Source: The Conversation – (in Spanish) – By Raquel Ávila Muñoz, Profesora Ayudante Doctora, Universidad Complutense de Madrid

Cuando pensamos en la revolución del ordenador personal, es fácil que vengan a nuestra memoria nombres como Bill Gates o Steve Jobs, además de productos como el IBM de 1981 o el Macintosh de 1984.

Cooper Hewitt/Wikimedia Commons, CC BY
Ese primer Mac contribuyó decisivamente a popularizar una forma de relacionarse con los ordenadores, más amigable, alejada de las pantallas de fósforo verde llenas de líneas interminables de código. El reto se consiguió, en buena medida, gracias a su interfaz gráfica de usuario, en la que la diseñadora gráfica y artista Susan Kare (Estados Unidos, 1954) asumió un papel fundamental.
Un ordenador personal amigable
Para empezar, el Macintosh se presentó a la humanidad mostrando en su pantalla un pixelado “hello” escrito a mano alzada, con la promesa de que cualquiera que pudiese apuntar con un dedo podría manejarlo.
Kare explicaba en una demostración del producto que se requerían tan solo unos minutos para aprender a utilizar el sistema, gracias a que el usuario recibía constantemente pistas visuales que proporcionaban toda la información y ayuda necesarias: pequeños iconos que representaban documentos, carpetas y todo tipo de objetos presentes en un entorno clásico de oficina, desde la papelera hasta el archivador. No había que saber cómo funcionaba internamente el ordenador. Bastaba con reconocer un objeto, seleccionar una acción y comprobar visualmente el resultado.

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Esto, realmente no era del todo nuevo. Los investigadores de Xerox habían dedicado años a estudiar cómo representar un sistema informático de manera que resultara familiar y sencillo de aprender. Fueron los creadores originales de esa “metáfora del escritorio” que presenta al monitor de un ordenador como si fuera el escritorio físico del usuario –y que ya utilizaban el Xerox Alto de 1973, y el Xerox Star, presentado en 1981–.
Los desarrollos de Xerox influyeron profundamente en el diseño del LISA, el ordenador de Apple que precedió al Macintosh y del cual heredó su interfaz de usuario, por lo que Susan Kare no partió de cero.
La madre de la papelera… del Macintosh
La popularidad de la diseñadora y esa aura que rodea a todo lo relacionado con el Mac del 84 han dado lugar a algunos relatos que atribuyen a Kare la creación del icono de la papelera y hasta la acción de arrastrar un archivo a ese contenedor de desechos, para eliminarlo.
Sin embargo, ya había una papelera denominada “waste basket” en el Xerox Star y, posteriormente, en el LISA. Pero, si analizamos con atención el diseño del icono del Star, se puede apreciar que, sin la etiqueta correspondiente, podría confundirse con una carpeta donde guardar documentos o una bandeja con archivos pendientes de revisar. La versión del LISA, en cambio, muestra de forma clara su función: un contenedor de basura.
Eso sí, la papelera creada por Kare mejoró las anteriores en pequeños detalles, como la posición de las asas y la tapadera, o la forma de mostrar el icono con un toque de humor, como a punto de reventar, cuando está llena. Esa es la virtud de esta diseñadora: decidir qué rasgos son esenciales, cuáles pueden eliminarse y cómo conseguir que ese símbolo se distinga rápidamente de los demás, transmitiendo de forma inequívoca su función.

Toastytech.
Diseñando iconos con un puñado de píxeles
Kare se unió al equipo de desarrollo del Mac en 1983, cuando su amigo del instituto, Andy Hertzfeld, uno de los ingenieros del proyecto, pensó en ella para crear fuentes tipográficas y elementos para la interfaz del nuevo ordenador que estaban desarrollando. ¿Por qué ella? Porque representaba al usuario al que querían llegar: una persona con un perfil no muy técnico, que jamás se habría interesado en aprender programación para poder dibujar con un ordenador.
De hecho, los primeros bocetos que realizó los dibujó en papel, rellenando bloques en un cuaderno sobre una cuadriculada de 32 módulos de ancho y alto. Un total de 1 024 cuadraditos, el número de píxeles –“activos” (blancos) o “inactivos” (negros)– que podía tener un icono, dadas las limitaciones de la tecnología de la época. En esa diminuta cuadrícula, consiguió condensar objetos, acciones y conceptos que debían resultar comprensibles para personas sin conocimientos informáticos.
Para diseñar con estas limitaciones, a Kare le resultaron muy útiles los conocimientos sobre puntillismo y mosaicos adquiridos en su formación en Bellas Artes. También su experiencia con el bordado tradicional en punto de cruz fue esencial para crear iconos que siguen estando ahí décadas después, cuando la tecnología hace tiempo que dejó de imponer tales restricciones. Quizá por eso, a modo de homenaje, en la web donde Andy Hertzfeld recoge anécdotas sobre el desarrollo del Mac, luce la palabra “folklore” en punto de cruz.

Computer History Museum
Además, Hertzfeld programó un pequeño editor para facilitar el trabajo de Kare: un programa que permitía activar o desactivar cuadraditos en una rejilla de 32×32 módulos. El diseño resultante se mostraba en tamaño grande junto a una versión del icono en su tamaño real en pantalla. Con este sencillo programa, la diseñadora fue capaz de realizar hasta un retrato de Steve Jobs, en el que captaba claramente sus rasgos –y logró algo prácticamente imposible: que le gustase al propio Jobs–.
No tomarás la manzana en vano
Otro de sus diseños imperecederos es el símbolo de la tecla “comando” –o “tecla Apple”– que permite, entre otras acciones, ejecutar atajos de teclado.
Inicialmente, habían utilizado el característico símbolo de Apple para identificar esta función, de manera que los menús aparecían llenos de listados con pequeñas manzanas mordidas. A Jobs esto le pareció una especie de sacrilegio ridículo.
Encontrar un icono para representar un significado tan complejo como el de la tecla “comando”, que carecía de un objeto de referencia real, no era tarea fácil. Finalmente, Karen adoptó un símbolo utilizado en Suecia para indicar lugares de interés turístico.
Papeleras, bombas, tortugas y ordenadores felices

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En su trabajo, abundan las metáforas visuales con un toque de humor. Por ejemplo, al encender el Macintosh la pantalla mostraba un disquete con un símbolo de interrogación parpadeando en su interior, que parece decir “¿dónde está mi disquete?” –muchos ordenadores de la época necesitaban introducirlo para cargar documentos y programas–. Si todo iba bien, aparecía el icono del “Mac feliz”, la pantalla de bienvenida y un pequeño reloj de pulsera que indicaba que era necesario esperar un momento mientras se terminaba de cargar el contenido. En cambio, si el disco de arranque no era válido, aparecía el icono del “Mac triste” acompañado de un código de error. Para representar un error grave e irrecuperable del sistema, la diseñadora fue un poco más lejos y diseñó una bomba a punto de estallar.
También desarrolló un panel de control en el que no había ni una sola etiqueta de texto. Aparte de las cifras, necesarias para indicar elementos como el día, la hora o el volumen, todo lo demás era visual. Por ejemplo, un pequeño conejo y una tortuguita representaban un rango de velocidades. Este panel fue descrito como un juguete, un “adorno para la cuna” en una reseña tras el lanzamiento del Mac, crítica que el equipo de desarrollo recibió como un cumplido.
Pero el sentido del humor no es la única característica de su trabajo. Su cultura visual también se aprecia en detalles como el icono de alerta, cuya forma recuerda al perfil geométrico y abstracto de un rostro humano presente en el símbolo de la Bauhaus. La elección resulta especialmente sugerente, ya que la escuela alemana defendió la integración entre arte y tecnología y la relación entre forma y función, una idea que encaja perfectamente con la naturaleza de los iconos de una interfaz gráfica.
Mucho más que iconos
Además de iconos, Kare diseñó un conjunto de tipografías adaptadas a las características de las pantallas digitales. La Elefont, posteriormente rebautizada como Chicago, se mantuvo como fuente de sistema durante más de una década y se utilizó más tarde en otros productos de Apple, como el iPod. Hasta creó una fuente pictográfica, cómo no, compuesta por iconos en lugar de letras.

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Asimismo, es autora de numerosos diseños para la promoción del Mac, como la “dama japonesa”, realizada a partir de un grabado que le proporcionó Steve Jobs. Realizó desde ilustraciones y materiales gráficos para manuales e informes, hasta los carteles para las actividades organizadas por el equipo de desarrollo, incluidos picnics y fiestas de cumpleaños.
En definitiva, se convirtió en la artista encargada de explorar y mostrar las posibilidades creativas de un ordenador pensado para empatizar con el usuario, cuyo manejo resultaba agradable, incluso, divertido.
Del Mac al MoMA
Después de dejar Apple, Susan Kare continuó realizando diseños memorables para otras compañías, como NeXT, Facebook, Microsoft (ese juego de cartas del solitario con el que todos nos hemos entretenido alguna vez), Pinterest o Niantic. Pero, si hay algo que la ha convertido en una diseñadora icónica (nunca mejor dicho), capaz de elevar una interfaz gráfica a categoría de arte, fue su trabajo para el Macintosh del 84. Prueba de ello es que está expuesto en el MoMA.
Con todo ello, ayudó a construir un lenguaje visual coherente, capaz de hacer comprensible y humanizar la tecnología, contribuyendo a abrir todo un mundo de posibilidades en la informática para la gente común. No cabe duda que, sin sus aportaciones, el Macintosh del 84 no habría llegado a convertirse en bandera de una revolución.
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Raquel Ávila Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Susan Kare, la diseñadora que convirtió los iconos del Mac en obras de arte – https://theconversation.com/susan-kare-la-disenadora-que-convirtio-los-iconos-del-mac-en-obras-de-arte-289418
