Source: The Conversation – (in Spanish) – By Eric Gielen, Profesor Permanente Laboral en el Departamento de Urbanismo, Universitat Politècnica de València

Durante generaciones, el Mediterráneo ha vivido al ritmo de estaciones reconocibles: inviernos y primaveras suaves, otoños templados y veranos intensos. Sin embargo, las proyecciones climáticas apuntan que este equilibrio se está rompiendo. En ciudades como Valencia, las olas de calor se multiplican, duran más y alcanzan valores extremos.
Lo que antes era una anomalía estival se está convirtiendo en un nuevo estado climático permanente, acompañado, además, de episodios puntuales de lluvias intensas que incrementan el riesgo de inundaciones. La pregunta ya no es si los veranos serán más largos, sino cómo nos preparamos para convivir con un calor extremo cada vez más prolongado.
Ola de calor permanente
Las olas de calor han aumentado casi dos episodios por década desde 1979 y su duración media ha pasado de menos de diez días a más de veinticinco. Es la conclusión de una investigación realizada en la Universitat Politècnica de València, entre el Instituto de Ingeniería del Agua y Medio Ambiente (IIAMA) y el Departamento de Urbanismo, parte del proyecto europeo The HuT (The Human-Tech Nexus). Muestra un escenario preocupante: para finales de siglo, las olas de calor en Valencia podrían durar varios meses, alcanzando hasta 182 días bajo el escenario de alto calentamiento SSP370 y 319 días bajo el de emisiones extremas SSP585.
En este contexto, el concepto tradicional de “ola de calor” perdería sentido. Estos valores sugieren una transformación radical del ciclo estacional; podríamos estar ante una ‘temporada de calor’ permanente.
En la ciudad, un riesgo silencioso pero desigual
A consecuencia del cambio climático, el efecto de isla de calor urbana intensifica las temperaturas en barrios densamente construidos, con abundancia de asfalto y escasez de vegetación. Las diferencias son conocidas: caminar en julio por zonas sin sombra y muy artificializadas puede parecer atravesar una plancha encendida, mientras que el Jardín del Turia ofrece un oasis de frescor a pocos metros.
Sin embargo, en la ciudad, estas diferencias no afectan a toda la población por igual. Una investigación reciente demuestra que el calor urbano es también un fenómeno social.
Los barrios más cálidos suelen coincidir con aquellos con menor renta, mayor desempleo o poblaciones envejecidas. En Valencia, sectores como Benicalap, Patraix, Nou Moles o Russafa muestran temperaturas superficiales claramente superiores a zonas con renta más alta. El “código postal”, como recuerda el epidemiólogo Julio Díaz, pesa más que el código genético cuando hablamos de vulnerabilidad térmica.
Y es que las consecuencias del cambio climático se reflejan también en la salud. Solo en 2025, Europa registró más de 24 000 muertes relacionadas con el calor extremo; en España, se contabilizaron más de 3 800 fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas y, en la Comunitat Valenciana, 433.
Por qué nuestras ciudades son como hornos
La raíz del problema está en cómo las hemos construido. Los materiales urbanos más comunes (asfalto, hormigón, cubiertas oscuras) absorben y almacenan calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche. Si a esto añadimos calles estrechas, ventilación deficiente, tráfico intenso y usos urbanos que emiten calor, el resultado es un microclima mucho más cálido que el entorno rural. Además, este varía según la morfología urbana dentro de una misma ciudad.
A ello se suma la ausencia de vegetación, que proporcionaba sombra y evapotranspiración, dos mecanismos naturales de enfriamiento. La diferencia entre una calle sin árboles y otra con arbolado maduro puede superar entre los 8 y los 10 °C en temperatura superficial. Sin embargo, muchos barrios carecen de ese “aire acondicionado natural”.
Claves para un Mediterráneo habitable
Ante los veranos que se alargan, las respuestas deben ser múltiples, integradas y adaptadas al tipo de ciudad, a partir de dos enfoques complementarios: adaptar en lo que ya existe y mitigar en lo que construyamos. A partir de esta estrategia, la literatura científica y técnica propone una serie de criterios de actuación para ciudades más resilientes frente al calor:
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Más vegetación, más sombra, más vida urbana. Las soluciones basadas en la naturaleza (vegetación, cubiertas verdes, corredores verdes-azules) son la medida más eficaz para reducir la temperatura y mejorar el confort. No se trata solo de plantar árboles, sino de hacerlo estratégicamente: en calles de mucho tránsito peatonal, en patios escolares, en plazas duras y en itinerarios críticos de movilidad diaria. En barrios vulnerables, estas actuaciones deben ser prioritarias: no solo refrescan, sino que reducen desigualdades y mejoran la salud pública.
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Materiales fríos y diseño urbano climático. Cubiertas frías, pavimentos reflectantes, fachadas claras y suelos permeables pueden reducir varios grados la temperatura superficial.
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Refugios climáticos. En la ciudad consolidada, más que mitigar, debemos adaptar y proteger a quienes más lo necesitan. Los refugios climáticos (espacios públicos o equipamientos con sombra, agua y climatización accesible) son esenciales durante episodios extremos, especialmente, para mayores, infancia y personas sin recursos.
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Rehabilitación térmica y justicia climática. No todas las viviendas están preparadas para soportar veranos perpetuos, por lo que se deben rehabilitar edificios (aislamiento, protecciones solares, ventilación natural) para reducir el calor interior y la dependencia del aire acondicionado, que a su vez alimenta la isla de calor. Las políticas energéticas deben priorizar a los hogares con menor renta, garantizando un acceso justo al confort térmico.
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Gobernanza climática y sistemas de alerta. Mapas de calor en tiempo real, sensores urbanos, redes de cuidado vecinal y alertas tempranas permiten anticipar episodios críticos. La coordinación entre salud pública, urbanismo y servicios sociales será clave para reducir la mortalidad y proteger a la población más vulnerable.
Un futuro caluroso, pero con resiliencia
El Mediterráneo se encamina hacia veranos más largos, intensos y persistentes. Es tiempo de actuar: tenemos conocimiento, tecnología y experiencia para construir ciudades más frescas, más saludables y más justas.
El reto ya no es evitar que las temperaturas suban, porque eso es ya una realidad, sino prepararnos para vivir con ellas. Responder al calor extremo es, en última instancia, una oportunidad para redefinir nuestro modelo urbano y hacerlo más humano, más verde y más resiliente.
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Eric Gielen no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
– ref. Veranos eternos en el Mediterráneo: ¿cómo prepararnos? – https://theconversation.com/veranos-eternos-en-el-mediterraneo-como-prepararnos-271110
