Source: The Conversation – (in Spanish) – By Ángel Rodríguez-Pallas, Assistant Professor of Tourism, Universidade da Coruña

Cada verano, millones de ciudadanos cargan su vehículo o toman un tren o un avión para pasar unos días fuera. La época estival se asocia a un viaje, una marcha. Sin embargo, el veraneo y las vacaciones no aparecieron en el mismo momento.
En España, muchas personas ya disfrutaban del estío lejos de su residencia habitual antes de la existencia de las vacaciones pagadas. De hecho, estas fueron reconocidas por la legislación antes de que la mayoría de los españoles pudiera permitirse el lujo de viajar.
El veraneo de élite: salud y prestigio
Durante una buena parte del siglo XIX, los viajes estivales guardaban una estrecha relación con el termalismo. Balnearios como los de Archena, Panticosa o Mondariz ofrecían tratamientos empleando aguas mineromedicinales, pero también alojamiento, paseos y una selecta vida social. Estos complejos se posicionaron como espacios de ocio para la corte, la aristocracia y la burguesía acomodada.

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Con posterioridad, los baños de mar ganaron prestigio. En 1845, la reina Isabel II se desplazó a San Sebastián para tomarlos. La playa, en ese momento, todavía no se asociaba con el bronceado: se acudía a ella por prescripción médica y respetando unas rigurosas normas de decoro. Santander y San Sebastián se consolidaron como los destinos de aquel veraneo elegante, reservado solo a unos cuantos privilegiados.
El nacimiento del “turista”
En el año 1836, Thomas Roscoe publicaba en el Reino Unido la obra The Tourist in Spain. El libro empleaba el término tourist para describir a las personas que recorrían el país. Sin embargo, no fue hasta el año 1925 cuando el diccionario de la Real Academia Española incluyó las palabras “turista” y “turismo”.

Biblioteca de la Facultad de Empresa y Gestión Pública (Universidad de Zaragoza), CC BY-SA
Para entonces, en España ya existían casas de baño, hoteles, agencias de viajes y transportes orientados al visitante. Del mismo modo, la política turística comenzó a organizarse: la Comisión Nacional se creó en 1905, la Comisión Regia en 1911 y el Patronato Nacional de Turismo nació en 1928.
Entre 1931 y 1934, los viajes realizados por los españoles dentro del país representaban entre el 60 % y el 70 % de la actividad turística. Aun así, el fenómeno era marginal: probablemente solo entre un 3,5 % y un 6,2 % de la población total hacía turismo.
El descanso se convierte en ley
La Ley de Contrato de Trabajo de 1931, durante la Segunda República, reconoció al menos siete días de vacaciones anuales remuneradas. El descanso comenzaba a dejar de ser un privilegio.
Pero una semana libre no pagaba el medio de transporte ni los gastos de la estancia. Poco después, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial truncaron la tendencia. En España, la pobreza de la posguerra, el deterioro de las infraestructuras y la escasez de combustible mantuvieron la movilidad en niveles verdaderamente bajos.
El motor europeo de la posguerra
El fin de la Segunda Guerra Mundial cambió el escenario. Europa Occidental comenzó un largo período de reconstrucción, crecimiento económico y relativa estabilidad. El empleo, los salarios y el tiempo libre aumentaron. Se extendieron las vacaciones remuneradas, el automóvil pasó a ser accesible y la aviación comercial, junto a los vuelos chárter, logró abaratar los viajes.
España se sumó a esta realidad europea más tarde. La dictadura franquista quedó aislada tras la derrota de las potencias fascistas. Fue excluida del Plan Marshall y no se incorporó a la ONU hasta 1955, aunque la Guerra Fría favoreció su posterior integración en el bloque occidental.
Sol, playa y divisas para la dictadura
El régimen comprendió muy pronto que el turismo podía aportar las apreciadas divisas y, al mismo tiempo, contribuir a mejorar su imagen exterior. Esta doble función se vio reflejada en 1951 con la creación del Ministerio de Información y Turismo.
El gran punto de inflexión llegó en 1959 con el Plan de Estabilización. La devaluación de la peseta, la apertura económica y las facilidades concedidas a la inversión exterior contribuyeron a que España resultase especialmente barata para los europeos.

Biblioteca de la Facultad de Empresa y Gestión Pública, Universidad de Zaragoza, CC BY-SA
Las cifras históricas de este boom deben ser tratadas con cautela, puesto que las distintas series de la época contabilizaban a los turistas, visitantes y entradas por frontera de forma diferente. De acuerdo con los datos manejados por Rafael Vallejo, catedrático de Historia e Instituciones Económicas en la Universidade de Vigo, España pasó de recibir 430 000 turistas extranjeros en 1950 a 4,3 millones en 1960, 11,1 millones en 1965 y 31,6 millones en 1973.
Entre 1961 y 1970, Europa originó alrededor del 80 % de las entradas extranjeras. Francia se consolidó como el principal mercado emisor, acaparando casi la mitad del flujo europeo. La cercanía geográfica y la generalización del uso del automóvil explican el temprano protagonismo de las costas catalanas.
Así, una dictadura políticamente cerrada abría sus playas a ciudadanos de democracias europeas. El turismo no trajo por sí mismo la democracia al país, pero acercó a muchos españoles a otros modos de vivir.
Turoperadores y dependencia exterior
El boom turístico no fue únicamente obra del Estado ni de la masa empresarial nacional. Los grandes turoperadores europeos organizaban paquetes con transporte y alojamiento, negociando precios muy bajos con los establecimientos locales.

Biblioteca de la Facultad de Empresa y Gestión Pública (Universidad de Zaragoza), CC BY-SA
El capital extranjero también llegó a hoteles, apartamentos y desarrollos inmobiliarios, especialmente en las islas Baleares y Canarias, así como en la Costa del Sol y el litoral mediterráneo. De este modo, buena parte del gasto generado por los turistas retornaba a sus países de origen, desde los que operaban las grandes agencias de viajes. El turismo impulsó la economía española, pero también generó nuevas formas de dependencia.
Democratización: vacaciones para la mayoría
Los extranjeros se convirtieron en el icono del boom, pero no fueron los únicos protagonistas. El aumento de la renta, la mayor estabilidad en el empleo urbano, el acceso al coche propio y las vacaciones pagadas permitieron que cada vez más españoles pudiesen viajar.
Unos se alojaban en hoteles, apartamentos o campings. Otros regresaban a la casa familiar del pueblo, una práctica con escasa visibilidad en las estadísticas pero esencial para entender el veraneo español.

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España no aprendió a veranear en los años sesenta. Lo que cambió fue la escala. El veraneo pasó de ser un signo de estatus social a convertirse, primero, en un derecho y, con posterioridad, en un consumo de masas.
Sin embargo, disponer de vacaciones continúa sin garantizar el viaje. La renta, el empleo y el precio del transporte o del alojamiento siguen condicionando hoy en día quién sale de vacaciones y durante cuánto tiempo.
La sombrilla actual es heredera de los balnearios y de los baños de mar, pero también de la paz en Europa, las conquistas laborales, la apertura económica de la dictadura, el coche, el avión y el capital procedente del exterior.
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Ángel Rodríguez-Pallas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. De los baños de mar al turismo de masas: cómo han cambiado las vacaciones en España – https://theconversation.com/de-los-banos-de-mar-al-turismo-de-masas-como-han-cambiado-las-vacaciones-en-espana-286091
