Por qué procesamos más rápido la palabra ‘amor’ que la palabra ‘pena’

Source: The Conversation – (in Spanish) – By Juan Haro Rodríguez, Profesor Agregado del Área de Psicología Básica. Departamento de Psicología. Tarragona, Universitat Rovira i Virgili

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Las lenguas están llenas de palabras con carga emocional. No es de extrañar, ya que hablar y escribir consiste, en gran medida, en expresar lo que pensamos y sentimos. Pero ¿provocan nuestras palabras la misma emoción en todo el mundo?

Nuestros dos estudios recientes, realizados con casi mil participantes y 7 500 palabras en español, muestran que la forma en que comprendemos las palabras emocionales no solo depende de la palabra en sí. También influyen algunas de las características de quien la lee, como la personalidad, la edad y el género.

¿Qué ocurre en nuestra mente?

Una de las técnicas más utilizadas para estudiar cómo procesamos las palabras es la tarea de decisión léxica. En esta prueba, se presentan cadenas de letras que pueden ser palabras reales o secuencias de letras sin sentido (como “juropa”), y los participantes deben decidir lo más rápido posible si se trata de una palabra real o inventada.

El tiempo que tardamos en reconocer cada palabra nos permite entender cómo, a partir de un estímulo visual (una cadena de letras impresas), accedemos casi de forma instantánea al significado de una palabra almacenada en nuestro diccionario mental.

En estos estudios se presentaron palabras positivas, negativas y neutras. Además, muchas de ellas estaban relacionadas con emociones concretas, como miedo, tristeza, asco o alegría. También se recopiló información sobre la personalidad, la edad y el género de los participantes.

Las palabras positivas se reconocen antes

Los resultados confirman algo que ya sabíamos: la emoción influye en el reconocimiento de las palabras. Las palabras positivas, como “amor”, se reconocen más rápido que las neutras, como “mesa”. En cambio, las negativas, como “pena”, suelen tardar más en comprenderse. Aunque hablamos, por supuesto, de milésimas de segundos, es una diferencia estadísticamente significativa.

Una posible explicación es que las palabras negativas captan nuestra atención de manera intensa y automática. Las interpretamos como señales de posible amenaza, aunque aquello a lo que se refieren no esté realmente presente. Eso hace que retengan nuestra atención durante más tiempo, interfiriendo en la lectura y retrasando su reconocimiento.

Las palabras que evocan o indican emociones positivas, en cambio, podrían beneficiarse de una mayor riqueza semántica. Es decir, estarían más conectadas con otros conceptos y mejor integradas en nuestro léxico mental. Eso haría que, al procesarlas, se activase más información relacionada, facilitando así su reconocimiento. Curiosamente, en muchas lenguas parece predominar el léxico con connotaciones positivas, es decir, hay más palabras con connotaciones positivas que negativas entre las más utilizadas.




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No todos procesamos igual

El hallazgo más interesante de estos estudios es que el efecto emotivo no es igual en todo el mundo. Y no solo depende de si la palabra es positiva o negativa, sino también de la emoción concreta con la que está asociada.

El género, por ejemplo, parece desempeñar un papel relevante. En las mujeres se observa un mayor efecto de la carga emocional en el procesamiento de palabras, tanto en positivas como en negativas. Esto concuerda con la observación de que las mujeres valoran las palabras positivas como más positivas y las negativas como más negativas, así como con cierta evidencia que indica que las mujeres son más sensibles a nivel afectivo.




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Ellos, en cambio, muestran una mayor rapidez al reconocer palabras asociadas al miedo, como “bomba” o “disparo”, una ventaja que no se observa en las mujeres. Una posible explicación es que el miedo activaría en los hombres respuestas más rápidas de afrontamiento, relacionadas con una mayor impulsividad o atracción por el riesgo.

Por el contrario, las palabras relacionadas con la tristeza, como “desamor” o “depresión”, resultan más lentas de procesar para los hombres que para las mujeres. Esto podría deberse, entre otras razones, a una menor familiaridad con este tipo de vocabulario. De hecho, algunos trabajos sugieren que los hombres utilizan, de media, menos palabras relacionadas con la tristeza que las mujeres.

El papel de la personalidad

Los rasgos de personalidad también parecen influir en el procesamiento de las palabras emocionales. Las personas más extrovertidas muestran una mayor facilidad para reconocer palabras positivas. Podría deberse a que, a lo largo de la vida, acumulan más experiencias agradables o desarrollan más asociaciones positivas, de modo que este tipo de palabras estaría más asentado e integrado en su léxico mental.

Quienes puntúan alto en responsabilidad tardan más en reconocer palabras negativas. Su menor familiaridad con este tipo de léxico o una mayor sensibilidad al desorden emocional podrían prolongar esa captura atencional.

A las personas con alta apertura a la experiencia, sin embargo, no les sucede. Este rasgo suele asociarse con mayor tendencia a la curiosidad y la innovación, mejor regulación emocional y menor tendencia a la evitación, lo que podría ayudarles a controlar mejor la atención ante estímulos emocionales.




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Por otro lado, tanto las personas altamente responsables como quienes puntúan bajo en amabilidad se muestran especialmente sensibles a las palabras relacionadas con el asco, como “peste” o “sudar”. En el caso de las personas altamente responsables, esta mayor sensibilidad al asco podría relacionarse con una mayor activación de mecanismos de control y precaución. Y en las personas poco amables, podría actuar como freno de la aproximación social en determinados contextos.

Cómo influye la edad

Como hemos explicado al principio, en general solemos procesar más deprisa las palabras que indican emociones positivas. Sin embargo, hay matices en función de la edad. Mientras en los jóvenes la atención hacia las palabras positivas aumenta, en las personas mayores este efecto desaparece.

Una posible interpretación es que, con el paso de los años, el vocabulario de palabras positivas se vuelve tan amplio y diverso que esta emoción deja de ser una característica distintiva dentro de nuestra red léxica.

Significados puros y relativos

En general estos resultados apuntan a una idea importante: el valor emocional de una palabra no reside únicamente en el propio término, sino en la interacción entre esa palabra y la persona que la procesa.

Cuando leemos o escuchamos una palabra cargada de emoción, no solo accedemos a su significado “puro”. También entran en juego nuestra historia personal, nuestra personalidad y nuestra manera de sentir. Por eso, la respuesta a la pregunta inicial (si logramos transmitir la misma emoción con nuestras palabras a todo el mundo) probablemente sea no.

The Conversation

José Antonio Hinojosa Poveda recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Juan Haro Rodríguez y Pilar Ferré Romeu no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

ref. Por qué procesamos más rápido la palabra ‘amor’ que la palabra ‘pena’ – https://theconversation.com/por-que-procesamos-mas-rapido-la-palabra-amor-que-la-palabra-pena-278758