Lula remonta conectando WhatsApp con la calle, pero tendrá que pactar para gobernar

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Asbel Bohigues, Profesor de Ciencia Política, Universitat de València

Lula saluda a sus simpatizantes durante un mitin de campaña el pasado 19 de octubre en Porto Alegre. cabuscaa/Shutterstock

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones brasileñas supone un revés para la familia Bolsonaro y para las expectativas de Trump de contar con un gobierno brasileño más próximo a Washington. También refuerza a Lula como referente de la izquierda brasileña, latinoamericana e internacional.

El escenario institucional en Brasil, sin embargo, será exigente. El Partido Liberal (PL) de los Bolsonaro tendrá la mayor bancada de la Cámara de Diputados y será también la primera fuerza del Senado. El fortalecimiento de la derecha en todo el país aumenta la capacidad de presión de la oposición. Lula necesitará negociar con partidos que no forman parte de su espacio político para construir mayorías e implementar su programa.




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La negación como estrategia

A su vez, la respuesta tardía y los problemas en torno a la actuación del Tribunal Superior Electoral y del Supremo Tribunal Federal sobre las dificultades de acceso al transporte público y la ampliación de la votación dos horas merecen un examen a parte. La garantía del derecho al voto exige condiciones materiales de acceso, además de decisiones que puedan ejecutarse con claridad y a tiempo. Independientemente de las legítimas dudas jurídicas que suscitan estas acciones e inacciones, toda esta polémica no está haciendo más que alimentar la narrativa del fraude.

Flávio Bolsonaro se negó inicialmente reconocer su derrota y anunció que solicitaría la anulación de los comicios. Habrá que estar atento a las reacciones, declaraciones y silencios de los próximos días.

Convertir cualquier controversia en una razón para rechazar la derrota reproduce una estrategia conocida del trumpismo, que atenta contra la esencia de la democracia. No olvidemos que hace cuatro años, su padre, Jair Bolsonaro, tampoco aceptó los resultados electorales, orquestó un golpe de Estado y por ello fue procesado, juzgado y condenado. Por eso no ha sido él el candidato del movimiento que lleva su nombre en 2026.

La huida del país en avión privado de Flavio dos días después de su derrota y el asilo concedido por Trump representan el último episodio de este relato antisistema.

Si la primera vuelta mostraba la resiliencia del bolsonarismo pese a la derrota y la inhabilitación de su fundador, la segunda vuelta ha ofrecido un buen caso de estudio de cómo volver a vencer a fuerzas antidemocráticas. La movilización, la ampliación de la coalición de apoyos y la combinación de distintas formas de organización han permitido a Lula conservar la presidencia.




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Con las cifran en la mano

Luiz Inácio Lula da Silva ha remontado la desventaja de la primera vuelta y ha vuelto a ganar la presidencia de Brasil. Con 64,3 millones de votos, el 51,79 % de los válidos, ha superado a Flávio Bolsonaro, que obtuvo 59,8 millones, el 48,21 %. En tres semanas, Lula ha pasado de quedar unos 2,2 millones de votos por detrás de su adversario a aventajarlo en 4,4 millones.

La victoria reúne varios hitos. Lula es el primer candidato que consigue invertir el orden de una primera vuelta presidencial desde la implantación del actual sistema electoral. También es el primero elegido presidente en cuatro ocasiones y ha alcanzado el mayor número de votos recibido por una candidatura presidencial en Brasil. En enero iniciará su cuarto mandato, con 81 años.

El resultado ofrece algunas lecciones para las fuerzas políticas brasileñas y para quienes han observado estas elecciones desde otros países. La combinación de organización territorial, movilización en la calle y activismo en línea ayuda a entender una campaña que consiguió recuperar la iniciativa cuando parecía encontrarse en una posición muy desfavorable.

Del empate técnico a la remontada

La participación de la segunda vuelta aumentó aproximadamente dos puntos, del 78,92 % al 80,78 %: cerca de tres millones de personas más acudieron a votar. Además, descendieron los votos blancos y nulos. Los primeros pasaron de unos 2,3 millones a 1,4 millones; los segundos, de alrededor de 3,7 millones a 2,7 millones.

El volumen de votos válidos creció tanto por el aumento de la participación como por la reducción del voto inválido.

Lula sumó unos 10,4 millones de votos respecto a la primera vuelta. Bolsonaro también creció, aunque bastante menos: aproximadamente 3,7 millones. La remontada exige considerar conjuntamente la movilización, la captación de apoyos entre quienes habían elegido otras candidaturas y los posibles cambios de voto entre los dos finalistas.

Los resultados agregados no permiten reconstruir con precisión esos movimientos individuales. Una caída de la abstención de tres millones tampoco significa que únicamente tres millones de personas se incorporaran a la votación: algunos electores pudieron participar en la primera vuelta y ausentarse en la segunda. La movilización de las bases propias es parte de la explicación, pero la ampliación de apoyos resulta igualmente relevante.

El predominio de la derecha entre las candidaturas eliminadas había favorecido la expectativa de que sus votos terminarían beneficiando principalmente a Flávio. Este resultado nos recuerda que los apoyos de los dirigentes no determinan automáticamente el comportamiento de sus votantes.

La victoria de Lula ha sorprendido a quienes habían dado por consolidada la ventaja bolsonarista. Sin embargo, los últimos sondeos ya apuntaban a una competición ajustada. Datafolha situaba a Flávio en el 51 % de los votos válidos y a Lula en el 49 % en la víspera de las elecciones, con un margen de error de dos puntos. Esa ventaja numérica era compatible con una elección abierta.

Una campaña online y offline

Una de las iniciativas más visibles de la campaña fue el “Ejército de Lula”, coordinado por el diputado federal del Partido dos Trabalhadores (PT) André Janones. Este canal de WhatsApp pasó de 3,8 millones de seguidores el 12 de octubre a 10,8 millones el día de la votación. Sus integrantes recibían tareas diarias, como realizar búsquedas o publicar determinadas etiquetas para ampliar la circulación de los mensajes.

El interés de esta experiencia reside en la coordinación de acciones y en su conexión con la campaña general. Fotografías, vídeos y publicaciones forman parte de la comunicación electoral, pero disponer de una audiencia online amplia y comprometida (un “ejército”, siguiendo con la metáfora) también permite distribuir instrucciones, coordinar respuestas a los mensajes del adversario y organizar la participación de los simpatizantes. El objetivo consiste en convertir esa actividad en apoyos y, finalmente, en votos. Es decir, movilizar en el mundo online para tener impacto en el mundo offline (el “real”).

La cifra de seguidores no equivale a militantes de partido ni permite calcular cuántos votos produjo el canal. Ahora bien, sí muestra la capacidad de la campaña para construir un espacio de comunicación directa y dotarlo de una actividad sostenida. Esa movilización online convivió con la offline en la calle. El cierre de campaña del 24 de octubre incluyó actos multitudinarios en Río de Janeiro y São Paulo, entre otros.

Lo online importa cada vez más, pero lo offline no deja de ser clave. La candidatura de Lula descansa en una estructura organizativa sólida y programática, construida durante décadas, con presencia nacional y vínculos con sindicatos y movimientos sociales. En otras palabras, un partido político. El PT es una organización partidista de manual, y no puede dejarse de lado su importancia operativa. Esta, combinada con el activismo online, forma parte de la explicación de esta victoria. La coordinación digital pudo apoyarse en el PT y conectarla con nuevos participantes. La experiencia permite recuperar una función central de los partidos: organizar la participación y sostenerla más allá de un repost (contenido compartido) o de un acto concreto.

La remontada no se improvisa

Es probable que otras fuerzas traten de imitar el “Ejército de Lula”. Su éxito dependerá de la capacidad de conectarlo con organizaciones sólidas y programáticas, como el PT, y con un liderazgo reconocido, como el de Lula. En Brasil, esas condiciones se han construido durante décadas. Esa parte de la remontada resulta bastante más difícil de reproducir.

The Conversation

Asbel Bohigues no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Lula remonta conectando WhatsApp con la calle, pero tendrá que pactar para gobernar – https://theconversation.com/lula-remonta-conectando-whatsapp-con-la-calle-pero-tendra-que-pactar-para-gobernar-295309