Source: The Conversation – (in Spanish) – By Queralt Tornafoch Chirveches, Doctora en Ciencia Política y profesora especializada en participación, representación política y partidos políticos, Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya

En España, cada convocatoria electoral abre nuevamente una preocupación entre la población: ¿me tocará ser miembro de la mesa electoral? La notificación llega por correo, la mayoría la recibe con resignación y algunos buscan inmediatamente si pueden acogerse a una causa de justificación para ausentarse.
Es una manera de proceder que tenemos tan naturalizada que pocos saben que es una forma única en toda Europa. Pero ¿de dónde sale esta práctica? ¿Es una simple ocurrencia española?
Para explicar la relación entre democracia y azar debemos remontarnos hasta la antigüedad. La Atenas clásica es un claro ejemplo del uso generalizado del azar en política: la mayor parte de los cargos públicos se asignaban por sorteo con el objetivo de que nadie pudiera monopolizar el gobierno. De hecho, Aristóteles lo consideraba inherente a la democracia.
Un gobierno por turnos
Elegir por votos era propio de los sistemas aristocráticos. En las democracias, en cambio, el azar garantizaba que la ciudadanía pudiera gobernar y ser gobernada por turnos. El sorteo aseguraba la igualdad, y era una herramienta contra la fragmentación y la corrupción.
Podemos encontrar rastros de usos del azar en la política durante el Imperio romano o la época medieval. Sin embargo, el sorteo volverá a ser relevante en las principales ciudades italianas del XIII y XIV: Venecia y Florencia. Desde Italia, la práctica viajó hacia la península ibérica. En la Corona de Aragón del siglo XIV, ese uso político se consolidó bajo el nombre de insaculació o regiment de sac e de sort: el régimen de la bolsa y de la suerte.
Nombres extraídos al azar de una bolsa
En este modelo, los nombres de los candidatos se introducían en una bolsa y se extraían al azar para distribuir cargos públicos y representación parlamentaria. Se trataba de una herramienta para limitar el monopolio de las oligarquías y frenar el clientelismo.
Tras la Guerra de Sucesión, en 1714, el absolutismo borbónico lo abolió, pero el contexto marcado por la corrupción y la división posterior obligaron a reintroducirlo. A pesar de ello, la insaculació fue progresivamente vaciada de su potencial democratizador y quedó asociada al Antiguo Régimen.
Con las revoluciones liberales del siglo XIX, el sorteo desapareció del marco político. Esto se debió a dos razones. Por un lado, las elecciones pasan a ser el único mecanismo legítimo de representación popular. Por otro, la Ilustración rechazaba el azar como algo irracional. La democracia moderna se construyó sobre la voluntad individual, no sobre la fortuna. El sorteo quedó arrinconado, sobreviviendo apenas en el ámbito judicial, como sucede con los jurados populares.
Sin embargo, en la transición española de 1977, el concepto insaculación reaparece. Esta vez con un uso limitado: seleccionar a los miembros de las mesas electorales. No como desafío al sistema representativo, sino como una manera garantizar la neutralidad del proceso electoral.
En un país que salía del franquismo, con una administración profundamente politizada y una larga historia de fraude electoral, proteger el nuevo contexto democrático era esencial. Por ello, confiar la gestión de las urnas a ciudadanos elegidos al azar, en lugar de a funcionarios o representantes de partidos, era una estrategia anticorrupción tan eficaz como simbólicamente poderosa.
Las virtudes del sistema español
Una vez reconstruido históricamente el porqué de la anomalía española, queda pendiente una pregunta: ¿es un buen modelo? En un análisis reciente tratamos en profundidad esta práctica, defendiendo sus virtudes como un mecanismo valioso para fortalecer la legitimidad democrática.
En las democracias occidentales, actualmente existen tres métodos alternativos al azar. En primer lugar, el voluntario, típico de países anglosajones como el Reino Unido o Estados Unidos. En segundo lugar, el burocrático, donde funcionarios del Estado gestionan las elecciones, como el caso de Chipre. Finalmente, el partidista, donde los partidos políticos nombran a los miembros de las mesas, común en países de la Europa central y oriental.
Cada sistema tiene sus ventajas e inconvenientes:
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El voluntario tiende a atraer a ciudadanos ya comprometidos políticamente, reproduciendo desigualdades de participación:
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El burocrático asume una neutralidad institucional que, en muchos contextos, no está garantizada.
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El partidista busca el equilibrio a través de un sistema de control, pero parte de una falta de neutralidad estructural.
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Y el sistema de sorteo, en cambio, distribuye la responsabilidad de manera equitativa entre toda la ciudadanía, independientemente de su ideología, clase social, género u origen. Este modelo tiene la capacidad de poder atraer a segmentos del electorado tradicionalmente excluidos de la política.
A pesar de sus virtudes, hay posibles críticas. Por ejemplo, existen dudas razonables sobre las sanciones asociadas a este deber cívico. Sin embargo, el día de las elecciones son miles de ciudadanos de a pie –ni funcionarios, ni militantes, ni expertos– quienes contribuyen al desarrollo de uno de los procesos más básicos de cualquier sistema democrático.
En un momento en que las instituciones democráticas afrontan múltiples desafíos, es un aspecto que merece ser tenido en cuenta.
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Queralt Tornafoch Chirveches no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. ¿Por qué se eligen al azar los miembros de las mesas electorales en España? Origen y razones de un sistema único – https://theconversation.com/por-que-se-eligen-al-azar-los-miembros-de-las-mesas-electorales-en-espana-origen-y-razones-de-un-sistema-unico-284156
