La conversación docente: la IA no nos hace más ‘tontos’, pero sí más inseguros

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eva Catalán, Editora de Educación, The Conversation

AnnaStills/Shutterstock

¿Alguna vez se ha sentido tonto, o más tonto, simplemente por estar rodeado de un grupo de personas que aparentemente saben mucho más que usted? Puede ser una sensación deprimente, y de hecho, experimentos en lo que la psicología social llama “indefensión aprendida” muestran que, cuando nos sentimos así nos volvemos, momentáneamente, un poco más torpes intelectualmente.

Es decir, que nuestra propia sensación de incapacidad nos hace ser menos capaces de lo que realmente somos, si es posible entender este trabalenguas. Una tarea que haríamos sin ningún problema de pronto nos cuesta muchísimo más, o directamente abandonamos sin hacerla, simplemente porque nuestra autoestima se ha visto seriamente comprometida. Es algo que en la infancia y la adolescencia, cuando somos sobre todo “aprendices” y pasamos la mayor parte de nuestro tiempo poniéndonos a prueba en ese aspecto, tiene todavía más impacto. Basta que el profesor nos considere buenos en algo para que nos queramos esforzar de demostrárselo, mientras que si se espera poco de nosotros a menudo “autocumplimos” esa “profecía” sin ni siquiera darnos cuenta.

Traslademos estos conceptos ampliamente demostrados a la mesa de estudio de un niño o niña cualquiera, en su dormitorio, preparando sus deberes o sus trabajos para el cole para el día siguiente. ¿Y si antes siquiera de darle algunas vueltas al problema o al trabajo puede resolverlo de un plumazo preguntándole a ChatGPT? ¿Cómo de capaz de hace sentir esto, y cómo afecta a su dependencia de esta herramienta? Si mina nuestra autoconfianza, la IA puede tener consecuencias muy serias, como explica Ramiro Perezzan Rodríguez de la Universidad Francisco de Vitoria.

Estas consecuencias no son exactamente que nos volvamos, de verdad, menos inteligentes, como argumenta Ángel Romero Martínez, de la Universitat de Valencia: nuestra capacidad intelectual, basada en la configuración biológica de nuestro cerebro, no cambia a lo largo de la vida y no ha cambiado de forma sustancial en los últimos milenios. (Si existiese una máquina del tiempo en la que poner a un bebé de la Edad de Piedra y traerlo a nuestros días, todo hace suponer que tendríamos entre nosotros, en unos años, a un humano exactamente igual en sus capacidades al resto).

Pero, sin que se altere esa base genética, el cerebro es enormemente plástico, lo que hace que diferencias en el entorno (“todo aquello que nos rodea y nos sucede: lo que leemos, las habilidades que practicamos, entre otros factores”) se traduzca en diferencias importantes entre individuos en cuanto a determinadas habilidades cognitivas. Entre esos factores del entorno sí podemos considerar la inteligencia artificial. Y su impacto no se nota en el cociente intelectual: se percibe en la memoria, la atención y el pensamiento crítico. Es decir, aunque no nos estemos volviendo menos listos, podemos estar perdiendo, objetivamente, cierta agilidad mental.

Por supuesto que también influye cómo se usa la IA: entender realmente cómo funciona esta herramienta es lo que ayuda a que su influencia en el aprendizaje sea positiva. Por eso hay que formar a estudiantes y profesores en inteligencia artificial. Así lo prueban Juan José Lorenzo Castiñeiras, Andrea Fernández-Sánchez e Isabel Fernández-Menor de la Universidade da Coruña.

Estos días hemos hablado también de la responsabilidad de las escuelas en el fenómeno de los ‘curis’, esas cuentas que crean algunos alumnos en redes sociales para burlarse de otros, y de lo importante que es no dejar pasar ningún tipo de ciberacoso como una “broma pesada”; de cómo ayudar a los estudiantes a evaluarse a sí mismos, y por qué es un aprendizaje tan útil; de cómo ayudar a los docentes a actualizar y profundizar en sus conocimientos con tertulias sobre investigaciones académicas recientes; de cómo estar en clase y participar marcan la frontera de una inclusión real de los niños y niñas con dificultades de aprendizaje; y de cómo los juegos de mesa pueden preparar a los universitarios para el mundo laboral.

Para leer en el aula: el placer del miedo, momias, barcos del siglo XVII, yogures de proteínas, universos paralelos y suelos de hospitales.

Feliz lectura y feliz semana.


¿Quiere recibir artículos como este? Suscríbase a La Conversación Docente y reciba los últimos análisis y tendencias en el sector educativo, seleccionados por nuestra editora de Educación Eva Catalán.


The Conversation

– ref. La conversación docente: la IA no nos hace más ‘tontos’, pero sí más inseguros – https://theconversation.com/la-conversacion-docente-la-ia-no-nos-hace-mas-tontos-pero-si-mas-inseguros-295607