Source: The Conversation – (in Spanish) – By Carmen Beatriz Fernández, Profesora de Comunicación Política en el IESA y la UNAV, Universidad de Navarra
Había una vez un mundo donde hablar de desinformación tenía que ver con gente que tenía poca información. Y no hace demasiado tiempo de eso…
Hoy en día, esa definición ha quedado desfasada en el tiempo, y constituye ya la segunda acepción, según la RAE, por detrás de la que ha tomado el rol principal: acción y efecto de dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines.
La película El mago del Kremlin presenta a Vadim Baranov, un productor de televisión que termina convertido en el spin doctor –asesor de comunicación estratégica– de Vladimir Putin. Desde las entrañas del poder, Baranov ayuda a construir una realidad política en Rusia en la que las fronteras entre verdad y mentira, información y propaganda, se vuelven deliberadamente borrosas.
La película explora precisamente esa versión moderna de la propaganda en la que no es indispensable convencer a todos de una misma verdad. Puede ser más eficaz llenar el espacio público de relatos contradictorios hasta conseguir que distinguir la verdad resulte cada vez más difícil.
Hay una escena particularmente apasionante y que podría servir como manual de principiantes para entender la desinformación contemporánea. Boris Berezovsky le dice a Baranov: “Deja de inventar historias. Empieza a inventar la realidad”.
La frase resume el salto que ha dado la desinformación. Ya no se trata solamente de fabricar una mentira y conseguir que alguien la crea. También se trata de decidir qué realidad aparece ante nuestros ojos, cuál deja de aparecer y a cuál se le ponen aplausos del público.
Otras maneras de desinformar
Sabemos reconocer la desinformación cuando alguien fabrica una noticia falsa, manipula una fotografía o produce un deepfake. Es el tipo de desinformación que más se viene estudiando, y contra la que nos prevenimos. Pero existen formas más rebuscadas de alterar el derecho ciudadano a estar informado.
Algunas de las nuevas maneras de desinformar no inventan una realidad, más bien “fabrican” las fuentes que la cuentan con pseudomedios. Otras hacen exactamente lo contrario: no agregan información falsa al ecosistema, sino que consiguen que información verdadera desaparezca. Y existe una tercera capa, que pertenece a lo que denominamos el “internet muerto”, en la que se simula la existencia de una conversación pública espontánea cuando, en realidad, estamos ante una operación coordinada en la que unos bots interactúan con otros.
El “internet muerto” sería ya más numeroso que el internet vivo, según el informe Imperva Bad Bot Report (2026), que encontró que el tráfico automatizado de bots constituye el 53 % de todo el tráfico web en 2025.
Los pseudomedios, los reclamos fraudulentos de copyright y las redes digitales inauténticas son los tres mecanismos de la nueva desinformación. Son distintos entre sí, pero tienen un efecto común: alteran el flujo informativo. Unos lo intoxican, otros lo obstruyen y los terceros generan una discusión pública artificial.
Pseudomedios: el caso de Alejandro Betancourt en Venezuela
Un pseudomedio se presenta como periodismo sin hacer periodismo. Tiene titulares, secciones, fotografías, noticias y una apariencia gráfica que recuerda a la de un medio profesional. Pero carece de una sala de redacción, de procesos de contraste, de estándares editoriales o de una separación clara entre información e intereses particulares.
El lector entra en un portal que simula tener una redacción, aunque detrás de esa fachada no exista una estructura periodística capaz de responder por lo que publica. El Kremlin, por cierto, ha sido experto en estos menesteres desde su aparición.
Un caso reciente en Venezuela permite ver hasta dónde puede llegar esta práctica. Una investigación de Cazadores de Fake News identificó una operación digital inauténtica que favorecía al empresario Alejandro Betancourt y atacaba a medios y periodistas que habían investigado sus actividades. La red incluía al menos 75 cuentas inauténticas en X, 13 sitios web que simulaban ser medios regionales y seis falsos noticieros en Instagram. Los dominios habían sido registrados en lote y los sitios no presentaban elementos básicos que permitieran identificar una estructura periodística real, como equipo editorial, contacto o aviso legal.
Lo interesante es el diseño de esta arquitectura, a la manera de una puesta en escena: cuentas que aparentan pertenecer a ciudadanos comunes participan en las publicaciones de los falsos medios, ayudando a generar una conversación aparentemente espontánea. Los actores no solo interpretan a los periodistas: ahora interpretan también al público. La metáfora cinematográfica es casi literal.
Hay otra manera de manipular: la utilización fraudulenta de las denuncias por derechos de autor. Una denuncia de copyright tiene una ventaja para quien busca opacidad: no necesita discutir el contenido de la información. No precisa demostrar que es falsa, ni refutarla, ni convencer al público. Puede intentar conseguir algo mucho más sencillo: que el contenido sea retirado o que la cuenta que lo difundió quede fuera de circulación.
También Venezuela existen ejemplos recientes. El 25 de mayo, Instagram suspendió la cuenta del portal venezolano El PitazoTV por presuntas infracciones de copyright; al día siguiente, Meta restituyó la cuenta y reconoció que no se había violado ninguna norma. El 26 de julio fue suspendida la cuenta de Instagram del diario venezolano El Nacional, que acumulaba 4,4 millones de seguidores, tras recibir denuncias por presunta infracción de derechos de autor. Mientras tanto, el medio espera todavía una respuesta a su apelación.
El problema es que el mecanismo de denuncia por violación de derechos de autor puede ser explotado para producir opacidad, y la plataforma puede convertirse involuntariamente en el instrumento que hace desaparecer una fuente informativa.
El copyright es una institución legítima y necesaria. Protege la creación intelectual y permite que periodistas, fotógrafos, escritores y otros creadores puedan defender su trabajo. Precisamente por eso resulta tan perverso convertirlo en una herramienta para silenciar información que pueda ser incómoda al poder.
En un país donde el acceso a medios independientes está severamente restringido y numerosos sitios informativos permanecen bloqueados, las redes sociales no son solamente espacios para conversar. Forman parte de la infraestructura informativa. Por eso, cuando una cuenta con millones de seguidores desaparece como consecuencia de una denuncia que después resulta equivocada, estamos ante un problema que vulnera el derecho a la información.
Contenidos y reclamos falsos para limpiar la imagen
Existe una industria de “limpieza de reputación” online. Es conocido el caso de Eliminalia: una investigación de The Washington Post basada en cerca de 50 000 documentos internos mostró cómo esta empresa española utilizaba una combinación de webs falsas, contenidos favorables, avisos legales y reclamaciones fraudulentas de copyright para eliminar o enterrar información negativa sobre sus clientes. La investigación identificó cerca de 1 500 clientes en seis años.
Eliminalia creaba una página falsa, copiaba allí el artículo que quería hacer desaparecer y le asignaba una fecha anterior en el servidor. Después reclamaba que el verdadero medio había copiado el contenido. De esta manera, el original periodístico podía convertirse, sobre el papel, en el infractor y la falsificación en el supuesto original. La empresa llegó a enviar miles de reclamaciones de este tipo entre 2015 y 2021.
El proceso de esta nueva desinformación sería el siguiente: primero se fabrican los actores –pseudomedios que parecen periodismo–; después se fabrica al público –cuentas inauténticas que hacen que una narrativa parezca contar con respaldo espontáneo–; y, finalmente, se hacen desaparecer las escenas incómodas.
La lucha contra la desinformación, por tanto, ya no puede limitarse a preguntar: “¿es verdad lo que estoy viendo?”. La desinformación no consiste únicamente en introducir falsedades en el ecosistema informativo, sino también en restringir el acceso a información verdadera, y hacer que la acepción original del término vuelva a lo que era: poca información, porque se ha suprimido.
Las plataformas tienen aquí una responsabilidad enorme. Sus mecanismos de corrección deberían tratar como prioritarias aquellas denuncias de copyright que puedan afectar a fuentes periodísticas, especialmente cuando existen indicios de coordinación o abuso.
La información tiene sus tiempos. Una noticia que deja de circular durante una crisis, una investigación, o una elección no recupera completamente su impacto aunque la cuenta vuelva a ser reactivada después. La desinformación es más eficaz si consigue decidir qué aparece, qué desaparece y qué parece generar una conversación real.
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Carmen Beatriz Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. El nuevo salto de la desinformación: ‘internet muerto’, pseudomedios y falsas denuncias de ‘copyright’ – https://theconversation.com/el-nuevo-salto-de-la-desinformacion-internet-muerto-pseudomedios-y-falsas-denuncias-de-copyright-291323

