Embarazo y deporte: necesitamos una conversación diferente

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Esther Morencos Martínez, Profesora/Investigadora de Ciencias de la Actividad Física y del deporte, Universidad Francisco de Vitoria

Sven Hansche/Shutterstock

Una deportista puede tener durante años un equipo técnico que ajuste su rendimiento. Sin embargo, al quedarse embarazada muchas veces el sistema deja de saber qué hacer con ella. Aparecen dos respuestas, ambas insuficientes. Una es el miedo: “No fuerces, ahora toca descansar”. La otra es la épica, que celebra a quien sigue entrenando como si el embarazo fuera otra prueba de fortaleza. Pero ninguna de las dos cuida bien de estas mujeres.

El embarazo es un proceso fisiológico normal y, al mismo tiempo, extraordinariamente demandante. Por eso necesitamos tener una conversación diferente. Plantearnos qué necesita una deportista para seguir entrenando sin miedo y sin sentirse sola.

No necesita permiso: necesita acompañamiento

¿Puede entrenar una embarazada? La pregunta se formula mal. Así planteada, obliga a elegir entre permitir o prohibir.

La cuestión es otra: qué mujer, con qué embarazo, con qué historial deportivo, síntomas y apoyos puede entrenar. No es lo mismo una mujer sedentaria que empieza a caminar que una jugadora de fútbol profesional. Tampoco es igual un embarazo sin complicaciones que uno con anemia, riesgo de parto prematuro, placenta previa o preeclampsia.

Aquí la palabra clave es “estratificación”. Es decir, identificar contraindicaciones, valorar síntomas, revisar antecedentes, conocer el nivel de entrenamiento previo y ajustar la actividad a la evolución de la gestación. Las guías internacionales recomiendan al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada en embarazos sin contraindicaciones.

Es una referencia útil para la población general, no un techo para mujeres con hábitos deportivos previos o muy entrenadas.

El cuerpo no se debilita: se reorganiza

El embarazo activa una reorganización biológica sofisticada: el corazón trabaja más, aumenta el volumen sanguíneo, cambian la ventilación y el metabolismo, se desplaza el centro de gravedad y los tejidos se preparan para sostener el crecimiento fetal.

Estos cambios no implican fragilidad, sino adaptación. Explican por qué el entrenamiento debe ajustarse a cada momento: la frecuencia cardiaca responde distinto, la ventilación cambia al reducirse el espacio disponible, la hidratación y la energía pesan más, y el impacto debe gestionarse con control.

El cuerpo gestante no se vuelve incapaz: sencillamente es distinto. La fisiología no debería usarse para prohibir por sistema, sino para decidir mejor.

Hablar sin tabúes también es cuidar

Muchas deportistas se preguntan en silencio, especialmente durante el primer trimestre: ¿y si entreno y pierdo mi bebé?

El aborto espontáneo es frecuente (ocurre en entre el 10 y el 20 % de los embarazos clínicamente reconocidos), doloroso y todavía rodeado de culpa. La mayoría de pérdidas tempranas se relacionan con alteraciones cromosómicas del embrión, no con haber entrenado. Además, la evidencia disponible no muestra que el ejercicio prenatal, en condiciones adecuadas y sin contraindicaciones, aumente ese riesgo.

Decir esto no minimiza el dolor de una pérdida, pero ayuda a retirar una culpa injusta con la que muchas mujeres cargan. Una conversación diferente sobre embarazo activo también debe hablar de los miedos incómodos. No para empujar a nadie a entrenar, sino para que la decisión no se base en mitos infundados.

El autocuidado no empieza con el test positivo

Si el embarazo exige tanto al cuerpo, el acompañamiento no debería empezar tarde. La consulta previa permite revisar salud, déficits nutricionales, hábitos deportivos, suplementación básica y preparación para la gestación. En mujeres deportistas o muy activas también debería incluir historia deportiva, salud menstrual, disponibilidad energética y distribución de macro y micronutrientes.

Esta mirada hacia atrás importa. Un estudio internacional con 1025 mujeres que ya habían dado a luz observó que el 6 % mostraba deficiencias energéticas (RED) y el 20 % amenorrea secundaria. Quienes tenían antecedentes presentaron más partos antes de la semana 37 y bebés con menor peso medio al nacer. La salud hormonal no debería ser un precio a pagar por practicar deporte, aun sin deseo gestacional, por sus implicaciones para la salud de la mujer.

El suelo pélvico también debe formar parte del seguimiento antes, durante y después del embarazo. En deportistas es especialmente relevante: la incontinencia urinaria afecta a una de cada cuatro atletas, con cifras mayores en disciplinas de impacto y salto. Y no basta con preguntar si hay pérdidas de orina. La fisioterapeuta especializada debe hacer una valoración más profunda.

En deportistas de élite, calendarios, contratos, selecciones, becas y ciclos olímpicos condicionan cuándo y cómo se plantea la maternidad. Por eso hablar de embarazo activo no es solo hablar de fisiología: también es hablar de preparación, derechos, planificación y cultura deportiva.

Entrenar es reorganizar estímulos

Entrenar durante el embarazo significa reorganizar estímulos. Por ejemplo, una corredora puede reducir kilómetros y mantener el estímulo cardiovascular con otras alternativas. El objetivo no es hacer menos, sino preservar estímulos por vías más seguras.

La carrera y el impacto no tienen por qué desaparecer automáticamente. Con buen control de síntomas y valoración del suelo pélvico, pueden mantenerse en buena parte del embarazo, incluso en fases avanzadas.

Con la fuerza ocurre algo parecido. Aunque sentadillas, trabajo en supino, Valsalva o levantamientos olímpicos se han desaconsejado durante años, un estudio con 679 mujeres que entrenaron con cargas altas durante el embarazo no encontró peores resultados perinatales ni de suelo pélvico. No se trata de empezar a levantar pesas sin experiencia, sino de entender que, en mujeres entrenadas y sin complicaciones, la fuerza puede y debe formar parte del plan.

Los datos en corredoras de élite lo muestran bien: en un estudio con 42 atletas, el volumen de carrera bajó de unos 63 km semanales en el primer trimestre a unos 30 km en el tercero. Disminuyó, pero no desapareció.

Algo parecido se observó en Marit Bjørgen, que acumuló 555 horas de entrenamiento durante el embarazo, reduciendo la carga al final. Ajustaban impacto, intensidad y medios, pero seguían conservando estímulos muy por encima de las recomendaciones generales.

Eso sí, con controles adecuados. El bienestar maternofetal requiere seguimiento y evaluación frecuente del riesgo. Las banderas rojas deben estar claras: cualquier síntoma nuevo, persistente o desproporcionado durante el ejercicio debe comentarse con el equipo médico para adaptar en consecuencia.

Nuevas necesidades energéticas

Uno de los riesgos menos visibles en mujeres embarazadas activas es quedarse cortas de energía. El cuerpo necesita más para sostener el crecimiento fetal, la placenta, el aumento del volumen sanguíneo y el propio coste metabólico de la gestación. Si además sigue entrenando, ese gasto se suma.

No significa “comer por dos”, pero sí adaptar la ingesta, evitar ayunos prolongados, ajustar las comidas alrededor del entrenamiento y atender náuseas, reflujo y síntomas digestivos.

El proceso de adaptación no termina con el parto. Si hay lactancia materna y retorno al entrenamiento las necesidades energéticas aumentan también. La nutrición no es una cuestión estética, sino una herramienta de salud, recuperación y rendimiento.

Un ecosistema que conversa

Las cifras no dicen que todas las embarazadas deban entrenar como atletas. Dicen algo más importante: entre prohibir por miedo y celebrar la épica hay un espacio enorme.

La élite no debe mostrar una maternidad invencible, sino hacer visibles las lagunas del sistema. Muchas mujeres no profesionales también entrenan muchos días por semana, compiten o han construido parte de su bienestar alrededor del movimiento. Ellas tampoco necesitan mensajes paternalistas ni heroicos. Necesitan evaluación, criterio, coordinación entre profesionales, acompañamiento y recursos.

Esa es la conversación diferente. Y necesaria.


_En este artículo ha colaborado la Dra. Anna Carceller.


The Conversation

Esther Morencos Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Embarazo y deporte: necesitamos una conversación diferente – https://theconversation.com/embarazo-y-deporte-necesitamos-una-conversacion-diferente-282302