¿Llegó la hora de ‘jubilar’ al test de Cooper en Educación Física?

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Aroa Otero Rodríguez, Investigadora en el departamento de Psicología Evolutiva y Comunicación, Universidade de Vigo

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Es probable que muchos lectores recuerden haber tenido que realizar una prueba en sus clases de educación física en el instituto que era, para muchos de nosotros, temida y odiada a partes iguales: el llamado “test de Cooper”. Consiste en correr sin parar durante 12 minutos, y tomarse el pulso antes y después para compararlo.

Esta prueba, diseñada en EE UU para el ámbito militar, se usa desde 1968 para evaluar la condición física cardiorrespiratoria, es decir, la capacidad que tiene nuestro cuerpo para transportar y utilizar oxígeno mientras caminamos o corremos. Una persona con buena condición cardiorespiratoria puede correr o caminar largas distancias con menos fatiga, mientras que una persona con una baja condición puede quedarse sin aire fácilmente incluso con esfuerzos moderados.




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La condición física cardiorrespiratoria se considera un indicador clave tanto de la salud física y mental como del rendimiento académico en preadolescentes y adolescentes. Sin embargo, no está tan claro que el test de Cooper sea la mejor herramienta para predecir la condición física cardiorrespiratoria en preadolescentes y adolescentes.

En un metanálisis revisé, junto a mis colegas, veinte estudios al respecto de la idoneidad de esta prueba para adolescentes. Y he podido comprobar que las investigaciones no tienen bases sólidas: la mayoría están hechas con escasos participantes, falta preparación previa y los métodos están poco estandarizados.

Falta de precisión

Por ejemplo, casi no se ha estudiado el “error” de la prueba ni cuánto puede variar un resultado de forma natural. No se conoce con precisión cuánto puede cambiar el resultado del test de Cooper simplemente por factores normales del día a día, como el cansancio, la motivación, el clima o el estado físico momentáneo de la persona. Por ello, resulta difícil saber si una mejora en el resultado se debe realmente a un aumento de la condición física o simplemente a una variación normal de la prueba. Tampoco existen pautas claras sobre cómo puede una persona mejorar su rendimiento en la prueba.

Aunque medir pulsaciones antes y después de correr 12 minutos sí que nos da información sobre la capacidad aeróbica (la capacidad de nuestro cuerpo para usar oxígeno al hacer ejercicio), no permite hacer predicciones exactas de la condición física real como la medida en un laboratorio.




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Además, existen otros factores que tienen un impacto en sus resultados y que no están relacionados con la salud cardiorrespiratoria. Por ejemplo, algo muy determinante en adolescentes: la motivación. En el contexto de una clase de educación física y ante todo el resto de compañeros muchos adolescentes pueden no esforzarse al máximo. En cuanto a niños menores de 12 años, ni siquiera hay estudios que determinen su idoneidad.

Alternativas más eficientes

Existen otras alternativas al test de Cooper para evaluar la capacidad cardiorrespiratoria de forma más adecuada según la edad o el nivel de condición física. Por ejemplo, el test Course Navette: una prueba de carrera de ida y vuelta de 20 metros al ritmo de señales sonoras que aumentan progresivamente la velocidad.

O la batería de pruebas ALPHA-Fitness, validadas en el ámbito europeo y diseñadas para contextos escolares, que incluye el test de 20 metros y otros indicadores de salud física. Para personas con menor condición física o en etapas preadolescentes, el test de Rockport o test de la milla (caminar 1 609 km lo más rápido posible) representa una opción menos exigente y más segura, ya que no requiere esfuerzos máximos.

¿Cuál es su utilidad?

Pero ¿para qué sirve determinar el nivel de resistencia o la salud cardiorrespiratoria en la clase de Educación Física?

Los resultados de este tipo de pruebas no son, lógicamente, evaluables en el sentido tradicional. La resistencia y su mejora depende de factores como el descanso, la alimentación, el nivel de actividad física diaria, la genética o la motivación hacia el ejercicio.

La evaluación debería valorar otros aspectos igual o más importantes que la resistencia o la condición cardiorrespiratoria: la participación, la constancia, la actitud, el interés por mejorar o el progreso individual respecto al punto de partida. No se trata de premiar solo al alumnado con mejores capacidades físicas, sino de promover una relación positiva y saludable con la actividad física.

Impacto sobre la salud

Usar el nivel de resistencia como referencia de partida permite ajustar las actividades y la programación no solo según el curso, sino según el alumno o alumna en cuestión. Por ejemplo, si se organizan juegos de equipo, relevos o circuitos, se debería ajustar el nivel de exigencia según el resultado del test.

Poner a un grupo de adolescentes a correr durante 12 minutos sin preparación previa ni continuidad posterior tiene un impacto muy limitado sobre la salud. Una única prueba no mejora la resistencia ni crea hábitos saludables por sí sola.

Para que exista un beneficio real, este tipo de actividades debería formar parte de un trabajo continuado, adaptado a la edad y acompañado de una explicación sobre por qué el ejercicio físico es importante para la salud y el bienestar.

The Conversation

Aroa Otero Rodríguez es miembro de Partido Popular.

ref. ¿Llegó la hora de ‘jubilar’ al test de Cooper en Educación Física? – https://theconversation.com/llego-la-hora-de-jubilar-al-test-de-cooper-en-educacion-fisica-282428