Source: The Conversation – (in Spanish) – By Javier Álvarez Gálvez, Profesor Titular de Universidad, Salud Poblacional y Ciencia de Datos Sociales/Sanitarios, Universidad de Cádiz
Cuando pensamos en combatir la desinformación sanitaria, solemos centrarnos en identificar afirmaciones falsas —una vacuna que supuestamente altera el ADN, una dieta que «cura» el cáncer— y desmentirlas con datos. Aunque esta estrategia es necesaria, la evidencia científica acumulada en los últimos años demuestra que, por sí sola, resulta insuficiente. La información falsa no circula en el vacío, sino que forma parte de un complejo ecosistema social y digital que la produce, amplifica y sostiene. Y ese ecosistema no se desmonta a golpe de verificación.
En una revisión sistemática de la literatura científica, identificamos que la desinformación en salud se concentra en unos pocos ámbitos especialmente sensibles. Entre ellos destacan las vacunas, el tabaco y las drogas, enfermedades como el cáncer, las pandemias, los trastornos alimentarios o los tratamientos “milagro”. En algunas plataformas de redes sociales, la proporción de contenidos engañosos podía ser muy elevada. Es el caso de la información sobre nuevos productos del tabaco.
El ejemplo de los cigarrillos electrónicos Juul en Estados Unidos resulta especialmente ilustrativo. Su estética juvenil y fuerte presencia en redes sociales se combinaron con estrategias de marketing e información engañosa sobre la nicotina y la seguridad de sus productos, hasta acabar en los tribunales. En 2023, la compañía aceptó pagar 462 millones de dólares tras ser acusada de contribuir al auge del vapeo entre adolescentes.
Más que un duelo entre verdad y mentira, un ecosistema
Más allá de identificar y cuantificar los contenidos falsos, comprender la desinformación sanitaria exige explicar por qué determinados mensajes alcanzan una gran difusión e influencia social mientras otros apenas encuentran eco. Para ello, es necesario prestar atención al contexto social y digital en el que se producen, circulan y comparten.
Tanto en nuestra vida cotidiana como en el propio ámbito científico, tendemos a juzgar la información en términos de verdadero o falso. Sin embargo, esta visión binaria simplifica en exceso un fenómeno mucho más complejo. Al revisar y sintetizar cientos de estudios, nuestro equipo ha propuesto entender la desinformación sanitaria como un sistema con varias piezas que interactúan: las fuentes que generan los mensajes, los intereses políticos, económicos o psicológicos que hay detrás, las características del propio contenido, los canales y plataformas por los que viaja, y las audiencias que lo reciben y lo comparten. Cada una de esas piezas incide en las demás y, directa o indirectamente, condicionan nuestros comportamientos y nuestra relación con la salud.
El quién y el porqué
Durante la pandemia de covid-19 analizamos el papel de las cuentas automatizadas (bots) en las redes y comprobamos que no se comportan como el resto. Sus mensajes eran mayoritariamente políticos y estaban dominados por un tono de crítica y desacuerdo. Se orientaban a cuestionar las medidas sanitarias o la veracidad de la información oficial. Al estudiar el uso de etiquetas (hashtags), vimos además que los bots combinan y amplifican ciertos términos de forma estratégica, tejiendo relatos –sobre laboratorios, el 5G, Bill Gates o el origen del virus– que difícilmente surgen por azar.
Hay casos documentados de uso deliberado de la salud como arma política. Un estudio sobre Twitter/X mostró que cuentas vinculadas a la Agencia de Investigación de Internet (Internet Research Agency), una empresa respaldada por el gobierno ruso y especializada en operaciones de influencia, usaban la vacunación como tema de división política. Lo revelador es que publicaban tanto mensajes a favor como en contra de las vacunas: el objetivo no era convencer, sino fabricar una falsa equivalencia que erosionara el consenso.
Por qué la estructura social importa
Los mensajes no se difunden por igual entre toda la población, sino que lo hacen a través de la estructura de nuestras relaciones sociales. Tendemos a conectarnos con quienes piensan como nosotros, de modo que ciertas ideas se refuerzan dentro de comunidades relativamente cerradas (las llamadas cámaras de eco) y, al mismo tiempo, se aíslan de las del resto.
Al estudiar la polarización entre comunidades en redes sociales, encontramos que es mucho más intensa en debates como el de las vacunas que en otros. Y, al examinar qué la alimenta, comprobamos que la desinformación sanitaria es solo uno de sus motores: por delante de ella pesan la ideología política y la afiliación partidista, así como la propia dinámica de las redes sociales, la desconfianza en las instituciones y en la ciencia o las percepciones de riesgo.
A ello se suman condiciones crónicas de salud que pueden influir en nuestra forma de buscar, interpretar y compartir información en las redes sociales, especialmente cuando la medicina todavía no ofrece respuestas claras para abordarlas.
La compleja articulación de estos factores ayuda también a entender por qué corregir una información falsa no siempre basta para reducir su influencia. En una encuesta representativa en España identificamos tres grandes perfiles ante la desinformación sobre covid-19: convencidos, indecisos y escépticos. Observamos que la susceptibilidad a creer y compartir mensajes falsos se asocia menos con la falta de información que con factores como la desconfianza institucional, la posición socioeconómica o el posicionamiento político.
La forma en que recibimos la información depende, por tanto, no solo de su contenido, sino también de quién la transmite, de la confianza que depositamos en esa fuente y del contexto social en el que circula. Y como estos factores varían entre grupos y comunidades, no existe una estrategia de comunicación que funcione por igual para todos.
Confianza en instituciones y profesionales sanitarios
Combatir la desinformación en salud exige mirar más allá del contenido. Verificar hechos sigue siendo necesario, pero su eficacia será limitada si no se acompaña de estrategias que refuercen la confianza en las instituciones y en los profesionales sanitarios. También es fundamental aumentar la visibilidad de las fuentes fiables y comprender cómo se estructuran las redes y comunidades sociales para adaptar las estrategias de comunicación a las distintas audiencias.
La desinformación no es solo un problema de mentiras que corregir, sino un fenómeno social que difícilmente podremos comprender y combatir sin atender al ecosistema social y digital, a menudo polarizado, que la hace posible.
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Javier Álvarez Gálvez ha recibido fondos en las convocatorias públicas de investigación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades para los proyectos DCODES (PID2020-118589RB-I00), NETDYNAMIC (CNS2022-135907) y HUMAIN (PID2024-162197OB-I00) que abordan el tema de la desinformación en salud en las sociedades digitales.
– ref. Cómo combatir la desinformación en salud: cuando verificar y corregir no basta – https://theconversation.com/como-combatir-la-desinformacion-en-salud-cuando-verificar-y-corregir-no-basta-290308

