Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juli G. Pausas, Profesor de Investigación, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

En los dos últimos veranos se han intensificado los incendios en España. En 2025 se quemaron más de 390 000 ha y, en entre enro y septiembre de 2026 llevamos más de 300 000. El área quemada de estos dos años se ha concentrado en 17 grandes incendios de más de 10 000 ha, 8 de ellos de más de 20 000 ha. Por lo tanto, el área quemada se ha incrementado significativamente respecto al periodo 1995–2024, en que en promedio se quemaron 111 000 ha anuales.
Los datos actuales nos recuerdan al periodo de grandes incendios que hubo entre 1978 y 1994, que, en promedio, afectaron a 240 000 ha anuales.

Juli G. Pausas. Datos del Ministerio de Transición Ecológica (1968-2025) y de EFFIS (2026)., CC BY-NC
Los grandes incendios se generan por la simultaneidad de varios factores; ninguno de ellos por sí solo los explica. Los ingredientes de los incendios son:
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Las igniciones: las acciones que dan inicio a una combustión.
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La cantidad y continuidad de biomasa, el combustible de los incendios forestales.
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Las sequías: es decir, las condiciones climáticas antes del incendio que secan la biomasa vegetal.
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Las condiciones meteorológicas durante el incendio (olas de calor y viento) que modifican los umbrales de los otros tres factores.
El incremento de cualquiera de estos cuatro factores aumenta, de manera no linear, la probabilidad de incendios. La simultaneidad de los cuatro factores vaticina un gran incendio. El tamaño de este dependerá, principalmente, de la extensión del parche de vegetación afectada y de la duración de las condiciones meteorológicas adversas.

Juli G. Pausas. Extraído del libro ‘Incendios forestales’ (Ed. CSIC y Catarata 2024)., CC BY-NC
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Primero, el abandono rural
Durante los años setenta del siglo pasado hubo un incremento de los incendios en España, en gran medida condicionado por el aumento de la cantidad y continuidad de biomasa debido al abandono rural. Antes de esa década, los incendios estaban limitados por la biomasa. Con el abandono de las actividades rurales (cultivos, pastoreo, recolección de leña, plantaciones forestales, etc.) aumentó mucho la cantidad y en especial la continuidad de la biomasa y, por tanto, el potencial de incendios.
A partir de entonces la biomasa dejó de ser limitante, y los incendios pasaron a depender más del clima, es decir, los grandes incendios se generaban en los años secos con condiciones meteorológicas apropiadas. Por lo tanto, el factor clave que modificó la dinámica de los incendios en los setenta fue el cambio en el paisaje debido al abandono rural. El cambio climático tuvo un papel muy limitado.
A finales de los noventa, la inversión y la experiencia adquirida en la extinción consiguieron reducir el área anual quemada de manera significativa.
Después, el cambio climático
Desde entonces hemos ido cambiando el clima inexorablemente debido al aumento continuo de las emisiones de gases de efecto invernadero. La estación propensa a incendios, el verano, se ha ido alargando por delante y por detrás, extendiendo el periodo con condiciones apropiadas para los incendios. Esta estación no es solo cada vez más larga, sino que también es más cálida, más seca, y con una mayor frecuencia de días bajo olas de calor y noches tórridas.
Estos factores resecan la vegetación y aumentan la mortalidad de plantas. Todo ello aumenta la probabilidad de incendios y también su intensidad, velocidad y tamaño. Y a menudo genera situaciones fuera de la capacidad de los medios de extinción. Esta intensificación de los incendios forestales provoca que lleguen a todo tipo de vegetación.
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Si antes los incendios afectaban principalmente a ecosistemas mediterráneos, incluyendo plantaciones forestales abandonadas, ahora pueden arder desde matorrales y pastizales áridos, como evidenció el incendio de Los Gallardos, Almería, el pasado julio, hasta bosques de hayas húmedos (en los Picos de Europa). Paralelamente, los incendios se están expandiendo en Europa.
Es decir, bajo las condiciones climáticas y meteorológicas de estos últimos veranos, gran parte de los paisajes son potencialmente inflamables, tanto los que históricamente ardían con cierta frecuencia como en zonas donde los incendios eran prácticamente ausentes y, por lo tanto, albergan plantas no adaptadas al fuego.

Juli G. Pausas, CC BY-NC
Nada nuevo bajo el sol
Esta intensificación de los incendios está dentro de lo esperado. Durante décadas, los científicos hemos avisado de que, si seguíamos alterando el clima, las sequías y olas de calor se iban a intensificar y, como consecuencia, los incendios se incrementarían.
Llevamos más de 100 años cambiando el clima, y más de 35 años con mensajes claros sobre las posibles consecuencias negativas de estos cambios.
Para los expertos en clima o en incendios, las noticias de grandes incendios no son noticia, son la constatación de un proceso bien conocido y anunciado.
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Cómo adaptarnos a la nueva realidad
Parte de las soluciones a esta nueva realidad están relacionadas con una mejor gestión del territorio para generar paisajes diversos y heterogéneos (mosaicos), más resilientes a los incendios. Esto incluye incentivar, conservar y reactivar actividades rurales (políticas de apoyo al pastoreo y a la agricultura extensiva); mejorar la gestión forestal (quemas y pastoreo prescrito, aclareos en zonas estratégicas, etc.); proteger y conservar microambientes naturales húmedos e incrementar la población de herbívoros, domésticos o salvajes, entre otras.
Pero además se requiere repensar el urbanismo para reducir la exposición de la población a los incendios (por ejemplo, limitando la interfaz urbano-forestal), educar a la población para convivir con los incendios, entendiendo los beneficios y asumiendo los riesgos, y potenciar los cuerpos que se dedican a la gestión del territorio y los incendios, que a menudo trabajan de manera precaria.
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Ninguna de estas acciones solucionará el problema de los grandes incendios. Pero todas ellas en conjunto, cada una aplicada según las características socioeconómicas del territorio y del momento, pueden converger hacia generar regímenes de incendios más sostenibles, social y ecológicamente.
No olvidemos, por otro lado, que cuanto más cambiemos el clima, menos efectiva será esa posible gestión del territorio. Por lo tanto, es imprescindible reducir las actividades que generan gases con efecto invernadero, tales como el consumo de combustibles fósiles. Desde el punto político, esto no se cambia en una legislatura, pero se ha de tomar el camino lo antes posible y de una manera decidida.
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Juli G. Pausas recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades
– ref. Incendios forestales: ¿abandono rural o cambio climático? – https://theconversation.com/incendios-forestales-abandono-rural-o-cambio-climatico-294371
