De peregrinar a Roma a las misas en estadios: cómo ha cambiado la devoción hacia el papa a lo largo de la historia

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Anna Peirats, Catedrática de Humanidades, Universidad Católica de Valencia

El papa León XIV ante los fieles que le esperan semanalmente en el Vaticano. Marco Iacobucci Epp/Shutterstock

El 7 de junio cientos de miles de personas se reunirán en la madrileña plaza de Cibeles para ver a León XIV celebrar la misa coincidiendo con la festividad del Corpus Christi. Es la primera visita a España que realiza este papa.

Hoy la escena no sorprende a nadie, pero durante siglos quien quería acercarse al sumo pontífice debía peregrinar hasta la tumba de Pedro. Para entender este contraste conviene remontarse a los orígenes.

‘Sobre esta piedra edificaré mi iglesia’

En los primeros siglos del cristianismo, el centro de la veneración era la figura de san Pedro, y Roma cobró importancia porque la tradición situaba allí su martirio y su sepultura. La basílica que Constantino mandó construir sobre la tumba del santo, en el siglo IV, convirtió este lugar en una de las grandes metas de peregrinación de la cristiandad.

Los papas de esos siglos solo salían de Roma en circunstancias excepcionales. El caso más conocido es el de León I Magno: en el año 452 fue al encuentro de Atila, mientras los hunos avanzaban por el norte de Italia, y logró frenar su marcha sobre la ciudad. La leyenda añadió un detalle, que Rafael inmortalizó en un fresco del Vaticano: tras el papa se habrían aparecido los apóstoles Pedro y Pablo, espada en mano.

Pintura en la que se retrata el encuentro entre León el Grande y Atila con dos personas a caballo detrás del papa.
El encuentro entre León el Grande y Atila según Rafael.
Art Renewal Center/Wikimedia Commons

Por eso el nombre elegido por León XIV recuerda una de las imágenes más antiguas del papado, la del pontífice que protege a su pueblo ante el peligro.

Los papas viajaban para gobernar, bien para negociar con los reyes, reformar la Iglesia o movilizar a la cristiandad, como hizo Urbano II al predicar la Primera Cruzada en 1095. La devoción, en cambio, circulaba en sentido contrario: los fieles acudían a Roma.

El primer Jubileo, proclamado por Bonifacio VIII en 1300, atrajo a la ciudad a cientos de miles de peregrinos con la promesa del perdón de los pecados. Pero el papa seguía siendo, para la inmensa mayoría, una figura distante.

Durante los siglos siguientes el patrón apenas varió.

Prisionero del Vaticano

La veneración al papa se intensificó en el siglo XIX. El 20 de septiembre de 1870, las tropas del reino de Italia invadieron Roma y pusieron fin a más de mil años de soberanía pontificia. Pío IX se recluyó en el Vaticano, se declaró “prisionero” y murió ocho años después sin haber vuelto a salir.

Hombre vestido de blanco en una ilustración con un libro dorado en la mano.
Estampa del papa Pío IX.
Bibliothèque nationale de France

En esos mismos años, el Concilio Vaticano I, bajo su pontificado, proclamó el dogma de la infalibilidad pontificia. El papa había perdido un Estado, pero ganaba una autoridad espiritual más concentrada, y se fomentó una veneración nueva hacia su persona. La prensa católica difundió su rostro y las estampas con su imagen se multiplicaron en los hogares católicos.

Su sucesor, León XIII, llevó esa autoridad a un terreno nuevo. Con la encíclica Rerum novarum (1891) sentó las bases de la doctrina social de la Iglesia. Esa autoridad reforzada pronto encontró un altavoz inédito, porque antes de que el papa viajara por el mundo, viajó su voz.

El 12 de febrero de 1931, Pío XI inauguró Radio Vaticano, construida por Guglielmo Marconi, con el primer mensaje radiofónico de un pontífice. Por primera vez, sus palabras podían escucharse simultáneamente en todo el planeta.

Pío XII llevó esa posibilidad más lejos: su mensaje del 24 de agosto de 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial (“nada se pierde con la paz; todo se puede perder con la guerra”), dio alcance mundial a la palabra, y en 1949 fue el primer papa que apareció en televisión.

La voz y el rostro ya cruzaban fronteras, pero el papa seguía en Roma. Faltaba un último paso: salir al encuentro de los fieles.

Más allá de Roma

Un hombre con un vestido blanco y un abrigo encima extiende los brazos rodeado de gente en un balcón.
El papa Pablo VI en el balcón del monasterio franciscano del monte Tabor, con vistas al valle del Jezreel y a las montañas de Gilboa.
David Eldan/ National Photo Collection of Israel

Ese paso lo dio Pablo VI. En enero de 1964 viajó a Tierra Santa, en el primer viaje internacional de un papa en avión. Al año siguiente voló a Nueva York, donde pronunció un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, y celebró misa en un estadio. Visitó los cinco continentes, por lo que recibió el apodo de “papa peregrino”.

Juan Pablo II convirtió esa idea en el eje de su pontificado y fue el primer papa de las multitudes. Recorrió más de 1 200 000 kilómetros (casi treinta vueltas al mundo) en 104 viajes internacionales a 129 países, y España lo recibió en cinco ocasiones. En 1985 instituyó las Jornadas Mundiales de la Juventud, que congregaron enormes muchedumbres: en Manila, en 1995, una sola misa reunió a varios millones de personas. En las plazas se coreaba un cántico que ningún papa había escuchado antes con esa intensidad, y aún permanece en la memoria colectiva: “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”.

Su funeral, en 2005, concentró en Roma a más de cuatro millones de peregrinos y a delegaciones de más de ochenta países.

Esa devoción de masas dio lugar a una comparación que ha acompañado a los papas más recientes: la de la estrella de rock. El crítico Terry Eagleton describió a Juan Pablo II, en la London Review of Books, como una especie de “estrella de rock espiritual”. La comparación explica la dimensión mediática del fenómeno, pero deja fuera un elemento esencial: el papado se sustenta sobre una tradición y una memoria forjadas durante casi dos mil años.

Del sepulcro de Pedro a la pantalla del ‘smartphone’

Después se produjo otro cambio, esta vez sin estadios: las redes sociales. Benedicto XVI abrió en Twitter la cuenta @Pontifex en diciembre de 2012 y fue el primer papa digital.

Antes había visitado España en tres ocasiones: Valencia en 2006; Santiago de Compostela y Barcelona en 2010; Madrid en 2011. En la capital presidió una Jornada Mundial de la Juventud que reunió a más de un millón de jóvenes, con actos en la misma plaza de Cibeles que ahora acogerá a León XIV.

Cuando Francisco estrenó su cuenta de Instagram, en marzo de 2016, alcanzó el millón de seguidores en doce horas. Un año antes la revista Vogue ya lo había descrito como una estrella de rock de internet. Era la misma comparación de la era de Juan Pablo II, ahora trasladada del estadio al teléfono móvil.

Con las redes sociales, la relación con el papa Francisco se volvió cotidiana: ya no hacía falta peregrinar a Roma ni esperar a verlo por televisión, porque el papa podía aparecer cada día en la pantalla del smartphone de cualquier fiel, convertido en noticia, vídeo o meme.

En 2020 sus mensajes alcanzaron 27 000 millones de vistas. En plena crisis sanitaria global, el 27 de marzo de 2020, Francisco impartió desde Roma la bendición Urbi et Orbi, bajo la lluvia y prácticamente aislado. El rito fue retransmitido por televisión, internet y radio. El papa solo, sin la presencia física de fieles en la plaza de San Pedro, acompañaba a millones de personas de todo el mundo a través de las pantallas.

León XIV hereda esta faceta de papa de la era tecnológica. Su elección, el 8 de mayo de 2025, fue la primera de la era de TikTok, y su estreno en Instagram repitió el fenómeno de Francisco: superó el millón de seguidores en menos de un día. Hoy, sumando las cuentas pontificias, reúne decenas de millones.

La historia de la devoción a los papas es también la historia de sus formas de hacerse presentes ante los fieles. Cuando León XIV celebre la misa en Cibeles, la escena reunirá varias etapas de esa historia: la peregrinación medieval, la liturgia multitudinaria del siglo XX y la difusión digital del siglo XXI.

Ha cambiado de forma, medio y lenguaje, pero la devoción conserva un impulso muy antiguo: el deseo de ver de cerca al sucesor de Pedro.

The Conversation

Anna Peirats no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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