Source: The Conversation – (in Spanish) – By Víctor M. Lizana Martín, Profesor Adjunto, Facultad de Veterinaria, Universidad CEU Cardenal Herrera, Universidad CEU Cardenal Herrera

“Mi exmujer era maestra, y hoy os voy a explicar por qué una de las primeras consecuencias de mi divorcio es que dejó de picarme el culo”. Tal vez podría haber empezado mi clase de parasitología presentando a Enterobius vermicularis (el gusano intestinal protagonista de la lección) de una forma más convencional. Pero la combinación de detalle de mi vida privada con toque escatológico, hace que capte la atención de mis estudiantes, que de normal tendrían la capacidad de concentración de un colibrí.
Imaginemos que es madrugada y estamos durmiendo plácidamente en nuestra cama cuando una sensación incómoda empieza a inquietarnos, pero no lo suficiente como para despertarnos por completo. Se trata de un picor creciente… ya sabemos dónde.
Aprovechando la quietud de nuestro sueño, las hembras de Enterobius migran desde el intestino grueso hasta el ano, para depositar sus huevos rodeados de una sustancia irritante. Los seres humanos somos de los pocos animales con la capacidad de llegar a rascarnos todas las partes de nuestro cuerpo y, así, los huevos de este nematodo parásito habrán pasado a nuestras manos. Estas, convertidas en armas de destrucción masiva, los dispersarán por nuestro ambiente más cercano: las sábanas, los pomos de las puertas y otros utensilios cotidianos se convertirán en potenciales superficies contaminadas.
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Todos somos iguales ante Enterobius
Muchas de nuestras normas sociales son producto de comportamientos higiénicos, como taparse la boca al estornudar o lavarse las manos después de ir al baño. Esto ha obligado a Enterobius a ser más creativo. Si nosotros desarrollamos estrategias más limpias, ellos contraatacan cuando bajamos la guardia.
“¿Cuántos de vosotros habéis sufrido los síntomas que estoy describiendo?”, pregunto en mi clase. El silencio se hace dueño del aula mientras los estudiantes se miran nerviosos sin que ninguno levante la mano… A diferencia de otros parásitos, cuya transmisión se asocia a pobreza o falta de higiene, el Enterobius está ampliamente distribuido en todo el mundo y afecta a todas las clases sociales. No obstante, su aparición sigue generando vergüenza y estigma social, lo que puede retrasar los tratamientos y favorecer la transmisión comunitaria.
Si existe una “zona 0” de infección, allí donde las tasas de transmisión son más altas, esa es, sin duda, la escuela primaria. Los niños son un campo abonado para el desarrollo de diferentes especies de parásitos. Su sistema inmunitario aún no es maduro, deben aprender todavía muchas de las conductas higiénico-sociales, no muestran el pudor de los mayores y, para empeorar la situación, conviven hacinados en los límites de un aula.
Las hembras de Enterobius son muy prolíficas, produciendo entre 10 000 y 15 000 huevos en una sola puesta, así que un lugar atestado de niños lo estará aún más de huevos. La transmisión directa (ano-mano-boca) es la más común, pero otros elementos también pueden servir de puentes indirectos, como juguetes o alimentos contaminados.
Además, los huevos son tan livianos que una ligera corriente de aire (como la que se produce al abrir o cerrar una puerta) puede hacer que miles de ellos se eleven del suelo, siendo aspirados y deglutidos. Así que tenemos el caldo de cultivo perfecto para que niños, padres y profesores se infecten y acaben transmitiéndolo a sus parejas, aunque no hayan visitado físicamente la escuela, como era mi caso.
Una vez que el gusano llega a casa, hay que medicar a toda la familia. De lo contrario, la infección irá pasando de unos a otros en un ping-pong infinito. Además, los tratamientos actuales matan a los ejemplares adultos, pero no a los huevos, así que habrá que repetirlo a las dos semanas, para acabar con la nueva generación, antes de que tengan opción de reproducirse.
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El parásito fiel y un ejército que se aburre
Estos nematodos están en todas partes y desde tiempos remotos. Se han encontrado huevos de Enterobius vermicularis hasta en coprolitos humanos (restos fecales fósiles) de hace más de 10 000 años, lo que da una idea de la magnífica capacidad de adaptación de este parásito a nuestra especie. Lleva acompañándonos desde las sociedades de cazadores recolectores y es tan específico que los arqueólogos lo usan para rastrear las migraciones humanas.
A diferencia de otros parásitos que utilizan otros animales (como cerdos o caracoles) para llegar hasta nosotros, estos gusanos han apostado todo a nuestra carta, explotando algo tan humano como es la sociabilidad, en una jugada que parece ganadora.
El sistema inmunitario ha evolucionado en un entorno lleno de amenazas. Nos ha salvado de bacterias, virus y parásitos desde el inicio de la vida compleja. Eso le ha llevado a constituirse en un ejército de élite preparado para actuar ante la más mínima alerta. Ahora, sin embargo, en la época de la limpieza y la asepsia, ese ejército está ocioso. La “hipótesis de la higiene” sugiere que la desaparición de amenazas, incluso con una pérdida de biodiversidad parasitaria, hace que nuestro sistema inmune sobrerreaccione ante estímulos que no son perjudiciales (como el polen, alimentos o nuestros propios tejidos). Quizás el picor no sea solo un incordio, sino el eco de una antigua relación biológica que mantenía a nuestras defensas ocupadas en lo que realmente importa.
Al final, el éxito de Enterobius radica en que explota nuestra mayor virtud: somos seres sociales. Necesitamos tocarnos, compartir espacios y cuidar a nuestros hijos. El precio de esa calidez humana es, de vez en cuando, un picor inoportuno a las tres de la mañana.
Así que, aunque mi divorcio me trajo la “paz anal”, no puedo evitar mirar con cierta admiración científica a este parásito. Ha sobrevivido a glaciaciones, a la invención del jabón y a los fármacos modernos. Quizás, más que un polizón molesto sea un recordatorio biológico de que, por mucho que nos empeñemos en vivir en entornos asépticos, seguimos siendo animales profundamente conectados y de que nuestro sistema inmune agradece tener “viejos amigos” a los que combatir.
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Víctor M. Lizana Martín es miembro de la Sociedad Española para la Conservación y Estudio de los Mamíferos (SECEM)
– ref. Incómodos compañeros de cama: el gusano que nos visita mientras dormimos – https://theconversation.com/incomodos-companeros-de-cama-el-gusano-que-nos-visita-mientras-dormimos-280886
