Cuando llega el calor, los ojos también lo notan

Source: The Conversation – (in Spanish) – By José Antonio Matamoros, Investigador posdoctoral, Universidad Complutense de Madrid

Tatiana Foxy/Shutterstock

Imagine una tarde típica de verano durante una ola de calor. El termómetro roza los 40 °C, el aire es denso y, tras pasar unas horas en la calle o frente a la pantalla bajo el flujo del aire acondicionado, nota una molesta sensación de arenilla en los ojos. Parpadea con fuerza, pero la molestia persiste y, de repente, se da cuenta de que las señales de tráfico o la pantalla del móvil se ven ligeramente borrosos.

Aunque solemos asociar los peligros del verano con la piel o la deshidratación general, la realidad es que nuestros ojos son uno de los órganos más expuestos y sensibles a las oscilaciones térmicas. ¿Hasta qué punto puede el calor extremo comprometer nuestra función visual?

El ojo, un oasis biológico sensible a la temperatura

Para funcionar correctamente, el ojo necesita mantener un equilibrio fisiológico y, sobre todo, una hidratación constante.

La parte más externa del órgano visual, la córnea, no tiene vasos sanguíneos; se nutre y se oxigena principalmente a través de la película lagrimal. Esta película es una estructura sofisticada compuesta por tres capas:

  • Capa mucosa (interna): permite que la lágrima se pegue a la superficie del ojo.

  • Capa acuosa (intermedia): nutre e hidrata la córnea.

  • Capa lipídica (externa): está compuesta de grasa y evita que el agua se evapore rápido.

Existe una relación directa entre la hidratación de nuestro cuerpo y la calidad de esa superficie ocular. Cuando la temperatura ambiental se dispara, el cuerpo prioriza la sudoración para enfriarse, lo que puede provocar una deshidratación sistémica si no reponemos líquidos. Y si el organismo está deshidratado, la producción de lágrima disminuye, dejando al ojo desprotegido ante el entorno.

¿Por qué vemos peor con el calor?

La pérdida de nitidez visual en los días calurosos rara vez se debe a un daño estructural interno inmediato; responde, por lo general, a la evaporación acelerada de la lágrima.

A temperaturas elevadas, la capa lipídica de la lágrima se vuelve inestable y el componente acuoso se evapora a una velocidad muy superior a la habitual. Al romperse esta barrera protectora, la superficie de la córnea se vuelve irregular. Dado que la lágrima funciona como la primera “lente” que atraviesa la luz al entrar al ojo, cualquier imperfección en ella provoca visión borrosa transitoria, fluctuaciones visuales y fatiga ocular.

A este escenario natural hay que sumarle nuestro gran aliado y enemigo veraniego: el aire acondicionado. Estos sistemas enfrían el ambiente eliminando la humedad del aire. Pasar horas en una oficina o en el coche con el flujo de aire directo equivale a someter a los ojos a un desierto artificial, acelerando el síndrome del ojo seco.

El peligro de los golpes de calor en los ojos

Cuando pasamos del calor moderado a las temperaturas extremas de una ola de calor, los riesgos se agravan. La deshidratación severa afecta a la presión sanguínea y al flujo vascular que llega a la retina y al nervio óptico.

En contextos de insolación o golpe de calor, el sistema de autorregulación del organismo colapsa. Esto puede manifestarse a nivel visual con una dificultad severa de enfoque. También es posible que aparezcan mareos asociados al movimiento de los ojos e, incluso, visión en túnel o pérdida momentánea de la visión periférica.

Estos síntomas son señales de alarma críticas: indican que el cerebro y el sistema visual están sufriendo por el estrés térmico. Entonces, el cuerpo necesita atención médica e hidratación inmediata.

El peligro invisible de los rayos solares

Es crucial disociar, aunque coincidan en el tiempo, el calor de la radiación ultravioleta (UV). El primero consiste en energía térmica (infrarroja) que percibimos en la piel, mientras que la radiación UV es invisible y no calienta, pero altera las células de los tejidos vivos.

En verano, el índice ultravioleta alcanza sus niveles máximos. Una exposición prolongada y sin protección al sol puede provocar fotoqueratitis, una quemadura solar en la córnea. Esto no solo provoca dolor intenso y enrojecimiento en los ojos, sino también una gran molestia frente a la luz. Los síntomas aparecen unas horas después de tomar el sol.

El daño de los rayos solares se acumula con los años. Puede adelantar la aparición de cataratas, que nublan la vista. También se ha vinculado con el desarrollo de degeneración macular asociada a la edad (DMAE) y pterigión (crecimiento anormal de tejido en la parte blanca del ojo, la conjuntiva).

El cambio climático: un desafío también para la salud visual

Las olas de calor ya no pueden considerarse eventos anecdóticos del verano: ahora son más frecuentes y duraderas debido al cambio climático, lo que incrementará las patologías de la superficie ocular en las próximas décadas.

El calor, la sequía y el polvo flotando en el aire crea el caldo de cultivo perfecto para un aumento en la incidencia de la conjuntivitis irritativa y el ojo seco severo.
La salud ocular debe dejar de ser el pariente olvidado de las políticas de adaptación al cambio climático y empezar a integrarse en las recomendaciones oficiales de salud.

¿Cómo proteger nuestros ojos?

Cuidar la vista en verano es sencillo. Solo debe seguir unos consejos científicos básicos:

  1. Hidratación proactiva: no espere a tener sed. Beba agua de manera regular para mantener la estabilidad de la producción lagrimal.

  2. Gafas de sol homologadas: deben contar con el marcado CE y especificar protección 100 % frente a la radiación UVA y UVB (filtro UV 400). Las gafas mal iluminadas o de juguete son más peligrosas que no llevar nada, ya que dilatan la pupila y permiten una mayor entrada de radiación dañina.

  3. Lágrimas artificiales: utilice gotas humectantes de manera preventiva si va a estar expuesto al aire acondicionado o ambientes calurosos.

  4. Parpadeo consciente: frente a las pantallas tendemos a parpadear hasta un 60 % menos. Esforzarse en cerrar y abrir los ojos ayuda a redistribuir la lágrima.

  5. Evitar flujos directos: oriente las rejillas del aire acondicionado del coche o de la oficina hacia el cuerpo o el techo, nunca directamente a la cara.

El verano y las olas de calor ponen a prueba la resistencia de nuestros ojos. Ver mal en días de altas temperaturas es, en la gran mayoría de los casos, un termómetro de nuestra propia deshidratación. La protección de nuestra visión en un planeta en fase de calentamiento requiere conciencia, hábitos diarios de protección y entender que cuidar los ojos es, en el fondo, cuidar de nuestra salud general.


Este artículo fue publicado previamente por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).


The Conversation

José Antonio Matamoros no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Cuando llega el calor, los ojos también lo notan – https://theconversation.com/cuando-llega-el-calor-los-ojos-tambien-lo-notan-284622