Source: The Conversation – (in Spanish) – By Francisco José Esteban Ruiz, Profesor titular de Biología Celular, Universidad de Jaén
Asociamos el color rojo a las señales de peligro y el verde nos transmite tranquilidad. Pensamos en el azul para decorar una habitación en la que relajarnos y en el color amarillo si nos proponemos llamar la atención.
Y bien sabemos que las marcas comerciales eligen cuidadosamente los tonos de sus logotipos e incluso que hay colores a los que les atribuimos la capacidad de mejorar nuestra concentración. Sí, estamos rodeados de ideas sobre cómo los colores afectan a nuestro cerebro.
Pero ¿existe realmente una neurociencia del color? La respuesta corta es sí. Y la larga, mucho más interesante.
El color no está en la luz
Aunque suene raro, los colores no existen en la luz. La luz contiene diferentes longitudes de onda (el llamado espectro electromagnético) y es nuestro sistema nervioso el que, en la zona del espectro visible y comparando las señales que le llegan a la retina, construye la experiencia que llamamos color.
El cerebro no dispone simplemente de un detector para el rojo, otro para el verde y otro para el azul. La retina humana contiene cinco tipos de células sensibles a la luz: bastones; conos sensibles a longitudes de onda corta (S), medias (M) y largas (L); y un tipo de células ganglionares que expresan el fotopigmento melanopsina.
De modo general, podemos resumir que la percepción cromática surge de la comparación entre las señales de diferentes tipos de conos. En cierto modo podemos decir, pues, que el color es una interpretación cerebral de la luz.
Pero la historia se vuelve aún más interesante cuando descubrimos que nuestros ojos contienen células sensibles a la luz cuya función principal no es ayudarnos a formar imágenes.
Mucho más que ver
Las células ganglionares retinianas intrínsecamente fotosensibles (ipRGCs) son neuronas que contienen melanopsina, un pigmento especialmente sensible a longitudes de onda cortas; con un máximo de sensibilidad próximo a los 480 nanómetros (nm, milmillonésimas partes de metro), el fotopigmento capta la región del espectro asociada al azul verdoso.
Las ipRGCs participan en lo que conocemos como la visión no visual. La expresión puede parecer contradictoria, pero lo que trata de describir es que nuestros ojos no solo envían al cerebro información para reconocer caras, leer estas palabras o distinguir una manzana roja de una verde. Estas células también informan sobre la cantidad y las características de la luz en el ambiente, con lo que contribuyen a regular el sueño, los ritmos circadianos, el estado de alerta y otros procesos fisiológicos.
Además, las ipRGCs no trabajan solas. Reciben información de los conos y de los bastones y participan en circuitos retinianos complejos capaces de integrar las señales relacionadas con el color.
Dicho de otro modo, cuando abrimos los ojos, la luz hace al menos dos cosas a la vez: nos permite ver el mundo y, además, informa a nuestro organismo sobre qué momento del día parece ser. Y lo digo así porque podría no serlo, porque podrían confundirse.
Pensemos en alguien que mira el teléfono móvil en la cama a medianoche; o sea, yo mismo. El reloj marca las doce, pero la retina está recibiendo una señal luminosa que dista mucho de estar asociada con la oscuridad de esa hora. Para algunos circuitos de nuestro cerebro, el mensaje que llega desde los ojos es que, quizá, todavía no sea el momento de dormir.
La paradoja del azul
Y aquí aparece una curiosa contradicción. Solemos asociar el azul con la calma. Basta con pensar en el cielo o en la mar. Sin embargo, la luz rica en las longitudes de onda cortas (entre los 460 y los 480 nm) puede producir justo lo contrario, especialmente durante la noche.
Una revisión sistemática y de tipo metaanálisis ha mostrado que la luz comprendida en el rango antes indicado puede aumentar el estado de alerta y modular la actividad cerebral y ciertas funciones cognitivas. Y estos efectos son mucho más evidentes durante la noche que durante el día.
¿Dónde está la explicación? Pues, en buena medida, en la melanopsina. Cuando esas longitudes de onda activan el fotopigmento, las ipRGCs que lo contienen responden y ponen en marcha vías nerviosas que conectan la luz ambiental con la regulación de nuestros ritmos biológicos al interferir con la secreción de melatonina, la hormona que producimos durante la noche y que actúa como una señal biológica de oscuridad.
¿Y el rojo nos pone nerviosos?
Ya hemos visto que el color que creemos percibir y el efecto fisiológico de la luz no son exactamente la misma cosa. Y, en este sentido, hay estudios que han encontrado diferencias en la actividad cerebral (mediante electroencefalografía) cuando observamos distintos colores.
Por ejemplo, se ha asociado la percepción del rojo con cambios en la banda alfa-3, banda que los autores relacionan con una posible respuesta emocional negativa y un aumento de la ansiedad. En cuanto a los estímulos azules y verdes, produjeron diferencias en la banda beta-1, lo cual se considera compatible con una mayor atención.
Pero cuidado, que hablamos de asociaciones entre determinados patrones de actividad cerebral y de estados emocionales o cognitivos, lo que no significa que el estudio haya demostrado que el rojo provoque ansiedad ni que el verde nos haga más atentos. Es decir, que de estos experimentos no podemos concluir que pintar una oficina de verde vaya a convertirnos automáticamente en trabajadores más concentrados.
En definitiva, nunca procesamos un color aislado del mundo. Un semáforo rojo, una rosa roja y una mancha roja sobre una bata blanca pueden compartir color y provocar, obviamente, experiencias completamente diferentes.
La construcción inconsciente del color
Revisando todos estos artículos, y partiendo de que creemos que los colores afectan a nuestro cerebro porque los vemos, la conclusión más interesante que sacaría en claro es la siguiente: lo que la neurociencia está demostrando es que parte de los efectos de la luz comienzan antes de que el cerebro haya construido conscientemente el color.
Sí, vemos la luz, pero nuestro organismo también la mide sin que seamos conscientes de ello. Y mientras nuestro cerebro decide si algo es azul, verde o rojo, otros circuitos están intentando responder a una pregunta mucho más básica: ¿es de día o es de noche?
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Francisco José Esteban Ruiz recibe fondos para investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación, la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) bajo el proyecto PID-156228NB-I00, y de la Consejería de Salud y Consumo, Junta de Andalucía (PIP-0113-2024).
– ref. ¿Qué efecto tienen los colores en nuestro cerebro? – https://theconversation.com/que-efecto-tienen-los-colores-en-nuestro-cerebro-286447

