Source: The Conversation – (in Spanish) – By Claudia Lorenzo Rubiera, Editora de Cultura, The Conversation

“Creo que quieres hablar de Lorca”, me dice Luis García Montero cuando nos conectamos para la entrevista. “De Lorca, de la importancia de la literatura y del español en el mundo”, contesto, brevemente, para introducir los temas que vamos a tratar. “Pues yo te cuento mi vida y a partir de ahí me vas diciendo, porque en mi caso se relaciona todo”, responde, sonriente.
Desde 2018, Montero es el director del Instituto Cervantes, el organismo público español que busca la promoción del idioma y de la cultura hispana en todo el mundo. Pero también es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ensayista, crítico y, sobre todo, poeta. Precisamente, ser esto último ha definido su vida y, sobre todo, su relación con el autor de Romancero gitano, de cuyo asesinato se cumplen 90 años este 2026.
En 2016, publicó el libro Un lector llamado Federico García Lorca en el que repasaba las lecturas del autor. En él, partía de la base de que “Todos nosotros somos, en esencia, aquello que leemos”. Hoy habla precisamente de eso, de aquello que leemos.

Taurus
¿Cuál es su relación con Federico García Lorca?
Nací en 1958 en Granada y él fue el primer poeta al que leí. Mis padres tenían un salón de las visitas al que teníamos prohibida la entrada mis hermanos y yo. Pero me colé un día y encontré en la biblioteca las obras completas de Lorca. Tuve la suerte de abrirlo por un poema que se ajustaba a mis ojos y a mi edad: la canción de los lagartos. Y yo, niño de barrio, que me pasaba el día cazando lagartos y lagartijas a la orilla del río Genil, me quedé impresionado. Era la historia de dos lagartos que se enamoraban, que se casaban y que tenían su vida privad: ¿qué hacía yo matando lagartos si estas criaturas formaban familias?
Ayuda mucho la literatura para ponernos en la piel de personas con las que no interactuamos en el día a día. O lagartos, en este caso.
Poco después un profesor del colegio me regaló el libro que Ian Gibson había publicado sobre la guerra civil española en Granada y el asesinato de Lorca. Y me di cuenta de que cuando caminaba por la ciudad, iba pasando por lugares que tenían que ver con su vida. Entonces, de manera muy natural, se unió mi amor por la literatura a Federico García Lorca y a la toma de conciencia de los vínculos que hay entre la literatura y la vida. Cuando me matriculé en la Universidad, me enteré de que estaba organizando un homenaje a Federico a los 40 años de su muerte, en junio de 1976. Y decidí que iba a ir al homenaje, que se hacía en el edificio del rectorado de la Universidad y después en Fuente Vaqueros, el pueblo donde él había nacido.
Entiendo que era el primero que se hacía.
Sí, el primero que se hacía en público en Granada después de la muerte. Recuerdo que, en el trayecto en autobús hasta Fuente Vaqueros, se veían muchas furgonetas de la policía. El entonces ministro de Gobernación del final del franquismo, Fraga Iribarne, había intentado prohibirlo, pero era tanta la presión que había dicho: “Bueno, no se prohíbe pero solo se deja media hora”. Entonces, el 5 de junio de 1976, Manuel Fernández Montesinos, sobrino de Federico García Lorca, salió ante toda la gente reunida y dijo: “Después de 40 años de silencio, nos dejan media hora de libertad”. Y así empezó un homenaje que para mí fue muy emocionante. Al acabar yo me acerqué al poeta Blas de Otero y le dije: “Don Blas, por gente como usted, yo estoy aquí”. “Estar aquí” significaba estoy en un acto político, en un homenaje a Lorca frente al poder de la dictadura y en un acto poético. Él me acarició la cabeza y me dijo: “Muchacho, espero que algún día puedas perdonarme”.
¿Le ha perdonado?
No solo le perdono, sino que le estoy muy agradecido. Hemos tenido la suerte de vivir un momento de España muy positivo y en medio de todas las dificultades no se nos puede olvidar nunca lo que se ha conseguido. Afortunadamente, la España de 2026 ya no es la España de 1976.
¿Qué le ha dado la poesía?
Me ha enseñado algunas cosas que son fundamentales. La primera, intentar ser dueño de la propia conciencia. Yo creo que un poema es un diálogo con la propia intimidad, hable de política, de amor o de cualquier cosa. Para mí, la poesía supuso comprender que luchar por la democracia no era votar cada cuatro años, sino participar en una transformación. Y eso lo aprendí en Antonio Machado, que modernizar la poesía no es buscar palabras raras, sino transformar la educación sentimental, porque a la educación responden las palabras. ¿Qué digo cuando digo “soy yo”? ¿Qué digo cuando digo “soy hombre”? ¿Qué digo cuando digo “te quiero” o cuando digo “libertad”? La libertad puede ser el respeto a la conciencia individual contra cualquier tipo de poder autoritario. Hoy, por desgracia, se utiliza mucho la palabra libertad como la ley del más fuerte, ya sea invadir un país, provocar un genocidio o poner en duda la justicia internacional. La poesía ayuda a pensar las palabras.
Ha dicho: “Considero que importa la defensa y la definición de un significado no mercantilista de la palabra utilidad”. ¿Para qué es útil la literatura?
La literatura me parece un buen remedio contra un momento que ha conseguido convertir al tiempo en una mercancía de usar y tirar. Y eso tiene para mí dos peligros graves. El tiempo de usar y tirar intenta borrar la memoria: lo importante es el presente. Pero yo soy escritor porque leí a Lorca, alguien que había vivido antes que yo, y heredé su manera de sentir. Quien cancela la memoria lo que acaba cancelando es la posibilidad de pensar un futuro distinto. Y la otra cosa que me ha enseñado la literatura es que hace falta tiempo para hacernos dueños de nuestra propia conciencia. Vivimos en un mundo que nos invita a decir lo que pensamos sin pensar lo que decimos. Y por eso existen el fanatismo, los bulos.

Diario de Madrid, CC BY
Hubo hace unos meses una discusión entre quienes decían que leer hacía mejor persona y quienes no. Me gusta mucho lo de que la literatura ayuda a intentar ser dueño de la propia conciencia.
Joan Margarit, un poeta estupendo, decía que si uno escribe, existe el poema, pero hasta que no llega un lector y no habita el poema, no existe el hecho poético. Si yo escribo un poema de amor, pues está muy bien, pero el hecho poético se da cuando el lector deja de pensar en mi novia para pensar en su propia vida. El que escribe, escribe para que su historia no sea solo una confesión biográfica, sino algo que represente a la condición humana, y que el que lea se sienta identificado con esa historia.
En la historia de la cultura contemporánea no hay mejor metáfora del contrato social que la lectura. El amor ya no es el amor del autor sino el mío. Y mi propio amor comprende que tiene mucho que ver con lo que siente el otro. Defiendo la lectura como un espacio de construcción de las experiencias individuales hacia las ilusiones colectivas y el reconocimiento de la propia libertad como una capacidad de reconocerse en el otro, de dialogar.
Tenemos proyectos políticos donde se defiende un nosotros que autoritariamente quiere borrar las experiencias privadas y, por otra parte, hay un predominio del individualismo que corta cualquier reconocimiento de cuáles son los valores colectivos que nos han podido hacer triunfar. Por eso me gusta tanto decir que la mejor metáfora que yo he sentido del contrato social es cuando aprendí a mirar a unos lagartos con los ojos de García Lorca.
Ha batallado contra el elitismo cultural. ¿Cómo podemos hacer para que no se asocie la cultura a una clase social concreta y que todo el mundo pueda acceder a ella y elegir a qué quiere dedicar su tiempo?
Ese debate se puede abordar desde distintas perspectivas. Yo soy partidario de la educación pública porque creo que una sociedad construye su sentimiento de comunidad en la igualdad de la educación y esta es fundamental para que cada uno sea dueño de su propia conciencia. En ese sentido, a mí el elitismo de lo privado que quiere establecer ofertas para unos pocos me parece un peligro para la democracia. Otra cuestión que me parece importante tener en cuenta es que vivimos en una sociedad que ha comprendido que la gente culta es más difícil de manipular. Por ello, hay toda una corriente de opinión que está intentando sustituir la cultura por el entretenimiento. Interesa generar ofertas que den risas, que diviertan, pero que no enseñen a pensar.
Pero estos peligros también generan trampas. Porque… ¿acaso no es tramposo cuando la gente que apuesta por la cultura dice que lo importante es lo que es elitista? ¿Cuando se dice que la gente que se divierte y entretiene es tonta? Entonces, ¿qué tengo que hacer yo? ¿Confundir la calidad con aquello que entendemos cuatro? Siempre recuerdo que cuando García Lorca leía el “Responso a Verlaine” de Rubén Darío, al llegar a un verso que decía “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto” se reía y decía: “Qué maravilla, solo entiendo el que”. Del mismo modo que hay que estar atentos a un populismo que rebaja calidad a la cultura, hay también que huir de la trampa de creer que la calidad hay que unirla con la dificultad, con aquello que convierte a la poesía, por ejemplo, en un dialecto para que hablen los poetas, pero que no entienda ni dios.
Esta accesibilidad al conocimiento entronca con su labor al frente del Instituto Cervantes.
Como heredero de Lorca defiendo la cultura democrática representada en los libros e intento estar a la altura como director del Instituto. Cuando explicamos nuestro trabajo insistimos una y otra vez en que enseñar un idioma no es solo enseñar un vocabulario. Las líneas de trabajo que tenemos apoyan los valores del feminismo, la democracia, la defensa de la libertad ante las viejas dictaduras, los pensamientos reaccionarios y las nuevas formas de dictadura… Por ejemplo, nos emociona que, en algunos países islámicos, el Instituto Cervantes sea un centro de reunión donde las mujeres puedan quitarse el velo y tomarse un café mientras estudian español, o darle la mano a su novio. También nos emociona que en los centros de Estados Unidos se defienda el español como lengua de herencia mientras Donald Trump genera discursos de odio contra el mundo hispano. Creo que defender los valores de la igualdad tiene mucho que ver a la hora de conformar una imagen de una España democrática que quiere resistir frente al deterioro de los derechos humanos que está sufriendo el mundo.

Instituto Cervantes
El español es un idioma en expansión.
En el último anuario del Instituto Cervantes se registraron más de 520 millones de hablantes de español como lengua materna y casi 630 millones si sumamos los que han aprendido español. Ese horizonte internacional es muy importante a la hora de defender el multiculturalismo. En un idioma con tantos millones de hablantes y con tanto territorio, a veces se ha tenido tentación de ser imperialista. En ese sentido, todos los trabajos del español desde el Instituto Cervantes parten de una premisa: en España somos el 9 % de los hablantes del idioma y participamos en la convivencia de una comunidad donde la diversidad es lo natural.
De hecho, actualmente en España importamos artistas musicales en español. ¿Hemos entendido que el idioma es la verdadera patria?
Esa idea, mi patria es mi idioma, culturalmente tiene ahora mucha importancia. En los anuarios del Instituto Cervantes comprobamos hasta qué punto la extensión de la cultura española tiene que ver con las dinámicas de la música hispana o de las telenovelas en español. Por ejemplo, todo lo que hizo Bad Bunny para reivindicar la presencia del español y lo hispano en la cultura internacional ha tenido mucha repercusión. Está muy bien tener un idioma mayoritario, pero la unidad se basa siempre en el respeto a la diversidad. La música latina y la narrativa latina han optado por un camino que me parece acertado. Nuestro idioma, que es muy fuerte y tiene muchos vínculos comunes, puede respetar la diversidad sin perder la unidad. De manera que es muy importante comprender la importancia que la cultura popular tiene a la hora de defender un idioma y de consolidar una comunidad no solo desde la barrera de lo académico sino también desde la cultura que está en la calle.
También ha dicho que el español tiene que ser una lengua de ciencia y tecnología.
Eso es muy importante porque se trata de contextualizar el idioma. El idioma está en movimiento. Y aunque cada vez hay mayor número de hablantes de español, no se puede confundir el orgullo con la autocomplacencia. No nos basta ser el idioma de Mario Vargas Llosa o de Cervantes, ahora es muy importante participar en toda la investigación científica y la transformación tecnológica. En ese sentido, potenciar el acuerdo entre universidades para favorecer la investigación del uso del español en la ciencia es fundamental. De hecho, una de nuestras colaboraciones en la próxima Cumbre Iberoamericana va a ser una reunión de universidades donde se analice el español como lengua de ciencia.
Pero, además, es fundamental en todo lo que significa la inteligencia artificial. Primero, porque la IA supone ahora un ámbito de comunicación donde, si no está bien cuidado, el idioma se deteriora. Está muy bien que las máquinas hablen español, pero siempre que se hable un español cuidado y que no suponga una degradación. Y en segundo lugar, esa degradación tiene muchos matices, porque no es simplemente que yo haga una pregunta y me conteste una máquina en un español torpe. Es que las máquinas están programadas y en sus respuestas pueden generar sesgos. Y a lo mejor se extiende la idea de que el mal español es el español que no se habla como se habla en Madrid o en Bogotá. Nosotros hemos hecho un decálogo ético del español y la IA porque queremos trabajar para que el lenguaje de la tecnología defienda los valores democráticos que queremos preservar en el idioma.
En Un velero bergantín escribió que por cada novela contemporánea deberíamos leer cuatro clásicos. En honor al Día del libro, ¿qué novela contemporánea recomienda en español y qué cuatro clásicos?
Pues acabo de leer Coloquio de invierno, de Luis Landero. En medio del invierno, hay una serie de personas que se guarecen en un refugio rural para escapar de la tormenta Filomena, y empiezan a contarse su vida. Yo me acordé, claro, de Boccaccio, y de cómo se reúnen y se cuentan la vida en el Decamerón. También me acordé de El coloquio de los perros de Cervantes, de cómo los seres humanos aprenden a reconocerse cuando son capaces de escuchar al otro.
Y, aunque solo sean tres, voy a citar al poeta por el que hemos empezado. La gente debería leer Poeta en Nueva York, el libro que escribió García Lorca en 1929 en Nueva York, en medio de la crisis de Wall Street, cuando comprendió que el capitalismo norteamericano iba a provocar la Segunda Guerra Mundial y se subió al edificio Chrysler, y desde allí gritó hacia Roma para protestar contra el papa, que había llegado a un acuerdo con Benito Mussolini y estaba empezando a colaborar con el fascismo. ¿Y qué es lo que reivindicó Lorca? El amor, la capacidad de amar. Es una buena manera de pensar en lo que está ocurriendo ahora en el mundo.
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– ref. Luis García Montero: ‘En la historia de la cultura contemporánea no hay mejor metáfora del contrato social que la lectura’ – https://theconversation.com/luis-garcia-montero-en-la-historia-de-la-cultura-contemporanea-no-hay-mejor-metafora-del-contrato-social-que-la-lectura-281187
