Source: The Conversation – (in Spanish) – By Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea
Son las 7:42 y el tren sale a las 8:10. La pantalla anuncia un cambio de andén, pero la megafonía apenas se entiende. Una persona arrastra dos maletas, busca el billete en el móvil y comprueba por tercera vez que está en la estación correcta. En un aeropuerto, otro viajero mira la puerta de embarque, el reloj y la fila del control de seguridad.
El viaje aún no ha empezado y el cuerpo ya se comporta como si hubiera una amenaza. Solemos asociar esta inquietud con el miedo a volar, pero la ansiedad previa al viaje es más amplia. También aparece en estaciones y afecta a personas que no temen ni a los aviones ni a los trenes. El problema no siempre es el transporte, sino lo que debemos hacer antes de subirnos a él.
En pocos lugares cotidianos se acumulan tantas exigencias al mismo tiempo: llegar puntuales, orientarnos en un espacio desconocido, interpretar mensajes que pueden cambiar, proteger el equipaje y tomar decisiones rápidas entre cientos de estímulos. El margen para equivocarse parece mínimo y muchas de las variables importantes escapan a nuestro control.
Esa combinación de incertidumbre, presión temporal y sobrecarga convierte aeropuertos y estaciones en escenarios especialmente propicios para que aparezca la ansiedad.
Viajar significa dejar de controlar
La ansiedad anticipatoria se activa cuando creemos que puede ocurrir algo negativo y no sabemos si podremos evitarlo. Los grandes espacios de tránsito reúnen todas esas condiciones. Debemos llegar a una hora concreta, seguir instrucciones, localizar una salida y adaptarnos a decisiones tomadas por otros.
En psicología, la intolerancia a la incertidumbre describe la dificultad para soportar que no podamos conocer o controlar lo que sucederá. Durante un viaje, las preguntas se multiplican: ¿habrá tráfico?, ¿cambiarán el andén?, ¿perderé la conexión? Su acumulación mantiene al cerebro en vigilancia.
Una cadena de pequeñas amenazas
Para muchas personas, el estrés no procede de imaginar una catástrofe, sino de encadenar contratiempos posibles. Equivocarse de terminal, no entender una indicación o descubrir que el tren sale desde otro nivel puede parecer trivial desde casa.
Un estudio sobre ansiedad relacionada con los viajes en avión encontró que los retrasos podían generar más inquietud que algunas fases del vuelo. También resultaban estresantes el equipaje y los trámites.
Algo semejante ocurre en el ferrocarril. Las investigaciones sobre retrasos e información al pasajero muestran que la espera se vuelve especialmente negativa cuando la información es imprecisa. No saber cuánto durará una demora suele ser más difícil que conocer su duración.
El cerebro bajo presión
En aeropuertos y estaciones vigilamos el equipaje, interpretamos señales, escuchamos avisos, miramos la hora y decidimos por dónde continuar. Esa combinación consume recursos atencionales.
Cuando sentimos que queda poco tiempo, la atención se estrecha. Procesamos la información con mayor rapidez, pero no necesariamente mejor. Estudios sobre toma de decisiones bajo presión temporal indican que disponer de menos tiempo modifica la exploración visual y la valoración de las opciones.
De ahí una paradoja: cuanto más miedo tenemos a equivocarnos, más difícil puede resultarnos encontrar la señal correcta. Miramos mucho, comprendemos menos y volvemos a comprobar lo ya comprobado.
Ruido, multitudes y desorientación
Megafonía, conversaciones, ruedas de maletas, luces, comercios y personas moviéndose en direcciones distintas forman un paisaje sensorial exigente.
La evidencia vincula el ruido del transporte con una mayor ansiedad, aunque sus efectos dependen de la intensidad y la sensibilidad individual. Por otro lado, una revisión sobre hacinamiento y estrés en el transporte ferroviario señaló que la falta percibida de espacio y control puede aumentar el malestar.
Orientarse tampoco es una tarea puramente racional. La investigación sobre orientación en terminales aeroportuarias destaca la importancia de la visibilidad, los puntos de decisión y los cambios de planta. Los pasajeros también describen emociones más negativas en las zonas de transbordo, según un estudio sobre los desplazamientos en estaciones.
Cuando el espacio ayuda a recuperar la calma
El aeropuerto de Changi, en Singapur, ha incorporado esta idea a su diseño. Además de jardines y áreas de descanso, su Terminal 2 dispone de una Calm Room –habitación de la calma– con iluminación regulable y zonas acolchadas para viajeros con sobrecarga sensorial.
No todos los aeropuertos o estaciones pueden instalar una cascada o un jardín tropical. La investigación sobre el entorno físico de los aeropuertos indica que la organización funcional, la iluminación y la calidad ambiental influyen en la ansiedad.
Quizá las medidas más eficaces sean menos espectaculares: carteles comprensibles, información actualizada, recorridos intuitivos, personal visible, espacios silenciosos y lugares donde sentarse sin consumir.
Qué puede hacer el viajero
La responsabilidad no debe recaer únicamente en la persona, pero algunas estrategias reducen la activación. La primera es disminuir la incertidumbre: revisar el recorrido, identificar la terminal o estación correcta y conocer los pasos principales. No se trata de comprobarlo todo compulsivamente, sino de transformar una amenaza difusa en una secuencia manejable.
También ayuda añadir un margen de tiempo realista y externalizar información: guardar billetes y documentos en un lugar accesible, anotar la puerta o el andén y no depender solo de la memoria bajo presión.
Cuando aparece la sobrecarga, conviene reducir estímulos, respirar lentamente y concentrarse en una sola tarea. Si surge un cambio, ayuda formular un plan: localizar la nueva salida, calcular el tiempo y pedir ayuda si es necesario.
La ansiedad no reside solo en el viajero
Estas estrategias son útiles, pero no deberían ocultar una cuestión esencial: los entornos también pueden confundir o tranquilizar. Si una infraestructura exige vigilancia constante, ofrece información contradictoria y apenas permite descansar, no debería sorprendernos que produzca ansiedad.
Diseñar estaciones y aeropuertos más predecibles, legibles e inclusivos no elimina los imprevistos, pero sí puede evitar que cada viaje comience como una prueba psicológica antes de subir al avión o al tren.
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Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. La ansiedad antes de un viaje: por qué aeropuertos y estaciones nos ponen tan nerviosos y cómo evitarlo – https://theconversation.com/la-ansiedad-antes-de-un-viaje-por-que-aeropuertos-y-estaciones-nos-ponen-tan-nerviosos-y-como-evitarlo-287513

