Source: The Conversation – (in Spanish) – By Cristina Franco Vázquez, Doctora en Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Salamanca

Entre los siglos IX y XIII, los geógrafos del imperio arabo-islámico describieron el norte de África como un territorio donde lo cotidiano convivía con lo extraordinario. Sus obras no solo hablaban de ciudades, montañas o rutas comerciales. También recogían historias sobre aguas milagrosas, animales imposibles, cuevas misteriosas y paisajes cargados de simbolismo.
Lejos de ser simples supersticiones, estos relatos cumplían una función muy concreta.
El Magreb, un territorio situado en los confines
Durante buena parte de la Edad Media, el Magreb –el territorio que se extendía aproximadamente desde el actual Marruecos hasta Libia– ocupó una posición periférica dentro del Dār al-Islām, el mundo islámico. Desde la perspectiva de los geógrafos que escribían en Bagdad, Damasco o El Cairo, se trataba del extremo occidental del Imperio, una región alejada de los principales centros políticos e intelectuales.

Bibliotheeck der Rijksuniversiteit/Wikimedia Commons
Esa condición de frontera marcó profundamente su imagen. Uno de los mejores ejemplos de la imagen marginal del Magreb se encuentra en el texto de Ibn ʿAbd al-Ḥakam del siglo IX Futūḥ Ifrīqīya wa-l-Andalus (“Conquista de Ifrīqīya y al-Andalus”). En él se compara el Imperio arabo-islámico con un pájaro: la cabeza sería La Meca, Medina y Yemen; el pecho, el Šām –actuales Siria, Líbano, Jordania, Palestina– y Miṣr –Egipto–; el ala derecha, Irak y las naciones que están detrás de él; el ala izquierda, Sind –aproximadamente, la actual Pakistán– y, detrás de él, el Hind –India, Pakistán y Bangladés–. La cola sería el Magreb.
El texto termina especificando que la cola es la peor parte del ave, lo que da a entender la poca importancia que se le daba a este territorio dentro del Imperio.
No obstante, casi 300 años después, a principios del siglo XIV, el Kitāb mafāḫr al-barbar (“Libro de las gestas de los bereberes”) recoge un texto muy similar en el que el Mašriq –actuales Irak, Siria, Líbano, Jordania, Palestina– sería la cabeza del ave; Yemen, un ala; Šām, la otra ala; Irak, el pecho; y el Magreb, la cola. Pero, aclara, se trata de la cola de un pavo real; es decir, lo mejor de este animal.
Nos encontramos, por tanto, ante un Magreb que ha dejado de ser un espacio que las obras mencionan de pasada para empezar a tener su propia historiografía y autores, enmarcados en un contexto arabo-islámico, que resitúan este territorio y su población.
Este cambio coincide con el desarrollo de textos geográficos escritos por autores del propio Occidente islámico. Gracias a ellos, el Magreb empieza a describirse con mucho más detalle y comienzan a incorporarse tradiciones locales que hasta entonces apenas habían aparecido en las obras geográficas.
Cuando la geografía también contaba maravillas
A diferencia de lo que entendemos hoy por textos o mapas geográficos, sus documentos no pretendían separar estrictamente los hechos comprobables de las creencias populares. El objetivo era reunir todo el conocimiento disponible sobre un territorio.
Por eso, junto a las descripciones de ciudades, montañas o ríos encontramos historias transmitidas por comerciantes, viajeros y habitantes locales. Estas narraciones recibían el nombre de ʿaǧāʾib, “maravillas”, y no se consideraban necesariamente falsas. Eran fenómenos que escapaban a la experiencia habitual y despertaban asombro.
El cosmógrafo persa al-Qazwīnī, uno de los grandes estudiosos de este tipo de relatos en el siglo XIII, explicaba que algo resultaba maravilloso cuando quien lo observaba no era capaz de comprender su causa. Lo extraordinario, por tanto, no dependía solo del fenómeno, sino también del conocimiento de quien lo contemplaba. Lo que hoy explicaríamos mediante la ciencia podía interpretarse entonces como una manifestación del orden creado por Dios.

U.S. National Library of Medicine
Cuevas, montañas y mares donde todo parecía posible
No todos los lugares eran igualmente propicios para albergar estas historias. Las maravillas se concentraban sobre todo en espacios de frontera: montañas, cuevas, islas, desiertos y costas.
La cordillera del Atlas aparecía como un escenario donde podían esconderse serpientes gigantes o grutas con cadáveres incorruptos convertidos en talismanes protectores. Algunas fuentes poseían propiedades curativas y determinadas piedras se utilizaban para aliviar enfermedades.
El mar era otro gran escenario de lo oculto. El Mediterráneo se describía como un lugar peligroso, habitado por criaturas monstruosas que amenazaban a los navegantes. El Atlántico representaba prácticamente el final del mundo conocido en la época. Según algunos autores, solo era posible navegar con seguridad cerca de la costa; más allá se extendía un océano repleto de islas inexploradas cuyo número únicamente Dios sabía.
Resulta llamativo que muchos de estos relatos aparezcan precisamente en torno a ciudades, puertos y rutas comerciales. Lejos de surgir en lugares completamente aislados, las maravillas circulaban allí donde coincidían viajeros, mercaderes y peregrinos. Eran espacios privilegiados para el intercambio de noticias… y también de leyendas.
Mucho más que historias fantásticas
Podría pensarse que estos relatos solo buscaban entretener. Sin embargo, cumplían funciones mucho más complejas.
Algunos actuaban como advertencias. Las fuentes envenenadas, las islas malditas o las montañas infestadas de criaturas peligrosas servían para señalar los riesgos de determinados lugares. Otros transmitían conocimientos considerados útiles, como la existencia de aguas medicinales o minerales con propiedades curativas.

Gallica
Además, estas historias ayudaban a conservar un patrimonio oral que difícilmente habría llegado hasta nosotros por otros medios. Los geógrafos no solo cartografiaban el territorio; también recogían la memoria colectiva de quienes lo habitaban.
Lo que estos relatos nos cuentan hoy
Aunque hoy sepamos que aquellos dragones y monstruos marinos nunca existieron, las historias que los describen siguen siendo extraordinariamente valiosas. No porque nos informen sobre la fauna del Mediterráneo medieval, sino porque nos permiten comprender cómo las sociedades del pasado interpretaban el mundo que las rodeaba.
Para los geógrafos medievales, un mapa no era únicamente una representación física del territorio. También era una forma de ordenar lo desconocido. En ese sentido, las maravillas funcionaban como una herramienta para delimitar los márgenes del mundo y explicar aquello para lo que todavía no existía una respuesta.
Quizá esa sea la mayor enseñanza de estos relatos. Nos recuerdan que la necesidad de dar sentido a lo ignorado no ha desaparecido. Simplemente han cambiado las herramientas con las que intentamos hacerlo.
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Cristina Franco Vázquez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. El norte de África como frontera del mundo: los secretos de ‘lo maravilloso’ en el Magreb medieval – https://theconversation.com/el-norte-de-africa-como-frontera-del-mundo-los-secretos-de-lo-maravilloso-en-el-magreb-medieval-285013
