Rusia sigue silenciando las voces de Chernóbil que recogió Svetlana Alexiévich

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Miquel Cabal Guarro, Professor lector, Secció d’Estudis Eslaus, Departament de Llengües i Literatures Modernes, Universitat de Barcelona

Svetlana Alexiévich es una entrevista en Brasil en 2016. Tomaz Silva/Agência Brasil, CC BY

En junio de 2018 tuve la oportunidad de visitar Minsk, la capital de Bielorrusia. En una de las grandes librerías del centro de la ciudad, bajo la mirada inquisidora de los omnipresentes retratos del dictador Lukashenko, pedí a la librera uno de los volúmenes de las obras completas de Svetlana Alexiévich. La editorial rusa Vremia las había publicado de nuevo después de que la autora recibiera el Premio Nobel de Literatura en 2015.

Pero la entonces nueva edición de La guerra no tiene rostro de mujer, el libro que acababa de traducir yo en aquel momento al catalán, no se encontraba en el estante que le hubiera correspondido: la librera me sorprendió sacando el ejemplar de debajo del mostrador.

La obra completa de la única premio nobel bielorrusa estaba oculta a los lectores bielorrusos. Había que solicitar sus libros, como si de algo exclusivo, prohibido o incluso peligroso se tratara. Supongo que hicieron la vista gorda conmigo porque era extranjero, pero sospecho que los compradores locales de libros de la autora pasarían entonces directamente a un registro estatal. Y digo entonces porque albergo dudas de que en la actualidad la obra de Alexiévich siga estando disponible en las librerías de su tierra.

La plegaria y las voces

La breve escena parecía resumir la condición incómoda que sus libros habían ido adquiriendo en Bielorrusia y en todo el espacio postsoviético.

Edición española de _Voces de Chernóbil_ de Svetlana Alexiévich.
Edición española de Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich.
Penguin Libros

Pero iba a vivir un episodio quizá más revelador: a los tres meses de visitar Minsk, un congreso de traducción literaria me llevó a Moscú. Como me faltaban buenas ediciones de la autora, aproveché la visita a Rusia para repetir la “operación Alexiévich”, esta vez en una gran librería de la céntrica calle Tverskaya. Allí, las obras completas no estaban fuera de la vista de los clientes, sino fuera de su alcance: en un estante pegado al techo divisé el volumen que me interesaba, Voces de Chernóbil. Al preguntarle a la librera cómo podía ascender a tales alturas, me respondió con una descortesía tajante: “Ya encontrará usted alguna escalera por ahí”.

Y vaya si la encontré.

Se cumplen cuarenta años del accidente nuclear de Chernóbil, uno de los muchos factores que contribuyeron a precipitar el hundimiento de la Unión Soviética. Con motivo de esta fatídica efeméride, trazaremos los orígenes del menosprecio crítico hacia Alexiévich en su país natal y en Rusia a propósito de su libro Voces de Chernóbil.

Editada por Debate y DeBolsillo, la obra se puede leer en la traducción castellana de Ricardo San Vicente, introductor de la autora en el ámbito hispánico. Dicha traducción fue publicada por primera vez por la editorial Casiopea de Barcelona a principios de 2002 con el título La plegaria de Chernóbyl: crónica del futuro, el mismo con el que la obra es conocida entre el público lector en lengua rusa.

Desde su exilio en Berlín, la propia autora afirmaba en un artículo reciente: “Me temo que hoy en día toda persona moderna debería saber algo sobre el átomo y sus peligros”, y por ello sigue recomendando Voces de Chernóbil como puerta de entrada a su universo literario.

Una primera lectura de Alexiévich

El texto original apareció en el primer número de 1997 de la revista rusa La amistad de los pueblos (Дружба народов), que lo reconoció como una de las diez contribuciones más destacadas del año, lo que le supuso una temprana legitimación literaria.

Fotografía en blanco y negro de una mujer sonriente apoyada en una barandilla.
Svetlana Alexiévich en la Villa Waldberta, 1996.
Barbara Niggl Radloff /Museo Municipal de Múnich, CC BY-SA

Ese mismo año, el poeta y crítico Valeri Lipnévich le dedicó una extensa reseña en una de las revistas literarias rusas más relevantes del siglo XX: El nuevo mundo (Новый мир). Titulada “Despidiendo a la eternidad”, la crítica interpretaba el libro como una reflexión sobre el colapso del progreso científico y moral del hombre soviético, destacando la decisión de Aleхiévich de “no escribir, sino anotar, documentar” una polifonía de voces.

Escribía Lipnévich:

“En el caso de Svetlana Alexiévich, se nos presenta un fenómeno decididamente nuevo. Аunque la escritura documental como tal no sea nueva, hasta ahora habíamos leído principalmente una escritura documental ideologizada, es decir, una escritura que se disfrazaba de documental pero que no se interesaba por la realidad. Lo que hace hoy Alexiévich podría denominarse nueva literatura de los hechos. Han sido precisamente la glásnost y la apertura social las que han permitido que aparezcan sus libros. En ellos se transmite la voz del pueblo tal cual, sin adornos”.

Entre 1997 y 1999, las críticas y reseñas siguieron esta misma línea. Subrayaban el carácter ético y testimonial de la obra y su inserción en la tradición de la prosa documental rusa (cabría mencionar aquí las figuras históricas de los escritores Alexandr Solzhenitsyn, Alés Adamóvich o Daniil Granin). Asimismo, señalaban el alto nivel literario de la propuesta documental de la autora. Parece que el aperturismo de los salvajes noventa en el mundo postsoviético acompañaba la recepción de la obra de Alexiévich.

Recepción a partir de los 2000

No obstante, y ya desde que se publicara su primera obra en plena perestroika, la citada La guerra no tiene rostro de mujer (1985), la narrativa crítica sobre la autora arrastraba algunas de las acusaciones ideológicas y políticas que marcarían su recepción a partir de los años 2000.

Proliferaron entonces en los foros de internet y en las valoraciones de los lectores las acusaciones de rusofobia y antisovietismo, la denominación de panfleto político y el reproche creciente al método literario de la autora, basado justamente en un conjunto de percepciones complementarias y a veces contrapuestas sobre algunos de los mayores traumas colectivos del país del homo sovieticus.

Pero el gran giro llegó a propósito del Premio Nobel y su discurso de aceptación: la visibilidad internacional de alguien que ponía en tela de juicio los relatos de exaltación nacional que promovía el Kremlin no pasó desapercibida. Y la situación se agravó más aún si cabe con la serie Chernóbil, que HBO estrenó en 2019.

Como recogió el medio independiente Meduza, las cabeceras afines al Kremlin (Argumenty i Fakty, Express-Gazeta, Rossískaya Gazeta o Komsomólskaya Pravda, entre otras) aprovecharon el lanzamiento para lanzar críticas furibundas contra la serie y también contra Alexiévich y su Voces de Chernóbil, del que la primera había tomado algunas líneas argumentales.

Unos hombres de espaldas observan la explosión de lo que parece una fábrica delante de ellos.
Fotograma de la serie Chernóbil.
HBO

El cierre en Rusia de los medios independientes y los espacios de memoria histórica, la falta de libertad de expresión y manifestación, la rehabilitación del pasado soviético (Stalin y Gulag incluidos) y las suspicacias hacia las narrativas críticas y no heroicas de la historia nacional han terminado de configurar un contexto en el que Voces de Chernóbil y el resto de libros de la autora dejan de leerse como una aportación literaria poliédrica y humanística para convertirse en textos simplemente incómodos y de espinosa deglución.

En abril de 2024, el Servicio Federal de Supervisión en el Ámbito de la Educación y la Ciencia de Rusia abrió una investigación a raíz de la aparición de un fragmento de Voces de Chernóbil en la plataforma en línea para la preparación del examen de la selectividad rusa. La presidenta del Comité de la Duma para la Protección de la Familia, la diputada Nina Ostánina, denunció que las obras de Alexiévich “están impregnadas de odio hacia Rusia y la cultura rusa”.

No falta mucho para que la obra de esta autora se prohíba totalmente: de momento, sus textos se disimulan y sus libros se esconden, se retiran de las bibliotecas o se colocan en estantes difícilmente accesibles.

Esperemos que quede alguna escalera por ahí…

The Conversation

Miquel Cabal Guarro es miembro del PEN Català, de la Asociación de Escritores en Lengua Catalana y del Consejo Europeo de Asociaciones de Traductores Literarios.

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