría la necesidad de gestionar más activamente la vegetación de esos territorios.
Pero ¿permiten realmente los datos concluir algo así?
Para responder, nuestro grupo ha examinado los estudios de 2022 y 2025, este último firmado en parte por los mismos investigadores, que amplía el análisis comparando la incidencia de los incendios dentro y fuera de los espacios protegidos.
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Que un territorio arda no explica el porqué
El estudio de 2022 documentó una situación extraordinaria. En algunas regiones del suroeste de Europa, la superficie quemada superó hasta 52 veces la mediana del periodo 2001-2021. Los grandes incendios comenzaron antes de lo habitual y coincidieron con valores extremos de sequedad de la vegetación, demanda atmosférica de agua y condiciones meteorológicas favorables a la propagación. También encontró que cerca de la mitad de la superficie afectada por los grandes incendios estaba dentro de espacios protegidos.
Si bien es un resultado relevante, no demuestra que la protección hiciera esas áreas más inflamables. Aunque el estudio tuvo en cuenta la proporción de territorio potencialmente combustible incluida en espacios protegidos, para determinar si estos ardieron preferentemente habría que controlar también diferencias de vegetación, topografía, meteorología, probabilidad de ignición, accesibilidad y capacidad de extinción entre territorios protegidos y no protegidos. Un incendio podría, además, comenzar fuera del espacio protegido y penetrar después en él. En definitiva, el dato en bruto no demuestra que el modelo de gestión haya provocado el incendio o favorecido su propagación.
La propia investigación se definía como un análisis preliminar de una temporada extrema. Un análisis posterior del episodio extremo de 2025 tampoco encontró evidencia robusta de una afectación preferente de los espacios protegidos, aunque su incertidumbre fue demasiado amplia para demostrar proporcionalidad. Pasar de la superficie quemada a una explicación causal basada en la gestión exige una conexión que ninguno de esos diseños permitía establecer.
Una asociación no demuestra una cadena causal
El trabajo de 2025 comparó incendios dentro y fuera de áreas protegidas. En la Europa mediterránea, las zonas con protección ocupaban aproximadamente entre el 25 y el 45 % del territorio analizado y concentraban entre el 22 y el 40 % de la superficie quemada. La diferencia no fue estadísticamente significativa: ardieron, en términos generales, de manera proporcional a su extensión.
En cambio, la severidad del fuego sí fue un 20 % mayor dentro de los espacios protegidos. Para explicar este patrón, se utilizó la cantidad de materia vegetal que produce un ecosistema (productividad primaria neta) del año anterior como indicador de la biomasa potencialmente inflamable y la densidad de carreteras como medida de accesibilidad. Pero la productividad primaria no mide directamente la cantidad, estructura o inflamabilidad de la biomasa (o “combustible”, como los autores la definen): no todo el monte arde igual. Tampoco la densidad de carreteras, que aporta datos sobre accesibilidad al territorio, informa sobre los medios desplegados o las decisiones adoptadas durante cada incendio.
Un estudio diferente sobre los incendios de 2025, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Castilla-La Mancha, comparó sectores protegidos y no protegidos dentro de los mismos fuegos y tipos de cubierta. Según sus resultados, la diferencia de severidad no fue estadísticamente significativa. Esto no demuestra equivalencia, pero sí que la diferencia observada a mayor escala no se mantuvo como estadísticamente significativa al controlar mejor el contexto ecológico.
Los resultados encontrados permitirían formular la hipótesis de que una mayor protección del territorio conduce a una menor intervención y, con ello, a una mayor acumulación de combustible que podría traducirse en una mayor superficie quemada o severidad del incendio, pero no permiten establecer esa cadena causal.
El factor que falta: dónde decidimos apagar primero
Además de los factores ambientales que pueden diferenciar los territorios protegidos de los no protegidos, como el tipo y la estructura de la vegetación, la topografía o las condiciones meteorológicas, existe otra explicación potencialmente importante: las diferencias en las prioridades de extinción.
Cuando coinciden varios incendios, los medios se concentran, de forma comprensible, en defender vidas humanas, poblaciones, viviendas e infraestructuras. Los territorios naturales generalmente remotos y menos accesibles pueden recibir menos recursos de extinción, resultar más difíciles de defender o no ofrecer condiciones seguras para intervenir. Por ello, una mayor superficie quemada dentro de un espacio protegido no demuestra necesariamente que su vegetación fuera más inflamable. También podría indicar que el fuego fue combatido con distinta intensidad, prioridad o eficacia.
Ninguno de los estudios incorporó información sobre despliegue de medios, tiempos de respuesta o decisiones operativas. La densidad de carreteras indica accesibilidad, pero no sustituye esos datos. Esto no quiere decir que las prioridades de extinción expliquen el patrón observado, pero muestra que esa explicación no puede descartarse. Presentar otra hipótesis como explicación causal excede lo que permiten concluir los análisis.
¿Qué naturaleza queremos conservar?
La discusión contiene una contradicción más profunda. Muchas áreas protegidas conservan ecosistemas cuya estructura y composición han sido modeladas durante siglos por determinados regímenes de perturbación, incluidos usos tradicionales como el pastoreo, la siega, el aprovechamiento de leña o las quemas controladas.
El fuego ha contribuido a seleccionar las especies que alberga y sus interacciones.
Esto no significa que cualquier incendio sea natural o beneficioso. Las especies están adaptadas a regímenes concretos de frecuencia, intensidad y estacionalidad, no al fuego en abstracto. Las forestaciones masivas del siglo XX y el escenario actual de cambio climático pueden favorecer incendios de características o magnitudes históricamente infrecuentes en nuestros territorios y que lleguen a superar la capacidad de recuperación de los ecosistemas.
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Pero tampoco toda la vegetación que puede arder constituye una acumulación indeseable de combustible. Un matorral no es simplemente un bosque que todavía no se ha limpiado, ni la madera muerta es solo materia combustible. Son hábitats, refugios, nutrientes y componentes de procesos ecológicos. Llamar “combustible” a la vegetación es físicamente correcto, pero ecológicamente incompleto. Si ese lenguaje determina la gestión, podemos acabar sustituyendo la conservación de los ecosistemas por la selección de las especies y estructuras que consideramos más seguras, productivas o deseables.
La paradoja aparece cuando queremos proteger un territorio por su naturaleza y, al mismo tiempo, proponemos modificar sistemáticamente sus hábitats para eliminar aquello que puede arder. ¿Estamos conservando el ecosistema y sus procesos o un paisaje previamente elegido?
Gestionar puede ser necesario, pero ¿para conseguir qué?
Tampoco puede darse por supuesto que un espacio protegido esté necesariamente menos gestionado. Algunos hábitats seminaturales dependen del pastoreo u otras prácticas tradicionales. Ciertas especies amenazadas requieren actuaciones específicas. Y, cerca de viviendas e infraestructuras, puede ser imprescindible reducir la biomasa para proteger vidas humanas. Pero esas intervenciones responden a objetivos diferentes. Por eso, antes de decidir cómo gestionar un territorio deberíamos preguntarnos: ¿qué objetivo perseguimos?
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Si es proteger poblaciones e infraestructuras, puede ser necesario reducir biomasa en puntos estratégicos.
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Si es conservar una especie o un hábitat amenazado, la intervención debe responder a sus requerimientos ecológicos.
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Si es mantener procesos naturales, quizá corresponda aceptar cierto grado de perturbación y cambio.
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Si queremos producir madera, mantener pastos o preservar un paisaje cultural, también es legítimo, pero no deberíamos presentarlo automáticamente como restauración ecológica.
El problema no es recomendar la prevención de incendios. Es presentar una política de intervención como respaldada por los datos, cuando estos no la sustentan, ni se consideran alternativas. Entre observar que una superficie protegida ha ardido y concluir que necesita más gestión existe un largo recorrido causal. Recorrerlo mediante suposiciones no convierte esas suposiciones en evidencia.
Antes de transformar un espacio protegido, deberíamos saber qué queremos conservar, frente a qué amenaza y para beneficio de quién. Solo entonces podremos discutir honestamente qué gestión necesita, o si necesita alguna, la naturaleza que decimos querer proteger.
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Adrián Escudero recibe fondos de Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.
Fernando Ojeda Copete recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades)
Juli G. Pausas recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación..
Luis Navarro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Arden más los espacios protegidos? Cuando los datos no justifican el relato – https://theconversation.com/arden-mas-los-espacios-protegidos-cuando-los-datos-no-justifican-el-relato-290686
