¿Qué sabemos de la utilidad del ejercicio físico en pacientes de cáncer infantil?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Sergio Muñoz Beato, Docente asociado en el grado de fisioterapia en la Universidad CEU Cardenal Herrera. Fisioterapeuta pediátrico en Hermanas Hospitalarias de Valencia. Fundador y coordinador de la asociación A Contracorrent. Doctorando en la Universidad de Valencia, Universidad CEU Cardenal Herrera

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Cuando un menor recibe un diagnóstico de cáncer, la reacción natural es protegerlo: “Descansa”. La fatiga, las náuseas, el dolor, la anemia y el miedo parecen justificarlo. Sin embargo, convertir el reposo en la respuesta automática también tiene un coste: puede empeorar la pérdida de capacidad física, dificultar la vida diaria y reducir la participación en el juego, la escuela y las relaciones sociales.

El coste invisible de no moverse

En los pacientes pediátricos de cáncer, el tratamiento farmacológico puede reducir la fuerza, la función física y la capacidad cardiorrespiratoria, a lo que se suman las hospitalizaciones, el aislamiento y los horarios médicos.

Además, los espacios no siempre facilitan el movimiento. La inactividad puede alimentar un círculo progresivo de pérdida de condición física y menor capacidad para participar en las actividades cotidianas.

Una síntesis de 27 investigaciones recoge cómo experimentan la actividad física niños, niñas y adolescentes afectados por la enfermedad. La fatiga, el dolor y las limitaciones asociadas al tratamiento pueden actuar como barreras, aunque asimismo influyen el entorno hospitalario y el temor familiar a que los pacientes se muevan.

En cambio, una actividad divertida, flexible, elegida y adaptada puede reforzar la sensación de capacidad y la conexión social. También favorecería la participación en actividades cotidianas, siempre que su estado clínico lo permita.

Qué ha cambiado en 2026

En junio de 2026, el Colegio Americano de Medicina Deportiva publicó las primeras recomendaciones de ejercicio elaboradas específicamente para población infantil y adolescentes con cáncer.

Un grupo internacional de expertos examinó más de 12 000 estudios para determinar qué resultados cuentan con la suficiente evidencia como para orientar la práctica. Pues bien, el consenso concluye que existe evidencia de calidad moderada (hay cuatro grados: alta, moderada, baja y muy baja) de que combinar ejercicio aeróbico y de fuerza puede mejorar la fuerza muscular y la función física de los pacientes.

También hay pruebas científicas moderadas de que el ejercicio aeróbico puede mejorar la capacidad cardiorrespiratoria después del tratamiento, especialmente entre supervivientes de leucemia linfoblástica aguda. En otros casos, la evidencia sigue siendo insuficiente.

Para mejorar fuerza y función, los expertos recomendaron sesiones supervisadas que combinen ambos tipos de ejercicio, de 30 a 45 minutos, dos o tres veces por semana y durante al menos ocho semanas. Pueden incluir bicicleta, carrera, juegos con balón o actividades de fuerza adaptadas a la edad. Esta pauta debe individualizarse según el diagnóstico, el tratamiento, el estado clínico, los síntomas y las preferencias de quien participa.

Seguro no significa sin condiciones

Un estudio observacional realizado durante tres años en seis centros hospitalarios documentó 178 eventos adversos en 74 083 sesiones supervisadas: uno por cada 416 sesiones. Tres de cada cuatro fueron leves, solo tres se clasificaron como graves, ninguno puso en peligro la vida y 151 se consideraron relacionados con el ejercicio.

Son datos tranquilizadores, pero deben interpretarse en su contexto. Proceden de programas dirigidos por profesionales con formación específica y adaptados a cada participante. No demuestran que cualquier ejercicio sea seguro en cualquier contexto.

La fiebre, el riesgo de infección y ciertas alteraciones en los análisis de sangre pueden exigir adaptar, aplazar o interrumpir la actividad. También pueden hacerlo los problemas cardiovasculares o respiratorios, una cirugía reciente o un riesgo elevado de caída o fractura. La seguridad exige valoración individual, información clínica actualizada, supervisión y comunicación con el equipo sanitario.

Infografía sobre ejercicio y oncología pediátrica. Resume los beneficios respaldados, una orientación de 30 a 45 minutos dos o tres veces por semana durante al menos ocho semanas y los datos de seguridad de 74.083 sesiones supervisadas.
Qué puede aportar el ejercicio, qué orientación práctica proponen las recomendaciones y qué muestran los datos de seguridad en programas supervisados de oncología pediátrica.
Sergio Muñoz Beato, con apoyo de ChatGPT (OpenAI), CC BY

Qué puede aportar el ejercicio y qué queda por demostrar

El ejercicio forma parte del cuidado de apoyo, pero no sustituye a la quimioterapia, la radioterapia, la cirugía ni a otras intervenciones necesarias. Tampoco se ha demostrado que cure el cáncer infantil o aumente la supervivencia. Descansar sigue siendo imprescindible en determinados momentos.

Una revisión sistemática y metaanálisis de 24 ensayos encontró resultados favorables en la fatiga, la fuerza muscular, la distancia recorrida en seis minutos y la función social. No observó mejoras estadísticamente significativas en la calidad de vida, el equilibrio o el consumo máximo de oxígeno. Tampoco encontró mejoras en los síntomas depresivos.

La certeza de los resultados osciló entre muy baja y moderada. Aunque hay motivos para incorporar el ejercicio con objetivos concretos, faltan estudios sólidos para conocer hasta dónde llegan sus efectos.

El siguiente reto: llevarlo a la práctica

El reto ya no es solo demostrar que moverse puede ayudar. También hay que conseguir que esta posibilidad llegue a las familias.

El marco europeo FORTEe señala que estos programas todavía no forman parte habitual de la atención en gran parte de Europa. Para integrarlos propone autorización médica previa e información clínica actualizada. Además, recomienda profesionales cualificados, espacios adecuados y un registro sistemático de los incidentes.

La participación debe ser voluntaria. Cada participante debe poder expresar sus preferencias. Si ese día no se encuentra bien, puede rechazar la sesión y retomarla más adelante.

Adaptar no consiste solo en calcular una intensidad. También implica escuchar qué le gusta al paciente, qué teme, cuáles son sus objetivos y qué puede hacer ese día. Un día será pedalear o lanzar una pelota; otro, levantarse de una silla o caminar unos pasos por el pasillo.

El cáncer ocupa una parte inevitable de la historia clínica, pero no debería ocupar toda la infancia. Cuando el estado clínico lo permite, conservar el movimiento ayuda a mantener espacios de juego, autonomía y relación con los demás.

The Conversation

Sergio Muñoz Beato no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. ¿Qué sabemos de la utilidad del ejercicio físico en pacientes de cáncer infantil? – https://theconversation.com/que-sabemos-de-la-utilidad-del-ejercicio-fisico-en-pacientes-de-cancer-infantil-292017