¿Por qué seguimos yendo a conciertos?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Guillermo Sánchez Ungidos, Profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de Castilla-La Mancha

Shakira en una imagen de sus conciertos en Macondo Park, en Madrid. RTVE

Desde el 18 de septiembre hasta el 11 de octubre calculamos que alrededor de 600 000 personas asistirán en Madrid a Las mujeres ya no lloran, la residencia artística de Shakira en Europa.

Nos gustan los conciertos. Nunca antes había sido tan fácil escuchar cualquier tema inmediatamente ni habíamos podido acceder a las canciones de nuestros artistas favoritos desde cualquier lugar. Sin embargo, seguimos haciendo cola durante horas y pagando bastante dinero por una entrada para estar, para ser allí.

La pregunta que sobrevuela ese instante es sencilla y algo incómoda: ¿qué nos da un concierto? Y la respuesta no está solo en la música. Está también en el cuerpo, en las personas que nos rodean y en la sensación de que, durante un tiempo limitado, estamos participando en algo que no puede repetirse exactamente.

Somos parte de un mismo ritual.

Macondo no es un pueblo: es un espejo

El concierto altera nuestra relación habitual con el tiempo. Durante unas horas organizamos la experiencia alrededor de ese otro trabajo que es reconocernos en lo que ocurre. El cuerpo entra en otro ritmo. Nos movemos, sudamos, gritamos y escuchamos rodeados de otros cuerpos.

El sociólogo Simon Frith ha explicado que la música puede existir de distintas maneras. Hay una música que se guarda en el cuerpo y en los instrumentos, y que vuelve a existir cuando alguien la interpreta. Otra forma de música parece tener una existencia más estable: la canción que conocemos, la versión que tenemos en la cabeza y con la que comparamos cada interpretación.

El concierto reúne las dos experiencias. La canción conocida se reencarna delante de nosotros. No escuchamos simplemente algo que ya poseíamos; vemos cómo sucede aquí y ahora. Solo la corporalidad de la experiencia da un sentido y una función a una estructura ya automatizada. La entrada, la espera, la aparición, los momentos de intensidad y el final cobran significación gracias a la presencia del artista y de nosotros como público.

Probablemente uno de los momentos más esperados en la última gira de Oasis: la interpretación de ‘Wonderwall’, tal vez no tanto para escucharla como para cantarla a voz en grito frente a los Gallagher.

Por eso importan tanto los pequeños rituales. Por eso los cantantes actuales cuidan tanto la puesta en escena. El escenario de Shakira, el Macondo Park, se ha convertido en un talismán identitario y en un proyecto cultural. Igualmente, Bad Bunny en su gira montó una escena puertorriqueña (la “casita”) en medio de un estadio en el que perreaban 60 000 personas. Ese contraste funciona como un pequeño rito (la simbología puertorriqueña) dentro del rito grande (la comunidad de cualquier ciudad de la gira).

La fórmula del rito no falla. Todos los cantantes y sus públicos pasamos por ellos. Lady Gaga convierte sus shows en liturgias visuales. La puesta en escena de la última Rosalía se ha llegado a comparar con una ceremonia sagrada, capaz de convertir un escenario en una especie de templo temporal. Y Aitana, con su Cuarto Azul, hace posible que el centro del espectáculo se condense en un espacio íntimo y doméstico.

Lo decisivo es que participamos con el cuerpo. El concierto exige nuestra presencia. Podemos poseer la música en cualquier parte, pero seguimos queriendo estar allí donde ocurre.

Antes de cantar juntos ya hemos sufrido por una entrada

El rito no comienza cuando el artista pronuncia su primera palabra en vivo, sino el día de la venta de entradas en las plataformas digitales. Miles de personas se conectan a la misma hora, actualizan la página y comprueban su posición en la cola virtual mientras el corazón se acelera, como si estuvieran ante las puertas de un templo.

Esa espera tiene sus propias normas. Buscamos a nuestros coprotagonistas. Sabemos que estamos entrando en un espacio comunitario y aceptamos, casi sin pensarlo, unas reglas que no aplican del mismo modo en nuestra vida cotidiana.

Todo ello produce una identidad que no podemos construir completamente a solas. Pensemos algunos ejemplos para concierto: las “friendship bracelets” (pulseras de la amistad) de Taylor Swift, los modelos mayoritariamente rosas para Karol G y las pelucas moradas en el caso de Shakira (que remiten al videoclip de “Las de la intuición”). En todos el objeto importa menos que el reconocimiento mutuo que permite.

Una camiseta, una forma de bailar, un gesto durante una canción, como un corazón coreano, o incluso la manera de ocupar una pista pueden decir “yo pertenezco aquí”, “yo soy esto”, “no me quiero ir de aquí”. Cada concierto produce temporalmente a ese público.

Imagen del resumen de la residencia de Bad Bunny en Puerto Rico en 2025.

El valor especial que atribuimos a la presencia invita a preguntarnos qué sucede cuando esa música se hace presente ante nosotros.

Sabemos que la música seguirá existiendo cuando salgamos del estadio, pero sentimos que Shakira, Bad Bunny, Taylor Swfit, Rosalía o Aitana solo pueden ocurrir mientras estamos allí. E incluso allí pensamos que los conocemos mejor, casi personalmente, aunque sus palabras sean parte de un relato. A ese vacío que experimentamos antes de que la pérdida física (o el distanciamiento) ocurra lo llamamos pre(au)sencia inevitable.

Al igual que el concierto no empieza con la primera canción, tampoco termina necesariamente con la última. El rito sigue en las conversaciones a la salida, las fotografías en los photocall, las publicaciones en redes sociales, los mensajes enviados a quienes no pudieron asistir y la historia que repetiremos durante años: dónde estábamos, con quién fuimos, qué canción sonó, qué ocurrió en aquel momento.

De la presencia al aullido

Vivimos el concierto con otros, incorporamos el cuerpo y nos reconocemos en quienes reaccionan como nosotros. Antes, durante y después del concierto, dejamos de ser únicamente individuos que consumen canciones y nos convertimos en miembros de una colectividad.

Que en plena era digital sigamos necesitando este tipo de ceremonia dice mucho sobre nosotros. Quizá, cuanto más fácil es escuchar canciones sin salir de casa, más nos hace falta, de vez en cuando, (des)aparecer entre la multitud y aullar bajo los focos, como Shakira. ¡Aúúúúúúú!


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The Conversation

Guillermo Sánchez Ungidos es miembro del proyecto de investigación M+PoeMAS, “Mucho más que poemas. Poesía para más gente y poéticas de la canción”, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (PID2024-158927NB-I00).

José Ángel Baños Saldaña es miembro del proyecto de investigación M+PoeMAS, “Mucho más que poemas. Poesía para más gente y poéticas de la canción”, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (PID2024-158927NB-I00).

– ref. ¿Por qué seguimos yendo a conciertos? – https://theconversation.com/por-que-seguimos-yendo-a-conciertos-285561