Source: The Conversation – (in Spanish) – By Paul Palmqvist Barrena, Catedrático de Paleontología, Universidad de Málaga

Contemplar la belleza árida y agreste de los parajes semidesérticos de la depresión de Guadix-Baza, en el altiplano de Granada (España), no deja a nadie indiferente. Estos terrenos, escasamente poblados por la vegetación, se conocen como “tierras baldías” o “badlands”. Pero si pudiésemos viajar atrás en el tiempo un millón y medio de años, cuando las precipitaciones eran más abundantes que las actuales, el paisaje que veríamos sería completamente distinto.

Paul Palmqvist, Francisco J. Serrano Alarcón, Guillermo Rodríguez Gómez, M. Patrocinio Espigares., CC BY-SA
De un vergel a un desierto
En el Pleistoceno inferior, hace entre 2,6 y 0,78 millones de años, existía un extenso humedal en la cuenca de Baza, que cubría una superficie de más de 1 000 km². Se alimentaba, principalmente, de las aguas de un sistema fluvial formado por un río principal y sus aportes laterales, que recorría longitudinalmente la cuenca de Guadix y traía agua desde Sierra Nevada, así como de las emanaciones de manantiales hidrotermales, que aportaban aguas cálidas y sales minerales.
En el entorno de este inmenso lago, que debió ser un auténtico vergel, se desenvolvía una fauna muy diversa de grandes mamíferos que recuerda a la de las sabanas arboladas actuales del África subtropical.
Por el altiplano granadino deambulaban animales exóticos, como grandes elefantes, hipopótamos que doblaban en masa corporal a los actuales y muchos otros herbívoros. Junto a ellos, formidables depredadores, en particular félidos con dientes en forma de sable y grandes hienas carroñeras, del tamaño de una leona.
A esta fauna, bien conocida a partir de las excavaciones en los yacimientos paleontológicos de Orce –Venta Micena, Fuente Nueva-3 y Barranco León–, se le sumarían los primeros humanos que habitaron en Europa occidental. Su presencia quedó documentada en los dos últimos yacimientos citados por industrias líticas (piedras talladas) del tipo olduvayense, marcas de su actividad con ellas sobre los huesos y, en el caso de Barranco León, un diente de leche humano.

Paul Palmqvist, Francisco J. Serrano Alarcón, Guillermo Rodríguez Gómez, M. Patrocinio Espigares., CC BY-NC-SA
¿Por qué son escasos los fósiles de aves?
Es mucho lo que sabemos sobre esta fauna pretérita de grandes mamíferos gracias a los yacimientos orcenses, que son uno de los grandes recursos patrimoniales que atesora el Geoparque de Granada. Ahora bien, hasta ahora no conocíamos prácticamente nada de las aves que debieron habitar también en estos extensos humedales.
La razón es sencilla: a diferencia de los huesos de los mamíferos, los de la mayoría de las aves son pequeños, con una cortical (superficie externa) muy fina y, además, están neumatizados (son huecos). Esto los aligera para el vuelo, pero disminuye su potencial de fosilizar. Además, las aves carecen de dientes, que son los elementos más mineralizados y más perdurables como fósiles.
Por ello, en estos yacimientos, donde los restos esqueléticos fueron acumulados por hienas capaces de fracturar hasta los huesos de un gran elefante, la conservación como fósiles de los huesos de aves resulta anecdótica y hasta ahora solo se había citado algún fragmento aislado sin identificar.

Paul Palmqvist, Francisco J. Serrano Alarcón, Guillermo Rodríguez Gómez, M. Patrocinio Espigares., CC BY-NC-SA
Nuestro nuevo estudio, publicado el 13 de mayo en Swiss Journal of Palaeontology, se ha realizado sobre los únicos fósiles de Venta Micena que se pueden atribuir a aves. Son solo 18 especímenes entre las decenas de miles exhumados tras décadas de excavaciones en el yacimiento. De estos fósiles, siete se conservaron con integridad anatómica suficiente como para ser asignados a especies concretas.
A partir de estos huesecillos fragmentarios, se ha puesto de manifiesto la existencia de tres especies de aves diferentes, cada una de las cuales aporta información valiosa sobre los ambientes del humedal orcense e, incluso, sobre la ecología de la comunidad de animales que habitaba en ellos.
Las aves de Venta Micena
La primera especie identificada es un pato, el tarro blanco o Tadorna tadorna. Estas aves se alimentan de pequeños invertebrados, en especial caracoles del género Hydrobia, bien documentados en los yacimientos orcenses. Al ser moluscos que viven en aguas de salinidad variable, la presencia del tarro informa de que en las inmediaciones del gran lago de Orce habría charcas sujetas a una evaporación intensa, lo que ocasionaría un aumento de su salinidad.
La segunda especie es una grulla, de tamaño algo mayor que la grulla común actual, Grus grus. La especie, asignada preliminarmente a Grus cf. primigenia, representa el registro más antiguo conocido hasta el momento en Europa de las grullas gigantes del Pleistoceno. Las grullas son aves omnívoras típicamente asociadas a los humedales, por lo que su presencia aquí no resulta insólita.
Finalmente, la tercera especie identificada en Venta Micena es un cuervo, concretamente la subespecie Corvus corax antecorax. Nuevamente, se trata del registro más antiguo de estos animales en la península ibérica. Ahora bien, su verdadero interés radica en el papel que desempeñó en los ecosistemas de hace más de un millón de años, ya que debió de consumir una porción apreciable de la carne disponible para los depredadores y carroñeros.
Tarros blancos, grullas y humedales
La presencia en Venta Micena del tarro blanco y la grulla es coherente con los ambientes húmedos en los que ambos habitan actualmente. De hecho, el tarro (de forma ocasional) y la grulla (con mayor frecuencia) se encuentran en El Baíco, un pequeño humedal situado entre las ciudades de Baza y Benamaurel. Se trata de una laguna semiendorreica, oligosalina (con baja concentración de sal, ~2,5 g/l) y situada a 700 metros de altitud sobre el nivel del mar. Mantiene una lámina de agua relativamente estable a lo largo del año, colonizada por vegetación halófila (adaptada a la presencia de sal). Su extensión actual es muy reducida, solo unos 0,7 km², aunque a comienzos del siglo XIX cubría entre 2 y 5 km². En los años lluviosos, la frecuentan más de 50 especies de aves y muchas de ellas se reproducen allí.
Fotografía proporcionada por José Ángel Rodríguez, CC BY-NC-SA
A partir de la década de 1960 se intentó desecar esta laguna con canales de desagüe, conocidos como sangradores, que descargan al río de Baza un flujo de agua de unos 1 000 l/s. Incluso se ha intentado nivelarla con sedimentos de las colinas circundantes, a efectos de aprovechar los terrenos para usos agrícolas. Por ello, El Baíco solo se recupera de forma natural los años más lluviosos y es un criptohumedal el resto del tiempo.
La elevada diversidad de aves que se encuentran hoy día en esta pequeña laguna sugiere que las escasas especies identificadas en Venta Micena debieron ser solo la punta del iceberg de la ornitofauna que habitó en la cuenca de Baza durante el Pleistoceno inferior, cuando los humedales cubrían más de 1 000 km².
Las poblaciones actuales de tarros blancos y grullas en la península ibérica reúnen individuos invernantes, que llegan tras reproducirse en el norte de Europa, excepto un pequeño contingente de tarros residentes. Esto contrasta con el comportamiento sugerido por el hallazgo de ambas especies en Venta Micena: al haber acumulado las hienas los restos esqueléticos durante la estación estival, los tarros y grullas identificados en el yacimiento sugieren que hace un millón y medio de años estas especies residían todo el año en la cuenca de Baza, reproduciéndose también allí.
El papel de los cuervos como carroñeros
El uso de un modelo que permite cuantificar la disponibilidad de carne en el ecosistema y su aprovechamiento por los consumidores secundarios permitió estimar cuántos recursos consumiría cada carnívoro terrestre de Venta Micena.
Sin embargo, en dicho modelo no se tuvo en cuenta a los cuervos, quienes son capaces de robarles buena parte de la carne de sus presas a los lobos, tal y como se ha comprobado en estudios modernos.
Al incluir en el modelo al cuervo como una especie carroñera más, se apreció que la cantidad de carne que podría consumir cada carnívoro terrestre disminuía apreciablemente. Así, estas aves carroñeras habrían jugado un papel muy relevante en el ecosistema, algo que había pasado desapercibido hasta ahora.

Paul Palmqvist, Francisco J. Serrano Alarcón, Guillermo Rodríguez Gómez, M. Patrocinio Espigares., CC BY-NC-SA
Los fósiles permiten poner en valor el patrimonio
El conocimiento de las aves que habitaron en Venta Micena hace un millón y medio de años aporta una información muy interesante sobre los humedales del sur de Andalucía. Contribuyen a la puesta en valor del legado paleontológico de esta región, en su doble vertiente de patrimonio natural e histórico.
Son precisamente estos estudios los que permiten pasar de la idea más o menos inmediata de que los fósiles son objetos patrimoniales que se deben conservar a la de que su valor singular emana de los conocimientos sobre el pasado que genera su estudio.
A fin de cuentas, las explicaciones que alimentan pueden ser tanto o más interesantes que la belleza o el interés que lleguen a despertar por sí mismos los restos fosilizados de estos yacimientos.

Escena dibujada por Óscar Sanisidro
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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.
– ref. Lo que nos cuentan los fósiles de aves sobre un humedal prehistórico en el sur de España – https://theconversation.com/lo-que-nos-cuentan-los-fosiles-de-aves-sobre-un-humedal-prehistorico-en-el-sur-de-espana-281911
