Epidemias y pandemias: guía para prevenirlas y gestionar sus riesgos

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Antoni Trilla, Médico Epidemiólogo. Catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública. Facultad de Medicina i Ciencias de la Salud, Universitat de Barcelona

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Las epidemias y pandemias han acompañado a la humanidad a lo largo de la historia. Una epidemia se produce cuando una enfermedad se propaga rápidamente en una región o país, mientras que una pandemia afecta a varios países o continentes al mismo tiempo. Aunque ahora muchas personas asocian este riesgo únicamente a la covid-19, existen numerosos ejemplos como la gripe española de 1918, que causó millones de muertes en todo el mundo, o la epidemia de enfermedad por virus del Ébola en África occidental. El cólera, la mpox, el sarampión, la meningitis, la fiebre tifoidea y el dengue también causan brotes epidémicos en diferentes partes del mundo.

Pese a los recientes avances de la medicina, las enfermedades infecciosas continúan representando una amenaza para la salud pública. La globalización, los viajes internacionales, el crecimiento de las ciudades y los cambios ambientales favorecen su aparición y propagación. Sabemos que en el futuro se producirán nuevas epidemias y que también es probable que surjan pandemias. Lo que desconocemos es cuándo aparecerán, dónde lo harán y cuál será su gravedad.

Cómo se gestionan y cómo se previenen

Aunque la mejor forma de afrontar una epidemia sería prepararse antes de que ocurra, no siempre es posible adelantarse. Como afirmó el político estadounidense Donald Rumsfeld, “hay cosas que sabemos que sabemos, hay cosas que sabemos que no sabemos y hay cosas que no sabemos que no sabemos”.

En cualquier caso, la gestión de cualquier medida preventiva en salud pública requiere una planificación adecuada y una comunicación clara. Un buen ejemplo lo encontramos en la epidemia anual de gripe, una enfermedad que, aunque es estacional (otoño-invierno), siempre resulta imprevisible hasta cierto punto: no podemos adelantar qué tipo o tipos concretos de virus van a circular, ni el número de casos, ni tampoco la gravedad de los mismos, ni por supuesto la efectividad real de las vacunas en cada temporada.

Manejando estas incertidumbres, cada otoño los sistemas sanitarios ponen en marcha campañas de vacunación de la gripe dirigidas a los grupos más vulnerables. Las vacunas antigripales, que se actualizan periódicamente para adaptarse lo mejor posible a las cepas que parece más probable que circulen, reducen el riesgo de enfermedad grave, complicaciones, hospitalización y muerte.

Al mismo tiempo, se recomienda a la población tomar medidas preventivas básicas como la higiene de manos, la ventilación de espacios cerrados, quedarse en casa mientras duran los síntomas y, en determinadas circunstancias como el transporte público, el uso de mascarillas efectivas.

Que estas intervenciones contribuyan o no a reducir el riesgo de transmisión del virus depende, en buena medida, de cómo se transmiten a la población. Hay que explicar qué se recomienda pero también por qué se recomienda y cómo llevarlo a cabo correctamente. Cuando la información es comprensible y coherente, aumenta la aceptación de las medidas propuestas.

La experiencia anual con la gripe demuestra que la salud pública consiste en buena parte en lograr que la sociedad comprenda, confíe e incorpore las medidas recomendadas a su vida cotidiana. Una buena comunicación es fundamental.

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Infografía del ISCIII para la campaña de gripe 2026-2027.

Qué riesgos implican y para quién

Obviamente, el riesgo principal de una epidemia es la enfermedad y, en los casos más graves, la hospitalización, discapacidad o, incluso, fallecimiento del paciente. Pero también tienen “efectos colaterales” como la saturación de los servicios sanitarios (que no dan abasto para atender otras patologías, quedando enfermos desatendidos), el aumento de problemas de salud mental o el absentismo laboral y escolar.

Aunque normalmente cualquier persona puede contagiarse, existen grupos más vulnerables. Entre ellos se incluyen los niños de corta edad, las personas mayores, los enfermos crónicos, las personas inmunodeprimidas, las embarazadas y algunos profesionales especialmente más expuestos a los agentes infecciosos, como los sanitarios. Dar pautas claras a estos colectivos resulta esencial.

La ciencia es fundamental

La ciencia es la base tanto de la prevención como de la gestión de epidemias y pandemias. Gracias a la investigación biomédica podemos identificar nuevos microorganismos, estudiar cómo se transmiten las enfermedades y desarrollar pruebas diagnósticas, tratamientos y vacunas.

La ciencia también permite evaluar qué medidas son más eficaces en cada situación y proporciona a los responsables políticos la evidencia necesaria para tomar mejores decisiones. Invertir en preparación y prevención es comparable a contratar una póliza de seguros a todo riesgo: esperamos no tener que utilizarla, pero resulta esencial cuando surge una emergencia.




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Qué idea del riesgo debe transmitirse

Comunicar correctamente el riesgo es siempre un desafío. La población debe comprender que las epidemias son una amenaza real, pero sin generar alarmismo innecesario. El experto en comunicación de riesgos Peter Sandman resumió esta idea en una fórmula: Riesgo = Peligro + Indignación.

En una crisis sanitaria suelen coexistir ambos elementos: existe una amenaza real para la salud y, al mismo tiempo, preocupación, incertidumbre o desconfianza entre la población. Además, las situaciones de crisis alteran la forma en que las personas reciben y procesan la información. La atención disminuye, los mensajes negativos adquieren más peso y la capacidad de comprensión puede verse reducida. Por ello, los mensajes deben ser breves, relevantes, indicar claramente qué acciones se recomiendan y repetirse de forma consistente.




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Generar confianza resulta esencial. Autoridades y profesionales deben comunicar con rapidez y transparencia, explicando qué se sabe, qué se desconoce y qué medidas se están tomando. Es muy importante escuchar y respetar las preocupaciones de la ciudadanía y, cuando corresponda, rectificar, reconocer errores y pedir disculpas.

En una crisis sanitaria, la comunicación no es un complemento de la respuesta: forma parte de ella. De hecho, una crisis mal comunicada puede llegar a causar más daño social que el propio problema sanitario.

La importancia de informar y formar a la ciudadanía

Una población bien informada es una de las mejores defensas frente a las epidemias. Es importante que sepamos identificar fuentes fiables de información y distinguirlas de rumores o noticias falsas. Las epidemias suelen ir acompañadas de desinformación.

Algunos de los bulos más habituales son negar su existencia o gravedad, recomendar supuestos tratamientos milagrosos sin evidencia científica, afirmar que las vacunas son innecesarias o peligrosas sin pruebas o atribuir las epidemias a conspiraciones o intereses ocultos. Estos mensajes reducen la confianza en las medidas de prevención y dificultan el control de una epidemia. En salud pública, la falsa ciencia y la desinformación producen siempre daños reales.




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Qué podemos mejorar

Podemos y debemos reforzar los sistemas de vigilancia epidemiológica, invertir en investigación biomédica, fortalecer los servicios sanitarios, coordinar mejor la respuesta internacional, mejorar la comunicación clara y basada en evidencias, aumentar la educación sanitaria de la población y combatir activamente la desinformación.

Las epidemias y pandemias forman parte de los riesgos globales del siglo XXI: tenemos un solo mundo y una sola salud. La mejor forma de reducir sus potenciales consecuencias es combinar preparación, ciencia, comunicación eficaz y participación ciudadana. Una ciudadanía bien informada y unos sistemas de vigilancia y de salud sólidos y preparados constituyen la mejor defensa para proteger la salud colectiva.


Este artículo forma parte de una serie dedicada a comprender mejor los riesgos, las crisis y las emergencias, y el papel clave de la comunicación para afrontarlos. Es fruto de la colaboración con la Cátedra Universitat de Barcelona-Diputació de Barcelona sobre Comunicación clara aplicada a las Administraciones Públicas.

The Conversation

Antoni Trilla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

– ref. Epidemias y pandemias: guía para prevenirlas y gestionar sus riesgos – https://theconversation.com/epidemias-y-pandemias-guia-para-prevenirlas-y-gestionar-sus-riesgos-293084