Source: The Conversation – (in Spanish) – By Simona Sacchini, Profesora de Anatomía y Embriología Humana, investigadora en Neuroanatomía y Neuropatologías Comparadas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Consideramos el alzhéimer como una enfermedad marcada por deterioro de la memoria y desorientación que afecta a las personas. Sin embargo, parte de su historia podría estar también en otras especies, en el océano. Estudios recientes han identificado en delfines lesiones cerebrales comparables a las que provoca el alzhéimer en humanos.
Los cetáceos son mamíferos marinos que se dividen en odontocetos y misticetos. Los primeros tienen dientes y emplean ecolocalización para orientarse y cazar, como los delfines, las orcas y los zifios. Los segundos filtran plancton y pequeños organismos marinos mediante sus barbas, como las ballenas. Hasta ahora las alteraciones neuropatológicas similares al alzhéimer se han descrito sobre todo en odontocetos.
Más allá de los modelos clásicos
Durante décadas, la investigación del alzhéimer se ha basado en ratones transgénicos. Estos animales sobreexpresan la proteína precursora amiloide (APP) para generar beta-amiloide (Aβ), una de las lesiones características de esta enfermedad. Aunque han sido esenciales, estos modelos no reproducen toda la complejidad de la enfermedad humana.
El alzhéimer combina dos lesiones, placas de beta-amiloide y ovillos neurofibrilares de proteína tau hiperfosforilada, a las que se suma una pérdida neuronal significativa y deterioro cognitivo. Ningún modelo animal natural reproduce de forma completa esta combinación.
Por eso resultan llamativos los hallazgos en delfines. En sus cerebros se han descrito acumulaciones de beta‑amiloide en forma de placas dentro del parénquima cerebral y también en las paredes de los vasos sanguíneos; esta última localización es compatible con angiopatía amiloide cerebral, entidad reconocida como una causa de demencia en adultos mayores. Además, se han hallado alteraciones de tau que recuerdan a ovillos neurofibrilares y neuritas distróficas.
En algunos casos también se han detectado inclusiones asociadas a TDP‑43, una proteína crítica para la salud neuronal cuyo mal funcionamiento provoca enfermedades neurodegenerativas en humanos. Además, el péptido beta-amiloide de los delfines es idéntico al humano y el gen de la proteína precursora amiloide es muy similar.
Todo esto refuerza el interés de comparar los cerebros de delfines y seres humanos.
El precio de vivir muchos años
¿Cómo interpretar los hallazgos neuropatológicos observados en delfines y su aparente similitud con los descritos en humanos? La longevidad puede ser una clave. Algunos odontocetos viven varias décadas y presentan una prolongada etapa posreproductiva, un rasgo poco común entre mamíferos comparable al nuestro. Según la “hipótesis de la abuela” las hembras mayores mejoran la supervivencia del grupo al cuidar crías y transmitir conocimiento.
Longevidad no es sinónimo de envejecimiento saludable. De hecho, una vida más larga implica una mayor exposición acumulativa a estrés metabólico y ambiental. Además, la etapa posreproductiva prolongada se asocia con una menor eficiencia en la señalización de insulina, mecanismos vinculados en humanos a un mayor riesgo de alzhéimer y alteraciones metabólicas.
Así, el mismo rasgo que favorece vidas largas podría aumentar la vulnerabilidad cerebral.
Un océano contaminado
La edad no es el único factor. Los delfines ocupan la cima de la cadena alimentaria marina. Esto los convierte en grandes acumuladores de contaminantes. En su grasa se almacenan compuestos tóxicos persistentes y metales pesados. Estas sustancias aumentan de concentración a lo largo de la cadena alimentaria. También pueden pasar de la madre a la cría durante la lactancia.
A esto se suman las floraciones nocivas de algas, que son más frecuentes en un océano afectado por el cambio climático. Algunas producen una neurotoxina llamada BMAA (beta-metilamino-L-alanina). Esta sustancia se ha vinculado a enfermedades neurodegenerativas en humanos.
En cerebros de delfines varados se han detectado niveles elevados de BMAA y alteraciones neurodegenerativas similares a las humanas. La exposición crónica a contaminantes activa la inflamación y el estrés oxidativo, y ambos procesos dañan neuronas. En cierta medida, los delfines actúan como indicadores del estado del ecosistema: lo que ocurre en sus cerebros refleja la salud del mar.
Bucear al límite
Algunas especies, como los zifios, realizan inmersiones extremas que superan los 3000 metros de profundidad. Aunque están adaptadas al buceo, estas conductas implican episodios repetidos de hipoxia, es decir, de bajo suministro de oxígeno.
En humanos, la hipoxia se ha relacionado con alteraciones en el metabolismo del amiloide. En cetáceos se ha observado la acumulación de beta-amiloide en el núcleo de las neuronas, un fenómeno que podría estar relacionado con la respuesta al estrés hipóxico.
Si estos episodios se intensifican –por ejemplo, debido a perturbaciones como el ruido submarino– podrían contribuir al daño neuronal acumulativo.
Similitudes sorprendentes
En algunos odontocetos se ha descrito la presencia de neuromelanina, un pigmento que se acumula en el cerebro con la edad, en dos áreas de este órgano –la sustancia negra y el locus cerúleo–.
Sus características son similares a las observadas en seres humanos. En nuestra especie, este pigmento se localiza en neuronas de la sustancia negra –especialmente vulnerables en el párkinson– y del locus cerúleo –una de las regiones afectadas tempranamente en el alzhéimer–.
También se han identificado en delfines otras modificaciones vinculadas al alzhéimer y a la esclerosis lateral amiotrófica. Por ejemplo, inclusiones con alfa‑sinucleína y ubiquitina, asociadas a cuerpos de Lewy, así como cambios compatibles con degeneración granulovacuolar y alteraciones de TDP‑43.
Sin embargo, aún sabemos poco sobre su impacto conductual. No está claro si estas lesiones afectan la orientación o la memoria, ni si influyen en algunos varamientos. Son preguntas abiertas que requieren más investigación.
Una sola salud
El estudio de la neurodegeneración en cetáceos encaja plenamente en el enfoque de “una salud” (del inglés, One Health) y en la perspectiva de la salud planetaria. Este marco reconoce que la salud humana, animal y ambiental forman un sistema interdependiente.
Los odontocetos, situados en la cima de la cadena trófica marina, acumulan y magnifican contaminantes persistentes –metales pesados, bifenilos policlorados, pesticidas y toxinas de floraciones algales– que también circulan en nuestros ecosistemas. Al final, también pueden incorporarse a la alimentación humana.
Desde la medicina ambiental estos mamíferos marinos actúan como centinelas del océano. Su enfermedad refleja el impacto acumulado de la contaminación, el cambio climático, la hipoxia y el ruido antropogénico. Si en ese contexto desarrollan lesiones comparables a las del alzhéimer humano, no es solo un hallazgo biológico, sino una advertencia compartida. El océano y nuestro entorno forman un sistema interconectado, con factores de riesgos que compartimos.
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Simona Sacchini no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Los delfines también pueden sufrir alzhéimer? – https://theconversation.com/los-delfines-tambien-pueden-sufrir-alzheimer-284491
