Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Irarrázaval, Doctorando en Comunicación, Universidad de Navarra. Académico Facultad de Comunicación Universidad de los Andes, Chile., Universidad de Navarra
Una chica pide a sus padres una crema facial porque la ha visto en un Get Ready With Me de TikTok (un vídeo en el que, mientras la persona se prepara para salir, muestra su rutina de maquillaje, peinado o elección de ropa). Un chico quiere empezar a tomar proteína tras apuntarse al gimnasio. Otra adolescente compara precios de maquillaje mientras enseña a sus padres dónde es más barato. Escenas como estas son cada vez más habituales en muchos hogares. El consumo adolescente no se limita a pedir cosas: implica negociar, opinar, decidir y, muchas veces, trasladar al entorno familiar tendencias y productos descubiertos en redes sociales.
Las rutinas de autocuidado como objeto de consumo
Antes, cuando se hablaba de consumo adolescente, solía ponerse el foco en la ropa, la tecnología, la comida rápida o los videojuegos. Pero algo ha cambiado: el cuerpo se ha convertido en uno de los grandes territorios de consumo juvenil. Ya no hablamos solo de higiene o salud, sino también de imagen, identidad, aceptación social o rendimiento físico.
Cremas faciales, maquillaje, suplementos, rutinas de skincare o productos fitness forman parte de un ecosistema atravesado por redes sociales, influencers y tendencias digitales que marcan qué cuerpos se valoran, qué hábitos se consideran deseables y qué productos parecen necesarios para encajar.
En un estudio de la Universidad Villanueva en el que también trabajamos investigadores de la Universidad de Navarra, analizamos el consumo adolescente de productos de cuidado del cuerpo en 1 088 familias en España. Participaron adolescentes de 12 a 17 años junto a uno de sus padres, madres o tutores. El objetivo era comparar cómo ambas generaciones perciben la compra de maquillaje y cosméticos, productos y servicios de gimnasio o fitness, y suplementos nutricionales como proteínas o vitaminas.
En otras palabras, queríamos contrastar lo que dicen los hijos con lo que creen sus padres.
Los hijos dicen que compran más de lo que sus padres creen
La primera diferencia aparece al preguntar por las compras. El 39,2 % de los adolescentes afirma comprar maquillaje o cosméticos, frente al 26,4 % de padres que reconoce esa práctica en su hijo o hija. En el caso de productos y servicios vinculados al gimnasio y el fitness, el 18 % de los menores dice comprarlos, mientras que solo el 10,1 % de los padres cree que sus hijos lo hacen. La distancia también aparece en los suplementos nutricionales: el 7,4 % de los adolescentes declara comprarlos, frente al 2,5 % de los padres.
Estos datos no significan que los adolescentes oculten sus compras. La vida cotidiana es un poco más compleja. A veces una crema, una app de entrenamiento o un producto recomendado por un amigo no se perciben como una “gran decisión de consumo”. Para el menor puede ser una compra pequeña. Para los padres, en cambio, puede activar preocupaciones más amplias: salud, imagen corporal, presión social, gasto o influencia que llega desde los pares (otros menores) o de creadores de contenido.
La pregunta no es solo quién paga. También importa quién decide, quién se entera y quién interpreta esa compra como algo relevante.
Supervisar no es lo mismo para unos y otros
El dato más llamativo del estudio aparece cuando se pregunta por la supervisión familiar. El 57,4 % de los adolescentes afirma que sus padres supervisan estas compras “a menudo” o “muy a menudo”. Sin embargo, solo el 36 % de los padres dice ejercer ese nivel de supervisión.
Esta diferencia ayuda a entender muchas conversaciones familiares. Para un adulto, supervisar puede significar poner una norma clara como “esto no lo compras”, “hasta los 16 años no”, “primero lo hablamos” o “yo te acompaño”. Para un adolescente, en cambio, una simple pregunta puede sentirse como control: “¿Cuánto cuesta?”, “¿para qué lo quieres?”, “¿dónde lo viste?”, “¿quién te lo recomendó?”.
Ahí está el punto en discordia. El hijo siente que lo supervisan, el padre o la madre cree que apenas interviene. Ambos pueden estar diciendo la verdad, porque cada uno entiende la supervisión de manera distinta.
La supervisión familiar no siempre se expresa en grandes prohibiciones. A menudo aparece en preguntas, comentarios o advertencias cotidianas que los adultos consideran normales, pero que los hijos pueden interpretar como control.
La edad marca la frontera del desacuerdo
La brecha se vuelve más visible cuando se pregunta a qué edad deberían poder comprar estos productos. El 23,5 % de los adolescentes cree que deberían estar disponibles a cualquier edad. Solo el 4 % de los padres piensa lo mismo. Además, el 19,1 % de los menores permitiría comprarlos desde los 12 años. Los padres, en cambio, tienden a establecer límites más altos: el 42,5 % fija la edad mínima en los 16 años y el 41,2 % en los 18.
Esta diferencia no es menor. Para los adolescentes, acceder antes a estos productos puede expresar autonomía, madurez o pertenencia al grupo. Para los adultos, retrasar el acceso puede ser una forma de protección.
En el fondo, la discusión no trata solo de maquillaje, gimnasio o suplementos. Trata de confianza: “¿Está preparado mi hijo para decidir?”, “¿Conoce los riesgos?”, “¿Compra por interés propio o por presión externa?”, “¿Entiende lo que consume o solo sigue una tendencia?”.
Más que prohibir, hablar mejor
Los progenitores perciben muchos más riesgos que sus hijos. El 86,5 % cree que algunos de estos productos pueden dañar la salud física, frente al 33,5 % de los adolescentes. La diferencia es aún mayor respecto a la salud mental: el 65,6 % de los adultos ve riesgos, frente al 10,7 % de los menores. Además, el 77 % de los padres considera que los adolescentes no tienen suficiente criterio para comprar o consumir estos productos de forma responsable, mientras que el 42,6 % de los menores comparte esa visión.
Estos datos no invitan a demonizar el consumo adolescente. Tampoco a presentar a padres y madres como exagerados. Más bien muestran que muchas familias necesitan entablar conversaciones más concretas sobre la autopercepción y el consumo de productos para el cuidado del cuerpo.
No basta con preguntar “¿te lo compras o no?”. Conviene hablar de qué producto es, quién lo recomienda, qué promesa hay detrás y qué riesgos tiene para la salud. También importa distinguir entre categorías. No es lo mismo una crema hidratante que un suplemento nutricional, ni una app de entrenamiento que un producto asociado a ideales corporales.
La nueva negociación familiar sobre el consumo adolescente no pasa solo por decir sí o no. Pasa por entender qué significa para un menor comprar productos para su cuerpo y qué temores despierta esa decisión en los adultos.
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Estudio realizado con la Beca Leonardo de Investigación Científica y Creación Cultural 2024 de la Fundación BBVA. La Fundación BBVA no se responsabiliza de las opiniones, comentarios y contenidos incluidos en el proyecto y/o los resultados obtenidos del mismo, los cuales son total y absoluta responsabilidad de sus autores.
José Irarrázaval y Samuel Negredo no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.
– ref. ¿Quién decide? Lo que creen padres e hijos sobre la compra y consumo de productos de cuidado corporal de los adolescentes – https://theconversation.com/quien-decide-lo-que-creen-padres-e-hijos-sobre-la-compra-y-consumo-de-productos-de-cuidado-corporal-de-los-adolescentes-283828

