Source: The Conversation – (in Spanish) – By Patricia Teea Gligan Gligan, Estudiante de Doctorado. Área de Psicología y Actividad Física, Universidad de Castilla-La Mancha
Verano significa vacaciones y desconexión para muchos trabajadores: apagamos el ordenador, olvidamos el correo electrónico, desaparecen las reuniones, el jefe y, con un poco de suerte, hasta la voz que nos dice: “Deberías estar produciendo”. Ponemos el cuerpo en modo pausa y salimos a la caza de relax y diversión en dosis generosas.
El ritmo laboral, su coqueteo constante con el estrés y el riesgo de sobrecarga mental nos empujan a soñar con un verano sin pensar. Incluso a dejar el cerebro en modo “encefalograma plano”, porque nos parece que eso es descansar. Pero es un error.
Como nos demuestra la neurociencia, el cerebro no se “apaga” en estado de reposo. No hacer nada no implica no pensar en nada. Más bien al contrario: nuestro cerebro divaga, algo que no es precisamente relajante. Y así, nos podemos encontrar con que cuanto más queremos olvidarnos del trabajo o del estrés, tumbados bajo la sombrilla y con el relajante sonido del mar de fondo, más volvemos sobre determinadas ideas nada tranquilizadoras.
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Las funciones ejecutivas en vacaciones
Una manera de evitarlo y de lograr que nuestro cerebro verdaderamente descanse y recargue su energía es mantener bien encendidas las funciones ejecutivas. Son las que nos permiten controlar nuestro pensamiento y conducta, sin abandonarnos a la vida en piloto automático o al impulso inmediato y dependen sobre todo de la corteza prefrontal, esa área encargada de mantener activos nuestros objetivos, las reglas necesarias para alcanzarlos y focalizar el resto de nuestra actividad cognitiva en perseguirlos.
Las funciones ejecutivas se dividen en frías y calientes. Las primeras son esos procesos cognitivos que ponemos en marcha al razonar, planificar o cambiar de estrategia en situaciones abstractas y poco cargadas de emotividad. Las calientes, en cambio, entran en juego cuando hay emoción de por medio: una tentación, un riesgo, una victoria, una derrota. En este segundo caso, dependen de una red neuronal algo distinta, con más peso de zonas cerebrales conectadas a circuitos de emoción y motivación.
Y así, si a lo largo del curso la memoria de trabajo nos ayuda a sacar mejores notas o lograr mejores objetivos laborales; la flexibilidad cognitiva –que nos permite cambiar de una tarea a otra sin bloquearnos– predice cuánto riesgo asumimos en decisiones financieras; y la inhibición de la conducta –o el don de mordernos la lengua antes de meter la pata– nos permite tomar mejores decisiones y liderar bajo presión, durante el verano todas ellas necesitan ejercitarse de otras maneras para que la desconexión resulte verdaderamente reparadora.
Juegos de mesa y deportes
Un buen juego de mesa permite poner a punto las funciones ejecutivas: leer el reglamento ya reta a la memoria de trabajo. Las primeras partidas exigen flexibilidad e inhibición (funciones ejecutivas frías). Pero es la competición, querer ganar, ver cómo perdemos nuestra ficha estrella, gestionar el pique con nuestro cuñado, lo que enciende las funciones ejecutivas calientes. Tratar de controlar la frustración, tolerar la incertidumbre y decidir con la adrenalina disparada. Por eso, si sentimos que nos “pica” la competitividad en el Trivial, podemos estar tranquilos: son nuestras funciones ejecutivas dándolo todo, no un ataque de mal perder.
Con el deporte pasa algo parecido. No es lo mismo correr en solitario (funciones ejecutivas frías) que estrenarnos en un deporte con oponente, incertidumbre y adrenalina. Pádel, escalada, tenis de mesa, deportes de “habilidad abierta” son actividades en las hay que reaccionar en tiempo real a lo que hace el otro, y por lo tanto, entrenan más las funciones ejecutivas calientes que los deportes predecibles y en solitario.
Y de paso, aprender un deporte nuevo genera cambios estructurales en regiones cerebrales vinculadas a la función ejecutiva: es decir, se crean conexiones neuronales nuevas. Así que el golpe inicial con la raqueta en la cara se traduce, con suerte, en convertirnos en una persona más competente después de las vacaciones.
La fórmula ideal en verano
El verano regala una oportunidad relajada para hacer esta puesta a punto. Las actividades recreativas al aire libre, poco estresantes, son especialmente buenas para la atención, la inhibición de la conducta y la flexibilidad cognitiva. Romper con el sedentarismo también moviliza los circuitos prefrontales y su eficiencia neuronal.
Entonces, ¿a qué dedico el tiempo libre? La fórmula ideal es: con bajo estrés, el cuerpo en movimiento y afrontando un reto cognitivo con algo de picante emocional, una partida que queremos ganar o un deporte que aún no dominamos. Entrenamiento cerebral perfecto, funciones ejecutivas frías y calientes a la vez.
Incluso antes de irnos de vacaciones, podemos poner en marcha descansos activos (actividad física ligera entre horas de trabajo o estudio), añadiéndoles un pequeño reto cognitivo (sentadillas contando de tres en tres hacia atrás desde 50). La propia tarea de elegir el juego de mesa al que vamos a retar a alguien este verano también implica planificación y toma de decisiones.
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Un tiempo reparador
¿De qué sirve todo esto cuando nos toque volver al trabajo? Pues tiene un efecto importante. Las evidencias científicas más recientes apuntan a que, para recargar pilas (lo que en la investigación se llama “recuperación laboral”) necesitamos lograr cuatro cosas: desconectar psicológicamente, relajarnos, tener autonomía y capacidad de decisión sobre qué hacemos con nuestro tiempo libre y aprender algo nuevo o superar un reto, algo que disminuye la sensación de agotamiento y nos ayuda a sentirnos competentes.
Los beneficios de las vacaciones no son eternos y ya en las primeras semanas de vuelta a la rutina podemos dejar de sentir sus efectos. Por eso, el reto cognitivo con pinceladas emocionales marca la diferencia: no solo prolonga el efecto “buenas vacaciones”, sino que deja las funciones ejecutivas más entrenadas para encajar mejor ese primer lunes de vuelta.
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Patricia Teea Gligan Gligan cuenta con el apoyo de un contrato de investigación predoctoral cofinanciado por el Fondo Social Europeo Plus (FSE+) en el marco del Plan de Investigación de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), convocatoria PREDOCTORALES 2024.
Sixto González-Víllora recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.
Marta Torrijos-Muelas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Cómo lograr unas vacaciones verdaderamente reparadoras para nuestro cerebro – https://theconversation.com/como-lograr-unas-vacaciones-verdaderamente-reparadoras-para-nuestro-cerebro-285627

