Litio para la bipolaridad: la antigüedad de un fármaco no implica que ya no sea útil

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Julia E. Marquez Arrico, Professora Lectora, Universitat de Barcelona


Fahroni/Shutterstock

Según datos recientes de la Global Bipolar Cohort, solo un 29 % de las personas con bipolaridad reciben litio, el “patrón oro” para tratar este trastorno mental. La pregunta es clara: ¿estamos dejando de lado el mejor recurso que tenemos por una cuestión de percepción más que de realidad científica?

Un elemento natural con una historia insuperable

El litio no es una molécula compleja sintetizada en un laboratorio de última generación: es el tercer elemento de la tabla periódica. Desde que el psiquiatra australiano John Cade descubrió sus propiedades terapéuticas en 1949, ha mantenido una vigencia que ningún otro psicofármaco ha podido igualar. Esta longevidad no es un vestigio del pasado, sino un reflejo de su solidez clínica: a pesar de décadas de investigación y de la aparición constante de nuevos fármacos, ninguna alternativa ha demostrado una eficacia comparable en la prevención a largo plazo de los episodios maníacos y depresivos en el trastorno bipolar.

Según una revisión publicada en 2024, el litio sigue siendo “la piedra angular” del tratamiento. También es la referencia con la que se comparan todas las demás opciones terapéuticas, tanto para estabilizar el estado de ánimo como para reducir el riesgo de recaída.

Una de las razones de esta singularidad es que es el único estabilizador del estado de ánimo con eficacia demostrada de manera simultánea en la manía, la depresión y la prevención de recurrencias. Además, estudios recientes confirman que su acción puede extenderse al ámbito neuroprotector: desde la modulación de vías celulares implicadas en la plasticidad neuronal hasta posibles efectos en la prevención del deterioro cognitivo leve y la demencia.

Este conjunto de propiedades explica por qué las guías internacionales continúan situándolo como la primera opción en el tratamiento de mantenimiento del trastorno bipolar. Un consenso publicado en 2025 subrayaba que debería prescribirse con mayor frecuencia, a pesar de las reticencias infundadas que aún persisten en la práctica clínica.

Capacidad de reducción del suicidio

Y, sobre todo, hay un aspecto que lo diferencia radicalmente del resto de psicofármacos: su capacidad para reducir el riesgo de suicidio. Ningún otro medicamento ha demostrado de forma tan consistente un efecto protector.

Una revisión de 2024 destaca que, a pesar de las dificultades metodológicas para estudiar ese evento estadísticamente infrecuente, la acumulación de evidencia procedente de ensayos clínicos, estudios observacionales y metaanálisis apunta en una misma dirección: el litio reduce la mortalidad y los intentos de suicidio. Probablemente, esto se deba a su capacidad para disminuir la impulsividad, estabilizar las fluctuaciones extremas del estado de ánimo y prevenir recaídas depresivas, que son el momento de mayor riesgo.

Más allá de los episodios: la neuroprotección como clave

Otro de los aspectos más interesantes de la investigación actual es la capacidad del litio para modificar el curso de la enfermedad. No solo detiene las crisis, sino que protege el cerebro. La evidencia indica que, a diferencia de algunos antipsicóticos, mejora la conectividad cerebral y preserva la fluidez verbal. De hecho, hay datos fascinantes que sugieren que podría reducir el riesgo de demencia hasta en un 50 %. Incluso niveles residuales en el agua potable parecen tener un efecto protector a nivel poblacional. Estamos hablando de una molécula con un potencial neuroprotector excepcional.

Pero la neuroprotección no se detiene ahí: estudios recientes apuntan a que el litio estimula la producción del factor neurotrófico del cerebro (BDNF), una proteína esencial para la supervivencia y el crecimiento neuronal que a menudo se encuentra reducida en pacientes con trastorno bipolar.

Dicho de otro modo: no se trata únicamente de evitar que el cerebro empeore, sino de promover activamente su reparación.

El monitorizado: seguridad, no peligro

A menudo se escucha que la necesidad de analíticas para controlar los niveles de litio (el rango terapéutico óptimo es de 0,6–0,8 milimoles por litro) es un inconveniente. Sin embargo, desde una perspectiva clínica rigurosa, este seguimiento no es un riesgo, sino una garantía. Es lo que permite ajustar la dosis a la biología exacta de cada paciente, una “medicina de precisión” que ya practicábamos antes de que el término se pusiera de moda.

Cabe recordar, además, que muchos fármacos de uso cotidiano –desde anticoagulantes hasta inmunosupresores– requieren el mismo tipo de control analítico sin que por ello se consideren “peligrosos”.

Lo que exige el seguimiento del litio no es miedo, sino rigor. Entonces, ¿por qué se prescribe menos? La respuesta es compleja. Por un lado, la presión de la industria para promover nuevas moléculas patentables –el litio, al ser un elemento natural, no lo es– y, por otro, cierta “reticencia” clínica ante su estrecha ventana terapéutica. Sin embargo, las guías internacionales son claras: el litio debe ser la primera opción. Ignorarlo en favor de alternativas menos eficaces solo porque parecen “más modernas” es un error que no debería condicionar la práctica clínica.

Adecuación ante de la novedad

La buena psicofarmacología no consiste en buscar siempre el último lanzamiento, sino en utilizar la herramienta más precisa para cada persona y en cada momento de su enfermedad.

El litio ofrece resultados positivos documentados durante décadas, y lo hace en dimensiones que ningún otro estabilizador del estado de ánimo abarca simultáneamente: control de los episodios maníacos y depresivos, prevención del suicidio y neuroprotección activa. Tres frentes, un solo fármaco.

Esto no significa que sea la respuesta para todo el mundo –la psicofarmacología de calidad rechaza por igual los dogmas y las modas–, pero descartar su uso sin haberlo considerado seriamente es privar al paciente de una opción que la evidencia sitúa en la cima de la jerarquía terapéutica.

La conclusión es clara: el reto no es inventar la rueda, sino saber utilizar la mejor herramienta terapéutica ya disponible. Un fármaco no envejece por el simple paso del tiempo; envejece cuando la evidencia lo supera. Y en el caso del litio, la evidencia no deja de reafirmarlo.

The Conversation

Julia E. Marquez Arrico no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

ref. Litio para la bipolaridad: la antigüedad de un fármaco no implica que ya no sea útil – https://theconversation.com/litio-para-la-bipolaridad-la-antiguedad-de-un-farmaco-no-implica-que-ya-no-sea-util-281169